Cómo es

Hay un hilo que sigues. Pasa por al lado de
las cosas que cambian. Pero él no cambia.
Las personas te preguntan por lo que haces.
Hay que explicarles acerca del hilo.
Pero es difícil que otros lo vean.
Mientras lo sostienes, no puedes perderte.
Ocurren tragedias, la gente sufre
o muere; tú sufres y envejeces.
Nada puede detener el paso del tiempo.
Nunca sueltas el hilo.

William Stafford
Traducción: Fabiana Fondevila

Cómo escalar una montaña

No te equivoques. Este será un ejercicio en el arte de permanecer vertical. Sí, habrá una vista, más tarde, un amplio fragmento de cielo abierto. Pero, mientras tanto: árbol y roca. Si tienes suerte, un halcón sobrevolará, escudriñando el suelo del bosque. Si tienes suerte,un conjunto de flores silvestres te mantendrá alegre. Pero, más que nada, transpiración constante, tu corazón que aletea sin delicadeza, un sólido dolor que perfora tus pantorrillas. Esto se llama trabajo, esto que llegarás a entender, simplemente, como movimiento, como toda la evidencia que necesitas para
avanzar. Olvídate de donde estás. Esa historia ya no es cierta.
Nivela tu mirada con el camino que atraviesas,
y ni la oscuridad podrá detenerte.

Maya Stein
Traducción: Fabiana Fondevila

Perdido

Detente. Los árboles frente a ti y los arbustos a tu lado
no están perdidos. El lugar donde estás se llama Aquí,
y debes tratarlo como a un poderoso desconocido,
debes pedir permiso para conocerlo y que te conozca.
El bosque respira. Escucha. Te responde,
he creado este lugar a tu alrededor.
Si te vas, puedes regresar diciendo Aquí.
No hay dos árboles iguales para el cuervo.
No hay dos ramas iguales para el reyezuelo.
Si el valor de un árbol o un arbusto está perdido para ti,
sin duda estás perdido. Detente. El bosque sabe
dónde estás. Deja que te encuentre.

David Wagoner

Traducción: Fabiana Fondevila

Pan maravilla

La magia de hacer pan

Pan maravilla

Hay pocos placeres tan sencillos y al alcance de todos como hacer pan. La alquimia es antigua y no falla: la mezcla de harina, agua y la levadura (o masa madre), que cobra vida y se expande, para después convertirse en una hogaza dorada y crujiente, y ese aroma a hogar que inunda la casa. Un rito inmemorial que, en esta cuarentena, parece haber recuperado su vigor.

Acá va una de mis recetas más preciadas. Se llama “Pan maravilla” porque nunca decepciona, y todo lo perdona. Una leudada, dos o ninguna. Más harina blanca, más integral, da igual. Y pueden sumarle lo que quieran: nueces, salvado, avena o lo que se les ocurra.

Ingredientes

  • Levadura seca, 1 sobrecito
  • Harina blanca 000, 2 tazas (aprox.)
  • Harina integral, 2 tazas (aprox.)
  • Miel, 1 cucharada
  • Aceite, 1 cucharada
  • Sal, 1 ½ cucharadas
  • Agua tibia, 1 taza
  • Yema de huevo para pintar
  • Semillas

Procedimiento

Poner la levadura con la miel y el aceite en un bol, agregar la taza de agua tibia, espolvorear con harina y dejar unos minutos para ver si burbujea (un modo de saber si la levadura está activa; casi siempre lo está!)
Sumar las (aprox.) 4/5 tazas de harina, revolviendo cada vez. Incorporar la sal una vez que ya se sumó algo de harina, para que no interactúe de forma directa con la levadura (la puede debilitar).
Armar el bollo con las manos, agregando harina si hiciera falta. La masa debe quedar firme, pero elástica.
Dejar leudar el tiempo que se pueda (igualmente, un par de horas, o incluso toda la noche. Pueden dejarlo leudar una hora, desinflarlo con un golpecito, y dejarlo volver a leudar. Esto dará un pan más liviano y esponjoso. Dicho esto, si no leuda nada, no subirá tanto pero sale rico igual).
Dividir el bollo en dos, y pasar a moldes aceitados.
Hacerle un corte al medio.
Pintar con yema de huevo, espolvorear con semillas.
Cocinar unos 40 minutos, a horno fuerte. Está listo cuando, al golpear con un cuchillo, suena hueco.

¡Disfrutar toda la semana!

Cuando se corren los velos

Cuando se corren los velos

Miriam Pösz

Amigas que nunca cocinaron intercambian fascinadas recetas de pan. Amigos ultra-citadinos que nunca pisaron su balcón se asoman por las noches a cruzar miradas con la luna. Vecinos que andaban por la vida casi sin respirar practican saludos al sol.

Los pelos crecen. Los jeans ceden su lugar a joggings, calzas, pantalones de pijama. Los zapatos se vuelven una prenda opcional. El espejo pierde su uso; apenas nos peinamos al vernos en las pantallas.

En los cuartos y en los comedores conviven las reuniones de trabajo con los juegos de mesa, los bloques en el piso, el baile, la meditación, las clases de dibujo.

Para muchos, reaparecen duelos olvidados, penas que creíamos superadas, deseos de enmendar heridas de antaño. Florecen las vulnerabilidades como retoños; tiernos, vacilantes, pujando por salir.

Los regalos de la cuarentena son mixtos y agridulces, pero hay uno que es puro asombro. En este parate obligado, donde los roles y las identidades perdieron de golpe toda vigencia, empiezan a crecer, de raíz, intereses e impulsos más primarios y ancestrales. Bailar, cantar, amasar, dormir, descansar, habitar nuestros cuerpos y emociones más generosamente. Extrañarnos unos a otros; veremos las caras en la pantalla, pero añoramos las voces, los besos y los abrazos, las inflexiones únicas de un encuentro en el que nos oímos respirar.

En la convivencia intensiva, los vínculos se resignifican. Donde hubo un trabajo previo, una inversión mutua en afectos y complicidades, el tiempo compartido es un festín. Donde el vacío o la discordia se agazapaba en los rincones, la ausencia de distracciones fuerza una definición.

Desde el encierro, la naturaleza vuelve a ser una necesidad vital. Ver llover, sacar un brazo afuera y sentir la tibieza del sol, percibir una ráfaga de viento y querer remontarla, cual barrilete. Sentir el extraño deseo de salir a abrazar al mundo, ahí donde sigue latiendo, entre soles y lunas, erguido como un roble, etéreo como una nube, breve como un colibrí. Sin nosotros, pero en perfecta compañía de sí mismo.

¿Qué son estos impulsos que amanecen de golpe? ¿Será osado pensar que es nuestra verdadera naturaleza la que asoma, al fin? ¿La naturaleza interior, que es mero espejo de la exterior?

Dice el herbalista Stephen Harrod Buhner, en relación a comer plantas silvestres: “Si comemos de lo salvaje, empieza a trabajar en nuestro interior, alterándonos, cambiándonos. Pronto, si comemos demasiado, ya no entraremos en los trajes que han diseñado para nosotros. Nuestro pelo comenzará a crecer y a verse raído. Nuestra forma de caminar, y la forma en que acomodamos nuestro cuerpo cambiará. Un destello salvaje comenzará a brillar en nuestros ojos. Nuestras palabras empezarán a sonar raras, no lineales, emotivas. Poco prácticas. Poéticas.”

Hoy casi no gastamos, ni hacemos salidas ni programas superfluos; nuestras vidas se encauzaron de pronto en senderos más sencillos. Quizás no comamos lo silvestre, pero ingerimos, para muchos por vez primera, grandes cuotas de quietud, silencio y soledad. Aun para los que pasamos la cuarentena acompañados, el aislamiento de nuestras rutinas y obligaciones usuales permite que afloren emociones olvidadas, anhelos desconocidos, posibilidades insospechadas.

Imposible decir qué quedará de todo esto. ¿Prenderá lo silvestre en nuestras vidas como gajo trasplantado? ¿Haremos lugar para silencios a solas, con otros, en buenas compañías? ¿Nos acordaremos más seguido de mirarnos a los ojos? ¿Pasaremos más tiempo con las nubes? ¿Cumpliremos la promesa de bailar más y mirar menos cómo lo hacen otros? ¿Plantaremos en buena tierra los nuevos ritos? Respirar hondo el aire de la mañana, priorizar lo esencial (los vínculos, y ese pedacito de uno que cada cual vino a ofrendar); imaginar nuevas y mejores formas de amar. ¿Cómo saberlo?

En este momento, por mi ventana, las hojas de los álamos aplauden en el viento. Quiera que tengan razón.

Historia de un rito

“Hace muchos años, hubo una aldea en la que vivía un rabino. Cada vez que la aldea pasaba por alguna prueba, los integrantes de la comunidad seguían al rabino hasta cierta parte del bosque, se paraban en torno de cierto árbol, cantaban ciertos rezos y realizaban ciertos gestos. Con eso bastaba. Pasaron los años, el rabino murió. Se produjo una hambruna. Los mayores de la aldea se dirigieron al bosque y buscaron el árbol sagrado. No recordaban los gestos, pero cantaron los rezos. Con eso bastó. Pasaron más años, los miembros de la aldea se dispersaron, y un día aconteció una sequía. Ya no quedaban mayores en la aldea. Los jóvenes recordaban la ceremonia. Solo sabían que, en tiempos difíciles, sus mayores se habían internado en el bosque a cantar y realizar gestos sagrados. Buscaron un árbol, cantaron lo poco que recordaron, hicieron los gestos que les salieron. Con eso bastó.”

Cuento jasídico

Gratitud

Gracias aroma
azul,
fogata
encelo.
Gracias pelo
caballo
mandarino.
Gracias pudor
turquesa
embrujo
vela,
llamarada
quietud
azar
delirio.
Gracias a los racimos
a la tarde,
a la sed
al fervor
a las arrugas,
al silencio
a los senos
a la noche,
a la danza
a la lumbre
a la espesura.
Muchas gracias al humo
a los microbios,
al despertar
al cuerno
a la belleza,
a la esponja
a la duda
a la semilla
a la sangre
a los toros
a la siesta.
Gracias por la ebriedad,
por la vagancia,
por el aire
la piel
las alamedas,
por el absurdo de hoy
y de mañana,
desazón
avidez
calma
alegría,
nostalgia
desamor
ceniza
llanto.
Gracias a lo que nace,
a lo que muere,
a las uñas
las alas
las hormigas,
los reflejos
el viento
la rompiente,
el olvido
los granos
la locura.
Muchas gracias gusano.
Gracias huevo.
Gracias fango,
sonido.
Gracias piedra.
Muchas gracias por todo.
Muchas gracias.
Oliverio Girondo,
agradecido.

Oliverio Girondo

Avivar el fuego

Las calles se sienten distintas hoy. No solo por lo vacías y silenciosas. No por las colas interminables de personas guardando distancia, ni por los barbijos omnipresentes, que hacen que los escenarios más cotidianos parezcan un hospital de campaña.

No. Lo que se siente distinto es lo que ocurre entre nosotros. O, mejor dicho, lo que no ocurre. Seamos vecinos, conocidos, o simples transeúntes, las interacciones hoy son rápidas, esquivas, temerosas, como si el mero hecho de intercambiar una mirada nos sumiera a todos en zona de riesgo. ¿Qué autor de ciencia ficción podría haber creado una premisa más aterradora? El enemigo no bajó de una nave espacial ni llegó desde el futuro: el enemigo somos todos. O, para ser exactos: el enemigo es el otro.

Las interacciones sociales en la gran ciudad ya eran limitadas antes de la pandemia. Solo nos conectábamos verdaderamente con los conocidos: la cajera, el diariero, la librera, los integrantes del elenco estable de nuestras vidas. Pero siempre estaba la posibilidad de encuentros fortuitos: dejar pasar a la mamá con el bebé en brazos y hacerle morisquetas a la criatura; compartir un mate y comentarios del tiempo con el vecino; saludar desde la vereda de enfrente al viejito de la esquina, quien, aunque no la tenga fácil, nunca se olvida de preguntar por los chicos.

Hoy nuestros vínculos transcurren mayormente de cara a las pantallas. Es una bendición tenerlas, y que nos permitan entrar en las casas de quienes amamos. Pero el círculo que trazan esas pantallas es circunscripto: no entra nadie a quien no hayamos invitado.

Al salir a la calle, brilla por su ausencia la humilde alegría de encontrarnos con otros, en el espacio público, y sentir algún resabio de pertenencia. “Tenemos tan poco unos de otros, ahora” -dice Danusha Lameris, en el poema “Pequeñas bondades”, escrito pre-pandemia-. “Tan poco de fogata y tribu”.

No entreguemos sin pelear la mucha o poca fogata que nos queda, la mucha o poca tribu. No permitamos que avance esta otra enfermedad, tanto más insidiosa que el virus, que disemina soledad, anonimato, despersonalización, no lugar, enajenamiento.
El peligro de la hora acabará. Pero, ¿quiénes seremos, cuando eso ocurra, si en el camino perdimos el don de espejarnos con la mirada, albergarnos con la sonrisa, declararnos al pasar nuestra filiación infinita y vital. ¿Qué nos sostendrá, entonces?

Mañana, cuando nos crucemos por la calle, en la ruta de las compras, buscaré tu mirada. Sonreiré por debajo del barbijo, pero también por encima, porque la verdadera sonrisa es la que achina los ojos, templa el corazón y ensancha el alma. Ojalá nos encontremos.

Canción crepuscular

Mi querido, qué cosa de todas las cosas que existen
valen un pensamiento tuyo, o mío,
salvo el amor,
salvo el amor?

Los días tan cortos, las noches tan prontas a huir,
el mundo tan ancho, tan hondo y oscuro el mar.
Tan oscuro el mar;

Los soles hasta ahora, y cada lánguida estrella,
más allá de su luz -¡Ah! mi querido, ¿quién sabe cuán lejos,
¿quién sabe cuán lejos?

Una cosa, de todas las débiles cosas que sé por cierto,
el corazón en mi pecho lo sabe, y te lo dice.
Y te lo dice.

Tan ciega es la vida, tan largo el sueño del final,
Y solo el amor para hacernos reír o llorar.
Y solo el amor.
Y solo el amor.

Willa Cather
1873-1047