Siete prácticas esenciales

¿Existen prácticas espirituales que excedan los dogmas de las diversas religiones por su sabiduría intrínseca y su eficacia para forjar una buena vida? Roger Walsh, ilustre profesor de Psiquiatría, Filosofía y Antropología australiano, está convencido de que sí, y escribió un libro para compartirlas.

Walsh se ha dedicado durante décadas a investigar los efectos de la meditación sobre la salud física, mental y espiritual, y también a explorar la vinculación entre los estados ampliados de conciencia (creados por diversas prácticas) con la naturaleza de las experiencias místicas.

En su libro “Espiritualidad esencial”, con prólogo del Dalai Lama, Walsh da cuenta de siete prácticas centrales a todas las tradiciones de sabiduría que promueven el despertar y la apertura del corazón, y procuran, lisa y llanamente, una buena vida. Recomiendo la lectura del libro, que es un tesoro de sabiduría en sí mismo. Aquí, lo esencial de estas siete prácticas esenciales.

1. Transformar la propia motivación. Reducir las ansias y hallar el verdadero deseo del alma.

“Para vivir un mito mayor, uno debe abandonar la historia más pequeña”, dice Walsh. ¿Qué significa esto? Que, al principio del camino, el crecimiento espiritual se presenta como un sacrificio. Sólo después, con el tiempo y el progreso en las prácticas, se hace evidente que el verdadero sacrificio era continuar con la vida anterior, pequeña y constreñida.

La meta, a la larga, es entender que ninguna sensación ni posesión externa puede proveernos satisfacción duradera. De hecho, todo elemento externo que nos tranquiliza y calma nuestros deseos pasajeros nos distrae de aquello que importa. Ante esto, hay dos actitudes posibles: 1. satisfacer esas ansias (comiendo, consumiendo, comprando), pasarnos la vida buscando nuevas formas de anestesiarnos, generándonos nuevas ansiedades y codicias, o, 2. cambiar nuestra mente. Esto significa: soltar las ansias cuando aparecen y apuntar le mente hacia una satisfacción genuina y perdurable. La infelicidad, dice Walsh, rescatando un precepto clave del budismo, es la diferencia entre lo que ansiamos y lo que tenemos. Si soltamos el ansia, ese abismo desaparece. Así lo decía Gandhi: “Renuncia y alégrate”.

Pero no se trata del sacrificio por el sacrificio mismo, y aquí viene lo interesante: cuando la mente ya no se siente tironeada por las ansias en perpetua fluctuación, siente nacer de sus profundidades un deseo más maduro: por ejemplo, la añoranza por la belleza y el altruismo, por la verdad y la justicia. Las tradiciones se han referido a esta clase de deseo como “el anhelo de lo bueno, lo bello y lo verdadero”.

Estas cualidades nos revelan nuestra verdadera naturaleza y nos llaman a la trascendencia. Frente a ellas, deseos mundanos como la fama y el reconocimiento se muestran pequeños e ilusorios. Lo que buscamos, en última instancia, no es la satisfacción de un deseo puntual sino acceder a la fuente que los colma a todos: la iluminación.

Sin embargo, cada uno deberá llegar a su manera. Y ahí los senderos se bifurcan: algunos se acercarán de la mano del arte, la música, la poesía; para otros, el canal será la naturaleza. Lo cierto es que, a medida que avancemos en el camino, el esfuerzo se irá haciendo más liviano, hasta casi desaparecer. Y entonces, en lugar de perseguir nuestra dicha, nos dedicaremos, cada vez más, a expresarla. El buscador se habrá convertido en iniciado. En otras palabras, en sabio.

2. Cultivar la sabiduría emocional. Sanar el corazón y aprender a amar.

Lo que sea que sintamos es lo que vemos a nuestro alrededor. Cuando lo que sentimos es amor, vemos un mundo que añora dar y recibir amor.

Las emociones van y vienen, pero un único sentimiento ha sido elogiado y valorado por los siglos de los siglos, por todas las religiones por igual: el amor. De hecho, la idea del amor ha dejado una impronta más indeleble en nuestra cultura que ningún otro concepto o noción. Es la fuerza más potente del universo, aquella que mantiene, dirige e informa a cada ser viviente.

Pero, ¿cómo y dónde se encuentra el amor? No se encuentra fuera de uno, ni tampoco en personas especiales, dice Walsh. No se encuentra cuando se lo busca motivado por el temor y una sensación de inadecuación, como buscando algo que a uno lo complete. Buscarlo con estos motivos trae una serie de problemas y distorsiones. El amor maduro, por el contrario, se basa en la auto-suficiencia y la integridad.

Virtualmente todas las religiones ponen al amor en primer lugar: el Islam y el cristianismo lo destacan como valor primigenio, el judaísmo exhorta: “Ama a Dios con todo tu corazón, tu alma y tu luz, y ama a tu prójimo como a ti mismo.” Jesús lo lleva aun más lejos y dice “Ama incluso a tus enemigos”. Y el hinduismo enfatiza: “Ama a todas las criaturas”. (El budismo habla del amor en forma indirecta, ya que hace foco en la iluminación)

¿Cómo es ese amor magnánimo del que hablan los grandes profetas? Es incondicional, es infinito, no busca recibir tanto como dar, y está siempre con nosotros, oculto, incluso, detrás de emociones como el enojo, los celos y el egoísmo.

Pero esas emociones existen y deben ser manejadas. Según Walsh, la forma nunca es negarlas, reprimirlas ni entrar en conflicto con ellas. Más bien, la sabiduría está en reconocerlas como una parte natural de la vida. Ni alimentarlas ni incentivarlas, sino explorarlas con compasión, equilibrándolas con ecuanimidad y aprendiendo de ellas.

Las prácticas espirituales ayudan significativamente a expandir y profundizar el amor, ampliando su espectro. En sus niveles más altos, el amor se revela, más que como una simple emoción, como la naturaleza última de la realidad. De este amor extático y existencial casi no dan cuenta las palabras. Pero, según los sabios de todos los tiempos, una vez que ocurre, es inconfundible.

“Enloquece de amor”, instruyó a sus discípulos el maestro hindú Ramanakrishna. Y no hablaba de un flechazo romántico.

3. Vivir éticamente. Sentirse bien al hacer el bien.

Mahatma Gandhi comenzó su carrera como un abogado tímido y circunspecto, pero su carácter dio un vuelco al vivir y trabajar en Sudáfrica y entrar en contacto con la realidad del racismo. Volvió a su país decidido a trabajar por la justicia social. Podría haberse convertido en un hombre iracundo y resentido; en cambio, se transformó en un apóstol de la paz. Inició una revolución que unió valores espirituales con reclamos sociales. En lugar de ver a sus oponentes como enemigos inhumanos, los vio como potenciales amigos; en vez de insultarlos, su protesta fue ayunar por la paz; en lugar de atacarlos físicamente, buscó inspirarlos moralmente. Con la fuerza de su convicción atrajo a miles de sus compatriotas a un movimiento sin precedentes que derrotó al Imperio Británico, consiguió la independencia de la India e inspiró movimientos similares en otras partes del mundo.

Para las grandes religiones la ética no consiste solo en no dañar, sino en hacer todo lo posible por ayudar. ¿Ayudar a quién? A todos los seres vivientes. Pero, dice Walsh, para poder aspirar a estas cumbres, hay que comenzar por sanar las heridas causadas por las faltas éticas del pasado.

Notaremos que, cuando nos sentamos a meditar, los pensamientos más perturbadores son siempre aquellos que se vinculan con acciones poco éticas, tanto de nuestra parte hacia otros como de otros hacia nosotros. Estos recuerdos mantienen a nuestra mente prisionera con sus residuos psicológicos y espirituales. A veces, uno siente que es su propio carcelero por no poder librarse de estas cargas del pasado. Todas las tradiciones coinciden en que es necesario liberarnos de estas culpas. Pero, ¿cómo hacerlo?

Cada caso requerirá acciones diferentes, por supuesto. Pero las grandes religiones ofrecen algunos lineamientos generales: primero, reparar el daño en la medida de lo posible. Si uno causó dolor, pedir perdón. Si uno robó, devolver o pagar aquello que tomó. Segundo, buscar soluciones en las que todos aprendan de la experiencia. Tercero, si uno ha sido el victimario, evitar ceder a la tentación del contra-ataque.

A veces, dice Walsh, es tentador devolver una afrenta, pero lo único que esto logra es generar un espiral creciente de violencia. Cuarto, relatar lo ocurrido a alguien. Esta simple práctica es tan útil que tiene encarnaciones antiguas como la confesión, y modernas como la psicoterapia y los grupos de auto-ayuda. Quinto, aprender todo lo que se pueda de la experiencia. A veces puede resulta útil una “visualización correctiva”. Primero se recuerda el hecho tal como ocurrió, experimentando nuevamente las sensaciones que la mala acción trajo a la conciencia en el momento. Luego se revive la secuencia, pero eligiendo esta vez un desenlace más alineado con nuestros valores. A veces, esta experiencia puede ayudar a soltar lo hecho, a la vez que se cincela otro curso de acción para ocasiones futuras.

4. Concentrar y calmar la mente.

Como ya dijimos, nuestra mente es infinitamente inquieta. Los budistas la asemejan a un mono que salta locamente de rama en rama. En todo momento estamos fugándonos hacia el futuro, elucubrando planes o fantasías, sumergiéndonos en el pasado con recuerdos gratos o ingratos, reviviendo la pelea de anoche o el logro de la semana anterior. No es de sorprender que lleguemos a la noche mentalmente exhaustos. La psicología occidental reconoce este problema desde hace años. El gran psicólogo William James sostuvo que “una educación que entrenara la atención sería una educación de excelencia”. Freud se refirió a lo mismo por oposición: “El hombre ni siquiera es dueño de su propia mente”.

La psicología occidental, de algún modo, se resignó a entender a la atención como algo ingobernable. Pero las grandes religiones plantean desde hace siglos algo muy diferente: la mente se puede y se debe entrenar, ya que en ello se asienta toda posibilidad de paz.

Un discípulo preguntó al gran sabio hindú Ramana Maharshi: “¿Qué se interpone en mi camino hacia Dios?”. “Tu mente fluctuante”, respondió el maestro. El Dalai Lama lo llevó aún más lejos y proclamó: “En su mejor aspecto, la religión es una herramienta para ayudar a entrenar la mente”. En palabras de Buda: “Una mente no entrenada te hace mayor mal que aquellos que te odian. Una mente entrenada te hace mayor bien que aquellos que te aman.”

¿Por qué es tan crucial entrenar la mente? Por un lado, si podemos controlar la atención, podemos concentrarnos en evocar cualidades deseables como el amor y la alegría. Y por otro, lo que ponemos en nuestras mentes es tan importante como lo que ponemos en nuestras bocas. O sea, nuestra dieta mental afecta nuestra salud mental. Ya lo dijo San Pablo: “Lo que es verdadero, lo que es honorable, lo que es justo, lo que es elogiable; piensa sobre estas cosas.” Aquello en lo que nos concentramos en aquello en lo que nos convertimos.

Muchas personas piensan que la meditación y la contemplación son prácticas propias de las religiones orientales. E incluso algunos sectores conservadores del cristianismo y el judaísmo han rechazado estas prácticas con frases como “Una mente ociosa es el taller del diablo”. Pero hay una enorme diferencia entre la vagancia y la paz. La realidad es que la meditación ha sido una práctica crucial de las tradiciones cristiana y judía, y de la mayoría de los linajes.
La meditación y otras prácticas de concentración comparten dos elementos esenciales: 1. Se elige un objeto para ser el foco de la atención (una imagen, una palabra, un rezo). 2. Cuando la atención se distrae de este objeto, se la trae suavemente de vuelta, una y otra vez. Este es el corazón del método. Con la práctica, la mente se aquieta y es capaz de permanecer enfocada por más tiempo. Lo más importante es disponer de un tiempo todos los días para meditar, y establecerlo como parte de la rutina diaria.

Los estratos más altos de la concentración y la calma

A medida que esta capacidad se entrena, se llega progresivamente a lo que los cristianos han llamado “la paz que supera el entendimiento”, que es un umbral a lo sagrado; una mente en paz y no perturbada se abre naturalmente hacia su fuente. Este es uno de los descubrimientos más antiguos e importantes de la humanidad: una mente tranquila está en estado perfecto para la iluminación. Dice el Rig Veda, un texto sagrado hindú de más de 3.000 años de antigüedad: “Traigamos a la mente a descansar en la gloria de la verdad divina”. Este es también el propósito del yoga, disciplina que busca controlar el cuerpo, la mente y la respiración con el fin de llevar a la mente hacia el silencio.

Al perfeccionar esta habilidad, crece también la bondad y se abre el corazón. El fin último es la práctica continua, en la que todas las actividades son una oportunidad para el despertar. La mente se transforma en un perfecto espejo para el mundo, y nace así la visión de lo sagrado.

5. Despertar la visión espiritual. Ver claramente y reconocer lo sagrado en todo.

“No vemos las cosas como son, sino como somos”, dice el Talmud. “Vivimos en semi-inconsciencia, nuestra visión espiritual está dormida”, dice Buda. En otras palabras, vamos por la vida en un un estado de semi-sonambulismo.

Sabemos que lo que nos da cada momento depende de la atención que le brindemos. Si la concentración nos permite dirigir la atención al momento, la presencia –o “mindfulness”- nos permite explorar ese momento en profundidad. Estar presentes a nuestras vivencias tiene un sinfín de beneficios: mejora nuestras relaciones, el mundo en el que vivimos, nuestras propias mentes. ¿Cómo mejora nuestras relaciones? Al estar más presentes a los demás advertimos su tono de voz, sus gestos, sus señales, logramos desarrollar con ellos una genuina empatía.

La presencia también nos permite registrar al mundo sensorialmente. A diferencia de lo que suele pensarse, la espiritualidad no se opone al disfrute de lo sensorial, sino apenas al apego a los placeres sensoriales, ya que toda forma apego causa sufrimiento. En cambio, las tradiciones llaman por igual a vivir cada momento con la percepción y los sentidos vivos y despiertos. Así, el cristianismo elogia “el sacramento del momento presente” y lo sufíes sostienen que “el mejor acto de reverencia es observar el momento”.

Ese habitar el momento nos permite responder con conciencia a las cosas que ocurren, en lugar de reaccionar impulsivamente. El mindfulness también favorece nuestra salud: reduce la presión arterial, el asma, el dolor crónico y las afecciones psicosomáticas. Y numerosos estudios confirman también que mejora el funcionamiento psicológico.

En sus estratos más altos, la facultad de la presencia nos permite apreciar lo sagrado en nosotros mismos y en todo lo que nos rodea. Cuando esto ocurre, aprendemos a ver “con el ojo del alma”. Al principio esto se produce sólo por instantes, como vislumbres de gran belleza que no permanecen. Pero con el tiempo esa capacidad se refina y nuestra mirada se asienta en ese lugar más alto, transformando todo lo mundano en una oportunidad para el disfrute espiritual.

6. Cultivar la inteligencia espiritual. Desarrollar la sabiduría y comprender la vida.

En la vida moderna estamos saturados de información, pero la sabiduría escasea. Todas las religiones han postulado a la sabiduría como uno de los más altos valores. ¿Qué es, exactamente, la sabiduría?

Al hablar de sabiduría nos referimos a una comprensión profunda de los temas centrales de la vida, especialmente los existenciales (el sentido de vivir, el desafío de armar relaciones, de aceptar por momentos la soledad, de reconocer nuestra pequeñez ante la vastedad del universo, de convivir con la incertidumbre y a la vez con la certeza de la muerte, la enfermedad y el sufrimiento). Una persona que logra un profundo conocimiento sobre estos temas, y además demuestra una facilidad para vincularse con ellos en forma práctica, es verdaderamente sabio.

Desde los antiguos griegos, se ha considerado que la sabiduría contiene estos dos aspectos: el visionario o de comprensión, y el aspecto práctico.

Pero, ¿a dónde acude uno en busca de sabiduría? No a la universidad, donde prima la información, ni, ciertamente, a los líderes políticos. Se acude, más bien, a las grandes tradiciones, las que han acumulado el conocimiento de los sabios por los siglos de los siglos. A la larga, sin embargo, hallamos sabiduría en cada persona o situación que somos capaces de experimentar con una mente abierta e inquisitiva. Aun pudiendo aprender sabiduría de todas las cosas, no obstante, las tradiciones recomiendan cinco fuentes privilegiadas: la naturaleza, el silencio y la soledad, las personas sabias, nosotros mismos, y el reflexionar sobre la naturaleza de la vida y la muerte.

¿Y quiénes vendrían a ser los sabios? Obviamente los fundadores de las grandes religiones como Buda, Lao Tsé, Confucio, Jesús, Mahoma. También los profetas y discípulos que se dedicaron a transmitir sus enseñanzas. Pero no debemos quedarnos anclados en el pasado; la sabiduría no se ha extinguido con el paso de los siglos. De hecho, el siglo XX produjo muchas personas compasivas y sabias; la mayoría de ellas desconocidas, y otras, como Gandhi, la Madre Teresa y el Dalai Lama, figuras mundialmente reconocidas.

Pero no sólo se aprende de los iluminados: una persona que está apenas unos pasos más adelante en nuestra búsqueda puede, también, servirnos de inspiración. Estas amistades, nacidas de un amor común por lo sagrado, pueden ser únicas en su profundidad, y servirnos para avanzar en el camino. Dijo Buda: “Halla amigos que amen la verdad”.

Algunos ejercicios que ayudan a procurarnos sabiduría:

  • 1. Pasar tiempo en silencio y soledad. Si hay una pregunta que te inquieta o preocupa, puedes enfocar la mente en ella en esos momentos. También puedes leer o rezar. Pero lo mejor es pasar ese tiempo en contemplación serena y sosegada.
  • 2. Lectura de textos sagrados. El padre Thomas Keating recomendaba leerlos “deteniéndote a saborear cada palabra, buscando inspiración más que información”. Luego, detente a ver qué ideas y pensamientos estos textos evocan en ti.
  • 3. Reconoce a tus maestros. Haz una lista de todas las personas que te han enseñado. Escribe sus nombres, las cualidades que los hacen especiales y qué te han enseñado; menciona también qué cualidades en ti te hicieron receptivo a sus enseñanzas. La lista puede incluir a niños, amigos, familiares, incluso a tus adversarios. Siente la gratitud de haber recibido sus dones de sabiduría.
  • 4. Disfruta de la compañía de los sabios. ¿Qué personas que conoces personalmente consideras sabias, o se muestran siempre deseosas de aprender? Piensa de qué manera podrías ofrecerles tus servicios o pasar más tiempo con ellos, quizás en un grupo de estudio.
  • 5. Descubre tu filosofía de vida. Gandhi describió su filosofía de vida en tres palabras (“Renuncia, y alégrate”). ¿Con qué tres palabras podrías describir la tuya? Medita y espera a que las palabras vengan.
  • 6. Pide ayuda a tu sabio interior. Con los ojos cerrados y en estado meditativo, invoca un ser que emane compasión y sabiduría. Puede ser una figura histórica, actual o imaginaria. Imagina que se sienta a tu lado, con amor infinito, dispuesto a escucharte. Hazle las preguntas que necesites hacer, y espera su respuesta, sin apurar el proceso. Esta podrá venir en el momento, o más tarde. Agradece su ayuda antes de concluir la meditación.
  • 7. Pasa revista a tu vida. Cada tanto, o cada día si es posible, detente un momento y piensa en la forma en que estás llevando tu vida. El momento ideal para esta práctica es por la noche, antes de irse a dormir. Revisa las acciones día sin juicio ni culpa, apreciando qué acciones procuraron el bien y cuáles podrían no haber sido las más conducentes. Aprecia los aciertos a la vez que revisas los errores.

7. Expresar al espíritu en acción. Abrazar la generosidad y la alegría del servicio.

Ya lo dijeron Jesús y Mahoma: es más sagrado dar que recibir. Pero no siempre damos con alegría. ¿Por qué es así esto? ¿Por qué a veces vivimos el dar como un sacrificio? Ocurre que, así como llevar una vida ética es un aprendizaje, también se cultiva la virtud de dar con el corazón abierto. Se cultiva, principalmente, ejerciendo estas siete prácticas, que fortalecen la gratitud, el amor y la generosidad.

Las grandes religiones sugieren que la capacidad de dar se desarrolla en tres etapas 1. el dar tentativo, con ambivalencia y temor de extrañar más tarde lo que se entrega. 2. El dar fraterno, en el que uno comparte alegremente sus pertenencias con otros, motivados por la gracia de hacerlos felices. 3. Dar como un rey. En este estadío nos nace dar lo mejor que tenemos, porque la felicidad de los otros nos da tanto o más placer que la propia. En este nivel del dar el servicio se ha convertido en un privilegio y un placer, una práctica espiritual en sí misma.

La psicología ha comprobado que las personas generosas son más felices y saludables que las más avaras. Los primeros experimentan la así llamada “elevación del que ayuda”, el placer provocado por dar placer a otros. Este fenómeno, que también han bautizado “la paradoja del placer”, se explica porque, al dar de nosotros, aflojamos nuestro apego a emociones negativas como la avaricia, el egoísmo y los celos, fortaleciendo otras más positivas.

Hay un “secreto” bien guardado en el servicio, y es este: está bien disfrutarlo. Cuando uno disfruta del acto de dar, entrega más que lo que entrega; entrega, también, su propia felicidad. Nadie quiere ser asistido por alguien enojado o resentido. Para lograr esta alegría y esa apertura, lo primero es descubrir cuál es la forma en que a uno le gustaría servir. A menudo, esto coincide con los talentos que uno tiene para contribuir. Hay que darse tiempo para experimentar con distintas formas de servicio, hasta encontrar la propia. Dice la sabiduría judía: “Es importante empezar con uno, pero no terminar con uno.”

Los estratos más altos de la generosidad

Años atrás, cuenta Walsh, un joven se hallaba tan deprimido, que hasta pensó en tomarse la vida. ¿Qué podría hacer que la vida valiera la pena? En su peor momento, le vino la respuesta como un relámpago: viviría para descubrir cuánto bien era capaz de hacer un hombre en su vida. Este hombre se llamó Buckminster Fuller y vivió sesenta años más, durante los cuales patentó 2.000 inventos, escribió 25.000 libros y pasó a ser conocido como uno de los pensadores más grandes de su época. La respuesta a la pregunta que se hizo esa noche oscura resultó ser: mucho.

Los sabios han jugado a este juego por años: contribuir al mundo, y despertar. Despertar, y contribuir al mundo. Es el juego más grande que puede jugar el ser humano, el que más sentido y valor aporta a nuestras vidas. Los místicos modernos avalan esta verdad milenaria y aconsejan: juega ese juego con intensidad, como si tu vida y tu cordura dependieran de ello, porque, de hecho, lo hacen.

Lleva adelante estas siete prácticas no para tu propio beneficio solamente, sino para el beneficio de todos. Ama y sirve a la vida en sus infinitas formas, cuida de nuestro mundo atribulado. Nuestro mundo necesita desesperadamente que lo sanen, pero está en buenas manos: las tuyas. Las de todos nosotros.

La canción de los tilos - Fabiana Fondevila

La canción de los tilos

El aire de noviembre es una invitación abierta. Primero los jacarandás y su fulgor violeta; después la fiesta blanca de los jazmines; tras caer el sol, las damas de la noche endulzando la penumbra; y ahora, cual regalo tardío, los tilos. No importa que sepamos que están, que ya vienen, que en cualquier momento estallan sus racimos en flor: caminar por Buenos Aires perfumada de tilo siempre es una sorpresa.

Como la banda sonora en las películas, la tonalidad del aire por estos días tiñe todo lo que acontece. Por momentos uno olvida y hace su vida como si no existieran, como si no importaran. Pero ellos no se olvidan de nosotros, su influjo sutil pinta nuestros gestos y nos invita, una y otra vez, a salir de la cerrazón de nuestras cabezas y volver a habitar la tierra.

Quizás ellos lo sepan: hay un parentesco íntimo entre el alma y la naturaleza. Si el alma es aquel principio primario que guía y anima la vida de un individuo, su esencia irreductible, el lugar donde esa esencia se despliega y reconoce es en el universo natural; su espejo. Los pueblos primitivos de todas partes del planeta honraron este vínculo, sabiéndose parte indisoluble del entorno que los nutría, y al cual nunca dejaban de rendirle tributo.

Los indios de las praderas norteamericanas, por ejemplo, iniciaban sus ceremonias honrando con su pipa a las cuatro direcciones, luego al cielo sobre ellos y a la tierra bajo sus pies. De esa manera se colocaban, simbólicamente, en el centro del universo, y se sabían acompañados por los poderes del mundo.

Entre los mapuches (gente de la tierra) de nuestra Patagonia, la espiritualidad no se vivía en templos ni en construcciones: alcanzaba con un claro en la espesura y un baile ritual que lo purificara; era sólo a través del contacto con la naturaleza que se accedía a lo sagrado.

En África central, los Bambuti (mal llamados pigmeos), descriptos por los antiguos egipcios como “la gente de los árboles”, tienen una única palabra –Ndura– para nombrar al bosque, a la familia y al mundo.

Aunque hoy vivamos en ciudades, mayormente disociados de estos lazos invisibles, una parte más antigua y primitiva de nuestra psiquis aun los recuerda; sabe que los árboles y las plantas, las libélulas y los cascarudos, los vientos y los relámpagos nos constituyen y nos animan. Que no hay forma de cercenar ese vínculo porque lo llevamos impreso bajo la piel, y que todas nuestras creaciones no son más que una continuidad de esos asombros, arquetipos y esplendores (tomando prestado de Borges cierta descripción del paraíso).

Es a esa alma antigua que le hablan, cada noviembre, los tilos en flor. Podremos seguir con nuestras vidas, podremos olvidarnos de cosechar y beber sus aromas, de echarnos bajo su sombra y rendirles tributo, de registrarlos siquiera.

Por lo bajo y en silencio, nuestra alma festeja.

Reflexiones al final del camino - Fabiana Fondevila

Reflexiones al final del camino

Nadie se lamenta de no haber trabajado más. Nadie pena por no haber sido importante, famoso, millonario. Nadie se culpa por no haber ganado a la lotería, llegado antes a jefe, conquistado a más mujeres. En efecto, nada de esto escuchó Bronnie Ware, una enfermera australiana que acompañó durante años a pacientes moribundos, al recibir las confesiones de aquellos que partían.

Sorprendida por escuchar una y otra vez las mismas reflexiones, los mismos pesares, los mismos arrepentimientos, Bronnie registró estos intercambios en su blog, llamado Inspiration and Chai. Fue tan amplia la repercusión que al tiempo amplió el material y lo consignó a un libro, “Los cinco motivos principales de arrepentimiento de los moribundos”.

Ware habla de la sorprendente claridad de visión que aparece cuando las personas se acercan al final de sus vidas. “Al preguntarles si había algo que hubieran querido hecho diferente, algo de lo que se lamentaran, los mismos temas aparecían una y otra vez”, dice Bronnie.

Aquí, los motivos de arrepentimiento más frecuentes de todos:

1. Ojalá hubiera tenido el coraje de vivir la vida que yo quería, y no la que otros esperaban de mí. Dice Bronnie: “Esto fue lo que más escuché. Cuando las personas ven que su vida se termina, y miran hacia atrás, toman conciencia rápidamente de todos los sueños que quedaron truncos. La mayoría de las personas no honran ni la mitad de sus sueños, y cuando tienen que despedirse se dan cuenta de que este desenlace fue a causa de las decisiones que tomaron, o no tomaron. La salud brinda un grado de libertad de la que pocos se percatan, hasta que la pierden”.

2. Quisiera no haber trabajado tanto. “Esto lo escuché de casi todos los pacientes hombres. Lamentan haberse perdido la infancia de sus hijos y la compañía de sus esposas. Algunas mujeres también, pero por pertenecer a una generación mayor, la mayoría no había trabajado tanto fuera del hogar. Todos los hombres se arrepentían de haber entregado una porción tan grande de sus vidas a sus trabajos.”

3. Me hubiera gustado tener el coraje de expresar mis sentimientos. “Muchas personas suprimieron sus sentimientos para mantener la paz con otros. Por esta causa vivieron vidas mediocres y nunca se convirtieron en quienes podrían haber sido. Muchas de las enfermedades que padecieron parecían vinculadas a esta fuente de amargura”, conjetura la enfermera.

4. Ojalá hubiese mantenido el contacto con mis viejos amigos. “Muchas veces no se daban cuenta del valor de sus amistades hasta el momento de morir, y no siempre era posible encontrarlos para ponerlos en contacto una vez más. Muchos se habían ocupado tanto con sus vidas diarias que habían dejado que valiosas amistades languidecieran. Había mucho arrepentimiento por no haber otorgado a estos vínculos el tiempo y el esfuerzo que merecían. Al momento de morir, todo el mundo extraña a sus amigos.”

5. Lamento no haberme permitido ser más feliz. “Otro arrepentimiento asombrosamente frecuente”, señala Ware. “Muchos no cobraban conciencia hasta el final de que la felicidad es una elección. Se habían quedado atados a viejos hábitos y patrones por no salirse de su zona de confort. Por temor al cambio se habían engañado a sí mismos, y a los demás, diciéndose que estaban bien así, cuando en el fondo ansiaban reírse más, disfrutar y recuperar el placer de estar vivos.”

No todos podrán trabajar menos o transformar sus vidas radicalmente, pero estas postales del futuro tienen al menos una gran virtud: señalan los caminos equívocos, los falsas soluciones, los espejismos. Y nos recuerdan que a cada paso estamos eligiendo, no sólo cómo vivir sino, incluso, cómo morir.

¿Qué podemos hacer -hoy, mañana, siempre- para que el día que nos toque partir lo hagamos sin dudas ni cuentas pendientes, y dando las gracias?

Un lugar en el mundo por Fabiana Fondevila

Un lugar en el mundo

“Topofilia” significa amor por un determinado lugar. Generalmente, el lugar donde uno nació y se crió, pero también puede sentirse por algún espacio o paisaje que apenas se conoce, y que nos conmueve por su belleza o la emoción que despierta misteriosamente en nosotros.

Para los antiguos, hubiese resultado un concepto innecesario y redundante. ¿Cómo podría uno no sentir amor por el propio terruño? Todos los pueblos originarios conciben al lugar que los vio nacer como parte de su círculo más íntimo de pertenencia. Los Mambuti, del Congo, por ejemplo, tienen un solo nombre –“Ndura”- para aludir al bosque, al clan y a la familia. El cacique Seattle, de la etnia Suquamish, dijo en su recordado discurso (en su versión auténtica y original): “Cada parte de esta tierra es sagrada el corazón de mi pueblo. Cada colina, cada valle, cada pastura y cada surco, ha sido santificado por algún hecho triste o feliz en días remotos. Hasta las rocas, que parecen yacer mudas y muertas bajo el sol, en la costa silenciosa, se estremecen con el recuerdo de sucesos conmovedores en las vidas de mi gente.”

Para el habitante de la ciudad, puede ser difícil acercarse a este nivel de conexión, cuando el paisaje a su alrededor cambia constantemente. Donde antes hubo una panadería de barrio hoy hay un garage, donde antes vivió la vecina de toda la vida, en su casa con zaguán, hoy irrumpe un edificio de hormigón y vidrio. Puede que queden pocos hitos en pie de la topografía que conocimos y amamos de niños.

Pero aun así, el amor el lugar persiste y busca sus anclajes. Quizás la plaza, renovada pero con los recuerdos intactos, esa esquina en la que mordimos el polvo en nuestra primera vuelta en bicicleta, aquel gomero bajo cuya sombra transcurrió el primer beso.

Es triste perder el primer paisaje, pero más triste aun es no sentirse parte de lugar alguno. A veces el desarraigo se debe simplemente a un exceso de movilidad, pero más a menudo responde a un fenómeno penoso, propio de nuestros días: la amenaza de la inseguridad, que nos arranca los pies del suelo y nos deja desconectados y ajenos, recluidos en nuestros hogares como islas en un océano hostil.

Este flagelo se suma a una cosmovisión heredada de la Revolución Industrial, que nos lleva a vincularnos con los espacios que habitamos de manera automática, circunstancial y utilitaria. De esta cosmovisión nace el concepto de “no lugar”, acuñado por el antropólogo francés Marc Augé, que alude a puntos neurálgicos de la modernidad como los shoppings, los hoteles, los supermercados y los aeropertos, que de tanta transitoriedad casi no pueden considerarse sitios en un sentido verdadero.

Pero apelo entonces a una frase del poeta ecologista Wendell Berry, que forma parte de una bella poesía: “No hay lugares profanos. Solo hay lugares sagrados, lugares profanados”. ¿Será que los shoppings y los aeropuertos son simplemente eso, lugares que profanamos diariamente con nuestra indiferencia? ¿Podrían, entonces, ser distintos, si osasemos mirarlos de manera diferente, como parte indispensable de nuestras idas y venidas por el mundo? ¿Como escenarios -como sin duda lo son- de nuestras alegrías, zozobras y tristezas? ¿Será que, vistos así, demostrarían estar llenos de vida, como las piedras mudas del cacique Seattle? ¿Es posible que lugar alguno en la tierra quede separado de la vida, si no es demanera ilusoria y superficial?

Lo cierto es que la historia milenaria de la especie no se borra tan fácilmente, y donde sea que nos encontremos, algo en nosotros pide recuperar una forma distinta de convivir con el mundo. Y una parte poderosa del llamado nos pide, además, que vayamos más allá de los pisos de mármol o concreto, a recuperar el suelo verdadero, aun cuando apenas lo divisemos de tanto en tanto en alguna fisura de la vereda.

La topofilia abarca el amor por una cultura específica, pero, en sus raíces, es una atracción de naturaleza biológica. Aun los nacidos y criados en el cemento somos hijos del barro (y, más atrás, del polvo de estrellas), y ahí late nuestra filiación más profunda.

Lo recordamos cada vez que, por equivocación o por milagro, volvemos a meter manos en la tierra, y nuestras células despiertan de su largo letargo. El aroma del humus, la vida que cava surcos visibles e invisibles en el polvo, la nutrición subterránea de todos nosotros sale a nuestro encuentro en una sola bocanada, y de golpe sabemos bien quiénes somos, y a dónde pertenecemos.

Ya en el siglo pasado dijo el escritor D. H. Lawrence, con tono sombrío: “Desde un punto de vista vital, la raza humana está muriendo. Es como un gran árbol desgajado de la tierra, con sus raíces en el aire. Debemos volver a plantarnos en el universo”.

Quizás el camino de vuelta sea más sencillo de lo que pensamos. Quizás no haga falta que nos vayamos a vivir al campo o a los pocos espacios naturales que aún permanecen. Quizás alcance con recordar que todos somos indígenas de este, nuestro único planeta, que el lugar donde vivimos –sea el primero, el cuatro o el undécimo- es nuestro por fuerza del amor que nos despierta, si así lo permitimos. Que no hay inseguridad ni utilitarismo ni espacio profanado que pueda borrar nuestras huellas de la tierra ni separar nuestros ojos del cielo. Que por más cosmopolitas y ciudadanos del mundo que nos sintamos, somos siempre, al final del día, lugareños.

Después de todo, lo sabemos, siempre se vuelve al primer amor.

Fabiana Fondevila

Recibir la noche oscura por Fabiana Fondevila

Recibir la noche oscura

Llega el frío, llega la reclusión, llega la noche oscura. Intelectualmente, quizás sepamos que a partir de hoy -la noche más larga- los días lentamente vuelven a alargarse. Pero en lo inmediato, la vivencia es otra. La temperatura seguirá bajando, hasta ser, por momentos, gélida, los árboles se despojarán de las hojas que les quedan, el paisaje cambiará, invitará a pasar más tiempo adentro, hibernando.

En las ciudades, salvo para aquellos que padecen el frío por sus trabajos o condiciones de vida, es fácil saltearse este rito de pasaje y seguir de largo, como si nada de importancia estuviera ocurriendo. Después de todo, la vida moderna está armada para que así sea: casas calefaccionadas, autos y transporte público, luz artificial en cada calle, ropa antitérmica y abrigo.

Pero ocurre que, aun con toda esta infraestructura, no logramos desentendernos del todo de la matriz que nos creó y nos sigue rondando a cada paso. No fue intrascendente, para nuestros antepasados, la llegada del invierno. Así como otros animales hibernaban o migraban, los primeros seres humanos migraron también, lucharon para resguardarse del frío, descubrieron el fuego y supieron dominarlo, fueron capaces- al fin- de echar luz en la noche oscura. Pero no dejaron de atravesarla, ni de honrarla como parte indivisible de la vida del planeta y de su propia existencia.

¿Es un regalo el frío? ¿Podrá serlo?

En el reino vegetal, no caben dudas: sabemos que las temperaturas bajas favorecen el crecimiento de plantas y frutales, nos dan la dulzura de las manzanas, de los frutos rojos (e incluso de otras frutas que llegan más tarde pero que no maduran sin mediar esos meses gélidos), que árboles y arbustos necesitan la alerta del frío para entrar en hibernación y que solo emergen del largo sueño una vez transcurrido el tiempo necesario a temperaturas suficientemente bajas.

¿Y nosotros? ¿Será que necesitamos, también, un descanso de la sensual euforia veraniega? ¿Será que sentimos, también, el impulso de replegarnos, guardar energías, soltar nuestros cansancios y generar calor con el alimento que comemos y nuestro propio fuego interno?

Si podemos desconectar por un momento de las pantallas y las luces artificiales, sentiremos que la voz tenue del invierno nos llama también, como llama a las semillas, a las hojas, a la savia que desciende, a los animales que cambian de color y refuerzan su pelaje, al pasto que demora su crecimiento y guarda fuerzas para la primavera.

Habremos perdido la brújula de muchos pasajes naturales, habremos desordenado los ciclos con nuestras intervenciones inconscientes, pero no por eso dejamos de ser parte. De a poco, guiados por algunas voces certeras, vamos redescubriendo el antiguo vecindario, la vieja y olvidada familia. Los científicos hablan por primera vez de “biofilia” -el amor por lo vivo- y recurren al término “biomimética” para dar cuenta de que cómo la naturaleza puede, todavía, enseñarnos a resolver nuestros problemas, aun aquellos que creamos por herirla y torcer sus designios.

Aparecen nuevas disciplinas como la ecopsicología, que busca reinsertar la psiquis humana en su entorno natural, del cual nunca se escindió más que en apariencia. Se habla de la “resalvajización” de los ecosistemas, en la que se reponen especies originarias que en nuestra soberbia extirpamos (los lobos de los bosques, las ballenas de los mares), pensando que no haría diferencia, que era una mejora en el estado de cosas.

Queda una frontera aún por conquistar: “resalvajizarnos” a nosotros mismos. Redescubrirnos como parte del paisaje, sabernos tan sujetos a las mareas, los soles y las lunas como cualquier otro integrante del planeta.

“En lo salvaje está la preservación del planeta”, escribió el filósofo y poeta Henry David Thoreau. Suele citarse en forma errónea el comienzo de la frase, y mal traducirse, como “En la naturaleza salvaje está…”. Pero no es eso lo que dijo el gran naturalista –como señala la autora Mary Reynolds Thompson-. Lo que dijo, lo que quiso señalar, es tanto más profundo y atinado: hablaba de lo salvaje que nos habita, de esa chispa del fuego original que se rehúsa a apagarse, adormecerse o domesticarse.

“Salvaje” no significa aquí (como se entiende en su acepción vulgar) violento y desalmado. Significa vivo, indómito, núcleo vibrante de una trama que antecede cualquier invento. Visto de este modo, “salvaje” es en realidad una cualidad del alma. Y aunque hoy apenas la conozcamos, el hecho es que esta cualidad convive en armonía con otros cometidos, profundamente humanos,que nos convocan también por esta época del año: cobijar, reforzar los esfuerzos por abrigar a quienes pasan frío, buscar nuevas formas creativas de ser refugio, y hasta tender puentes con otros reinos, ofreciendo semillas en el balcón para ayudar a los pájaros a resistir los meses fríos.

“Salvaje” no significa obviar las bendiciones que supimos conseguir. Por el contrario: vivir el frío a conciencia nos hace más proclives a agradecer con emoción genuina esa taza de té caliente, esa hornalla que se prende con el chasquido de un fósforo, ese abrazo. De hecho, quizás no haya otra época del año que nos invite tan poderosamente a dar gracias.

Pero nada reemplaza el desafío de atravesar la noche oscura. Habrá que mirar las estrellas cara a cara, echando humo por la boca como un leve volcán, hasta sentirlo recalar en los propios huesos. Solo así honraremos el llamado del invierno, ese antiguo y certero animal.

Fabiana Fondevila

El revés de la trama - Fabiana Fondevila

El revés de la trama

Fue una tarde de emociones encontradas, seguramente para muchos. La bronca y el dolor convivían con la alegría de ver a esa multitud ahí reunida, haciendo fuerza por poner fin –de una vez por todas!- a la violencia y la locura. Mujeres, hombres, niños cargados sobre los hombros, carros de bebés, pelos pintados, pancartas manuscritas, gestos de triunfo, caras sombrías; variopinta expresión de un pueblo dolido, agotado, incrédulo ante una barbarie impropia de nuestros días.

Entre la multitud, sin hacer ruido ni pedir permiso, se abría camino una joven en silla de ruedas. Varios nos dimos vuelta para ver si alguien la acompañaba. No, estaba sola. Avanzaba con determinación, a puro remo entre el mar de gente. Su presencia destacaba más que cualquier cartel el peso y la urgencia del evento.

Los adolescentes que vivían su primera marcha lo hacían con la emoción a flor de piel y una conmoción casi visible: en este país eternamente enfrentado, los adultos marchaban juntos, sin conflictos ni divisiones, encolumnados y unidos por un único fin.

Ya en la plaza, los carteles con los nombres de las mujeres asesinadas inclinaban la balanza para el lado del dolor. Costaba mirarlos; costaba más no hacerlo. Observando las fotos de las que ya no están, recordé algo que contó el Hermano David Steindl-Rast en una entrevista en Buenos Aires hace un par de años. Habiendo crecido durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo ocasión de presenciar muchos sucesos tristes y dramáticos. Su madre, luminosa como él, le aconsejó: “Siempre que veas una catástrofe, buscá a las personas que ayudan. Donde pasa algo malo, siempre hay personas que ayudan”. Así, mi mirada hilvanaba las fotos de las víctimas con los rostros conmovidos de los que me rodeaban, pancartas en alto, pidiendo paz.

Hubo dolor, hubo bronca, pero me atrevo a decir que la emoción que predominó, ayer, entre los hombres y mujeres que marchaban, fue otra. Como el revés de una trama, como la tenacidad a toda prueba del corazón, sobrevolaba sobre las cabezas y los carteles algo parecido a la ilusión. ¿Es posible que la violencia pueda más que este “¡Basta!” fervoroso a una sola voz? ¿Es posible que los políticos y los jueces puedan hacer oídos sordos a tan categórico rechazo? ¿Es posible que la cultura no despierte, al fin, de su largo sueño machista?

Es posible, lo sabemos. Pero ayer, al menos, no había lugar para otro futuro que el que caminaba entre nosotros, un futuro en el que las voces de la compasión, la ética y la justicia le cierren una y otra vez el paso a la la ignorancia y la atrocidad; un futuro en el que la solidez de los vínculos -y las leyes que los amparan- sea la mejor defensa contra el oscurantismo de unos pocos.

No es la primera vez que un pueblo “reza con los pies”, como tan bien lo expresó el rabino Abraham Joshua Heschel al marchar junto a Luther King por los derechos civiles de los afroamericanos en 1965. Y no será la última. Que el noble ejemplo de los que nos precedieron nos inspire a librar la batalla necesaria. Que la ilusión que ayer nos hizo fuertes nos siga guiando hoy y cada día.

El futuro que ansiamos es posible. Ni una menos. Nunca más.

Fabiana Fondevila

Mi gratitud a Virginia Gawel por las hermosas fotos

La felicidad: tras las huellas del amor

La felicidad: tras las huellas del amor

Me gustaría compartirles un cuento del pueblo San (antes conocido como el pueblo Bosquimano), que habita en el desierto del Kalahari. Dice así:

“Si un día salgo a caminar y miro atentamente a un pájaro, un hilo fino se forma entre nosotros. Si salgo otro día y veo a ese mismo pájaro y lo reconozco, el hilo se vuelve un poco más grueso. Cada vez que veo y reconozco a ese pájaro único, particular, el hilo crece, hasta convertirse en una soga. Nosotros tendemos sogas con todos los aspectos de la creación, con todo el universo”.

¿Por qué traigo esta historia? Porque si la noción de “éxito” implica alcanzar un objetivo propuesto, me parece que es importante elegir un objetivo que pueda conducir, efectivamente, a la felicidad. Entonces, surgen las preguntas: ¿a dónde queremos llegar? O ¿dónde queremos estar? (Porque, quizás, ya estemos ahí) ¿Cómo queremos vivir? Y, sobre todo, ¿cómo nos queremos sentir?

Yo creo que nos queremos sentir un poco como cuenta la narración de este pueblo africano: conectados, parte de un universo más vasto que nos contiene a la vez que nos refleja, parte de la gran familia humana y de los seres sintientes, protagonistas de una historia vasta que otros ya transitaron, marcándonos el camino, pero que se nos requiere que actualicemos y hagamos verdadera nuevamente. Creo que queremos sentirnos asombrados por esta historia, estimulados, enamorados por sus aspectos más bellos, desafiados por sus aspectos más temibles. Creo que, como decía el gran Joseph Campbell, lo que buscamos no es tanto el sentido de la vida como la exquisita experiencia de estar vivos.

Dudo que haya un único camino para lograr este objetivo, pero sí creo que hay una constelación de emociones que son mojones en el camino, por no decir, los peldaños y la tierra sobre el que el camino se construye. Voy a nombrar a algunas de ellas, y los invito a sentir en el cuerpo qué les suscitan sus nombres:

Asombro. Pasión. Gratitud. Entrega. Devoción. Coraje. Reverencia. Humildad. Bondad. Compasión.

Son virtudes. Son emociones. Son formas de habitar nuestros cuerpos. Son cualidades esenciales, unánimamente señaladas por las tradiciones de sabiduría como piezas clave de una buena vida, y hoy avaladas por la ciencia como materia prima de la felicidad. Todos concuerdan, además, en que son virtudes cultivables.

Es cierto que la vida a veces conspira contra el ejercicio de estas emociones. Por un lado, la sociedad las desestima, poniendo en duda su misma existencia. Por otro lado, las cosas que nos van sucediendo las ponen en jaque de muchas maneras. ¿Podemos seguir confiando en la bondad de la existencia después de perder a un ser querido? ¿Podemos seguir sintiendo el asombro de un niño una vez que crecemos y envejecemos? ¿Podemos seguir apostando al amor, sin cinismo, tras sufrir un rechazo o un desengaño?

Podemos. Pero es una elección que hay que hacer de nuevo cada día; a veces, varias veces en el día.

Creo que un buen lugar para empezar a desarrollar estas virtudes es partir de lo que uno ama. Para algunos la naturaleza es una fuente privilegiada de asombro, gratitud, devoción y coraje. Para otros lo es la música, o cualquiera de las artes. Para muchos la fuente suprema de energía sean los vínculos, la lucha contra la injusticia, trabajar por una causa justa.

Es importante que dediquemos tiempo a estas fuentes de inspiración y sentido, que las absorbamos como maná divino, porque lo son. Pero hay que saber también que las pasiones que hoy nos conmueven pueden cambiar, que en el fondo no importa tanto si hoy nos deslumbran los árboles y mañana la arquitectura futurista, los trenes o los escarabajos, porque todo lo que nos hace vibrar no es finalmente más que un vehículo para un sentir más profundo; lo que verdaderamente nos apasiona, siempre, es la vida.

Y el órgano con que vivimos esa pasión es el corazón. El corazón, ese intrincado órgano físico y metafísico capaz de abrazar el misterio, de conciliar nuestros deseos con las necesidades de otros (y, muchas veces, de privilegiar esas necesidades a nuestras propias preferencias), de hacer lugar para el dolor y volver a apostar, una y otra vez, por la alegría, en una suerte de segunda inocencia más profunda y auténtica que la primera.

Así que quizás sí haya un camino; un camino arduo pero siempre fecundo: vivir desde y con el corazón.

En una de sus más lúcidas poesías, Mary Oliver se permite un consejo en cuatro líneas:

“Instrucciones para vivir la vida.
Prestar atención.
Rendirse al asombro.
Contarlo”.

Junto al amor, es lo más parecido que conozco a una receta de la felicidad.

Fabiana Fondevila

(Presentación compartida en el encuentro Green Tara Happiness, junto a Matthieu Ricard, Margarita Barrientos, Elena Roger y Cristian Cardoner. Precioso encuentro del que me sentí honrada de participar.)

Gracias especiales a Diego Ortiz Mugica por la gentileza de la foto.

Las lecciones de lo imposible - Fabiana Fondevila

Las lecciones de lo imposible

A media tarde, camino a buscar unas hojas de diente de león para la cena (y raíces para el café de la mañana), nos topamos con un escenario extraño. Un zorzal adulto ataca –brutalmente, diría, si eso no fuera un calificativo del todo humano- a otro ser, que, de lejos, no llegamos a distinguir. La escena impacta y repele, y el primer instinto es cruzar la calle y dejar que la naturaleza dirima el entuerto. Por fortuna, voy acompañada de mi hija Marina y su novio, Jerónimo, y él se anima a acercarse. El zorzal adulto se aleja (no mucho), y lo que queda, agonizando en el suelo, es un pichón. Inerte y desvalido, la cabeza magullada y sangrante, apenas respira.

Nos golpea el desconcierto: ¿cómo puede estar ocurriendo esto? ¿En qué cabeza entra? Todo lo que uno ha aprendido acerca del instinto paterno o materno, todos los preconceptos más confiables y queridos, zumban y hacen ruido en el espacio entre los tres, pidiendo razones. Aun así, la decisión es rápida: no parece haber muchas chances de salvarlo, pero a ninguno se le cruza la posibilidad de dejarlo. Lo traemos a casa, donde intentaremos, está claro, lo imposible.

Fabricamos una incubadora casera en una caja de zapatos, con una almohadita de hierbas que calentamos a cada rato. No acepta sólidos, apenas agua de un gotero, y a Jerónimo se le ocurre la gran idea de hacer agua de alpiste. Con eso lo alimentamos de ahí en más, en rituales periódicos de conexión y esperanza. Así transcurre la tarde.

Cae la noche. Nos preocupa cómo haremos la alimentada nocturna, y vamos pensando en turnos. Pero la vida dispone otra cosa. Después de cenar lo encontramos caído, en pose agonizante. Revive un instante con el contacto, suficiente para intentar una última alimentada, una última transfusión de energía, un último aliento, pero en minutos muere.

La tristeza desciende sobre el cuarto como un pesado tapiz. En silencio lo sostenemos, en silencio nos despedimos.

Esta mañana lo enterramos en el jardín, y le ofrendamos a su corta vida tres flores de lantana. Casi sin mediar tiempo ni espacio, caminamos unos metros hasta el comedero, y trozamos unas galletas de agua para ofrecer a sus coterráneos, los que siguen hambrientos y en busca de comida. La vida que sigue a la muerte. La vida que sigue a la vida.

El desconcierto del primer encuentro revolotea por un rato sobre nuestras cabezas. ¿Estaría enfermo? ¿Habría estado el progenitor practicando, con los medios a su alcance, una suerte de eutanasia? ¿Habría desafiado el pichón alguna ley desconocida del mundo natural, y estaría pagando con su vida?

Sobran los datos: que apenas el 40 por ciento de las crías de zorzal sobreviven el primer año. Que en todas las especies hay casos de infanticidio, sobre todo cuando escasea el alimento o hay indicios de que la cría no podrá valerse por sí sola. Pero, está claro, no hay página virtual ni libro de ornitología que pueda saciar nuestra necesidad de comprender.

¿Hicimos bien en rescatarlo, de rodearlo de cuidados bienintencionados pero a la larga inútiles? ¿Llegó a percibir nuestra conmoción, nuestro enorme deseo de ayudarlo? ¿Prolongamos su agonía?

No lo sabremos.

Al fin, gana la cordura: las preguntas se acallan ante otra fuerza más tangible, más sólida y anciana: el amor que despertó ese pichón, por el tiempo que estuvo, en nuestros corazones. Allí, donde no entran las dudas, sólo queda el regalo. Y el silencio que lo acompañará por siempre.

¿Qué nos propone la primavera? - Fabiana Fondevila

¿Qué nos propone la primavera?

Un artículo sobre las energías peculiares que se despiertan en esta época del año, y por qué conviene acompañar consciente (y gozosamente) el proceso.

Le ocurre a los árboles, a las plantas de jardín, a los yuyos de la vereda, hasta le ocurre al pasto. ¿Y a nosotros? A nosotros también. Lo sepamos o no, algo nos llama a reverdecer en primavera. Así como el otoño nos pide soltar las hojas mustias, y el invierno nos invita a ir hacia adentro, a invertir el ciclo de la savia y nutrirnos con nuestro propio calor, la primavera viene, como una ninfa, a despertarnos. Ya pasó, dice, el frío retrocedió, la oscuridad se disipa y seguimos vivos, hora de salir a festejar!

Pero a no equivocarse: el festejo de las flores no es un suceso frívolo. No se trata sólo de vestir más liviano y abrir las ventanas para dejar entrar al sol. Lo que esta fiesta propone es más ambicioso. Esa paleta de verdes vibrantes, esos aromas que emborrachan, esa calidez que acaricia la piel –todo el despliegue del que hace alarde esta próspera madre nuestra- encierra un secreto designio: recordarnos que a nosotros, también, nos toca parir lo nuevo.

En la mitología, el espíritu de la primavera tiene muchas encarnaciones. Una es el Puer Aeternus (el niño eterno), dios de la eterna juventud. Aunque con el tiempo cobró una connotación negativa, por su asociación con aquellos hombres o mujeres que no logran soltar la adolescencia, en sus orígenes fue una figura vinculada al goce y al festejo, a la sed de aventuras y descubrimiento, a la vida en su forma más pujante y animosa. Reapareció más tarde como Dionisos, representante del éxtasis (otra energía divina que haríamos bien en recuperar e integrar a nuestras vidas), y en la figura del dios del amor, Eros. También podríamos invocar aquí a Flora, diosa de las flores, los jardines y la primavera, a quienes los romanos rendían culto con la fiesta de Floralia. Entre bailes, cantos y guirnaldas de pimpollos, lo que celebraban en verdad era la renovación de la vida.

Hoy ya no adoramos a un panteón de dioses. Pero eso no significa que estas fuerzas ancestrales nos hayan abandonado. Siguen vivas y latiendo en nuestros cuerpos e imaginarios. Puer aun agita nuestras células con su invitación a jugar, a desafiar los límites, a salir en busca de nuevos universos. Dionisos nos incita a tirarnos sobre la tierra y absorber, de una sola bocanada, toda su humedad, sus texturas, sus olores, y volver a la vida embarrados y con cofia de pastos en el pelo. Eros nos enamora una y otra vez, si lo dejamos, asomando incluso –he aquí el regalo- en los ojos de la misma persona que nos acompaña desde siempre. ¿Y Flora? Flora desfila entre nosotros ataviada de azahares y madreselva, y siembra a su paso suspiros y recuerdos del paraíso.

Todo ha cambiado. Todo cambia siempre, pero esto nunca en forma más certera y contundente que por estos días. Basta con asomar la cabeza al balcón para dar cuenta de la enormidad de la metamorfosis. Allí donde había troncos pelados hoy hay yemas que asoman, mañana hojas, pasado ramas. Los pájaros tejen nidos, empollan, alumbran y crían. ¿Qué dice eso de nuestro propio cometido? ¿Qué nuevas vidas se nos invita a desplegar?

Si hay sueños guardados bajo llave –un cuento por escribir, un cuadro por pintar, una idea que puja por salir, un amigo al que buscar para sanar esa vieja herida-, no hay otro tiempo mejor. El mundo renacido nos azuza, nos recuerda que nuestro ser no se agota en quienes hemos sido, quienes sabemos ser, quienes supusimos que seríamos, sino que abarca también –con idéntica convicción y aun mayor fervor- todos los que aún seremos.

Las hojas de ayer ya cayeron, abonaron la tierra y piden nueva forma. Sigamos las huellas de Puer, de Dionisos, de Eros, de Flora y unámonos al cortejo de la osadía. Es hora de reverdecer.