Ver para crecer


Mariana Roldán

Los miembros del pueblo zulu, de Sudáfrica, se saludan con la palabra sawubona, que significa “Te veo” o “Te vemos”, y que incluye, como sentido más hondo, la idea de “Yo soy porque vos sos”. En la cultura india y nepalí, la palabra Namasté (acompañada con una inclinación y las manos unidas frente al pecho) comunica: “Te reverencio”. Las oraciones de los Sioux (habitantes originarios de las grandes praderas de Norteamérica) cierran con la frase Mitakuye oyasin: “Todos somos familia”.

Las religiones, las tradiciones de sabiduría y las filosofías más antiguas de las que tenemos noticia brotan de esta misma intuición: la de componer una gran trama misteriosa y vibrante, en la que cada integrante contribuye una nota esencial. La pertenencia mutua es la argamasa que ha sostenido a nuestras comunidades desde el inicio, y la que nos sostiene todavía.

No obstante, esta argamasa tiene una contracara: el sentimiento de pertenencia tiende a extenderse a quienes se perciben como parte del propio colectivo. Hoy no vivimos en pequeñas tribus ni necesitamos distinguirnos del clan rival, pero esta herencia evolutiva subsiste en el rechazo de quienes vemos como “diferentes”, sea por el color de piel, el género, el cuerpo, la condición social, la religión, la nacionalidad, las creencias, la elección sexual, las capacidades, las preferencias.

Nadie está exento de ceder a este impulso, ya que habita en nuestro inconsciente (incluso quienes pertenecen a grupos excluidos pueden, sin advertirlo, excluir). Y nadie está exento de sufrirlo.

La exclusión es una forma del rechazo. Y el rechazo es un dolor que todos conocemos. Hoy sabemos que el impacto del rechazo se registra en el mismo lugar del cerebro que el dolor físico, y muchas veces con la misma intensidad. Según muestran estudios, este dolor se expresa aun cuando quienes manifiestan el rechazo son extraños, o hasta representantes de grupos hostiles a quien lo recibe.

Los seres humanos somos criaturas sociales hasta la médula, y en nuestro pasado remoto, ser rechazados equivalía a morir. Miles de años de evolución no han logrado borrar este registro de nuestra psiquis.

En la exclusión social, se suma un agravante: se discrimina a alguien no por una característica personal, sino sobre la base de su pertenencia, real o percibida, a un grupo. Esa mirada o juicio no solo estigmatiza, sino que le roba a la persona su condición de individuo, reduciéndolo a una categoría.

El prejuicio y la marginación se expresan en una amplia gama de gestos, dichos y acciones: desde actos sutiles de exclusión (cuyas consecuencias no son sutiles en absoluto) hasta actos de barbarie, como el asesinato de George Floyd en manos de un policía en mayo de este año, en EE.UU., o el brutal ataque policial a cuatro jóvenes de la comunidad Qom, en el Chaco argentino, un mes más tarde.

Estas atrocidades generan una enorme impotencia. ¿Por dónde empezar a desarmar los sistemas de poder que permiten tales agravios, tan arraigados en nuestra historia y en nuestra psiquis colectiva?

Protestar. Denunciar a viva voz. Exigir a los organismos a cargo que tomen las medidas necesarias. Y también ir un paso más allá y visibilizar los mecanismos profundos que sostienen y propagan la discriminación, incluso en nosotros mismos. No es tarea fácil pero ¿cuál es la opción? Si nos limitamos a horrorizarnos con estos sucesos sin hacer nada, caemos en la trampa de la que advirtió Desmond Tutu, militante anti-apartheid y ex Arzobispo de Sudáfrica: “Si permanecés neutral en una situación de injusticia, elegiste el lado del opresor”.

Esta campaña tiene la humilde intención de empezar a desmantelar el prejuicio, empezando por quienes la llevamos adelante, a través de un abanico de propuestas.

Entre ellas:

  • Testimonios de personas que han sufrido y sufren discriminación a diario por sus cuerpos, sus circunstancias, sus cualidades, sus elecciones.
  • Exploración de conceptos clave, como el de Actos sutiles de exclusión, Actos intencionales de inclusión, y todos los supuestos de los que participamos sin advertirlo.
  • Datos y preguntas para ayudarnos a reflexionar, y a decidir más conscientemente nuestras acciones.
  • Llamados concretos a la acción.

Te invitamos a sumarte a esta campaña. ¿De qué modo?Aportando testimonios, ofreciendo tus servicios a las organizaciones cuyo trabajo destacaremos, proponiendo ideas que ayuden a esclarecer y, sobre todo, difundiendo las publicaciones, para que cada día seamos más los que nos cuestionamos, y más los que buscamos activamente un camino mejor.

Cada vez que marginamos a alguien por prejuicio, sea por acción u omisión, consciente o inconsciente, no solo exiliamos a esa persona de la gran familia; en el mismo acto, nos exiliamos a nosotros mismos.

Solo lograremos desarmar el prejuicio –el propio, el de todos- mirando a los ojos a quien tenemos delante, honrándolo en sus diferencias, y luego viendo más allá, a la común humanidad que nos vuelve a emparentar. El prejuicio es hijo de la ignorancia. La pertenencia es hija del amor.

Veamos para poder crecer. Crezcamos, para volver a pertenecer.
¡Te damos la bienvenida!

El lanzamiento oficial es el 2 de agosto, estate atent@ para sumarte por las redes. Gracias!

La invitación

No me interesa lo que haces para ganarte la vida.
Quiero saber lo que ansías, y si te atreves a soñar con satisfacer el deseo de tu corazón.
No me interesa tu edad.
Quiero saber si te arriesgarías a parecer un tonto por amor, por tus sueños, por la aventura de estar vivo.

No me interesa cuáles planetas están en armonía con tu luna.

Quiero saber si has tocado el centro de tu pesar, si las traiciones de la vida te han abierto o si te has marchitado y cerrado por miedo al dolor futuro.
Quiero saber si puedes sentarte con el dolor, el mío o el tuyo, sin intentar esconderlo, desvanecerlo o arreglarlo.
Quiero saber si puedes estar con la alegría, la mía o la tuya,
si puedes bailar con locura y permitir que el éxtasis te llene hasta la punta de los dedos, sin advertirnos que seamos cuidadosos, que seamos realistas, o que recordemos las limitaciones de ser humano.

No me interesa si la historia que me cuentas es verdadera. Quiero saber si decepcionas a otros para serte fiel a ti mismo, si puedes soportar la acusación sin traicionar a tu propia alma. Quiero saber si puedes ser fiel y por lo tanto ser confiable.
Quiero saber si puedes ver la belleza, aun cuando no sea bella todos los días, y si puedes hacer que tu propia vida surja desde su presencia.
Quiero saber si puedes vivir con el fracaso, el tuyo o el mío, y de pie en la orilla del lago gritarle al plateado arco de la luna llena: “¡Sí!”

No me interesa saber dónde vives ni cuánto dinero tienes. Quiero saber si puedes levantarte después de una noche de dolor y desesperación, cansado y golpeado hasta los huesos y hacer lo que sea necesario para alimentar a tus hijos.
No me interesa quién eres o cómo llegaste a estar aquí.
Quiero saber si te pararás en el centro del fuego conmigo, sin huir.

No me interesa en dónde o qué o con quién has estudiado.
Quiero saber lo que te sostiene, desde tu interior, cuando todo lo demás se derrumba.
Quiero saber si puedes estar solo contigo mismo y si disfrutas de tu propia compañía en los momentos vacíos.

Oriah Mountain Dreamer
Traducción: Fabiana Fondevila

Cómo ser un buen salvaje

Mi abuelo Simón quiso ser un buen salvaje,
aprendió castilla
y el nombre de todos los santos.
Danzó frente al templo
y recibió el bautismo con una sonrisa.
Mi abuelo tenía la fuerza del Rayo Rojo
y su nagual era un tigre.
Mi abuelo era un poeta
que curaba con las palabras.
Pero él quiso ser un buen salvaje,
aprendió a usar la cuchara,
y admiró la electricidad.
Mi abuelo era un chamán poderoso
que conocía el lenguaje de los dioses.
Pero él quiso ser un buen salvaje,
aunque nunca lo consiguió.

Mikeas Sánchez

Originaria de Ajway (Chapultenango, Chiapas), Mikeas Sánchez es poeta en lengua zoque, escritora, productora de radio, traductora y docente de la Universidad Intercultural del Estado de Tabasco.

Y aún así, me levanto

Tú puedes escribirme en la historia
con tus amargas, torcidas mentiras,
puedes aventarme al fango
y aún así, como el polvo… me levanto.

¿Mi descaro te molesta?
¿Porqué estás ahí quieto, apesadumbrado?
Porque camino
como si fuera dueña de pozos petroleros
bombeando en la sala de mi casa…

Como lunas y como soles,
con la certeza de las mareas,
como las esperanzas brincando alto,
así… yo me levanto.

¿Me quieres ver destrozada?
cabeza agachada y ojos bajos,
hombros caídos como lágrimas,
debilitados por mi llanto desconsolado.

¿Mi arrogancia te ofende?
No lo tomes tan a pecho,
Porque yo río como si tuviera minas de oro
excavándose en el mismo patio de mi casa.

Puedes dispararme con tus palabras,
puedes herirme con tus ojos,
puedes matarme con tu odio,
y aún así, como el aire, me levanto.

¿Mi sensualidad te molesta?
¿Surge como una sorpresa
que yo baile como si tuviera diamantes
ahí, donde se encuentran mis muslos?

De las barracas de vergüenza de la historia
yo me levanto
desde el pasado enraizado en dolor
yo me levanto
soy un negro océano, amplio e inquieto,
manando

me extiendo, sobre la marea,
dejando atrás noches de temor, de terror,
me levanto,
a un amanecer maravillosamente claro,
me levanto,
brindado los regalos legados por mis ancestros.
Yo soy el sueño y la esperanza del esclavo.
Me levanto.
Me levanto.
Me levanto.

Maya Angelou

Ver el desafío

Danka Peter

“Cualquiera que sea que sea tu destino, lo que sea que te ocurra, di: ‘Esto es lo que necesito’. Puede parecer una hecatombe, pero tómalo como una oportunidad, un desafío. Si llevas amor al momento –no desaliento– hallarás fuerza ahí. Cualquier desastre que puedes sobrevivir es una mejora en tu carácter, tu autonomía y tu vida. ¡Qué privilegio! Es entonces que la espontaneidad de tu propia naturaleza tendrá chance de emerger. Después, mirando hacia atrás a tu propia vida, verás que los momentos que parecieron grandes fracasos, seguidos por una hecatombe, fueron los incidentes que dieron forma a la vida que tienes ahora.”

Joseph Campbell

Hay una gracia que llega

Veeterzy

Hay una gracia que llega,
que negamos tanto como la muerte.
Es la conclusión de nuestro nacimiento.

No llega en el tiempo
sino fuera del tiempo,
cuando la mente se agita en el corazón
y recordamos quiénes somos.

Es una gracia insistente que nos lleva
al borde y nos invita
a entregar el terreno seguro
y entrar en nuestra enormidad.

Sabemos que debemos ir más allá
del conocimiento
y tememos la desnudez.

Pero nos llamamos a elevarnos,
de todos modos,
a través de fantasmas olvidados
y ángeles inesperados,
Dándonos cuenta de que ya no tiene sentido
intentar hacer sentido.

Esta mañana el universo bailó delante de ti
mientras cantabas.
¡Cómo ama esa canción!

Stephen y Ondrea Levine
Traducción: Fabiana Fondevila