El héroe interior, para coaches!

¿Por qué este curso? Porque la sociedad que habitamos prioriza lo urgente por encima de lo importante, los logros externos por encima de los internos, y en el mundanal ruido se vuelve difícil discernir la voz del yo profundo, y ayudar a otros a hacer lo propio. Si el privilegio de una vida es convertirnos en quien realmente somos, como bien dijo el psiquiatra suizo Carl Jung, entonces el camino será el de zambullirnos en nuestras profundidades, para poder brindar en nuestros trabajos, nuestros vínculos y nuestras comunidades, ese regalo único e irrepetible que vinimos a ofrecer. Este curso ofrece herramientas de trabajo específicas para personas formadas en coaching, que quieran acompañar a personas u organizaciones en el camino del auto-descubrimiento, y la potenciación de sus dones y posibilidades. En otras palabras, tiene una finalidad formativa, tanto como de auto-transformación.  
Estos son algunos de los tópicos a explorar:

Ampliar las fronteras del yo. ¿Quiénes somos, en verdad?
Resignificar la vocación. ¿Conocemos y actualizamos nuestro propósito?
Reencantar el mundo. ¿Cuánta intimidad tenemos con la tierra?
Danzar con lo sutil. ¿Dialogamos con los mundos invisibles?
Ser el cambio. ¿Abrazamos los arquetipos de transformación? 
Integrar las polaridades. ¿Cómo cultivar el matrimonio sagrado? 
Crear un espacio colectivo. ¿Cómo puedo crecer en mis vínculos? 
Aprender a pertenecer. ¿Cuál es mi lugar en la tribu?Animarse a liderar. ¿Cómo quiero que sea mi reino?
Encarnar al héroe interior. ¿Qué dones elijo nutrir, amplificar, desplegar?  

La modalidad será: encuentros mensuales, con opción a día de semana o domingo. La idea es que sea una experiencia profunda y movilizante, pero a la vez disfrutable.  Se pueden tomar encuentros sueltos.

Por dudas o para anotarse: info@fabianafondevila.com / 156 812-4444. 
Lanzamos en abril, los esperamos!

El llamado del otoño

Miriam Pösz

“Ya está, no hay nada que hacer, llegó el otoño”, dice mi hija, con cara de fatalidad. Hace rato que las señales están, aunque el termómetro simule un verano eterno: hojas que se sueltan de las ramas y flotan hacia el suelo, como ideas sueltas que nadie recogerá. Noches que erizan la piel. El casi imperceptible declinar de la luz.
Hay quienes aman el frío y sus rituales. Hay quienes celebran el cambio; el repentino quiebre en la monotonía. Pero casi nadie escapa a una faceta de la estación que comienza: el otoño tiene aroma a crepúsculo, a declive, a merma, a ocaso. No hace falta ser un alma melancólica para sentirlo. El repliegue de la savia hacia la tierra, la clorofila que retrocede, dando lugar al amarillo de los arces y los fresnos, al carmín y el púrpura de los robles y los liquidámbar. La paleta del otoño, que se refleja en el paisaje, en las frutas y hortalizas, y también en nuestro ánimo.
Mientras el mundo es verde, es fácil sentir que la pujanza es ley, que todo impulso tiende a su máxima expresión. Como el pasto y los yuyos, en el verano nuestras energías ascienden y eclosionan en dirección al sol. Pero cuando la luz y el verde se retiran, de pronto recordamos: no éramos eternos, invencibles, todopoderosos. El brillo de la vivacidad era prestado.
Según la medicina china, el otoño es la estación del duelo. La energía se centra en los pulmones y puede traer tos, congestión, lágrimas. También del intestino grueso, que es órgano de filtrado (ayuda a discriminar y dejar ir lo que no nos sirve). No es casual que, en inglés, el nombre de esta estación sea fall (caída). Para quienes tengan pérdidas recientes, o lleven en el corazón heridas grandes, es posible que las penas se reactiven por estos días, como se hacen sentir los huesos en días de humedad.
Pero aún sin que medien duelos personales, la tristeza nunca está del todo lejos de quien está prestando atención. La lenta agonía del planeta, y nuestra indolencia para frenarla. La verdad esencial de que cada vínculo, cada logro, cada nuevo comienzo, trae en su seno la semilla de su declinación. En tiempos de luz, es fácil olvidarlo. “Perdemos tanta energía tratando de encubrir lo que somos, cuando detrás de cada actitud está el deseo de ser amados, detrás de cada enojo hay una herida que busca ser sanada, y debajo de cada tristeza está el temor de que no alcance el tiempo”, dice el autor y poeta Mark Nepo.
El otoño no nos llama a regodearnos en la pena, sino a escuchar la invitación de la tristeza: soltar, para rejuvenecernos. ¿Soltar qué? Lo que nos sobra, lo que nos queda chico, lo que ya no vive, lo que nos pesa. Podemos hacerlo sin miedo, a sabiendas de que lo que realmente importa vivirá de todos modos, por mucho que lo soltemos. “El verdadero adulto humano entrega todo por aquello que no puede perderse”, declara otra poeta, Jennifer Welwood. Paradójicamente, el acto de soltar, de dejar de resistirnos a lo inevitable, nos da fuerza para librar las batallas que sí valen la pena: paliar los sufrimientos evitables, combatir los atropellos, cuidar de nuestro prodigioso hogar, y todos sus integrantes.
¿Qué hacer, entonces, con el frío que llega? Sacar las lanas del placard, poner a calentar la pava, abrigarnos con palabras sinceras. Respirar hondo, aflojarnos la ropa, hacer silencio. Y ver qué podemos entregar a la tierra hoy, junto con las hojas secas. Quizás sea la inercia, la inacción, las ganas de mirar para otro lado. Quizás sea un cúmulo de penas reprimidas. Quizás la misma tristeza que riega la tierra, la ayude a renacer.

Fabiana Fondevila

Pájaro rojo, Miriam Pösz

El asombro no tiene fin

Miriam Pösz

Miriam Pösz

Años antes de que la práctica de Mindfulness copara titulares con su invitación a saborear el momento, Mary Oliver –la poeta estadounidense fallecida la semana pasada, a los 83 años- ya decía cosas como: “La atención es el comienzo de la devoción”, “Prestar atención es nuestro trabajo apropiado y sin fin”. Y también: “Esta es la cosa primera, más sabia y más salvaje que conozco: el alma existe, y está hecha enteramente de atención”.

No lo decía desde el púlpito. Lo decía desde el bosque en el que vivía (en Provincetown, Massachussetts) mientras esperaba una hora más, inmóvil entre los árboles y el musgo, la aparición de aquel ciervo que un día, tras otra ofrenda similar de tiempo y paciencia, se acercó a frotarle su cara en la mano. En verdad eran dos y, según cuenta, uno le habría dicho al otro: “Ella está bien / veamos quién es / y por qué está sentada // en la tierra de ese modo / tan silenciosa, / como si durmiera, o soñara / pero, en cualquier caso, inofensiva.”

Lo decía mientras saludaba al sol, cada mañana, deleitándose con la fidelidad de su presencia. Así, por ejemplo: “Hola, sol en mi cara. / Hola, tú que hiciste la mañana, / y la esparciste sobre los campos, / y en las caras de los tulipanes, / y en las campanas violetas, / de la enredadera que sacuden sus cabezas. // Y en las ventanas, incluso, de los afligidos y los malhumorados.”

Para quienes la leímos con fruición, su nombre es sinónimo de atención y de otras palabras fundantes: salvaje, misterio, asombro, pavura, devoción, gracia, gratitud. Todas cobraban vida en sus poemas sencillos, llenos de buenas preguntas, que vivían en el cruce de caminos entre naturaleza y espiritualidad.

mary oliver
Mary Oliver, en una foto reciente.

Desde Whitman y Thoreau, nadie había logrado hacerle decir tanto a los pastos y los cielos, ni había podido sumergirnos con tanta sutileza en la experiencia encarnada de lo sagrado. Pocos supieron provocarnos con tanta altura, arrojando interpelaciones como: “¿Estás respirando solo un poquito, y llamándolo vida?”, “¿Y vos, también, entendiste al fin para qué existe la belleza / y cambiaste tu vida?”, y “Esta es la gran pregunta, la que el mundo te arroja cada mañana. ‘Aquí estás, vivo. ¿Te gustaría comentar?’”

Mary Oliver era una rara avis. Distinguida con un Premio Pulitzer y un National Book Award, era a la vez vista con recelo por parte de la crítica por ser una especie de rock star de la poesía. Sus libros eran recibidos como novelas de Harry Potter, sus frases celebérrimas –¿y tú, qué piensas hacer con tu vida preciosa, salvaje, única?”- eran tweetiadas e instagramiadas, sus lecturas eran siempre a sala llena y, lo más extraño de todo, para una ermitaña que le escapaba a las entrevistas, la gente la adoraba.

Algunos de sus poemas, como el tan citado Gansos salvajes, han salvado vidas con su exhortación a compartir nuestro dolor, a permitir que “el animal suave de tu cuerpo ame lo que ama”, a recuperar nuestro lugar “en la familia de las cosas”. Otros, como el más desconocido Rezar, abrieron las puertas de la oración hasta a los ateos: “No tiene por qué ser / un lirio azul, pueden ser / unos yuyos en el baldío / o unas piedras pequeñas, solo / presta atención, luego / Junta unas palabras y no intentes / que sean elaboradas, esto no es / un concurso, sino un umbral / a la gratitud, y un silencio en el / cual otra voz pueda hablar.”

Algunos veían en Mary a una poeta bucólica, ciega a la oscuridad del mundo. Esas personas no la leyeron con atención. No había rasgo de ingenuidad en sus descripciones del mundo natural, que incluían escenas como la agonía de un pez que ella misma pescó. Tras separar su carne de sus huesos y comerlo, concluye: “Ahora el mar está en mí: yo soy el pez / el pez destella en mí; nos elevamos / enmarañados / destinados a caer / de vuelta al mar. / Del dolor, y el dolor, y más dolor, alimentamos esta trama febril, somos alimentados por el misterio”.

Otros la imaginaban una artista becada o acaudalada, ya que podía darse el lujo de pasar sus días divagando de sol a sol. La respuesta, dicha por ella misma, es que muchas veces deambulaba en busca de yuyos, hongos, peces y almejas para alimentarse, ya que por años ella y su mujer, la fotógrafa Molly Malone Cook, fueron demasiado pobres para comprar comida.  

Nada en la vida de Mary fue fácil ni liviano. Tuvo una infancia cruel: padre abusivo, madre desaprensiva. Su respuesta fue vivir escabulléndose al bosque de su Ohio natal, a perderse entre las páginas de Wordsworth, Keats, Shelley, Emerson y su alma mater Whitman; solo ella y las ramas, ella y las imágenes de las páginas que se derramaban sobre la tierra. “Me construí un mundo de palabras”, diría en una entrevista.

A los 17 visitó la casa de la poeta (también galardonada con el Pulitzer) Edna St. Vincent Millay, en Austerlitz, Nueva York. Ahí se hizo amiga de Norma, la hermana de la poeta, y terminó dedicando siete años a organizar los papeles de la artista. Fue en una posterior visita a Austerlitz, en 1950, que conoció a Molly. Se enamoraron a primera vista, según cuenta, aunque la fotógrafa (varios años mayor) fingió indiferencia tras sus gafas oscuras. Pasarían juntas las siguientes cuatro décadas, en una cabaña perdida en la península de Cape Cod. Cook sería su agente literaria y la destinataria de sus dedicatorias, hasta el día de su muerte.  

Mujer del bosque

La aldea de Provincetown se encuentra al final del signo de pregunta que es Cape Cod (Cabo Cod), en el noreste de Estados Unidos. Reducto de artistas, bohemios y una pujante comunidad gay, el pueblito de 3 mil y pico de habitantes atrae a los turistas por sus playas, su arquitectura encantadora y sus galerías de arte. Pero esa no es la Provincetown que cautivó a Mary. Su reducto personal fue la reserva natural lindante, llamada Province Lands: 1.400 hectáreas pobladas de lagos, lagunas y la más variada vida silvestre. Ahí caminaba Mary cada mañana, libreta cosida a mano embutida en el bolsillo, deteniéndose cada vez que una palabra o una frase asomaba en su imaginación. Así lo cuenta en “Cómo voy al bosque”:

Casi siempre voy al bosque sola, sin un solo amigo, porque ellos son sonreidores y habladores y, por lo tanto, no son aptos.

Realmente no quiero ser vista hablando con los pájaros gatogris o abrazando al viejo roble negro. Yo tengo mi forma de rezar, como sin duda vos tenés la tuya.

Además, cuando estoy sola puedo volverme invisible. Puedo sentarme sobre una duna tan inmóvil como un manojo de yuyos, hasta que los zorros corren a mi lado, despreocupados. Puedo escuchar los sonidos casi inaudibles de las rosas que cantan.

Si alguna vez fuiste al bosque conmigo, debo quererte mucho.

Los títulos de su veintena de libros señalan claramente la fuente de sus apegos y lealtades: Cisne, Viento oeste, Pino blanco, Mil mañanas, Pasturas azules, Pájaro rojo (publicado en español), La hoja y la nube, Río arriba, Doce lunas, Lechuzas y otras fantasías.

Aunque su amor por el mundo nunca mermó, desde la muerte de Molly en 2005, empezaron a imponerse otros tópicos. Sed, uno de sus obras medulares, es homenaje, duelo y aceptación de la ausencia de su amada, a la vez que un reencuentro con la fe que no pudo albergar en la Iglesia de su infancia. “El amor por la tierra y el amor por ti están teniendo una conversación tan larga en mi corazón”, confiesa.

De ahí en más, la muerte se vuelve una compañera de ruta. En 2012 escribe “El cuarto signo del Zodíaco”, en alusión a la enfermedad que la visitó ese año por primera vez. “¿Cómo será / luego de ese último día?” – se pregunta- “¿Flotaré / hacia el cielo / o me refregaré / dentro de la tierra o un río – / recordando nada? / Qué desesperada estaría / si no pudiera recordar / al sol que asciende, si no pudiera / recordar a los árboles, los ríos; si no pudiera recordar / siquiera, amada / tu amado nombre”.

En “Cuando llegue la muerte”, pide “atravesar el umbral llena de curiosidad, / preguntándome: / ¿qué aspecto tendrá esta morada oscura?” Y declara: “Cuando todo acabe quiero decir: / Fui una novia casada con el asombro. / Fui el novio, alzando el mundo en sus brazos”.

Por fin, en “En el Bosque Aguasnegras” entrega una hoja de ruta para los que quedamos de este lado del desgarro.

“Para vivir en este mundo

debes poder hacer

tres cosas:

amar lo que es mortal

abrazarlo

contra tus huesos sabiendo

que tu propia vida depende de ello;

y, cuando llegue el momento de dejarlo ir,

dejarlo ir.”

Hoy nos toca a nosotros, a quienes la amamos con devoción, como se ama a un pariente lejano cuya herencia corre insólitamente por nuestras venas, atravesar ese umbral. ¿Cómo cumplir con tan dura cita?

Como buenos discípulos diremos gracias, diremos adiós, diremos buen viaje, querida. Y mañana, al llegar el alba, saludaremos al sol, que también la recuerda.

Fabiana Fondevila

Traducciones citadas, de la autora.

mary oliver

Gracias por el asombro

¿Cómo escribir de alguien que representó, para mí y para tantos, un conducto a la felicidad tan seguro como el cielo, el aire o los mil y un pájaros que salían de su pluma? ¿Cómo hacerle honor, con palabras, a quien fue la artesana de tantas imágenes perfectas, pulidas como piedras de río? ¿Cómo contarles, a quienes no conocieron a la inusitada Mary Oliver, la conjunción imposible de maravillas que vivían en su poesía?

Hoy no puedo, ya podré. El corazón necesita reposar en su recámara, dejar que las aguas agitadas por la pena se calmen, que la mente haga las paces con la orfandad flamante, que la vida continúe sin ella. Hoy no puedo, ya podré.

En su lugar, comparto (abajo) un perfil que escribí hace muchos años, en otro tiempo y espacio, intentando rendir tributo al regalo que era ella, su música, su mirada, su amor salvaje por el mundo.

Quienes saben de mi amor por ella muchas veces me preguntaron por qué no procuraba entrevistarla (no daba entrevistas, salvo milagros), ser su traductora, acercarme de una u otra manera. Lo cierto es que nunca me hizo falta. Me colmaba saberla ahí, atravesando el bosque a solas, con la libreta pequeña embutida en el bolsillo, enmudeciendo por horas a la espera de aquel ciervo, conversando con las ranas del estanque, cambiando cualquier galardón por un atisbo más de ese zorro gris.

Hoy no hay palabras, no hay citas, no hay poesía. Solo esta inmensa gratitud que me abre el pecho al medio y me roba el aliento. Ella y sus lunas, sus zorros, su alma abismal.

¿Qué es la mitología personal? - Fabiaa Fondevila

¿Qué es la mitología personal?

Con su habitual humor, Joseph Campbell alguna vez definió al mito como “la religión de otras personas”. Por supuesto, para el gran mitólogo de la humanidad, los mitos eran mucho más que esto, y así lo dejó en claro en obras titánicas como “El héroe de las mil caras”, “Las máscaras de Dios” y el “El poder del mito”.

En sus escritos explora los mitos de cada cultura, enumera sus funciones, subraya su importancia en la vida de las personas, recuerda lo que ocurre cuando un mito reinante pierde vigencia y vitalidad. Una definición se enfoca en lo psicológico y dice: “Las ideas mitológicas son las imágenes a través de las cuales la conciencia toma contacto con el Inconsciente”.

Estas imágenes no pasan por la razón: nos hablan a través de sueños, intuiciones, impulsos irreprimibles, llamados a emprender aventuras que nos alejan decididamente de lo conocido. Por esta razón, cuando una persona pierde sus imágenes mitológicas se desconecta de su ser más íntimo, y sufre una sensación de ansiedad, vacío, desánimo y desarraigo.

Campbell no fue el primero en escribir sobre la importancia de conocer el mito que guía nuestras vidas. En su autobiografía, Carl G. Jung cuenta que cuando terminó de escribir “Símbolos de transformación”, le surgió una importante inquietud. En sus propias palabras: “Apenas concluí el manuscrito, me di cuenta de lo que significaba vivir con un mito, y lo que significaba vivir sin uno…”. Acto seguido se preguntó cuál era el mito por el que él, personalmente, estaba viviendo, y tuvo que admitir que no lo sabía. “Por lo tanto, de la manera más natural, me propuse conocer mi propio mito, y consideré ésta la más importante de las tareas”, concluye el psiquiatra.

¿Qué es, entonces, un mito personal?

Así lo definen los psicólogos David Feinstein y Stanley Krippner, autores de “Tu camino mítico” y exploradores de larga data del universo psíquico: “Un mito personal es una constelación de creencias, sentimientos, imágenes y reglas –que operan mayormente de manera inconsciente- que interpretan la sensaciones, construyen nuevas explicaciones y dirigen la conducta”. Esta constelación responde a las preguntas más urgentes del ser humano: la de la identidad (¿Quién soy?), la dirección (¿A dónde voy?) y el propósito que nos guía (¿Qué me motiva?).

Si en el pasado estas preguntas hallaban respuesta unívoca en los grandes mitos de cada cultura, en nuestra sociedad fragmentada y cosmopolita, las respuestas son forzosamente personales. A excepción de quienes aún encuentran guía y sustento en las grandes religiones, el camino hoy es solitario y requiere de ajustes y revisiones permanentes. Pero aun los mitos personales deben cumplir las cuatro grandes funciones descriptas por Campbell: ayudarnos a comprender el mundo que nos rodea (función cosmológica, hoy cubierta en gran parte por la ciencia), a atravesar las etapas evolutivas de la vida (función psicológica), a establecer vínculos con la comunidad (función sociológica), y a comprender nuestro lugar en el vasto y misterioso universo (función mística o metafísica).

Hablar de “mito personal” tiene un inconveniente: da la sensación de que aquellas reglas, creencias e imágenes que guían nuestro accionar fueran un todo único e inmutable, cuando la realidad es que están en permanente tensión y movimiento. Los mitos heredados de la infancia siguen vigentes hasta la que vida nos enfrenta con situaciones que los ponen en jaque, y nos obligan a cambiarlos. Cuando no lo hacemos, e intentamos seguir viviendo de acuerdo a patrones agonizantes, la sensación es de estar desconectados de nosotros mismos, como viviendo una vida ajena.

Dice Campbell: “Muchos vivimos con mitos que pueden servirnos para toda la vida. Para esas personas, no hay ningún problema. Conocen su mito: proviene de alguna de las grandes tradiciones religiosas heredadas. Es muy posible que este mito baste para guiarlos por los caminos de la vida.

Pero hay otros en este mundo para quienes esos puntos de referencia no llevan a ninguna parte. Encontramos a estas personas, especialmente, entre alumnos universitarios, profesores, personas en las ciudades –los que los rusos llaman “la intelligentsia” (los intelectuales). Para estas personas, los antiguos patrones no convencen, por lo que, cuando llegan las crisis, no les sirven de ayuda.

Otros sienten que están viviendo de acuerdo a cierto sistema, pero en rigor no lo están. Van a la iglesia los domingos y leen la Biblia, pero los símbolos no les hablan. La fuerza que los motiva viene de otra parte.”

Campbell propone una pregunta para ayudar a develar por dónde pasa nuestro propio mito: “Si me enfrentara un día con una situación completamente catastrófica, si todo lo que amo y por lo que vivo fuera de pronto devastado, ¿para qué viviría? Si llegara a mi casa y encontrara a mi familia asesinada, mi casa en cenizas, mi carrera de golpe aniquilada por una fuerza u otra, ¿qué me sostendría? (…) ¿Qué me haría saber que puedo seguir viviendo y no simplemente desmoronarme y rendirme?”

Hay formas menos extremas de indagar en ese mar profundo del que extraemos sustento: ejercicios de escritura, trabajo con los sueños, meditaciones y reinterpretaciones artísticas de nuestra propia vida. Cualquiera sea el camino que elijamos, entablar ese diálogo nos vitaliza y despierta, recupera la energía única que brota de la fuente. De algún modo, lanzarnos a bucear en estas aguas es crear nuestra propia llamada a la aventura. Y dar, como respuesta, un sí rotundo y febril.

Fabiana Fondevila

Ilustración: patwasi

hacer de una fiesta un festín - Fabiana Fondevila

Hacer de una fiesta un festín

Hay brindis, hay comida rica, hay encuentros y desencuentros. Siempre que las personas se juntan en ocasiones festivas, hay intención de divertirse, de compartir historias, de ponerse al día, de celebrar. Pero para sentir que celebramos, a veces enloquecemos un poco con los preparativos, como si apelando a los excesos aseguráramos el festín. Para estas fechas, es fácil confundirse y pensar que que una celebración depende de la cantidad o elaboración de la comida, de la cantidad de gente que acude a la cita, de cuán bien le estén yendo las cosas a los participantes. Lo que olvidamos en esos momentos es lo que verdaderamente significa celebrar.

Celebrar es participar de un rito. Un rito es una acción que pone en escena, de manera simbólica, una intención, un pedido, una emoción, un pasaje; en otras palabras, corporiza en el mundo visible lo invisible. Por su naturaleza, un rito nunca cumple un fin práctico. Tomemos como ejemplo tomar una copa de vino, bebida ritual si las hay. Podríamos tomar el vino como tomamos agua o una gaseosa, sin ningún gesto en especial. Pero no lo hacemos: alzamos la copa, nos buscamos las miradas, hacemos una pausa, pronunciamos alguna palabra a la altura del momento. Gracias a esa pausa plena de sentido, lo que llena nuestras copas no es solo alimento para el cuerpo, sino para el espíritu.

Recurrimos a los ritos cada vez que pasa algo importante en nuestras vidas que queremos o necesitamos honrar (señalándolo como significativo, separándolo de lo banal). En los ritos de celebración, lo que honramos es la alegría. No la felicidad de que todo esté saliendo bien, ni siquiera la esperanza de que el año que viene salga mejor; lo que celebramos es la alegría de estar juntos, de estar vivos, de tener algo (o mucho) que celebrar. Si hacemos pie en esa motivación, hasta los acontecimientos más nimios pueden convertirse en celebración: abrir los postigos para recibir la mañana, compartir una taza de té, recordar juntos a un ser querido, cocinar algo sencillo con alguien en mente, preparar nuestra casa para recibirnos unos a otros, como quien abre las puertas del corazón.

En estos días de fiesta, o en cualquier día del año, hay un par de ingredientes que dicen “celebración” más que cualquier banderín de colores. Uno es mirar con ojos de asombro. Ver con mirada fresca, despabilada, aquello que nos acompaña cada día. Recordar que –así como la vida en el planeta- la conjunción de circunstancias que tuvieron que sucederse para que cada uno de nosotros esté aquí hoy, disfrutando de un nuevo día en esta esfera verde-azul que gira en el universo, es lo más parecido a un milagro que conocemos. Asombrarnos por los que ya pasaron por aquí y nos dejaron en herencia sus dichas y sus añoranzas. Asombrarnos por los que vendrán, cuyas vidas dependen de algún modo de lo que hagamos con las propias, pero que a la vez traerán lo nuevo (si cerramos los ojos, lo intuimos). Asombrarnos.

El otro ingrediente es la gratitud. No dar nada por sentado, ver lo que hay de gracia en los acontecimientos más sencillos y cotidianos. Pensar, al levantar una taza de café, como diría el querido Hermano David Steindl-Rast: “este no es cualquier café, este es EL café que la vida me está ofreciendo en este momento, y poder saborearlo es un regalo”. Reconocer que casi todas las cosas importantes que pueblan nuestras vidas no son obra nuestra (o solo en parte), sentir el alivio manso de la humildad.  En su poema Mensajera, Mary Oliver se recuerda a sí misma: “Déjame enfocar mi mente en lo que importa, que es mi trabajo / que es, más que nada, quedarme quieta y aprender a sentir el asombro. / (…) Que es más que nada celebrar, ya que todos los ingredientes están”.

Cada vez que podamos conectar con otro ser (persona, pájaro, árbol o estrella) en un clima interior de asombro y gratitud, el acto devendrá en celebración de forma inmediata e inevitable, porque todo encuentro verdadero recrea el misterio y la maravilla de vivir. Eso sí que es un festín.

 

Fabiana Fondevila

Foto: Miriam Pösz

Cuando el mundo duele - Fabiana Fondevila

Cuando el mundo duele

Difícil aceptar que este mundo, pródigo en asombros y alegrías, albergue también lluvias de fuego, chicos vueltos huérfanos por aviones anónimos, gente que halla el fin en una noche de teatro. Difícil entender que los seres humanos, proclives a crear sinfonías, lagos de los cisnes y Mona Lisas, sean capaces, también, de actos tan ruines.

Pero esta es la verdad y de nada sirve negarlo. Como a Mafalda alguna vez, hoy a todos nos duele el mundo. Nos duele, sobre todo, que no haya extraterrestres ni fuerzas cósmicas a quienes culpar, que por mucho que cueste admitirlo, quienes perpetraron las masacres, desde todos los bandos, son personas como nosotros.

Si intentamos comprender los motivos de la barbarie, podemos perdernos en los laberintos de la historia. La geopolítica es compleja y la de Oriente Medio lo es por encima de todas. Una historia poblada de infinidad de actores, antagonismos raciales y religiosos, hambre de poder, codicia, intereses mezquinos que se disfrazan de humanitarios, iras y rencores. Siglos, milenios de violencia ininterrumpida. Y no es, ni por lejos, el único rincón del planeta en sufrir estos desgarros.

Quiero recordarme este estado de cosas cuando me siento tentada a alegrarme del despertar de la consciencia en el planeta, de ser cada vez más las personas que practicamos la compasión y el altruismo, que meditamos y procuramos ser la mejor versión de nosotros mismos, que enarbolamos ideas progresistas. Todo esto es vital y es necesario, pero no podemos descansar en estos logros hasta que el respeto por las diferencias haya alcanzado masa crítica, hasta que nuestras humanas sombras estén cercadas por fortalezas de luz, hasta que por cada voz que predique el odio haya tres que proclamen el amor.

Si alguna vez imaginamos que la espiritualidad –entendida ampliamente como la reverencia por la vida- podía seguir su propio camino, desentendiéndose por completo de los aconteceres del planeta, hoy sabemos que no es así. Por un lado, porque de hacerlo, pronto no quedará planeta donde ejercerla. Y por otro, porque cuando el horror pisa fuerte, permanecer al margen equivale a una suerte de complicidad. “Todo lo que hace falta para que el mal triunfe es que las buenas personas no hagan nada”, dijo el filósofo Edmund Burke hace casi cien años. Hoy es tan cierto como entonces.

¿Qué hacer? Ejercer la paz en nuestra propia vida. No solo en el almohadón de meditar, sino en la calle, tras el volante, en la oficina. Enseñarla con el ejemplo a nuestros hijos. Pero igual de importante es estar listos para levantar nuestras voces contra la intolerancia y el odio cada vez que estos asomen cabeza, sea cerca o lejos de casa. Usar todos los medios a nuestro alcance para decir basta a la violencia de cualquier bando o bandera, basta a los atropellos, basta a la obscena indiferencia.

Es tanto lo que hemos logrado. Exploramos los confines del universo. Descubrimos microcosmos. Desterramos enfermedades. Conquistamos derechos. Creamos obras de inaudita belleza. Soñamos inmensidades y las alcanzamos.

¿Podremos lograr, al fin, nuestro anhelo más antiguo? ¿Podremos vivir como hermanos?

Fabiana Fondevila

El desafío de la humildad - Fabiana Fondevila

El desafío de la humildad

¿A quién no le pasa? ¿Y a quién no le cuesta? Creemos que entendemos algo, que lo entendemos en serio, de arriba hasta abajo y de atrás para adelante, que no hay nada más que decir al respecto, que eso que pensamos, simplemente, es. Podría ocurrir que, en ese momento de dichosa comprensión, alguien venga a sugerir, o incluso a echarnos en cara, que la verdad, para él o para ella, es nada más ni nada menos que exactamente lo contrario.

¿Qué hacer? ¿Escuchar su posición y la considerarla, aunque sea por un instante? ¿Ver en qué lugar es posible que su postura y la nuestra se encuentren, aun cediendo algo de precioso territorio? No. Lo que hacemos, la mayor parte del tiempo, y más cuando aquello que se cuestiona es, para nosotros, incuestionable, es cerrar filas detrás de nuestro pensamiento y erigir fortalezas de espinas contra el infractor.

Curiosamente, suele pasar que cuando más avanzamos en nuestros conocimientos, más nos encerramos en ellos. El principiante está abierto a todo. El experto está cada vez más encaramado en sus saberes y deja cada vez menos resquicios abiertos a la duda. Visto de otra manera, tiene ya poco espacio para aprender. Pero ocurre que, con la maduración intelectual, emocional y espiritual, el conocedor, eventualmente, deviene en sabio. Y el sabio, al fin, recuerda que no sabe nada.

Es un no saber relativo, claro. En verdad sabe un montón de cosas, pero por sobre todas ellas sobrevuela esa cualidad única que nos conecta con la tierra y sus habitantes más pequeños: la humildad. El saberse uno entre tantos, ni por encima, ni por debajo, tan acertados como nuestra próxima equivocación, tan inmortal como la lombriz y la mariposa, tan incólume como la tierra que no para de mutar. No casualmente viene de ahí la palabra humilde –de humus, tierra- y ahí, en ese sólido territorio, es donde somos verdaderamente grandes.

Por estos días, en la Argentina se erigen fortalezas. En cada una hay argumentos, convicciones, ideales. Como en toda fortaleza hay, también, poca visibilidad y síntomas de encierro. En esas condiciones, es muy posible que los ideales terminen por oscurecer más de lo que iluminan.

Para nadie es fácil abrir esas ventanas, porque detrás de ellas hay tesoros que defendemos. Pero el corazón tiene otros designios, y tarde o temprano nos pide que abramos las puertas hasta a lo más desafiante, porque solo así nos transformamos mutuamente y hacemos, de un laberinto de muros, una comunidad.

Mientras tanto, en las calles de Buenos Aires los tilos se aprestan a florecer. Cuando abran esos capullos -piadosos como la luna en aquel verso borgeano-, a nadie negarán su perfume. ¿Dejaremos que nos recuerden esa verdad antigua, tan cierta hoy como en el principio: cuan bella e inexorablemente nos pertenecemos?

Fabiana Fondevila

Un noche que fue ofrenda - Fabiana Fondevila

Una noche que fue ofrenda

No importa cuántos “gracias” se dijeron. Quizás demasiados, ya que ese era el tema de la noche y no existe, aún, en castellano, otra palabra que supere a ese vocablo en riqueza y que nombre esa precisa emoción, esa exacta actitud ante la vida que la noche buscaba homenajear.

No importa cuántos gracias fueron porque, al decir de Brother David Steindl-Rast, monje benedictino, autor de una decena de libros sobre las honduras de la vida espiritual, constructor de puentes entre las religiones y también entre quienes sustentan una fe y quienes se abstienen de ello, la gratitud se expresa y se explicita en la alegría del corazón, venga o no acompañada esa emoción de la palabra “gracias”. Y esa alegría fue palpable en cada instancia de la velada que compartieron unas mil personas, el martes 3 de mayo, en el auditorio La Nave de las Ciencias, de Tecnópolis. Afuera, el viento era helado. Adentro las velas ardían aun antes de encenderse.

Con Boy Olmi como presentador, el encuentro se inició con un breve rito para contactar con el corazón, en el que empezó a tenderse una red invisible que acompañaría la velada. Luego Brother David Steindl-Rast recibió al público junto al célebre Pedro Aznar. Desde el centro del escenario invitaron al público a cantar juntos una nota, una sola, para seguir entretejiendo energías, como preparación de una noche que se apoyaría en todo momento en la emoción y la intimidad compartida.

Brother David desgranó luego su sencillísima explicación sobre la esencia de la gratitud. Explicó que la alegría de la gratitud surge espontáneamente en presencia de dos factores muy habituales en la vida: la conciencia de recibir algo valioso, y que ese algo valioso sea completamente libre, dado, gratuito. Si bien la emoción surge en las personas con mucha facilidad, explicó, nos gustaría poder sentirla en todo momento, incluso cuando no están pasándonos cosas buenas. ¿Cómo se logra? Tomando conciencia de que cada momento, con sus cualidades únicas, es en sí mismo valioso, y es un regalo. “No podemos hacer nada para comprar el próximo momento”, dijo. Por lo tanto, si podemos ver cuál es la oportunidad que se presenta en cada momento –sea para disfrutar (como ocurre la mayor parte del tiempo), para protestar cuando algo está mal, o para entrar en acción y cambiar lo que haya cambiar-, podremos asir la oportunidad del momento y vivirlo con plenitud y alegría.

Para esto, propone el monje un camino de tres pasos: Stop (detenernos) – Look (ver la oportunidad) y Go (avanzar). Si hacemos este pequeño procedimiento, tan simple que hasta los niños lo aprenden con facilidad, cada vez que lo recordemos, estaremos honrando lo que la vida nos ofrece a cada momento. Y, de paso, seremos mucho más felices. “Eso es lo maravilloso de esta práctica espiritual que es la gratitud: si empiezan a hacer este ejercicio hoy mismo, se irán a dormir esta noche mucho más felices de lo que eran esta mañana. ¡Es instantáneo!”

Pero, instantáneo o no, lo cierto es que, muchas veces las cosas conspiran para alejarnos de la emoción de la gratitud. ¿Cómo transitar con gratitud una enfermedad grave, una situación social acuciante, la pérdida irreparable de un hijo? En esas instancias límites no podemos hablar de gratitud como emoción espontánea pero sí de “vivir agradecidos” en el sentido de abrir el corazón a la posibilidad del retorno de la luz. De esa porción de la realidad dieron cátedra las tres invitadas siguientes.

A través de la pantalla montada en el escenario, la escultora Margarita Gordyn, dio cuenta de que, aun padeciendo una enfermedad durísima como es la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), que la ha dejado virtualmente inmóvil, es posible habitar momentos de agradecimiento y contacto con la belleza de la vida. “Lo que hago es ir hacia adentro. Ir hacia adentro es vivir el presente, y desde ahí es posible agradecer”, dijo, y citó ejemplos: “Siento gratitud por mi nieta, que nació el año pasado, por los libros que me leen, por mis plantas, por mis vínculos. (…) A veces tengo miedo, siempre tenemos miedo, es natural porque somos humanos. Entonces, cuando siento miedo, respiro el miedo, lo acepto, lo dejo ser.” “La vida es milagrosa… hay mucho por agradecer” Esta última frase, asombrosa en sí misma, quedó resonando en el escenario mucho después de que su imagen dejara la pantalla.

Vicky Viel Temperley subió luego al escenario con paso firme y con idéntico vigor contó su historia: cómo perdió a su hijo de 17 años a un cáncer, y lejos de quedar atrapada por siempre en el duelo peor, el más temido, salió a hacer de su dolor un instrumento. Creó la Fundación Dónde Quiero Estar, que ofrece a pacientes oncológico apoyo psicológico, reflexología y arte. En cada paciente angustiado a quien logra arrancar una sonrisa, en cada conquista de la paz por encima del miedo, Vicky ve renacer a su hijo. Está claro: son muchos los afortunados que han renacido bajo sus cuidados.

Luego fue el turno de Cielo Escalada, fundadora del Comedor La Buena Voluntad, de Ciudad Oculta (Lugano). Con una voz que no olvida a la niña que fue, Cielo contó cómo, décadas atrás se encontró ante una decisión difícil. Sus hijos eran chiquitos y la vida en el barrio no era fácil, pero era aún peor para las decenas de chicos que la rodeaban y muchas veces se iban a dormir sin comer, o andaban por ahí descalzos o desabrigados. Reunió a otras madres del barrio y juntas pusieron manos a la obra. Lo que empezó en un galpón vacío es hoy un espacio alegre y acogedor que ofrece alimento a 400 chicos por mes, además de apoyo escolar, taller de fotografía y estímulos de toda clase. ¿Qué tiene Cielo para decir al respecto de este enorme esfuerzo? “Estoy enormemente agradecida. Sufro de artrosis reumatoidea y, de no haber sido por los chicos, seguramente hoy yo estaría hoy postrada en cama, sin hacer nada. Ellos me dan ganas y ánimo para levantarme cada día. Estar con ellos me hace muy feliz. Soy una afortunada”.

Virginia Gawel, psicóloga y poeta, compartió a continuación la poesía “Por qué quise nacer”, haciéndose eco del misterio de las vidas de Margarita, Vicky y Cielo, y su luz inextinguible.

La velada continuó con un diálogo entre Brother David y el rabino Daniel Goldman, de la Comunidad Bet-El. La coincidencia entre ambos fue absoluta: la felicidad estriba en la sabiduría de aprovechar las oportunidades que nos brinda la vida, tanto en la actividad como en la profunda calma, tanto en el silencio como en la palabra. Daniel compartió, a modo de ejemplo, un delicioso cuento jasídico: un sastre y su esposa vivían en un pueblo pequeño, al que un día llegó un tren que hacía posible visitar la lejana Varsovia. La mujer volaba de entusiasmo por conocer la gran ciudad y pidió al rabino instrucciones para poder hacer el viaje. Entusiasmada, la mujer siguió las indicaciones del esposo: dos cuadras a la derecha, una a la izquierda, llegar a la estación y esperar el tren de las 4 de la tarde. La esposa del rabino siguió el recorrido a la perfección, llegó a la estación, y desde el andén vio llegar y partir el tren de las 4. Replicó el mismo camino en sentido inverso y llegó de vuelta a su casa. Cuando el rabino le abrió la puerta, la mujer miró azorada y exclamó: “¡No sabía que vos también ibas a Varsovia!”. El rabino había olvidado una indicación importante: no alcanzaba con llegar hasta el tren, también había que tomarlo.

Las risas que despertó la historia no estuvieron exentas de reconocimiento: ¿cuántas veces esperamos que las cosas vengan a nosotros, sin dar los pasos indispensables para hacernos de aquello que queremos o necesitamos?

Siguió el diálogo entre Brother David y Pedro Aznar. Más que un diálogo, fue un encuentro de almas sembrado de música, poesía y confesiones mutuas. Pedro abrió su corazón al son de “Quebrado”, y escuchó luego las reflexiones de Brother David sobre esa “lanza que abrió un costado” con sus profundas reminiscencias para el cristianismo. El cantante compartió esa apreciación, coincidiendo en que las roturas que soportamos son lo que nos hacen bellos y las que nos conectan esencialmente con los demás. Coincidieron también en que esto último -la necesidad de conectar con otros corazones, dolientes o plenos- bien podría ser una de las principales motivaciones del arte. “Cuando alguien se anima a hablar de su dolor, resulta sanador”, apuntó Brother David.

“Yo canto para mostrarte que sangro igual que vos / y está oscuro en esta cárcel / que soy desde que tengo memoria / y está ciega mi mirada / sin tu luz”, entonó Pedro, en el primer verso de la bellísima “A cada hombre, a cada mujer”. Cuando se apagó el último acorde, o más bien el último aplauso, Brother David señaló que lo que necesitamos para poder salir de esa cárcel a la que alude la canción es confianza en la vida. Y que nos liberamos unos a otros extendiéndonos nuestra confianza mutuamente, “así como el niño confía en su madre y la madre confía en el niño cada vez que le dice: ‘¡vos podés!’”

Pedro estuvo de acuerdo y compartió que, en su caso, como el de tantos artistas, las canciones de amor muchas veces devienen en rezos, y que el amor romántico se separa del amor divino “apenas por una octava”. “No podemos acceder a la trascendencia solos: trascendemos de la mano de otros”, concluyó.

El resto fue seguir la celebración por otros medios. Pedro encendió un cirio en manos de Brother David, quien a su vez dio luz a una decena de velas en manos de personas que iban subiendo al escenario, representando a distintos sectores del público. Cada vela era una oportunidad para agradecer no solo para quien sostenía la vela, sino para todas las intenciones reunidas en ese acto.

Coronó la ceremonia otra poesía devenida en rezo: “Gracias a la vida”, de la enorme Violeta Parra. Así, al unísono agradecimos “por el sonido y el abecedario”, “por la marcha de mis pies cansados”, “por el corazón que agita su marco”, y por cada tramo del encuentro que llegaba a su fin. Curiosa fusión de mil corazones en uno, de pasado y futuro en un instante eterno, de penas con alegrías, de sombras con luz. Misteriosa ofrenda, como la vida.

La vida como práctica - Fabiana Fondevila

La vida como práctica

Allá atrás en los años 60, en plena efervescencia de la contracultura y con el desembarco de las filosofías y tradiciones de Oriente a la costa oeste de Estados Unidos, Michael Murphy y Richard Price crearon una sede de lujo para alojar la revolución en puertas: lo llamaron Esalen. En esta suerte de Shangri-La ubicado sobre un acantilado con aguas termales y vista al Pacífico, miles de personas se asomaron a la meditación, el yoga, el tantra y todo un abanico de prácticas que les ofrecieron un primer atisbo del infinito.

Por Esalen desfilaron las mentes brillantes del momento: Abraham Maslow, Fritz Perls, Roberto Assagioli, Joseph Campbell, Aldous Huxley, Stanislav Groff, Carlos Castaneda. El estímulo era poderoso, y así también eran las aperturas que se producían. Todo indicaba que ese centro neurálgico de la Nueva Era estaba gestando una versión mejorada y ampliada de la humanidad.

Sin embargo, con el tiempo Michael Murphy advirtió un fenómeno preocupante que bautizó “síndrome de seminario de fin de semana”. Una personas tras otra reportaba grandes visiones, intuiciones y descubrimientos tras participar de un taller o un retiro, sin duda impulsados por la calidad de las prácticas y la fuerza de lo colectivo. Pero a poco de volver a sus casas el domingo a la noche los efectos comenzaban a esfumarse, y para el martes ya se sentían presas de las mismas ansiedades, miedos y neurosis con las que habían arribado.

Murphy investigó este patrón y llegó a la conclusión de que solo la práctica sostenida a lo largo del tiempo, sumada a ejercicios como la auto-observación y la visualización de las cualidades que se busca desarrollar, redundaban en una auténtica transformación de la conciencia (modelo que sintetizó luego en un programa de excelencia que llamó “Práctica transformadora integral”).

Pero aun con el cultivo sostenido de una o más prácticas, hay un eslabón que no debemos ni podemos olvidar. En su precioso libro “Aceptación radical. Abrazando tu vida con el corazón de un Buda”, la maestra de meditación budista Tara Brach cuenta la siguiente anécdota. Se encontraba un día inmersa en una meditación particularmente profunda. En el silencio de su cuarto, vislumbraba a ojos cerrados un universo de unidad y armonía indecibles. No hubiese querido moverse de ese encuentro con lo más profundo de su conciencia nunca más. En ese preciso instante, tocó la puerta su hijo Naroyan. Como una tromba le contó que había perdido el ómmibus escolar y que no iba a llegar a tiempo a la escuela si ella no lo llevaba.

La mujer salió de su estado, tomó la cartera y se lanzó al auto con su hijo. En el camino, atravesando el tráfico matutino, refunfuñaba por lo bajo. Cuando Naroyan hizo un gesto de querer prender la radio, como hacía habitulamente, ella le apartó la mano de un zarpazo. No tardó en reparar en la ironía de lo que estaba ocurriendo: de sentirse amorosamente unida a todo el universo, había pasado -sin escalas- a sentirse alejada y hasta enfrentada de la persona a quien más amaba en el mundo. Profunda como era, a su práctica le faltaba un crucial eslabón.

Las prácticas contemplativas, energéticas o meditativas son antiguas tecnologías de lo sagrado. Cultivadas a conciencia, pueden ayudar a aquietar nuestros pensamientos, abrir nuestros corazones y derretir nuestra fijación al “pequeño yo”, conectándonos con nuestra naturaleza esencial. Pero si solo concentramos nuestros esfuerzos en lo que ocurre en el almohadón de meditación, el dosho o el salón de yoga, olvidándonos de quienes somos y cómo nos comportamos cuando dejamos ese laboratorio, corremos el riesgo de crear un nuevo síndrome, el del “gimnasta espiritual” que vive para lograr sutiles realizaciones o estados de conciencia, se desvela por la salud de sus chakras o por la impecabilidad de su dieta, y pierde de vista el auténtico objetivo de todo este hacer, que es ser.

¿Ser qué? Todo lo que las prácticas realmente quieren enseñarnos a ser: sabios, compasivos, bondadosos, pacientes, ecuánimes, confiables, agradecidos. En el léxico que alcanzó y sobró para nuestros abuelos, ser -nada más, nada menos- “buenas personas”.

Si confundimos los medios con los fines, nos alejamos de aquellos inspirados gestores de todo este universo, cuyo anhelo fue contribuir a una humanidad menos sufriente pero también más humilde y amorosa, más consciente de su pequeño lugar en el vasto concierto de las cosas.

Las preguntas que nos haremos al final del camino son sencillas: ¿hice feliz a otro? ¿Di lo mejor de mí? ¿Aporté mi cuota de belleza al mundo? ¿Elegí el camino más humano y compasivo? ¿Amé bien?

Recordarlas cada día quizás sea la práctica mejor.

Fabiana Fondevila