mujeres en acción

Mujeres en acción presenta plataforma

En acción contra la violencia de género

Un grupo de mujeres creó una red para brindar asistencia a sus pares que son víctimas de la violencia de género. Más de un centenar de representantes de 6 países de Latinoamérica integran la agrupación que ya dio respuesta a los pedidos de ayuda.

Mujeres en Acción es una organización autoconvocada, nacida a partir del femicidio de Úrsula Bahillo en febrero de este año. Un grupo de mujeres argentinas, que rápidamente se amplió al sumarse compañeras uruguayas, chilenas, mexicanas, peruanas, ecuatorianas, y de otros países latinoamericanos, nos reunimos en torno al dolor y la indignación de ese crimen anunciado, y decidimos hacer algo, más allá de las protestas en las que todas venimos participando desde hace años.

“Partimos de una convicción: que la violencia de género no es mal inevitable sino un acto social, y un atentado contra los derechos humanos. Como toda violencia, prospera en el silencio, en el ocultamiento, en el mirar sin ver”, afirma Fabiana Fondevila, una de las impulsoras de la red.  Y añade: “Nuestra misión es sencilla: convertirnos en ojos y oídos y brazos atentos y disponibles: convertirnos en aliadas”.

Comprendemos, entre todas, unas treintena de profesiones; nuestras edades van desde los 20 hasta los 71; vivimos en grandes ciudades y en pequeños pueblos de distintos países de Latinoamérica. Nos une el deseo de proteger y empoderar a toda mujer que esté sufriendo violencia física, psicológica, sexual o económica en nuestras comunidades, cuya vida esté quizás en peligro, y no tenga red a la que acudir. 

¿Qué ofrece la Red?

  • Atención todos los días de la semana a través de 33 voluntarias formadas en la escucha empática.
  • Un consejo de abogadas, que están disponibles para asesorar y acompañar a mujeres víctimas de violencia de cualquier tipo.
  • Grupos terapéuticos dirigidos por duplas de psicólogas con coaches y counselors.
  • Talleres de oficios diseñados para posibilitar la generación de recursos y la autonomía económica.
  • Un cuento que describe metafóricamente las formas sutiles en que suelen iniciarse las relaciones abusivas, con una guía de preguntas para trabajar en escuelas y otras instituciones.

Contamos con el apoyo de GetBEE, una empresa de servicios digitales creada por mujeres empresarias de distintas nacionalidades (con sede en Dubai), premiada entre las mejores start-ups en Expo Dubai 2020, que nos ofrece en forma gratuita el uso de la plataforma que habitualmente destinan a la comunicación entre empresas y clientes. Esta plataforma permitirá la interacción rápida de las mujeres que requieran asistencia con nuestras voluntarias, así como la posibilidad de realizar videollamadas, sesiones grupales, capacitaciones, seminarios y otros servicios.

Casos atendidos

Desde que comenzamos, sin haber lanzado aún nuestra plataforma, fuimos recibiendo pedidos de ayuda de diversa índole. En Rosario, una de nuestras voluntarias ayudó a una mujer a salir de una situación de violencia y a recibir ayuda terapéutica. En Córdoba, otra voluntaria intervino y ayudó a desarmar un caso de acoso laboral (por asociación de una ex pareja violenta de la víctima con el lugar de trabajo) y una de nuestras abogadas permitió que una mujer de Capital pudiera accionar contra su ex pareja, que se rehusaba a compartir los gastos de manutención de sus hijos. 

Una red regional

La Red de Mujeres en Acción se propone seguir sumando servicios y recursos a medida que surjan las necesidades de asistencia. “Esperamos poder llegar a las mujeres de todos los países que representamos (Argentina, México, Chile, Perú, Uruguay, Ecuador) y más. Pero cualquiera sea la forma en que crezcamos, el foco de nuestra iniciativa será siempre el de la alianza y la asistencia de mujer a mujer, en la lucha contra la violencia de género”, amplía Fondevila.

La Red avanza con la premisa de dar respuesta ahí donde hay mujeres que necesitan ayuda urgente y no saben dónde encontrarla. “Esperamos y confiamos en que las mujeres que puedan tener dificultades para acudir a los canales estatales, o que lo hayan hecho sin encontrar la ayuda que necesitan, no duden en ponerse en contacto con nosotras, y encuentren así una comunidad de acogida y refugio”, afirman las impulsoras de Mujeres en Acción.

Aquí nuestra plataforma: https://mujeresenaccion.com.ar/

Realizaremos una campaña por redes pidiendo a las mujeres que se registren, para que puedan acceder fácilmente a la plataforma en caso de necesitarlo, o para poder alertarnos de mujeres en riesgo. Agradecemos toda ayuda en la difusión!

Para entrevistas:

Fabiana Fondevila: ffonde@gmail.com / +54911 68124444

Paola Varela Ituarte (psicóloga): paovarit1@gmail.com / +543814454672 

Silvina Varalli (abogada): varallisilvina@gmail.com / +5492215851720

La revolución de las raíces

La revolución de las raíces

La revolución de las raíces
La revolución de las raíces

Los primeros brotes pasaron desapercibidos. Magnolia sonrió al verlos subir, enredándose en su tronco, abrazando las ramas bajas. La alegró esta nueva compañía. En la comarca alejada, las únicas visitas eran los zorzales y benteveos que buscaban su sombra, alguna fila de hormigas en busca de alimento, y los escarabajos que, desde hacía milenios, elegían al polen de su especie para libar.

Al fin, Él se presentó: “Ficus trepador, a su servicio”.
No aclaró de dónde venía, ni a dónde iba, pero elogió sus flores como cuencos, su corteza suave, su porte delicado y esbelto. “Única en la comarca”, susurró, asomando entre las ramas, y ella se sonrojó.
Pasaron soles, lunas, tormentas y vendavales. Ficus ascendía lentamente, rodeando las ramas de Magnolia a paso de caracol, envolviéndolas milímetro a milímetro con su tumulto de hojas.
Una mañana, al despertar, ella lo encontró husmeando entre sus flores. “¡Aroma de los dioses!”, exclamó Él, y pasó a rodear la flor por la cintura. Un círculo, dos, tres, a ritmo de caricia. Con cada giro, los pétalos se inclinaban más hacia su centro, cerrándose a los rayos tibios, a la frescura del aire y a los invisibles tripulantes: insectos, esporas, semillas multicolores, plumas.

“Por favor”, pidió Magnolia, “no cierres mis flores. Sin ellas no puedo llamar a los escarabajos ni alimentarlos. Si ellos no se alimentan, no puedo viajar por el aire y sembrar vida. Si no puedo sembrar vida, me quedo sola. Por favor, no cierres mis flores”. Ficus pidió disculpas y retrocedió. Siguieron días de silencio y quietud.

La revolución de las raíces

La primavera se abría paso en capullos y retoños, en moras que se hinchaban de mieles
púrpuras, abejas borrachas de polen, crisálidas que eclosionaban en un revoloteo de
naranjas, turquesas y borravinos. Una tras otra, las flores de Magnolia se abrían. Y con ellas, todo su ser se disponía a impregnar al mundo de dulzura.

La revolución de las raíces

Una tarde, Magnolia sintió un movimiento extraño. Miró hacia abajo y vio que Ficus subía por su tronco nuevamente. Pero esta vez no era a paso de caracol, sino de
lava. Sus brazos se deslizaban cual serpiente de rama en rama, clavando sus raíces en cada rendija de su corteza. A su paso, le enrollaba las hojas lustrosas como
cucuruchos, y construía una pared verde que no dejaba pasar el aire, el agua ni el sol. Cuando Magnolia salió de su estupor y quiso levantar la voz en protesta, la última de sus flores se cerraba como un puño: no pudo emitir ni un quejido.

Desde ese día, en la comarca no quedó rastro de Magnolia. En su lugar se alzaba un
monolito verde, inquietante y sepulcral.
Los escarabajos rondaban desconcertados. Trazaban círculos alrededor de Magnolia y se preguntaban a dónde se habría ido.
Dentro del monolito verde, ella desfallecía.

La revolución de las raíces

La mañana en que comenzó la lluvia, quedaban apenas unas pocas gotas de su savia.
Al principio fue una llovizna suave. Para el mediodía, el agua caía a baldazos sobre el suelo de la comarca.
La lluvia inundó la tierra apisonada a los pies de Magnolia, sacudió sus raíces,
despertó a su savia. La savia robustecida se montó sobre los hongos mensajeros. Los
hongos echaron a rodar, sobre su telaraña de filamentos, la preciosa carga.

La revolución de las raíces

Mientras la tormenta arreciaba sobre la superficie, la noticia del asedio corrió bajo tierra hasta los cuatro confines. En el este, Acacia destiló su pócima de penas; en el norte, Palmera sintetizó un elixir de furia; en el oeste, Higuera alquimizó el horror en potencia; en el Sur, Tipa tejió una trenza de raíces para portar la medicina.

La revolución de las raíces

Antes de que estallara el siguiente trueno, los hongos volvían a Magnolia con su ofrenda. Primero de a gotas y luego a borbotones, se abrieron paso por el tronco los colores: el rojo del coraje, el oro de la confianza, el índigo de la osadía, el verde de la libertad.

Desde las axilas hasta los dedos, las ramas de Magnolia despertaban. En cada rama, las hojas se desenrollaban como trompos y hacían saltar por el aire a las púas ajenas. Por entre el matorral asomaban pájaros atontados.

Filas de hormigas retomaban la marcha. Por fin, con un estertor de triunfo, se abrieron las flores. Magnolia se sacudió a Ficus como a un vestido viejo.

Se podría creer que nada cambió en la comarca desde entonces. La primavera aún sigue
al invierno, el verano a la primavera, el otoño al verano. Pero para Magnolia, todo es
nuevo. Los escarabajos libadores ya no llegan con manos vacías: cada uno porta noticias de sus hermanas. Algunos traen flores, otros frutos; en los días festivos, traen trenzas de colores. Hasta el más perezoso ostenta sobre su lomo una ráfaga de buenos deseos.
Hay tormentas en la comarca, hay sequías. Para Magnolia y sus hermanas, lo que no hay, lo que ya no habrá, es soledad.

La revolución de las raíces

Texto: Fabiana Fondevila. Ilustraciones: Maite Oz

En el umbral de la esperanza

@wasipat

“Debemos plantarnos en el umbral de la esperanza” aún en situaciones que generan pesimismo, escribe Victoria Safford, “porque con nuestras vidas creamos respuestas, todo el tiempo, a este ávido, bello, mutilado, maravilloso mundo”.
Algo de esto se nos cruzó a quienes conformamos Mujeres en acción (agrupación auto-gestiva que busca crear una sociedad guiada por el amor, el respeto y la justicia de género), junto con una ola colectiva de emoción, cuando Silvia S., una potencia santafecina que tenemos el honor de contar en nuestras filas, nos contó lo ocurrido.
No llevábamos más de unas semanas trabajando -recopilando material para nutrir las iniciativas que nos proponemos-, cuando Silvi se topó con la precisa situación que queremos ayudar a prevenir / impedir / sanar: una mujer que conoce desde hace años le reveló que los hematomas que tenía en la cara (que antes atribuyó a un accidente) eran producto de una golpiza de su pareja.
Silvi se puso en acción: contactó a las hijas (adultas) de M., y les informó de todos de los recursos con los que podían contar. Luego acompañó a M. al consultorio de una psicóloga especializada en violencia de género, que consiguió a través de la Secretaría de Género y Derechos Humanos, quien, a su vez, puso en contacto a M. con una psiquiatra, también especializada, para ayudarla a tranquilizarse.
Las hijas obtuvieron la ayuda de su padre (ex pareja de M.), y entre todos pudieron excluir al agresor del hogar. M. hoy está viviendo en casa de su madre, y tanto ella como las hijas tienen en sus teléfonos el app “No estás sola” (creado por un equipo de jóvenes rosarinas), además del dispositivo terapéutico.
Silvia sigue acompañando, procurando empujar el proceso legal. Pero no deja de repetir que ni M., ni sus hijas, conocían los recursos con los que podían contar, como tampoco los conocía ella, antes de que emprendiéramos el trabajo de recabarlos y actualizarlos, para luego ponerlos a disposición de tod@s.
Como tantas mujeres, Silvi no ha sido ajena al flagelo de la violencia. “Siento que, en la medida en que puedo acompañar a otras mujeres a salir de situaciones como esta, yo también sano”, nos compartió. “Ahora encuentro sentido al sinsentido que me acompañó durante tantos años”.
Silvi actuó de aliada y de mentora, y su actuación fue clave para que la vida de M. no tomara un giro trágico. Necesitamos crear una legión de Silvias, un ejército de mentoras capacitadas para intervenir donde haga falta, y para ser, a la vez, agentes de cambio en sus ámbitos, a lo largo y a lo ancho del país.
Comenzamos por la Argentina, con la generosa anuencia de nuestras compañeras latinoamericanas, que trabajan codo a codo con nosotras, sin importar a quien llegue antes la ayuda.
“La esperanza no es la certeza de que algo va a salir bien; es la convicción de que algo vale la pena”, escribió el lúcido Vaclav Havel. Nunca tan claro para nosotras. Gracias, Silvi, por ponerle el cuerpo a este anhelo. Gracias a M., por tu coraje (aun sin conocerte, lo percibimos). Gracias a todas las mujeres que trabajan, desde miles de organizaciones, para construir el mundo que nos merecemos.

Si querés sumarte a este equipo de entusiastas, escribinos a mujeresenaccionya@gmail.com

Nace “Mujeres en acción”: por una comunidad de la conexión, la compasión y el respeto

El 8 de marzo siempre tuvo un sabor agridulce: un día destinado a celebrar los logros de la lucha por la igualdad de derechos para las mujeres, pero que, a la vez, nos recuerda inevitablemente el camino que queda por recorrer.

Este año, en la Argentina, es una fecha especialmente cargada. A pesar de las manifestaciones  masivas, denuncias y acciones realizadas desde la primera marcha #NiUnaMenos en junio de 2015, no solo no cejó el flagelo del femicidio: en los dos meses que lleva el 2021 (acaso como secuela de un 2020 transcurrido en cuarentena), llevamos ya 44 muertes, muchas de ellas trágicamente anunciadas.

Frente a esta realidad, la indignación forcejea con el desaliento. ¿Puede ser, con todos los recursos colectivos con los que contamos, no podamos frenar este resabio de la Edad de Piedra?

El desaliento es humano y comprensible, pero es un lujo que no podemos darnos. Más bien, debe llamarnos a renovar -más aún que redoblar- la apuesta.

Erradicar la violencia de género requerirá sin dudas cambios estructurales: compromiso político, el cumplimiento de las leyes dictadas para combatirla, inversión en las organizaciones de mujeres, mejoras socioeconómicas que saquen a las mujeres de la indefensión, servicios policiales y legales que cumplan con su función.

Pero hay otro frente igual de crucial, que nos involucra a todos. Hasta la violencia más concreta y despiadada se alimenta de lo sutil: una concepción del mundo que sigue ubicando a las mujeres en un rol subordinado, que entiende el poder como una fuerza de opresión, que propone a los hombres un modelo de masculinidad tóxica y, sobre todo, que se construye sobre una matriz de soledad, competencia y desconexión.

La idea de que somos individuos separados, y que podemos “salvarnos” a nosotros mismos, sin importar lo que pase a los demás, no solo es enfermante; es también profundamente falsa. Ciencias como la física, la biología, la psicología y otras disciplinas contemporáneas corroboran con creciente firmeza lo que siempre han enunciado las tradiciones de sabiduría: somos una red infinita de consciencias interconectadas (algunos hablan, de hecho, de una única consciencia): lo que le hacemos a uno le hacemos a todos.

La evolución de la consciencia tiende a afirmar esta comprensión, pero gran parte de la población sigue presa de la ilusión de la separatividad, con sus drásticas consecuencias. En esta encrucijada –un punto de inflexión en la historia de la humanidad-, las mujeres somos el problema (por ser las principales víctimas del mito patriarcal) y, a la vez, la solución.

¿Por qué? Porque las mujeres encarnamos más fácilmente lo que algunas tradiciones han bautizado “lo sagrado femenino”: una consciencia que hace pie en lo circular, en la primacía de los vínculos, en el valor de la ternura, en el servicio, en el cuidado de los niños, los ancianos, los animales, la tierra; una cosmovisión que entiende que construir comunidad es el único camino para crear un mundo seguro para todos.

Prueba de esto es lo que ocurre hoy en el movimiento por la justicia climática (más que “contra el cambio climático”), en el que una potente camada de militantes feministas despliega una forma nueva de liderazgo: priorizan el cambio por encima de las luchas de poder, trazan alianzas, intercambian recursos, celebran los logros de cualquier participante; generan propuestas que ayudan a sanar las injusticias endémicas, en lugar de agravarlas. Donde ellas se involucran, los resultados se reflejan en las estadísticas, y en las poblaciones que las encarnan.

Como refleja el libro “All We Can Save. Truth, Courage and Solutions for the Climate Crisis”, una brillante colección de ensayos y poemas de activistas ecologistas, las mujeres están en centro de la encrucijada: por un lado, son las más duramente golpeadas por el cambio climático; por el otro, los países en los que las mujeres tienen mayor status político y social, se registran menores índices de emisiones de carbono, leyes ecologistas más firmes y mayor cantidad de tierras protegidas. “Cuando estás cerca del problema, estás necesariamente cerca de la solución”, dicen Ayana Elizabeth Johnson y Katharine K. Wilkinson, las antologistas, en su llamado a la esperanza activa.

Es con este espíritu que un grupo de mujeres nos auto-convocamos, bajo el nombre “Mujeres en Acción. Por una comunidad de aliadas”, con una intención tan sencilla como ambiciosa: trabajar, con todas (y todos) quienes quieran sumarse, para ayudar a crear una comunidad en la que el respeto, la compasión y la libertad de todos sus miembros sea un credo unánimamente celebrado y defendido. Una comunidad en la que ningún dolor resulte indiferente, y en la que la alegría de una/o sea la alegría de todas/os.

Las experiencias más exitosas contra el bullying (como el Programa Kiva, de Finlandia) se basan en educar a la comunidad escolar (no solo a los victimarios) en empatía y educación emocional, convirtiendo a los testigos de situaciones de acoso en aliados. El mensaje clave es: Podemos frenar esto entre todos. Del mismo modo, creemos que es posible construir un ecosistema de cuidado y pertenencia, en el que el “poder sobre” vaya cediendo lugar progresivamente al “poder con” y al “poder interior”, que son las únicas fuerzas reales y sustentables con las que contamos.

Aunque cueste verlo, el mundo ya camina en esta dirección (basta con mirar atrás, apenas unas décadas, a las costumbres y creencias que hoy nos resultan inadmisibles). Pero el cambio se produce a paso lento y de modo desigual. Necesitamos abonar este alumbramiento con el trabajo decidido, y la colaboración de las manos, cabezas y corazones de todos.

Las mujeres que conformamos esta comunidad pertenecemos a distintos países latinoamericanos (¡cada día se suman nuevas compañeras!) y traemos a la tarea, cada una, sus propios dones, saberes e intuiciones. Buscamos armar red con las instituciones que trabajan en esta área, y con todos los actores sociales posibles, sumando las perspectivas que venimos investigando (sobre todo, en lo que hace a las estrategias de comunicación y transformación social).

Nos une la urgencia de actuar, pero también una esperanza de raíz profunda. El ex presidente de Yugoslavia, Vaclav Havel, lo expresó de este modo: “La esperanza no es la certeza de que algo va a salir bien, es la convicción de que algo vale la pena”. Si compartís esta convicción, si querés trabajar codo a codo para sembrar esta visión y alimentarla con actos concretos y cotidianos, escribinos a mujeresenaccionya@gmail.com.  ¡Te estamos esperando!

Primeros objetivos!

Si bien nos brindamos espacios para pensar juntas y madurar las ideas, Mujeres en Acción, como su nombre lo indica, no es, fundamentalmente, un espacio de debate y reflexión. Sentimos que la urgencia de la situación de tantas mujeres requiere que las iniciativas que puedan ayudar se implementen lo antes posible.

Con este fin, nos estamos conectando con distintas organizaciones de mujeres, para colaborar de todas las formas posibles.

En cuanto a las iniciativas propias, los objetivos de arranque son:

  1.  Crear una comunidad de aliados/as. Tomando el exitoso modelo de Rosario, proponer que en la ciudad de Buenos Aires (y, eventualmente, en el resto del país, y en los países de otras participantes de la iniciativa, como México, Chile, Ecuador) se implemente un ecosistema de ayudas de distintos niveles. El más básico: un programa por el cual los comercios, restoranes, cafés, locales y espacios de todo tipo se inscriban como “Casas aliadas”, con el propósito de recibir a mujeres en riesgo (sea por estar amenazadas por sus parejas o conocidos, o por estar sufriendo acoso callejero) y recibir una primera asistencia, a la vez que hacer puente con los organismos de seguridad y dispositivos legales dispuestos para ese fin.
  2.  Formación de mentoras. Formar voluntarias en el arte de acompañar mujeres que están en relaciones violentas. La formación será gratuita, y la función de las mentoras será dual: abocarse a las mujeres que puedan necesitarlas y, a la vez, dictar talleres en escuelas e instituciones públicas, y compartir sus saberes a través de los medios y las redes. El rol de “mentora” implica una forma particular de acompañamiento: más guía que enseñanza, se trata de una relación de pares; su rol principal es empoderar, ofrecer recursos, y ayudar a las mujeres a llegar ellas mismas a la decisión de hacer el cambio.
  3.  Crear un dispositivo de alarma multifunción. Colaborar con los/as creadoras de las aplicaciones para celular para situaciones de emergencia hoy disponibles, para sumar esfuerzos y procurar que un mismo dispositivo pueda:
  4. Producir un sonido disuasivo (identificable por la población como un pedido de ayuda por violencia de género).
  5. Alertar a una red de contactos pre-determinada.
  6. Contactar al 911.
  7. Activarse sacudiendo el aparato.

Estas son algunas de las iniciativas en las que ya estamos trabajando, a la vez que una Comisión de exploración se ocupa de pensar más ideas para llevar a la acción. Si querés participar en alguna de estas propuestas, o en todas, no dudes en sumarte!

(Nota publicada originalmente en Revista Sophia)

Por una cultura de aliados

Gonzalo Davio / La Palabra Rojas

Todos sentimos las tripas retorcerse al leer de la complicidad de las fuerzas de la Policía bonaerense en el asesinato de Úrsula Bahillo, en manos del policía bonaerense Matías Martínez. Complicidad tácita y explícita: en el rechazo a tomar denuncias, en apenas mover al oficial tras la primera acusación, en solo apartarlo con carpeta psiquiátrica al sumarse las denuncias, sin tomar una sola medida preventiva. Todos sentimos una ola de impotencia frente a la desidia de los funcionarios que debían velar por la joven desesperada Y fuimos una ola de furia ante las palabras que usó el asesino para anoticiar a su tío de las 15 cuchilladas: “Me mandé una macana”.

Hoy nos atraviesa el crimen de Úrsula, pero es solo el más reciente. Y, si nada cambia, no será el último.

En la madrugada del 13 de marzo de 1964, una joven de 28 años llamada Kitty Genovese fue asesinada fuera de un complejo habitacional, en Queens, Nueva York. Dos semanas después del brutal asesinato, el New York Times publicó un artículo denunciando que 38 personas habían visto o escuchado el ataque, y ninguno había hecho nada para ayudarla.

El crimen dio nacimiento a lo que la psicología más tarde bautizaría “el efecto espectador”: la tendencia a que, cuando muchas personas atestiguan un acto violento (o un accidente, o una persona en problemas), la mera presencia de otros en la escena neutralice la acción. La presunción inconsciente es que “alguien” –otro- intervendrá, y entonces nadie lo hace: la presencia del grupo difumina la responsabilidad.

En base a este hecho, las estrategias más actuales contra el bullying hacen foco en el entorno, en las personas que rodean a la víctima y el victimario. Si nadie festeja el acoso, el violento tiende a desistir. Si un espectador interviene, aun sin tener relación directa con el bully o con el acosado, aumentan enormemente las chances de que el acto cese.

Vuelvo, ahora, al crimen de Úrsula; al policía que ya había sido acusado de violar a una menor discapacitada y de acosar a otra ex novia, compañera de la fuerza; el mismo que tenía 18 denuncias alojadas en su contra; el que era conocido por sus vecinos por sus conductas violentas. En otras palabras: al crimen más anunciado de la historia.

Fueron más denuncias que puñaladas, pero ninguna denuncia, ninguna perimetral, ningún botón anti-pánico logró evitar que Martínez cumpliera con su amenaza, y la matara.

Los 44 femicidios que van en este flamante 2021 dan cuenta de la insuficiencia del sistema judicial en sus deberes de amparo, y de las falencias flagrantes en la aplicación de las leyes creadas para ese fin. ¿Alguien puede explicar cómo y por qué, en diciembre pasado, cuando el fiscal Sebastián Villalba (de 9 de Julio) pidió la detención de Martínez por un caso anterior de abuso, “el juzgado dijo que había que esperar” y lo dejó en libertad? ¿Hace falta exigir que las fuerzas destinadas a proteger a los ciudadanos se ocupen de resguardar a las víctimas, y no a los victimarios?

Y, aun así, sabiendo que dependemos de los organismos cuya función es defendernos, sabiendo que debemos obligar a esas fuerzas a cumplir su función, resuena en mí una frase, pronunciada por un vecino de más de 20 años del barrio de Rojas donde vivía Martínez. “Ya todos sabíamos cómo era”, dijo. Donde hay violencia, salvo casos muy inusuales, hay testigos. Y donde no hay testigos, es porque las víctimas no sienten confianza de acercarse a alguien y contar; confianza de que serán escuchadas, de que no serán juzgadas, que sus miedos no serán minimizados o desestimados.

“Para que el mal triunfe, solo se necesita que los hombres de bien no hagan nada”, dijo el escritor y político irlandés Edmund Burke. Todos –hombres y mujeres- debemos abandonar el rol de espectadores, superar el “no te metás”, el miedo a equivocarnos y hacer algo. ¿Hacer qué? Hablar, escribir, gritar, resguardar, acercar recursos, ocultar a la víctima y exigir –con la fuerza mancomunada del grupo- que se detenga al agresor. Que golpeemos, entre todos, las puertas de las comisarías y los juzgados, y exijamos una Justicia del siglo XXI, que priorice a los vulnerables y tome acción inmediata contra los agresores.

No ignoramos la complejidad que puede tener la violencia de género. Sabemos que, en muchos casos, las mujeres necesitan de un acompañamiento compasivo y sutil para poder de salir de vínculos opresivos y tóxicos, y debemos aprender a ofrecer esa escucha, esa ayuda. Pero cuando una mujer pide socorro a gritos, no podemos no estar todos ahí, al instante, cerrando filas a su alrededor.

Para no llegar a instancias desgarradoras, urge que pasemos de una cultura de testigos a una cultura de aliados. Las mujeres venimos defendiéndonos unas a otras, marchando y reclamando a viva voz, desde hace muchos años. Pero no alcanza. Solas no podemos. Necesitamos que los hombres asuman la causa como propia: que cuestionen qué nivel de responsabilidad puedan tener, por acción u omisión, aun en pequeños actos; que confronten a la cultura del poder sobre que impera todavía en demasiados ámbitos, y militen activamente por una cultura del poder con.

La violencia contra las mujeres no es una condena biológica, un flagelo social, un mal histórico inexpugnable: es una decisión. Prospera en el silencio, en el ocultamiento, en el mirar sin ver.

Por Úrsula, por sus amigas, por su madre, por todas las mujeres que hoy buscan una salida solas y desesperadas, frente a una Justicia indiferente: miremos, veamos, actuemos.

F.F.

El extraño regalo de mi abuelo

Noah Buscher

Muchas veces, cuando venía a visitarme, mi abuelo me traía un regalo. Nunca eran el tipo de regalos que traían otros, muñecas o libros o peluches. Mis muñecas y peluches hace rato que desaparecieron, pero muchos de los regalos de mi abuelo aún están conmigo.

Una vez me trajo una tacita de papel. Estaba llena de tierra. No me dejaban jugar con tierra. Desilusionada, se lo dije. Sonrió amorosamente. Se dio vuelta, tomó la tetera de mi juego de té y me llevó a la cocina, donde la llenó con agua. Nuevamente en mi cuarto, puso la tacita en la ventana y me dio la tetera. “Si prometes echar un poco de agua en la tacita todos los días, algo puede ocurrir,” me dijo.  

Tenía cuatro años, y mi cuarto estaba en el sexto piso de un edificio de Manhattan. Nada de esto tenía sentido para mí. Lo miré, dudosa. Afirmó con la cabeza, a modo de aliento. “Todos los días, Neshumele.” (N. del T.: Neshumele significa “almita” en idish)

Prometí que lo haría. Al principio, curiosa por ver qué pasaría, no me costó nada cumplir. Pero a medida que pasaban los días y nada cambiaba, se volvió más y más difícil acordarme de echar agua en la taza. Después de una semana, le pregunté a mi abuelo si ya era hora de parar. Sacudiendo la cabeza, repitió: “Todos los días, Neshumele”.

La segunda semana fue todavía más difícil, y me enojé por haber prometido echar agua en la taza. Cuando vino mi abuelo otra vez, quise devolvérsela, pero se rehusó a tomarla, diciendo simplemente: “Todos los días, Neshumele.”

Para la tercera semana, empecé a olvidarme de echar agua a la taza. Muchas veces me acordaba cuando ya estaba en la cama y tenía que levantarme y hacerlo en la oscuridad. Pero no me saltee un solo día. Y una mañana, aparecieron dos hojitas verdes que no habían estado ahí la noche anterior.

Estaba completamente asombrada. Día tras día se fueron volvieron más grandes. No veía el momento de contarle a mi abuelo, segura de que él se asombraría tanto como yo. Pero, por supuesto, no fue así. Con cuidado me explicó que la vida está en todas partes, escondida en los lugares más comunes e insospechados. Yo estaba feliz. “¿Y todo lo que necesita es agua, abuelo?” Acarició dulcemente mi cabeza y dijo: “No, Neshumele. Todo lo que necesita es tu fidelidad”

Esta fue, quizás, mi primera lección sobre el poder del servicio, pero no la comprendí de ese modo en ese momento. Mi abuelo no hubiese usado estas palabras. Hubiese dicho que todos debemos acordarnos de bendecir la vida que nos rodea, y la vida que nos habita. Hubiese dicho que, cuando nos acordamos, podemos bendecir la vida, y podemos reparar el mundo.

Rachel Naomi Remen

De “My grandfather’s blessings. Stories of Strength, Refuge and Belonging” (Riverhead Books)

Traducción: Fabiana Fondevila

Ver para crecer


Mariana Roldán

Los miembros del pueblo zulu, de Sudáfrica, se saludan con la palabra sawubona, que significa “Te veo” o “Te vemos”, y que incluye, como sentido más hondo, la idea de “Yo soy porque vos sos”. En la cultura india y nepalí, la palabra Namasté (acompañada con una inclinación y las manos unidas frente al pecho) comunica: “Te reverencio”. Las oraciones de los Sioux (habitantes originarios de las grandes praderas de Norteamérica) cierran con la frase Mitakuye oyasin: “Todos somos familia”.

Las religiones, las tradiciones de sabiduría y las filosofías más antiguas de las que tenemos noticia brotan de esta misma intuición: la de componer una gran trama misteriosa y vibrante, en la que cada integrante contribuye una nota esencial. La pertenencia mutua es la argamasa que ha sostenido a nuestras comunidades desde el inicio, y la que nos sostiene todavía.

No obstante, esta argamasa tiene una contracara: el sentimiento de pertenencia tiende a extenderse a quienes se perciben como parte del propio colectivo. Hoy no vivimos en pequeñas tribus ni necesitamos distinguirnos del clan rival, pero esta herencia evolutiva subsiste en el rechazo de quienes vemos como “diferentes”, sea por el color de piel, el género, el cuerpo, la condición social, la religión, la nacionalidad, las creencias, la elección sexual, las capacidades, las preferencias.

Nadie está exento de ceder a este impulso, ya que habita en nuestro inconsciente (incluso quienes pertenecen a grupos excluidos pueden, sin advertirlo, excluir). Y nadie está exento de sufrirlo.

La exclusión es una forma del rechazo. Y el rechazo es un dolor que todos conocemos. Hoy sabemos que el impacto del rechazo se registra en el mismo lugar del cerebro que el dolor físico, y muchas veces con la misma intensidad. Según muestran estudios, este dolor se expresa aun cuando quienes manifiestan el rechazo son extraños, o hasta representantes de grupos hostiles a quien lo recibe.

Los seres humanos somos criaturas sociales hasta la médula, y en nuestro pasado remoto, ser rechazados equivalía a morir. Miles de años de evolución no han logrado borrar este registro de nuestra psiquis.

En la exclusión social, se suma un agravante: se discrimina a alguien no por una característica personal, sino sobre la base de su pertenencia, real o percibida, a un grupo. Esa mirada o juicio no solo estigmatiza, sino que le roba a la persona su condición de individuo, reduciéndolo a una categoría.

El prejuicio y la marginación se expresan en una amplia gama de gestos, dichos y acciones: desde actos sutiles de exclusión (cuyas consecuencias no son sutiles en absoluto) hasta actos de barbarie, como el asesinato de George Floyd en manos de un policía en mayo de este año, en EE.UU., o el brutal ataque policial a cuatro jóvenes de la comunidad Qom, en el Chaco argentino, un mes más tarde.

Estas atrocidades generan una enorme impotencia. ¿Por dónde empezar a desarmar los sistemas de poder que permiten tales agravios, tan arraigados en nuestra historia y en nuestra psiquis colectiva?

Protestar. Denunciar a viva voz. Exigir a los organismos a cargo que tomen las medidas necesarias. Y también ir un paso más allá y visibilizar los mecanismos profundos que sostienen y propagan la discriminación, incluso en nosotros mismos. No es tarea fácil pero ¿cuál es la opción? Si nos limitamos a horrorizarnos con estos sucesos sin hacer nada, caemos en la trampa de la que advirtió Desmond Tutu, militante anti-apartheid y ex Arzobispo de Sudáfrica: “Si permanecés neutral en una situación de injusticia, elegiste el lado del opresor”.

Esta campaña tiene la humilde intención de empezar a desmantelar el prejuicio, empezando por quienes la llevamos adelante, a través de un abanico de propuestas.

Entre ellas:

  • Testimonios de personas que han sufrido y sufren discriminación a diario por sus cuerpos, sus circunstancias, sus cualidades, sus elecciones.
  • Exploración de conceptos clave, como el de Actos sutiles de exclusión, Actos intencionales de inclusión, y todos los supuestos de los que participamos sin advertirlo.
  • Datos y preguntas para ayudarnos a reflexionar, y a decidir más conscientemente nuestras acciones.
  • Llamados concretos a la acción.

Te invitamos a sumarte a esta campaña. ¿De qué modo?Aportando testimonios, ofreciendo tus servicios a las organizaciones cuyo trabajo destacaremos, proponiendo ideas que ayuden a esclarecer y, sobre todo, difundiendo las publicaciones, para que cada día seamos más los que nos cuestionamos, y más los que buscamos activamente un camino mejor.

Cada vez que marginamos a alguien por prejuicio, sea por acción u omisión, consciente o inconsciente, no solo exiliamos a esa persona de la gran familia; en el mismo acto, nos exiliamos a nosotros mismos.

Solo lograremos desarmar el prejuicio –el propio, el de todos- mirando a los ojos a quien tenemos delante, honrándolo en sus diferencias, y luego viendo más allá, a la común humanidad que nos vuelve a emparentar. El prejuicio es hijo de la ignorancia. La pertenencia es hija del amor.

Veamos para poder crecer. Crezcamos, para volver a pertenecer.
¡Te damos la bienvenida!

El lanzamiento oficial es el 2 de agosto, estate atent@ para sumarte por las redes. Gracias!

Pan maravilla

La magia de hacer pan

Pan maravilla

Hay pocos placeres tan sencillos y al alcance de todos como hacer pan. La alquimia es antigua y no falla: la mezcla de harina, agua y la levadura (o masa madre), que cobra vida y se expande, para después convertirse en una hogaza dorada y crujiente, y ese aroma a hogar que inunda la casa. Un rito inmemorial que, en esta cuarentena, parece haber recuperado su vigor.

Acá va una de mis recetas más preciadas. Se llama “Pan maravilla” porque nunca decepciona, y todo lo perdona. Una leudada, dos o ninguna. Más harina blanca, más integral, da igual. Y pueden sumarle lo que quieran: nueces, salvado, avena o lo que se les ocurra.

Ingredientes

  • Levadura seca, 1 sobrecito
  • Harina blanca 000, 2 tazas (aprox.)
  • Harina integral, 2 tazas (aprox.)
  • Miel, 1 cucharada
  • Aceite, 1 cucharada
  • Sal, 1 ½ cucharadas
  • Agua tibia, 1 taza
  • Yema de huevo para pintar
  • Semillas

Procedimiento

Poner la levadura con la miel y el aceite en un bol, agregar la taza de agua tibia, espolvorear con harina y dejar unos minutos para ver si burbujea (un modo de saber si la levadura está activa; casi siempre lo está!)
Sumar las (aprox.) 4/5 tazas de harina, revolviendo cada vez. Incorporar la sal una vez que ya se sumó algo de harina, para que no interactúe de forma directa con la levadura (la puede debilitar).
Armar el bollo con las manos, agregando harina si hiciera falta. La masa debe quedar firme, pero elástica.
Dejar leudar el tiempo que se pueda (igualmente, un par de horas, o incluso toda la noche. Pueden dejarlo leudar una hora, desinflarlo con un golpecito, y dejarlo volver a leudar. Esto dará un pan más liviano y esponjoso. Dicho esto, si no leuda nada, no subirá tanto pero sale rico igual).
Dividir el bollo en dos, y pasar a moldes aceitados.
Hacerle un corte al medio.
Pintar con yema de huevo, espolvorear con semillas.
Cocinar unos 40 minutos, a horno fuerte. Está listo cuando, al golpear con un cuchillo, suena hueco.

¡Disfrutar toda la semana!

Cuando se corren los velos

Cuando se corren los velos

Miriam Pösz

Amigas que nunca cocinaron intercambian fascinadas recetas de pan. Amigos ultra-citadinos que nunca pisaron su balcón se asoman por las noches a cruzar miradas con la luna. Vecinos que andaban por la vida casi sin respirar practican saludos al sol.

Los pelos crecen. Los jeans ceden su lugar a joggings, calzas, pantalones de pijama. Los zapatos se vuelven una prenda opcional. El espejo pierde su uso; apenas nos peinamos al vernos en las pantallas.

En los cuartos y en los comedores conviven las reuniones de trabajo con los juegos de mesa, los bloques en el piso, el baile, la meditación, las clases de dibujo.

Para muchos, reaparecen duelos olvidados, penas que creíamos superadas, deseos de enmendar heridas de antaño. Florecen las vulnerabilidades como retoños; tiernos, vacilantes, pujando por salir.

Los regalos de la cuarentena son mixtos y agridulces, pero hay uno que es puro asombro. En este parate obligado, donde los roles y las identidades perdieron de golpe toda vigencia, empiezan a crecer, de raíz, intereses e impulsos más primarios y ancestrales. Bailar, cantar, amasar, dormir, descansar, habitar nuestros cuerpos y emociones más generosamente. Extrañarnos unos a otros; veremos las caras en la pantalla, pero añoramos las voces, los besos y los abrazos, las inflexiones únicas de un encuentro en el que nos oímos respirar.

En la convivencia intensiva, los vínculos se resignifican. Donde hubo un trabajo previo, una inversión mutua en afectos y complicidades, el tiempo compartido es un festín. Donde el vacío o la discordia se agazapaba en los rincones, la ausencia de distracciones fuerza una definición.

Desde el encierro, la naturaleza vuelve a ser una necesidad vital. Ver llover, sacar un brazo afuera y sentir la tibieza del sol, percibir una ráfaga de viento y querer remontarla, cual barrilete. Sentir el extraño deseo de salir a abrazar al mundo, ahí donde sigue latiendo, entre soles y lunas, erguido como un roble, etéreo como una nube, breve como un colibrí. Sin nosotros, pero en perfecta compañía de sí mismo.

¿Qué son estos impulsos que amanecen de golpe? ¿Será osado pensar que es nuestra verdadera naturaleza la que asoma, al fin? ¿La naturaleza interior, que es mero espejo de la exterior?

Dice el herbalista Stephen Harrod Buhner, en relación a comer plantas silvestres: “Si comemos de lo salvaje, empieza a trabajar en nuestro interior, alterándonos, cambiándonos. Pronto, si comemos demasiado, ya no entraremos en los trajes que han diseñado para nosotros. Nuestro pelo comenzará a crecer y a verse raído. Nuestra forma de caminar, y la forma en que acomodamos nuestro cuerpo cambiará. Un destello salvaje comenzará a brillar en nuestros ojos. Nuestras palabras empezarán a sonar raras, no lineales, emotivas. Poco prácticas. Poéticas.”

Hoy casi no gastamos, ni hacemos salidas ni programas superfluos; nuestras vidas se encauzaron de pronto en senderos más sencillos. Quizás no comamos lo silvestre, pero ingerimos, para muchos por vez primera, grandes cuotas de quietud, silencio y soledad. Aun para los que pasamos la cuarentena acompañados, el aislamiento de nuestras rutinas y obligaciones usuales permite que afloren emociones olvidadas, anhelos desconocidos, posibilidades insospechadas.

Imposible decir qué quedará de todo esto. ¿Prenderá lo silvestre en nuestras vidas como gajo trasplantado? ¿Haremos lugar para silencios a solas, con otros, en buenas compañías? ¿Nos acordaremos más seguido de mirarnos a los ojos? ¿Pasaremos más tiempo con las nubes? ¿Cumpliremos la promesa de bailar más y mirar menos cómo lo hacen otros? ¿Plantaremos en buena tierra los nuevos ritos? Respirar hondo el aire de la mañana, priorizar lo esencial (los vínculos, y ese pedacito de uno que cada cual vino a ofrendar); imaginar nuevas y mejores formas de amar. ¿Cómo saberlo?

En este momento, por mi ventana, las hojas de los álamos aplauden en el viento. Quiera que tengan razón.

Avivar el fuego

Las calles se sienten distintas hoy. No solo por lo vacías y silenciosas. No por las colas interminables de personas guardando distancia, ni por los barbijos omnipresentes, que hacen que los escenarios más cotidianos parezcan un hospital de campaña.

No. Lo que se siente distinto es lo que ocurre entre nosotros. O, mejor dicho, lo que no ocurre. Seamos vecinos, conocidos, o simples transeúntes, las interacciones hoy son rápidas, esquivas, temerosas, como si el mero hecho de intercambiar una mirada nos sumiera a todos en zona de riesgo. ¿Qué autor de ciencia ficción podría haber creado una premisa más aterradora? El enemigo no bajó de una nave espacial ni llegó desde el futuro: el enemigo somos todos. O, para ser exactos: el enemigo es el otro.

Las interacciones sociales en la gran ciudad ya eran limitadas antes de la pandemia. Solo nos conectábamos verdaderamente con los conocidos: la cajera, el diariero, la librera, los integrantes del elenco estable de nuestras vidas. Pero siempre estaba la posibilidad de encuentros fortuitos: dejar pasar a la mamá con el bebé en brazos y hacerle morisquetas a la criatura; compartir un mate y comentarios del tiempo con el vecino; saludar desde la vereda de enfrente al viejito de la esquina, quien, aunque no la tenga fácil, nunca se olvida de preguntar por los chicos.

Hoy nuestros vínculos transcurren mayormente de cara a las pantallas. Es una bendición tenerlas, y que nos permitan entrar en las casas de quienes amamos. Pero el círculo que trazan esas pantallas es circunscripto: no entra nadie a quien no hayamos invitado.

Al salir a la calle, brilla por su ausencia la humilde alegría de encontrarnos con otros, en el espacio público, y sentir algún resabio de pertenencia. “Tenemos tan poco unos de otros, ahora” -dice Danusha Lameris, en el poema “Pequeñas bondades”, escrito pre-pandemia-. “Tan poco de fogata y tribu”.

No entreguemos sin pelear la mucha o poca fogata que nos queda, la mucha o poca tribu. No permitamos que avance esta otra enfermedad, tanto más insidiosa que el virus, que disemina soledad, anonimato, despersonalización, no lugar, enajenamiento.
El peligro de la hora acabará. Pero, ¿quiénes seremos, cuando eso ocurra, si en el camino perdimos el don de espejarnos con la mirada, albergarnos con la sonrisa, declararnos al pasar nuestra filiación infinita y vital. ¿Qué nos sostendrá, entonces?

Mañana, cuando nos crucemos por la calle, en la ruta de las compras, buscaré tu mirada. Sonreiré por debajo del barbijo, pero también por encima, porque la verdadera sonrisa es la que achina los ojos, templa el corazón y ensancha el alma. Ojalá nos encontremos.