feliz navidad

Preguntas para la Nochebuena

Una vez más, llega la hora del brindis y el festejo, y nos encuentra a cada uno adonde está. Para algunos, será la ocasión de un feliz reencuentro (algo que hoy valoramos como nunca).

Para otros, habrá ausencias que duelan, soledades que se enfaticen, algún vínculo ríspido con el que lidiar. Las Fiestas son un gran compilado de emociones, a veces contrastantes, y es fácil pasarlas por alto en medio del frenesí. ¿Podemos hacer lugar para nuestra humanidad plena, alrededor de la mesa festiva? 

Yo creo que sí. Creo que la bella historia del niño nacido en un pesebre, sobre un lecho de paja, nos habla a todos, seamos cristianos o no. Nos invita a que abracemos lo más vulnerable en cada uno, a que tendamos un lecho mullido a nuestras emociones, aun las desafiantes (especialmente las más desafiantes), y que las invitemos a la fiesta. 

Para acompañarte en esta intención preparé estas preguntas. Están pensadas para ayudarnos a conectar con nuestras propias verdades, y así, entonces, con las de quienes nos rodean. Podés responderlas en privado, por escrito, o elegir alguna para compartir en la mesa, con apertura y curiosidad.


Te deseo auténticos encuentros con otros corazones, y con el tuyo propio.
 Y un bello alumbramiento de tu verdadero ser.

 Feliz Nochebuena!

Terry Patten

Vivir y morir de la mano del asombro

Terry Patten, octubre 2020

Conocía a Terry Patten, amado autor, mentor y maestro para tantos, y no lo conocía.

Inspirada por la claridad de sus enseñanzas, su honestidad y su corazón casi translúcido, me acerqué a él varias veces a lo largo de los años. Primero una entrevista, luego una consulta sobre esto o aquello, propuestas de iniciativas espirituales de uno u otro tipo. Por último, la calidez del diálogo me envalentonó a pedirle el regalo de sus palabras en mi libro, y esto, también, accedió con la gracia de siempre. 

Disfruté de sus charlas; amé su último libro (“A New Republic of the Heart. An ethos for revolutionaries”); le propuse traducirlo al español, aceptó encantado; seguí con interés el experimento de cambio social que emprendió en el 2019, mientras yo intentaba el propio, a un continente de distancia. 

¿Por qué digo, entonces, que no lo conocía?

Porque a veces, el carácter más profundo de una persona emerge cuando la vida nos pone contra la pared, en una situación de todo o nada, como el diagnóstico de cáncer terminal al que se enfrentó en el día en que cumplió 70 años, el 1ro de abril de este año. 

No me sorprendió que compartiera la noticia sin medias tintas. Tranquilizó a su comunidad, asegurando que haría todo lo posible por sanarse, y seguir disfrutando del mundo y las personas que tanto amaba; compartió una sorpresa: el cese inmediato de su sensación  histórica de “no estar haciendo suficiente” (se escuchó pensar: “Si es así, si te queda poco tiempo, está bien, podés irte, hiciste un buen trabajo”). Con la misma frescura declaró que no pensaba pasarse el tiempo que le restara peleándose con su sino, y perdiéndose de vivir con asombro y gratitud cada momento.

Pasaron las semanas y los meses, y todo intento de la medicina convencional (que, de entrada, le había prometido poco) resultó infructuoso. Cuando decidió detener esos tratamientos, se sintió liberado para abrazar su vida tal y como era. Al principio, los informes llegaban en primera persona; con el agravamiento, quedaron a cargo de Deborah, su ex esposa y gran amiga. 

En las últimas semanas, junto a algunos amigos (también maestros espirituales), Terry ofreció una serie de cuatro encuentros, apropiadamente titulados “Iluminando cada oscuridad”, centrada en una mirada espiritual del vínculo con la mortalidad personal y colectiva. Como tantos, Terry proclamaba la necesidad de dar un giro radical en nuestra forma de vivir en el planeta, antes de que fuera demasiado. Su diagnóstico le dio la oportunidad de abocarse a este dilema con una comprensión nueva. 

Uno de los últimos encuentros, en el que dialogó con su amigo Craig Hamilton, lo mostró lúcido, todavía enérgico, y con una habilidad conmovedora de describir y compartir los muchos aprendizajes que trajo su incursión repentina en la impermanencia.

Comparto algunos fragmentos:  

“Al principio, leyendo sobre los viajes de otras personas con cáncer, me encontré con muchas referencias a  “a dar batalla contra el cáncer”. Enseguida supe que esa no sería mi verdad, ese ‘ego de Terry’ luchando a brazo partido contra la realidad. Convertirlo en un esfuerzo lo vuelve algo en lo que puedo tener éxito o fracasar, alista las motivaciones y los miedos más egoicos, y crea una relación equivocada con la maravilla de todo el proceso.”

“He descubierto que cada momento presenta un reto diferente. En algunos momentos se trata de hacer espacio para la incomodidad de los tratamientos y tratar de sostener la conexión con ese contexto más grande, más amplio. Y en otros momentos me siento tan vivo, tan despierto, que casi diría que es el momento más feliz de mi vida.”

“Estar más cerca de las lágrimas ha sido la medida de mi arraigo. Son lágrimas de dolor y de gratitud, y casi no se distinguen. Es un corazón roto, sí, pero también (haciendo un juego de palabras)… ¡alegre! Hay un poder ahí, curiosamente. No me siento derrumbado en esas lágrimas, me siento más disponible.”

“He estado descubriendo que en muchos momentos invoco, y no sólo casualmente, la sensación de coincidir completamente con la totalidad de la realidad, lo que David Bohm llamó “el movimiento completo”. Todo lo que cualquiera parece hacer, no es realmente separable del proceso total del mundo, y de la afirmación de la vida.”

“Siento que si puedo “morir bien”, abro esa posibilidad a los que siguen, como un color que se suma a la paleta. (…) Quiero ser una fuente de cordura y amor para otras personas, para que ellas también lo sean; que este pulso de bendición pueda reproducirse. Lo sentía así antes de mi diagnóstico de cáncer, pero ahora es como una experiencia sensorial.” 

“Ha sido también un viaje en mi relación conmigo mismo. He logrado conocerme y amarme de nuevas maneras. Atesoro mi contacto con otras personas, por supuesto, pero también me atesoro a mí mismo. Y siento una capacidad creciente de estar presente en las pequeñas cosas. Subo una colina al lado de mi casa como parte de mi rutina matutina, pero en este tiempo no he tenido fuerzas para subirla como antes, he tenido que caminar muy despacio y detenerme a descansar y recuperar el aliento. ¡El aliento! La respiración, que es tan central a mi práctica, tan cercana a mi espíritu.. Y, sin embargo, la práctica consiste en estar realmente en ese pie que está dando ese pequeño paso lentamente, y ese siguiente pie, y esa capacidad de llegar a apreciar realmente las cosas más pequeñas, y no anhelar “esto” o “aquello” extraordinario. Y ni siquiera tengo que pensarlo. Hay una manera de estar con estas lecciones sin palabras. Puedo notar las oportunidades, y participar de una manera más creativa.”

“Hay momentos -minutos- en los que la pesadez de mis síntomas o las cosas que son duras se vuelven más prominentes, y entonces el desafío es cómo volver a la intuición robusta, y bastante estable, de mi identidad real, no separada, llena de amor y felicidad, y esencialmente libre.”

Hace dos días, Terry pidió que lo llevaran al living a bailar (durante la pandemia había invitado a sus vecinos a bailar juntos, a distancia, en la vereda; costumbre que continúa hasta la fecha).

El baile duró instantes, pero dicen que la energía que suscitó fue palpable. Cuenta Deborah: “Por primera vez, desde el diagnóstico, me sentí en profunda paz.” Volvieron al cuarto haciendo un trencito.

Terry murió en su cama a las 5.30 am del sábado 30 de octubre, rodeado por sus amores.

Siguiendo los preceptos de su comunidad espiritual de origen, invitaron a acompañarlo en una vigilia de tres días, destinada a ayudar al alma a soltar el cuerpo, y a emprender su viaje. 

Comparto algunas de las sugerencias, que por cierto parecen provenir de una buena hoja de ruta para cualquier travesía:

Entrar en estado contemplativo / Albergar y expresar bondad, compasión, perdón, conciencia amorosa, buen humor / Conectarse con el vínculo presente, no con el cuerpo que se despide / Soltar cualquier idea de atadura / Confiar en una realidad más grande, ilimitada, que está ahora a cargo / Honrar el proceso, aprender de él, permitir que nos conmueva.

Seré fiel al pedido y no hablaré del espacio que deja vacío, sino de la presencia que perdura.

Así la veo: vital, luminosa, humilde, valiente. Capaz de inspirar revoluciones del corazón. 

F.F.

Terry Patten

Terry Patten: lecciones de vuelo

Quizás no conozcan a Terry. Sus libros más importantes no fueron traducidos al castellano todavía; sólo “Práctica Integral de Vida”, que escribió junto con Ken Wilber y otros autores.

Terry se crió en una inusual comunidad cooperativa, fundada en Illinois después de la Segunda Guerra Mundial, basada en la integración racial, la paz y la justicia. Pasó años como discípulo del maestro espiritual Adi Da Samraj, lideró movimientos ecologistas, formó parte del desarrollo de la Teoría Integral, en California, y ayudó a convertirla en una práctica al alcance de todos. 

En los últimos años, se dedicó a integrar las más profundas intuiciones espirituales con una participación consciente en los desafíos del mundo. Propuso pasar de ser “buscadores” espirituales a ser “practicantes”, haciendo el giro así desde una sensación de carencia a “un arraigo sólido en la realidad subyacente que hace que toda búsqueda sea innecesaria”. Este pasaje parece particularmente urgente para estos tiempos. En sus palabras: “Una práctica que conoce y confía en la realidad de la bondad e integridad esencial, expresa y transmite cordura, aún en medio de la locura”.

De esto habla en su último libro, A New Republic of the Heart. An Ethos for Revolutionaries (Una nueva república del corazón. Una ética para revolucionarios), un verdadero manifiesto espiritual para nuestra era, cuya traducción yo intentaba instrumentar, meses atrás, cuando llegó la noticia. 

El 1ro de abril, al cumplir 70 años, Terry fue internado con dificultades respiratorias, y diagnosticado con un raro cáncer incurable. No tardó en comunicarlo a su comunidad, aclarando que, aunque estaba impactado por la noticia, y haría lo posible por sanar, no dejaba de dar gracias por la belleza inconmensurable de cada momento. 

Así transcurrió su enfermedad, dando charlas, entrevistas, noticias frecuentes de su condición, y de las exploraciones que este nuevo desafío le permitía. Aunque los tratamientos fueron duros, no se desvió mucho de su espíritu celebratorio, que alguna vez lo llevó a decir: “Las cosas están demasiado serias para perder el sentido del humor!”. 

Nunca lo conocí en persona, pero cierta afinidad hizo que lo contactara en numerosas ocasiones: para entrevistas, para proponerle alguna gesta, para pedirle respaldo para diversas causas; la última vez, con pudor y pulso titubeante, para ver si consideraría escribir unas palabras de apoyo para mi propio libro. Cada vez me respondió con una generosidad, y un espíritu de fraternidad, que no olvidaré. 

Del mail que llegó con sus bellas palabras para mi libro (en su versión en inglés), me quedo con el saludo final: “You did good, sister!” (¡Qué bien lo hiciste, hermana!)

Hace unos días, quienes lo acompañan contaban que Terry -internado en su casa, con cuidados paliativos-, pidió música, y que lo ayudaran a levantarse para bailar. Ese baile, dicen, transmitió una paz que no habían sentido desde que este difícil proceso se inició. Por un momento pudieron compartir la aceptación luminosa de Terry, y empezar a reunir el coraje para dejarlo ir.

Hoy nos dicen que duerme; que será un día, dos. No quise esperar a que partiera para contarles de él. Les cuento hoy, para que puedan compartir mundo con él por un ratito, sentir su presencia transparente, y acompañar a quienes lo despedimos con el corazón dolorido y pleno de gratitud. 

Buen cruce del umbral, Terry querido. 

¡Qué bien lo hiciste, hermano!   

Para quienes querrían gobernar

Primera pregunta: ¿Puedes gobernarte a ti mismo?
Segunda pregunta: ¿Cuál es el estado de tu propio hogar?
Tercera pregunta: ¿Tienes un registro constatable de servicio comunitario y actos compasivos?
Cuarta pregunta: ¿Conoces la historia de tus principados?
Quinta pregunta: ¿Sigues principios sólidos? ¿Buscas una visión fresca para elevar a todos los habitantes de un territorio, incluyendo a los animales, las plantas, los elementos, todos quienes comparten esta tierra?
Sexta pregunta: ¿Le perteneces a abogados, banqueros, agentes de seguro, lobbistas, otros políticos, o a cualquiera que pueda beneficiarse injustamente de tus decisiones? Séptima pregunta: ¿Tienes la autoridad de los dueños originales de las tierras, aquellos que obedecen la ley natural y están al servicio de las tierras sobre las que te paras?

Joy Harjo
Traducción: Fabiana Fondevila

http://fabianafondevila.com/wp-admin/

Programa Ser Faro

Michael Jantzen

Fue hace muchos años, tantos que no logro recordar el nombre del libro donde lo leí, pero  sé -de eso no dudo- que era de Anaïis Nin. En medio del cuento, sin ningún propósito discernible, la autora describía una casa vista desde afuera, con todos sus cuartos encendidos. 

La imagen anidó en mi imaginación, y dejó estela. Tantos años después, esa casa de luces me habla todavía.

¿Por qué?

Una casa encendida es una casa habitada, animada, encantada, sin espacios rechazados, dobleces ni escisiones. Una casa encendida (metafóricamente hablando, obviando aquí toda implicancia ecológica) es un hábitat apreciado por sus ocupantes, que se permiten explorar y disfrutar con soltura de todos sus rincones.

La casa es una antigua y persistente metáfora del Yo. Sus puertas nos invitan a entrar en nuestra interioridad; sus escaleras evocan aspiraciones; sus ventanas reflejan cómo miramos al mundo; sus bibliotecas, nuestros universos internos; los muebles antiguos o contemporáneos, nuestra afinidad con el pasado, el futuro, cierta cosmovisión.

“La naturaleza es una casa encantada”, escribió la poeta Emily Dickinson, “-pero el Arte- es una casa que intenta estar encantada”. A mitad de camino entre el arte y la naturaleza, vivimos nuestras vidas.  

En el recorrido que propongo, visitaremos los espacios de una casa imaginaria, e iremos encendiendo las luces una por una. La nuestra no será una casa estática, ni separada nítidamente del entorno. Su naturaleza es abierta, cambiante, como una tienda en el desierto: cada mañana, el viento habrá reacomodado el mobiliario y creado cuartos donde antes no habían. Y a cada hora del día, la luz irá danzando por los espacios, redefiniendo las formas y los colores, derramando emociones y energía de un espacio a otro. 

¿Cuál es la intención que guía el viaje? Ser presencia vibrante en cada espacio. Y, al final del recorrido, sentirnos más integrados, más habitados: ¡encendidos por dentro!

Aquí, algunas pinceladas del viaje. 

  1. El territorio.  El universo, el juego infinito.

¿Cuál es la naturaleza de la realidad que habitamos? ¿Vivimos en un mundo de pura materia, finita y desmenuzable? ¿O existe capa tras capa de misterio por descubrir? ¿Cuál es la esencia de los juegos que jugamos? ¿Hay lugar en nuestras vidas para el infinito? ¿Qué prácticas cotidianas nos lo devuelven?

   2.   El jardín. El mundo más que humano, volver a pertenecer.

¿Cuánta intimidad experimentamos con la naturaleza? ¿Cuán cerca nos sentimos de los árboles, las plantas y los animales no humanos? ¿Cuánto conocemos acerca de los ciclos de vida de “la nación verde” (como llama al mundo vegetal un pueblo nativo-americano)? ¿Qué sabemos de la forma de percibir el mundo de las especies con las que convivimos? ¿Cuál es nuestro diálogo con nuestra naturaleza interior?

   3. La entrada: Uno frente al mundo, la personalidad.

¿Quiénes somos? ¿Cuáles de nuestros nombres, distinciones, características, alcanzan para identificarnos frente al mundo y los demás? ¿Hasta qué punto podemos modificar nuestros hábitos y conductas, y decidir quiénes queremos ser? ¿Qué dice la ciencia, la filosofía y las tradiciones de sabiduría, acerca de nuestra libertad para auto-determinarnos? 

4. La cocina. Las emociones, la alquimia del corazón.

¿Qué son las emociones, y qué aportan a nuestra vida? ¿Qué rol cumplen las emociones aflictivas -no solo el miedo, el enojo y la tristeza sino los celos, la envidia, la vergüenza, entre tantas- y cómo podemos amigarnos con ellas y beneficiarnos con su inteligencia? ¿Cómo es la neurobiología de las emociones? ¿De qué modo pueden ser nuestras emociones un puente para conectar con la espiritualidad? ¿Cómo entrar en intimidad con nuestro propio corazón? 

5. El sótano. Lo mítico, la sombra, lo ancestral.

¿Qué nos espera en los mundos que yacen bajo la tierra, bajo la superficie del mar, bajo la línea de nuestra consciencia? ¿Qué buscaban los chamanes en sus viajes “al mundo de abajo” y qué podemos encontrar nosotros, si nos atrevemos a visitarlo? ¿Qué fuerzas aguardan en la oscuridad más recóndita? ¿Qué podemos aprender de lo que nunca vemos? 

6. Sala de baño. Limpieza y renovación.

¿De cuántas maneras ignoramos al animal que nos lleva por la vida y nos depara un sinfín de vivencias y sensaciones? ¿Cómo podemos ingresar a este santuario del cuerpo, en el que nos reconocemos como somos, sin disfraces ni artilugios? ¿Qué bálsamos puede procurarnos el agua fresca, el vapor, los aceites, las sales de baño? ¿Cómo devolverle a nuestro cuerpo, cansado de exigencias, algo del amor que nos procura? 

7. El dormitorio. Intimidad, sueño, erotismo.

¿Practicamos la entrega profunda que es la antesala al descanso, a los viajes a vela por el país de los sueños, al dichoso encuentro de cuerpos y almas desnudos? ¿Cómo recuperar la mirada erótica de la vida que conocimos de niños? ¿Cómo colaborar para que Eros (fuerza vital) y Psiqué (alma) vuelvan a enredarse en su sensual abrazo?

8. Puertas y pasillos. Ritos de pasaje.

¿Honramos las transiciones cíclicas en nuestra vida? ¿Nos detenemos a recibir la noche, el invierno, el alba, la primavera? ¿Escuchamos los murmullos que emergen en nuestro interior cuando ingresamos a una etapa nueva, ponemos fin a un vínculo, nos mudamos, tenemos hijos, envejecemos? ¿Cuál es la calidad de las ceremonias que actuamos, consciente o inconscientemente? ¿Cuáles son los ritos que quieren nacer?

9. La sala de estar. Encuentro con los otros. 

¿Cuán grande es nuestra familia? ¿Abarca solo a aquellos con quienes tenemos lazos sanguíneos, de amistad, de trabajo? ¿Cómo es nuestra relación con el resto del mundo? ¿Nos dejamos tocar y conmover por los dolores, las alegrías, los deseos y aspiraciones de “los extraños” con quienes nos cruzamos, de quienes leemos en el diario, cuya existencia adivinamos de reojo? ¿Cómo queremos involucrarnos en nuestro mundo dolido, tumultuoso, siempre al borde del abismo? ¿Podemos danzar con otros, llorar con otros, celebrar con otros en nuestra casa común? ¿Cuál es la relación mutuamente nutricia entre el trabajo interior y el trabajo en el mundo?  

10. La escalera. Los peldaños más altos.

¿Dejamos de crecer y desarrollarnos al convertirnos en adultos? ¿Es “la adultez” una categoría indivisa, o cuenta con escalones? ¿Cuáles son los estadíos más altos del crecimiento, y qué prácticas, enseñanzas y actitudes nos permiten acercarnos a esa aspiración?

11. El altar. Silencio y solitud.

¿Le dedicás tiempo de calidad a tu espíritu? ¿Tenés un lugar al que acudir para hacer silencio, meditar, escribir, rezar, o ejercer la práctica contemplativa que te sea afín? ¿Te hacés el tiempo para conectar con tu ser, y disfrutar del mar de calma que puede ofrecerte? ¿Qué prácticas podrías incorporar para enhebrar un oasis de contento en cada día?

12. La terraza. El espíritu, la supraconsciencia.

¿Qué es el Supraconsciente (o Inconsciente Superior), depositario de las visiones e intuiciones que emanan de nuestra esencia? ¿Cuánto lo conocemos? ¿Nos permitimos vivenciar la libertad y el vuelo que nos ofrece? ¿Canalizamos su luz y espaciosidad en nuestra vida cotidiana? ¿Participamos, al fin, del Juego infinito?‘