La heroína del asombro

La heroína del asombro

La heroína del asombro

Por: Lakshmi

Ella me citó en un café en San Isidro, Provincia de Buenos Aires. Me había invitado a su casa, pero después de pensarlo un poco, me dijo: “Mejor veámonos en un café al que voy a trabajar, porque mi casa está llena de hijos y mascotas”.

El lugar de encuentro tiene anexo un Museo del Juguete, al frente hay un prado donde pace un pájaro carpintero y la arboleda parece absorber los motores de los autos. Mientras la espero, me imagino a Fabiana escribiendo en este sencillo café, elevando su mirada para hacerla un poco más verde y regresando a las palabras, para de algún modo agradecer por “eso” que la naturaleza despierta en ella.

Llegó en vestido ocre, con pelo suelto y una sonrisa amplia. Traía un maletín abultado y me explicó que después de la entrevista se quedaría escribiendo. Entonces percibí su deleite por esa cita íntima que viviría. Fabiana Fondevila tiene esa mezcla misteriosa que caracteriza a las sabias (o como ella preferiría: las “savias”, “porque suena más cercano y terrenal”). Es tierna en el trato, pero firme en su actuar; demuestra sencillez al andar, pero es elegante en cada expresión; tiene una cercanía con la pureza de la infancia, aunque sus ideas son fruto del discernimiento de una intelectual.

Nació en el seno de una familia atea, pero ha navegado con rigor y entusiasmo diversas tradiciones espirituales. Sin embargo, ha encontrado en el asombro un camino hacia su sacralidad. Es facilitadora de procesos interiores profundos; no obstante, su consigna es pasar de la “inspiración a la acción”.

En su búsqueda por unir la inspiración con el servicio, esta reconocida autora y oradora argentina ha sido parte de diversos proyectos de índole social. Entre ellos, colaboró con la doctora Mariana Attwell en la creación de la iniciativa “Voluntarios en Acción” del Hospital Italiano, que ofrece acompañamiento espiritual a personas en el final de su vida, y hoy trabaja con un equipo para diseñar Domos sustentables, para ofrecer servicios a las personas sin hogar de la ciudad de Buenos Aires.

Además de su extenso trabajo periodístico y su colaboración permanente en medios como la Revista Sophia, en 2018 publicó el libro Donde vive el asombro. En el 2017, su novela Ana despierta ganó el segundo Premio Sigmar para Literatura Infantil y Juvenil, y estas dos obras se sumaron a sus otros doce libros dirigidos a niños. Es creadora de talleres de trabajo personal donde ayuda a “dar a luz lo más auténtico de las personas para ponerlo a disposición del mundo”. Ha encontrado en el cultivo de las emociones esenciales como el asombro, la alegría, la compasión y la gratitud, claves para acompañar personas, grupos y organizaciones en procesos de armonización y fortalecimiento de vínculos.

Pero quizás su mayor virtud es inspirar a otros a “reconectarse con la naturaleza y vivenciar el misterio que habita en el corazón de la vida”. En esta primera entrevista de la iniciativa Savias, para Hojas de Inspiración, conversé con la escritora, la intelectual, la periodista, la analista, la mujer acompañante de mujeres, la humilde investigadora, la amante de los pájaros y la sensible buscadora espiritual.

Me conecté con lo “mágico” en la Naturaleza, lo mágico en el sentido profundo, no relacionado con el pensamiento mágico, sino con la maravilla, el asombro y el encuentro con aquello que se vislumbra en los fenómenos de la Naturaleza.

Lakshmi: En tu libro Donde vive el asombro invitás al cultivo de lo sagrado en la vida cotidiana a través de nueve estaciones. ¿Cómo se fue tejiendo la red en tu vida para llegar a comprender a conectarte con la existencia desde esta visión profunda? ¿Existió algún momento crucial?

Fabiana Fondevila: Para mí ha sido más un proceso, un cúmulo de experiencias que fue formando una visión. La visión se formula a posteriori, de la misma forma que cuando uno escribe y después se da cuenta de que hubo un hilo conductor. He sido una buscadora y durante mucho tiempo indagué en distintas tradiciones de sabiduría. Vengo de una familia mitad católica y mitad judía, pero mis padres eran ateos y no propiciaban este tipo de exploraciones. Entonces el camino fue largo, porque no tenía lugares donde abrevar.

En mi niñez y adolescencia sentí una gran inquietud y todavía conservo los diarios que guardan esas exploraciones. Al crecer, diría que dejé esta búsqueda en suspenso, para concentrarme en el mundo. Estudié Ciencias Políticas, preocupada por cuáles eran los sistemas que podían garantizar más justicia, equidad y defensa de derechos. Por más de dos décadas, ejercí con pasión el periodismo. Esta larga exploración en algún momento me empezó a quedar corta y sentí de nuevo una necesidad de ir a un lugar más hondo, más allá de las vicisitudes políticas y sociales.

Así reapareció la primera búsqueda, creo que de la mano de mi primer embarazo. Siento que hay puntos de inflexión donde frenamos el hacer y empieza a florecer el ser. Ahora que lo digo pienso en el “viaje de la heroína”, no en el sentido del heroísmo, sino en relación con ese recorrido que a veces hacemos las mujeres en la vida laboral. Al comienzo queremos encontrar un lugar en el mundo, tener una profesión o un cierto reconocimiento. Después de eso, cuando ya logramos algo de eso, suele aparecer un deseo más profundo, que al principio no tiene nombre y es difícil de asir. No obstante, en mi caso fue claro que era un impulso de tipo espiritual.

En esa búsqueda exploré el judaísmo, por mi ascendencia materna, y me encantaron algunos ritos, sobre todo el ánimo celebratorio de la vida. Después me acerqué al budismo, porque era una filosofía más libre de dogmas. Aprendí a meditar, pero me faltaba un aspecto más devocional. No terminaba de aterrizar y sentía frustración, porque lo que buscaba, en ese entonces, era un linaje al que pertenecer.

¿Cuándo comienzas a encontrar tu sendero, dónde empiezas a “aterrizar” este impulso interior?
Después de estas búsquedas y otras más, comenzó a sucederme algo interesante. Para criar a mis hijos me había mudado a una zona más verde de la ciudad. Ahí empecé a reencontrarme con una vieja pulsión, un deslumbre con la naturaleza que había aparecido tempranamente en mi vida.

Me conecté con lo “mágico” en mi entorno, lo mágico en el sentido profundo, no relacionado con el pensamiento mágico, sino con la maravilla, el asombro y el encuentro con eso inasible que subyace a los fenómenos naturales. Tuve la oportunidad de compartirlo con mis hijos y ellos también se enamoraron de ese mundo. En esta experiencia no había credo ni era necesario albergar creencia alguna: era pura vivencia. En esta relación no hubo dudas, y allí me encontré con el misterio, con lo Divino.

Al comienzo de mi libro incluí un fragmento de una poesía de Mary Oliver, que sintetiza mucho: “Instrucciones para vivir la vida. Prestar atención. Rendirse al asombro. Contarlo”. Con eso solo hay una vida para mí. Si solo hacemos eso, a mí me alcanza.

Además de esta relación íntima con la naturaleza, ¿encontraste algunos mentores en tu camino de autodescubrimiento?
En mi camino me fui dando cuenta de que necesito una mirada capaz de englobar las dualidades, las luces y las oscuridades, la alegría y el dolor. Eso lo encontré en dos grandes autores que han sido mis luminarias, a veces los pienso casi como un padre y madre espiritual: el mitólogo Joseph Campbell y la poetisa Mary Oliver.

Campbell me abrió la puerta para entender el mundo desde una mirada mítica, que para mí es una visión más comprensiva y amplia de la vida. Tiene raíces profundas y espirituales, pero no exige ningún falseamiento de la realidad: permite hablar en términos de metáforas y arquetipos, no se limita a lo fáctico. Estas son figuras que habitan en nuestro inconsciente, en nuestra imaginación, y son enormemente nutritivas y verdaderas en lo profundo.

Por su parte, Mary Oliver, quien falleció el año pasado, significó encontrarme con alguien que ponía en palabras aquello que yo sentía. Sus poemas son una invitación a percibir el asombro presente en lo más pequeño y cotidiano.

En los últimos años, fue una tarea gratificante para mí traducir tantos poemas de Mary Oliver e introducir a tantos a su obra, que para mí fue un camino de ida. Hoy casi no necesito leerla, porque llevo puesta su mirada, que espeja la mía. Ella es una poetisa devocional y naturalista, y me enamoró esa conjunción de espiritualidad y naturaleza. Su obra denota devoción por el mundo natural, pero no lo edulcora; no es la visión de un universo bucólico, benévolo y perfecto.

Al comienzo de mi libro incluí un fragmento de una poesía de Mary Oliver, que sintetiza tanto: “Instrucciones para vivir la vida. Prestar atención. Rendirse al asombro. Contarlo”. Con eso solo hay una vida para mí. Si solo hacemos eso, a mí me alcanza.

En tu trabajo hay una reflexión e invitación continua a la gratitud. ¿Cuál es el lugar que ocupa este sentimiento en tu perspectiva espiritual y cuál es la relación con el asombro?

La gratitud también ha sido una emoción espiritual dominante. De hecho, mi primer libro iba a tratar sobre este tema, pero entonces encontré la obra del Hermano David, un exquisito divulgador de esta virtud, a quien tuve el privilegio de entrevistar, y con quien hoy me une una amistad que atesoro. Sigo cultivando la gratitud como práctica, pero con el tiempo me di cuenta de que en mí vivía con más intensidad el asombro, que de algún modo siento como un momento previo (y un gatillo) a la gratitud.

Desde hace algunos años, los científicos vienen investigando el asombro y lo describen como aquello que acontece cuando nos encontramos con algo tan vasto en tamaño, número o cualidad que nos detiene. Nos frena y nos obliga a reconfigurar nuestros esquemas mentales. Frente al asombro necesitamos volver a pensar, porque eso que estamos viendo no se ajusta a nuestra comprensión. Retenemos el aliento, como si quisiéramos hacer lugar para eso que no entra. Esa ha sido una constante en mi vida desde muy niña, esa sensación de que todo me sorprende, me maravilla y no hay cansancio. Cada día el pájaro me vuelve a maravillar como la primera vez.

El asombro nos obliga a volver a pensar, a reconfigurar nuestros esquemas mentales, porque eso que estamos viendo no se ajusta a nuestra comprensión. Retenemos el aliento, como si quisiéramos hacer lugar para eso que no entra.

En la iniciativa Savias: Mujeres para el futuro buscamos comunicar y cultivar la inteligencia, cuidado y acciones de las mujeres en distintos ámbitos de la sociedad. En un artículo publicado en la revista Sophia resaltabas el papel de los mitos y nos invitabas a las mujeres a reinventarnos las veces que nuestra alma así nos lo pidiera. ¿Qué pequeñas llaves puedes sugerirnos para comenzar este proceso de exploración y recreación?

Una idea es hacernos buenas preguntas. De hecho, la autoindagación es una camino espiritual de primer orden. Me siento cerca de ese camino, porque cada vez que nos hacemos ciertas preguntas las respuestas son nuevas. Preguntas como: ¿Quién soy en este momento de mi vida?, ¿quién quiero ser?, ¿qué es lo que más me motiva?, ¿cuál es mi anhelo más profundo?, ¿qué es lo que me enoja del mundo? ¿cuál es el mapa que estoy siguiendo? o ¿quién me lo dio? Cada vez que nos hacemos esas preguntas, comienza a gestarse una nueva forma de estar en el mundo.

Otra llave es la exploración mítica, a través de los arquetipos. ¿Cuál es el mito viejo?, ¿qué presupone? o ¿desde dónde puedo fundar un mito nuevo, que le haga honor a la persona que quiero ser? También suelo indagar en la sombra, en la imaginación y en los sueños, que como decía Freud son “el camino real” al inconsciente. Necesitamos entrar en ese océano, en ese lugar donde el ego no es tan hegemónico y uno puede bucear en esas aguas más hondas.

Si tuvieras que mencionar a algunas “Savias” en Argentina, ¿quiénes son esas mujeres que despiertan tu admiración?

Es difícil, porque hay mujeres interesantes en todos los campos. Pero me gustaría mencionar a dos que para mí están en el “panteón” y no son suficientemente conocidas. La primera, se llama Cielo Escalada. Una mujer valiente y encantadora, que vive y trabaja desde hace muchos años en Ciudad Oculta, en Lugano. Hace más de dos décadas, frente a las condiciones difíciles de vida, junto a otras mamás del barrio creó el Comedor y Guardería La Buena Voluntad. Desde ahí fue generando espacios de ayuda, apoyo escolar, talleres y hoy es un lugar maravilloso, un bálsamo para las familias del barrio. Nos queremos mucho y siempre que puedo la invito a hablar a distintos lugares. Para mí es un estandarte y aunque no ha estudiado filosofía ni habla de espiritualidad, encarna valores esenciales como pocas personas que conozco.

La otra “Savia” que viene a mi mente es Mariela Fumarola, quien lidera la organización Caminos Solidarios. Es la referente número uno de los Sin Techo en Buenos Aires y desde hace veinte años camina las calles conociendo y ayudando a las personas en situación de calle, no desde la beneficencia, sino desde la camaradería y la amistad.

Estas mujeres me despiertan una admiración inagotable, porque no hay distancia entre lo que piensan, lo que sienten y lo que hacen. Casi la definición de una buena vida, ¿no?

Para conocer más de Fabiana Fondevila: https://www.fabianafondevila.com

Fotografías Fabiana: Alejandra López (@alejandralopezfotografa) Fotografía Fabiana y Lakshmi: Ananda Arena.

¿Qué es la mitología personal? - Fabiaa Fondevila

¿Qué es la mitología personal?

Con su habitual humor, Joseph Campbell alguna vez definió al mito como “la religión de otras personas”. Por supuesto, para el gran mitólogo de la humanidad, los mitos eran mucho más que esto, y así lo dejó en claro en obras titánicas como “El héroe de las mil caras”, “Las máscaras de Dios” y el “El poder del mito”.

En sus escritos explora los mitos de cada cultura, enumera sus funciones, subraya su importancia en la vida de las personas, recuerda lo que ocurre cuando un mito reinante pierde vigencia y vitalidad. Una definición se enfoca en lo psicológico y dice: “Las ideas mitológicas son las imágenes a través de las cuales la conciencia toma contacto con el Inconsciente”.

Estas imágenes no pasan por la razón: nos hablan a través de sueños, intuiciones, impulsos irreprimibles, llamados a emprender aventuras que nos alejan decididamente de lo conocido. Por esta razón, cuando una persona pierde sus imágenes mitológicas se desconecta de su ser más íntimo, y sufre una sensación de ansiedad, vacío, desánimo y desarraigo.

Campbell no fue el primero en escribir sobre la importancia de conocer el mito que guía nuestras vidas. En su autobiografía, Carl G. Jung cuenta que cuando terminó de escribir “Símbolos de transformación”, le surgió una importante inquietud. En sus propias palabras: “Apenas concluí el manuscrito, me di cuenta de lo que significaba vivir con un mito, y lo que significaba vivir sin uno…”. Acto seguido se preguntó cuál era el mito por el que él, personalmente, estaba viviendo, y tuvo que admitir que no lo sabía. “Por lo tanto, de la manera más natural, me propuse conocer mi propio mito, y consideré ésta la más importante de las tareas”, concluye el psiquiatra.

¿Qué es, entonces, un mito personal?

Así lo definen los psicólogos David Feinstein y Stanley Krippner, autores de “Tu camino mítico” y exploradores de larga data del universo psíquico: “Un mito personal es una constelación de creencias, sentimientos, imágenes y reglas –que operan mayormente de manera inconsciente- que interpretan la sensaciones, construyen nuevas explicaciones y dirigen la conducta”. Esta constelación responde a las preguntas más urgentes del ser humano: la de la identidad (¿Quién soy?), la dirección (¿A dónde voy?) y el propósito que nos guía (¿Qué me motiva?).

Si en el pasado estas preguntas hallaban respuesta unívoca en los grandes mitos de cada cultura, en nuestra sociedad fragmentada y cosmopolita, las respuestas son forzosamente personales. A excepción de quienes aún encuentran guía y sustento en las grandes religiones, el camino hoy es solitario y requiere de ajustes y revisiones permanentes. Pero aun los mitos personales deben cumplir las cuatro grandes funciones descriptas por Campbell: ayudarnos a comprender el mundo que nos rodea (función cosmológica, hoy cubierta en gran parte por la ciencia), a atravesar las etapas evolutivas de la vida (función psicológica), a establecer vínculos con la comunidad (función sociológica), y a comprender nuestro lugar en el vasto y misterioso universo (función mística o metafísica).

Hablar de “mito personal” tiene un inconveniente: da la sensación de que aquellas reglas, creencias e imágenes que guían nuestro accionar fueran un todo único e inmutable, cuando la realidad es que están en permanente tensión y movimiento. Los mitos heredados de la infancia siguen vigentes hasta la que vida nos enfrenta con situaciones que los ponen en jaque, y nos obligan a cambiarlos. Cuando no lo hacemos, e intentamos seguir viviendo de acuerdo a patrones agonizantes, la sensación es de estar desconectados de nosotros mismos, como viviendo una vida ajena.

Dice Campbell: “Muchos vivimos con mitos que pueden servirnos para toda la vida. Para esas personas, no hay ningún problema. Conocen su mito: proviene de alguna de las grandes tradiciones religiosas heredadas. Es muy posible que este mito baste para guiarlos por los caminos de la vida.

Pero hay otros en este mundo para quienes esos puntos de referencia no llevan a ninguna parte. Encontramos a estas personas, especialmente, entre alumnos universitarios, profesores, personas en las ciudades –los que los rusos llaman “la intelligentsia” (los intelectuales). Para estas personas, los antiguos patrones no convencen, por lo que, cuando llegan las crisis, no les sirven de ayuda.

Otros sienten que están viviendo de acuerdo a cierto sistema, pero en rigor no lo están. Van a la iglesia los domingos y leen la Biblia, pero los símbolos no les hablan. La fuerza que los motiva viene de otra parte.”

Campbell propone una pregunta para ayudar a develar por dónde pasa nuestro propio mito: “Si me enfrentara un día con una situación completamente catastrófica, si todo lo que amo y por lo que vivo fuera de pronto devastado, ¿para qué viviría? Si llegara a mi casa y encontrara a mi familia asesinada, mi casa en cenizas, mi carrera de golpe aniquilada por una fuerza u otra, ¿qué me sostendría? (…) ¿Qué me haría saber que puedo seguir viviendo y no simplemente desmoronarme y rendirme?”

Hay formas menos extremas de indagar en ese mar profundo del que extraemos sustento: ejercicios de escritura, trabajo con los sueños, meditaciones y reinterpretaciones artísticas de nuestra propia vida. Cualquiera sea el camino que elijamos, entablar ese diálogo nos vitaliza y despierta, recupera la energía única que brota de la fuente. De algún modo, lanzarnos a bucear en estas aguas es crear nuestra propia llamada a la aventura. Y dar, como respuesta, un sí rotundo y febril.

Fabiana Fondevila

Ilustración: patwasi

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Los mitos de nuestra vida - El viaje de la heroína - Fabiana Fondevila

Los mitos en nuestra vida

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Entrevista a Fabiana Fondevila. Video: Adrián Guzmán. Edición y arte: María Victoria Cascón. Ilustraciones: Maite Ortiz. Música: Gonzalo Tojo.

RevistaSophiaOnline
Publicado el 18 dic. 2018

hacer de una fiesta un festín - Fabiana Fondevila

Hacer de una fiesta un festín

Hay brindis, hay comida rica, hay encuentros y desencuentros. Siempre que las personas se juntan en ocasiones festivas, hay intención de divertirse, de compartir historias, de ponerse al día, de celebrar. Pero para sentir que celebramos, a veces enloquecemos un poco con los preparativos, como si apelando a los excesos aseguráramos el festín. Para estas fechas, es fácil confundirse y pensar que que una celebración depende de la cantidad o elaboración de la comida, de la cantidad de gente que acude a la cita, de cuán bien le estén yendo las cosas a los participantes. Lo que olvidamos en esos momentos es lo que verdaderamente significa celebrar.

Celebrar es participar de un rito. Un rito es una acción que pone en escena, de manera simbólica, una intención, un pedido, una emoción, un pasaje; en otras palabras, corporiza en el mundo visible lo invisible. Por su naturaleza, un rito nunca cumple un fin práctico. Tomemos como ejemplo tomar una copa de vino, bebida ritual si las hay. Podríamos tomar el vino como tomamos agua o una gaseosa, sin ningún gesto en especial. Pero no lo hacemos: alzamos la copa, nos buscamos las miradas, hacemos una pausa, pronunciamos alguna palabra a la altura del momento. Gracias a esa pausa plena de sentido, lo que llena nuestras copas no es solo alimento para el cuerpo, sino para el espíritu.

Recurrimos a los ritos cada vez que pasa algo importante en nuestras vidas que queremos o necesitamos honrar (señalándolo como significativo, separándolo de lo banal). En los ritos de celebración, lo que honramos es la alegría. No la felicidad de que todo esté saliendo bien, ni siquiera la esperanza de que el año que viene salga mejor; lo que celebramos es la alegría de estar juntos, de estar vivos, de tener algo (o mucho) que celebrar. Si hacemos pie en esa motivación, hasta los acontecimientos más nimios pueden convertirse en celebración: abrir los postigos para recibir la mañana, compartir una taza de té, recordar juntos a un ser querido, cocinar algo sencillo con alguien en mente, preparar nuestra casa para recibirnos unos a otros, como quien abre las puertas del corazón.

En estos días de fiesta, o en cualquier día del año, hay un par de ingredientes que dicen “celebración” más que cualquier banderín de colores. Uno es mirar con ojos de asombro. Ver con mirada fresca, despabilada, aquello que nos acompaña cada día. Recordar que –así como la vida en el planeta- la conjunción de circunstancias que tuvieron que sucederse para que cada uno de nosotros esté aquí hoy, disfrutando de un nuevo día en esta esfera verde-azul que gira en el universo, es lo más parecido a un milagro que conocemos. Asombrarnos por los que ya pasaron por aquí y nos dejaron en herencia sus dichas y sus añoranzas. Asombrarnos por los que vendrán, cuyas vidas dependen de algún modo de lo que hagamos con las propias, pero que a la vez traerán lo nuevo (si cerramos los ojos, lo intuimos). Asombrarnos.

El otro ingrediente es la gratitud. No dar nada por sentado, ver lo que hay de gracia en los acontecimientos más sencillos y cotidianos. Pensar, al levantar una taza de café, como diría el querido Hermano David Steindl-Rast: “este no es cualquier café, este es EL café que la vida me está ofreciendo en este momento, y poder saborearlo es un regalo”. Reconocer que casi todas las cosas importantes que pueblan nuestras vidas no son obra nuestra (o solo en parte), sentir el alivio manso de la humildad.  En su poema Mensajera, Mary Oliver se recuerda a sí misma: “Déjame enfocar mi mente en lo que importa, que es mi trabajo / que es, más que nada, quedarme quieta y aprender a sentir el asombro. / (…) Que es más que nada celebrar, ya que todos los ingredientes están”.

Cada vez que podamos conectar con otro ser (persona, pájaro, árbol o estrella) en un clima interior de asombro y gratitud, el acto devendrá en celebración de forma inmediata e inevitable, porque todo encuentro verdadero recrea el misterio y la maravilla de vivir. Eso sí que es un festín.

 

Fabiana Fondevila

Foto: Miriam Pösz

Cuando el mundo duele - Fabiana Fondevila

Cuando el mundo duele

Difícil aceptar que este mundo, pródigo en asombros y alegrías, albergue también lluvias de fuego, chicos vueltos huérfanos por aviones anónimos, gente que halla el fin en una noche de teatro. Difícil entender que los seres humanos, proclives a crear sinfonías, lagos de los cisnes y Mona Lisas, sean capaces, también, de actos tan ruines.

Pero esta es la verdad y de nada sirve negarlo. Como a Mafalda alguna vez, hoy a todos nos duele el mundo. Nos duele, sobre todo, que no haya extraterrestres ni fuerzas cósmicas a quienes culpar, que por mucho que cueste admitirlo, quienes perpetraron las masacres, desde todos los bandos, son personas como nosotros.

Si intentamos comprender los motivos de la barbarie, podemos perdernos en los laberintos de la historia. La geopolítica es compleja y la de Oriente Medio lo es por encima de todas. Una historia poblada de infinidad de actores, antagonismos raciales y religiosos, hambre de poder, codicia, intereses mezquinos que se disfrazan de humanitarios, iras y rencores. Siglos, milenios de violencia ininterrumpida. Y no es, ni por lejos, el único rincón del planeta en sufrir estos desgarros.

Quiero recordarme este estado de cosas cuando me siento tentada a alegrarme del despertar de la consciencia en el planeta, de ser cada vez más las personas que practicamos la compasión y el altruismo, que meditamos y procuramos ser la mejor versión de nosotros mismos, que enarbolamos ideas progresistas. Todo esto es vital y es necesario, pero no podemos descansar en estos logros hasta que el respeto por las diferencias haya alcanzado masa crítica, hasta que nuestras humanas sombras estén cercadas por fortalezas de luz, hasta que por cada voz que predique el odio haya tres que proclamen el amor.

Si alguna vez imaginamos que la espiritualidad –entendida ampliamente como la reverencia por la vida- podía seguir su propio camino, desentendiéndose por completo de los aconteceres del planeta, hoy sabemos que no es así. Por un lado, porque de hacerlo, pronto no quedará planeta donde ejercerla. Y por otro, porque cuando el horror pisa fuerte, permanecer al margen equivale a una suerte de complicidad. “Todo lo que hace falta para que el mal triunfe es que las buenas personas no hagan nada”, dijo el filósofo Edmund Burke hace casi cien años. Hoy es tan cierto como entonces.

¿Qué hacer? Ejercer la paz en nuestra propia vida. No solo en el almohadón de meditar, sino en la calle, tras el volante, en la oficina. Enseñarla con el ejemplo a nuestros hijos. Pero igual de importante es estar listos para levantar nuestras voces contra la intolerancia y el odio cada vez que estos asomen cabeza, sea cerca o lejos de casa. Usar todos los medios a nuestro alcance para decir basta a la violencia de cualquier bando o bandera, basta a los atropellos, basta a la obscena indiferencia.

Es tanto lo que hemos logrado. Exploramos los confines del universo. Descubrimos microcosmos. Desterramos enfermedades. Conquistamos derechos. Creamos obras de inaudita belleza. Soñamos inmensidades y las alcanzamos.

¿Podremos lograr, al fin, nuestro anhelo más antiguo? ¿Podremos vivir como hermanos?

Fabiana Fondevila