El desafío de ver al otro - Fabiana Fondevila

El desafío de ver al otro

¿Cuál es tu punto de vista?

Parece una pregunta sencilla. Alcanza con esbozar, con mayor o menor elocuencia, nuestra postura sobre el tema en cuestión. Pero si alguien preguntara, en cambio, “¿cuál es tu cosmovisión?”, el interrogante se volvería más arduo de responder.

Reconocer que vamos por la vida no solo con un cúmulo de puntos de vista sino con una determinada visión de la realidad, un par de anteojos a través de los cuales lo vemos todo, es un desafío hasta para las mentes más avezadas. Nada es tan cercano como la propia mirada, nada tan difícil de “quitarnos” el tiempo suficiente para poder apreciar, con algo parecido a la objetividad, el punto de vista de otro. Y, sin embargo, en esta elusiva cualidad radica nuestro potencial de crecer como personas, de ejercer la empatía y la compasión, de establecer diálogos verdaderos y gestar vínculos en lugar de confrontaciones.

La palabra “cosmovisión” remite al conjunto de ideas y creencias a través de las cuales interpretamos nuestras vivencias y percepciones. Dice el académico N.T. Wright: “Las cosmovisiones son como los cimientos de una casa: vitales pero invisibles.” Esta visión particular de cada uno opera como un filtro de doble función: por un lado, impide la entrada de toda aquella información que no coincida con los “cimientos” de nuestra casa, y por otro, rescata y privilegia aquella que sí.

Tania Singer y Matthias Bolz, investigadores del Departamento de Neurociencias Sociales del Max Plank Institute, de Alemania, diseñaron un programa científicamente validado para enseñar compasión en los colegios, las cárceles y otros ámbitos. El programa, volcado en el libro “Compassion. Bridging Practice and Science” (Compasión. Tendiendo un puente entre la ciencia y la práctica”), busca cultivar la compasión -el deseo y la motivación de aliviar el sufrimiento de otro-, sobre la base de tres pilares: presencia (capacidad de percibir las propias emociones y sensaciones), afecto (abrir el corazón, cultivar sentimientos de amor y benevolencia hacia uno mismo y los demás) y perspectiva (facultad de reconocer el punto de vista propio y el de los demás).

Detengámonos en este último punto: ¿cómo es posible enseñar a alguien a ver más allá de lo que ve? Por un lado, el programa hace pie en prácticas contemplativas que entrenan a las personas a observar los propios pensamientos (permitiéndoles des-identificarse de ellos y percibir su naturaleza transitoria). Por otro, se apoya en técnicas psicológicas que ayudan a reconocer los distintos “personajes” que nos habitan, de modo de poder distinguir qué parte nuestra está actuando en cada situación. Y por último, enseña a reconocer e identificar los puntos de vista – también cambiantes y relativos- de las personas que nos rodean.

Pero he aquí lo interesante: por detrás de estos pensamientos fluctuantes, por debajo de los personajes, hay un ser calmo e inmutable que también nos habita, o, quizás, al que habitamos, que podríamos llamar “Yo superior”, conciencia testigo o naturaleza esencial. Paradójicamente, reconocer la efervescencia de pensamientos y emociones que agitan la superficie de nuestra conciencia en algún momento nos lleva a preguntarnos por ese lugar inmutable al que siempre, eventualmente, retornamos, aunque más no sea que para disfrutar de un respiro de nuestra diaria cacofonía.

¿Cuál fue el resultado del programa de Singer y Bolz? Al concluir las 39 semanas de práctica, las personas que tomaron el curso mostraron cambios concretos en su funcionamiento cerebral, con una mayor activación de las zonas del cerebro vinculadas con las emociones positivas, y la compasión en particular.

Inteligencia espiritual

De ese ser ecuánime que atestigua nuestros pensamientos y emociones se ocupa Cindy Wigglesworth, coach de coaches, en su libro Las 21 aptitudes de la inteligencia espiritual. Un paso más allá de la inteligencia emocional. Esta ex directora de Recursos Humanos de Exxon se abocó un día a investigar sus dificultades vinculares en el trabajo, y terminó por elaborar una teoría amplia y abarcadora acerca de la facultad que nos permite a las personas actuar desde nuestra naturaleza más elevada. Llamó a esta facultad “inteligencia espiritual” y la definió como “la capacidad de actuar con sabiduría y compasión, manteniendo la paz interior y exterior, en cualquier circunstancia”. Suena a mucho, pero esa es, ni más ni menos, la nobleza que admiramos en aquellas figuras que nos abrigan el corazón: los Gandhi, Mandela, Madre Teresa y Luther Kings del mundo.

En la visión de Wigglesworth, conquistar esa nobleza depende en gran medida de poder distinguir cuándo estamos actuando desde el Yo Superior y cuándo desde el yo pequeño, con su ejército de personajes, actitudes y puntos de vista. Por eso es que la aptitud número 1 que propone desarrollar es, precisamente, la capacidad de reconocer desde dónde nos paramos para mirar al mundo.

Va un ejemplo curioso que cita Wigglesworth sobre cómo opera esta visión tácita, en la “distancia social” aceptable en las distintas culturas. En Estados Unidos, por ejemplo, se espera que una persona se pare a un mínimo de 45 centímetros (nariz a nariz) de otro con el que dialoga. ¿Qué pasa cuando un brasilero se muda a ese país, y en su primera reunión en la oficina le habla a una compañera a unos meros 15 centímetros de distancia? Pasa que ella retrocede, sintiendo sus límites trasgredidos, y él avanza hasta cerrar la brecha, sintiéndose rechazado, y así continúan, camino a un conflicto (o al menos antipatía) seguro. Ambos se sentirán molestos con el otro; ninguno cuestionará esa “distancia permitida” que cada cual lleva puesta como un uniforme.

Por supuesto, esto no significa que no haya en el mundo diferencias significativas, atropellos e injusticias concretas a las que hacerles frente. Pero cuando partimos de una visión del mundo polarizada (“él/ella/ellos contra mí”), barremos de un plumazo los matices, inflexiones y complejidades que nos constituyen como individuos, y a la vez, aquel sustrato profundo que subyace a esas diferencias: nuestra común humanidad.

Ciertamente es tentador ir por la vida protagonizando una película de buenos y malos; ninguno de nosotros está más allá. Pero más acá, en los claroscuros propios y los de quienes nos rodean, hay una película más interesante, hecha de aciertos y de errores, de vulnerabilidades y fracasos, de deseos de crecer, de comprender, de trascender, de amar. Ahí, diría el sabio Rumi, nos podremos encontrar.

Fabiana Fondevila

Columna publicada en La Nación el 13/9/17

Foto: Shutterstock

Práctica para llamar la alegría - Fabiana Fondevila

Prácticas para llamar la alegría

El impacto de la primavera no se hace esperar: así como los árboles, el corazón también quiere soltar sus corazas, despabilarse el sueño y reverdecer. La sumatoria de sol, azul, tibieza, aroma a jazmines y a paraíso tarde o temprano convoca a una emoción que pocos consideran necesario cultivar, y de la que algunos desconfían o hasta reniegan: la alegría.

Los que crecimos en tiempos de Mafalda, psicoanálisis, películas de Woody Allen y un globo terráqueo siempre al borde de estallar, tendemos a pensar que vivir con la alegría como norte es cosa de niños o de locos. O, al menos, una ilusión de frívolos e insensatos. Sobre todo, si aceptamos la noción de que, al decir del neurótico neoyorquino: “La vida está llena de desdicha, soledad y sufrimiento – y termina demasiado rápido”.

Pero hasta en las mismísimas huestes del existencialismo, Albert Camus admitió (en su libro más autobiográfico, El verano) que en el corazón del invierno supo hallar, en su interior, “un verano invencible”. Dijo más: que para hacer frente a la injusticia era necesario “guardar intactas dentro de uno mismo una frescura, una fuente de alegría; amar el día que escapa a la injusticia y volver al combate con esa luz conquistada”.

¿Por qué resulta imperiosa esta emoción? Los seres humanos albergamos un rico abanico de vivencias y cada cual cumple (al menos) un propósito: el enojo resguarda nuestras fronteras, la tristeza nos recuerda el dolor de las pérdidas y nos ayuda a llorarlas, el miedo nos alerta de potenciales peligros, la indignación nos da coraje para batallar contra los males del mundo, el asombro nos mantiene la mirada fresca. ¿Y la alegría? La alegría tiene una sola función: ¡darle sentido a todo lo anterior!

Cada cual siente la alegría a su manera propia: para los temperamentos tranquilos se parece a un sutil contento; para los más fogosos, roza con el éxtasis. Pero todos compartimos algunas señales inequívocas: la boca se distiende en una sonrisa, las arrugas de la frente se aplanan, el pecho se expande, los hombros se enderezan, el paso se aliviana. Mientras dura la emoción, o el sentimiento (el resabio de la emoción, atravesado por el procesamiento cognitivo), experimentamos una gozosa conexión con el todo que es -como con otras emociones esenciales- indistinguible de la espiritualidad.

No estamos hablando aquí del principio de placer de Freud (aunque algunos placeres ciertamente abonan la alegría), ni tampoco de la felicidad pasajera asociada a un suceso positivo, sino de la alegría que surge de las entrañas y nos conecta con la más primaria de las experiencias: estar vivos en este planeta asombroso que gira en el infinito, junto con otros seres con quienes compartir la aventura.

¿Cómo sabemos que existe esta sencilla “alegría de vivir”? Observemos a un bebé que ha dormido, ha comido y ha recibido cuidados amorosos. Su estado será de un dulce sosiego (o curiosidad, o asombro), puntuado con gorjeos de júbilo ante la menor caricia. ¿Y un adulto? Un estudio de la felicidad citado en el libro Awakening joy, de James Baraz, revela que el cerebro de una persona libre de estrés físico o emocional (en estudios de resonancia magnética) se distingue por “el contento, la calma, la creatividad, la consciencia y el cuidado (amor por otros)”.

He aquí la pregunta del millón: si el contento es nuestro estado natural, ¿cómo es que sentimos esta emoción en frecuencia tanto menor que otras más aflictivas? La explicación es sencilla: a nuestros antepasados de las cavernas les resultó más útil desarrollar un cerebro atento al mamut que podía salir de la espesura que a la belleza de las flores o al brillo del sol por la mañana. Por lo tanto, nuestro cerebro es hoy, al decir del psicólogo Rick Hanson, “como teflón para las emociones positivas y velcro para las emociones negativas”.

Podemos revertir este giro evolutivo. Los budistas hablan de “inclinar la mente hacia el bien”, para aludir a las prácticas que nos ayudan a contrarrestar la tendencia negativa de la mente, y a tomar conciencia de las muchas bondades que nos rodean.

Algunas prácticas para adoptar:

  • Ver lo bueno. Prestar especial atención a todas las cosas positivas, placenteras y sorprendentes que nos topamos durante el día. Detenernos unos instantes a “saborearlas”: pensarlas, contarlas, escribir sobre ellas, rememorarlas.
  • Cultivar el asombro. Mirar el cielo, contemplar árboles, perder la mirada en el río o en los ojos de otro. Escuchar música que nos pone la piel de gallina. Leer libros o ver películas que nos recuerden el misterio.
  • Habitar los sentidos, que son un puente directo al presente. Permitir que el mundo penetre más allá de nuestras corazas e impacte en nuestro corazón.
  • Dedicarles tiempo a los vínculos, esos conductos al bienestar profundo y duradero.
  • Hacernos buenas preguntas. Cuando perdamos el rumbo o caigamos en la apatía, preguntarnos: ¿qué es lo que más valoro en la vida? ¿qué puedo hacer, hoy, para honrar esa motivación y crecer a partir de ella?
  • Empezar el día con un rito invocatorio. Leer un poema o un rezo, cantar o escuchar una canción, hacer un saludo al sol, o escribir sobre lo que haremos ese día para elegir la alegría y propiciarla en los demás.
  • Abrazar las emociones difíciles. La alegría se nutre de la diversidad y el contraste; no se contrapone con la tristeza, sino con la apatía.
  • Llevar un diario de gratitud. Anotar cada noche tres cosas (siempre distintas, siempre específicas) que agradecemos del día transcurrido.
  • No perder ocasión de celebrar. Lo grande, lo pequeño, lo doméstico, lo extraordinario. Toda razón es buena para cantar, bailar, reír y brindar.

Por fin, podemos preguntarnos: ¿tenemos derecho a elegir la alegría en un mundo tan lleno de sufrimiento? Si entendemos que alegría y tristeza son dos caras de una misma experiencia, sabremos que propiciar una en absoluto deshonra ni minimiza a la otra. La vida nos quiere enteros, con nuestras penas y desdichas, y nuestra maravillosa capacidad de irradiar. Esa radiancia es, además, un buen barómetro de que estamos en el camino correcto, haciendo aquello que nacimos para hacer.

Para los que llegamos grandes a esta intuición, hay esperanza. Escribió Neruda: “Te desdeñé, alegría. / Fui mal aconsejado. / La luna / me llevó por sus caminos. / Los antiguos poetas / me prestaron anteojos / y junto a cada cosa / un nimbo oscuro / puse, / sobre la flor una corona negra, / sobre la boca amada / un triste beso. / Aún es temprano. / Déjame arrepentirme.”

Nada que temer. La alegría es sabia, y espera.

Fabiana Fondevila
Columna publicada en La Nación el 17/9/2017.

Foto: Miriam Pösz

La sombra un conducto hacia la luz - Fabiana Fondevila

La sombra, un conducto hacia la luz

Ella es una exitosa coach norteamericana. Ayuda a las personas a realizar sus sueños y viaja por el mundo resolviéndole la vida a todo el mundo. Lo que sus clientes no saben es que es una gastadora compulsiva, y que vive angustiada por sus deudas. El es un maestro espiritual, amado y admirado por sus seguidores. Es un gran maestro, pero duda de sí mismo, e internamente compite con otros a los que percibe como más sólidos y más carismáticos que él.

Él y ella no son farsantes, ni siquiera malas personas. Son, apenas, humanos, y conviven con aspectos de sí mismos a los que les cuesta mirar a la cara: su sombra.
¿Qué es la sombra? Es un concepto acuñado por el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung que alude a todos aquellos contenidos psíquicos, y de nuestra personalidad, que no queremos o no podemos admitir en nuestra conciencia. Cualidades que nos asustan, que nos avergüenzan, que nos resultan inadmisibles o que contrastan con nuestros valores, son relegadas a esta zona oscura de la mente, que nos habita sin que lo advirtamos.

¿Cómo se crea la sombra?

De niños, nos enteramos pronto de que hay conductas que merecen aprobación y beneplácito por parte de nuestros padres, y otras que despiertan reprobación y rechazo. A medida que crecemos, las partes rechazadas de nuestra persona se convierten en una suerte de mochila que cargamos sobre nuestras espaldas. En su libro A Little Book on the Human Shadow (Un pequeño libro sobre la sombra humana), el ensayista Robert Bly explica que, cada vez que de chicos escuchamos admoniciones como “Las niñas buenas no contestan”, “Los varones no lloran”, o “Sos grande para tener miedo”, emociones como el enojo, la tristeza y el temor, además de impulsos vitales, deseos y toda clase de proclividades naturales pasan a engordar esa mochila.
Pero ahí van a parar también cualidades positivas a las que renunciamos porque ‘pertenecieron’ a otro miembro de la familia (“mi hermana es la inteligente”, “mi hermano es el talentoso”), dones que fueron poco valorados (la vocación musical, la afición al deporte), y hasta virtudes como la ternura, la autoafirmación y la alegría, si en nuestra casa se priorizaba la firmeza, la obediencia o la seriedad. A estas cualidades positivas desheredadas se las conoce como “la sombra dorada”.

¿Cómo se expresa la sombra?

Aparece en sueños, en actos fallidos, en chistes que revelan más que lo que queremos, en el arte que producimos. Cuando no encuentra otro modo de expresión, se revela en síntomas físicos (bruxismo, gastritis, jaquecas), psicológicos (culpas, fobias, neurosis, depresión, obsesiones) o conductuales (accidentes, malas decisiones, auto-sabotajes).

Uno de los principales mecanismos que utiliza la sombra para ocultarse es la proyección. Si no puedo permitirme sentir determinada emoción, o ver cierta faceta de mi personalidad, se la “adjudico” inconscientemente a otro, y así me libero de ella. Pero al ver esa cualidad en otro, me irrito, porque me trae al recuerdo esa faceta negada.

Veamos un ejemplo: si soy autoexigente y culposa, podría ver a una mujer tomando sol en una plaza un día de semana y pensar: “¡Qué barbaridad! ¿Cómo puede ser tan vaga?”. Si lo que tengo en sombra es la autoafirmación, podría ser que me indignen las personas que saben marcar sus límites. Si lo que tengo negado es mi femineidad, podría tener una aversión inconsciente por las mujeres, o por los hombres que se permiten expresar su costado tierno y vulnerable. La irritación no es señal de que en el fondo somos vagos, autoritarios o débiles, sino de que necesitamos soltarnos un poco las riendas en todas esas áreas: permitirnos descansar, poner algunos límites, amigarnos con nuestra vulnerabilidad.

La sombra dorada, por su parte, no se manifiesta con irritación sino con admiración exagerada. Si me fascinan las personas con dotes de liderazgo, es posible que haya en mí un líder que está pidiendo pista. Si me deslumbran los artistas, puede que albergue un creador que está necesitando expresarse. Si mi admiración es para quienes se dedican a dar servicio, es posible que no esté pudiendo ver el brillo de mi propia bondad.

Cuanto más reprimimos una cualidad, con más virulencia se expresa. Un caso extremo de proyección negativa es la cacería de brujas. La cacería comienza cuando una persona o un sector de la sociedad “pierde de vista” algún rasgo oscuro de su psiquis, y se lo adjudica a algún colectivo. Los casos más resonantes de cacería fueron verdaderos agujeros negros de la historia: la persecución de “las brujas” en la Europa del siglo XVII, de los judíos en la Alemania nazi, de los negros en el Estados Unidos esclavista, de las mujeres por los femicidas, de los homosexuales por los homofóbicos.

La proyección colectiva hace que las personas dejen de ser individuos y pasen a ser representantes de algún grupo: los vagos, los frívolos, los vulgares; los hippies, los bohemios, los ricos, los burgueses; los blancos, los negros, los orientales; los judíos, los católicos, los musulmanes.

¿Cómo podemos reconocer nuestra propia sombra, para reapropiárnosla?

  • Observar qué personas o roles o situaciones nos despiertan extrema irritación, o gran admiración. Preguntarnos en qué medida esos rasgos que nos molestan (o nos deslumbran) viven en nosotros. Tener en cuenta que los rasgos rechazados solo se han vuelto oscuros y ajenos por obra de la represión.
  • Escribirle una carta a la persona que nos irrita, detallando todo lo que su forma de ser nos provoca, en forma explícita y sincera. Al terminar, cambiar el encabezado, y dirigimos la carta a nosotros mismos.
  • Practicar la auto-aceptación radical. Es importante entender que todos albergamos un amplio espectro de emociones e impulsos, y que somos libres de elegir cuáles de ellos actuamos en el mundo. Si podemos observarlas y hacerles lugar en nuestra conciencia, sin juicio y con compasión, las cualidades rechazadas nos enseñarán acerca de nosotros mismos y perderán su cualidad oscura.
  • En el caso de la coach y el maestro del comienzo, poder reconocer la dificultad para manejar las propias finanzas, y la inseguridad, respectivamente, solo haría de ellos líderes más humanos, auténticos y compasivos. Integrar nuestra sombra es un acto de generosidad para con nosotros mismos y nuestro entorno, ya que aquello que desconocemos nos posee y actúa por nosotros, sin el beneficio de la conciencia.

“Tienes que tener tanto una sombra como una fuente de luz” -escribe el místico Rumi, siempre dado a los buenos consejos, e invita-: “Escucha, y reposa tu cabeza bajo el árbol del recogimiento.”

Columna publicada en el diario La Nación, el 6 de diciembre de 2017.

Plegaria - Fabiana Fondevila

Plegaria

Que podamos ser fieles a la alegría del cuerpo, cuya forma es el abrazo.
Que podamos dar cobijo, amparo, sustento. Palabra, caricia, reparo.
Que podamos albergar el miedo, la tristeza, el enojo, esos hijos huérfanos en busca de abrigo.
Que podamos celebrar a los que no están, porque ya nada puede quitárnoslos.
Que podamos decirnos lo indispensables que somos, unos para otros. Y como -aun sin tenernos-, nos tenemos.
Que podamos soltar lo que no pudimos, y ver la ternura en los intentos.
Que podamos perdonar y perdonarnos, como quien suelta una piedra a un río brioso, que fluye de todos modos.
Que podamos reconocer el amor que somos, aunque no lo sepamos y apenas lo expresemos.
Que podamos ver ese amor multiplicado en el gran prisma de corazones (los más cercanos, los más lejanos).
Que podamos vivir en el asombro, ya que sobran las razones:
porque el sol, porque la luna, porque nosotros.
Inmensos, minúsculos: uno.

F.F.

En el bosque AguasNegras - Fabiana Fondevila

En el bosque AguasNegras

Mira, los árboles
convierten sus cuerpos
en pilares de luz,
desprenden una honda
fragancia de canela
y plenitud
los largos estambres
de las totoras se abren
y se van flotando
por las márgenes azules
de las lagunas y cada laguna,
sin importar cuál sea su nombre
no tiene nombre ya.

Cada año cada cosa
que he aprendido
en esta vida
me devuelve a esto:
los fuegos y el negro río
de la pérdida cuya
otra orilla es salvación,
cuyo significado
nunca sabrá ninguno de nosotros.

Para vivir en este mundo
debes poder hacer tres cosas:
amar lo que es mortal
abrazarlo contra tus huesos
sabiendo que tu propia vida
depende de ello;
y, cuando llegue
el tiempo de dejarlo ir,
dejarlo ir.

Mary Oliver

Arquetipos: los personajes que nos habitan - FabianaFondevila

Arquetipos: los personajes que nos habitan

Quizás alguna vez fue necesario ser dócil y complaciente; hay infancias que lo exigen como método de supervivencia. Quizás, para otros, fue inteligente esconder lo que sentían bajo una coraza de inmutabilidad. Acaso uno debió ser adulto antes de tiempo. O, por el contrario, tuvo que entregarse a una inocencia forzosa de ojos que no ven, corazón que no siente.

Todas estas opciones -estas formas de ser que nos habitan, estos arquetipos– han sido, sin duda, fieles compañeros de camino. Pero es probable que hoy, como ropas que ya quedan chicas o disfraces que no nos representan, limiten nuestros movimientos y constriñan nuestra energía. En algún momento, la inmutabilidad que nos ayudó a llegar enteros a la madurez se erigió en una armadura que nos roba la alegría. La docilidad que nos aseguró el amor materno nos volvió débiles, incapaces de expresar nuestros deseos y resguardar nuestro espacio. La adultez prematura dejó goces vitales por el camino. La inocencia forzosa nos impidió echar sólidas raíces. Cuando esto ocurre, es tiempo de rever esos mitos fundantes y descubrir cuánto de nosotros encarnan verdaderamente.

A no engañarse: no es tarea fácil. Por su propia naturaleza, un arquetipo se lleva como una segunda piel, sin la distancia necesaria para reconocerlo como tal. Pero siempre hay pistas. A veces son los otros los que nos señalan que un comportamiento se ha vuelto obsesivo o anquilosado, que no sirve a nuestros mejores intereses, o, incluso, que no parece genuino sino heredado de alguna situación antigua, o aceptado como mandato.

Tomemos como ejemplo un arquetipo muy frecuente entre las mujeres (aunque de ningún modo exclusivo de ellas): el de la ayudadora compulsiva, representado en el Eneagrama (antiguo sistema de clasificación de personalidades) por el eneatipo 2. Estas personas van por la vida adoptando (muchas veces, en sus vínculos amorosos) “almas necesitadas”, que son expertas en detectar, y establecen así un vínculo de mutua satisfacción: ellas hacen por ellos (o por otras “ellas”); ellos dejan hacer. (Los segundos, seguramente, estarán encarnando a su vez un arquetipo que les es familiar: el que los representa como dependientes y incapaces de ocuparse de sus propias vidas.) Como todo mito fundante, la cualidad esencial que encarna el rol del ayudador es real, legítima y valiosa: dar cuidado, servicio, ternura y amor. Pero también es prerrogativa de los arquetipos “tomar” a la persona al punto de convertirla en una caricatura de sí misma. Entonces se pierde toda noción de intercambio, y la “ayudadora” pasa a ser una dadora universal en todo ámbito y circunstancia, a expensas de sus necesidades, autonomía y a veces de su propia salud.

Otro ejemplo (algo más prevalente entre los hombres), es el de la persona que, por falencias afectivas de la infancia, se construye un bastión de autosuficiencia y impermeabilidad al dolor. Este puede ser un mito altamente funcional durante muchos años. Pero llegado el momento de establecer un vínculo de pareja, por ejemplo, se resquebraja y hace agua con cada intercambio.

A veces el mito fundante no se erige tanto en una forma de ser sino en la pertenencia a una institución, como, por ejemplo, el de la familia y el matrimonio. Si ese marco contenedor ha sido el norte y fin último de toda una vida, una crisis conyugal amenazará con poner fin, no a una historia de pareja, sino a la propia existencia.

Hasta que las personas logran reconocer a sus arquetipos por lo que son, viven convencidos de que ellos “son” así, del mismo modo en que tienen determinada altura y cierto color de ojos, y que no hay nada que puedan hacer al respecto. Por supuesto, subterráneamente siempre hay voces de descontento que buscan hacerse oír. Si son escuchadas, la aparición de un nuevo mito será suave y paulatina; si no, tendrá la forma de un motín a bordo.

Decía Joseph Campbell: “Los mitos no son correctos o equivocados; funcionan o no funcionan”. ¿Cuál es el ocaso deseable de un mito que ya no funciona? Ser subsumido e incluido en un nuevo mito más coherente con la nueva realidad. Pero siempre, primero, el viejo y el nuevo mito entrarán en tensión. En esa instancia, lo ideal es poder establecer un diálogo entre ambos que ayude a generar una síntesis genuina.

En este proceso puede ser muy útil la escritura: registrar las vivencias, conflictos y tensiones que van apareciendo, invitando a las distintas voces que a uno lo habitan a desplegarse y dialogar en el papel.

Otra manera de percibir al viejo mito es escucharse, prestando especial atención a declaraciones del estilo de “Yo soy culposa”, “Soy incapaz de poner límites”, “La intimidad no es lo mío”… Esas expresiones tajantes de identidad pueden dar lugar a la pregunta: “¿Por qué soy culposa?” “¿En qué me ha beneficiado, hasta ahora, la incapacidad de poner límites?” “¿Qué es lo me tanto me cuesta de la intimidad?”

Si nos animamos a explorar esos antiguos guiones que viven en nosotros, nos sorprenderemos al comprobar que son nada más que eso: guiones. La vida es una larga historia que contamos a los demás y a nosotros mismos. Si perdemos el miedo de reescribirla todas las veces que sea necesario, lograremos hacer, de cada momento, la expresión más honda y más genuina de quienes somos. Y esto se parece bastante a la libertad.

Fabiana Fondevila

Ilustración: patwasi.

Espacio interior - Fabiana Fondevila

Espacio interior

¿Cuántas veces nos pasa que un hecho fortuito, de apariencia insignificante, se lleva nuestro buen ánimo puesto como un vendabal en el desierto? A veces el hecho en cuestión resulta tener, al fin, su trascendencia, y (en tantas) otras ocasiones no; el tiempo y su luz implacable lo revela como lo que verdaderamente fue: una preocupación innecesaria, un temor por reflejo o por costumbre, una magulladura del ego que duró lo que duró, hasta que algún resquicio de eternidad vino a nuestro rescate.

En esos momentos, conviene tener a mano un concepto que los budistas conocen bien, y que a los occidentales nos resulta ajeno casi por completo. Me refiero al “espacio interior”, que también podría traducirse como “espaciosidad”, si no fuera un término tan aparatoso. ¿De qué hablamos cuando hablamos de espacio interior? La ecuanimidad -la capacidad para enfrentar los sucesos positivos y negativos de la vida sin perder el centro- se le asemeja bastante. Pero este concepto suma, valga la redundancia, un componente espacial, visual casi, y esto ayuda a encarnarlo en el aquí y ahora, y a darle un elemento casi sensorial.

Habitar ese espacio interior significa saberse vasto, generoso de proporciones, capaz de abarcar “los mil gozos y las mil penurias” de las que hablan los textos budistas, sin perder la paciencia, el amor, la compasión por uno mismo y por el esfuerzo que hacemos para enfrentar las cosas que nos acontecen sin perder el norte.

¿Equivale esto a tomar distancia de los acontecimientos difíciles? No precisamente. Tomar distancia sería, de algún modo, negar esos hechos, separarnos de ellos, desconocer su importancia, su alcance emocional, su impacto. Vivenciar el espacio interior, en cambio, nos invita a reconocerlos en toda su magnitud, a aceptar el dolor que nos provocan, a entregarnos incluso a ese dolor por el tiempo que sea necesario, sin apegarnos a él.

Para poder vislumbrar ese espacio, es necesario que podamos observar, con amoroso discernimiento, aquella voz pequeñita (que a veces suena a muchas voces, incluso a tumulto) que nos representa ante el mundo, y al mundo ante nosotros, cada día. Esa voz que se queja y se lamenta, que hace planes y se entusiasma, que dice y se desdice, que opina y sermonea; la que está, a veces, en franco desacuerdo consigo misma. Si logramos, por un momento, desapegarnos de aquella voz, para percibir al oyente silencioso y pacífico que le hace de audiencia, habremos entrado en la antesala del gran espacio. Si por medio de la meditación, la oración, la jardinería u otras artes, logramos pasar ratos más o menos prolongados codo a codo con ese testigo sereno y omnipresente, habremos logrado alquilarnos un cuartito de espacio interior propio, con vista a la inmensidad.

Lo prodigioso de esta morada es que, una vez que nos enteramos de su existencia, se vuelve cada vez más fácil desandar nuestros propios pasos, y salir de cualquier entuerto para llegar a ella. Su propio fulgor nos convoca, y apenas nos perdemos en el ruido, apenas nos enrredamos en algún pensamiento fútil, su llamado de sirena nos va atrayendo, como silbando bajito, de vuelta a su regazo.

Dicho esto, cabe aclarar que, como con todos los vínculos que preciamos, el único reaseguro es el amor. “El tiempo que has perdido con tu rosa hace que tu rosa sea tan importante”, decía el Principito. Si pasamos tiempo en ese espacio, si lo buscamos y lo cultivamos, si lo amamos con la incondicionalidad que es el reflejo de su propia esencia, estará cada vez a nuestra disposición para abarcar a conciencia todas nuestras pequeñeces.

En “Loving-kindness. The Revolutionary Art of Happiness” (Amor universal. El arte revolucionario de la felicidad), Sharon Salzberg cuenta un poquito más de qué se trata esta dimensión de nuestro ser. Aquí, un fragmento:

“Albert Einstein dijo: ‘La división del átomo ha cambiado todo, excepto cómo pensamos.’ Cómo pensamos, cómo vemos nuestras vidas, es fundamental, y el grado de amor que manifestamos define el grado de espacio interior y la libertad que podemos darle a los acontecimientos de la vida.

Imagina un vaso de agua muy pequeño, al que le agregamos una cucharadita de sal. Por el tamaño pequeño del contenedor, esa cucharadita de sal va a tener un impacto muy grande sobre ese agua. Por el contrario, si tomamos un cuerpo de agua mucho mayor, como un lago, y le agregamos esa misma cucharadita de agua, no tendrá un impacto tan intenso por la vastedad y la apertura del vehículo que la contiene.

Nos pasamos mucho tiempo en la vida procurando una sensación de seguridad o protección; intentamos controlar la cantidad de sal que la vida nos arroja. Irónicamente, la sal es precisamente la cosa que no podemos afectar en absoluto, ya que la vida cambia y nos ofrece todo el tiempo alegrías y penurias. Nuestra verdadera tarea es crear un contenedor tan inmenso que cualquier cantidad de sal, aunque sea un camión repleto, pueda penetrar en él sin afectar nuestra capacidad para recibirlo. En ese caso ninguna situación, por más extrema que sea, causará una reacción obligada.”

El camino de vuelta a casa - Fabiana Fondevila

El camino de vuelta a casa

La mente crea el abismo y el corazón lo cruza“.
Sri Nisargadatta

Pasamos nuestros días tan enfrascados en nuestras cabezas, que el más simple movimiento hacia el corazón basta a veces para generar una pequeña revolución interna. Aquello que nos molestaba o nos irritaba, las preocupaciones que enturbiaban la paz del ego, las diferencias de apariencia insalvable que nos separaban de otros, todo se disuelve como hielo bajo el sol cuando logramos recuperar el lenguaje de la gratitud, la mirada del asombro.

Todas las tradiciones de sabiduría enseñan prácticas y métodos para ayudarnos a zanjar esa brecha. Pero lo curioso es que el portal a esa dimensión de la intimidad nunca queda lejos: el pájaro que nos roza con su vuelo, las hojas que se desprenden con el viento, la mirada alzada al cielo alcanza para sacudirnos la ilusión y despertarnos. Mirar a otro, verdaderamente mirarlo, como si en sus ojos buscásemos el secreto último de la vida, es otro camino seguro. Escribir, pintar, bailar, cocinar, los mil y un caminos que nos ponen a disposición, como si abriéramos las manos para recibir un regalo.

Poco importa si vivimos en una ciudad atestada de autos, o en la remota cumbre de la montaña: el camino de vuelta nos pertenece. Ejercer esa gracia, al menos un instante cada día, puede que sea nuestra ambición más alta.

Limpiar el planeta cada mañana - Fabiana Fondevila

Limpiar el planeta cada mañana

Cuando por la maña uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta.”
Antoine de Saint-Exupéry (El Principito)

Las novelas, los cuentos, las poesías… toda literatura siempre dice más que lo que dice. En la narración más inocente se esconden enseñanzas de las que a veces ni el mismo autor fue consciente al momento de escribirlas. Esta cita del bien amado “Principito” que nos insta a mirar más allá de nosotros mismos y ocuparnos del mundo (aunque más no sea el pequeño mundo de nuestra casa, nuestro barrio, nuestra ciudad), anticipándose a las banderas ecologistas que harían su aparición muchos años después. Y así, el eterno niño de los rulos al viento nos sigue enseñando. A nosotros, o al niño que llevamos dentro…

Fabiana Fondevila - El Buda

Las bendiciones de Buda

Que todos los seres que existen gocen de paz y bienestar
Que cada ser viviente, débil o fuerte, largo o corto,
Mediano o pequeño, malo o beatífico,
Que todo ser viviente, visible o invisible,
los que viven cerca y los que viven lejos
Los nacidos y los que aguardan a nacer,
Que todos obtengan paz interior.
Que nadie engañe ni desprecie a otra persona en ningún lugar,
Que nadie desee el daño a otro, por antipatía o por enojo.
Así como una madre protege a su único hijo aun a costa de su propia vida
De igual manera, cultiva un amor sin límites hacia todos los seres vivientes.
Abre tu corazón infinito hacia el mundo entero
A lo largo, a lo ancho y en toda dirección.
Ama sin obstrucción, sin odio, sin enemistad.
Y mientras caminas, te paras, o te acuestas, embriagado de sueño,
Entrega tu mente a este fin por completo, Y conocerás la vida divina en la Tierra.

El Buda