La inteligencia incomprendida de las emociones

Miriam Pösz


Ardí de pasión. Morí de tristeza. Enloquecí de furia. Me doblegó el miedo.
Las emociones son nuestras compañeras más cotidianas: enhebran, definen y pintan con múltiples tonos el paisaje de nuestros días. Pero como transparentan las expresiones que abren, le tememos a su influjo, imaginándolas como llamaradas incontrolables que nos esclavizan y nos roban de nuestra capacidad de responder libre y racionalmente.
Las emociones son expresiones de nuestra vitalidad esencial; respuestas auténticas y orgánicas al modo en que el mundo interno y externo nos afecta.No es de sorprender. Por siglos, la filosofía y la psicología han tendido a asociar las pasiones con «bajos impulsos», apetitos y reacciones irracionales y poco dignas de la civilización que supimos procurarnos. Esta actitud de desdén nos lleva a desoír lo que sentimos, particularmente cuando se trata de emociones aflictivas -mal llamadas «negativas»- como el miedo, el enojo, la culpa, la tristeza, la frustración, el agobio, la vergüenza, los celos, la envidia. Cada una de estas emociones tiene un mensaje que aportarnos, una información valiosa acerca de qué anhelamos, qué nos importa, qué necesitamos de los demás, qué reglas son importantes para nosotros, qué pérdidas nos duelen, qué afectos queremos preservar.
En la introducción a su magnífica obra La sabiduría de las emociones, el psiquiatra argentino Norberto Levy señala: «Del mismo modo que las luces del tablero de mandos del automóvil se encienden e indican que ha subido la temperatura o queda poco combustible, cada emoción es una luz de tonalidad específica que se enciende e indica que existe un problema a resolver».
Como las emociones aflictivas nos causan sufrimiento y nos producen rechazo, hacemos cualquier cosa por ignorar esas señales, distraernos de ellas y «superarlas» rápidamente. Intentamos poner fin por decreto a nuestra tristeza, por ejemplo, y en su lugar quedamos atrapados en una vaga sensación de desánimo que nos separa del mundo y nos anestesia. Reprimimos nuestro enojo, y su energía contenida nos lleva a hacer o decir cosas que luego lamentamos.
Otras emociones -como los celos y la envidia- sufren además un fuerte repudio social. En lugar de entenderlas -en la clara definición de Levy- como el miedo de perder a un ser amado por causa de un tercero, o el recordatorio doloroso de una carencia, respectivamente, las sentimos como la encarnación del mal en nuestro seno, y las negamos. Como consecuencia, estas emociones pasan a estar «en sombra» -alejadas de nuestra conciencia-, y en lugar de sentirlas las actuamos (por ejemplo, agrediendo sin quererlo) o las proyectamos (viéndolas en otros, en vez de en nosotros mismos). Todas estas emociones pueden tener una versión patológica y distorsionada, por supuesto. Pero, en esencia, son mensajes que podemos y necesitamos atender.

Expresiones de vitalidad
La psicología no se ha puesto de acuerdo respecto de qué son las emociones y qué función cumplen. Tras examinar la gran variedad de teorías contrapuestas, el psicólogo junguiano James Hillman llegó a esta conclusión: «Hasta el momento, las emociones siguen siendo un problema con solución inefable». Pero siguiendo al terapeuta John Welwood, autor de Psicología del despertar y otras maravillas, podríamos pensarlas como expresiones de nuestra vitalidad esencial; respuestas auténticas y orgánicas al modo en que el mundo interno y externo nos afecta.
Por su propia naturaleza, las emociones son intensas y efímeras: duran en promedio unos 90 segundos. Los sentimientos, en cambio, son la huella que dejan en nosotros las emociones tras pasar por la conciencia, y son más duraderos y atenuados.
Si les damos nuestra atención, las emociones tienden a drenar por sí mismas. A veces mutan en otra emoción subyacente. Por ejemplo, el enojo puede dar lugar al miedo (o viceversa), la envidia a la tristeza, la culpa al dolor. Y también es habitual que, una vez expresadas, hasta las emociones más difíciles den lugar a una profunda sensación de alivio, y hasta de liviandad y alegría.

Cómo abordar las emociones difíciles
Abordarlas para no quedar presas de ellas, y para ayudarlas a develar sus mensajes:
– Utilizar la respiración para centrarnos, calmar el cuerpo y observar la emoción tal como se presenta. Una respiración lenta y abdominal es ideal porque aquieta al sistema simpático y disminuye la agitación.
– Explorar dónde se presenta la emoción en el cuerpo, como propone la práctica de Mindfulness. Intentar discriminar cómo la sentimos: si es una opresión, una pulsación, una contracción en alguna parte. Si tenemos miedo a que una emoción nos desborde, podemos explorarla en compañía de un familiar o un amigo, que nos pueda escuchar amorosamente y sin juicio. La vergüenza, en particular, se alivia con este íntimo compartir.
– Escribir sobre lo que sentimos, dibujarlo o expresarlo con cualquier otro medio a nuestro alcance. Aun si no tenemos habilidad para el dibujo, los colores son un buen conducto para contactar con las emociones y darles cauce.
– Bailar, caminar, correr o recurrir a alguna otra práctica que nos ayude a contactar con el cuerpo, como el yoga. Las emociones se manifiestan en el cuerpo, y es ahí donde podemos ir a su encuentro.
– Tomar las acciones necesarias. Si la emoción pide una acción, dar paso a ella una vez que la emoción drenó: poner el límite que el enojo nos pide, pedir las disculpas que la culpa requiere, tomar las medidas de protección que el miedo (razonable) nos sugiere.
– Etiquetar la emoción. Describir la emoción difícil que uno está sintiendo en una o dos palabras ayuda a aliviarla, porque interpone un mínimo de distancia entre lo que sentimos y nosotros, y nos ayuda a des-identificarnos con ella. La meditación viene enseñando esta práctica desde hace milenios, hoy la neurociencia confirma su utilidad.
Lo cierto es que, en última instancia, todas las emociones buscan -aun por medios impropios- retornar al océano de amor que es nuestra naturaleza esencial. Hay emociones que son tributarias directas de ese océano, como el asombro, la gratitud, la compasión y la alegría (a explorar en breve), pero hasta las más perturbadas de nuestras expresiones guardan el mismo secreto anhelo: ser recibidas en nuestros corazones, y transformadas.
En su poema «La casa de huéspedes», el místico Jalaluddin Rumi (Persia, siglo XIII), retrata a las emociones como visitantes que acuden a nuestra puerta cada día, y propone, sin más: “Trata a cada huésped con honor”. Así concluye el poeta su llamado, que es pura alquimia: “Sé agradecido con quien quiera que venga / Porque cada uno ha sido enviado / Como un guía del más allá.”

Fabiana Fondevila

Publicado originalmente como columna en el diario La Nación.

Viaje al asombro: taller presencial

Si te gustó el libro, si te inspiró, si te dio ganas de recorrer el mapa de nueve estaciones, con sus luces y sus sombras, sus prácticas y sus descubrimientos, esta es tu oportunidad de ponerle el cuerpo!

En este taller quincenal, iremos desgranando una a una las prácticas de reconexión con la naturaleza, con los sentidos, con nuestros amados, con los ritos y ceremonias que honran nuestros pasajes, con el bosque secreto de nuestra imaginación, con las historias que nos contamos (las viejas, las nuevas y las que quieren nacer), con las zonas oscuras que buscan la luz, con la serenidad de nuestro espíritu, con la potencia de nuestro corazón.

Los encuentros serán unitarios. Podrán tomarse sueltos, aunque entre ellos se teja una rica telaraña que da cuenta del todo. Hay dos opciones de días: jueves a las 18.30 a 21, o domingos a 10 a 12.30, ambas en Belgrano. No se requiere experiencia previa de ningún tipo. Si todavía no leíste el libro, podés participar igual, e ir leyéndolo mientras explorás las prácticas en comunidad.

Para anotarte, escribí a info@fabianafondevila.com. Por dudas o consultas, podés comunicarte al 156 812-4444.

Comenzamos en julio, l@s espero!

Jalá, o pan trenzado judío.

Pan de masa madre
Ungüentos todo propósito
Elíxires herbales para el sueño y otras magias, y pretzels (lo que queda de ellos).

Una emoción que transforma

Miriam Pösz

En el segundo que te lleva leer esta frase, y a mí escribirla, 1.5 millones de litros de agua se derraman estrepitosamente en las Cataratas de Iguazú. En el espacio estalla en gases de colores una Supernova. En el Ártico atraviesa el cielo una Aurora borealis. En miles de esquinas, se dibujan arco iris. En incontables ramas de incontables árboles, cientos de horneros dan la última pincelada de barro a sus nidos. En el mismo segundo, nacen cuatro bebés en el planeta y muere una persona. Mientras tanto, el planeta gira sin prisa y sin pausa en torno de una bola de fuego incandescente que nació hace 4.603 billones de años y morirá en unos cinco billones más.

Puede que el leer esta sucesión de hechos te provoque -como a mí, el escribirlos- cierta emoción; algo así como una sensación de abismo y sorpresa y maravilla y pavor, todo al mismo tiempo. Esa compleja y adrenalínica emoción se llama asombro, y hoy la ciencia confirma lo que los sabios han dicho de ella desde el comienzo: es la más fecunda y transformadora de nuestras vivencias, porque nos pone en contacto directo con el misterio de la existencia.

¿Qué es el asombro, en pocas palabras? Es la respuesta emocional a un estímulo físico o conceptual tan extraordinario que desafía nuestra comprensión del mundo y de la vida. Los fenómenos que nos producen asombro nos dejan boquiabiertos, la respiración suspendida en la inhalación, como si quisiésemos hacer lugar para algo que no cabe. El tiempo, también se detiene. Frente a ese cielo estrellado, a esa nube de tormenta de la altura del Aconcagua, a ese mar que no tiene tamaño, no logramos pensar ni por un momento en lo que tenemos que hacer al día siguiente, lo que quedó sin hacer ayer, lo que vendrá algún día. Todo es puro presente, y el placer de habitarlo sin distracciones.

¿Cuáles son las características del asombro, que hacen de esta emoción una experiencia tan especial? En su presencia nos sentimos pequeños, infinitesimales. Pero, curiosamente, a la vez enormes, infinitos, porque algo en nosotros reconoce nuestra pertenencia a eso maravilloso que estamos viendo.

Investigadores del Greater Good Science Center, de la Universidad de Berkeley, en California, descubrieron que, tras experimentar unos momentos de asombro, las personas se muestran más satisfechas con sus vidas, más generosas y proclives a ayudar, y más en paz con el tiempo del que disponen. A la vez, como explica la psicóloga Lani Shiota, a diferencia de otras emociones positivas (como el orgullo y el entusiasmo), que producen efectos benévolos en el organismo pero también una cierta distorsión cognitiva, el asombro relaja el organismo sin nublar ni un poquito la mente.

¿Qué nos produce asombro? Los fenómenos de la naturaleza (por bellos, magníficos o misteriosos), las capacidades extraordinarias de la mente o del cuerpo humano, ciertas piezas musicales, ciertas obras de arte, el registro de la infinitud en la que habitamos, los actos heroicos (de gran bondad, coraje o resiliencia), todo lo que es vasto e imponente, y que nos recuerda -en algún sentido- nuestro verdadero tamaño.

Pero fuera del asombro que nos suscita lo vasto –a veces, con un dejo de temor reverencial-, es posible también sentir asombro por lo pequeño y cotidiano, si solo lo miramos con una actitud especial: el corazón abierto, los ojos frescos, la decisión de borrarnos las telarañas de la costumbre y volver a ver, como por vez primera. “Si estás aburrido, no estás prestando atención”, dijo Fritz Perls, creador de la terapia gestáltica.

Si dejamos de correr por un momento (con los tiempos que la vida actual nos impone), y miramos a nuestro alrededor, percibiremos rápidamente que estamos rodeados de maravillas, y que cada una de ellas –la forma en que entra el sol por la ventana, la temperatura y el aroma del café que tomamos, la mesa de madera que trae la naturaleza puertas adentro, los ojos de quien nos mira- son únicos e irrepetibles, y motivos de celebración. Así es que aparece una nueva emoción, tan vinculada al asombro que parece una prima hermana: la gratitud. Si todo es milagroso, como propuso Einstein, todo merece ser mirado con el corazón abierto y receptivo a esa condición.

De los muchos caminos para llegar a esa vivencia trata mi libro, Donde vive el asombro. Pero confío en que cada uno sabrá encontrar el propio. El asombro está tan cerca como la decisión de abrir los ojos, respirar hondo y dejarnos atravesar por la vida. En este instante, donde sea que estemos, por el puro deseo de despertar.

Fabiana Fondevila

Quienes quieran explorar esta emoción con un grupo de almas afines, pueden sumarse al taller Viaje al asombro, que comienzan a mediados de junio. Todos bienvenidos!

Naturaleza Salvaje Vitalidad

Reencantar el mundo

“La naturaleza no es un lugar a visitar; es nuestro hogar”. Esto dijo el poeta naturalista y activista Gary Snyder. Cabe preguntarse: ¿cómo vuelvo a ese hogar, si vivo en medio de la ciudad y el verde más cercano es la plaza con bancos de cemento a diez cuadras de mi casa? ¿Cómo vuelvo a ese hogar si apenas avisto el mar o las montañas una vez al año, en mis vacaciones? ¿Cómo vuelvo a ese hogar si mis obligaciones me tienen corriendo de un lado para otro, y ni atisbo a mirar el cielo?

En este taller de cuatro encuentros, veremos: cómo encontrarnos con la naturaleza que está, ahí, todo el tiempo, donde estamos nosotros; cómo interactuar con ella, entendiéndola. como el teólogo Thomas Berry, como un sujeto, y no una colección de objetos; cómo despertar a la vitalidad que aguarda en nuestro olvidado yo salvaje, y en el reencuentro con la materia.

Cuatro encuentros, cuatro opciones de días y horarios:

Martes, a las 18.30, en Las Cañitas / Miércoles, a las 10, en Don Torcuato / Viernes, a las 16, en Florida / Sábados, a las 16, en Belgrano.

Retribución por el curso: $ 2000 / Inscripción: info@fabianafondevila.com

No vinimos al mundo para tolerarlo, o para trascenderlo, sino para amarlo. ¿Por qué no empezar hoy?

El héroe interior

El héroe interior

¿Qué potencias aguardan ser descubiertas?

Cualquier cosa o cualquier persona / que no te haga sentir vivo // te queda chica.
David Whyte

Cada ser humano es una expresión única del desbordante genio creativo de la vida. Los problemas urgentes que atraviesa el planeta, y con él, la raza humana, requieren que esa expresión única se plasme, hoy, para provecho de todos. Pero a la vez, es solo cuando exploramos nuestros dones y los compartimos con el mundo que estos alcanzan su máxima pujanza.

“No logras el poder de tu visión hasta que lo despliegas en el mundo ante los otros”, dijo el líder Sioux Black Elk. En esa entrega se revela, misteriosamente, que había en nosotros una visión, y que esa visión pedía plasmarse en acciones concretas y cotidianas, que a la larga dan forma a una misión. A esa antigua alquimia nos abocaremos.

Síntesis del programa:

Ampliar las fronteras del yo. ¿Quiénes somos, en verdad?
Resignificar la vocación. ¿Conocemos y actualizamos nuestro propósito?
Reencantar el mundo. ¿Cuánta intimidad tenemos con la tierra?
Danzar con lo sutil. ¿Dialogamos con los mundos invisibles?
Ser el cambio. ¿Abrazamos los arquetipos de transformación?
Integrar las polaridades. ¿Cómo cultivar el matrimonio sagrado?
Crear un espacio colectivo. ¿Cómo puedo crecer en mis vínculos?
Aprender a pertenecer. ¿Cuál es mi lugar en la tribu?
Animarse a liderar. ¿Cómo quiero que sea mi reino?
Encarnar al héroe interior. ¿Qué dones elijo nutrir, amplificar, desplegar?

Modalidad: duración anual (de marzo a diciembre), cursada semanal.

Opciones de días, horas y locaciones:

Martes, de 19 a 21, en Palermo.
Miércoles, de 10 a 12, Don Torcuato.
Viernes, de 16 a 18, en Florida.
Sábados, de 16 a 19, en Belgrano.

Consultar por otras opciones. Es posible sumarse con el curso iniciado.

Retribución: $ 2000 por módulo/mes.

Informes e inscripción: info@fabianafondevila.com
Por favor, especificar por qué taller se consulta.

Gracias!