Lo esencial es visible a los ojos y está en todas partes

Foto: Alejandra López

Por Carolina Cattaneo. Ilustraciones: Maite Ortiz

Las nubes se corrieron y el sol reaparece con prepotencia en Buenos Aires, después de veinte días ininterrumpidos de lluvia. Son las nueve de la mañana de un viernes de otoño, Fabiana Fondevila no quiere desaprovechar esos rayos tibios y elige dar la entrevista telefónica desde su jardín, un espacio verde despeinado por la belleza de enredaderas salvajes, hierbas aromáticas y plantas medicinales y comestibles. Es probable que esta mañana su casa –donde habitan sus dos hijos y su marido, libros e instrumentos musicales– huela, como muy habitualmente, a pan casero. Ese aroma se puede percibir al otro lado de la línea con apenas un poco de intuición: conocemos a Fabiana Fondevila; ella escribe para Sophia desde hace siete años. Las lectoras la conocen a través de sus notas y nosotras, por la cercanía cotidiana. Periodista de raza (cubrió acontecimientos históricos y entrevistó a personalidades como Ray Bradbury o Susan Sontag), Fabiana es exploradora de la inteligencia vincular y de lo sagrado cotidiano, guía de talleres en los que invita a acercarse íntimamente a las emociones y escritora. Su último libro, Donde vive el asombro. Prácticas para cultivar lo sagrado en la vida cotidiana (Random House Mondadori, 2018), es la razón por la que deja por un rato su rol habitual y ocupa esta vez el espacio de entrevistada.

Instrucciones para vivir la vida:

Prestar atención.

Rendirse al asombro.

Contarlo.

Un poema, en este caso de Mary Oliver, da comienzo al libro. No es casual. Fabiana Fondevila suele empezar y cerrar con lecturas poéticas los encuentros que promueve, como si buscara recurrir, con ese rito, a un halo sutil que envuelva a las personas que la acompañan y haga que se sientan una y, a la vez, parte de un todo mayor. Como una clase de plantas nativas o un taller sobre el mito del viaje de la heroína, así también empieza su libro.

El viaje del héroe, una película más grande

“El pico visionario” es una de las estaciones de Donde vive el asombro… Sus páginas ayudan a comprender, desde una mirada mítica, que “el camino que llevamos recorrido es mucho más que un hilván de sucesos azarosos”, y que si subiéramos a la cima de una montaña y viéramos nuestra vida desde arriba, veríamos “hasta el más arduo de nuestros problemas como una figura más de nuestro teatro de sombras”. El viaje del héroe es, como los carteles al costado de una ruta, el relato que Fabiana Fondevila eligió para guiar al lector en esta estación del mapa. “El viaje del héroe está inscripto en una mirada mayor, que es la mirada mítica. Es una explicación, un término que utiliza Joseph Campbell, para hablar de un gran mito que subyace a todos los mitos. Campbell encontró que los mitos de las distintas culturas contaban la misma historia: que la vida de todo ser humano es un camino que consiste en dejar el hogar, sortear dificultades, matar al dragón, encontrar un tesoro y regresar a casa con él. Es la historia de la evolución humana y representa los pasos que atravesamos para convertirnos en quienes somos realmente, en una versión auténtica de nosotros mismos”, dice la autora, y evoca un fragmento de Campbell que ella describe como “hermoso”. Es aquel en el que el mitólogo estadounidense dice: “Ni siquiera el camino es desconocido, miles de héroes lo han transitado antes que vos. El camino está cartografiado, y donde pensabas que te encontrarías con el demonio, te encontrarás con un Dios. Y cuando pensabas que matarías al dragón, te matarás a ti mismo”. Fabiana Fondevila interpreta el mito del viaje del héroe como un mapa en sí mismo, que cuenta de qué se trata la vida. “Un ejemplo cotidiano: te vas de tu casa cuando te emancipás, y eso es un flor de dragón, es un desafío que debés superar y del que tenés que salir airoso: es necesario que encuentres un trabajo y te ganes la vida. Quizá formes una pareja y tengas hijos; después vas a envejecer y morir. Todo eso tenés que poder enfrentarlo. Esto requiere un continente mayor que las pequeñas fuerzas personales, una dimensión mítica y sagrada que te cuente una película más grande y que haga lugar al misterio”.

Donde vive el asombro. Prácticas para cultivar lo sagrado en la vida cotidiana está organizado en capítulos que, en realidad, la autora eligió llamar “estaciones”. Cada una busca, con abundante base teórica y propuestas vivenciales, “restaurar las cualidades del corazón que nos ayudan a ver, apreciar y celebrar lo sagrado en los pequeños sucesos de cada día, y a través de ellos, la vida misma”. Con preguntas y respuestas, nos dejamos guiar por ese mapa y recorremos con ella sus estaciones.

–Partamos de la primera parte del título de tu libro. ¿Qué es el asombro? 

–El asombro es una emoción y también es una virtud que nos conecta de inmediato con lo trascendente. Aparece cuando estamos en presencia de algo tan vasto, tan grande en número, tamaño o dimensión, que no lo podemos comprender ni abarcar. Puede ocurrir espontáneamente con escenas de la naturaleza: ante un cielo estrellado, una catarata, una montaña, el océano. En esos momentos, el pensamiento se suspende y el pequeño yo que vive recordando o anticipándose, preocupándose, tironeado por la sucesión de hechos que conforman nuestra vida, se disuelve. Al estar en contacto directo con el misterio, nos salimos del tiempo y permanecemos en un puro presente. La percepción paradójica es que nos sentimos diminutos ante la inmensidad que estamos presenciando, y a la vez infinitos, porque formamos parte de eso que vemos.

–La segunda parte del título de tu libro es “Prácticas cotidianas para cultivar lo sagrado en la vida cotidiana”. ¿Dónde se encuentran el asombro y lo sagrado?

–El asombro es una de las emociones que nos produce lo sagrado, al igual que la gratitud, la alegría, la inspiración, la compasión. Porque lo sagrado es la percepción de lo más importante, de lo más valioso, de lo esencial. Y eso, que es importante y valioso para cada uno, nos conmueve. Entonces, el camino es doble: nos dejamos atravesar por el asombro que se nos presenta por sí solo, y lo buscamos con conciencia e intención, para recordarnos a nosotros mismos que vivimos en un mundo permeado por lo sagrado.

–Es difícil definir “lo sagrado”. 

–Sí, porque no es un concepto intelectual, es una vivencia y cada uno la reconoce cuando la siente, y después le cuesta ponerla en palabras. Hablamos de lo numinoso y lo numinoso es inefable; las palabras son el dedo que apunta a la luna. Puede costarnos explicarlo o definirlo, pero en la vivencia no hay dudas. Y no hace falta que se trate de vivencias solemnes ni grandilocuentes. Lo sagrado es la sensación de la importancia última que no se puede catalogar ni dividir en pedacitos, de algo que es maravilloso y misterioso y no se puede explicar.

–En el libro te referís a dos movimientos de conexión con lo espiritual, y decís que es bueno que ambos se complementen y enriquezcan mutuamente. ¿De qué se tratan?

–De cómo nos hemos comunicado con lo sagrado, con lo divino, con lo espiritual, desde el comienzo de los tiempos. Platón ya hablaba de esto como “dos corrientes de energía divina”. Una corriente –la ascendente, o trascendente– se interesa por la fuente única e impersonal, que dio nacimiento a las múltiples formas. Esa es la versión de las religiones, más puntualmente las monoteístas. El vínculo devocional es con esa fuente, no tanto con sus manifestaciones aquí en la Tierra. La fuente, al no estar encarnada, es una, no es múltiple, no hay matices. Entonces, si yo quiero ir ahí, una vía son los rezos que se dirigen a esa fuente y le agradecen, le imploran o le piden perdón. Otra vía es ir a buscar el silencio dentro de uno. A esta primera corriente no le interesan tanto las formas y manifestaciones, “la Creación”, en términos religiosos, sino la fuente misma, que no tiene forma, género ni características; es el “más allá”.

–¿Y en qué consiste la forma descendente de espiritualidad?

–A esta versión le interesa el “más acá”, las muchas formas en que se expresa la fuente en la Tierra, cómo se despliega acá. Las tradiciones de sabiduría que adoptan esta visión son más antiguas; son las culturas paganas, chamánicas, matriarcales, en las que la atención está centrada en las manifestaciones de la fuente. Cada una pone su énfasis en distintas expresiones: algunas lo ponen en las plantas, otras en los animales. Esto lo describe muy bien Joseph Campbell: las culturas agricultoras encontraban a los dioses encarnados en sus labores diarias, había dioses de la siembra y de la cosecha. Esta orientación lleva un sello femenino: las mujeres siempre nos hemos ocupado de los niños, los ancianos, los enfermos, los moribundos, de la comida y los quehaceres domésticos; entonces, lo sagrado no podía estar en otro lado que acá mismo, entre nosotros.

–¿Cultivar lo sagrado es una opción?

–Como es una vivencia, no se trata de si lo sagrado está o no está, como si estuviera o no presente un objeto, sino de si uno lo percibe o no lo percibe. En esencia, lo sagrado está en todas partes, pero no en todos aparece como una preocupación, una visión o siquiera una percepción. Es igual que con el amor (otro nombre para lo mismo): el amor está en todas partes, pero no se hace carne de la misma manera en todos. En estos casos, no es que no esté presente, sino que no aparece en su plena dimensión.

Entrevista a Fabiana Fondevila, autora de Donde vive el asombro
–Y cuando no hay conciencia de ello, ¿qué implicancias tiene en el ser humano?

–La consecuencia es que vivimos profanando, vivimos una vida desacralizada en el sentido de no hacer lugar para eso que es sanador, que es bello, que nos une con los demás. Se pierden de vista las cosas importantes. Cuando no se cultivan los dioses adecuados –y uso la palabra “dioses” en términos metafóricos–, aparecen dioses menos nobles. Porque como uno ansía ese alimento de todos modos (por más que lo desconozca), lo busca en lugares equivocados, y termina endiosando aspectos de la vida donde no vive lo sagrado, como la búsqueda desesperada de fama, dinero o estatus, por ejemplo. Se persiguen lamparitas de 40 vatios cuando lo que en realidad nos habita es un sol.

–Hay momentos de desesperación en la vida en los que uno no sabe qué necesita, ni siquiera sabe qué busca. Y si lo sagrado está y no lo vemos, ¿cómo se despierta esa conciencia?

–Mi sensación es que la mayor parte de la gente tiene un hambre, un anhelo, una sed, que hace que en algún lugar, aunque sea con algún desvío, lo busque y lo reconozca cuando lo atisba. En algún momento de la vida, uno reconoce aquello de “Ah, claro, de esto se trataba”, momentos de plenitud, de conexión. Creo que el campo siempre está presente. ¿Por qué nos conmueven tanto personas como Gandhi o la Madre Teresa o un Dalai Lama o ciertas situaciones? Porque algo en nosotros vivencia algo en esa latitud, porque algo en nosotros reconoce que ahí vive lo sagrado.

–¿Y cómo se despierta eso?

–Por contagio y elevación: si vas por la calle ensimismada en tu nube oscura y estás desconectada de todo, y ves a un adolescente ayudar a un ciego a cruzar la calle, o ves a dos amigas que se abrazan con emoción, cualquier situación que tenga que ver con el amor, ese momento te transporta ahí: por lo menos, en ese ratito se siente alivio. Está bastante presto, disponible, solo que la vida que llevamos no ayuda porque no lo jerarquiza. La sociedad no se esfuerza por lograrlo, vivimos encapsulados en nuestra cabeza, bastante desconectados del cuerpo, de nuestras emociones y de nuestros corazones, y, por lo tanto, de lo que nos puede tocar esa fibra.

–En el libro hablás del bypass espiritual. ¿De qué se trata?

–El bypass espiritual es un fenómeno relativamente nuevo, de nuestra era, y tiene que ver con un momento en el que la espiritualidad se puso de moda y empezó a transmitirse livianamente, como un atajo, una panacea y una solución para todo. Con tanta angustia y soledad que hay en nuestras sociedades, la gente y algunos maestros espirituales empezaron a usar la espiritualidad como un medio y no como un fin. Lo usaban para evitar entrar en contacto con los aspectos dolorosos y difíciles de la vida, cuando la verdadera espiritualidad abarca aspectos dolorosos y difíciles, y los resignifica. Uno se puede quedar con una visión de lo sagrado que involucra solo “el lado luminoso”, pero también te pone en contacto con lo sagrado la muerte de un ser querido o el momento en que te enfrentás con la posibilidad de tu propia muerte. Nunca es tan claro lo esencial como en el momento en el que se está por perder a esa persona, y a uno le cae un rayo, siente un estremecimiento. Ahí estás en contacto con los límites de la vida y con el misterio mismo.

–¿Por qué decidiste incluir el capítulo “El pantano”, que ahonda en los momentos de oscuridad? 

–El libro ofrece un mapa posible en el que cada estación es un recordatorio de alguna dimensión esencial de la vida, como en el caso de los ritos y las ceremonias. Pero no es solo un mapa de momentos o vivencias hermosas; está la sombra también, el pantano. Lo que quiere recordar ese capítulo es que eso también es parte de la vida, no es un error, y esta sos vos, con tus luces y tus sombras.

–Dedicás un capítulo a los ritos. La monja estadounidense Joan Chittister, en su libro Escuchar con el corazón”, recuerda que la escritora Christina Baldwin dice que el rito es nuestro modo de transmitir la presencia de lo sagrado. 

–El rito, nos dice Campbell, es una puesta en escena del mito; quiere decir que si el mito dice que somos seres de naturaleza espiritual, el rito va a crear una forma de traer esa espiritualidad a la vida cotidiana. Entonces, si vos en un momento del día prendés una vela, no es un acto utilitario, no cumple ningún propósito, pero encender ese fuego es un recordatorio de quién soy en verdad, de que no se trata de si soy más o menos lindo o tengo una nueva arruga: es un recordatorio de que soy un ser espiritual habitando este cuerpo, de que soy un cuerpo y a la vez más que eso. Lo que guía al rito es la intención, y eso es lo importante. Si no, caemos en cierta banalización del rito, en una mirada superficial. No hay que confundir la forma con el propósito. El rito es un acto amoroso, y si no tengo más que una vela, la pongo frente a mí, en el centro, y esa vela representará para mí lo divino y hacia ella me inclino. Es un rito igual de poderoso que estar en una catedral con cien mil personas cantando y cien mil velas ardiendo.

Ilustración de Maite Ortiz para la portada de El vergel




Estaciones de un mapa posible

“El vergel”, “El jardín secreto” y “La aldea” son tres de las “estaciones” de Donde vive el asombro... Ellas hablan de cómo las personas se vinculan con lo sagrado; en palabras de Fabiana Fondevila, “caminos transitados donde la humanidad ha encontrado reparo, sentido y profunda conexión”.



Como el musguito en la tierra

Miriam Pösz

“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, empezaré a ser feliz desde las tres.” Esto dice el Principito al zorro, en la fábula eterna de Saint-Exupéry. Así me siento yo respecto de la primavera. Hoy celebramos su comienzo oficial, pero en lo que a mí respecta, vengo festejando desde hace más o menos un mes, cuando sentí en el aire todavía frío ese primer atisbo de jazmín. Me tomó de sorpresa, como siempre, y expulsó de mí en un instante todo pensamiento que no fuera de liso y llano júbilo.

Me da un poco de pudor escribir acerca de lo mucho que amo la primavera, porque es como admitir que uno ama al sol, a los gatitos bebés, a los regalos con moño: la respuesta que se forma en el acto es: ¿quién no? Pero el hecho de que sea un lugar común no le quita a mi amor un ápice de intensidad. Llega esta época del año -no, llega la anticipación de esta época, cuando todavía no hay un mísero brote a la vista- y se empieza a dibujar en mi alma el esbozo de una sonrisa.

Como muchos, supongo, alguna vez he fantaseado con vivir en uno de esos privilegiados rincones del planeta que no saben de chalecos ni de bufandas: vivir en solero perenne, liviana, de cara al sol. Pero quién quiere perderse la fiesta de la cita anual con los pimpollos y el verde recién nacido.

Debo decir que esta devoción tiene raíces profundas. Los griegos de la Antigüedad asociaban celebraban la primavera de la mano de Dionisos, dios de la fertilidad, el vino, la locura ritual, el éxtasis, en una fiesta en la que degustaban el vino ya madurado de la cosecha previa. Los romanos la honraban con la fiesta de Floralia, en tributo a Flora, la diosa de los jardines, que representaba la renovación del ciclo de la vida. La Europa medieval transformó estos antiguos festivales agrícolas en la fiesta de May Day, en la que trenzaban coronas florales y coronaban al rey y la reina de mayo, además de danzar en torno de un “árbol ritual”, que era en realidad un tronco con guirnaldas.

Hoy festejamos con ritos más sencillos, pero quizás no menos sentidos. En algún lugar de nuestra psiquis que aún conecta con lo instintivo, sabemos que entramos en la época de las concreciones: de tomar esa clase de canto o de baile que hace tanto nos llama, de escribir el primer capítulo de la novela, de hablar con esa persona que nos intimida, de dar pasos cortos pero seguros en dirección de los sueños que se gestaron lentamente al amparo de la tierra.

Si nos animamos a salir al mundo, una cosa es segura: no estaremos solos. Así como los pájaros que tejen sus nidos (o los estrenan), como las ramas que abren sus puños al sol, como la hiedra en el muro, como el musguito en la piedra, es hora de ser la epifanía que esperamos, es hora de reverdecer. Con o sin miedo, con o sin dudas, con viento a favor o con lluvia en contra, ¡brotemos, ya!

Miriam Pösz

El viaje del héroe, ahora online!

“El viaje del héroe” es un relato que se repite en los mitos, leyendas, obras literarias, cuentos de hadas y textos religiosos de todos los tiempos. ¿Por qué es tan omnipresente? Porque nos habla del proceso de crecimiento de las personas, de cómo llegamos de un estadio de la vida a otro, de cuáles son los desvíos del camino y de dónde podemos obtener fuerzas para cruzar los abismos que inevitablemente nos encontraremos.

Este relato fue “descubierto” y descripto por el gran mitólogo Joseph Campbell, tras analizar cientos de mitos de todas las culturas del mundo, y luego pasó a ser fuente de inspiración de escritores, cineastas y artistas de todos los rubros. Pero, sobre todo, se convirtió en un guión que nos permite comprender nuestras vidas en toda su amplitud y profundidad.

En este taller online, recorreremos las distintas etapas del Viaje, deteniéndonos en cómo se maniifestan en la vida de cada un@. Compartiremos, por un lado, las ideas centrales de este mito universal, pero nos detendremos especialmente en en las experiencias de cada participante, y veremos cómo este relato arquetípico puede ayudar a iluminarlas.

Habrá oportunidad de intercambiar con pares afines de distintas partes del mundo, y enriquecerse mutuamente en el proceso, y cada uno recibirá devoluciones personales de la facilitadora.

Los integrantes recibirán:

  • Las clases filmadas y grabadas (opción audio solo disponible).
  • Resúmenes de los contenidos teóricos.
  • Bibliografía para seguir aprendiendo.
  • Preguntas útiles para continuar explorando.

El programa

1er encuentro: Qué es el Viaje del héroe y cómo identificarlo en nuestra vida. La llamada.
2do encuentro: El cruce del umbral. Aliados y enemigos. Pruebas y tentaciones.
3er encuentro: Obtención del tesoro. Los desafíos del retorno.
4to encuentro: Integración de lo aprendido. Elaboración de los pasos a seguir, para profundizar el viaje.

Modalidad: virtual.

Día y hora: Miércoles 11, 18 y 25 de septiembre, y miércoles 2 de octubre, de 18.30 a 20.

Arancel del curso completo: $ 2200 / U$D 45.

Inscripción: Click aquí

Consultas: info@fabianafondevila.com

Una verdadera oración

Una oración verdadera

Esto escribió Ernest Hemingway, en “París era una fiesta”, a modo de aliciente para sí mismo: “Todo lo que tienes que hacer es escribir una oración verdadera. La oración más verdadera que conozcas”.

Bajo ese lema nace este taller de escritura, que se ofrece como un espacio para explorar los recuerdos, emociones, dudas y sinrazones que componen una vida. La escritura siempre ha sido un vehículo para el auto-conocimiento, pero también puede serlo para la reinvención de uno mismo, la exploración de otras vidas posibles y el relato que ayuda a cerrar y soltar.

Nos reuniremos quincenalmente a escribir con ayuda de consignas y gatillos, y a compartir las producciones de cada día. Juntos buscaremos las fortalezas y hallazgos de los textos, y propiciaremos la energía y el estilo particular de cada escritor.

“Escribe lo que te perturba, lo que te atemoriza, lo que no has estado dispuesto a compartir. Déjate abrir de cuajo”. Natalie Goldberg

La buena escritura es un premio a la persistencia, el compromiso y el coraje.

Frecuencia: quincenal

Zona: Palermo.

Arancel: $ 1500 por mes.

Facilitadora: Fabiana Fondevila, autora de “Donde vive el asombro. Prácticas para cultivar lo sagrado en la vida cotidiana” (Random House Mondadori), “Ana despierta” (ganadora del Segundo Premio Sigmar de Literatura Juvenil) y una docena de libros para niños.

Inicio: Miércoles 21 de agosto, de 19 a 21.

No se requiere experiencia previa de escritura.

Informes e inscripción: info@fabianafondevila.com.

La inteligencia incomprendida de las emociones

Miriam Pösz


Ardí de pasión. Morí de tristeza. Enloquecí de furia. Me doblegó el miedo.
Las emociones son nuestras compañeras más cotidianas: enhebran, definen y pintan con múltiples tonos el paisaje de nuestros días. Pero como transparentan las expresiones que abren, le tememos a su influjo, imaginándolas como llamaradas incontrolables que nos esclavizan y nos roban de nuestra capacidad de responder libre y racionalmente.
Las emociones son expresiones de nuestra vitalidad esencial; respuestas auténticas y orgánicas al modo en que el mundo interno y externo nos afecta.No es de sorprender. Por siglos, la filosofía y la psicología han tendido a asociar las pasiones con «bajos impulsos», apetitos y reacciones irracionales y poco dignas de la civilización que supimos procurarnos. Esta actitud de desdén nos lleva a desoír lo que sentimos, particularmente cuando se trata de emociones aflictivas -mal llamadas «negativas»- como el miedo, el enojo, la culpa, la tristeza, la frustración, el agobio, la vergüenza, los celos, la envidia. Cada una de estas emociones tiene un mensaje que aportarnos, una información valiosa acerca de qué anhelamos, qué nos importa, qué necesitamos de los demás, qué reglas son importantes para nosotros, qué pérdidas nos duelen, qué afectos queremos preservar.
En la introducción a su magnífica obra La sabiduría de las emociones, el psiquiatra argentino Norberto Levy señala: «Del mismo modo que las luces del tablero de mandos del automóvil se encienden e indican que ha subido la temperatura o queda poco combustible, cada emoción es una luz de tonalidad específica que se enciende e indica que existe un problema a resolver».
Como las emociones aflictivas nos causan sufrimiento y nos producen rechazo, hacemos cualquier cosa por ignorar esas señales, distraernos de ellas y «superarlas» rápidamente. Intentamos poner fin por decreto a nuestra tristeza, por ejemplo, y en su lugar quedamos atrapados en una vaga sensación de desánimo que nos separa del mundo y nos anestesia. Reprimimos nuestro enojo, y su energía contenida nos lleva a hacer o decir cosas que luego lamentamos.
Otras emociones -como los celos y la envidia- sufren además un fuerte repudio social. En lugar de entenderlas -en la clara definición de Levy- como el miedo de perder a un ser amado por causa de un tercero, o el recordatorio doloroso de una carencia, respectivamente, las sentimos como la encarnación del mal en nuestro seno, y las negamos. Como consecuencia, estas emociones pasan a estar «en sombra» -alejadas de nuestra conciencia-, y en lugar de sentirlas las actuamos (por ejemplo, agrediendo sin quererlo) o las proyectamos (viéndolas en otros, en vez de en nosotros mismos). Todas estas emociones pueden tener una versión patológica y distorsionada, por supuesto. Pero, en esencia, son mensajes que podemos y necesitamos atender.

Expresiones de vitalidad
La psicología no se ha puesto de acuerdo respecto de qué son las emociones y qué función cumplen. Tras examinar la gran variedad de teorías contrapuestas, el psicólogo junguiano James Hillman llegó a esta conclusión: «Hasta el momento, las emociones siguen siendo un problema con solución inefable». Pero siguiendo al terapeuta John Welwood, autor de Psicología del despertar y otras maravillas, podríamos pensarlas como expresiones de nuestra vitalidad esencial; respuestas auténticas y orgánicas al modo en que el mundo interno y externo nos afecta.
Por su propia naturaleza, las emociones son intensas y efímeras: duran en promedio unos 90 segundos. Los sentimientos, en cambio, son la huella que dejan en nosotros las emociones tras pasar por la conciencia, y son más duraderos y atenuados.
Si les damos nuestra atención, las emociones tienden a drenar por sí mismas. A veces mutan en otra emoción subyacente. Por ejemplo, el enojo puede dar lugar al miedo (o viceversa), la envidia a la tristeza, la culpa al dolor. Y también es habitual que, una vez expresadas, hasta las emociones más difíciles den lugar a una profunda sensación de alivio, y hasta de liviandad y alegría.

Cómo abordar las emociones difíciles
Abordarlas para no quedar presas de ellas, y para ayudarlas a develar sus mensajes:
– Utilizar la respiración para centrarnos, calmar el cuerpo y observar la emoción tal como se presenta. Una respiración lenta y abdominal es ideal porque aquieta al sistema simpático y disminuye la agitación.
– Explorar dónde se presenta la emoción en el cuerpo, como propone la práctica de Mindfulness. Intentar discriminar cómo la sentimos: si es una opresión, una pulsación, una contracción en alguna parte. Si tenemos miedo a que una emoción nos desborde, podemos explorarla en compañía de un familiar o un amigo, que nos pueda escuchar amorosamente y sin juicio. La vergüenza, en particular, se alivia con este íntimo compartir.
– Escribir sobre lo que sentimos, dibujarlo o expresarlo con cualquier otro medio a nuestro alcance. Aun si no tenemos habilidad para el dibujo, los colores son un buen conducto para contactar con las emociones y darles cauce.
– Bailar, caminar, correr o recurrir a alguna otra práctica que nos ayude a contactar con el cuerpo, como el yoga. Las emociones se manifiestan en el cuerpo, y es ahí donde podemos ir a su encuentro.
– Tomar las acciones necesarias. Si la emoción pide una acción, dar paso a ella una vez que la emoción drenó: poner el límite que el enojo nos pide, pedir las disculpas que la culpa requiere, tomar las medidas de protección que el miedo (razonable) nos sugiere.
– Etiquetar la emoción. Describir la emoción difícil que uno está sintiendo en una o dos palabras ayuda a aliviarla, porque interpone un mínimo de distancia entre lo que sentimos y nosotros, y nos ayuda a des-identificarnos con ella. La meditación viene enseñando esta práctica desde hace milenios, hoy la neurociencia confirma su utilidad.
Lo cierto es que, en última instancia, todas las emociones buscan -aun por medios impropios- retornar al océano de amor que es nuestra naturaleza esencial. Hay emociones que son tributarias directas de ese océano, como el asombro, la gratitud, la compasión y la alegría (a explorar en breve), pero hasta las más perturbadas de nuestras expresiones guardan el mismo secreto anhelo: ser recibidas en nuestros corazones, y transformadas.
En su poema «La casa de huéspedes», el místico Jalaluddin Rumi (Persia, siglo XIII), retrata a las emociones como visitantes que acuden a nuestra puerta cada día, y propone, sin más: “Trata a cada huésped con honor”. Así concluye el poeta su llamado, que es pura alquimia: “Sé agradecido con quien quiera que venga / Porque cada uno ha sido enviado / Como un guía del más allá.”

Fabiana Fondevila

Publicado originalmente como columna en el diario La Nación.

Viaje al asombro: taller presencial

Si te gustó el libro, si te inspiró, si te dio ganas de recorrer el mapa de nueve estaciones, con sus luces y sus sombras, sus prácticas y sus descubrimientos, esta es tu oportunidad de ponerle el cuerpo!

En este taller quincenal, iremos desgranando una a una las prácticas de reconexión con la naturaleza, con los sentidos, con nuestros amados, con los ritos y ceremonias que honran nuestros pasajes, con el bosque secreto de nuestra imaginación, con las historias que nos contamos (las viejas, las nuevas y las que quieren nacer), con las zonas oscuras que buscan la luz, con la serenidad de nuestro espíritu, con la potencia de nuestro corazón.

Los encuentros serán unitarios. Podrán tomarse sueltos, aunque entre ellos se teja una rica telaraña que da cuenta del todo.

Días: dos domingos al mes, de 17 a 20, en Belgrano. El primer encuentro es el domingo 4 de agosto.

No se requiere experiencia previa de ningún tipo. Si todavía no leíste el libro, podés participar igual, e ir leyéndolo mientras explorás las prácticas en comunidad.

Para reservar tu lugar, por favor escribí a info@fabianafondevila.com. Por dudas o consultas, podés comunicarte al 156 812-4444.

Todos bienvenid@s!

Jalá, o pan trenzado judío.

Pan de masa madre
Ungüentos todo propósito
Elíxires herbales para el sueño y otras magias, y pretzels (lo que queda de ellos).

Una emoción que transforma

Miriam Pösz

En el segundo que te lleva leer esta frase, y a mí escribirla, 1.5 millones de litros de agua se derraman estrepitosamente en las Cataratas de Iguazú. En el espacio estalla en gases de colores una Supernova. En el Ártico atraviesa el cielo una Aurora borealis. En miles de esquinas, se dibujan arco iris. En incontables ramas de incontables árboles, cientos de horneros dan la última pincelada de barro a sus nidos. En el mismo segundo, nacen cuatro bebés en el planeta y muere una persona. Mientras tanto, el planeta gira sin prisa y sin pausa en torno de una bola de fuego incandescente que nació hace 4.603 billones de años y morirá en unos cinco billones más.

Puede que el leer esta sucesión de hechos te provoque -como a mí, el escribirlos- cierta emoción; algo así como una sensación de abismo y sorpresa y maravilla y pavor, todo al mismo tiempo. Esa compleja y adrenalínica emoción se llama asombro, y hoy la ciencia confirma lo que los sabios han dicho de ella desde el comienzo: es la más fecunda y transformadora de nuestras vivencias, porque nos pone en contacto directo con el misterio de la existencia.

¿Qué es el asombro, en pocas palabras? Es la respuesta emocional a un estímulo físico o conceptual tan extraordinario que desafía nuestra comprensión del mundo y de la vida. Los fenómenos que nos producen asombro nos dejan boquiabiertos, la respiración suspendida en la inhalación, como si quisiésemos hacer lugar para algo que no cabe. El tiempo, también se detiene. Frente a ese cielo estrellado, a esa nube de tormenta de la altura del Aconcagua, a ese mar que no tiene tamaño, no logramos pensar ni por un momento en lo que tenemos que hacer al día siguiente, lo que quedó sin hacer ayer, lo que vendrá algún día. Todo es puro presente, y el placer de habitarlo sin distracciones.

¿Cuáles son las características del asombro, que hacen de esta emoción una experiencia tan especial? En su presencia nos sentimos pequeños, infinitesimales. Pero, curiosamente, a la vez enormes, infinitos, porque algo en nosotros reconoce nuestra pertenencia a eso maravilloso que estamos viendo.

Investigadores del Greater Good Science Center, de la Universidad de Berkeley, en California, descubrieron que, tras experimentar unos momentos de asombro, las personas se muestran más satisfechas con sus vidas, más generosas y proclives a ayudar, y más en paz con el tiempo del que disponen. A la vez, como explica la psicóloga Lani Shiota, a diferencia de otras emociones positivas (como el orgullo y el entusiasmo), que producen efectos benévolos en el organismo pero también una cierta distorsión cognitiva, el asombro relaja el organismo sin nublar ni un poquito la mente.

¿Qué nos produce asombro? Los fenómenos de la naturaleza (por bellos, magníficos o misteriosos), las capacidades extraordinarias de la mente o del cuerpo humano, ciertas piezas musicales, ciertas obras de arte, el registro de la infinitud en la que habitamos, los actos heroicos (de gran bondad, coraje o resiliencia), todo lo que es vasto e imponente, y que nos recuerda -en algún sentido- nuestro verdadero tamaño.

Pero fuera del asombro que nos suscita lo vasto –a veces, con un dejo de temor reverencial-, es posible también sentir asombro por lo pequeño y cotidiano, si solo lo miramos con una actitud especial: el corazón abierto, los ojos frescos, la decisión de borrarnos las telarañas de la costumbre y volver a ver, como por vez primera. “Si estás aburrido, no estás prestando atención”, dijo Fritz Perls, creador de la terapia gestáltica.

Si dejamos de correr por un momento (con los tiempos que la vida actual nos impone), y miramos a nuestro alrededor, percibiremos rápidamente que estamos rodeados de maravillas, y que cada una de ellas –la forma en que entra el sol por la ventana, la temperatura y el aroma del café que tomamos, la mesa de madera que trae la naturaleza puertas adentro, los ojos de quien nos mira- son únicos e irrepetibles, y motivos de celebración. Así es que aparece una nueva emoción, tan vinculada al asombro que parece una prima hermana: la gratitud. Si todo es milagroso, como propuso Einstein, todo merece ser mirado con el corazón abierto y receptivo a esa condición.

De los muchos caminos para llegar a esa vivencia trata mi libro, Donde vive el asombro. Pero confío en que cada uno sabrá encontrar el propio. El asombro está tan cerca como la decisión de abrir los ojos, respirar hondo y dejarnos atravesar por la vida. En este instante, donde sea que estemos, por el puro deseo de despertar.

Fabiana Fondevila

Quienes quieran explorar esta emoción con un grupo de almas afines, pueden sumarse al taller Viaje al asombro, que comienzan a mediados de junio. Todos bienvenidos!

Naturaleza Salvaje Vitalidad

Reencantar el mundo

“La naturaleza no es un lugar a visitar; es nuestro hogar”. Esto dijo el poeta naturalista y activista Gary Snyder. Cabe preguntarse: ¿cómo vuelvo a ese hogar, si vivo en medio de la ciudad y el verde más cercano es la plaza con bancos de cemento a diez cuadras de mi casa? ¿Cómo vuelvo a ese hogar si apenas avisto el mar o las montañas una vez al año, en mis vacaciones? ¿Cómo vuelvo a ese hogar si mis obligaciones me tienen corriendo de un lado para otro, y ni atisbo a mirar el cielo?

En este taller de cuatro encuentros, veremos: cómo encontrarnos con la naturaleza que está, ahí, todo el tiempo, donde estamos nosotros; cómo interactuar con ella, entendiéndola. como el teólogo Thomas Berry, como un sujeto, y no una colección de objetos; cómo despertar a la vitalidad que aguarda en nuestro olvidado yo salvaje, y en el reencuentro con la materia.

Cuatro encuentros, cuatro opciones de días y horarios:

Martes, a las 18.30, en Las Cañitas / Miércoles, a las 10, en Don Torcuato / Viernes, a las 16, en Florida / Sábados, a las 16, en Belgrano.

Retribución por el curso: $ 2000 / Inscripción: info@fabianafondevila.com

No vinimos al mundo para tolerarlo, o para trascenderlo, sino para amarlo. ¿Por qué no empezar hoy?