¿Qué es la mitología personal? - Fabiaa Fondevila

¿Qué es la mitología personal?

Con su habitual humor, Joseph Campbell alguna vez definió al mito como “la religión de otras personas”. Por supuesto, para el gran mitólogo de la humanidad, los mitos eran mucho más que esto, y así lo dejó en claro en obras titánicas como “El héroe de las mil caras”, “Las máscaras de Dios” y el “El poder del mito”.

En sus escritos explora los mitos de cada cultura, enumera sus funciones, subraya su importancia en la vida de las personas, recuerda lo que ocurre cuando un mito reinante pierde vigencia y vitalidad. Una definición se enfoca en lo psicológico y dice: “Las ideas mitológicas son las imágenes a través de las cuales la conciencia toma contacto con el Inconsciente”.

Estas imágenes no pasan por la razón: nos hablan a través de sueños, intuiciones, impulsos irreprimibles, llamados a emprender aventuras que nos alejan decididamente de lo conocido. Por esta razón, cuando una persona pierde sus imágenes mitológicas se desconecta de su ser más íntimo, y sufre una sensación de ansiedad, vacío, desánimo y desarraigo.

Campbell no fue el primero en escribir sobre la importancia de conocer el mito que guía nuestras vidas. En su autobiografía, Carl G. Jung cuenta que cuando terminó de escribir “Símbolos de transformación”, le surgió una importante inquietud. En sus propias palabras: “Apenas concluí el manuscrito, me di cuenta de lo que significaba vivir con un mito, y lo que significaba vivir sin uno…”. Acto seguido se preguntó cuál era el mito por el que él, personalmente, estaba viviendo, y tuvo que admitir que no lo sabía. “Por lo tanto, de la manera más natural, me propuse conocer mi propio mito, y consideré ésta la más importante de las tareas”, concluye el psiquiatra.

¿Qué es, entonces, un mito personal?

Así lo definen los psicólogos David Feinstein y Stanley Krippner, autores de “Tu camino mítico” y exploradores de larga data del universo psíquico: “Un mito personal es una constelación de creencias, sentimientos, imágenes y reglas –que operan mayormente de manera inconsciente- que interpretan la sensaciones, construyen nuevas explicaciones y dirigen la conducta”. Esta constelación responde a las preguntas más urgentes del ser humano: la de la identidad (¿Quién soy?), la dirección (¿A dónde voy?) y el propósito que nos guía (¿Qué me motiva?).

Si en el pasado estas preguntas hallaban respuesta unívoca en los grandes mitos de cada cultura, en nuestra sociedad fragmentada y cosmopolita, las respuestas son forzosamente personales. A excepción de quienes aún encuentran guía y sustento en las grandes religiones, el camino hoy es solitario y requiere de ajustes y revisiones permanentes. Pero aun los mitos personales deben cumplir las cuatro grandes funciones descriptas por Campbell: ayudarnos a comprender el mundo que nos rodea (función cosmológica, hoy cubierta en gran parte por la ciencia), a atravesar las etapas evolutivas de la vida (función psicológica), a establecer vínculos con la comunidad (función sociológica), y a comprender nuestro lugar en el vasto y misterioso universo (función mística o metafísica).

Hablar de “mito personal” tiene un inconveniente: da la sensación de que aquellas reglas, creencias e imágenes que guían nuestro accionar fueran un todo único e inmutable, cuando la realidad es que están en permanente tensión y movimiento. Los mitos heredados de la infancia siguen vigentes hasta la que vida nos enfrenta con situaciones que los ponen en jaque, y nos obligan a cambiarlos. Cuando no lo hacemos, e intentamos seguir viviendo de acuerdo a patrones agonizantes, la sensación es de estar desconectados de nosotros mismos, como viviendo una vida ajena.

Dice Campbell: “Muchos vivimos con mitos que pueden servirnos para toda la vida. Para esas personas, no hay ningún problema. Conocen su mito: proviene de alguna de las grandes tradiciones religiosas heredadas. Es muy posible que este mito baste para guiarlos por los caminos de la vida.

Pero hay otros en este mundo para quienes esos puntos de referencia no llevan a ninguna parte. Encontramos a estas personas, especialmente, entre alumnos universitarios, profesores, personas en las ciudades –los que los rusos llaman “la intelligentsia” (los intelectuales). Para estas personas, los antiguos patrones no convencen, por lo que, cuando llegan las crisis, no les sirven de ayuda.

Otros sienten que están viviendo de acuerdo a cierto sistema, pero en rigor no lo están. Van a la iglesia los domingos y leen la Biblia, pero los símbolos no les hablan. La fuerza que los motiva viene de otra parte.”

Campbell propone una pregunta para ayudar a develar por dónde pasa nuestro propio mito: “Si me enfrentara un día con una situación completamente catastrófica, si todo lo que amo y por lo que vivo fuera de pronto devastado, ¿para qué viviría? Si llegara a mi casa y encontrara a mi familia asesinada, mi casa en cenizas, mi carrera de golpe aniquilada por una fuerza u otra, ¿qué me sostendría? (…) ¿Qué me haría saber que puedo seguir viviendo y no simplemente desmoronarme y rendirme?”

Hay formas menos extremas de indagar en ese mar profundo del que extraemos sustento: ejercicios de escritura, trabajo con los sueños, meditaciones y reinterpretaciones artísticas de nuestra propia vida. Cualquiera sea el camino que elijamos, entablar ese diálogo nos vitaliza y despierta, recupera la energía única que brota de la fuente. De algún modo, lanzarnos a bucear en estas aguas es crear nuestra propia llamada a la aventura. Y dar, como respuesta, un sí rotundo y febril.

Fabiana Fondevila

Ilustración: patwasi

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Los mitos de nuestra vida - El viaje de la heroína - Fabiana Fondevila

Los mitos en nuestra vida

Una charla con la periodista y escritora Fabiana Fondevila acerca de la importancia de recuperar los mitos en nuestra vida. El viaje del héroe y de la heroína, lo sagrado femenino y la necesidad de atender el llamado del alma, son alguno de los temas que forman parte de esta conversación inspiradora que vale la pena escuchar y compartir.
Entrevista a Fabiana Fondevila. Video: Adrián Guzmán. Edición y arte: María Victoria Cascón. Ilustraciones: Maite Ortiz. Música: Gonzalo Tojo.

RevistaSophiaOnline
Publicado el 18 dic. 2018

hacer de una fiesta un festín - Fabiana Fondevila

Hacer de una fiesta un festín

Hay brindis, hay comida rica, hay encuentros y desencuentros. Siempre que las personas se juntan en ocasiones festivas, hay intención de divertirse, de compartir historias, de ponerse al día, de celebrar. Pero para sentir que celebramos, a veces enloquecemos un poco con los preparativos, como si apelando a los excesos aseguráramos el festín. Para estas fechas, es fácil confundirse y pensar que que una celebración depende de la cantidad o elaboración de la comida, de la cantidad de gente que acude a la cita, de cuán bien le estén yendo las cosas a los participantes. Lo que olvidamos en esos momentos es lo que verdaderamente significa celebrar.

Celebrar es participar de un rito. Un rito es una acción que pone en escena, de manera simbólica, una intención, un pedido, una emoción, un pasaje; en otras palabras, corporiza en el mundo visible lo invisible. Por su naturaleza, un rito nunca cumple un fin práctico. Tomemos como ejemplo tomar una copa de vino, bebida ritual si las hay. Podríamos tomar el vino como tomamos agua o una gaseosa, sin ningún gesto en especial. Pero no lo hacemos: alzamos la copa, nos buscamos las miradas, hacemos una pausa, pronunciamos alguna palabra a la altura del momento. Gracias a esa pausa plena de sentido, lo que llena nuestras copas no es solo alimento para el cuerpo, sino para el espíritu.

Recurrimos a los ritos cada vez que pasa algo importante en nuestras vidas que queremos o necesitamos honrar (señalándolo como significativo, separándolo de lo banal). En los ritos de celebración, lo que honramos es la alegría. No la felicidad de que todo esté saliendo bien, ni siquiera la esperanza de que el año que viene salga mejor; lo que celebramos es la alegría de estar juntos, de estar vivos, de tener algo (o mucho) que celebrar. Si hacemos pie en esa motivación, hasta los acontecimientos más nimios pueden convertirse en celebración: abrir los postigos para recibir la mañana, compartir una taza de té, recordar juntos a un ser querido, cocinar algo sencillo con alguien en mente, preparar nuestra casa para recibirnos unos a otros, como quien abre las puertas del corazón.

En estos días de fiesta, o en cualquier día del año, hay un par de ingredientes que dicen “celebración” más que cualquier banderín de colores. Uno es mirar con ojos de asombro. Ver con mirada fresca, despabilada, aquello que nos acompaña cada día. Recordar que –así como la vida en el planeta- la conjunción de circunstancias que tuvieron que sucederse para que cada uno de nosotros esté aquí hoy, disfrutando de un nuevo día en esta esfera verde-azul que gira en el universo, es lo más parecido a un milagro que conocemos. Asombrarnos por los que ya pasaron por aquí y nos dejaron en herencia sus dichas y sus añoranzas. Asombrarnos por los que vendrán, cuyas vidas dependen de algún modo de lo que hagamos con las propias, pero que a la vez traerán lo nuevo (si cerramos los ojos, lo intuimos). Asombrarnos.

El otro ingrediente es la gratitud. No dar nada por sentado, ver lo que hay de gracia en los acontecimientos más sencillos y cotidianos. Pensar, al levantar una taza de café, como diría el querido Hermano David Steindl-Rast: “este no es cualquier café, este es EL café que la vida me está ofreciendo en este momento, y poder saborearlo es un regalo”. Reconocer que casi todas las cosas importantes que pueblan nuestras vidas no son obra nuestra (o solo en parte), sentir el alivio manso de la humildad.  En su poema Mensajera, Mary Oliver se recuerda a sí misma: “Déjame enfocar mi mente en lo que importa, que es mi trabajo / que es, más que nada, quedarme quieta y aprender a sentir el asombro. / (…) Que es más que nada celebrar, ya que todos los ingredientes están”.

Cada vez que podamos conectar con otro ser (persona, pájaro, árbol o estrella) en un clima interior de asombro y gratitud, el acto devendrá en celebración de forma inmediata e inevitable, porque todo encuentro verdadero recrea el misterio y la maravilla de vivir. Eso sí que es un festín.

 

Fabiana Fondevila

Foto: Miriam Pösz

Cuando el mundo duele - Fabiana Fondevila

Cuando el mundo duele

Difícil aceptar que este mundo, pródigo en asombros y alegrías, albergue también lluvias de fuego, chicos vueltos huérfanos por aviones anónimos, gente que halla el fin en una noche de teatro. Difícil entender que los seres humanos, proclives a crear sinfonías, lagos de los cisnes y Mona Lisas, sean capaces, también, de actos tan ruines.

Pero esta es la verdad y de nada sirve negarlo. Como a Mafalda alguna vez, hoy a todos nos duele el mundo. Nos duele, sobre todo, que no haya extraterrestres ni fuerzas cósmicas a quienes culpar, que por mucho que cueste admitirlo, quienes perpetraron las masacres, desde todos los bandos, son personas como nosotros.

Si intentamos comprender los motivos de la barbarie, podemos perdernos en los laberintos de la historia. La geopolítica es compleja y la de Oriente Medio lo es por encima de todas. Una historia poblada de infinidad de actores, antagonismos raciales y religiosos, hambre de poder, codicia, intereses mezquinos que se disfrazan de humanitarios, iras y rencores. Siglos, milenios de violencia ininterrumpida. Y no es, ni por lejos, el único rincón del planeta en sufrir estos desgarros.

Quiero recordarme este estado de cosas cuando me siento tentada a alegrarme del despertar de la consciencia en el planeta, de ser cada vez más las personas que practicamos la compasión y el altruismo, que meditamos y procuramos ser la mejor versión de nosotros mismos, que enarbolamos ideas progresistas. Todo esto es vital y es necesario, pero no podemos descansar en estos logros hasta que el respeto por las diferencias haya alcanzado masa crítica, hasta que nuestras humanas sombras estén cercadas por fortalezas de luz, hasta que por cada voz que predique el odio haya tres que proclamen el amor.

Si alguna vez imaginamos que la espiritualidad –entendida ampliamente como la reverencia por la vida- podía seguir su propio camino, desentendiéndose por completo de los aconteceres del planeta, hoy sabemos que no es así. Por un lado, porque de hacerlo, pronto no quedará planeta donde ejercerla. Y por otro, porque cuando el horror pisa fuerte, permanecer al margen equivale a una suerte de complicidad. “Todo lo que hace falta para que el mal triunfe es que las buenas personas no hagan nada”, dijo el filósofo Edmund Burke hace casi cien años. Hoy es tan cierto como entonces.

¿Qué hacer? Ejercer la paz en nuestra propia vida. No solo en el almohadón de meditar, sino en la calle, tras el volante, en la oficina. Enseñarla con el ejemplo a nuestros hijos. Pero igual de importante es estar listos para levantar nuestras voces contra la intolerancia y el odio cada vez que estos asomen cabeza, sea cerca o lejos de casa. Usar todos los medios a nuestro alcance para decir basta a la violencia de cualquier bando o bandera, basta a los atropellos, basta a la obscena indiferencia.

Es tanto lo que hemos logrado. Exploramos los confines del universo. Descubrimos microcosmos. Desterramos enfermedades. Conquistamos derechos. Creamos obras de inaudita belleza. Soñamos inmensidades y las alcanzamos.

¿Podremos lograr, al fin, nuestro anhelo más antiguo? ¿Podremos vivir como hermanos?

Fabiana Fondevila

El desafío de la humildad - Fabiana Fondevila

El desafío de la humildad

¿A quién no le pasa? ¿Y a quién no le cuesta? Creemos que entendemos algo, que lo entendemos en serio, de arriba hasta abajo y de atrás para adelante, que no hay nada más que decir al respecto, que eso que pensamos, simplemente, es. Podría ocurrir que, en ese momento de dichosa comprensión, alguien venga a sugerir, o incluso a echarnos en cara, que la verdad, para él o para ella, es nada más ni nada menos que exactamente lo contrario.

¿Qué hacer? ¿Escuchar su posición y la considerarla, aunque sea por un instante? ¿Ver en qué lugar es posible que su postura y la nuestra se encuentren, aun cediendo algo de precioso territorio? No. Lo que hacemos, la mayor parte del tiempo, y más cuando aquello que se cuestiona es, para nosotros, incuestionable, es cerrar filas detrás de nuestro pensamiento y erigir fortalezas de espinas contra el infractor.

Curiosamente, suele pasar que cuando más avanzamos en nuestros conocimientos, más nos encerramos en ellos. El principiante está abierto a todo. El experto está cada vez más encaramado en sus saberes y deja cada vez menos resquicios abiertos a la duda. Visto de otra manera, tiene ya poco espacio para aprender. Pero ocurre que, con la maduración intelectual, emocional y espiritual, el conocedor, eventualmente, deviene en sabio. Y el sabio, al fin, recuerda que no sabe nada.

Es un no saber relativo, claro. En verdad sabe un montón de cosas, pero por sobre todas ellas sobrevuela esa cualidad única que nos conecta con la tierra y sus habitantes más pequeños: la humildad. El saberse uno entre tantos, ni por encima, ni por debajo, tan acertados como nuestra próxima equivocación, tan inmortal como la lombriz y la mariposa, tan incólume como la tierra que no para de mutar. No casualmente viene de ahí la palabra humilde –de humus, tierra- y ahí, en ese sólido territorio, es donde somos verdaderamente grandes.

Por estos días, en la Argentina se erigen fortalezas. En cada una hay argumentos, convicciones, ideales. Como en toda fortaleza hay, también, poca visibilidad y síntomas de encierro. En esas condiciones, es muy posible que los ideales terminen por oscurecer más de lo que iluminan.

Para nadie es fácil abrir esas ventanas, porque detrás de ellas hay tesoros que defendemos. Pero el corazón tiene otros designios, y tarde o temprano nos pide que abramos las puertas hasta a lo más desafiante, porque solo así nos transformamos mutuamente y hacemos, de un laberinto de muros, una comunidad.

Mientras tanto, en las calles de Buenos Aires los tilos se aprestan a florecer. Cuando abran esos capullos -piadosos como la luna en aquel verso borgeano-, a nadie negarán su perfume. ¿Dejaremos que nos recuerden esa verdad antigua, tan cierta hoy como en el principio: cuan bella e inexorablemente nos pertenecemos?

Fabiana Fondevila

Un noche que fue ofrenda - Fabiana Fondevila

Una noche que fue ofrenda

No importa cuántos “gracias” se dijeron. Quizás demasiados, ya que ese era el tema de la noche y no existe, aún, en castellano, otra palabra que supere a ese vocablo en riqueza y que nombre esa precisa emoción, esa exacta actitud ante la vida que la noche buscaba homenajear.

No importa cuántos gracias fueron porque, al decir de Brother David Steindl-Rast, monje benedictino, autor de una decena de libros sobre las honduras de la vida espiritual, constructor de puentes entre las religiones y también entre quienes sustentan una fe y quienes se abstienen de ello, la gratitud se expresa y se explicita en la alegría del corazón, venga o no acompañada esa emoción de la palabra “gracias”. Y esa alegría fue palpable en cada instancia de la velada que compartieron unas mil personas, el martes 3 de mayo, en el auditorio La Nave de las Ciencias, de Tecnópolis. Afuera, el viento era helado. Adentro las velas ardían aun antes de encenderse.

Con Boy Olmi como presentador, el encuentro se inició con un breve rito para contactar con el corazón, en el que empezó a tenderse una red invisible que acompañaría la velada. Luego Brother David Steindl-Rast recibió al público junto al célebre Pedro Aznar. Desde el centro del escenario invitaron al público a cantar juntos una nota, una sola, para seguir entretejiendo energías, como preparación de una noche que se apoyaría en todo momento en la emoción y la intimidad compartida.

Brother David desgranó luego su sencillísima explicación sobre la esencia de la gratitud. Explicó que la alegría de la gratitud surge espontáneamente en presencia de dos factores muy habituales en la vida: la conciencia de recibir algo valioso, y que ese algo valioso sea completamente libre, dado, gratuito. Si bien la emoción surge en las personas con mucha facilidad, explicó, nos gustaría poder sentirla en todo momento, incluso cuando no están pasándonos cosas buenas. ¿Cómo se logra? Tomando conciencia de que cada momento, con sus cualidades únicas, es en sí mismo valioso, y es un regalo. “No podemos hacer nada para comprar el próximo momento”, dijo. Por lo tanto, si podemos ver cuál es la oportunidad que se presenta en cada momento –sea para disfrutar (como ocurre la mayor parte del tiempo), para protestar cuando algo está mal, o para entrar en acción y cambiar lo que haya cambiar-, podremos asir la oportunidad del momento y vivirlo con plenitud y alegría.

Para esto, propone el monje un camino de tres pasos: Stop (detenernos) – Look (ver la oportunidad) y Go (avanzar). Si hacemos este pequeño procedimiento, tan simple que hasta los niños lo aprenden con facilidad, cada vez que lo recordemos, estaremos honrando lo que la vida nos ofrece a cada momento. Y, de paso, seremos mucho más felices. “Eso es lo maravilloso de esta práctica espiritual que es la gratitud: si empiezan a hacer este ejercicio hoy mismo, se irán a dormir esta noche mucho más felices de lo que eran esta mañana. ¡Es instantáneo!”

Pero, instantáneo o no, lo cierto es que, muchas veces las cosas conspiran para alejarnos de la emoción de la gratitud. ¿Cómo transitar con gratitud una enfermedad grave, una situación social acuciante, la pérdida irreparable de un hijo? En esas instancias límites no podemos hablar de gratitud como emoción espontánea pero sí de “vivir agradecidos” en el sentido de abrir el corazón a la posibilidad del retorno de la luz. De esa porción de la realidad dieron cátedra las tres invitadas siguientes.

A través de la pantalla montada en el escenario, la escultora Margarita Gordyn, dio cuenta de que, aun padeciendo una enfermedad durísima como es la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), que la ha dejado virtualmente inmóvil, es posible habitar momentos de agradecimiento y contacto con la belleza de la vida. “Lo que hago es ir hacia adentro. Ir hacia adentro es vivir el presente, y desde ahí es posible agradecer”, dijo, y citó ejemplos: “Siento gratitud por mi nieta, que nació el año pasado, por los libros que me leen, por mis plantas, por mis vínculos. (…) A veces tengo miedo, siempre tenemos miedo, es natural porque somos humanos. Entonces, cuando siento miedo, respiro el miedo, lo acepto, lo dejo ser.” “La vida es milagrosa… hay mucho por agradecer” Esta última frase, asombrosa en sí misma, quedó resonando en el escenario mucho después de que su imagen dejara la pantalla.

Vicky Viel Temperley subió luego al escenario con paso firme y con idéntico vigor contó su historia: cómo perdió a su hijo de 17 años a un cáncer, y lejos de quedar atrapada por siempre en el duelo peor, el más temido, salió a hacer de su dolor un instrumento. Creó la Fundación Dónde Quiero Estar, que ofrece a pacientes oncológico apoyo psicológico, reflexología y arte. En cada paciente angustiado a quien logra arrancar una sonrisa, en cada conquista de la paz por encima del miedo, Vicky ve renacer a su hijo. Está claro: son muchos los afortunados que han renacido bajo sus cuidados.

Luego fue el turno de Cielo Escalada, fundadora del Comedor La Buena Voluntad, de Ciudad Oculta (Lugano). Con una voz que no olvida a la niña que fue, Cielo contó cómo, décadas atrás se encontró ante una decisión difícil. Sus hijos eran chiquitos y la vida en el barrio no era fácil, pero era aún peor para las decenas de chicos que la rodeaban y muchas veces se iban a dormir sin comer, o andaban por ahí descalzos o desabrigados. Reunió a otras madres del barrio y juntas pusieron manos a la obra. Lo que empezó en un galpón vacío es hoy un espacio alegre y acogedor que ofrece alimento a 400 chicos por mes, además de apoyo escolar, taller de fotografía y estímulos de toda clase. ¿Qué tiene Cielo para decir al respecto de este enorme esfuerzo? “Estoy enormemente agradecida. Sufro de artrosis reumatoidea y, de no haber sido por los chicos, seguramente hoy yo estaría hoy postrada en cama, sin hacer nada. Ellos me dan ganas y ánimo para levantarme cada día. Estar con ellos me hace muy feliz. Soy una afortunada”.

Virginia Gawel, psicóloga y poeta, compartió a continuación la poesía “Por qué quise nacer”, haciéndose eco del misterio de las vidas de Margarita, Vicky y Cielo, y su luz inextinguible.

La velada continuó con un diálogo entre Brother David y el rabino Daniel Goldman, de la Comunidad Bet-El. La coincidencia entre ambos fue absoluta: la felicidad estriba en la sabiduría de aprovechar las oportunidades que nos brinda la vida, tanto en la actividad como en la profunda calma, tanto en el silencio como en la palabra. Daniel compartió, a modo de ejemplo, un delicioso cuento jasídico: un sastre y su esposa vivían en un pueblo pequeño, al que un día llegó un tren que hacía posible visitar la lejana Varsovia. La mujer volaba de entusiasmo por conocer la gran ciudad y pidió al rabino instrucciones para poder hacer el viaje. Entusiasmada, la mujer siguió las indicaciones del esposo: dos cuadras a la derecha, una a la izquierda, llegar a la estación y esperar el tren de las 4 de la tarde. La esposa del rabino siguió el recorrido a la perfección, llegó a la estación, y desde el andén vio llegar y partir el tren de las 4. Replicó el mismo camino en sentido inverso y llegó de vuelta a su casa. Cuando el rabino le abrió la puerta, la mujer miró azorada y exclamó: “¡No sabía que vos también ibas a Varsovia!”. El rabino había olvidado una indicación importante: no alcanzaba con llegar hasta el tren, también había que tomarlo.

Las risas que despertó la historia no estuvieron exentas de reconocimiento: ¿cuántas veces esperamos que las cosas vengan a nosotros, sin dar los pasos indispensables para hacernos de aquello que queremos o necesitamos?

Siguió el diálogo entre Brother David y Pedro Aznar. Más que un diálogo, fue un encuentro de almas sembrado de música, poesía y confesiones mutuas. Pedro abrió su corazón al son de “Quebrado”, y escuchó luego las reflexiones de Brother David sobre esa “lanza que abrió un costado” con sus profundas reminiscencias para el cristianismo. El cantante compartió esa apreciación, coincidiendo en que las roturas que soportamos son lo que nos hacen bellos y las que nos conectan esencialmente con los demás. Coincidieron también en que esto último -la necesidad de conectar con otros corazones, dolientes o plenos- bien podría ser una de las principales motivaciones del arte. “Cuando alguien se anima a hablar de su dolor, resulta sanador”, apuntó Brother David.

“Yo canto para mostrarte que sangro igual que vos / y está oscuro en esta cárcel / que soy desde que tengo memoria / y está ciega mi mirada / sin tu luz”, entonó Pedro, en el primer verso de la bellísima “A cada hombre, a cada mujer”. Cuando se apagó el último acorde, o más bien el último aplauso, Brother David señaló que lo que necesitamos para poder salir de esa cárcel a la que alude la canción es confianza en la vida. Y que nos liberamos unos a otros extendiéndonos nuestra confianza mutuamente, “así como el niño confía en su madre y la madre confía en el niño cada vez que le dice: ‘¡vos podés!’”

Pedro estuvo de acuerdo y compartió que, en su caso, como el de tantos artistas, las canciones de amor muchas veces devienen en rezos, y que el amor romántico se separa del amor divino “apenas por una octava”. “No podemos acceder a la trascendencia solos: trascendemos de la mano de otros”, concluyó.

El resto fue seguir la celebración por otros medios. Pedro encendió un cirio en manos de Brother David, quien a su vez dio luz a una decena de velas en manos de personas que iban subiendo al escenario, representando a distintos sectores del público. Cada vela era una oportunidad para agradecer no solo para quien sostenía la vela, sino para todas las intenciones reunidas en ese acto.

Coronó la ceremonia otra poesía devenida en rezo: “Gracias a la vida”, de la enorme Violeta Parra. Así, al unísono agradecimos “por el sonido y el abecedario”, “por la marcha de mis pies cansados”, “por el corazón que agita su marco”, y por cada tramo del encuentro que llegaba a su fin. Curiosa fusión de mil corazones en uno, de pasado y futuro en un instante eterno, de penas con alegrías, de sombras con luz. Misteriosa ofrenda, como la vida.