El aleteo de una mariposa por Fabiana Fondevila

El aleteo de la mariposa

El aleteo de una mariposa por Fabiana Fondevila

En el jainismo, una antigua religión de la India, el principal precepto es el de no dañar. Como esta tradición concibe a toda la vida como sagrada, la intención de no ejercer violencia (conocida como ahimsa) se extiende no solo a las personas sino a los animales, las plantas y hasta a los espíritus del agua y el aire, por lo que los santos de este linaje llevan barbijo, en un intento de no ingerir involuntariamente pequeños insectos u organismos al hablar.

Este mandato aparece también en las religiones de Occidente, en forma quizás más moderada, y llega a nuestros días con la forma de una máxima romana (reflejada en el juramento hipocrático, que pronuncian los médicos al recibirse): “Antes que nada, no hacer daño”.

Es una aspiración noble, constitutiva de la quintaesencia de lo humano. Cualquier alma sensible ansía evitar el sufrimiento ajeno, un impulso que ya aparece en forma precoz en los bebés de menos de un año, que rompen en llanto al estar en presencia de otros niños que lloran. Tan fuerte es este mandato que, cuando lo infligimos, aun involuntariamente, el resultado es la culpa y la emoción que conocemos como “arrepentimiento”.

A diferencia de lo que plantean algunos autores, malinterpretando a Darwin, hoy se sabe que el altruismo y la compasión son perfectamente compatibles con el impulso evolutivo, y quizás sean, incluso, el corolario más precioso del proceso hasta la fecha.

Pero aquí mi relato toma un giro diferente. Así de loable y elevada como es esta inclinación del corazón, cuando se une a ideales espirituales desmedidos, puede llevarnos por un camino riesgoso, y derivar en una suerte de trance o ilusión que elijo llamar, por falta de mejor nombre, “la trampa de la impecabilidad”. ¿En qué consiste esta trampa? En suponer que existe la opción de atravesar la vida sin dejar otra estela que la de nuestros gestos e intenciones más luminosas. En otras palabras, vivir sin hacer daño.

La verdad es que, aun albergando los mejores propósitos (y sin siquiera ocuparnos aquí de las motivaciones inconscientes que nos habitan), no nos será dado, en esta vida, ser inocuos. No lo son los leones en la sabana, los delfines en el mar, los pájaros en el aire, los microorganismos en el corazón de la tierra. La vida vive de la vida, ya lo dijo el preclaro y valiente mitólogo, Joseph Campbell. Y más allá de esta primera ley sobre la que todo se funda, hay una segunda cualidad, igual de innegociable: todo existe en permanente interconexión. Si el aleteo de una mariposa puede causar un tifón, como postula la teoría del caos, ¿qué maremotos seremos capaces de generar nosotros, con cada una de nuestras pequeñas y grandes elecciones cotidianas?

Esta intuición del efecto que causamos en el mundo es capaz de paralizar a un espíritu delicado. No es fácil trazar una línea clara que divida la sensibilidad compasiva de este otro estado anímico, más pernicioso, que se asemeja más a un retiro culposo del mundo, una inmovilidad forzosa, un abandono.

Todos lo sentimos en algún momento. El campo vincular, sobre todo, es caldo de cultivo propicio para el auto-reproche. Contestar mal porque uno está irritado, cansado o nervioso. Sucumbir a un impulso egoísta. Estar ausente o distraído con pensamientos propios cuando el otro requiere de nuestra atención. Terminar una relación. Decidir no empezarla. Ni que hablar de los daños más graves que causamos por accidente, impericia o simple y sencilla mala fortuna. Las posibilidades de herir o lastimar son infinitas, casi tanto como el deseo de no hacerlo cuando el corazón se impone y nos lleva -por momentos- a un lugar mejor.

¿Debemos intentar desterrar la culpa? Sin duda que no. Así como el miedo, es una emoción funcional y evolutiva indispensable. Nos guía, nos alerta, nos despierta a realidades que podríamos desconocer si nos moviéramos únicamente desde el auto-interés y el cuidado de lo propio.

Pero esa culpa, esa sensibilidad, debe poder convivir con una intuición igual de certera: la realidad de que nuestros esfuerzos por no dañar siempre se quedarán cortos. No está en nosotros corregir esta dimensión de la existencia, que incluye el gesto de la destrucción en sus mismas entrañas, como precondición para el resurgir de la vida.

¿Es posible conciliar, en las profundidades del corazón, nuestro impulso de socorrer al mundo del dolor, y a la vez aceptar que este arduo atributo es uno de los hilos con los que se teje la trama? ¿Podremos admitir que, así como daremos amor y fundaremos mundos con cada oportunidad que tengamos, otras tantas veces seremos conducto de energías diferentes, por el solo hecho de existir, de movernos, de respirar en este universo preñado de inquietud y de misterio?

Quizás esta sea la compasión más difícil de lograr y la más importante: sabernos parte de una danza que apenas gobernamos, actores en una obra que no llegaremos a comprender, pero de la que somos parte inescindible.

Crear-dañar-sanar. Abrazar-resistir-transformar. En ese péndulo alquímico nos movemos, aleteando como la mariposa, desatando tifones y recreando el mundo a cada paso.

Fabiana Fondevila

Foto: Miriam Pösz

Secretos del corazón - Fabiana Fondevila

Secretos del corazón

“Llevo tu corazón (lo llevo en mi corazón)”

Así comienza la primera estrofa de la memorable poesía de E.E. Cummings, genio de imaginación vivaz y ortografía irreverente. La frase describe una emoción tan universal que a nadie habría que explicarle de qué se trata. Pero ocurre que el corazón no es solo tema de incumbencia de enamorados y poetas.

Hoy sabemos que este órgano vital tiene una inteligencia propia, dotada de una compleja red neuronal y de un circuito de neurotransmisores que modulan el ánimo y regulan la interacción entre los distintos sistemas. Tampoco se discute que las ondas electromagnéticas que emite el corazón son 60 veces más poderosas que las del cerebro, pudiéndose medir a varios metros de distancia del cuerpo.

Y, además, se vuelve cada día más claro que estas ondas no están divorciadas de nuestra conciencia. Los científicos del Institute of HeartMath han descubierto que tenemos la capacidad de influir sobre este campo de fuerza, auto-generándonos a voluntad un estado de “coherencia”. ¿Qué significa “coherencia” en este contexto? Una sincronización entre las ondas electromagnéticas del corazón y las del cerebro que optimiza el funcionamiento de ambos y energiza a todos los sistemas del cuerpo, redundando en una mayor claridad mental y sosiego emocional. Este estado no una metáfora: se manifiesta en los encefalogramas y electrocardiogramas de las personas estudiadas, que de golpe parecen sincronizarse como por orden de un director de orquesta. Por si fuera poco, el efecto es contagioso: afecta a todo quien se encuentre a varios metros a la redonda de quien entra en esta sintonía.

¿Cómo se logra la coherencia? HeartMath enseña varias técnicas sencillas, basadas en dos intervenciones principales: focalizarse en la zona del corazón (imaginando que uno respira a través de este órgano) y evocar por unos minutos emociones positivas como el amor, la gratitud, la alegría y el altruismo. Es fascinante observar en los gráficos cómo el ritmo cardíaco de una persona estresada deviene armónico y ordenado en cuestión de segundos, con la sola inducción de un estado emocional positivo.

Por otro lado, descubrimientos recientes de la rama relativamente joven de la neurocardiología indican que el corazón es un órgano sensorio, dotado de un aparato de procesamiento de información sofisticado que le permite aprender, recordar y tomar decisiones funcionales con independencia del cerebro.

Desde otro ámbito, pero en igual sentido, el herbalista y autor Stephen Harrod Buhner sugiere que todos los organismos vivos responden a la información presente en el campo sutil del corazón. Según cuenta Buhner en su libro Las enseñanzas secretas de las plantas, esta es la manera en que todos los pueblos originarios han adquirido el conocimiento de los efectos medicinales de cada especie vegetal: comunicándose con ellas y percibiéndolas desde ese primer y privilegiado órgano de percepción.

Pero Buhner es el primero en admitir que esta clase de conocimiento lleva tiempo, paciencia y la posibilidad de habilitar momentáneamente un pensamiento intuitivo, no lineal, tan corporal como mental, la clase de pensamiento que distingue a este órgano versado en sutilezas y honduras.

La última palabra es para Edward Estlin, cuyo apodo quedó por siempre confinado a las minúsculas en honor a su rebeldía gramatical. Él lo dice así:

“he aquí el más profundo secreto que nadie conoce
(he aquí la raíz de la raíz y el brote del brote
y el cielo del cielo de un árbol llamado vida; que crece más alto de lo
que un alma puede esperar o una mente puede ocultar)
y éste es el prodigio que mantiene a las estrellas en su lugar
llevo tu corazón (lo llevo en mi corazón)”

Fabiana Fondevila

Fotografía de Miriam Pösz.

Viaje a las estrellas - fabiana fondevila

Viaje a las estrellas

La ciencia ficción tiene ese efecto. Sacude nuestra imaginación y la incita a vislumbrar mundos más vastos, vibrantes y plenos de posibilidades de los que a veces parece albergar la rutina cotidiana. ¿Cómo comparar la inmensidad insondable del espacio con las previsibles dimensiones del cuarto que hoy nos toca ordenar? ¿La complejidad de un agujero negro –y su antojadiza disrrupción del tiempo y el espacio- con la maraña de cuentas a pagar? ¿El misterio de los rincones remotos de la Vía Láctea con las impávidas góndolas del supermercado?

Ante esas imágenes fulgurantes, ante esa visión del ser humano desafiando límites y conquistando terra incognita sin más imperativo que su propia sed de descubrimiento, es difícil no dejar que se escape un suspiro de asombro. Y, con él, el deseo de partir en la próxima nave espacial rumbo al infinito.

Algo de esto me ocurrió con la película que inquieta a todos por estos días, Interestelar. Por varios días caminé a varios centímetros del piso, perdiendo mi mirada con más intensidad que de costumbre en el cielo nocturno. ¿Cómo es posible que vivamos nuestras vidas como si todo aquello no existiera?, me pregunto. ¿Cómo debatirme una vez más entre cocinar uno u otro postre para Año Nuevo, habiendo enigmas tanto más nobles y dignos de sondear? Y, abrazando al fin el inevitable cliché, ¿cómo puedo inquietarme por mis pedestres compromisos laborales, sabiendo que somos hormigas galácticas sin peso ni sustancia alguna?

Mientras dura la obnubilación, casi que me olvido de todo lo que me deslumbra a diario de este muy pedestre planeta que nos tocó habitar. Miro a los pájaros como si fueran vecinos de toda la vida, carentes por completo de misterio. Riego mis plantas sin detenerme a saludar el nuevo brote, sin maravillarme ante el vigor con el que estira sus brazos verdes al sol. Salgo a caminar sin la expectativa habitual: la de toparme con algún yuyo desconocido que asoma entre el pasto, atisbar una cadena de nubes con forma de cordillera, o pescar el animoso intercambio entre el viento y las copas de los álamos.

Estoy, decididamente, presa de las estrellas.

Anoche, por gracia o por fortuna, algo rompe el hechizo. Tras el calor subyugante del día, se insinúa una tormenta. Salgo al jardín, deseosa de fresco. El espectáculo me toma por asalto. Hay humedad en el aire, torbellinos de viento que llevan y traen noticias de la lluvia. En el cielo, una paleta bizarra: un rosa crepuscular se sobreimprime sobre el cielo oscuro, producto de algún ignoto fenómeno atmosférico, y convierte a las nubes en una gran pantalla. Cada tanto, latigazos de luz sin sonido.

El cielo se estremece, sí, pero también la tierra. Aquí abajo, nadie permanece indiferente a la trémula excitación del aire. Los pastos, las plantas, las ranas del estanque, el estanque, todos guardan un silencio apenas contenido y lleno de suspenso. Sobrevuela un murciélago, y su loco aletear dice lo que todos callan.

Ya falta poco, ya se desata. Ya llega el torrente que limpia, que azuza, que despierta nuestros rincones dormidos. Lo recibiremos juntos, esta gran familia sin peso ni sustancia, con el improbable don del festejo.

Contra toda evidencia, estoy segura de que no soy la única que baila.

Una gran sinfonía - Fabiana Fondevila

Una gran sinfonía

¿Alguna vez tuviste la sensación de que tu vida se va escribiendo sola, casi sin tu intervención, y que los puertos de destino (aun sin conocerlos) parecen haber estado prefijados en algún mapa invisible?

Tras investigar los mitos ancestrales de la humanidad, y observar el desarrollo de tantas vidas, Joseph Campbell advirtió lo mismo. Así lo cuenta en sus diálogos con el periodista Bill Moyers, reunidos en el libro “El poder del mito”:

“En su espléndido ensayo titulado Sobre la aparente intención en el destino de un individuo, Schopenhauer señala, que cuando uno llega a una edad avanzada y mira hacia atrás, su vida parece haber tenido un orden y un plan consistente, como si hubiera sido compuesta por un novelista. Sucesos que al ocurrir parecieron accidentales y de poca importancia resultan haber sido factores indispensables en la composición de una trama consistente. ¿Quién compuso esa trama? Schopenhauer sugiere que, así como nuestros sueños son compuestos por un aspecto de uno mismo del que la propia consciencia no tiene noticias, así también, nuestra vida entera es compuesta por una voluntad oculta en nuestro interior. Y así como personas que conociste de manera aparentemente accidental terminaron por convertirse en agentes protagónicos de tu vida, vos también habrás servido sin saberlo como agente, brindando sentido a las vidas de otros. Todo se engrana como una gran sinfonía, con cad cosa estructurando inconscientemente todo lo demás. Schopenhauer concluye que es como si nuestras vidas fueran las distintas pinceladas del gran sueño de un gran soñador, en el que todos los soñantes sueñan a su vez; de forma que todo está vinculado, movido por la gran voluntad de vivir que es la voluntad universal de la naturaleza.

Es una idea magnífica, una idea que aparece en la India con la imagen mítica de la Red de Indra, que es una red de gemas en la que, en cada hilo que se entrecruza con otro, hay una gema que refleja a todas las demás gemas. Todo nace en relación mutua con todo lo demás, de manera que uno no puede culpar a nadie por nada. Es como si hubiera una única intención detrás de todo, que siempre tiene una suerte de sentido, aunque ninguno de nosotros sepa cuál es ese sentido, ni haya vivido exactamente la vida que tenía planeada.”

¿Cuál podría ser ese argumento que tu vida ha ido dibujando, mientras te ocupabas diligentemente de tantas otras cosas? ¿Quiénes fueron los agentes protagónicos de ese destino que aguardaba para sorprenderte?

¿Qué clase de mito has sido dibujando, y cuál espera aun tu atención para desplegarse a pleno?

Puede que los grandes mitos universales se hayan resquebrajado bajo el peso de la modernidad, el choque de culturas, la visión cientificista de la vida. Pero a un nivel profundo, subterráneo, seguimos siendo animales míticos. La diferencia está en que los mitos son hoy, en gran medida, íntimos y personales.

Y así como hay una trama invisible, en la que todo ocurre como por designio, es posible conectar conscientemente con la trama, y tocar las cuerdas que más nos representan. De una forma u otra, construiremos un mito. Podemos elegir encarnar el mito heredado de nuestros padres, de las vivencias de la infancia, de “lo que se espera de nosotros” según nuestras coordenadas geográficas y culturales. O podemos atravernos a escuchar otra melodía, o incluso a descubrirla, operando calladamente en nuestras vidas, y dibujar una historia de misterio donde solo había rutina, o una épica de amor o aventura donde se preanunciaba recato y monotonía. “Sigue tu pasión”, aconsejaba Campbell. Que es otra forma de decir: elige la verdadera trama de tu vida.

Fabiana Fondevila

Ilustración: patwasi

Los riesgos del ‘bypass espiritual’ - Fabiana Fondevila

Los riesgos del ‘bypass espiritual’

¿Alguna vez recurriste a tu espiritualidad para evitar enfrentar un aspecto doloroso de tu vida? ¿Dejaste pasar abusos en nombre de la compasión? ¿Te escudaste en tus aspiraciones más elevadas para evitar sentir celos o enojo, por considerarlas emociones “poco espirituales”?

Si la respuesta a alguna de estas preguntas es sí, no estás solo. La mayoría de las personas que transitan el camino espiritual caen en algún momento, sin darse cuenta, en esta distorsión que el psicólogo estadounidense John Welwood bautizó “bypass espiritual” allá por 1984. De hecho, es una ocurrencia tan común en la cultura espiritual reinante, que muy pocos perciben su existencia y los peligros que trae aparejados.

Autores como Ken Wilber y Robert Augustus Masters incluso advierten que muchos consejeros religiosos y psicólogos transpersonales hoy promueven este error, con las mejores de las intenciones, al proponerle a quienes buscan su ayuda soluciones espirituales a problemas de otro origen (cognitivos, psicológicos, hasta corporales).

El psicoterapeuta Robert Masters dice en su libro Bypass espiritual: cuando la espiritualidad nos desconecta de lo que verdaderamente importa que nuestra dificultad para tolerar y hacer frente a nuestra sombra personal y colectiva es el motor que nos lleva a buscar la espiritualidad como refugio o solución fácil a nuestros problemas. En estos casos, las prácticas o creencias no ayudan a elevarnos sino a evitar el costoso tránsito por el auto-examen y la auto-observación, a acallar la voz interior que nos dice que algo no está bien, a barrer bajo la alfombra conflictos y dificultades que piden a gritos ver la luz del día.

Así lo describe John Welwood, quien acuñó el término a partir de lo que observaba en su comunidad de practicantes budistas, y en él mismo: “Cuando caemos en el ‘bypass spiritual’, usamos la meta de la iluminación o la liberación para racionalizar lo que yo llamo trascendencia prematura: intentar elevarnos por encima del costado crudo y desprolijo de nuestra humanidad antes de haberlo enfrentado verdaderamente y haber hecho las paces con él. Y entonces procuramos usar la verdad absoluta para descalificar nuestras necesidades humanas relativas, nuestros problemas psicológicos, nuestras dificultades vinculares o déficits de desarrollo. Creo que este es una especie de ‘peligro ocupacional’ del camino espiritual, dado que la espiritualidad conlleva la visión de ir más allá de nuestra situación kármica actual”.

¿De qué formas se manifiesta esta tendencia en las personas? En una actitud de desapego excesivo, la represión de ciertas emociones (la tendencia a “anestesiar” la tristeza o el enojo), o a través una compasión ciega, una inclinación exacerbada hacia lo positivo, ignorando o denostando la propia sombra (los aspectos mal vistos de uno mismo). En casos más extremos, puede presentarse, incluso, como delirios de iluminación.

También se denomina a esta tendencia “inflación espiritual”, en referencia a la noción de que todo puede trascenderse a pura fuerza de luz y voluntad. Pero ya lo decía C.G. Jung: “Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad”.

Un ejemplo de Welwood, en relación a la práctica del budismo en Occidente: “Si uno intenta practicar el desapego renegando de la propia necesidad de recibir amor, lo único que logra es desterrar esa necesidad al Inconsciente, donde posiblemente actúe y se manifieste de maneras potencialmente peligrosas”.

Explica el terapeuta: “Es fácil usar conceptos como ‘la verdad del vacío’ de una manera distorsionada. La enseñanza es que los pensamientos y las emociones no tienen existencia verdadera, que son apenas ilusiones del Samsara (el mundo de las formas), y por lo tanto, no debemos prestarles atención. ‘Debes reconocerlos como formas vacías y, atravesarlos sin más’, es el consejo que reciben los discípulos. Esto puede ser útil en el ámbito de la práctica, pero en situaciones de la vida, esas mismas palabras pueden ser usadas para reprimir o negar sentimientos que requieren nuestra atención. Lo he visto ocurrir en numerosas ocasiones”.

“Temo que lo que muchos budistas occidentales están practicando no es desapego, sino evitación del apego. Esto no es lo mismo que liberación del apego: es otra forma de apego: se apegan a la negación de sus necesidades humanas, por desconfianza en el amor” , subraya.

Este fenómeno se asocia en parte con la explosión de interés en la espiritualidad que acontece en los años 60 y la adopción por parte de Occidente de prácticas y saberes del Oriente; y también con la deformación de estas prácticas y creencias en lo que ha dado en llamarse “espiritualidad de consumo rápido”.

Pero no es privativo de las tradiciones orientales ni de sus prácticas; la oración también puede ser usada como una manera de evitar contactar con las heridas psicológicas y los dolores del corazón.

Lo cierto es que no hay nada instantáneo en el proceso de crecimiento espiritual. Quienes conquistan la madurez en este terreno lo hacen a fuerza de años de trabajo interior y transparencia, sabiéndose pequeños y falibles en cada paso del camino. En términos de Welwood, en ellos la fruta cae del árbol por su propio peso, en lugar de ser arrancada prematuramente de la rama.

Hay en estos seres añejados espiritualmente -sean monjes, maestros o barrenderos- una cualidad de integridad y de arraigo. No son almas descarnadas ni aparentan serlo. No están, ni se pretenden, más allá de nada. Por eso son capaces de abrazar la complejidad de quienes los rodean con amor, y mostrar el camino hacia una transcendencia real, sin atajos ni ilusiones de santidad, con simple vocación humana.

¿Qué más podríamos desear?

Fabiana Fondevila

El cuarto portal - Fabiana Fondevila

El cuarto portal

Todos sabemos que las palabras tienen poder. Poder para alegrarnos, poder para lastimarnos, poder para adormecernos y poder para despertarnos. Tienen poder sobre nosotros las palabras que emiten otros, y también lo tienen las que nos dirigimos a nosotros mismos.

En la tradición budista, el hablar correcto forma parte del sila, o conducta ética, que a su vez es el tercer elemento del noble camino óctuple, que lleva al cese del sufrimiento. ¿Qué involucra ese “hablar correcto”? Hablar con la verdad, hablar con ánimo de no dañar y si es posible de ayudar, hablar con el corazón. Dice Jack Kornfield, autor de valiosos libros sobre el budismo y la meditación: “Si queremos hacer el bien, éste debe estar presente en las las palabras que decimos a las personas con las que vivimos, a las personas que nos cruzamos en la calle, a las personas con las que interactuamos en los negocios, a las personas con las que trabajamos. Si queremos evitar la guerra nuclear, debemos prestar atención a lo que decimos, prestar atención a si las palabras que decimos están conectadas con nuestro corazón, a cuándo no lo están, y a qué está ocurriendo cuando no lo están”.

A veces es el miedo el que nos lleva a guardarnos la palabra justa y necesaria: miedo a exponernos, a decir demasiado, a mostrarnos débiles o arrogantes, a equivocarnos. Y otras veces, por el contrario, la ansiedad y el temor nos llevan a hablar por demás, tapando los silencios incómodos que nos obligarían a mirar para adentro, a desnudarnos ante nosotros mismos, a entender más y mejor.

Cuenta Joseph Goldstein, profesor de meditación Vipassana, que una vez se propuso pasar un mes sin participar en ninguna instancia de “chismes”: no hablar ni una palabra sobre terceros en su ausencia, ni siquiera para decir algo positivo. Para su gran sorpresa, pronto advirtió que de ese modo perdía el 90 por ciento de su discurso.

¿Cómo saber cuándo hablamos desde el corazón? A veces alcanza con detenernos en medio de una conversación, conectar con nosotros mismos por un instante, y preguntarnos qué es lo que realmente queremos decir en ese momento. No lo que sale automáticamente, no la respuesta de rigor, la más ingeniosa, inteligente o simpática, sino aquella que desde nuestras profundidades pide ser dicha.

Ante la duda, cabe evocar aquella antigua máxima Sufí, que no ha perdido ni un ápice de su sabiduría con el correr de los siglos.

Dice así:

Antes de hablar, deja que tus palabras atraviesen tres portales:
Ante el primer portal, pregúntate: ¿Es verdad?
Ante el segundo: ¿es necesario?
Ante el tercero: ¿es provechoso?

Y hasta podríamos agregar un cuarto portal, a modo de profundización del tercero:

“¿Es amoroso?”

Allí estaremos golpeando las puertas del único juez capaz de responder con veracidad y conocimiento de causa: el antiguo y certero corazón.

El amor después del amor - Fabiana Fondevila

El amor después del amor

El dolor de un duelo no se parece a ningún otro. Se lo suele intentar negar o disfrazar, pero la pérdida de un ser amado exige toda la atención del alma. Si se acepta ese reclamo, uno descubre que el amor no se fue con el ausente. Y que sentirlo sigue siendo, a pesar de todo, un privilegio.

Desde que mi mamá murió, el mundo está lleno de sorpresas: el sol sigue pintando el día de naranja y oro, como ayer. El viento sopla igual de caliente. Las hojas siguen desvistiendo a los árboles con esa parsimonia de otoño tardío. La lluvia, otra vez, le arranca al pasto aromas primitivos. Los autos corren, los chicos ríen, los gatos se acurrucan a dormir. Los noticieros de la noche dan cuenta del mismo país de siempre. Nada cambió, pero el mundo es otro.

El duelo es como una repentina enfermedad con síntomas desconocidos. Por momentos el dolor se traga todo el aire, encoge los hombros, arrastra los pies, apaga la mirada. Y por instantes, contra todo lo esperable, se transforma en otra cosa que en lugar de apagar, aviva; una extraña urgencia que enciende los tonos del cielo, acelera el pulso, despabila. Como si al perder lo esencial uno pudiera acceder a dimensiones insospechadas del alma. Como si de golpe se esfumara del planeta toda rutina, toda chatura, toda esterilidad. Como si el amor por la persona perdida de pronto desbordara los límites de ese nombre, ese rostro, ese cuerpo, para abarcar al universo entero.

Y entonces, uno descubre que el amor después del despojo gobierna hasta los actos más nimios: mirar la lluvia, caminar, tomar de a sorbos una taza de café. Cada uno, un pequeño homenaje. Cada uno, una ruta directa a algún recuerdo. No a los grandes recuerdos; a los pequeños detalles irrelevantes que son, que fueron, una persona. Que le encantaban las mandarinas después de la primera helada. Que amaba, más que nada, los abrazos. Que odiaba el frío, las esperas y todo lo que exigiese paciencia o quietud. Que bailaba ante la menor provocación. Que gozaba de la sinfonía de una casa llena de chicos, ese ir y venir con platos de sopa y tazas de café. Que no se aburría de mirar a sus nietos. Que aspiraba a la humildad pero le encantaba el lujo, lo rico, lo descomunal. Que huía del silencio, y arrastraba a su paso remolinos de aire.

Otras culturas saben dar espacio a este dolor único: en una tribu africana, la comunidad entera participa de cuatro días de ritos funerarios en los que la pena se corporiza en bailes, cantos y frenéticos tambores, y cualquiera que en esos días pase por la aldea se une a la ceremonia, en señal de que la vida siempre se detiene ante la muerte.

En otra tribu africana, los que han perdido a alguien cercano se pintan en el cuerpo un complejo diseño que relata quién murió, cómo y cuándo, para que cada uno que se acerque sepa en qué estado particular del alma se encuentra esa persona. Los judíos pasan la primera semana tras perder a un ser querido en el shiva, período en el que no se deja la casa ni un minuto, se tapan los espejos, se suspende toda obligación y se usa una prenda desgarrada como símbolo del corazón roto. El tiempo se dedica a recibir las visitas de los conocidos, que tienen indicado cuidar, acompañar y escuchar, sin intentar distraer. Los antiguos que dieron forma a este rito sabían que de nada sirve tratar de escapar del desgarro de esos primeros días de luto. Intuían que, si se evita, el sentimiento sólo vuelve más tarde con más fuerza y encono.

La sociedad occidental moderna, en cambio, tiende a querer ignorarlo. Intentamos volver cuanto antes a “la normalidad”, como si tal cosa existiera todavía. Y uno se esfuerza por hablar, mirar y caminar como si aún se encontrase inmerso en el mundo, y no en ese otro diálogo tan íntimo y crucial, ese diálogo mudo que tiene un inicio en el tiempo, pero no tiene un fin.

Casi todos vivimos construyendo fuertes para protegernos del dolor, muros para encerrarlo, conjuros para ahuyentarlo. Y ante una muerte cercana, el miedo se confirma: el primer impacto es demoledor. Pero al tiempo uno da cuenta de que el dolor de haber amado tanto, de seguir amando tanto aunque ya no esté con uno el objeto de ese amor, es un camino privilegiado para el alma. Porque poder seguir amando con la misma entrega ante la ausencia se parece un poco a vencer a la muerte. No. Se parece un poco a amar la vida.

Fabiana Fondevila

Publicado originalmente en la revista Viva, el 21 de abril de 2002.

La canción de los tilos - Fabiana Fondevila

La canción de los tilos

El aire de noviembre es una invitación abierta. Primero los jacarandás y su fulgor violeta; después la fiesta blanca de los jazmines; tras caer el sol, las damas de la noche endulzando la penumbra; y ahora, cual regalo tardío, los tilos. No importa que sepamos que están, que ya vienen, que en cualquier momento estallan sus racimos en flor: caminar por Buenos Aires perfumada de tilo siempre es una sorpresa.

Como la banda sonora en las películas, la tonalidad del aire por estos días tiñe todo lo que acontece. Por momentos uno olvida y hace su vida como si no existieran, como si no importaran. Pero ellos no se olvidan de nosotros, su influjo sutil pinta nuestros gestos y nos invita, una y otra vez, a salir de la cerrazón de nuestras cabezas y volver a habitar la tierra.

Quizás ellos lo sepan: hay un parentesco íntimo entre el alma y la naturaleza. Si el alma es aquel principio primario que guía y anima la vida de un individuo, su esencia irreductible, el lugar donde esa esencia se despliega y reconoce es en el universo natural; su espejo. Los pueblos primitivos de todas partes del planeta honraron este vínculo, sabiéndose parte indisoluble del entorno que los nutría, y al cual nunca dejaban de rendirle tributo.

Los indios de las praderas norteamericanas, por ejemplo, iniciaban sus ceremonias honrando con su pipa a las cuatro direcciones, luego al cielo sobre ellos y a la tierra bajo sus pies. De esa manera se colocaban, simbólicamente, en el centro del universo, y se sabían acompañados por los poderes del mundo.

Entre los mapuches (gente de la tierra) de nuestra Patagonia, la espiritualidad no se vivía en templos ni en construcciones: alcanzaba con un claro en la espesura y un baile ritual que lo purificara; era sólo a través del contacto con la naturaleza que se accedía a lo sagrado.

En África central, los Bambuti (mal llamados pigmeos), descriptos por los antiguos egipcios como “la gente de los árboles”, tienen una única palabra –Ndura– para nombrar al bosque, a la familia y al mundo.

Aunque hoy vivamos en ciudades, mayormente disociados de estos lazos invisibles, una parte más antigua y primitiva de nuestra psiquis aun los recuerda; sabe que los árboles y las plantas, las libélulas y los cascarudos, los vientos y los relámpagos nos constituyen y nos animan. Que no hay forma de cercenar ese vínculo porque lo llevamos impreso bajo la piel, y que todas nuestras creaciones no son más que una continuidad de esos asombros, arquetipos y esplendores (tomando prestado de Borges cierta descripción del paraíso).

Es a esa alma antigua que le hablan, cada noviembre, los tilos en flor. Podremos seguir con nuestras vidas, podremos olvidarnos de cosechar y beber sus aromas, de echarnos bajo su sombra y rendirles tributo, de registrarlos siquiera.

Por lo bajo y en silencio, nuestra alma festeja.

Reflexiones al final del camino - Fabiana Fondevila

Reflexiones al final del camino

Nadie se lamenta de no haber trabajado más. Nadie pena por no haber sido importante, famoso, millonario. Nadie se culpa por no haber ganado a la lotería, llegado antes a jefe, conquistado a más mujeres. En efecto, nada de esto escuchó Bronnie Ware, una enfermera australiana que acompañó durante años a pacientes moribundos, al recibir las confesiones de aquellos que partían.

Sorprendida por escuchar una y otra vez las mismas reflexiones, los mismos pesares, los mismos arrepentimientos, Bronnie registró estos intercambios en su blog, llamado Inspiration and Chai. Fue tan amplia la repercusión que al tiempo amplió el material y lo consignó a un libro, “Los cinco motivos principales de arrepentimiento de los moribundos”.

Ware habla de la sorprendente claridad de visión que aparece cuando las personas se acercan al final de sus vidas. “Al preguntarles si había algo que hubieran querido hecho diferente, algo de lo que se lamentaran, los mismos temas aparecían una y otra vez”, dice Bronnie.

Aquí, los motivos de arrepentimiento más frecuentes de todos:

1. Ojalá hubiera tenido el coraje de vivir la vida que yo quería, y no la que otros esperaban de mí. Dice Bronnie: “Esto fue lo que más escuché. Cuando las personas ven que su vida se termina, y miran hacia atrás, toman conciencia rápidamente de todos los sueños que quedaron truncos. La mayoría de las personas no honran ni la mitad de sus sueños, y cuando tienen que despedirse se dan cuenta de que este desenlace fue a causa de las decisiones que tomaron, o no tomaron. La salud brinda un grado de libertad de la que pocos se percatan, hasta que la pierden”.

2. Quisiera no haber trabajado tanto. “Esto lo escuché de casi todos los pacientes hombres. Lamentan haberse perdido la infancia de sus hijos y la compañía de sus esposas. Algunas mujeres también, pero por pertenecer a una generación mayor, la mayoría no había trabajado tanto fuera del hogar. Todos los hombres se arrepentían de haber entregado una porción tan grande de sus vidas a sus trabajos.”

3. Me hubiera gustado tener el coraje de expresar mis sentimientos. “Muchas personas suprimieron sus sentimientos para mantener la paz con otros. Por esta causa vivieron vidas mediocres y nunca se convirtieron en quienes podrían haber sido. Muchas de las enfermedades que padecieron parecían vinculadas a esta fuente de amargura”, conjetura la enfermera.

4. Ojalá hubiese mantenido el contacto con mis viejos amigos. “Muchas veces no se daban cuenta del valor de sus amistades hasta el momento de morir, y no siempre era posible encontrarlos para ponerlos en contacto una vez más. Muchos se habían ocupado tanto con sus vidas diarias que habían dejado que valiosas amistades languidecieran. Había mucho arrepentimiento por no haber otorgado a estos vínculos el tiempo y el esfuerzo que merecían. Al momento de morir, todo el mundo extraña a sus amigos.”

5. Lamento no haberme permitido ser más feliz. “Otro arrepentimiento asombrosamente frecuente”, señala Ware. “Muchos no cobraban conciencia hasta el final de que la felicidad es una elección. Se habían quedado atados a viejos hábitos y patrones por no salirse de su zona de confort. Por temor al cambio se habían engañado a sí mismos, y a los demás, diciéndose que estaban bien así, cuando en el fondo ansiaban reírse más, disfrutar y recuperar el placer de estar vivos.”

No todos podrán trabajar menos o transformar sus vidas radicalmente, pero estas postales del futuro tienen al menos una gran virtud: señalan los caminos equívocos, los falsas soluciones, los espejismos. Y nos recuerdan que a cada paso estamos eligiendo, no sólo cómo vivir sino, incluso, cómo morir.

¿Qué podemos hacer -hoy, mañana, siempre- para que el día que nos toque partir lo hagamos sin dudas ni cuentas pendientes, y dando las gracias?