Como el musguito en la tierra

Miriam Pösz

“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, empezaré a ser feliz desde las tres.” Esto dice el Principito al zorro, en la fábula eterna de Saint-Exupéry. Así me siento yo respecto de la primavera. Hoy celebramos su comienzo oficial, pero en lo que a mí respecta, vengo festejando desde hace más o menos un mes, cuando sentí en el aire todavía frío ese primer atisbo de jazmín. Me tomó de sorpresa, como siempre, y expulsó de mí en un instante todo pensamiento que no fuera de liso y llano júbilo.

Me da un poco de pudor escribir acerca de lo mucho que amo la primavera, porque es como admitir que uno ama al sol, a los gatitos bebés, a los regalos con moño: la respuesta que se forma en el acto es: ¿quién no? Pero el hecho de que sea un lugar común no le quita a mi amor un ápice de intensidad. Llega esta época del año -no, llega la anticipación de esta época, cuando todavía no hay un mísero brote a la vista- y se empieza a dibujar en mi alma el esbozo de una sonrisa.

Como muchos, supongo, alguna vez he fantaseado con vivir en uno de esos privilegiados rincones del planeta que no saben de chalecos ni de bufandas: vivir en solero perenne, liviana, de cara al sol. Pero quién quiere perderse la fiesta de la cita anual con los pimpollos y el verde recién nacido.

Debo decir que esta devoción tiene raíces profundas. Los griegos de la Antigüedad asociaban celebraban la primavera de la mano de Dionisos, dios de la fertilidad, el vino, la locura ritual, el éxtasis, en una fiesta en la que degustaban el vino ya madurado de la cosecha previa. Los romanos la honraban con la fiesta de Floralia, en tributo a Flora, la diosa de los jardines, que representaba la renovación del ciclo de la vida. La Europa medieval transformó estos antiguos festivales agrícolas en la fiesta de May Day, en la que trenzaban coronas florales y coronaban al rey y la reina de mayo, además de danzar en torno de un “árbol ritual”, que era en realidad un tronco con guirnaldas.

Hoy festejamos con ritos más sencillos, pero quizás no menos sentidos. En algún lugar de nuestra psiquis que aún conecta con lo instintivo, sabemos que entramos en la época de las concreciones: de tomar esa clase de canto o de baile que hace tanto nos llama, de escribir el primer capítulo de la novela, de hablar con esa persona que nos intimida, de dar pasos cortos pero seguros en dirección de los sueños que se gestaron lentamente al amparo de la tierra.

Si nos animamos a salir al mundo, una cosa es segura: no estaremos solos. Así como los pájaros que tejen sus nidos (o los estrenan), como las ramas que abren sus puños al sol, como la hiedra en el muro, como el musguito en la piedra, es hora de ser la epifanía que esperamos, es hora de reverdecer. Con o sin miedo, con o sin dudas, con viento a favor o con lluvia en contra, ¡brotemos, ya!

Miriam Pösz

El llamado del otoño

Miriam Pösz

“Ya está, no hay nada que hacer, llegó el otoño”, dice mi hija, con cara de fatalidad. Hace rato que las señales están, aunque el termómetro simule un verano eterno: hojas que se sueltan de las ramas y flotan hacia el suelo, como ideas sueltas que nadie recogerá. Noches que erizan la piel. El casi imperceptible declinar de la luz.
Hay quienes aman el frío y sus rituales. Hay quienes celebran el cambio; el repentino quiebre en la monotonía. Pero casi nadie escapa a una faceta de la estación que comienza: el otoño tiene aroma a crepúsculo, a declive, a merma, a ocaso. No hace falta ser un alma melancólica para sentirlo. El repliegue de la savia hacia la tierra, la clorofila que retrocede, dando lugar al amarillo de los arces y los fresnos, al carmín y el púrpura de los robles y los liquidámbar. La paleta del otoño, que se refleja en el paisaje, en las frutas y hortalizas, y también en nuestro ánimo.
Mientras el mundo es verde, es fácil sentir que la pujanza es ley, que todo impulso tiende a su máxima expresión. Como el pasto y los yuyos, en el verano nuestras energías ascienden y eclosionan en dirección al sol. Pero cuando la luz y el verde se retiran, de pronto recordamos: no éramos eternos, invencibles, todopoderosos. El brillo de la vivacidad era prestado.
Según la medicina china, el otoño es la estación del duelo. La energía se centra en los pulmones y puede traer tos, congestión, lágrimas. También del intestino grueso, que es órgano de filtrado (ayuda a discriminar y dejar ir lo que no nos sirve). No es casual que, en inglés, el nombre de esta estación sea fall (caída). Para quienes tengan pérdidas recientes, o lleven en el corazón heridas grandes, es posible que las penas se reactiven por estos días, como se hacen sentir los huesos en días de humedad.
Pero aún sin que medien duelos personales, la tristeza nunca está del todo lejos de quien está prestando atención. La lenta agonía del planeta, y nuestra indolencia para frenarla. La verdad esencial de que cada vínculo, cada logro, cada nuevo comienzo, trae en su seno la semilla de su declinación. En tiempos de luz, es fácil olvidarlo. “Perdemos tanta energía tratando de encubrir lo que somos, cuando detrás de cada actitud está el deseo de ser amados, detrás de cada enojo hay una herida que busca ser sanada, y debajo de cada tristeza está el temor de que no alcance el tiempo”, dice el autor y poeta Mark Nepo.
El otoño no nos llama a regodearnos en la pena, sino a escuchar la invitación de la tristeza: soltar, para rejuvenecernos. ¿Soltar qué? Lo que nos sobra, lo que nos queda chico, lo que ya no vive, lo que nos pesa. Podemos hacerlo sin miedo, a sabiendas de que lo que realmente importa vivirá de todos modos, por mucho que lo soltemos. “El verdadero adulto humano entrega todo por aquello que no puede perderse”, declara otra poeta, Jennifer Welwood. Paradójicamente, el acto de soltar, de dejar de resistirnos a lo inevitable, nos da fuerza para librar las batallas que sí valen la pena: paliar los sufrimientos evitables, combatir los atropellos, cuidar de nuestro prodigioso hogar, y todos sus integrantes.
¿Qué hacer, entonces, con el frío que llega? Sacar las lanas del placard, poner a calentar la pava, abrigarnos con palabras sinceras. Respirar hondo, aflojarnos la ropa, hacer silencio. Y ver qué podemos entregar a la tierra hoy, junto con las hojas secas. Quizás sea la inercia, la inacción, las ganas de mirar para otro lado. Quizás sea un cúmulo de penas reprimidas. Quizás la misma tristeza que riega la tierra, la ayude a renacer.

Fabiana Fondevila