Pan maravilla

La magia de hacer pan

Pan maravilla

Hay pocos placeres tan sencillos y al alcance de todos como hacer pan. La alquimia es antigua y no falla: la mezcla de harina, agua y la levadura (o masa madre), que cobra vida y se expande, para después convertirse en una hogaza dorada y crujiente, y ese aroma a hogar que inunda la casa. Un rito inmemorial que, en esta cuarentena, parece haber recuperado su vigor.

Acá va una de mis recetas más preciadas. Se llama “Pan maravilla” porque nunca decepciona, y todo lo perdona. Una leudada, dos o ninguna. Más harina blanca, más integral, da igual. Y pueden sumarle lo que quieran: nueces, salvado, avena o lo que se les ocurra.

Ingredientes

  • Levadura seca, 1 sobrecito
  • Harina blanca 000, 2 tazas (aprox.)
  • Harina integral, 2 tazas (aprox.)
  • Miel, 1 cucharada
  • Aceite, 1 cucharada
  • Sal, 1 ½ cucharadas
  • Agua tibia, 1 taza
  • Yema de huevo para pintar
  • Semillas

Procedimiento

Poner la levadura con la miel y el aceite en un bol, agregar la taza de agua tibia, espolvorear con harina y dejar unos minutos para ver si burbujea (un modo de saber si la levadura está activa; casi siempre lo está!)
Sumar las (aprox.) 4/5 tazas de harina, revolviendo cada vez. Incorporar la sal una vez que ya se sumó algo de harina, para que no interactúe de forma directa con la levadura (la puede debilitar).
Armar el bollo con las manos, agregando harina si hiciera falta. La masa debe quedar firme, pero elástica.
Dejar leudar el tiempo que se pueda (igualmente, un par de horas, o incluso toda la noche. Pueden dejarlo leudar una hora, desinflarlo con un golpecito, y dejarlo volver a leudar. Esto dará un pan más liviano y esponjoso. Dicho esto, si no leuda nada, no subirá tanto pero sale rico igual).
Dividir el bollo en dos, y pasar a moldes aceitados.
Hacerle un corte al medio.
Pintar con yema de huevo, espolvorear con semillas.
Cocinar unos 40 minutos, a horno fuerte. Está listo cuando, al golpear con un cuchillo, suena hueco.

¡Disfrutar toda la semana!

Cuando se corren los velos

Cuando se corren los velos

Miriam Pösz

Amigas que nunca cocinaron intercambian fascinadas recetas de pan. Amigos ultra-citadinos que nunca pisaron su balcón se asoman por las noches a cruzar miradas con la luna. Vecinos que andaban por la vida casi sin respirar practican saludos al sol.

Los pelos crecen. Los jeans ceden su lugar a joggings, calzas, pantalones de pijama. Los zapatos se vuelven una prenda opcional. El espejo pierde su uso; apenas nos peinamos al vernos en las pantallas.

En los cuartos y en los comedores conviven las reuniones de trabajo con los juegos de mesa, los bloques en el piso, el baile, la meditación, las clases de dibujo.

Para muchos, reaparecen duelos olvidados, penas que creíamos superadas, deseos de enmendar heridas de antaño. Florecen las vulnerabilidades como retoños; tiernos, vacilantes, pujando por salir.

Los regalos de la cuarentena son mixtos y agridulces, pero hay uno que es puro asombro. En este parate obligado, donde los roles y las identidades perdieron de golpe toda vigencia, empiezan a crecer, de raíz, intereses e impulsos más primarios y ancestrales. Bailar, cantar, amasar, dormir, descansar, habitar nuestros cuerpos y emociones más generosamente. Extrañarnos unos a otros; veremos las caras en la pantalla, pero añoramos las voces, los besos y los abrazos, las inflexiones únicas de un encuentro en el que nos oímos respirar.

En la convivencia intensiva, los vínculos se resignifican. Donde hubo un trabajo previo, una inversión mutua en afectos y complicidades, el tiempo compartido es un festín. Donde el vacío o la discordia se agazapaba en los rincones, la ausencia de distracciones fuerza una definición.

Desde el encierro, la naturaleza vuelve a ser una necesidad vital. Ver llover, sacar un brazo afuera y sentir la tibieza del sol, percibir una ráfaga de viento y querer remontarla, cual barrilete. Sentir el extraño deseo de salir a abrazar al mundo, ahí donde sigue latiendo, entre soles y lunas, erguido como un roble, etéreo como una nube, breve como un colibrí. Sin nosotros, pero en perfecta compañía de sí mismo.

¿Qué son estos impulsos que amanecen de golpe? ¿Será osado pensar que es nuestra verdadera naturaleza la que asoma, al fin? ¿La naturaleza interior, que es mero espejo de la exterior?

Dice el herbalista Stephen Harrod Buhner, en relación a comer plantas silvestres: “Si comemos de lo salvaje, empieza a trabajar en nuestro interior, alterándonos, cambiándonos. Pronto, si comemos demasiado, ya no entraremos en los trajes que han diseñado para nosotros. Nuestro pelo comenzará a crecer y a verse raído. Nuestra forma de caminar, y la forma en que acomodamos nuestro cuerpo cambiará. Un destello salvaje comenzará a brillar en nuestros ojos. Nuestras palabras empezarán a sonar raras, no lineales, emotivas. Poco prácticas. Poéticas.”

Hoy casi no gastamos, ni hacemos salidas ni programas superfluos; nuestras vidas se encauzaron de pronto en senderos más sencillos. Quizás no comamos lo silvestre, pero ingerimos, para muchos por vez primera, grandes cuotas de quietud, silencio y soledad. Aun para los que pasamos la cuarentena acompañados, el aislamiento de nuestras rutinas y obligaciones usuales permite que afloren emociones olvidadas, anhelos desconocidos, posibilidades insospechadas.

Imposible decir qué quedará de todo esto. ¿Prenderá lo silvestre en nuestras vidas como gajo trasplantado? ¿Haremos lugar para silencios a solas, con otros, en buenas compañías? ¿Nos acordaremos más seguido de mirarnos a los ojos? ¿Pasaremos más tiempo con las nubes? ¿Cumpliremos la promesa de bailar más y mirar menos cómo lo hacen otros? ¿Plantaremos en buena tierra los nuevos ritos? Respirar hondo el aire de la mañana, priorizar lo esencial (los vínculos, y ese pedacito de uno que cada cual vino a ofrendar); imaginar nuevas y mejores formas de amar. ¿Cómo saberlo?

En este momento, por mi ventana, las hojas de los álamos aplauden en el viento. Quiera que tengan razón.

Avivar el fuego

Las calles se sienten distintas hoy. No solo por lo vacías y silenciosas. No por las colas interminables de personas guardando distancia, ni por los barbijos omnipresentes, que hacen que los escenarios más cotidianos parezcan un hospital de campaña.

No. Lo que se siente distinto es lo que ocurre entre nosotros. O, mejor dicho, lo que no ocurre. Seamos vecinos, conocidos, o simples transeúntes, las interacciones hoy son rápidas, esquivas, temerosas, como si el mero hecho de intercambiar una mirada nos sumiera a todos en zona de riesgo. ¿Qué autor de ciencia ficción podría haber creado una premisa más aterradora? El enemigo no bajó de una nave espacial ni llegó desde el futuro: el enemigo somos todos. O, para ser exactos: el enemigo es el otro.

Las interacciones sociales en la gran ciudad ya eran limitadas antes de la pandemia. Solo nos conectábamos verdaderamente con los conocidos: la cajera, el diariero, la librera, los integrantes del elenco estable de nuestras vidas. Pero siempre estaba la posibilidad de encuentros fortuitos: dejar pasar a la mamá con el bebé en brazos y hacerle morisquetas a la criatura; compartir un mate y comentarios del tiempo con el vecino; saludar desde la vereda de enfrente al viejito de la esquina, quien, aunque no la tenga fácil, nunca se olvida de preguntar por los chicos.

Hoy nuestros vínculos transcurren mayormente de cara a las pantallas. Es una bendición tenerlas, y que nos permitan entrar en las casas de quienes amamos. Pero el círculo que trazan esas pantallas es circunscripto: no entra nadie a quien no hayamos invitado.

Al salir a la calle, brilla por su ausencia la humilde alegría de encontrarnos con otros, en el espacio público, y sentir algún resabio de pertenencia. “Tenemos tan poco unos de otros, ahora” -dice Danusha Lameris, en el poema “Pequeñas bondades”, escrito pre-pandemia-. “Tan poco de fogata y tribu”.

No entreguemos sin pelear la mucha o poca fogata que nos queda, la mucha o poca tribu. No permitamos que avance esta otra enfermedad, tanto más insidiosa que el virus, que disemina soledad, anonimato, despersonalización, no lugar, enajenamiento.
El peligro de la hora acabará. Pero, ¿quiénes seremos, cuando eso ocurra, si en el camino perdimos el don de espejarnos con la mirada, albergarnos con la sonrisa, declararnos al pasar nuestra filiación infinita y vital. ¿Qué nos sostendrá, entonces?

Mañana, cuando nos crucemos por la calle, en la ruta de las compras, buscaré tu mirada. Sonreiré por debajo del barbijo, pero también por encima, porque la verdadera sonrisa es la que achina los ojos, templa el corazón y ensancha el alma. Ojalá nos encontremos.

Con qué contamos

Orsolya Vékony

Comparto esta cita de la autora norteamericana Anne Lamott, dueña de una espiritualidad humilde y terrenal, llena humor, absurdo y humanidad.

“Es gracioso: cuando era chica, siempre imaginé que los adultos tendrían algún tipo de caja interior llena de herramientas brillantes: el serrucho del discernimiento, el martillo de la sabiduría, el papel de lija de la paciencia. Pero cuando crecí me enteré de que la vida te entrega estas herramientas viejas y oxidadas — la amistad, la oración, la consciencia, la honestidad, y te dicen: ‘Hacé lo que puedas con esto, tendrán que alcanzar’. Y curiosamente, contra todo pronóstico, alcanzan”.

¿Cuáles son las herramientas que estás usando hoy? ¿Alcanzan? ¿Qué otras podrías procurarte?

La vida que nos espera

Miriam Pösz

“Debemos estar dispuestos a soltar la vida que planeábamos, para poder recibir la vida que nos espera”, dijo el siempre lúcido Joseph Campbell.

¿Qué significa esto, para nosotr@s, en estos días?

Que nadie planificó esto, y sin embargo estamos aquí, junt@s aunque separados, viviéndolo.

Que nadie podría haberlo imaginado hace siquiera unas semanas (excepto los científicos y observadores de estos fenómenos).

Que no hay forma de resistirse a lo que está ocurriendo, y que resistirse no es solo peligros, sino poco solidario y amoroso para con los demás. La resistencia, además, siempre genera mayor sufrimiento.

¿Qué podemos hacer, en lugar de resistirnos?

Aceptar, respirar, hacer pie en los recursos internos que todos tenemos, acompañarnos un@s a otr@s de todas las maneras posibles, que no impliquen contacto ni cercanía física. Agradecer que nos tocó vivirlo en la era de las redes, los celulares y la interconectividad permanente, y hacer uso sabio de esos canales, para darnos fuerza, apoyo y buen ánimo.

Establecer y mantener un ritmo diario. El ritmo nos gobierna desde la panza de nuestras madres, y sigue ejerciendo un efecto benéfico y tranquilizador. ¿Cómo procurárnoslo? Diseñarnos una rutina que nos haga sentido: prácticas para la mañana, para la tarde, para la noche. Alternar trabajo (en casa, o donde sea) con períodos frecuentes de descanso. Intentar repetir el ciclo más o menos similar cada día (sin rigideces) para darle forma, orden y serenidad a nuestros días.

Disfrutar de las pequeñas cosas. Cocinar tranquilos, aprovechando que el tiempo es más generoso por estos días. Comer despacio y saboreando. Escuchar música, mover el cuerpo, estirarnos, agradecer que podemos hacer todo esto. Leer, subrayar, memorizar poesías. Conectar con la luz cambiante que entra por la ventana, y con las fluctuaciones de la temperatura. Si hay plantas en casa o árboles por la ventana, contemplarlos con amor, e inspirarnos en su vitalidad.

Escribir cada día cómo vamos llevando esta nueva vida, con interés y curiosidad. No solo para recordarlo (y contárselo a los nietos algún día), sino para transformar la experiencia en aprendizaje, descubrimiento y auto-descubrimiento.

Cada mañana, agradecer que tenemos un nuevo día por delante. Traiga lo que traiga ese día, estamos vivos para recibirlo, y quizás seamos un poquito más sabios por haberlo vivido.

Cada noche, agradecer que seguimos aquí, conectados con el amor que nos rodea. Enviar nuestros mejores deseos -como en la práctica de Metta- para todos aquellos que hoy tienen miedo, o angustia, o padecen la enfermedad. “Que estés bien”, pensamos en silencio. “Que tengas paz”. “Que tengas fortaleza” “Que estés sostenid@ por el amor”.

Los planes que hacemos nunca están del todo en nuestras manos, como estos días ponen en evidencia. Pero aun así, podemos elegir.

Nos deseo a todos un día de planes pequeños. Respiremos. Observemos. Movámosnos. Cuidemos a quienes están peor que nosotr@s. Y demos gracias por el privilegio de poder hacerlo.

La heroína del asombro

La heroína del asombro

La heroína del asombro

Por: Lakshmi

Ella me citó en un café en San Isidro, Provincia de Buenos Aires. Me había invitado a su casa, pero después de pensarlo un poco, me dijo: “Mejor veámonos en un café al que voy a trabajar, porque mi casa está llena de hijos y mascotas”.

El lugar de encuentro tiene anexo un Museo del Juguete, al frente hay un prado donde pace un pájaro carpintero y la arboleda parece absorber los motores de los autos. Mientras la espero, me imagino a Fabiana escribiendo en este sencillo café, elevando su mirada para hacerla un poco más verde y regresando a las palabras, para de algún modo agradecer por “eso” que la naturaleza despierta en ella.

Llegó en vestido ocre, con pelo suelto y una sonrisa amplia. Traía un maletín abultado y me explicó que después de la entrevista se quedaría escribiendo. Entonces percibí su deleite por esa cita íntima que viviría. Fabiana Fondevila tiene esa mezcla misteriosa que caracteriza a las sabias (o como ella preferiría: las “savias”, “porque suena más cercano y terrenal”). Es tierna en el trato, pero firme en su actuar; demuestra sencillez al andar, pero es elegante en cada expresión; tiene una cercanía con la pureza de la infancia, aunque sus ideas son fruto del discernimiento de una intelectual.

Nació en el seno de una familia atea, pero ha navegado con rigor y entusiasmo diversas tradiciones espirituales. Sin embargo, ha encontrado en el asombro un camino hacia su sacralidad. Es facilitadora de procesos interiores profundos; no obstante, su consigna es pasar de la “inspiración a la acción”.

En su búsqueda por unir la inspiración con el servicio, esta reconocida autora y oradora argentina ha sido parte de diversos proyectos de índole social. Entre ellos, colaboró con la doctora Mariana Attwell en la creación de la iniciativa “Voluntarios en Acción” del Hospital Italiano, que ofrece acompañamiento espiritual a personas en el final de su vida, y hoy trabaja con un equipo para diseñar Domos sustentables, para ofrecer servicios a las personas sin hogar de la ciudad de Buenos Aires.

Además de su extenso trabajo periodístico y su colaboración permanente en medios como la Revista Sophia, en 2018 publicó el libro Donde vive el asombro. En el 2017, su novela Ana despierta ganó el segundo Premio Sigmar para Literatura Infantil y Juvenil, y estas dos obras se sumaron a sus otros doce libros dirigidos a niños. Es creadora de talleres de trabajo personal donde ayuda a “dar a luz lo más auténtico de las personas para ponerlo a disposición del mundo”. Ha encontrado en el cultivo de las emociones esenciales como el asombro, la alegría, la compasión y la gratitud, claves para acompañar personas, grupos y organizaciones en procesos de armonización y fortalecimiento de vínculos.

Pero quizás su mayor virtud es inspirar a otros a “reconectarse con la naturaleza y vivenciar el misterio que habita en el corazón de la vida”. En esta primera entrevista de la iniciativa Savias, para Hojas de Inspiración, conversé con la escritora, la intelectual, la periodista, la analista, la mujer acompañante de mujeres, la humilde investigadora, la amante de los pájaros y la sensible buscadora espiritual.

Me conecté con lo “mágico” en la Naturaleza, lo mágico en el sentido profundo, no relacionado con el pensamiento mágico, sino con la maravilla, el asombro y el encuentro con aquello que se vislumbra en los fenómenos de la Naturaleza.

Lakshmi: En tu libro Donde vive el asombro invitás al cultivo de lo sagrado en la vida cotidiana a través de nueve estaciones. ¿Cómo se fue tejiendo la red en tu vida para llegar a comprender a conectarte con la existencia desde esta visión profunda? ¿Existió algún momento crucial?

Fabiana Fondevila: Para mí ha sido más un proceso, un cúmulo de experiencias que fue formando una visión. La visión se formula a posteriori, de la misma forma que cuando uno escribe y después se da cuenta de que hubo un hilo conductor. He sido una buscadora y durante mucho tiempo indagué en distintas tradiciones de sabiduría. Vengo de una familia mitad católica y mitad judía, pero mis padres eran ateos y no propiciaban este tipo de exploraciones. Entonces el camino fue largo, porque no tenía lugares donde abrevar.

En mi niñez y adolescencia sentí una gran inquietud y todavía conservo los diarios que guardan esas exploraciones. Al crecer, diría que dejé esta búsqueda en suspenso, para concentrarme en el mundo. Estudié Ciencias Políticas, preocupada por cuáles eran los sistemas que podían garantizar más justicia, equidad y defensa de derechos. Por más de dos décadas, ejercí con pasión el periodismo. Esta larga exploración en algún momento me empezó a quedar corta y sentí de nuevo una necesidad de ir a un lugar más hondo, más allá de las vicisitudes políticas y sociales.

Así reapareció la primera búsqueda, creo que de la mano de mi primer embarazo. Siento que hay puntos de inflexión donde frenamos el hacer y empieza a florecer el ser. Ahora que lo digo pienso en el “viaje de la heroína”, no en el sentido del heroísmo, sino en relación con ese recorrido que a veces hacemos las mujeres en la vida laboral. Al comienzo queremos encontrar un lugar en el mundo, tener una profesión o un cierto reconocimiento. Después de eso, cuando ya logramos algo de eso, suele aparecer un deseo más profundo, que al principio no tiene nombre y es difícil de asir. No obstante, en mi caso fue claro que era un impulso de tipo espiritual.

En esa búsqueda exploré el judaísmo, por mi ascendencia materna, y me encantaron algunos ritos, sobre todo el ánimo celebratorio de la vida. Después me acerqué al budismo, porque era una filosofía más libre de dogmas. Aprendí a meditar, pero me faltaba un aspecto más devocional. No terminaba de aterrizar y sentía frustración, porque lo que buscaba, en ese entonces, era un linaje al que pertenecer.

¿Cuándo comienzas a encontrar tu sendero, dónde empiezas a “aterrizar” este impulso interior?
Después de estas búsquedas y otras más, comenzó a sucederme algo interesante. Para criar a mis hijos me había mudado a una zona más verde de la ciudad. Ahí empecé a reencontrarme con una vieja pulsión, un deslumbre con la naturaleza que había aparecido tempranamente en mi vida.

Me conecté con lo “mágico” en mi entorno, lo mágico en el sentido profundo, no relacionado con el pensamiento mágico, sino con la maravilla, el asombro y el encuentro con eso inasible que subyace a los fenómenos naturales. Tuve la oportunidad de compartirlo con mis hijos y ellos también se enamoraron de ese mundo. En esta experiencia no había credo ni era necesario albergar creencia alguna: era pura vivencia. En esta relación no hubo dudas, y allí me encontré con el misterio, con lo Divino.

Al comienzo de mi libro incluí un fragmento de una poesía de Mary Oliver, que sintetiza mucho: “Instrucciones para vivir la vida. Prestar atención. Rendirse al asombro. Contarlo”. Con eso solo hay una vida para mí. Si solo hacemos eso, a mí me alcanza.

Además de esta relación íntima con la naturaleza, ¿encontraste algunos mentores en tu camino de autodescubrimiento?
En mi camino me fui dando cuenta de que necesito una mirada capaz de englobar las dualidades, las luces y las oscuridades, la alegría y el dolor. Eso lo encontré en dos grandes autores que han sido mis luminarias, a veces los pienso casi como un padre y madre espiritual: el mitólogo Joseph Campbell y la poetisa Mary Oliver.

Campbell me abrió la puerta para entender el mundo desde una mirada mítica, que para mí es una visión más comprensiva y amplia de la vida. Tiene raíces profundas y espirituales, pero no exige ningún falseamiento de la realidad: permite hablar en términos de metáforas y arquetipos, no se limita a lo fáctico. Estas son figuras que habitan en nuestro inconsciente, en nuestra imaginación, y son enormemente nutritivas y verdaderas en lo profundo.

Por su parte, Mary Oliver, quien falleció el año pasado, significó encontrarme con alguien que ponía en palabras aquello que yo sentía. Sus poemas son una invitación a percibir el asombro presente en lo más pequeño y cotidiano.

En los últimos años, fue una tarea gratificante para mí traducir tantos poemas de Mary Oliver e introducir a tantos a su obra, que para mí fue un camino de ida. Hoy casi no necesito leerla, porque llevo puesta su mirada, que espeja la mía. Ella es una poetisa devocional y naturalista, y me enamoró esa conjunción de espiritualidad y naturaleza. Su obra denota devoción por el mundo natural, pero no lo edulcora; no es la visión de un universo bucólico, benévolo y perfecto.

Al comienzo de mi libro incluí un fragmento de una poesía de Mary Oliver, que sintetiza tanto: “Instrucciones para vivir la vida. Prestar atención. Rendirse al asombro. Contarlo”. Con eso solo hay una vida para mí. Si solo hacemos eso, a mí me alcanza.

En tu trabajo hay una reflexión e invitación continua a la gratitud. ¿Cuál es el lugar que ocupa este sentimiento en tu perspectiva espiritual y cuál es la relación con el asombro?

La gratitud también ha sido una emoción espiritual dominante. De hecho, mi primer libro iba a tratar sobre este tema, pero entonces encontré la obra del Hermano David, un exquisito divulgador de esta virtud, a quien tuve el privilegio de entrevistar, y con quien hoy me une una amistad que atesoro. Sigo cultivando la gratitud como práctica, pero con el tiempo me di cuenta de que en mí vivía con más intensidad el asombro, que de algún modo siento como un momento previo (y un gatillo) a la gratitud.

Desde hace algunos años, los científicos vienen investigando el asombro y lo describen como aquello que acontece cuando nos encontramos con algo tan vasto en tamaño, número o cualidad que nos detiene. Nos frena y nos obliga a reconfigurar nuestros esquemas mentales. Frente al asombro necesitamos volver a pensar, porque eso que estamos viendo no se ajusta a nuestra comprensión. Retenemos el aliento, como si quisiéramos hacer lugar para eso que no entra. Esa ha sido una constante en mi vida desde muy niña, esa sensación de que todo me sorprende, me maravilla y no hay cansancio. Cada día el pájaro me vuelve a maravillar como la primera vez.

El asombro nos obliga a volver a pensar, a reconfigurar nuestros esquemas mentales, porque eso que estamos viendo no se ajusta a nuestra comprensión. Retenemos el aliento, como si quisiéramos hacer lugar para eso que no entra.

En la iniciativa Savias: Mujeres para el futuro buscamos comunicar y cultivar la inteligencia, cuidado y acciones de las mujeres en distintos ámbitos de la sociedad. En un artículo publicado en la revista Sophia resaltabas el papel de los mitos y nos invitabas a las mujeres a reinventarnos las veces que nuestra alma así nos lo pidiera. ¿Qué pequeñas llaves puedes sugerirnos para comenzar este proceso de exploración y recreación?

Una idea es hacernos buenas preguntas. De hecho, la autoindagación es una camino espiritual de primer orden. Me siento cerca de ese camino, porque cada vez que nos hacemos ciertas preguntas las respuestas son nuevas. Preguntas como: ¿Quién soy en este momento de mi vida?, ¿quién quiero ser?, ¿qué es lo que más me motiva?, ¿cuál es mi anhelo más profundo?, ¿qué es lo que me enoja del mundo? ¿cuál es el mapa que estoy siguiendo? o ¿quién me lo dio? Cada vez que nos hacemos esas preguntas, comienza a gestarse una nueva forma de estar en el mundo.

Otra llave es la exploración mítica, a través de los arquetipos. ¿Cuál es el mito viejo?, ¿qué presupone? o ¿desde dónde puedo fundar un mito nuevo, que le haga honor a la persona que quiero ser? También suelo indagar en la sombra, en la imaginación y en los sueños, que como decía Freud son “el camino real” al inconsciente. Necesitamos entrar en ese océano, en ese lugar donde el ego no es tan hegemónico y uno puede bucear en esas aguas más hondas.

Si tuvieras que mencionar a algunas “Savias” en Argentina, ¿quiénes son esas mujeres que despiertan tu admiración?

Es difícil, porque hay mujeres interesantes en todos los campos. Pero me gustaría mencionar a dos que para mí están en el “panteón” y no son suficientemente conocidas. La primera, se llama Cielo Escalada. Una mujer valiente y encantadora, que vive y trabaja desde hace muchos años en Ciudad Oculta, en Lugano. Hace más de dos décadas, frente a las condiciones difíciles de vida, junto a otras mamás del barrio creó el Comedor y Guardería La Buena Voluntad. Desde ahí fue generando espacios de ayuda, apoyo escolar, talleres y hoy es un lugar maravilloso, un bálsamo para las familias del barrio. Nos queremos mucho y siempre que puedo la invito a hablar a distintos lugares. Para mí es un estandarte y aunque no ha estudiado filosofía ni habla de espiritualidad, encarna valores esenciales como pocas personas que conozco.

La otra “Savia” que viene a mi mente es Mariela Fumarola, quien lidera la organización Caminos Solidarios. Es la referente número uno de los Sin Techo en Buenos Aires y desde hace veinte años camina las calles conociendo y ayudando a las personas en situación de calle, no desde la beneficencia, sino desde la camaradería y la amistad.

Estas mujeres me despiertan una admiración inagotable, porque no hay distancia entre lo que piensan, lo que sienten y lo que hacen. Casi la definición de una buena vida, ¿no?

Para conocer más de Fabiana Fondevila: https://www.fabianafondevila.com

Fotografías Fabiana: Alejandra López (@alejandralopezfotografa) Fotografía Fabiana y Lakshmi: Ananda Arena.

Lo esencial es visible a los ojos y está en todas partes

Foto: Alejandra López

Por Carolina Cattaneo. Ilustraciones: Maite Ortiz

Las nubes se corrieron y el sol reaparece con prepotencia en Buenos Aires, después de veinte días ininterrumpidos de lluvia. Son las nueve de la mañana de un viernes de otoño, Fabiana Fondevila no quiere desaprovechar esos rayos tibios y elige dar la entrevista telefónica desde su jardín, un espacio verde despeinado por la belleza de enredaderas salvajes, hierbas aromáticas y plantas medicinales y comestibles. Es probable que esta mañana su casa –donde habitan sus dos hijos y su marido, libros e instrumentos musicales– huela, como muy habitualmente, a pan casero. Ese aroma se puede percibir al otro lado de la línea con apenas un poco de intuición: conocemos a Fabiana Fondevila; ella escribe para Sophia desde hace siete años. Las lectoras la conocen a través de sus notas y nosotras, por la cercanía cotidiana. Periodista de raza (cubrió acontecimientos históricos y entrevistó a personalidades como Ray Bradbury o Susan Sontag), Fabiana es exploradora de la inteligencia vincular y de lo sagrado cotidiano, guía de talleres en los que invita a acercarse íntimamente a las emociones y escritora. Su último libro, Donde vive el asombro. Prácticas para cultivar lo sagrado en la vida cotidiana (Random House Mondadori, 2018), es la razón por la que deja por un rato su rol habitual y ocupa esta vez el espacio de entrevistada.

Instrucciones para vivir la vida:

Prestar atención.

Rendirse al asombro.

Contarlo.

Un poema, en este caso de Mary Oliver, da comienzo al libro. No es casual. Fabiana Fondevila suele empezar y cerrar con lecturas poéticas los encuentros que promueve, como si buscara recurrir, con ese rito, a un halo sutil que envuelva a las personas que la acompañan y haga que se sientan una y, a la vez, parte de un todo mayor. Como una clase de plantas nativas o un taller sobre el mito del viaje de la heroína, así también empieza su libro.

El viaje del héroe, una película más grande

“El pico visionario” es una de las estaciones de Donde vive el asombro… Sus páginas ayudan a comprender, desde una mirada mítica, que “el camino que llevamos recorrido es mucho más que un hilván de sucesos azarosos”, y que si subiéramos a la cima de una montaña y viéramos nuestra vida desde arriba, veríamos “hasta el más arduo de nuestros problemas como una figura más de nuestro teatro de sombras”. El viaje del héroe es, como los carteles al costado de una ruta, el relato que Fabiana Fondevila eligió para guiar al lector en esta estación del mapa. “El viaje del héroe está inscripto en una mirada mayor, que es la mirada mítica. Es una explicación, un término que utiliza Joseph Campbell, para hablar de un gran mito que subyace a todos los mitos. Campbell encontró que los mitos de las distintas culturas contaban la misma historia: que la vida de todo ser humano es un camino que consiste en dejar el hogar, sortear dificultades, matar al dragón, encontrar un tesoro y regresar a casa con él. Es la historia de la evolución humana y representa los pasos que atravesamos para convertirnos en quienes somos realmente, en una versión auténtica de nosotros mismos”, dice la autora, y evoca un fragmento de Campbell que ella describe como “hermoso”. Es aquel en el que el mitólogo estadounidense dice: “Ni siquiera el camino es desconocido, miles de héroes lo han transitado antes que vos. El camino está cartografiado, y donde pensabas que te encontrarías con el demonio, te encontrarás con un Dios. Y cuando pensabas que matarías al dragón, te matarás a ti mismo”. Fabiana Fondevila interpreta el mito del viaje del héroe como un mapa en sí mismo, que cuenta de qué se trata la vida. “Un ejemplo cotidiano: te vas de tu casa cuando te emancipás, y eso es un flor de dragón, es un desafío que debés superar y del que tenés que salir airoso: es necesario que encuentres un trabajo y te ganes la vida. Quizá formes una pareja y tengas hijos; después vas a envejecer y morir. Todo eso tenés que poder enfrentarlo. Esto requiere un continente mayor que las pequeñas fuerzas personales, una dimensión mítica y sagrada que te cuente una película más grande y que haga lugar al misterio”.

Donde vive el asombro. Prácticas para cultivar lo sagrado en la vida cotidiana está organizado en capítulos que, en realidad, la autora eligió llamar “estaciones”. Cada una busca, con abundante base teórica y propuestas vivenciales, “restaurar las cualidades del corazón que nos ayudan a ver, apreciar y celebrar lo sagrado en los pequeños sucesos de cada día, y a través de ellos, la vida misma”. Con preguntas y respuestas, nos dejamos guiar por ese mapa y recorremos con ella sus estaciones.

–Partamos de la primera parte del título de tu libro. ¿Qué es el asombro? 

–El asombro es una emoción y también es una virtud que nos conecta de inmediato con lo trascendente. Aparece cuando estamos en presencia de algo tan vasto, tan grande en número, tamaño o dimensión, que no lo podemos comprender ni abarcar. Puede ocurrir espontáneamente con escenas de la naturaleza: ante un cielo estrellado, una catarata, una montaña, el océano. En esos momentos, el pensamiento se suspende y el pequeño yo que vive recordando o anticipándose, preocupándose, tironeado por la sucesión de hechos que conforman nuestra vida, se disuelve. Al estar en contacto directo con el misterio, nos salimos del tiempo y permanecemos en un puro presente. La percepción paradójica es que nos sentimos diminutos ante la inmensidad que estamos presenciando, y a la vez infinitos, porque formamos parte de eso que vemos.

–La segunda parte del título de tu libro es “Prácticas cotidianas para cultivar lo sagrado en la vida cotidiana”. ¿Dónde se encuentran el asombro y lo sagrado?

–El asombro es una de las emociones que nos produce lo sagrado, al igual que la gratitud, la alegría, la inspiración, la compasión. Porque lo sagrado es la percepción de lo más importante, de lo más valioso, de lo esencial. Y eso, que es importante y valioso para cada uno, nos conmueve. Entonces, el camino es doble: nos dejamos atravesar por el asombro que se nos presenta por sí solo, y lo buscamos con conciencia e intención, para recordarnos a nosotros mismos que vivimos en un mundo permeado por lo sagrado.

–Es difícil definir “lo sagrado”. 

–Sí, porque no es un concepto intelectual, es una vivencia y cada uno la reconoce cuando la siente, y después le cuesta ponerla en palabras. Hablamos de lo numinoso y lo numinoso es inefable; las palabras son el dedo que apunta a la luna. Puede costarnos explicarlo o definirlo, pero en la vivencia no hay dudas. Y no hace falta que se trate de vivencias solemnes ni grandilocuentes. Lo sagrado es la sensación de la importancia última que no se puede catalogar ni dividir en pedacitos, de algo que es maravilloso y misterioso y no se puede explicar.

–En el libro te referís a dos movimientos de conexión con lo espiritual, y decís que es bueno que ambos se complementen y enriquezcan mutuamente. ¿De qué se tratan?

–De cómo nos hemos comunicado con lo sagrado, con lo divino, con lo espiritual, desde el comienzo de los tiempos. Platón ya hablaba de esto como “dos corrientes de energía divina”. Una corriente –la ascendente, o trascendente– se interesa por la fuente única e impersonal, que dio nacimiento a las múltiples formas. Esa es la versión de las religiones, más puntualmente las monoteístas. El vínculo devocional es con esa fuente, no tanto con sus manifestaciones aquí en la Tierra. La fuente, al no estar encarnada, es una, no es múltiple, no hay matices. Entonces, si yo quiero ir ahí, una vía son los rezos que se dirigen a esa fuente y le agradecen, le imploran o le piden perdón. Otra vía es ir a buscar el silencio dentro de uno. A esta primera corriente no le interesan tanto las formas y manifestaciones, “la Creación”, en términos religiosos, sino la fuente misma, que no tiene forma, género ni características; es el “más allá”.

–¿Y en qué consiste la forma descendente de espiritualidad?

–A esta versión le interesa el “más acá”, las muchas formas en que se expresa la fuente en la Tierra, cómo se despliega acá. Las tradiciones de sabiduría que adoptan esta visión son más antiguas; son las culturas paganas, chamánicas, matriarcales, en las que la atención está centrada en las manifestaciones de la fuente. Cada una pone su énfasis en distintas expresiones: algunas lo ponen en las plantas, otras en los animales. Esto lo describe muy bien Joseph Campbell: las culturas agricultoras encontraban a los dioses encarnados en sus labores diarias, había dioses de la siembra y de la cosecha. Esta orientación lleva un sello femenino: las mujeres siempre nos hemos ocupado de los niños, los ancianos, los enfermos, los moribundos, de la comida y los quehaceres domésticos; entonces, lo sagrado no podía estar en otro lado que acá mismo, entre nosotros.

–¿Cultivar lo sagrado es una opción?

–Como es una vivencia, no se trata de si lo sagrado está o no está, como si estuviera o no presente un objeto, sino de si uno lo percibe o no lo percibe. En esencia, lo sagrado está en todas partes, pero no en todos aparece como una preocupación, una visión o siquiera una percepción. Es igual que con el amor (otro nombre para lo mismo): el amor está en todas partes, pero no se hace carne de la misma manera en todos. En estos casos, no es que no esté presente, sino que no aparece en su plena dimensión.

Entrevista a Fabiana Fondevila, autora de Donde vive el asombro
–Y cuando no hay conciencia de ello, ¿qué implicancias tiene en el ser humano?

–La consecuencia es que vivimos profanando, vivimos una vida desacralizada en el sentido de no hacer lugar para eso que es sanador, que es bello, que nos une con los demás. Se pierden de vista las cosas importantes. Cuando no se cultivan los dioses adecuados –y uso la palabra “dioses” en términos metafóricos–, aparecen dioses menos nobles. Porque como uno ansía ese alimento de todos modos (por más que lo desconozca), lo busca en lugares equivocados, y termina endiosando aspectos de la vida donde no vive lo sagrado, como la búsqueda desesperada de fama, dinero o estatus, por ejemplo. Se persiguen lamparitas de 40 vatios cuando lo que en realidad nos habita es un sol.

–Hay momentos de desesperación en la vida en los que uno no sabe qué necesita, ni siquiera sabe qué busca. Y si lo sagrado está y no lo vemos, ¿cómo se despierta esa conciencia?

–Mi sensación es que la mayor parte de la gente tiene un hambre, un anhelo, una sed, que hace que en algún lugar, aunque sea con algún desvío, lo busque y lo reconozca cuando lo atisba. En algún momento de la vida, uno reconoce aquello de “Ah, claro, de esto se trataba”, momentos de plenitud, de conexión. Creo que el campo siempre está presente. ¿Por qué nos conmueven tanto personas como Gandhi o la Madre Teresa o un Dalai Lama o ciertas situaciones? Porque algo en nosotros vivencia algo en esa latitud, porque algo en nosotros reconoce que ahí vive lo sagrado.

–¿Y cómo se despierta eso?

–Por contagio y elevación: si vas por la calle ensimismada en tu nube oscura y estás desconectada de todo, y ves a un adolescente ayudar a un ciego a cruzar la calle, o ves a dos amigas que se abrazan con emoción, cualquier situación que tenga que ver con el amor, ese momento te transporta ahí: por lo menos, en ese ratito se siente alivio. Está bastante presto, disponible, solo que la vida que llevamos no ayuda porque no lo jerarquiza. La sociedad no se esfuerza por lograrlo, vivimos encapsulados en nuestra cabeza, bastante desconectados del cuerpo, de nuestras emociones y de nuestros corazones, y, por lo tanto, de lo que nos puede tocar esa fibra.

–En el libro hablás del bypass espiritual. ¿De qué se trata?

–El bypass espiritual es un fenómeno relativamente nuevo, de nuestra era, y tiene que ver con un momento en el que la espiritualidad se puso de moda y empezó a transmitirse livianamente, como un atajo, una panacea y una solución para todo. Con tanta angustia y soledad que hay en nuestras sociedades, la gente y algunos maestros espirituales empezaron a usar la espiritualidad como un medio y no como un fin. Lo usaban para evitar entrar en contacto con los aspectos dolorosos y difíciles de la vida, cuando la verdadera espiritualidad abarca aspectos dolorosos y difíciles, y los resignifica. Uno se puede quedar con una visión de lo sagrado que involucra solo “el lado luminoso”, pero también te pone en contacto con lo sagrado la muerte de un ser querido o el momento en que te enfrentás con la posibilidad de tu propia muerte. Nunca es tan claro lo esencial como en el momento en el que se está por perder a esa persona, y a uno le cae un rayo, siente un estremecimiento. Ahí estás en contacto con los límites de la vida y con el misterio mismo.

–¿Por qué decidiste incluir el capítulo “El pantano”, que ahonda en los momentos de oscuridad? 

–El libro ofrece un mapa posible en el que cada estación es un recordatorio de alguna dimensión esencial de la vida, como en el caso de los ritos y las ceremonias. Pero no es solo un mapa de momentos o vivencias hermosas; está la sombra también, el pantano. Lo que quiere recordar ese capítulo es que eso también es parte de la vida, no es un error, y esta sos vos, con tus luces y tus sombras.

–Dedicás un capítulo a los ritos. La monja estadounidense Joan Chittister, en su libro Escuchar con el corazón”, recuerda que la escritora Christina Baldwin dice que el rito es nuestro modo de transmitir la presencia de lo sagrado. 

–El rito, nos dice Campbell, es una puesta en escena del mito; quiere decir que si el mito dice que somos seres de naturaleza espiritual, el rito va a crear una forma de traer esa espiritualidad a la vida cotidiana. Entonces, si vos en un momento del día prendés una vela, no es un acto utilitario, no cumple ningún propósito, pero encender ese fuego es un recordatorio de quién soy en verdad, de que no se trata de si soy más o menos lindo o tengo una nueva arruga: es un recordatorio de que soy un ser espiritual habitando este cuerpo, de que soy un cuerpo y a la vez más que eso. Lo que guía al rito es la intención, y eso es lo importante. Si no, caemos en cierta banalización del rito, en una mirada superficial. No hay que confundir la forma con el propósito. El rito es un acto amoroso, y si no tengo más que una vela, la pongo frente a mí, en el centro, y esa vela representará para mí lo divino y hacia ella me inclino. Es un rito igual de poderoso que estar en una catedral con cien mil personas cantando y cien mil velas ardiendo.

Ilustración de Maite Ortiz para la portada de El vergel




Estaciones de un mapa posible

“El vergel”, “El jardín secreto” y “La aldea” son tres de las “estaciones” de Donde vive el asombro... Ellas hablan de cómo las personas se vinculan con lo sagrado; en palabras de Fabiana Fondevila, “caminos transitados donde la humanidad ha encontrado reparo, sentido y profunda conexión”.



Como el musguito en la tierra

Miriam Pösz

“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, empezaré a ser feliz desde las tres.” Esto dice el Principito al zorro, en la fábula eterna de Saint-Exupéry. Así me siento yo respecto de la primavera. Hoy celebramos su comienzo oficial, pero en lo que a mí respecta, vengo festejando desde hace más o menos un mes, cuando sentí en el aire todavía frío ese primer atisbo de jazmín. Me tomó de sorpresa, como siempre, y expulsó de mí en un instante todo pensamiento que no fuera de liso y llano júbilo.

Me da un poco de pudor escribir acerca de lo mucho que amo la primavera, porque es como admitir que uno ama al sol, a los gatitos bebés, a los regalos con moño: la respuesta que se forma en el acto es: ¿quién no? Pero el hecho de que sea un lugar común no le quita a mi amor un ápice de intensidad. Llega esta época del año -no, llega la anticipación de esta época, cuando todavía no hay un mísero brote a la vista- y se empieza a dibujar en mi alma el esbozo de una sonrisa.

Como muchos, supongo, alguna vez he fantaseado con vivir en uno de esos privilegiados rincones del planeta que no saben de chalecos ni de bufandas: vivir en solero perenne, liviana, de cara al sol. Pero quién quiere perderse la fiesta de la cita anual con los pimpollos y el verde recién nacido.

Debo decir que esta devoción tiene raíces profundas. Los griegos de la Antigüedad asociaban celebraban la primavera de la mano de Dionisos, dios de la fertilidad, el vino, la locura ritual, el éxtasis, en una fiesta en la que degustaban el vino ya madurado de la cosecha previa. Los romanos la honraban con la fiesta de Floralia, en tributo a Flora, la diosa de los jardines, que representaba la renovación del ciclo de la vida. La Europa medieval transformó estos antiguos festivales agrícolas en la fiesta de May Day, en la que trenzaban coronas florales y coronaban al rey y la reina de mayo, además de danzar en torno de un “árbol ritual”, que era en realidad un tronco con guirnaldas.

Hoy festejamos con ritos más sencillos, pero quizás no menos sentidos. En algún lugar de nuestra psiquis que aún conecta con lo instintivo, sabemos que entramos en la época de las concreciones: de tomar esa clase de canto o de baile que hace tanto nos llama, de escribir el primer capítulo de la novela, de hablar con esa persona que nos intimida, de dar pasos cortos pero seguros en dirección de los sueños que se gestaron lentamente al amparo de la tierra.

Si nos animamos a salir al mundo, una cosa es segura: no estaremos solos. Así como los pájaros que tejen sus nidos (o los estrenan), como las ramas que abren sus puños al sol, como la hiedra en el muro, como el musguito en la piedra, es hora de ser la epifanía que esperamos, es hora de reverdecer. Con o sin miedo, con o sin dudas, con viento a favor o con lluvia en contra, ¡brotemos, ya!

Miriam Pösz

¿Tiene un sentido la vida?

No hay muchas frases que uno pueda decir, con honestidad, que le cambiaron la vida. Para mí, esta fue una de ellas. Como casi todo lo escrito por el gran mitólogo Joseph Campbell, esta idea fue un despertador: un llamado a vivir la vida más que a pensarla, a zambullirme en las experiencias que me ofrece cada día con más entrega y emoción que esfuerzo por comprender su signo y significado.

Como para tantos, mi búsqueda empezó con las grandes preguntas: ¿Por qué existe el sufrimiento? ¿Cómo convivir con la idea de la muerte? ¿Para qué estamos acá? ¿Cuál es el fin último de la existencia? ¿Qué es vivir una buena vida?

Busqué las respuestas, primero, en la filosofía. Encontré algunos vislumbres para seguir pensando, pero nada que se acercara a colmar mi sed. Mientras tanto, mi vida transcurría. Cuando las cosas fluían más o menos acorde a mis anhelos, la pregunta por el por qué se esfumaba, como los contornos de la sala cuando la película es atrapante. Pero las dudas reaparecían cuando el instante en el que el camino se volvía pedregoso, o algún recodo inesperado me ponía cara a cara con el abismo. ¿Por qué les pasan cosas terribles a personas buenas? ¿Por qué desaparecen aquellos sin quienes no podemos vivir? ¿Por qué albergamos ansias de infinito, cuando habitamos en un mundo (y un cuerpo) tan frágil y vulnerable? ¿Por qué no logramos hacer pie, más que por instantes, en un lugar seguro?

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Y entonces, un día, llegó la frase. Campbell la pronunció durante la icónica entrevista televisada con Bill Moyers, El poder del mito, y en su versión completa dice: “Las personas piensan que están buscando el sentido de la vida. Yo creo que lo que estamos buscando es la experiencia de estar vivos, de modo que las vivencias que tenemos en el plano puramente físico tengan resonancias en nuestro interior, con nuestra realidad y nuestro ser interior, y sintamos el éxtasis de estar vivos”.

Me resonó en cada célula. ¡Por supuesto que la experiencia de estar vivos eclipsa la pregunta! Nadie se pregunta por el sentido de un girasol, un abrazo, un atardecer. A nadie se le cruza la pregunta por el sentido cuando está enamorado, señala el mitólogo.

En estas gozosas ocasiones, no aparece la pregunta porque la vivencia es la respuesta. El corazón lleno de asombro, los sentidos desbordando contento, somos uno con la vida tal como se presenta. La mente descansa como un perro tras una comilona y nos otorga un respiro de la cárcel de la separación, con las emociones aflictivas que esto despierta.

Si aflora la pregunta por el sentido, frente a un acontecimiento feliz, es siempre una construcción mental posterior al hecho, cuando la experiencia se desvaneció y fuimos devueltos a la geografía de nuestro pequeño yo.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando lo que la vida nos ofrece es el desgarro de una pérdida, una o mil desilusiones, un final anunciado? Ahí la mente se estremece, se retuerce, se rebela, y pareciera que lo único que hay es la pregunta por el sentido.

¿Tiene algo para decirnos, en estas ocasiones, la aseveración de Campbell? Sí. Aún si la vida no tiene un tiene un sentido inherente, inmutable e igual para todos –como afirman los existencialistas- nada nos impide dar un sentido a las cosas que nos ocurren, a la luz de lo que vivimos hasta el momento. De hecho, no podemos dejar de hacerlo: el humano es un hacedor de sentido por naturaleza.

Si en la vida de una persona existieron instancias de amor y conexión, como existen casi siempre, hasta en las duras historias, el corazón hará de portal: el desconsuelo de una pérdida traerá el recuerdo de su antónimo, la devoción; la fealdad y la injusticia traerán en andas a sus reversos, la belleza y la justicia; en el desánimo aparecerá, como un negativo, la impronta de la pasión, y en el peor de los inviernos hallaremos –como Camus- un verano invencible.

Lo cierto es que el sentido no vive en ningún suceso, triste o agraciado. Vive en nuestra memoria, en nuestros vínculos, en nuestra capacidad de contar una buena historia, en nuestras luchas y nuestros esfuerzos, en las vidas hilvanadas de nuestros antepasados. Vive en nuestra capacidad de entrever lo uno en lo múltiple, lo eterno en lo efímero, la luz en la oscuridad. Vive en el milagro de volver a amanecer aquí, una vez más, los pies cubiertos de barro y los ojos de estrellas. Vive en la secreta semilla del corazón, que responde por nosotros: cualquiera que sea la pregunta, la vida es la respuesta.