mary oliver

Gracias por el asombro

¿Cómo escribir de alguien que representó, para mí y para tantos, un conducto a la felicidad tan seguro como el cielo, el aire o los mil y un pájaros que salían de su pluma? ¿Cómo hacerle honor, con palabras, a quien fue la artesana de tantas imágenes perfectas, pulidas como piedras de río? ¿Cómo contarles, a quienes no conocieron a la inusitada Mary Oliver, la conjunción imposible de maravillas que vivían en su poesía?

Hoy no puedo, ya podré. El corazón necesita reposar en su recámara, dejar que las aguas agitadas por la pena se calmen, que la mente haga las paces con la orfandad flamante, que la vida continúe sin ella. Hoy no puedo, ya podré.

En su lugar, comparto (abajo) un perfil que escribí hace muchos años, en otro tiempo y espacio, intentando rendir tributo al regalo que era ella, su música, su mirada, su amor salvaje por el mundo.

Quienes saben de mi amor por ella muchas veces me preguntaron por qué no procuraba entrevistarla (no daba entrevistas, salvo milagros), ser su traductora, acercarme de una u otra manera. Lo cierto es que nunca me hizo falta. Me colmaba saberla ahí, atravesando el bosque a solas, con la libreta pequeña embutida en el bolsillo, enmudeciendo por horas a la espera de aquel ciervo, conversando con las ranas del estanque, cambiando cualquier galardón por un atisbo más de ese zorro gris.

Hoy no hay palabras, no hay citas, no hay poesía. Solo esta inmensa gratitud que me abre el pecho al medio y me roba el aliento. Ella y sus lunas, sus zorros, su alma abismal.

Libro El pedido de Inti - Fabiana Fondevila

El pedido de Inti

Colección de Uranito – La vuelta al mundo en cinco cuentos

Sinopsis

Cada mañana, Inti y Tupac llevan su rebaño de llamas a pastar al monte. Pero un día Inti se enferma, y Tupac debe hacerse cargo del rebaño solo. Cuando cae la noche y Tupac no aparece, Inti decide pedir ayuda a los espíritus. ¿Puede el amor de un hermano mover montañas?

El amor después del amor - Fabiana Fondevila

El amor después del amor

El dolor de un duelo no se parece a ningún otro. Se lo suele intentar negar o disfrazar, pero la pérdida de un ser amado exige toda la atención del alma. Si se acepta ese reclamo, uno descubre que el amor no se fue con el ausente. Y que sentirlo sigue siendo, a pesar de todo, un privilegio.

Desde que mi mamá murió, el mundo está lleno de sorpresas: el sol sigue pintando el día de naranja y oro, como ayer. El viento sopla igual de caliente. Las hojas siguen desvistiendo a los árboles con esa parsimonia de otoño tardío. La lluvia, otra vez, le arranca al pasto aromas primitivos. Los autos corren, los chicos ríen, los gatos se acurrucan a dormir. Los noticieros de la noche dan cuenta del mismo país de siempre. Nada cambió, pero el mundo es otro.

El duelo es como una repentina enfermedad con síntomas desconocidos. Por momentos el dolor se traga todo el aire, encoge los hombros, arrastra los pies, apaga la mirada. Y por instantes, contra todo lo esperable, se transforma en otra cosa que en lugar de apagar, aviva; una extraña urgencia que enciende los tonos del cielo, acelera el pulso, despabila. Como si al perder lo esencial uno pudiera acceder a dimensiones insospechadas del alma. Como si de golpe se esfumara del planeta toda rutina, toda chatura, toda esterilidad. Como si el amor por la persona perdida de pronto desbordara los límites de ese nombre, ese rostro, ese cuerpo, para abarcar al universo entero.

Y entonces, uno descubre que el amor después del despojo gobierna hasta los actos más nimios: mirar la lluvia, caminar, tomar de a sorbos una taza de café. Cada uno, un pequeño homenaje. Cada uno, una ruta directa a algún recuerdo. No a los grandes recuerdos; a los pequeños detalles irrelevantes que son, que fueron, una persona. Que le encantaban las mandarinas después de la primera helada. Que amaba, más que nada, los abrazos. Que odiaba el frío, las esperas y todo lo que exigiese paciencia o quietud. Que bailaba ante la menor provocación. Que gozaba de la sinfonía de una casa llena de chicos, ese ir y venir con platos de sopa y tazas de café. Que no se aburría de mirar a sus nietos. Que aspiraba a la humildad pero le encantaba el lujo, lo rico, lo descomunal. Que huía del silencio, y arrastraba a su paso remolinos de aire.

Otras culturas saben dar espacio a este dolor único: en una tribu africana, la comunidad entera participa de cuatro días de ritos funerarios en los que la pena se corporiza en bailes, cantos y frenéticos tambores, y cualquiera que en esos días pase por la aldea se une a la ceremonia, en señal de que la vida siempre se detiene ante la muerte.

En otra tribu africana, los que han perdido a alguien cercano se pintan en el cuerpo un complejo diseño que relata quién murió, cómo y cuándo, para que cada uno que se acerque sepa en qué estado particular del alma se encuentra esa persona. Los judíos pasan la primera semana tras perder a un ser querido en el shiva, período en el que no se deja la casa ni un minuto, se tapan los espejos, se suspende toda obligación y se usa una prenda desgarrada como símbolo del corazón roto. El tiempo se dedica a recibir las visitas de los conocidos, que tienen indicado cuidar, acompañar y escuchar, sin intentar distraer. Los antiguos que dieron forma a este rito sabían que de nada sirve tratar de escapar del desgarro de esos primeros días de luto. Intuían que, si se evita, el sentimiento sólo vuelve más tarde con más fuerza y encono.

La sociedad occidental moderna, en cambio, tiende a querer ignorarlo. Intentamos volver cuanto antes a “la normalidad”, como si tal cosa existiera todavía. Y uno se esfuerza por hablar, mirar y caminar como si aún se encontrase inmerso en el mundo, y no en ese otro diálogo tan íntimo y crucial, ese diálogo mudo que tiene un inicio en el tiempo, pero no tiene un fin.

Casi todos vivimos construyendo fuertes para protegernos del dolor, muros para encerrarlo, conjuros para ahuyentarlo. Y ante una muerte cercana, el miedo se confirma: el primer impacto es demoledor. Pero al tiempo uno da cuenta de que el dolor de haber amado tanto, de seguir amando tanto aunque ya no esté con uno el objeto de ese amor, es un camino privilegiado para el alma. Porque poder seguir amando con la misma entrega ante la ausencia se parece un poco a vencer a la muerte. No. Se parece un poco a amar la vida.

Fabiana Fondevila

Publicado originalmente en la revista Viva, el 21 de abril de 2002.

Siete prácticas esenciales

¿Existen prácticas espirituales que excedan los dogmas de las diversas religiones por su sabiduría intrínseca y su eficacia para forjar una buena vida? Roger Walsh, ilustre profesor de Psiquiatría, Filosofía y Antropología australiano, está convencido de que sí, y escribió un libro para compartirlas.

Walsh se ha dedicado durante décadas a investigar los efectos de la meditación sobre la salud física, mental y espiritual, y también a explorar la vinculación entre los estados ampliados de conciencia (creados por diversas prácticas) con la naturaleza de las experiencias místicas.

En su libro “Espiritualidad esencial”, con prólogo del Dalai Lama, Walsh da cuenta de siete prácticas centrales a todas las tradiciones de sabiduría que promueven el despertar y la apertura del corazón, y procuran, lisa y llanamente, una buena vida. Recomiendo la lectura del libro, que es un tesoro de sabiduría en sí mismo. Aquí, lo esencial de estas siete prácticas esenciales.

1. Transformar la propia motivación. Reducir las ansias y hallar el verdadero deseo del alma.

“Para vivir un mito mayor, uno debe abandonar la historia más pequeña”, dice Walsh. ¿Qué significa esto? Que, al principio del camino, el crecimiento espiritual se presenta como un sacrificio. Sólo después, con el tiempo y el progreso en las prácticas, se hace evidente que el verdadero sacrificio era continuar con la vida anterior, pequeña y constreñida.

La meta, a la larga, es entender que ninguna sensación ni posesión externa puede proveernos satisfacción duradera. De hecho, todo elemento externo que nos tranquiliza y calma nuestros deseos pasajeros nos distrae de aquello que importa. Ante esto, hay dos actitudes posibles: 1. satisfacer esas ansias (comiendo, consumiendo, comprando), pasarnos la vida buscando nuevas formas de anestesiarnos, generándonos nuevas ansiedades y codicias, o, 2. cambiar nuestra mente. Esto significa: soltar las ansias cuando aparecen y apuntar le mente hacia una satisfacción genuina y perdurable. La infelicidad, dice Walsh, rescatando un precepto clave del budismo, es la diferencia entre lo que ansiamos y lo que tenemos. Si soltamos el ansia, ese abismo desaparece. Así lo decía Gandhi: “Renuncia y alégrate”.

Pero no se trata del sacrificio por el sacrificio mismo, y aquí viene lo interesante: cuando la mente ya no se siente tironeada por las ansias en perpetua fluctuación, siente nacer de sus profundidades un deseo más maduro: por ejemplo, la añoranza por la belleza y el altruismo, por la verdad y la justicia. Las tradiciones se han referido a esta clase de deseo como “el anhelo de lo bueno, lo bello y lo verdadero”.

Estas cualidades nos revelan nuestra verdadera naturaleza y nos llaman a la trascendencia. Frente a ellas, deseos mundanos como la fama y el reconocimiento se muestran pequeños e ilusorios. Lo que buscamos, en última instancia, no es la satisfacción de un deseo puntual sino acceder a la fuente que los colma a todos: la iluminación.

Sin embargo, cada uno deberá llegar a su manera. Y ahí los senderos se bifurcan: algunos se acercarán de la mano del arte, la música, la poesía; para otros, el canal será la naturaleza. Lo cierto es que, a medida que avancemos en el camino, el esfuerzo se irá haciendo más liviano, hasta casi desaparecer. Y entonces, en lugar de perseguir nuestra dicha, nos dedicaremos, cada vez más, a expresarla. El buscador se habrá convertido en iniciado. En otras palabras, en sabio.

2. Cultivar la sabiduría emocional. Sanar el corazón y aprender a amar.

Lo que sea que sintamos es lo que vemos a nuestro alrededor. Cuando lo que sentimos es amor, vemos un mundo que añora dar y recibir amor.

Las emociones van y vienen, pero un único sentimiento ha sido elogiado y valorado por los siglos de los siglos, por todas las religiones por igual: el amor. De hecho, la idea del amor ha dejado una impronta más indeleble en nuestra cultura que ningún otro concepto o noción. Es la fuerza más potente del universo, aquella que mantiene, dirige e informa a cada ser viviente.

Pero, ¿cómo y dónde se encuentra el amor? No se encuentra fuera de uno, ni tampoco en personas especiales, dice Walsh. No se encuentra cuando se lo busca motivado por el temor y una sensación de inadecuación, como buscando algo que a uno lo complete. Buscarlo con estos motivos trae una serie de problemas y distorsiones. El amor maduro, por el contrario, se basa en la auto-suficiencia y la integridad.

Virtualmente todas las religiones ponen al amor en primer lugar: el Islam y el cristianismo lo destacan como valor primigenio, el judaísmo exhorta: “Ama a Dios con todo tu corazón, tu alma y tu luz, y ama a tu prójimo como a ti mismo.” Jesús lo lleva aun más lejos y dice “Ama incluso a tus enemigos”. Y el hinduismo enfatiza: “Ama a todas las criaturas”. (El budismo habla del amor en forma indirecta, ya que hace foco en la iluminación)

¿Cómo es ese amor magnánimo del que hablan los grandes profetas? Es incondicional, es infinito, no busca recibir tanto como dar, y está siempre con nosotros, oculto, incluso, detrás de emociones como el enojo, los celos y el egoísmo.

Pero esas emociones existen y deben ser manejadas. Según Walsh, la forma nunca es negarlas, reprimirlas ni entrar en conflicto con ellas. Más bien, la sabiduría está en reconocerlas como una parte natural de la vida. Ni alimentarlas ni incentivarlas, sino explorarlas con compasión, equilibrándolas con ecuanimidad y aprendiendo de ellas.

Las prácticas espirituales ayudan significativamente a expandir y profundizar el amor, ampliando su espectro. En sus niveles más altos, el amor se revela, más que como una simple emoción, como la naturaleza última de la realidad. De este amor extático y existencial casi no dan cuenta las palabras. Pero, según los sabios de todos los tiempos, una vez que ocurre, es inconfundible.

“Enloquece de amor”, instruyó a sus discípulos el maestro hindú Ramanakrishna. Y no hablaba de un flechazo romántico.

3. Vivir éticamente. Sentirse bien al hacer el bien.

Mahatma Gandhi comenzó su carrera como un abogado tímido y circunspecto, pero su carácter dio un vuelco al vivir y trabajar en Sudáfrica y entrar en contacto con la realidad del racismo. Volvió a su país decidido a trabajar por la justicia social. Podría haberse convertido en un hombre iracundo y resentido; en cambio, se transformó en un apóstol de la paz. Inició una revolución que unió valores espirituales con reclamos sociales. En lugar de ver a sus oponentes como enemigos inhumanos, los vio como potenciales amigos; en vez de insultarlos, su protesta fue ayunar por la paz; en lugar de atacarlos físicamente, buscó inspirarlos moralmente. Con la fuerza de su convicción atrajo a miles de sus compatriotas a un movimiento sin precedentes que derrotó al Imperio Británico, consiguió la independencia de la India e inspiró movimientos similares en otras partes del mundo.

Para las grandes religiones la ética no consiste solo en no dañar, sino en hacer todo lo posible por ayudar. ¿Ayudar a quién? A todos los seres vivientes. Pero, dice Walsh, para poder aspirar a estas cumbres, hay que comenzar por sanar las heridas causadas por las faltas éticas del pasado.

Notaremos que, cuando nos sentamos a meditar, los pensamientos más perturbadores son siempre aquellos que se vinculan con acciones poco éticas, tanto de nuestra parte hacia otros como de otros hacia nosotros. Estos recuerdos mantienen a nuestra mente prisionera con sus residuos psicológicos y espirituales. A veces, uno siente que es su propio carcelero por no poder librarse de estas cargas del pasado. Todas las tradiciones coinciden en que es necesario liberarnos de estas culpas. Pero, ¿cómo hacerlo?

Cada caso requerirá acciones diferentes, por supuesto. Pero las grandes religiones ofrecen algunos lineamientos generales: primero, reparar el daño en la medida de lo posible. Si uno causó dolor, pedir perdón. Si uno robó, devolver o pagar aquello que tomó. Segundo, buscar soluciones en las que todos aprendan de la experiencia. Tercero, si uno ha sido el victimario, evitar ceder a la tentación del contra-ataque.

A veces, dice Walsh, es tentador devolver una afrenta, pero lo único que esto logra es generar un espiral creciente de violencia. Cuarto, relatar lo ocurrido a alguien. Esta simple práctica es tan útil que tiene encarnaciones antiguas como la confesión, y modernas como la psicoterapia y los grupos de auto-ayuda. Quinto, aprender todo lo que se pueda de la experiencia. A veces puede resulta útil una “visualización correctiva”. Primero se recuerda el hecho tal como ocurrió, experimentando nuevamente las sensaciones que la mala acción trajo a la conciencia en el momento. Luego se revive la secuencia, pero eligiendo esta vez un desenlace más alineado con nuestros valores. A veces, esta experiencia puede ayudar a soltar lo hecho, a la vez que se cincela otro curso de acción para ocasiones futuras.

4. Concentrar y calmar la mente.

Como ya dijimos, nuestra mente es infinitamente inquieta. Los budistas la asemejan a un mono que salta locamente de rama en rama. En todo momento estamos fugándonos hacia el futuro, elucubrando planes o fantasías, sumergiéndonos en el pasado con recuerdos gratos o ingratos, reviviendo la pelea de anoche o el logro de la semana anterior. No es de sorprender que lleguemos a la noche mentalmente exhaustos. La psicología occidental reconoce este problema desde hace años. El gran psicólogo William James sostuvo que “una educación que entrenara la atención sería una educación de excelencia”. Freud se refirió a lo mismo por oposición: “El hombre ni siquiera es dueño de su propia mente”.

La psicología occidental, de algún modo, se resignó a entender a la atención como algo ingobernable. Pero las grandes religiones plantean desde hace siglos algo muy diferente: la mente se puede y se debe entrenar, ya que en ello se asienta toda posibilidad de paz.

Un discípulo preguntó al gran sabio hindú Ramana Maharshi: “¿Qué se interpone en mi camino hacia Dios?”. “Tu mente fluctuante”, respondió el maestro. El Dalai Lama lo llevó aún más lejos y proclamó: “En su mejor aspecto, la religión es una herramienta para ayudar a entrenar la mente”. En palabras de Buda: “Una mente no entrenada te hace mayor mal que aquellos que te odian. Una mente entrenada te hace mayor bien que aquellos que te aman.”

¿Por qué es tan crucial entrenar la mente? Por un lado, si podemos controlar la atención, podemos concentrarnos en evocar cualidades deseables como el amor y la alegría. Y por otro, lo que ponemos en nuestras mentes es tan importante como lo que ponemos en nuestras bocas. O sea, nuestra dieta mental afecta nuestra salud mental. Ya lo dijo San Pablo: “Lo que es verdadero, lo que es honorable, lo que es justo, lo que es elogiable; piensa sobre estas cosas.” Aquello en lo que nos concentramos en aquello en lo que nos convertimos.

Muchas personas piensan que la meditación y la contemplación son prácticas propias de las religiones orientales. E incluso algunos sectores conservadores del cristianismo y el judaísmo han rechazado estas prácticas con frases como “Una mente ociosa es el taller del diablo”. Pero hay una enorme diferencia entre la vagancia y la paz. La realidad es que la meditación ha sido una práctica crucial de las tradiciones cristiana y judía, y de la mayoría de los linajes.
La meditación y otras prácticas de concentración comparten dos elementos esenciales: 1. Se elige un objeto para ser el foco de la atención (una imagen, una palabra, un rezo). 2. Cuando la atención se distrae de este objeto, se la trae suavemente de vuelta, una y otra vez. Este es el corazón del método. Con la práctica, la mente se aquieta y es capaz de permanecer enfocada por más tiempo. Lo más importante es disponer de un tiempo todos los días para meditar, y establecerlo como parte de la rutina diaria.

Los estratos más altos de la concentración y la calma

A medida que esta capacidad se entrena, se llega progresivamente a lo que los cristianos han llamado “la paz que supera el entendimiento”, que es un umbral a lo sagrado; una mente en paz y no perturbada se abre naturalmente hacia su fuente. Este es uno de los descubrimientos más antiguos e importantes de la humanidad: una mente tranquila está en estado perfecto para la iluminación. Dice el Rig Veda, un texto sagrado hindú de más de 3.000 años de antigüedad: “Traigamos a la mente a descansar en la gloria de la verdad divina”. Este es también el propósito del yoga, disciplina que busca controlar el cuerpo, la mente y la respiración con el fin de llevar a la mente hacia el silencio.

Al perfeccionar esta habilidad, crece también la bondad y se abre el corazón. El fin último es la práctica continua, en la que todas las actividades son una oportunidad para el despertar. La mente se transforma en un perfecto espejo para el mundo, y nace así la visión de lo sagrado.

5. Despertar la visión espiritual. Ver claramente y reconocer lo sagrado en todo.

“No vemos las cosas como son, sino como somos”, dice el Talmud. “Vivimos en semi-inconsciencia, nuestra visión espiritual está dormida”, dice Buda. En otras palabras, vamos por la vida en un un estado de semi-sonambulismo.

Sabemos que lo que nos da cada momento depende de la atención que le brindemos. Si la concentración nos permite dirigir la atención al momento, la presencia –o “mindfulness”- nos permite explorar ese momento en profundidad. Estar presentes a nuestras vivencias tiene un sinfín de beneficios: mejora nuestras relaciones, el mundo en el que vivimos, nuestras propias mentes. ¿Cómo mejora nuestras relaciones? Al estar más presentes a los demás advertimos su tono de voz, sus gestos, sus señales, logramos desarrollar con ellos una genuina empatía.

La presencia también nos permite registrar al mundo sensorialmente. A diferencia de lo que suele pensarse, la espiritualidad no se opone al disfrute de lo sensorial, sino apenas al apego a los placeres sensoriales, ya que toda forma apego causa sufrimiento. En cambio, las tradiciones llaman por igual a vivir cada momento con la percepción y los sentidos vivos y despiertos. Así, el cristianismo elogia “el sacramento del momento presente” y lo sufíes sostienen que “el mejor acto de reverencia es observar el momento”.

Ese habitar el momento nos permite responder con conciencia a las cosas que ocurren, en lugar de reaccionar impulsivamente. El mindfulness también favorece nuestra salud: reduce la presión arterial, el asma, el dolor crónico y las afecciones psicosomáticas. Y numerosos estudios confirman también que mejora el funcionamiento psicológico.

En sus estratos más altos, la facultad de la presencia nos permite apreciar lo sagrado en nosotros mismos y en todo lo que nos rodea. Cuando esto ocurre, aprendemos a ver “con el ojo del alma”. Al principio esto se produce sólo por instantes, como vislumbres de gran belleza que no permanecen. Pero con el tiempo esa capacidad se refina y nuestra mirada se asienta en ese lugar más alto, transformando todo lo mundano en una oportunidad para el disfrute espiritual.

6. Cultivar la inteligencia espiritual. Desarrollar la sabiduría y comprender la vida.

En la vida moderna estamos saturados de información, pero la sabiduría escasea. Todas las religiones han postulado a la sabiduría como uno de los más altos valores. ¿Qué es, exactamente, la sabiduría?

Al hablar de sabiduría nos referimos a una comprensión profunda de los temas centrales de la vida, especialmente los existenciales (el sentido de vivir, el desafío de armar relaciones, de aceptar por momentos la soledad, de reconocer nuestra pequeñez ante la vastedad del universo, de convivir con la incertidumbre y a la vez con la certeza de la muerte, la enfermedad y el sufrimiento). Una persona que logra un profundo conocimiento sobre estos temas, y además demuestra una facilidad para vincularse con ellos en forma práctica, es verdaderamente sabio.

Desde los antiguos griegos, se ha considerado que la sabiduría contiene estos dos aspectos: el visionario o de comprensión, y el aspecto práctico.

Pero, ¿a dónde acude uno en busca de sabiduría? No a la universidad, donde prima la información, ni, ciertamente, a los líderes políticos. Se acude, más bien, a las grandes tradiciones, las que han acumulado el conocimiento de los sabios por los siglos de los siglos. A la larga, sin embargo, hallamos sabiduría en cada persona o situación que somos capaces de experimentar con una mente abierta e inquisitiva. Aun pudiendo aprender sabiduría de todas las cosas, no obstante, las tradiciones recomiendan cinco fuentes privilegiadas: la naturaleza, el silencio y la soledad, las personas sabias, nosotros mismos, y el reflexionar sobre la naturaleza de la vida y la muerte.

¿Y quiénes vendrían a ser los sabios? Obviamente los fundadores de las grandes religiones como Buda, Lao Tsé, Confucio, Jesús, Mahoma. También los profetas y discípulos que se dedicaron a transmitir sus enseñanzas. Pero no debemos quedarnos anclados en el pasado; la sabiduría no se ha extinguido con el paso de los siglos. De hecho, el siglo XX produjo muchas personas compasivas y sabias; la mayoría de ellas desconocidas, y otras, como Gandhi, la Madre Teresa y el Dalai Lama, figuras mundialmente reconocidas.

Pero no sólo se aprende de los iluminados: una persona que está apenas unos pasos más adelante en nuestra búsqueda puede, también, servirnos de inspiración. Estas amistades, nacidas de un amor común por lo sagrado, pueden ser únicas en su profundidad, y servirnos para avanzar en el camino. Dijo Buda: “Halla amigos que amen la verdad”.

Algunos ejercicios que ayudan a procurarnos sabiduría:

  • 1. Pasar tiempo en silencio y soledad. Si hay una pregunta que te inquieta o preocupa, puedes enfocar la mente en ella en esos momentos. También puedes leer o rezar. Pero lo mejor es pasar ese tiempo en contemplación serena y sosegada.
  • 2. Lectura de textos sagrados. El padre Thomas Keating recomendaba leerlos “deteniéndote a saborear cada palabra, buscando inspiración más que información”. Luego, detente a ver qué ideas y pensamientos estos textos evocan en ti.
  • 3. Reconoce a tus maestros. Haz una lista de todas las personas que te han enseñado. Escribe sus nombres, las cualidades que los hacen especiales y qué te han enseñado; menciona también qué cualidades en ti te hicieron receptivo a sus enseñanzas. La lista puede incluir a niños, amigos, familiares, incluso a tus adversarios. Siente la gratitud de haber recibido sus dones de sabiduría.
  • 4. Disfruta de la compañía de los sabios. ¿Qué personas que conoces personalmente consideras sabias, o se muestran siempre deseosas de aprender? Piensa de qué manera podrías ofrecerles tus servicios o pasar más tiempo con ellos, quizás en un grupo de estudio.
  • 5. Descubre tu filosofía de vida. Gandhi describió su filosofía de vida en tres palabras (“Renuncia, y alégrate”). ¿Con qué tres palabras podrías describir la tuya? Medita y espera a que las palabras vengan.
  • 6. Pide ayuda a tu sabio interior. Con los ojos cerrados y en estado meditativo, invoca un ser que emane compasión y sabiduría. Puede ser una figura histórica, actual o imaginaria. Imagina que se sienta a tu lado, con amor infinito, dispuesto a escucharte. Hazle las preguntas que necesites hacer, y espera su respuesta, sin apurar el proceso. Esta podrá venir en el momento, o más tarde. Agradece su ayuda antes de concluir la meditación.
  • 7. Pasa revista a tu vida. Cada tanto, o cada día si es posible, detente un momento y piensa en la forma en que estás llevando tu vida. El momento ideal para esta práctica es por la noche, antes de irse a dormir. Revisa las acciones día sin juicio ni culpa, apreciando qué acciones procuraron el bien y cuáles podrían no haber sido las más conducentes. Aprecia los aciertos a la vez que revisas los errores.

7. Expresar al espíritu en acción. Abrazar la generosidad y la alegría del servicio.

Ya lo dijeron Jesús y Mahoma: es más sagrado dar que recibir. Pero no siempre damos con alegría. ¿Por qué es así esto? ¿Por qué a veces vivimos el dar como un sacrificio? Ocurre que, así como llevar una vida ética es un aprendizaje, también se cultiva la virtud de dar con el corazón abierto. Se cultiva, principalmente, ejerciendo estas siete prácticas, que fortalecen la gratitud, el amor y la generosidad.

Las grandes religiones sugieren que la capacidad de dar se desarrolla en tres etapas 1. el dar tentativo, con ambivalencia y temor de extrañar más tarde lo que se entrega. 2. El dar fraterno, en el que uno comparte alegremente sus pertenencias con otros, motivados por la gracia de hacerlos felices. 3. Dar como un rey. En este estadío nos nace dar lo mejor que tenemos, porque la felicidad de los otros nos da tanto o más placer que la propia. En este nivel del dar el servicio se ha convertido en un privilegio y un placer, una práctica espiritual en sí misma.

La psicología ha comprobado que las personas generosas son más felices y saludables que las más avaras. Los primeros experimentan la así llamada “elevación del que ayuda”, el placer provocado por dar placer a otros. Este fenómeno, que también han bautizado “la paradoja del placer”, se explica porque, al dar de nosotros, aflojamos nuestro apego a emociones negativas como la avaricia, el egoísmo y los celos, fortaleciendo otras más positivas.

Hay un “secreto” bien guardado en el servicio, y es este: está bien disfrutarlo. Cuando uno disfruta del acto de dar, entrega más que lo que entrega; entrega, también, su propia felicidad. Nadie quiere ser asistido por alguien enojado o resentido. Para lograr esta alegría y esa apertura, lo primero es descubrir cuál es la forma en que a uno le gustaría servir. A menudo, esto coincide con los talentos que uno tiene para contribuir. Hay que darse tiempo para experimentar con distintas formas de servicio, hasta encontrar la propia. Dice la sabiduría judía: “Es importante empezar con uno, pero no terminar con uno.”

Los estratos más altos de la generosidad

Años atrás, cuenta Walsh, un joven se hallaba tan deprimido, que hasta pensó en tomarse la vida. ¿Qué podría hacer que la vida valiera la pena? En su peor momento, le vino la respuesta como un relámpago: viviría para descubrir cuánto bien era capaz de hacer un hombre en su vida. Este hombre se llamó Buckminster Fuller y vivió sesenta años más, durante los cuales patentó 2.000 inventos, escribió 25.000 libros y pasó a ser conocido como uno de los pensadores más grandes de su época. La respuesta a la pregunta que se hizo esa noche oscura resultó ser: mucho.

Los sabios han jugado a este juego por años: contribuir al mundo, y despertar. Despertar, y contribuir al mundo. Es el juego más grande que puede jugar el ser humano, el que más sentido y valor aporta a nuestras vidas. Los místicos modernos avalan esta verdad milenaria y aconsejan: juega ese juego con intensidad, como si tu vida y tu cordura dependieran de ello, porque, de hecho, lo hacen.

Lleva adelante estas siete prácticas no para tu propio beneficio solamente, sino para el beneficio de todos. Ama y sirve a la vida en sus infinitas formas, cuida de nuestro mundo atribulado. Nuestro mundo necesita desesperadamente que lo sanen, pero está en buenas manos: las tuyas. Las de todos nosotros.

La canción de los tilos - Fabiana Fondevila

La canción de los tilos

El aire de noviembre es una invitación abierta. Primero los jacarandás y su fulgor violeta; después la fiesta blanca de los jazmines; tras caer el sol, las damas de la noche endulzando la penumbra; y ahora, cual regalo tardío, los tilos. No importa que sepamos que están, que ya vienen, que en cualquier momento estallan sus racimos en flor: caminar por Buenos Aires perfumada de tilo siempre es una sorpresa.

Como la banda sonora en las películas, la tonalidad del aire por estos días tiñe todo lo que acontece. Por momentos uno olvida y hace su vida como si no existieran, como si no importaran. Pero ellos no se olvidan de nosotros, su influjo sutil pinta nuestros gestos y nos invita, una y otra vez, a salir de la cerrazón de nuestras cabezas y volver a habitar la tierra.

Quizás ellos lo sepan: hay un parentesco íntimo entre el alma y la naturaleza. Si el alma es aquel principio primario que guía y anima la vida de un individuo, su esencia irreductible, el lugar donde esa esencia se despliega y reconoce es en el universo natural; su espejo. Los pueblos primitivos de todas partes del planeta honraron este vínculo, sabiéndose parte indisoluble del entorno que los nutría, y al cual nunca dejaban de rendirle tributo.

Los indios de las praderas norteamericanas, por ejemplo, iniciaban sus ceremonias honrando con su pipa a las cuatro direcciones, luego al cielo sobre ellos y a la tierra bajo sus pies. De esa manera se colocaban, simbólicamente, en el centro del universo, y se sabían acompañados por los poderes del mundo.

Entre los mapuches (gente de la tierra) de nuestra Patagonia, la espiritualidad no se vivía en templos ni en construcciones: alcanzaba con un claro en la espesura y un baile ritual que lo purificara; era sólo a través del contacto con la naturaleza que se accedía a lo sagrado.

En África central, los Bambuti (mal llamados pigmeos), descriptos por los antiguos egipcios como “la gente de los árboles”, tienen una única palabra –Ndura– para nombrar al bosque, a la familia y al mundo.

Aunque hoy vivamos en ciudades, mayormente disociados de estos lazos invisibles, una parte más antigua y primitiva de nuestra psiquis aun los recuerda; sabe que los árboles y las plantas, las libélulas y los cascarudos, los vientos y los relámpagos nos constituyen y nos animan. Que no hay forma de cercenar ese vínculo porque lo llevamos impreso bajo la piel, y que todas nuestras creaciones no son más que una continuidad de esos asombros, arquetipos y esplendores (tomando prestado de Borges cierta descripción del paraíso).

Es a esa alma antigua que le hablan, cada noviembre, los tilos en flor. Podremos seguir con nuestras vidas, podremos olvidarnos de cosechar y beber sus aromas, de echarnos bajo su sombra y rendirles tributo, de registrarlos siquiera.

Por lo bajo y en silencio, nuestra alma festeja.

Reflexiones al final del camino - Fabiana Fondevila

Reflexiones al final del camino

Nadie se lamenta de no haber trabajado más. Nadie pena por no haber sido importante, famoso, millonario. Nadie se culpa por no haber ganado a la lotería, llegado antes a jefe, conquistado a más mujeres. En efecto, nada de esto escuchó Bronnie Ware, una enfermera australiana que acompañó durante años a pacientes moribundos, al recibir las confesiones de aquellos que partían.

Sorprendida por escuchar una y otra vez las mismas reflexiones, los mismos pesares, los mismos arrepentimientos, Bronnie registró estos intercambios en su blog, llamado Inspiration and Chai. Fue tan amplia la repercusión que al tiempo amplió el material y lo consignó a un libro, “Los cinco motivos principales de arrepentimiento de los moribundos”.

Ware habla de la sorprendente claridad de visión que aparece cuando las personas se acercan al final de sus vidas. “Al preguntarles si había algo que hubieran querido hecho diferente, algo de lo que se lamentaran, los mismos temas aparecían una y otra vez”, dice Bronnie.

Aquí, los motivos de arrepentimiento más frecuentes de todos:

1. Ojalá hubiera tenido el coraje de vivir la vida que yo quería, y no la que otros esperaban de mí. Dice Bronnie: “Esto fue lo que más escuché. Cuando las personas ven que su vida se termina, y miran hacia atrás, toman conciencia rápidamente de todos los sueños que quedaron truncos. La mayoría de las personas no honran ni la mitad de sus sueños, y cuando tienen que despedirse se dan cuenta de que este desenlace fue a causa de las decisiones que tomaron, o no tomaron. La salud brinda un grado de libertad de la que pocos se percatan, hasta que la pierden”.

2. Quisiera no haber trabajado tanto. “Esto lo escuché de casi todos los pacientes hombres. Lamentan haberse perdido la infancia de sus hijos y la compañía de sus esposas. Algunas mujeres también, pero por pertenecer a una generación mayor, la mayoría no había trabajado tanto fuera del hogar. Todos los hombres se arrepentían de haber entregado una porción tan grande de sus vidas a sus trabajos.”

3. Me hubiera gustado tener el coraje de expresar mis sentimientos. “Muchas personas suprimieron sus sentimientos para mantener la paz con otros. Por esta causa vivieron vidas mediocres y nunca se convirtieron en quienes podrían haber sido. Muchas de las enfermedades que padecieron parecían vinculadas a esta fuente de amargura”, conjetura la enfermera.

4. Ojalá hubiese mantenido el contacto con mis viejos amigos. “Muchas veces no se daban cuenta del valor de sus amistades hasta el momento de morir, y no siempre era posible encontrarlos para ponerlos en contacto una vez más. Muchos se habían ocupado tanto con sus vidas diarias que habían dejado que valiosas amistades languidecieran. Había mucho arrepentimiento por no haber otorgado a estos vínculos el tiempo y el esfuerzo que merecían. Al momento de morir, todo el mundo extraña a sus amigos.”

5. Lamento no haberme permitido ser más feliz. “Otro arrepentimiento asombrosamente frecuente”, señala Ware. “Muchos no cobraban conciencia hasta el final de que la felicidad es una elección. Se habían quedado atados a viejos hábitos y patrones por no salirse de su zona de confort. Por temor al cambio se habían engañado a sí mismos, y a los demás, diciéndose que estaban bien así, cuando en el fondo ansiaban reírse más, disfrutar y recuperar el placer de estar vivos.”

No todos podrán trabajar menos o transformar sus vidas radicalmente, pero estas postales del futuro tienen al menos una gran virtud: señalan los caminos equívocos, los falsas soluciones, los espejismos. Y nos recuerdan que a cada paso estamos eligiendo, no sólo cómo vivir sino, incluso, cómo morir.

¿Qué podemos hacer -hoy, mañana, siempre- para que el día que nos toque partir lo hagamos sin dudas ni cuentas pendientes, y dando las gracias?

Un lugar en el mundo por Fabiana Fondevila

Un lugar en el mundo

“Topofilia” significa amor por un determinado lugar. Generalmente, el lugar donde uno nació y se crió, pero también puede sentirse por algún espacio o paisaje que apenas se conoce, y que nos conmueve por su belleza o la emoción que despierta misteriosamente en nosotros.

Para los antiguos, hubiese resultado un concepto innecesario y redundante. ¿Cómo podría uno no sentir amor por el propio terruño? Todos los pueblos originarios conciben al lugar que los vio nacer como parte de su círculo más íntimo de pertenencia. Los Mambuti, del Congo, por ejemplo, tienen un solo nombre –“Ndura”- para aludir al bosque, al clan y a la familia. El cacique Seattle, de la etnia Suquamish, dijo en su recordado discurso (en su versión auténtica y original): “Cada parte de esta tierra es sagrada el corazón de mi pueblo. Cada colina, cada valle, cada pastura y cada surco, ha sido santificado por algún hecho triste o feliz en días remotos. Hasta las rocas, que parecen yacer mudas y muertas bajo el sol, en la costa silenciosa, se estremecen con el recuerdo de sucesos conmovedores en las vidas de mi gente.”

Para el habitante de la ciudad, puede ser difícil acercarse a este nivel de conexión, cuando el paisaje a su alrededor cambia constantemente. Donde antes hubo una panadería de barrio hoy hay un garage, donde antes vivió la vecina de toda la vida, en su casa con zaguán, hoy irrumpe un edificio de hormigón y vidrio. Puede que queden pocos hitos en pie de la topografía que conocimos y amamos de niños.

Pero aun así, el amor el lugar persiste y busca sus anclajes. Quizás la plaza, renovada pero con los recuerdos intactos, esa esquina en la que mordimos el polvo en nuestra primera vuelta en bicicleta, aquel gomero bajo cuya sombra transcurrió el primer beso.

Es triste perder el primer paisaje, pero más triste aun es no sentirse parte de lugar alguno. A veces el desarraigo se debe simplemente a un exceso de movilidad, pero más a menudo responde a un fenómeno penoso, propio de nuestros días: la amenaza de la inseguridad, que nos arranca los pies del suelo y nos deja desconectados y ajenos, recluidos en nuestros hogares como islas en un océano hostil.

Este flagelo se suma a una cosmovisión heredada de la Revolución Industrial, que nos lleva a vincularnos con los espacios que habitamos de manera automática, circunstancial y utilitaria. De esta cosmovisión nace el concepto de “no lugar”, acuñado por el antropólogo francés Marc Augé, que alude a puntos neurálgicos de la modernidad como los shoppings, los hoteles, los supermercados y los aeropertos, que de tanta transitoriedad casi no pueden considerarse sitios en un sentido verdadero.

Pero apelo entonces a una frase del poeta ecologista Wendell Berry, que forma parte de una bella poesía: “No hay lugares profanos. Solo hay lugares sagrados, lugares profanados”. ¿Será que los shoppings y los aeropuertos son simplemente eso, lugares que profanamos diariamente con nuestra indiferencia? ¿Podrían, entonces, ser distintos, si osasemos mirarlos de manera diferente, como parte indispensable de nuestras idas y venidas por el mundo? ¿Como escenarios -como sin duda lo son- de nuestras alegrías, zozobras y tristezas? ¿Será que, vistos así, demostrarían estar llenos de vida, como las piedras mudas del cacique Seattle? ¿Es posible que lugar alguno en la tierra quede separado de la vida, si no es demanera ilusoria y superficial?

Lo cierto es que la historia milenaria de la especie no se borra tan fácilmente, y donde sea que nos encontremos, algo en nosotros pide recuperar una forma distinta de convivir con el mundo. Y una parte poderosa del llamado nos pide, además, que vayamos más allá de los pisos de mármol o concreto, a recuperar el suelo verdadero, aun cuando apenas lo divisemos de tanto en tanto en alguna fisura de la vereda.

La topofilia abarca el amor por una cultura específica, pero, en sus raíces, es una atracción de naturaleza biológica. Aun los nacidos y criados en el cemento somos hijos del barro (y, más atrás, del polvo de estrellas), y ahí late nuestra filiación más profunda.

Lo recordamos cada vez que, por equivocación o por milagro, volvemos a meter manos en la tierra, y nuestras células despiertan de su largo letargo. El aroma del humus, la vida que cava surcos visibles e invisibles en el polvo, la nutrición subterránea de todos nosotros sale a nuestro encuentro en una sola bocanada, y de golpe sabemos bien quiénes somos, y a dónde pertenecemos.

Ya en el siglo pasado dijo el escritor D. H. Lawrence, con tono sombrío: “Desde un punto de vista vital, la raza humana está muriendo. Es como un gran árbol desgajado de la tierra, con sus raíces en el aire. Debemos volver a plantarnos en el universo”.

Quizás el camino de vuelta sea más sencillo de lo que pensamos. Quizás no haga falta que nos vayamos a vivir al campo o a los pocos espacios naturales que aún permanecen. Quizás alcance con recordar que todos somos indígenas de este, nuestro único planeta, que el lugar donde vivimos –sea el primero, el cuatro o el undécimo- es nuestro por fuerza del amor que nos despierta, si así lo permitimos. Que no hay inseguridad ni utilitarismo ni espacio profanado que pueda borrar nuestras huellas de la tierra ni separar nuestros ojos del cielo. Que por más cosmopolitas y ciudadanos del mundo que nos sintamos, somos siempre, al final del día, lugareños.

Después de todo, lo sabemos, siempre se vuelve al primer amor.

Fabiana Fondevila