Atenta

Cada día
veo o escucho algo
que más o menos

me mata de alegría
me deja como una aguja

en un pajar de luz.
Para esto nací –
para ver, para escuchar.

Para perderme
en este suave mundo –
Para instruirme
una y otra vez

en la alegría
en la alabanza.
Y no hablo de lo excepcional

lo atemorizante, lo terrible
lo muy extravagante –

sino de lo ordinario,
lo común, lo aburrido.

Los sucesos de cada día.
Ay, buena académica,
me digo a mí misma.
¿Cómo no volverte sabia

con enseñanzas como estas –
la luz indestructible

del mundo
el brillo del océano
los rezos que están hechos
de pasto?

Mary Oliver
Traducción: Fabiana Fondevila

Los oídos de mis oídos

Miriam Pösz

En una rama del fresno pelado 
canta la calandria,
imitando a los otros.

Busco la palabra para nombrar
esas partículas de sonido
robadas
            inventadas
                       enhebradas  
                                        propias
             síncopas  
                        sibilantes
                                      ondulantes 
                                                     puras

¿A quién escucharía cummings
cuando escribió: “ahora los oídos
de mis oídos despiertan”?

Despedido el día
la calandria se retira
a dormir al cerco
acompañada

La palabra no llega
solo el susurro del frío.
Pero entre las ramas
veo la luna
rodar.

Fabiana Fondevila

Lo que aprendí hasta ahora

La meditación es antigua y honorable, así que ¿por qué no sentarme en la colina, cada mañana de mi vida, mirando al mundo brillar? Ya que, si le prestamos atención, el deleite, como el destrozo, es sugestión.
¿Puede uno apasionarse con lo justo, lo ideal, lo sublime, lo sagrado, y no comprometerse a trabajar en su defensa? No lo creo.

Todas las sumatorias tienen un comienzo, todo efecto tiene una historia, toda bondad comienza con la semilla sembrada. Los pensamientos se abren como capullos a la radiancia. El evangelio de la luz está en la encrucijada: indolencia, o acción.

Enciéndete, o desaparece.

Mary Oliver
Traducción: Fabiana Fondevila

Ver para crecer


Mariana Roldán

Los miembros del pueblo zulu, de Sudáfrica, se saludan con la palabra sawubona, que significa “Te veo” o “Te vemos”, y que incluye, como sentido más hondo, la idea de “Yo soy porque vos sos”. En la cultura india y nepalí, la palabra Namasté (acompañada con una inclinación y las manos unidas frente al pecho) comunica: “Te reverencio”. Las oraciones de los Sioux (habitantes originarios de las grandes praderas de Norteamérica) cierran con la frase Mitakuye oyasin: “Todos somos familia”.

Las religiones, las tradiciones de sabiduría y las filosofías más antiguas de las que tenemos noticia brotan de esta misma intuición: la de componer una gran trama misteriosa y vibrante, en la que cada integrante contribuye una nota esencial. La pertenencia mutua es la argamasa que ha sostenido a nuestras comunidades desde el inicio, y la que nos sostiene todavía.

No obstante, esta argamasa tiene una contracara: el sentimiento de pertenencia tiende a extenderse a quienes se perciben como parte del propio colectivo. Hoy no vivimos en pequeñas tribus ni necesitamos distinguirnos del clan rival, pero esta herencia evolutiva subsiste en el rechazo de quienes vemos como “diferentes”, sea por el color de piel, el género, el cuerpo, la condición social, la religión, la nacionalidad, las creencias, la elección sexual, las capacidades, las preferencias.

Nadie está exento de ceder a este impulso, ya que habita en nuestro inconsciente (incluso quienes pertenecen a grupos excluidos pueden, sin advertirlo, excluir). Y nadie está exento de sufrirlo.

La exclusión es una forma del rechazo. Y el rechazo es un dolor que todos conocemos. Hoy sabemos que el impacto del rechazo se registra en el mismo lugar del cerebro que el dolor físico, y muchas veces con la misma intensidad. Según muestran estudios, este dolor se expresa aun cuando quienes manifiestan el rechazo son extraños, o hasta representantes de grupos hostiles a quien lo recibe.

Los seres humanos somos criaturas sociales hasta la médula, y en nuestro pasado remoto, ser rechazados equivalía a morir. Miles de años de evolución no han logrado borrar este registro de nuestra psiquis.

En la exclusión social, se suma un agravante: se discrimina a alguien no por una característica personal, sino sobre la base de su pertenencia, real o percibida, a un grupo. Esa mirada o juicio no solo estigmatiza, sino que le roba a la persona su condición de individuo, reduciéndolo a una categoría.

El prejuicio y la marginación se expresan en una amplia gama de gestos, dichos y acciones: desde actos sutiles de exclusión (cuyas consecuencias no son sutiles en absoluto) hasta actos de barbarie, como el asesinato de George Floyd en manos de un policía en mayo de este año, en EE.UU., o el brutal ataque policial a cuatro jóvenes de la comunidad Qom, en el Chaco argentino, un mes más tarde.

Estas atrocidades generan una enorme impotencia. ¿Por dónde empezar a desarmar los sistemas de poder que permiten tales agravios, tan arraigados en nuestra historia y en nuestra psiquis colectiva?

Protestar. Denunciar a viva voz. Exigir a los organismos a cargo que tomen las medidas necesarias. Y también ir un paso más allá y visibilizar los mecanismos profundos que sostienen y propagan la discriminación, incluso en nosotros mismos. No es tarea fácil pero ¿cuál es la opción? Si nos limitamos a horrorizarnos con estos sucesos sin hacer nada, caemos en la trampa de la que advirtió Desmond Tutu, militante anti-apartheid y ex Arzobispo de Sudáfrica: “Si permanecés neutral en una situación de injusticia, elegiste el lado del opresor”.

Esta campaña tiene la humilde intención de empezar a desmantelar el prejuicio, empezando por quienes la llevamos adelante, a través de un abanico de propuestas.

Entre ellas:

  • Testimonios de personas que han sufrido y sufren discriminación a diario por sus cuerpos, sus circunstancias, sus cualidades, sus elecciones.
  • Exploración de conceptos clave, como el de Actos sutiles de exclusión, Actos intencionales de inclusión, y todos los supuestos de los que participamos sin advertirlo.
  • Datos y preguntas para ayudarnos a reflexionar, y a decidir más conscientemente nuestras acciones.
  • Llamados concretos a la acción.

Te invitamos a sumarte a esta campaña. ¿De qué modo?Aportando testimonios, ofreciendo tus servicios a las organizaciones cuyo trabajo destacaremos, proponiendo ideas que ayuden a esclarecer y, sobre todo, difundiendo las publicaciones, para que cada día seamos más los que nos cuestionamos, y más los que buscamos activamente un camino mejor.

Cada vez que marginamos a alguien por prejuicio, sea por acción u omisión, consciente o inconsciente, no solo exiliamos a esa persona de la gran familia; en el mismo acto, nos exiliamos a nosotros mismos.

Solo lograremos desarmar el prejuicio –el propio, el de todos- mirando a los ojos a quien tenemos delante, honrándolo en sus diferencias, y luego viendo más allá, a la común humanidad que nos vuelve a emparentar. El prejuicio es hijo de la ignorancia. La pertenencia es hija del amor.

Veamos para poder crecer. Crezcamos, para volver a pertenecer.
¡Te damos la bienvenida!

El lanzamiento oficial es el 2 de agosto, estate atent@ para sumarte por las redes. Gracias!

La invitación

No me interesa lo que haces para ganarte la vida.
Quiero saber lo que ansías, y si te atreves a soñar con satisfacer el deseo de tu corazón.
No me interesa tu edad.
Quiero saber si te arriesgarías a parecer un tonto por amor, por tus sueños, por la aventura de estar vivo.

No me interesa cuáles planetas están en armonía con tu luna.

Quiero saber si has tocado el centro de tu pesar, si las traiciones de la vida te han abierto o si te has marchitado y cerrado por miedo al dolor futuro.
Quiero saber si puedes sentarte con el dolor, el mío o el tuyo, sin intentar esconderlo, desvanecerlo o arreglarlo.
Quiero saber si puedes estar con la alegría, la mía o la tuya,
si puedes bailar con locura y permitir que el éxtasis te llene hasta la punta de los dedos, sin advertirnos que seamos cuidadosos, que seamos realistas, o que recordemos las limitaciones de ser humano.

No me interesa si la historia que me cuentas es verdadera. Quiero saber si decepcionas a otros para serte fiel a ti mismo, si puedes soportar la acusación sin traicionar a tu propia alma. Quiero saber si puedes ser fiel y por lo tanto ser confiable.
Quiero saber si puedes ver la belleza, aun cuando no sea bella todos los días, y si puedes hacer que tu propia vida surja desde su presencia.
Quiero saber si puedes vivir con el fracaso, el tuyo o el mío, y de pie en la orilla del lago gritarle al plateado arco de la luna llena: “¡Sí!”

No me interesa saber dónde vives ni cuánto dinero tienes. Quiero saber si puedes levantarte después de una noche de dolor y desesperación, cansado y golpeado hasta los huesos y hacer lo que sea necesario para alimentar a tus hijos.
No me interesa quién eres o cómo llegaste a estar aquí.
Quiero saber si te pararás en el centro del fuego conmigo, sin huir.

No me interesa en dónde o qué o con quién has estudiado.
Quiero saber lo que te sostiene, desde tu interior, cuando todo lo demás se derrumba.
Quiero saber si puedes estar solo contigo mismo y si disfrutas de tu propia compañía en los momentos vacíos.

Oriah Mountain Dreamer
Traducción: Fabiana Fondevila

Cómo ser un buen salvaje

Mi abuelo Simón quiso ser un buen salvaje,
aprendió castilla
y el nombre de todos los santos.
Danzó frente al templo
y recibió el bautismo con una sonrisa.
Mi abuelo tenía la fuerza del Rayo Rojo
y su nagual era un tigre.
Mi abuelo era un poeta
que curaba con las palabras.
Pero él quiso ser un buen salvaje,
aprendió a usar la cuchara,
y admiró la electricidad.
Mi abuelo era un chamán poderoso
que conocía el lenguaje de los dioses.
Pero él quiso ser un buen salvaje,
aunque nunca lo consiguió.

Mikeas Sánchez

Originaria de Ajway (Chapultenango, Chiapas), Mikeas Sánchez es poeta en lengua zoque, escritora, productora de radio, traductora y docente de la Universidad Intercultural del Estado de Tabasco.