Cuando llegue la muerte

Cuando llegue la muerte
como el hambriento oso de otoño;
cuando llegue la muerte y tome
sus brillantes monedas de su monedero

para comprarme y lo cierre;
Cuando llegue la muerte
como la varicela

cuando llegue la muerte
como un iceberg entre los omóplatos.

Quiero atravesar el umbral llena de curiosidad,
preguntándome:
¿qué aspecto tendrá esta morada oscura?

Y por eso lo miro todo
como una hermandad de hombres y mujeres,
y veo al tiempo como no más que una idea,
y considero la eternidad como otra posibilidad.

Y pienso cada vida como una flor, tan común
como una margarita del campo, y tan singular,

y cada nombre una música confortable en la boca,
que tiende, como toda música lo hace, hacia el silencio.

y cada cuerpo un león de coraje, y algo
precioso para la tierra.

Cuando todo acabe, quiero decir:
Toda mi vida fui una novia casada con el asombro.
Fui el novio, alzando el mundo en sus brazos.

Cuando todo acabe, no deseo preguntarme
si he hecho de mi vida algo particular, y verdadero.

No quiero encontrarme a mí misma suspirando y asustada,
o llena de argumentos.

No quiero acabar simplemente habiendo visitado este mundo.

Mary Oliver

Traducción: Fabiana Fondevila

mary oliver

Gracias por el asombro

¿Cómo escribir de alguien que representó, para mí y para tantos, un conducto a la felicidad tan seguro como el cielo, el aire o los mil y un pájaros que salían de su pluma? ¿Cómo hacerle honor, con palabras, a quien fue la artesana de tantas imágenes perfectas, pulidas como piedras de río? ¿Cómo contarles, a quienes no conocieron a la inusitada Mary Oliver, la conjunción imposible de maravillas que vivían en su poesía?

Hoy no puedo, ya podré. El corazón necesita reposar en su recámara, dejar que las aguas agitadas por la pena se calmen, que la mente haga las paces con la orfandad flamante, que la vida continúe sin ella. Hoy no puedo, ya podré.

En su lugar, comparto (abajo) un perfil que escribí hace muchos años, en otro tiempo y espacio, intentando rendir tributo al regalo que era ella, su música, su mirada, su amor salvaje por el mundo.

Quienes saben de mi amor por ella muchas veces me preguntaron por qué no procuraba entrevistarla (no daba entrevistas, salvo milagros), ser su traductora, acercarme de una u otra manera. Lo cierto es que nunca me hizo falta. Me colmaba saberla ahí, atravesando el bosque a solas, con la libreta pequeña embutida en el bolsillo, enmudeciendo por horas a la espera de aquel ciervo, conversando con las ranas del estanque, cambiando cualquier galardón por un atisbo más de ese zorro gris.

Hoy no hay palabras, no hay citas, no hay poesía. Solo esta inmensa gratitud que me abre el pecho al medio y me roba el aliento. Ella y sus lunas, sus zorros, su alma abismal.

Siete prácticas esenciales

¿Existen prácticas espirituales que excedan los dogmas de las diversas religiones por su sabiduría intrínseca y su eficacia para forjar una buena vida? Roger Walsh, ilustre profesor de Psiquiatría, Filosofía y Antropología australiano, está convencido de que sí, y escribió un libro para compartirlas.

Walsh se ha dedicado durante décadas a investigar los efectos de la meditación sobre la salud física, mental y espiritual, y también a explorar la vinculación entre los estados ampliados de conciencia (creados por diversas prácticas) con la naturaleza de las experiencias místicas.

En su libro “Espiritualidad esencial”, con prólogo del Dalai Lama, Walsh da cuenta de siete prácticas centrales a todas las tradiciones de sabiduría que promueven el despertar y la apertura del corazón, y procuran, lisa y llanamente, una buena vida. Recomiendo la lectura del libro, que es un tesoro de sabiduría en sí mismo. Aquí, lo esencial de estas siete prácticas esenciales.

1. Transformar la propia motivación. Reducir las ansias y hallar el verdadero deseo del alma.

“Para vivir un mito mayor, uno debe abandonar la historia más pequeña”, dice Walsh. ¿Qué significa esto? Que, al principio del camino, el crecimiento espiritual se presenta como un sacrificio. Sólo después, con el tiempo y el progreso en las prácticas, se hace evidente que el verdadero sacrificio era continuar con la vida anterior, pequeña y constreñida.

La meta, a la larga, es entender que ninguna sensación ni posesión externa puede proveernos satisfacción duradera. De hecho, todo elemento externo que nos tranquiliza y calma nuestros deseos pasajeros nos distrae de aquello que importa. Ante esto, hay dos actitudes posibles: 1. satisfacer esas ansias (comiendo, consumiendo, comprando), pasarnos la vida buscando nuevas formas de anestesiarnos, generándonos nuevas ansiedades y codicias, o, 2. cambiar nuestra mente. Esto significa: soltar las ansias cuando aparecen y apuntar le mente hacia una satisfacción genuina y perdurable. La infelicidad, dice Walsh, rescatando un precepto clave del budismo, es la diferencia entre lo que ansiamos y lo que tenemos. Si soltamos el ansia, ese abismo desaparece. Así lo decía Gandhi: “Renuncia y alégrate”.

Pero no se trata del sacrificio por el sacrificio mismo, y aquí viene lo interesante: cuando la mente ya no se siente tironeada por las ansias en perpetua fluctuación, siente nacer de sus profundidades un deseo más maduro: por ejemplo, la añoranza por la belleza y el altruismo, por la verdad y la justicia. Las tradiciones se han referido a esta clase de deseo como “el anhelo de lo bueno, lo bello y lo verdadero”.

Estas cualidades nos revelan nuestra verdadera naturaleza y nos llaman a la trascendencia. Frente a ellas, deseos mundanos como la fama y el reconocimiento se muestran pequeños e ilusorios. Lo que buscamos, en última instancia, no es la satisfacción de un deseo puntual sino acceder a la fuente que los colma a todos: la iluminación.

Sin embargo, cada uno deberá llegar a su manera. Y ahí los senderos se bifurcan: algunos se acercarán de la mano del arte, la música, la poesía; para otros, el canal será la naturaleza. Lo cierto es que, a medida que avancemos en el camino, el esfuerzo se irá haciendo más liviano, hasta casi desaparecer. Y entonces, en lugar de perseguir nuestra dicha, nos dedicaremos, cada vez más, a expresarla. El buscador se habrá convertido en iniciado. En otras palabras, en sabio.

2. Cultivar la sabiduría emocional. Sanar el corazón y aprender a amar.

Lo que sea que sintamos es lo que vemos a nuestro alrededor. Cuando lo que sentimos es amor, vemos un mundo que añora dar y recibir amor.

Las emociones van y vienen, pero un único sentimiento ha sido elogiado y valorado por los siglos de los siglos, por todas las religiones por igual: el amor. De hecho, la idea del amor ha dejado una impronta más indeleble en nuestra cultura que ningún otro concepto o noción. Es la fuerza más potente del universo, aquella que mantiene, dirige e informa a cada ser viviente.

Pero, ¿cómo y dónde se encuentra el amor? No se encuentra fuera de uno, ni tampoco en personas especiales, dice Walsh. No se encuentra cuando se lo busca motivado por el temor y una sensación de inadecuación, como buscando algo que a uno lo complete. Buscarlo con estos motivos trae una serie de problemas y distorsiones. El amor maduro, por el contrario, se basa en la auto-suficiencia y la integridad.

Virtualmente todas las religiones ponen al amor en primer lugar: el Islam y el cristianismo lo destacan como valor primigenio, el judaísmo exhorta: “Ama a Dios con todo tu corazón, tu alma y tu luz, y ama a tu prójimo como a ti mismo.” Jesús lo lleva aun más lejos y dice “Ama incluso a tus enemigos”. Y el hinduismo enfatiza: “Ama a todas las criaturas”. (El budismo habla del amor en forma indirecta, ya que hace foco en la iluminación)

¿Cómo es ese amor magnánimo del que hablan los grandes profetas? Es incondicional, es infinito, no busca recibir tanto como dar, y está siempre con nosotros, oculto, incluso, detrás de emociones como el enojo, los celos y el egoísmo.

Pero esas emociones existen y deben ser manejadas. Según Walsh, la forma nunca es negarlas, reprimirlas ni entrar en conflicto con ellas. Más bien, la sabiduría está en reconocerlas como una parte natural de la vida. Ni alimentarlas ni incentivarlas, sino explorarlas con compasión, equilibrándolas con ecuanimidad y aprendiendo de ellas.

Las prácticas espirituales ayudan significativamente a expandir y profundizar el amor, ampliando su espectro. En sus niveles más altos, el amor se revela, más que como una simple emoción, como la naturaleza última de la realidad. De este amor extático y existencial casi no dan cuenta las palabras. Pero, según los sabios de todos los tiempos, una vez que ocurre, es inconfundible.

“Enloquece de amor”, instruyó a sus discípulos el maestro hindú Ramanakrishna. Y no hablaba de un flechazo romántico.

3. Vivir éticamente. Sentirse bien al hacer el bien.

Mahatma Gandhi comenzó su carrera como un abogado tímido y circunspecto, pero su carácter dio un vuelco al vivir y trabajar en Sudáfrica y entrar en contacto con la realidad del racismo. Volvió a su país decidido a trabajar por la justicia social. Podría haberse convertido en un hombre iracundo y resentido; en cambio, se transformó en un apóstol de la paz. Inició una revolución que unió valores espirituales con reclamos sociales. En lugar de ver a sus oponentes como enemigos inhumanos, los vio como potenciales amigos; en vez de insultarlos, su protesta fue ayunar por la paz; en lugar de atacarlos físicamente, buscó inspirarlos moralmente. Con la fuerza de su convicción atrajo a miles de sus compatriotas a un movimiento sin precedentes que derrotó al Imperio Británico, consiguió la independencia de la India e inspiró movimientos similares en otras partes del mundo.

Para las grandes religiones la ética no consiste solo en no dañar, sino en hacer todo lo posible por ayudar. ¿Ayudar a quién? A todos los seres vivientes. Pero, dice Walsh, para poder aspirar a estas cumbres, hay que comenzar por sanar las heridas causadas por las faltas éticas del pasado.

Notaremos que, cuando nos sentamos a meditar, los pensamientos más perturbadores son siempre aquellos que se vinculan con acciones poco éticas, tanto de nuestra parte hacia otros como de otros hacia nosotros. Estos recuerdos mantienen a nuestra mente prisionera con sus residuos psicológicos y espirituales. A veces, uno siente que es su propio carcelero por no poder librarse de estas cargas del pasado. Todas las tradiciones coinciden en que es necesario liberarnos de estas culpas. Pero, ¿cómo hacerlo?

Cada caso requerirá acciones diferentes, por supuesto. Pero las grandes religiones ofrecen algunos lineamientos generales: primero, reparar el daño en la medida de lo posible. Si uno causó dolor, pedir perdón. Si uno robó, devolver o pagar aquello que tomó. Segundo, buscar soluciones en las que todos aprendan de la experiencia. Tercero, si uno ha sido el victimario, evitar ceder a la tentación del contra-ataque.

A veces, dice Walsh, es tentador devolver una afrenta, pero lo único que esto logra es generar un espiral creciente de violencia. Cuarto, relatar lo ocurrido a alguien. Esta simple práctica es tan útil que tiene encarnaciones antiguas como la confesión, y modernas como la psicoterapia y los grupos de auto-ayuda. Quinto, aprender todo lo que se pueda de la experiencia. A veces puede resulta útil una “visualización correctiva”. Primero se recuerda el hecho tal como ocurrió, experimentando nuevamente las sensaciones que la mala acción trajo a la conciencia en el momento. Luego se revive la secuencia, pero eligiendo esta vez un desenlace más alineado con nuestros valores. A veces, esta experiencia puede ayudar a soltar lo hecho, a la vez que se cincela otro curso de acción para ocasiones futuras.

4. Concentrar y calmar la mente.

Como ya dijimos, nuestra mente es infinitamente inquieta. Los budistas la asemejan a un mono que salta locamente de rama en rama. En todo momento estamos fugándonos hacia el futuro, elucubrando planes o fantasías, sumergiéndonos en el pasado con recuerdos gratos o ingratos, reviviendo la pelea de anoche o el logro de la semana anterior. No es de sorprender que lleguemos a la noche mentalmente exhaustos. La psicología occidental reconoce este problema desde hace años. El gran psicólogo William James sostuvo que “una educación que entrenara la atención sería una educación de excelencia”. Freud se refirió a lo mismo por oposición: “El hombre ni siquiera es dueño de su propia mente”.

La psicología occidental, de algún modo, se resignó a entender a la atención como algo ingobernable. Pero las grandes religiones plantean desde hace siglos algo muy diferente: la mente se puede y se debe entrenar, ya que en ello se asienta toda posibilidad de paz.

Un discípulo preguntó al gran sabio hindú Ramana Maharshi: “¿Qué se interpone en mi camino hacia Dios?”. “Tu mente fluctuante”, respondió el maestro. El Dalai Lama lo llevó aún más lejos y proclamó: “En su mejor aspecto, la religión es una herramienta para ayudar a entrenar la mente”. En palabras de Buda: “Una mente no entrenada te hace mayor mal que aquellos que te odian. Una mente entrenada te hace mayor bien que aquellos que te aman.”

¿Por qué es tan crucial entrenar la mente? Por un lado, si podemos controlar la atención, podemos concentrarnos en evocar cualidades deseables como el amor y la alegría. Y por otro, lo que ponemos en nuestras mentes es tan importante como lo que ponemos en nuestras bocas. O sea, nuestra dieta mental afecta nuestra salud mental. Ya lo dijo San Pablo: “Lo que es verdadero, lo que es honorable, lo que es justo, lo que es elogiable; piensa sobre estas cosas.” Aquello en lo que nos concentramos en aquello en lo que nos convertimos.

Muchas personas piensan que la meditación y la contemplación son prácticas propias de las religiones orientales. E incluso algunos sectores conservadores del cristianismo y el judaísmo han rechazado estas prácticas con frases como “Una mente ociosa es el taller del diablo”. Pero hay una enorme diferencia entre la vagancia y la paz. La realidad es que la meditación ha sido una práctica crucial de las tradiciones cristiana y judía, y de la mayoría de los linajes.
La meditación y otras prácticas de concentración comparten dos elementos esenciales: 1. Se elige un objeto para ser el foco de la atención (una imagen, una palabra, un rezo). 2. Cuando la atención se distrae de este objeto, se la trae suavemente de vuelta, una y otra vez. Este es el corazón del método. Con la práctica, la mente se aquieta y es capaz de permanecer enfocada por más tiempo. Lo más importante es disponer de un tiempo todos los días para meditar, y establecerlo como parte de la rutina diaria.

Los estratos más altos de la concentración y la calma

A medida que esta capacidad se entrena, se llega progresivamente a lo que los cristianos han llamado “la paz que supera el entendimiento”, que es un umbral a lo sagrado; una mente en paz y no perturbada se abre naturalmente hacia su fuente. Este es uno de los descubrimientos más antiguos e importantes de la humanidad: una mente tranquila está en estado perfecto para la iluminación. Dice el Rig Veda, un texto sagrado hindú de más de 3.000 años de antigüedad: “Traigamos a la mente a descansar en la gloria de la verdad divina”. Este es también el propósito del yoga, disciplina que busca controlar el cuerpo, la mente y la respiración con el fin de llevar a la mente hacia el silencio.

Al perfeccionar esta habilidad, crece también la bondad y se abre el corazón. El fin último es la práctica continua, en la que todas las actividades son una oportunidad para el despertar. La mente se transforma en un perfecto espejo para el mundo, y nace así la visión de lo sagrado.

5. Despertar la visión espiritual. Ver claramente y reconocer lo sagrado en todo.

“No vemos las cosas como son, sino como somos”, dice el Talmud. “Vivimos en semi-inconsciencia, nuestra visión espiritual está dormida”, dice Buda. En otras palabras, vamos por la vida en un un estado de semi-sonambulismo.

Sabemos que lo que nos da cada momento depende de la atención que le brindemos. Si la concentración nos permite dirigir la atención al momento, la presencia –o “mindfulness”- nos permite explorar ese momento en profundidad. Estar presentes a nuestras vivencias tiene un sinfín de beneficios: mejora nuestras relaciones, el mundo en el que vivimos, nuestras propias mentes. ¿Cómo mejora nuestras relaciones? Al estar más presentes a los demás advertimos su tono de voz, sus gestos, sus señales, logramos desarrollar con ellos una genuina empatía.

La presencia también nos permite registrar al mundo sensorialmente. A diferencia de lo que suele pensarse, la espiritualidad no se opone al disfrute de lo sensorial, sino apenas al apego a los placeres sensoriales, ya que toda forma apego causa sufrimiento. En cambio, las tradiciones llaman por igual a vivir cada momento con la percepción y los sentidos vivos y despiertos. Así, el cristianismo elogia “el sacramento del momento presente” y lo sufíes sostienen que “el mejor acto de reverencia es observar el momento”.

Ese habitar el momento nos permite responder con conciencia a las cosas que ocurren, en lugar de reaccionar impulsivamente. El mindfulness también favorece nuestra salud: reduce la presión arterial, el asma, el dolor crónico y las afecciones psicosomáticas. Y numerosos estudios confirman también que mejora el funcionamiento psicológico.

En sus estratos más altos, la facultad de la presencia nos permite apreciar lo sagrado en nosotros mismos y en todo lo que nos rodea. Cuando esto ocurre, aprendemos a ver “con el ojo del alma”. Al principio esto se produce sólo por instantes, como vislumbres de gran belleza que no permanecen. Pero con el tiempo esa capacidad se refina y nuestra mirada se asienta en ese lugar más alto, transformando todo lo mundano en una oportunidad para el disfrute espiritual.

6. Cultivar la inteligencia espiritual. Desarrollar la sabiduría y comprender la vida.

En la vida moderna estamos saturados de información, pero la sabiduría escasea. Todas las religiones han postulado a la sabiduría como uno de los más altos valores. ¿Qué es, exactamente, la sabiduría?

Al hablar de sabiduría nos referimos a una comprensión profunda de los temas centrales de la vida, especialmente los existenciales (el sentido de vivir, el desafío de armar relaciones, de aceptar por momentos la soledad, de reconocer nuestra pequeñez ante la vastedad del universo, de convivir con la incertidumbre y a la vez con la certeza de la muerte, la enfermedad y el sufrimiento). Una persona que logra un profundo conocimiento sobre estos temas, y además demuestra una facilidad para vincularse con ellos en forma práctica, es verdaderamente sabio.

Desde los antiguos griegos, se ha considerado que la sabiduría contiene estos dos aspectos: el visionario o de comprensión, y el aspecto práctico.

Pero, ¿a dónde acude uno en busca de sabiduría? No a la universidad, donde prima la información, ni, ciertamente, a los líderes políticos. Se acude, más bien, a las grandes tradiciones, las que han acumulado el conocimiento de los sabios por los siglos de los siglos. A la larga, sin embargo, hallamos sabiduría en cada persona o situación que somos capaces de experimentar con una mente abierta e inquisitiva. Aun pudiendo aprender sabiduría de todas las cosas, no obstante, las tradiciones recomiendan cinco fuentes privilegiadas: la naturaleza, el silencio y la soledad, las personas sabias, nosotros mismos, y el reflexionar sobre la naturaleza de la vida y la muerte.

¿Y quiénes vendrían a ser los sabios? Obviamente los fundadores de las grandes religiones como Buda, Lao Tsé, Confucio, Jesús, Mahoma. También los profetas y discípulos que se dedicaron a transmitir sus enseñanzas. Pero no debemos quedarnos anclados en el pasado; la sabiduría no se ha extinguido con el paso de los siglos. De hecho, el siglo XX produjo muchas personas compasivas y sabias; la mayoría de ellas desconocidas, y otras, como Gandhi, la Madre Teresa y el Dalai Lama, figuras mundialmente reconocidas.

Pero no sólo se aprende de los iluminados: una persona que está apenas unos pasos más adelante en nuestra búsqueda puede, también, servirnos de inspiración. Estas amistades, nacidas de un amor común por lo sagrado, pueden ser únicas en su profundidad, y servirnos para avanzar en el camino. Dijo Buda: “Halla amigos que amen la verdad”.

Algunos ejercicios que ayudan a procurarnos sabiduría:

  • 1. Pasar tiempo en silencio y soledad. Si hay una pregunta que te inquieta o preocupa, puedes enfocar la mente en ella en esos momentos. También puedes leer o rezar. Pero lo mejor es pasar ese tiempo en contemplación serena y sosegada.
  • 2. Lectura de textos sagrados. El padre Thomas Keating recomendaba leerlos “deteniéndote a saborear cada palabra, buscando inspiración más que información”. Luego, detente a ver qué ideas y pensamientos estos textos evocan en ti.
  • 3. Reconoce a tus maestros. Haz una lista de todas las personas que te han enseñado. Escribe sus nombres, las cualidades que los hacen especiales y qué te han enseñado; menciona también qué cualidades en ti te hicieron receptivo a sus enseñanzas. La lista puede incluir a niños, amigos, familiares, incluso a tus adversarios. Siente la gratitud de haber recibido sus dones de sabiduría.
  • 4. Disfruta de la compañía de los sabios. ¿Qué personas que conoces personalmente consideras sabias, o se muestran siempre deseosas de aprender? Piensa de qué manera podrías ofrecerles tus servicios o pasar más tiempo con ellos, quizás en un grupo de estudio.
  • 5. Descubre tu filosofía de vida. Gandhi describió su filosofía de vida en tres palabras (“Renuncia, y alégrate”). ¿Con qué tres palabras podrías describir la tuya? Medita y espera a que las palabras vengan.
  • 6. Pide ayuda a tu sabio interior. Con los ojos cerrados y en estado meditativo, invoca un ser que emane compasión y sabiduría. Puede ser una figura histórica, actual o imaginaria. Imagina que se sienta a tu lado, con amor infinito, dispuesto a escucharte. Hazle las preguntas que necesites hacer, y espera su respuesta, sin apurar el proceso. Esta podrá venir en el momento, o más tarde. Agradece su ayuda antes de concluir la meditación.
  • 7. Pasa revista a tu vida. Cada tanto, o cada día si es posible, detente un momento y piensa en la forma en que estás llevando tu vida. El momento ideal para esta práctica es por la noche, antes de irse a dormir. Revisa las acciones día sin juicio ni culpa, apreciando qué acciones procuraron el bien y cuáles podrían no haber sido las más conducentes. Aprecia los aciertos a la vez que revisas los errores.

7. Expresar al espíritu en acción. Abrazar la generosidad y la alegría del servicio.

Ya lo dijeron Jesús y Mahoma: es más sagrado dar que recibir. Pero no siempre damos con alegría. ¿Por qué es así esto? ¿Por qué a veces vivimos el dar como un sacrificio? Ocurre que, así como llevar una vida ética es un aprendizaje, también se cultiva la virtud de dar con el corazón abierto. Se cultiva, principalmente, ejerciendo estas siete prácticas, que fortalecen la gratitud, el amor y la generosidad.

Las grandes religiones sugieren que la capacidad de dar se desarrolla en tres etapas 1. el dar tentativo, con ambivalencia y temor de extrañar más tarde lo que se entrega. 2. El dar fraterno, en el que uno comparte alegremente sus pertenencias con otros, motivados por la gracia de hacerlos felices. 3. Dar como un rey. En este estadío nos nace dar lo mejor que tenemos, porque la felicidad de los otros nos da tanto o más placer que la propia. En este nivel del dar el servicio se ha convertido en un privilegio y un placer, una práctica espiritual en sí misma.

La psicología ha comprobado que las personas generosas son más felices y saludables que las más avaras. Los primeros experimentan la así llamada “elevación del que ayuda”, el placer provocado por dar placer a otros. Este fenómeno, que también han bautizado “la paradoja del placer”, se explica porque, al dar de nosotros, aflojamos nuestro apego a emociones negativas como la avaricia, el egoísmo y los celos, fortaleciendo otras más positivas.

Hay un “secreto” bien guardado en el servicio, y es este: está bien disfrutarlo. Cuando uno disfruta del acto de dar, entrega más que lo que entrega; entrega, también, su propia felicidad. Nadie quiere ser asistido por alguien enojado o resentido. Para lograr esta alegría y esa apertura, lo primero es descubrir cuál es la forma en que a uno le gustaría servir. A menudo, esto coincide con los talentos que uno tiene para contribuir. Hay que darse tiempo para experimentar con distintas formas de servicio, hasta encontrar la propia. Dice la sabiduría judía: “Es importante empezar con uno, pero no terminar con uno.”

Los estratos más altos de la generosidad

Años atrás, cuenta Walsh, un joven se hallaba tan deprimido, que hasta pensó en tomarse la vida. ¿Qué podría hacer que la vida valiera la pena? En su peor momento, le vino la respuesta como un relámpago: viviría para descubrir cuánto bien era capaz de hacer un hombre en su vida. Este hombre se llamó Buckminster Fuller y vivió sesenta años más, durante los cuales patentó 2.000 inventos, escribió 25.000 libros y pasó a ser conocido como uno de los pensadores más grandes de su época. La respuesta a la pregunta que se hizo esa noche oscura resultó ser: mucho.

Los sabios han jugado a este juego por años: contribuir al mundo, y despertar. Despertar, y contribuir al mundo. Es el juego más grande que puede jugar el ser humano, el que más sentido y valor aporta a nuestras vidas. Los místicos modernos avalan esta verdad milenaria y aconsejan: juega ese juego con intensidad, como si tu vida y tu cordura dependieran de ello, porque, de hecho, lo hacen.

Lleva adelante estas siete prácticas no para tu propio beneficio solamente, sino para el beneficio de todos. Ama y sirve a la vida en sus infinitas formas, cuida de nuestro mundo atribulado. Nuestro mundo necesita desesperadamente que lo sanen, pero está en buenas manos: las tuyas. Las de todos nosotros.

Después del éxtasis

¿Qué ocurre cuando el monje Zen deja el monasterio, el maestro iluminado baja de la montaña, el iniciado cambia el silencio del retiro por el bullicio de la oficina? ¿Cuánto dura la claridad, la transparencia de propósito, el éxtasis del descubrimiento, cuando lo que la vida propone es tan banal y mundano como la cola del supermercado?

En su libro “After the ecstasy, the laundry” (Después del éxtasis, la ropa sucia), el intrépido maestro budista Jack Kornfield se anima a enfrentar esta delicada y crucial problemática. Con honestidad y valentía le pone palabras a una experiencia conocida por los devotos y practicantes de todas las religiones, pero casi nunca pronunciada en voz alta: la dificultad de reintegrarse a la vida de civil una vez degustada la miel del despertar espiritual. ¿Cómo traducir los descubrimientos sutiles para que puedan informar el día a día? ¿Cómo pasar de la embriagadora libertad de lo incondicionado a las ataduras inevitables de familia, trabajo y sociedad?

“La iluminación existe”, asegura Kornfield. “La libertad y la alegría incondicional, la unión con lo divino… estas experiencias son más comunes de lo que uno pensaría, y no se encuentran lejos.” Sin embargo, no habilitan a una existencia perfecta, libre de enfermedad y contingencias, a seguro de accidentes y tropiezos. Y, lo que es más importante: por su propia naturaleza, las experiencias de iluminación no duran; muestran, revelan, a veces, incluso, transforman, pero como todo en esta vida, pasan. “No hay tal cosa como una jubilación iluminada”, dice el maestro de meditación, fundador del Spirit Rock Meditation Centre en California, con su habitual humor. “No es así como ocurre en esta vida”.

La iluminación no es ni debe ser entendida como una protección contra las realidades de la vida. De hecho, como narra el autor en el capítulo sobre las vicisitudes del cuerpo, sabios como Ramana Maharshi, Karmapa y Suzuki Roshi murieron de cáncer a pesar de haber logrado un estado de comunión con lo divino. Esto revela una verdad profunda: el despertar debe hallarse tanto en la enfermedad como en la salud, en el dolor como en el gozo, en el cuerpo humano tal como es para cada uno.

En esta obra monumental, Kornfield entrevista a decenas de místicos y practicantes cristianos, judíos, musulmanes, budistas, sufíes. En todos encuentra historias similares. Va una de ejemplo: Un practicante Zen alcanza la iluminación en un sesshin (retiro de meditación), durante el cual las grandes verdades de la vida se le revelan en una explosión de júbilo, paz y gozosa quietud que dura varios días. La mayoría de las historias de iluminación se detendrían en este paso, dejando la sensación de que “el iluminado” pasaría el resto de su vida suspendido en una suerte de paraíso terrenal. Kornfield va un paso más allá, y cuenta lo que sigue: “Unos meses después de ese éxtasis llegó una depresión, de la mano de unas traiciones importantes en el trabajo. Tenía problemas también con mis hijos y mi familia. Mi tarea como maestro iba bien, daba conferencias que inspiraban a todos, pero si hablabas con mi esposa, te hubiera dicho que a medida que pasaba el tiempo me volvía tan impaciente y gruñón como antes. Sabía que esa gran visión espiritual era la verdad, y que estaba ahí por debajo de todo, pero también me daba cuenta de que un montón de cosas no habían cambiado en absoluto. Para ser honesto, mi mente y mi personalidad eran básicamente las mismas, y mis neurosis también. Quizás habían empeorado incluso, porque ahora las veía más claramente. Así era la cosa: había tenido estas revelaciones cósmicas y aun así necesitaba terapia para poder lidiar con los escollos de cada día y las lecciones de vivir una vida humana.”

La dificultad de encontrar una expresión sabia para la visión espiritual en la vida cotidiana no se limita a las tradiciones orientales. Cuenta Kornfield la historia de una madre superiora, abadesa de un convento centenario de Maine, Estados Unidos. La religiosa había crecido en el silencio del claustro desde los 17 años. En 960, el Papa Juan Pablo XXIII estableció la reforma que llevó la misa del latín al inglés y levantó el silencio exigido a las órdenes monásticas. Esto fue muy difícil para las mujeres que habían permanecido en sagrado silencio por décadas, dedicando sus días a la oración y la contemplación. No sabían cómo hablarse unas a otras. Cuando lo hacían surgían, como de la nada, toda clase de conflictos. Junto con su amor emergían juicios encubiertos, resentimientos acumulados por años, miserias y temores que el silencio y la oración habían mantenido tapados. Sin haber recibido entrenamiento en lo que los budistas llaman “la palabra recta”, se vieron obligadas de golpe a dar voz a su espiritualidad y a sus vínculos. Muchas huyeron del convento. Dice Kornfield: “Le llevó años a esta comunidad poder hallar la misma gracia en la palabra humana que habían encontrado en el silencio”. Pero, está claro, la vida espiritual necesita de ambos: no alcanza con vivir el despertar internamente; tenemos que poder integrar la vivencia con el mundo exterior para vivir la visión a pleno.

Kornfield comparte que, en privado, maestros de meditación de todas las tradiciones admiten sufrir de las mismas aflicciones que todos: enfermedades, peleas familiares, hijos adolescentes que se deprimen o amenazan con el suicidio. Uno de ellos cuenta que, al querer prohibirle a su hijo adolescente salir hasta la madrugada, el joven lo enfrentó al grito de: “¡Sos un maestro Zen, y mirá lo aferrado que sos!”

Entre aquellos maestros que no admiten ningún tipo de debilidad ni sombra, las cosas son aún peores, señala el autor: por causa de su autoengaño, sus comunidades suelen ser las más destructivas y proclives a las luchas de poder.

Abundan las historias de gurúes que, por negar el cuerpo, sus impulsos mundanos y su sexualidad, terminan abusando de sus seguidoras y generando terribles traumas y confusión en sus comunidades.

Muchos maestros orientales se enteran de sus propias falencias al ser llevados a enseñar a América o Europa. Dice Pir Vilayat Khan, líder de la Orden Sufí en Occidente: “De tantos grandes maestros que he conocido en India y en Asia, si fuera uno a traerlos a Estados Unidos, si les diera una casa, dos autos, una esposa, tres chicos, un trabajo, un seguro de vida e impuestos… a todos se les haría difícil.”

La marca de los más sabios es que admiten su humanidad sin reparos. Abades como el padre Thomas Keating, del Monasterio Snowmass, y Norman Fischer, del Centro Zen de San Francisco, usan a menudo expresiones como “No sé” y “Estoy aprendiendo”.

Tenzin Gyatso, el XIV Dalai Lama, quizás sea el mayor ejemplo de esta sencillez; en cada oportunidad que tiene declara que él es apenas un monje y no el gran dignatario por el que todos lo tienen. En numerosas ocasiones ha reconocido sus errores y mostrado arrepentimiento. En un pasaje del libro, Kornfield relata cómo, tras escuchar el relato de unas monjas budistas acerca de lo doloroso que había sido para ellas sentirse excluidas de los monasterios, obligadas a practicar en la periferia, muchas veces sin enseñanzas, alimento ni apoyo, el Dalai Lama se tomó la cabeza entre las manos, y lloró. Acto seguido se comprometió a revisar el lugar otorgado a las mujeres en su tradición.

Pero Kornfield no ofrece una visión pesimista de los frutos del trabajo espiritual. Una y otra vez señala que hay tesoros a descubrir en la apertura del corazón y la exploración de nuestras profundidades. Lo dicen con elocuencia testimonios como éste, de un maestro de meditación:

“En muchas formas la transformación espiritual de las últimas décadas ha resultado diferente de lo que había imaginado. Sigo siendo la misma persona peculiar que siempre fui, con el mismo estilo y la misma forma de ser. Visto desde afuera, no soy la persona iluminada y alucinante que esperaba ser. Pero hay una gran transformación en mi interior. Años de trabajar con mis sentimientos, mis patrones familiares y mi ira han suavizado la manera en que lo contengo todo. En el esfuerzo por conocer y aceptar mi vida en profundidad, ésta se ha transformado y mi amor ha crecido. Si mi vida era como un garage lleno de cosas en el que vivía golpeándome con los muebles y juzgándome, ahora es como si me hubiera mudado a un hangar de puertas abiertas. Estoy rodeado por las mismas cosas viejas pero ya no me limitan como antes. Soy el mismo, y sin embargo, ahora estoy libre de moverme, hasta de volar.”

Al practicante que imagina al despertar como el pináculo de un camino inalcanzable, Kornfield lo invita a indagar en los rincones más próximos de su vida: las emociones difíciles, las necesidades del cuerpo, las manías y las obsesiones, los vínculos, las dificultades. A uno y a todos prescribe abrazar “la perfección ordinaria”: aceptar amorosamente la verdad de lo que uno es. “¿Te acercas a las rosas pensando que serían perfectas si no tuvieran espinas?”, pregunta. “Nuestra misión espiritual no es lograr la perfección, sino despertar a la perfección que nos rodea”, contesta.

Esta obra invalorable por su profundad y su candor concluye con una cita de Walt Whitman, tan bien elegida que cabe revelarla en esta síntesis.

“En cuanto a mí, no conozco más que milagros.”

Fabiana Fondevila