Cuando llegue la muerte

Cuando llegue la muerte
como el hambriento oso de otoño;
cuando llegue la muerte y tome
sus brillantes monedas de su monedero

para comprarme y lo cierre;
Cuando llegue la muerte
como la varicela

cuando llegue la muerte
como un iceberg entre los omóplatos.

Quiero atravesar el umbral llena de curiosidad,
preguntándome:
¿qué aspecto tendrá esta morada oscura?

Y por eso lo miro todo
como una hermandad de hombres y mujeres,
y veo al tiempo como no más que una idea,
y considero la eternidad como otra posibilidad.

Y pienso cada vida como una flor, tan común
como una margarita del campo, y tan singular,

y cada nombre una música confortable en la boca,
que tiende, como toda música lo hace, hacia el silencio.

y cada cuerpo un león de coraje, y algo
precioso para la tierra.

Cuando todo acabe, quiero decir:
Toda mi vida fui una novia casada con el asombro.
Fui el novio, alzando el mundo en sus brazos.

Cuando todo acabe, no deseo preguntarme
si he hecho de mi vida algo particular, y verdadero.

No quiero encontrarme a mí misma suspirando y asustada,
o llena de argumentos.

No quiero acabar simplemente habiendo visitado este mundo.

Mary Oliver

Traducción: Fabiana Fondevila

mary oliver

Gracias por el asombro

¿Cómo escribir de alguien que representó, para mí y para tantos, un conducto a la felicidad tan seguro como el cielo, el aire o los mil y un pájaros que salían de su pluma? ¿Cómo hacerle honor, con palabras, a quien fue la artesana de tantas imágenes perfectas, pulidas como piedras de río? ¿Cómo contarles, a quienes no conocieron a la inusitada Mary Oliver, la conjunción imposible de maravillas que vivían en su poesía?

Hoy no puedo, ya podré. El corazón necesita reposar en su recámara, dejar que las aguas agitadas por la pena se calmen, que la mente haga las paces con la orfandad flamante, que la vida continúe sin ella. Hoy no puedo, ya podré.

En su lugar, comparto (abajo) un perfil que escribí hace muchos años, en otro tiempo y espacio, intentando rendir tributo al regalo que era ella, su música, su mirada, su amor salvaje por el mundo.

Quienes saben de mi amor por ella muchas veces me preguntaron por qué no procuraba entrevistarla (no daba entrevistas, salvo milagros), ser su traductora, acercarme de una u otra manera. Lo cierto es que nunca me hizo falta. Me colmaba saberla ahí, atravesando el bosque a solas, con la libreta pequeña embutida en el bolsillo, enmudeciendo por horas a la espera de aquel ciervo, conversando con las ranas del estanque, cambiando cualquier galardón por un atisbo más de ese zorro gris.

Hoy no hay palabras, no hay citas, no hay poesía. Solo esta inmensa gratitud que me abre el pecho al medio y me roba el aliento. Ella y sus lunas, sus zorros, su alma abismal.

Libro El pedido de Inti - Fabiana Fondevila

El pedido de Inti

Colección de Uranito – La vuelta al mundo en cinco cuentos

Sinopsis

Cada mañana, Inti y Tupac llevan su rebaño de llamas a pastar al monte. Pero un día Inti se enferma, y Tupac debe hacerse cargo del rebaño solo. Cuando cae la noche y Tupac no aparece, Inti decide pedir ayuda a los espíritus. ¿Puede el amor de un hermano mover montañas?

El amor después del amor - Fabiana Fondevila

El amor después del amor

El dolor de un duelo no se parece a ningún otro. Se lo suele intentar negar o disfrazar, pero la pérdida de un ser amado exige toda la atención del alma. Si se acepta ese reclamo, uno descubre que el amor no se fue con el ausente. Y que sentirlo sigue siendo, a pesar de todo, un privilegio.

Desde que mi mamá murió, el mundo está lleno de sorpresas: el sol sigue pintando el día de naranja y oro, como ayer. El viento sopla igual de caliente. Las hojas siguen desvistiendo a los árboles con esa parsimonia de otoño tardío. La lluvia, otra vez, le arranca al pasto aromas primitivos. Los autos corren, los chicos ríen, los gatos se acurrucan a dormir. Los noticieros de la noche dan cuenta del mismo país de siempre. Nada cambió, pero el mundo es otro.

El duelo es como una repentina enfermedad con síntomas desconocidos. Por momentos el dolor se traga todo el aire, encoge los hombros, arrastra los pies, apaga la mirada. Y por instantes, contra todo lo esperable, se transforma en otra cosa que en lugar de apagar, aviva; una extraña urgencia que enciende los tonos del cielo, acelera el pulso, despabila. Como si al perder lo esencial uno pudiera acceder a dimensiones insospechadas del alma. Como si de golpe se esfumara del planeta toda rutina, toda chatura, toda esterilidad. Como si el amor por la persona perdida de pronto desbordara los límites de ese nombre, ese rostro, ese cuerpo, para abarcar al universo entero.

Y entonces, uno descubre que el amor después del despojo gobierna hasta los actos más nimios: mirar la lluvia, caminar, tomar de a sorbos una taza de café. Cada uno, un pequeño homenaje. Cada uno, una ruta directa a algún recuerdo. No a los grandes recuerdos; a los pequeños detalles irrelevantes que son, que fueron, una persona. Que le encantaban las mandarinas después de la primera helada. Que amaba, más que nada, los abrazos. Que odiaba el frío, las esperas y todo lo que exigiese paciencia o quietud. Que bailaba ante la menor provocación. Que gozaba de la sinfonía de una casa llena de chicos, ese ir y venir con platos de sopa y tazas de café. Que no se aburría de mirar a sus nietos. Que aspiraba a la humildad pero le encantaba el lujo, lo rico, lo descomunal. Que huía del silencio, y arrastraba a su paso remolinos de aire.

Otras culturas saben dar espacio a este dolor único: en una tribu africana, la comunidad entera participa de cuatro días de ritos funerarios en los que la pena se corporiza en bailes, cantos y frenéticos tambores, y cualquiera que en esos días pase por la aldea se une a la ceremonia, en señal de que la vida siempre se detiene ante la muerte.

En otra tribu africana, los que han perdido a alguien cercano se pintan en el cuerpo un complejo diseño que relata quién murió, cómo y cuándo, para que cada uno que se acerque sepa en qué estado particular del alma se encuentra esa persona. Los judíos pasan la primera semana tras perder a un ser querido en el shiva, período en el que no se deja la casa ni un minuto, se tapan los espejos, se suspende toda obligación y se usa una prenda desgarrada como símbolo del corazón roto. El tiempo se dedica a recibir las visitas de los conocidos, que tienen indicado cuidar, acompañar y escuchar, sin intentar distraer. Los antiguos que dieron forma a este rito sabían que de nada sirve tratar de escapar del desgarro de esos primeros días de luto. Intuían que, si se evita, el sentimiento sólo vuelve más tarde con más fuerza y encono.

La sociedad occidental moderna, en cambio, tiende a querer ignorarlo. Intentamos volver cuanto antes a “la normalidad”, como si tal cosa existiera todavía. Y uno se esfuerza por hablar, mirar y caminar como si aún se encontrase inmerso en el mundo, y no en ese otro diálogo tan íntimo y crucial, ese diálogo mudo que tiene un inicio en el tiempo, pero no tiene un fin.

Casi todos vivimos construyendo fuertes para protegernos del dolor, muros para encerrarlo, conjuros para ahuyentarlo. Y ante una muerte cercana, el miedo se confirma: el primer impacto es demoledor. Pero al tiempo uno da cuenta de que el dolor de haber amado tanto, de seguir amando tanto aunque ya no esté con uno el objeto de ese amor, es un camino privilegiado para el alma. Porque poder seguir amando con la misma entrega ante la ausencia se parece un poco a vencer a la muerte. No. Se parece un poco a amar la vida.

Fabiana Fondevila

Publicado originalmente en la revista Viva, el 21 de abril de 2002.