Un lugar en el mundo por Fabiana Fondevila

Un lugar en el mundo

“Topofilia” significa amor por un determinado lugar. Generalmente, el lugar donde uno nació y se crió, pero también puede sentirse por algún espacio o paisaje que apenas se conoce, y que nos conmueve por su belleza o la emoción que despierta misteriosamente en nosotros.

Para los antiguos, hubiese resultado un concepto innecesario y redundante. ¿Cómo podría uno no sentir amor por el propio terruño? Todos los pueblos originarios conciben al lugar que los vio nacer como parte de su círculo más íntimo de pertenencia. Los Mambuti, del Congo, por ejemplo, tienen un solo nombre –“Ndura”- para aludir al bosque, al clan y a la familia. El cacique Seattle, de la etnia Suquamish, dijo en su recordado discurso (en su versión auténtica y original): “Cada parte de esta tierra es sagrada el corazón de mi pueblo. Cada colina, cada valle, cada pastura y cada surco, ha sido santificado por algún hecho triste o feliz en días remotos. Hasta las rocas, que parecen yacer mudas y muertas bajo el sol, en la costa silenciosa, se estremecen con el recuerdo de sucesos conmovedores en las vidas de mi gente.”

Para el habitante de la ciudad, puede ser difícil acercarse a este nivel de conexión, cuando el paisaje a su alrededor cambia constantemente. Donde antes hubo una panadería de barrio hoy hay un garage, donde antes vivió la vecina de toda la vida, en su casa con zaguán, hoy irrumpe un edificio de hormigón y vidrio. Puede que queden pocos hitos en pie de la topografía que conocimos y amamos de niños.

Pero aun así, el amor el lugar persiste y busca sus anclajes. Quizás la plaza, renovada pero con los recuerdos intactos, esa esquina en la que mordimos el polvo en nuestra primera vuelta en bicicleta, aquel gomero bajo cuya sombra transcurrió el primer beso.

Es triste perder el primer paisaje, pero más triste aun es no sentirse parte de lugar alguno. A veces el desarraigo se debe simplemente a un exceso de movilidad, pero más a menudo responde a un fenómeno penoso, propio de nuestros días: la amenaza de la inseguridad, que nos arranca los pies del suelo y nos deja desconectados y ajenos, recluidos en nuestros hogares como islas en un océano hostil.

Este flagelo se suma a una cosmovisión heredada de la Revolución Industrial, que nos lleva a vincularnos con los espacios que habitamos de manera automática, circunstancial y utilitaria. De esta cosmovisión nace el concepto de “no lugar”, acuñado por el antropólogo francés Marc Augé, que alude a puntos neurálgicos de la modernidad como los shoppings, los hoteles, los supermercados y los aeropertos, que de tanta transitoriedad casi no pueden considerarse sitios en un sentido verdadero.

Pero apelo entonces a una frase del poeta ecologista Wendell Berry, que forma parte de una bella poesía: “No hay lugares profanos. Solo hay lugares sagrados, lugares profanados”. ¿Será que los shoppings y los aeropuertos son simplemente eso, lugares que profanamos diariamente con nuestra indiferencia? ¿Podrían, entonces, ser distintos, si osasemos mirarlos de manera diferente, como parte indispensable de nuestras idas y venidas por el mundo? ¿Como escenarios -como sin duda lo son- de nuestras alegrías, zozobras y tristezas? ¿Será que, vistos así, demostrarían estar llenos de vida, como las piedras mudas del cacique Seattle? ¿Es posible que lugar alguno en la tierra quede separado de la vida, si no es demanera ilusoria y superficial?

Lo cierto es que la historia milenaria de la especie no se borra tan fácilmente, y donde sea que nos encontremos, algo en nosotros pide recuperar una forma distinta de convivir con el mundo. Y una parte poderosa del llamado nos pide, además, que vayamos más allá de los pisos de mármol o concreto, a recuperar el suelo verdadero, aun cuando apenas lo divisemos de tanto en tanto en alguna fisura de la vereda.

La topofilia abarca el amor por una cultura específica, pero, en sus raíces, es una atracción de naturaleza biológica. Aun los nacidos y criados en el cemento somos hijos del barro (y, más atrás, del polvo de estrellas), y ahí late nuestra filiación más profunda.

Lo recordamos cada vez que, por equivocación o por milagro, volvemos a meter manos en la tierra, y nuestras células despiertan de su largo letargo. El aroma del humus, la vida que cava surcos visibles e invisibles en el polvo, la nutrición subterránea de todos nosotros sale a nuestro encuentro en una sola bocanada, y de golpe sabemos bien quiénes somos, y a dónde pertenecemos.

Ya en el siglo pasado dijo el escritor D. H. Lawrence, con tono sombrío: “Desde un punto de vista vital, la raza humana está muriendo. Es como un gran árbol desgajado de la tierra, con sus raíces en el aire. Debemos volver a plantarnos en el universo”.

Quizás el camino de vuelta sea más sencillo de lo que pensamos. Quizás no haga falta que nos vayamos a vivir al campo o a los pocos espacios naturales que aún permanecen. Quizás alcance con recordar que todos somos indígenas de este, nuestro único planeta, que el lugar donde vivimos –sea el primero, el cuatro o el undécimo- es nuestro por fuerza del amor que nos despierta, si así lo permitimos. Que no hay inseguridad ni utilitarismo ni espacio profanado que pueda borrar nuestras huellas de la tierra ni separar nuestros ojos del cielo. Que por más cosmopolitas y ciudadanos del mundo que nos sintamos, somos siempre, al final del día, lugareños.

Después de todo, lo sabemos, siempre se vuelve al primer amor.

Fabiana Fondevila

Recibir la noche oscura por Fabiana Fondevila

Recibir la noche oscura

Llega el frío, llega la reclusión, llega la noche oscura. Intelectualmente, quizás sepamos que a partir de hoy -la noche más larga- los días lentamente vuelven a alargarse. Pero en lo inmediato, la vivencia es otra. La temperatura seguirá bajando, hasta ser, por momentos, gélida, los árboles se despojarán de las hojas que les quedan, el paisaje cambiará, invitará a pasar más tiempo adentro, hibernando.

En las ciudades, salvo para aquellos que padecen el frío por sus trabajos o condiciones de vida, es fácil saltearse este rito de pasaje y seguir de largo, como si nada de importancia estuviera ocurriendo. Después de todo, la vida moderna está armada para que así sea: casas calefaccionadas, autos y transporte público, luz artificial en cada calle, ropa antitérmica y abrigo.

Pero ocurre que, aun con toda esta infraestructura, no logramos desentendernos del todo de la matriz que nos creó y nos sigue rondando a cada paso. No fue intrascendente, para nuestros antepasados, la llegada del invierno. Así como otros animales hibernaban o migraban, los primeros seres humanos migraron también, lucharon para resguardarse del frío, descubrieron el fuego y supieron dominarlo, fueron capaces- al fin- de echar luz en la noche oscura. Pero no dejaron de atravesarla, ni de honrarla como parte indivisible de la vida del planeta y de su propia existencia.

¿Es un regalo el frío? ¿Podrá serlo?

En el reino vegetal, no caben dudas: sabemos que las temperaturas bajas favorecen el crecimiento de plantas y frutales, nos dan la dulzura de las manzanas, de los frutos rojos (e incluso de otras frutas que llegan más tarde pero que no maduran sin mediar esos meses gélidos), que árboles y arbustos necesitan la alerta del frío para entrar en hibernación y que solo emergen del largo sueño una vez transcurrido el tiempo necesario a temperaturas suficientemente bajas.

¿Y nosotros? ¿Será que necesitamos, también, un descanso de la sensual euforia veraniega? ¿Será que sentimos, también, el impulso de replegarnos, guardar energías, soltar nuestros cansancios y generar calor con el alimento que comemos y nuestro propio fuego interno?

Si podemos desconectar por un momento de las pantallas y las luces artificiales, sentiremos que la voz tenue del invierno nos llama también, como llama a las semillas, a las hojas, a la savia que desciende, a los animales que cambian de color y refuerzan su pelaje, al pasto que demora su crecimiento y guarda fuerzas para la primavera.

Habremos perdido la brújula de muchos pasajes naturales, habremos desordenado los ciclos con nuestras intervenciones inconscientes, pero no por eso dejamos de ser parte. De a poco, guiados por algunas voces certeras, vamos redescubriendo el antiguo vecindario, la vieja y olvidada familia. Los científicos hablan por primera vez de “biofilia” -el amor por lo vivo- y recurren al término “biomimética” para dar cuenta de que cómo la naturaleza puede, todavía, enseñarnos a resolver nuestros problemas, aun aquellos que creamos por herirla y torcer sus designios.

Aparecen nuevas disciplinas como la ecopsicología, que busca reinsertar la psiquis humana en su entorno natural, del cual nunca se escindió más que en apariencia. Se habla de la “resalvajización” de los ecosistemas, en la que se reponen especies originarias que en nuestra soberbia extirpamos (los lobos de los bosques, las ballenas de los mares), pensando que no haría diferencia, que era una mejora en el estado de cosas.

Queda una frontera aún por conquistar: “resalvajizarnos” a nosotros mismos. Redescubrirnos como parte del paisaje, sabernos tan sujetos a las mareas, los soles y las lunas como cualquier otro integrante del planeta.

“En lo salvaje está la preservación del planeta”, escribió el filósofo y poeta Henry David Thoreau. Suele citarse en forma errónea el comienzo de la frase, y mal traducirse, como “En la naturaleza salvaje está…”. Pero no es eso lo que dijo el gran naturalista –como señala la autora Mary Reynolds Thompson-. Lo que dijo, lo que quiso señalar, es tanto más profundo y atinado: hablaba de lo salvaje que nos habita, de esa chispa del fuego original que se rehúsa a apagarse, adormecerse o domesticarse.

“Salvaje” no significa aquí (como se entiende en su acepción vulgar) violento y desalmado. Significa vivo, indómito, núcleo vibrante de una trama que antecede cualquier invento. Visto de este modo, “salvaje” es en realidad una cualidad del alma. Y aunque hoy apenas la conozcamos, el hecho es que esta cualidad convive en armonía con otros cometidos, profundamente humanos,que nos convocan también por esta época del año: cobijar, reforzar los esfuerzos por abrigar a quienes pasan frío, buscar nuevas formas creativas de ser refugio, y hasta tender puentes con otros reinos, ofreciendo semillas en el balcón para ayudar a los pájaros a resistir los meses fríos.

“Salvaje” no significa obviar las bendiciones que supimos conseguir. Por el contrario: vivir el frío a conciencia nos hace más proclives a agradecer con emoción genuina esa taza de té caliente, esa hornalla que se prende con el chasquido de un fósforo, ese abrazo. De hecho, quizás no haya otra época del año que nos invite tan poderosamente a dar gracias.

Pero nada reemplaza el desafío de atravesar la noche oscura. Habrá que mirar las estrellas cara a cara, echando humo por la boca como un leve volcán, hasta sentirlo recalar en los propios huesos. Solo así honraremos el llamado del invierno, ese antiguo y certero animal.

Fabiana Fondevila

El revés de la trama - Fabiana Fondevila

El revés de la trama

Fue una tarde de emociones encontradas, seguramente para muchos. La bronca y el dolor convivían con la alegría de ver a esa multitud ahí reunida, haciendo fuerza por poner fin –de una vez por todas!- a la violencia y la locura. Mujeres, hombres, niños cargados sobre los hombros, carros de bebés, pelos pintados, pancartas manuscritas, gestos de triunfo, caras sombrías; variopinta expresión de un pueblo dolido, agotado, incrédulo ante una barbarie impropia de nuestros días.

Entre la multitud, sin hacer ruido ni pedir permiso, se abría camino una joven en silla de ruedas. Varios nos dimos vuelta para ver si alguien la acompañaba. No, estaba sola. Avanzaba con determinación, a puro remo entre el mar de gente. Su presencia destacaba más que cualquier cartel el peso y la urgencia del evento.

Los adolescentes que vivían su primera marcha lo hacían con la emoción a flor de piel y una conmoción casi visible: en este país eternamente enfrentado, los adultos marchaban juntos, sin conflictos ni divisiones, encolumnados y unidos por un único fin.

Ya en la plaza, los carteles con los nombres de las mujeres asesinadas inclinaban la balanza para el lado del dolor. Costaba mirarlos; costaba más no hacerlo. Observando las fotos de las que ya no están, recordé algo que contó el Hermano David Steindl-Rast en una entrevista en Buenos Aires hace un par de años. Habiendo crecido durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo ocasión de presenciar muchos sucesos tristes y dramáticos. Su madre, luminosa como él, le aconsejó: “Siempre que veas una catástrofe, buscá a las personas que ayudan. Donde pasa algo malo, siempre hay personas que ayudan”. Así, mi mirada hilvanaba las fotos de las víctimas con los rostros conmovidos de los que me rodeaban, pancartas en alto, pidiendo paz.

Hubo dolor, hubo bronca, pero me atrevo a decir que la emoción que predominó, ayer, entre los hombres y mujeres que marchaban, fue otra. Como el revés de una trama, como la tenacidad a toda prueba del corazón, sobrevolaba sobre las cabezas y los carteles algo parecido a la ilusión. ¿Es posible que la violencia pueda más que este “¡Basta!” fervoroso a una sola voz? ¿Es posible que los políticos y los jueces puedan hacer oídos sordos a tan categórico rechazo? ¿Es posible que la cultura no despierte, al fin, de su largo sueño machista?

Es posible, lo sabemos. Pero ayer, al menos, no había lugar para otro futuro que el que caminaba entre nosotros, un futuro en el que las voces de la compasión, la ética y la justicia le cierren una y otra vez el paso a la la ignorancia y la atrocidad; un futuro en el que la solidez de los vínculos -y las leyes que los amparan- sea la mejor defensa contra el oscurantismo de unos pocos.

No es la primera vez que un pueblo “reza con los pies”, como tan bien lo expresó el rabino Abraham Joshua Heschel al marchar junto a Luther King por los derechos civiles de los afroamericanos en 1965. Y no será la última. Que el noble ejemplo de los que nos precedieron nos inspire a librar la batalla necesaria. Que la ilusión que ayer nos hizo fuertes nos siga guiando hoy y cada día.

El futuro que ansiamos es posible. Ni una menos. Nunca más.

Fabiana Fondevila

Mi gratitud a Virginia Gawel por las hermosas fotos

El sencillo arte de la felicidad - Fabiana Fondevila

El sencillo arte de la felicidad

Joie de vivre. Esta expresión del francés puede traducirse fácilmente como “alegría de vivir”. Pero como siempre pasa con los idiomas, algo de la chispa original del concepto parece perderse en la traducción. No importa: Matthieu Ricard, científico, fotógrafo, monje budista y traductor, la encarna de maravillas. No casualmente, uno de sus libros más recordados se titula, precisamente, En defensa de la felicidad. Su nueva obra -aun por traducirse al español- se llama La revolución altruista, pero no significa esto que el autor haya cambiado el foco de sus indagaciones. Para Ricard, altruismo y felicidad son conceptos tan entrelazados que es imposible hablar de uno sin mencionar al otro. De eso trató la charla que dio en Green Tara Happiness, en el auditorio del MALBA, el viernes pasado.

Su llegada fue anunciada -como lo es adonde sea que viaje, desde un tiempo a esta parte- como la visita del “hombre más feliz del mundo”, un mote del que el monje se ríe gustoso. Pero durante su presentación en Buenos Aires, no se privó de señalar a la imagen de un anciano tibetano completamente desdentado en la pantalla grande y aclarar: “Ahí lo tienen. Ese es el hombre más feliz del mundo!”

Podría parecer una ocurrencia del momento. Pero Ricard ya ha expresado ese mismo concepto muchas veces antes. Por ejemplo, de este modo: “Los chicos, los ancianos y los vagabundos se ríen fácilmente y con entrega. No tienen nada que perder y esperan poco. En la renuncia (a los bienes materiales) hay un delicioso sabor de sencillez y una profunda paz”.

No obstante, no es la renuncia exactamente lo que ha vino a proponer Ricard en su primer viaje a la Argentina, sino, más bien, la importancia de trocar nuestra obsesiva preocupación con nuestros propios asuntos por una mirada más amplia, más compasiva, más respetuosa del bienestar de todos los seres sintientes y del planeta mismo. Y si esto implica alguna forma del sacrificio, que sea un sacrificio con alegría, que no es sufrimiento alguno.

En su exposición, Ricard puso de relieve un dato que no suele escucharse, y que muchos sin duda discutirían: que a pesar de toda apariencia, y contra lo que parecerían reflejar cada noche los noticieros, el derrotero de la humanidad ha ido deviniendo notablemente más cooperativo y menos violento con el pasar de los años. Sustentó la premisa con cuadros y gráficos, y también con el más puro sentido común: “Si hoy todos nos vamos de esta sala luego de haber solamente conversado amablemente, este hecho no será titular de ningún diario. Pero si uno ahora se levanta y agarra a las trompadas con el de al lado, eso será sin duda noticia.”

Este status qúo que todos damos por sentado ha sido bautizado por ciertos autores “la banalidad del bien”, en respuesta al término contrario acuñado por Hannah Arendt en relación a la indiferencia de un jerarca nazi por las atrocidades cometidas durante el Holocausto.

El altruismo avanza, sostuvo el monje, porque la tendencia a dar y recibir son parte de la naturaleza humana, y, más aún, constituyen ingredientes fundamentales de la felicidad.

Joven estudiante en una de las escuelas contruidas por Karuna-Shechen, la organización de bien social que dirige Ricard, en el Tíbet.

Pero nada de esto puede darse por sentado: hay que trabajar para afianzar estos dones en nosotros mismos, aprender a ablandar el corazón, a inclinar nuestra mente en dirección del bien y a sensibilizarnos cada día un poquito más hacia el sufrimiento ajeno.

Afortunadamente, tenemos una herramienta sin igual para poder hacerlo: la compasión. A diferencia de la empatía, que equivale a sentir lo que siente el otro (una cualidad clave como punto de partida), la compasión nos permite hacer foco, no tanto en el sufrimiento percibido sino en el ferviente deseo de ayudar que nos provoca. En otras palabras, en el amor. De ese modo, evitaríamos el tan mentado “burn-out” (agotamiento) que aflige a médicos, maestros y muchos de quienes se dedican a ayudar.

Estudios de mapeos cerebrales corroboran que, en estado de meditación compasiva, las áreas que se iluminan (entre ellas una estructura conocida como la ínsula) tienen vinculación con la percepción de estados emocionales y sus correlatos en el cuerpo. Curiosamente, también se halló relación entre una mayor proclividad a la compasión y un menor índice de depresión. O sea que estar más conectado y deseoso de aliviar a los demás redundaría, curiosamente, en un estado anímico más elevado.

De las dos grandes enseñanzas del budismo -la sabiduría (entendida como el conocimiento de la naturaleza última de la realidad) y la compasión, Ricard claramente se inclina por la segunda como virtud suprema, aunque considere que ambas son inseparables.

Durante el segmento de preguntas y respuestas de uno de los paneles, se permitió compartir algo que le dijo a Jon Kabat-Zinn, introductor de la práctica conocida como Mindfulness (Atención plena) en Occidente: “Es una muy buena práctica, pero ¿por qué no introducen la palabra “amorosa” o “compasiva” después de “Atención plena”? Porque con la atención sola no alcanza: un franco tirador puede actuar con suma concentración y presencia”. Luego se permitió decirle al público, sólo a medias en broma: “Si tienen que elegir una de las dos, elijan la compasión; tendrán dos prácticas por el precio de una!”

Si hubiera que resumir toda la ciencia y el saber espiritual transmitido por Ricard a lo largo de la conferencia, podríamos apelar a una frase que citó del gran Martin Luther King Jr.: “Cada hombre debe decidir si caminará en la luz del altruismo creativo o en la oscuridad del egoísmo destructivo”. Pero también podemos quedarnos con la síntesis del propio monje, que resumió dos horas de exposición con cuatro sencillas palabras: “Be good. Do good” (Sean bondados. Hagan el bien”).

¿Qué más haría falta agregar?

Refugiada tibetana, Matthieu Ricard
La felicidad: tras las huellas del amor

La felicidad: tras las huellas del amor

Me gustaría compartirles un cuento del pueblo San (antes conocido como el pueblo Bosquimano), que habita en el desierto del Kalahari. Dice así:

“Si un día salgo a caminar y miro atentamente a un pájaro, un hilo fino se forma entre nosotros. Si salgo otro día y veo a ese mismo pájaro y lo reconozco, el hilo se vuelve un poco más grueso. Cada vez que veo y reconozco a ese pájaro único, particular, el hilo crece, hasta convertirse en una soga. Nosotros tendemos sogas con todos los aspectos de la creación, con todo el universo”.

¿Por qué traigo esta historia? Porque si la noción de “éxito” implica alcanzar un objetivo propuesto, me parece que es importante elegir un objetivo que pueda conducir, efectivamente, a la felicidad. Entonces, surgen las preguntas: ¿a dónde queremos llegar? O ¿dónde queremos estar? (Porque, quizás, ya estemos ahí) ¿Cómo queremos vivir? Y, sobre todo, ¿cómo nos queremos sentir?

Yo creo que nos queremos sentir un poco como cuenta la narración de este pueblo africano: conectados, parte de un universo más vasto que nos contiene a la vez que nos refleja, parte de la gran familia humana y de los seres sintientes, protagonistas de una historia vasta que otros ya transitaron, marcándonos el camino, pero que se nos requiere que actualicemos y hagamos verdadera nuevamente. Creo que queremos sentirnos asombrados por esta historia, estimulados, enamorados por sus aspectos más bellos, desafiados por sus aspectos más temibles. Creo que, como decía el gran Joseph Campbell, lo que buscamos no es tanto el sentido de la vida como la exquisita experiencia de estar vivos.

Dudo que haya un único camino para lograr este objetivo, pero sí creo que hay una constelación de emociones que son mojones en el camino, por no decir, los peldaños y la tierra sobre el que el camino se construye. Voy a nombrar a algunas de ellas, y los invito a sentir en el cuerpo qué les suscitan sus nombres:

Asombro. Pasión. Gratitud. Entrega. Devoción. Coraje. Reverencia. Humildad. Bondad. Compasión.

Son virtudes. Son emociones. Son formas de habitar nuestros cuerpos. Son cualidades esenciales, unánimamente señaladas por las tradiciones de sabiduría como piezas clave de una buena vida, y hoy avaladas por la ciencia como materia prima de la felicidad. Todos concuerdan, además, en que son virtudes cultivables.

Es cierto que la vida a veces conspira contra el ejercicio de estas emociones. Por un lado, la sociedad las desestima, poniendo en duda su misma existencia. Por otro lado, las cosas que nos van sucediendo las ponen en jaque de muchas maneras. ¿Podemos seguir confiando en la bondad de la existencia después de perder a un ser querido? ¿Podemos seguir sintiendo el asombro de un niño una vez que crecemos y envejecemos? ¿Podemos seguir apostando al amor, sin cinismo, tras sufrir un rechazo o un desengaño?

Podemos. Pero es una elección que hay que hacer de nuevo cada día; a veces, varias veces en el día.

Creo que un buen lugar para empezar a desarrollar estas virtudes es partir de lo que uno ama. Para algunos la naturaleza es una fuente privilegiada de asombro, gratitud, devoción y coraje. Para otros lo es la música, o cualquiera de las artes. Para muchos la fuente suprema de energía sean los vínculos, la lucha contra la injusticia, trabajar por una causa justa.

Es importante que dediquemos tiempo a estas fuentes de inspiración y sentido, que las absorbamos como maná divino, porque lo son. Pero hay que saber también que las pasiones que hoy nos conmueven pueden cambiar, que en el fondo no importa tanto si hoy nos deslumbran los árboles y mañana la arquitectura futurista, los trenes o los escarabajos, porque todo lo que nos hace vibrar no es finalmente más que un vehículo para un sentir más profundo; lo que verdaderamente nos apasiona, siempre, es la vida.

Y el órgano con que vivimos esa pasión es el corazón. El corazón, ese intrincado órgano físico y metafísico capaz de abrazar el misterio, de conciliar nuestros deseos con las necesidades de otros (y, muchas veces, de privilegiar esas necesidades a nuestras propias preferencias), de hacer lugar para el dolor y volver a apostar, una y otra vez, por la alegría, en una suerte de segunda inocencia más profunda y auténtica que la primera.

Así que quizás sí haya un camino; un camino arduo pero siempre fecundo: vivir desde y con el corazón.

En una de sus más lúcidas poesías, Mary Oliver se permite un consejo en cuatro líneas:

“Instrucciones para vivir la vida.
Prestar atención.
Rendirse al asombro.
Contarlo”.

Junto al amor, es lo más parecido que conozco a una receta de la felicidad.

Fabiana Fondevila

(Presentación compartida en el encuentro Green Tara Happiness, junto a Matthieu Ricard, Margarita Barrientos, Elena Roger y Cristian Cardoner. Precioso encuentro del que me sentí honrada de participar.)

Gracias especiales a Diego Ortiz Mugica por la gentileza de la foto.

En defensa del deseo - Fabiana Fondevila

En defensa del deseo

La brisa del alma
guarda secretos para ti.
No te vuelvas a dormir.
Debes pedir lo que realmente quieres.
No te vuelvas a dormir.
La gente viene y va a través del umbral
Donde los dos mundos se tocan.
La puerta es redonda y está abierta
No te vuelvas a dormir!

El poema, del místico sufí Jalaluddin Rumi, se inspira en ese rito liminal que es la oración del amanecer en la tradición musulmana. Pero en verdad habla de tanto más.

“Debes pedir lo que realmente quieres”, urge el poeta. ¿Cuán seguido nos hacemos esa pregunta y la contestamos desde el corazón? En ámbitos espirituales, por muchas razones, parecería que expresar un deseo personal no constituye un cometido digno; como si todo deseo fuera necesariamente producto del ego, y el ego fuese una suerte de torpe embajador al que hay que acallar por temor a que nos avergüence. Como consecuencia, ponemos sordina a ciertas emociones, temerosos de que dejen entrever algún ansia impropia.

Pero he aquí lo interesante: lejos de impropio, vergonzoso o poco espiritual, el deseo es el primer motor de la vida, y rechazarlo es oponerse a la más persistente expresión del espíritu en nuestro interior. La reticencia respecto del deseo se extiende a la pasión, una de sus vertientes más terrenales y reconocibles. De forma silenciosa y casi inadvertida, se han vaciado de pasión las disciplinas del alma, incluyendo una que nació como un anhelo desenfrenado por comprender la realidad: la filosofía. En su libro “Espiritualidad para escépticos”, Robert C. Solomon señala: “Sócrates y Platón, por ejemplo, aquellos antiguos modelos de la razón y la racionalidad, tenían una relación apasionada con la filosofía y directamente erótica con la Verdad. En El banquete, Sócrates (Platón) manifiesta que la filosofía (que viene de philia) es una forma de amor, incluso una forma de lujuria (eros). El hecho de que la pasión que define la búsqueda de la Belleza por parte de Sócrates (Platón) no sea una philia contenida y caballerosa sino eros, el deseo sexual (erótico), resulta aún más sorprendente”.

En el terreno de las religiones la pasión corrió una suerte similar. Las principales tradiciones monoteístas lo desterraron como a un virus peligroso. Señala Nietzche que esta férrea oposición no mató a Eros sino que lo volvió vicioso (algo que puso en el camino del psicoanálisis su principal asignatura).

Las tradiciones de Oriente tampoco escaparon a este dilema. El psicoterapeuta budista Mark Epstein explora a fondo este estado de cosas en su obra, aún no traducida, “Open to desire. The truth about what the Buddha taught” (Abierto al deseo. La verdad acerca de lo que enseñó Buda”), en la que subraya que Buda nunca se pronunció contra el deseo en sí, sino contra el apego a nuestros anhelos. Así lo dice el autor: “La Segunda Noble Verdad de Buda, acerca de la causa o la irrupción de dukkha (sufrimiento) es traducido tradicionalmente como ‘La causa del sufrimiento es el deseo”. Aunque ahora sé que es una traducción errónea, sigue siendo la principal causa de la mala comprensión de la intuición de Buda. (…)

En la primera década de mi involucramiento con el budismo, mientras viajaba a Asia, realizaba retiros silenciosos de meditación y me zambullía en la cultura budista que emergía entonces en Occidente, noté una valorización general del estado de “no tener preferencias” y una demonización del deseo. El mundo no es un problema para una persona sin preferencias, nos decíamos unos a otros (…).

Esta perspectiva contracultural parecía, al comienzo, fresca e inspirada. Hacer a un lado el impuso convencional hacia el confort y la seguridad habilitaba un tiempo y un espacio para la contemplación espiritual. Sin embargo, lo que produjo en los hechos fue un grupo de personas incapaces de decidir qué hacer o a dónde ir. Hasta ir a un restaurant generaba problemas irremontables.”.

Más grave que eso, Epstein cuenta que muchas de las personas con inclinaciones espirituales que lo visitaban en su consultorio -sin importar de qué tradición vinieran- se veían inquietas, casi temerosas, incómodas en su propia piel. Al tomar contacto con sus deseos en la terapia, algo en su interior se aflojaba. La observación no sorprende: escindidos de nuestro deseo no podemos ser nunca del todo nosotros mismos, ni mucho menos ser canal idóneo para nuestra energía vital.

La tradición de separar y hasta poner en bandos contrarios al espíritu y la materia, lo sagrado y lo mundano, lo vincular y lo transcendente, redunda siempre en un empobrecimiento de ambos planos: empalidece nuestra noción de lo divino y envilece nuestra visión de nuestros propios cuerpos y su paso por el mundo.

No obstante, hay en nuestro fuero más íntimo un lugar donde ambas esferas confluyen y se nutren una de otra, un lugar físico y metafórico donde la vida nos duele y atraviesa, nos eleva y convoca, nos convierte en seres únicos y nos une con todo lo que palpita a nuestro alrededor: el corazón. En esa recámara oculta se tejen los hilos de nuestra vida, y toda resistencia a sus designios más profundos nos aleja del camino.

“El problema no es tu deseo, es que tus deseos no son lo suficientemente grandes”, dijo el sabio hindú Sri Nisargadatta. Y es que en esos estratos, lo que ansiamos como individuos se parece mucho a lo que pide de nosotros la vida: crecer, conectar, sentir, celebrar.

¿Cómo saber si es esa voz la que escuchamos, y no alguno de sus muchos velos? No siempre es fácil, pero sí es sencillo: su voz suena siempre, clara e inequívocamente, como la voz del amor.

Fabiana Fondevila

Vivir el otoño - Fabiana Fondevila

Vivir el otoño

Se siente en el aire. No es sólo la temperatura que descendió varios grados, invitándonos a desempolvar los pulóveres de un día para otro. El cambio es más abarcador, más hondo y a la vez más sutil. Algo está llegando a su fin, algo nuevo se presenta.

El otoño no es nuevo, por supuesto, como no lo es la primavera, el verano ni el invierno. En las latitudes del mundo en que las estaciones se explayan sin pudor, estas transiciones son familiares y a veces hasta esperadas con ansias. Pero siempre es asombroso el cambio de mareas que viene a recordarnos -sin falta, cada tres meses- que lo único cierto e indudable es la transformación.

En estos días todavía tibios, que alrededor del mediodía parecen arrastrar los pies rememorando fuegos pasados, ya olemos en la brisa los rigores que vienen. Nuestros cuerpos lo perciben: en un futuro no muy lejano habrá frío, habrá oscuridad, habrá calma y sosiego.

Y hoy mismo, todo es diferente. La oscuridad ya le subió la apuesta a la luz y ambas reclaman por igual su porción del día. Los árboles sueltan hojas y siembran semillas. El aire es seco, como si alguien hubiese estrujado la humedad del ambiente como un trapo. Los verdes mutan al amarillo con paso lento pero seguro. ¿Qué hacer? ¿Cómo prepararnos para recibir al nuevo mundo?

En lo terrenal y mundano, es sencillo. El deseo nos guía hacia las comidas calientes, los tés, las sopas nutritivas. Aun si vivimos en ciudades, podemos conectar con lo que ocurre en la naturaleza reencontrándonos con la cosecha de la época: nueces, zapallos y calabazas, uvas, peras y manzanas. Si disponemos de un poquitito de tierra, podemos plantar tubérculos: zanahorias, rabanitos, puerros y cebollas. También habas, porotos y verduras de hoja. Nuestras cocinas se vuelven espejo de la estación si cocinamos esas mismas frutas y hortalizas, impregnando la casa con sus aromas: puré de calabaza, manzanas asadas con canela, peras al vino, nueces al caramelo.

Pero esta estación nos pide también movimientos más sutiles. Así como se acortan los días, el otoño nos llama, con su leve contracción, a hacer lugar a nuestra propia oscuridad. Dice la poeta Joyce Rupp, en su libro Little pieces of light: “Con gratitud reconozco que la oscuridad ha dejado de ser un enemigo para convertirse cada vez más en un lugar de silenciosa nutrición, un lugar donde es posible la lenta y segura gestación que requiere mi alma para crecer. Hoy no sólo doy la bienvenida a la luz en mi vida sino que hoy comprendo cuánto necesito amigarme con mi oscuridad interior”.

Un segundo movimiento es el que vemos ocurrir a nuestro alrededor: soltar lo viejo, entregarlo a la tierra para que lo absorba, transmute y convierta en fértil humus para nuevos nacimientos. ¿Qué de todo lo que venimos forjando ha perdido impulso? ¿Qué estamos sosteniendo a fuerza de hábito o por puro miedo a dejarlo ir? ¿Qué podría ser bueno y útil nuevamente si lo despojáramos de forma, como un trozo de arcilla que estrujamos y volvemos a amasar de cero? Como la materia siempre expresa e inspira al espíritu, una forma de ayudarnos en el soltar es hacerlo concretamente: desprendernos de todas aquellos objetos que hace rato que no usamos y encontrarles un destinatario mejor. Ser parte consciente del ciclo del dar y el recibir, entendiendo que no son instancias opuestas sino dos momentos del mismo gesto, gobernado por el amor.

Por fin, el otoño nos llama a reconocer con nuestras células la verdad de la impermanencia. Cada hoja que cae nos lo recuerda: nada dura para siempre. Lejos de penar por la transitoriedad, lo que este tiempo nos propone es aquel adagio que no pierde vigencia: Carpe diem. Este cielo que hoy miramos, con sus nubes antojadizas y su belleza, durará lo que un instante. Esa sonrisa que me regala mi hijo, mi amado, mi amigo, es una instantánea que no volverá, de esa misma forma, en mi vida o en la de ellos. Hasta el aire que respiramos, con sus aromas y sensaciones, es un recorte único. Vivir el otoño es ejercitar el corazón valiente que le dice sí a todo. Abrazar, celebrar y dejar partir.

Fabiana Fondevila

Cuando la gratitud le gana al odio - Fabiana Fondevila

Cuando la gratitud le gana al odio

Prabhjot Singh podría ser hoy un hombre con una historia de terror para contar. En cambio, ha elegido contar una historia de gratitud.

Hace unas semanas, fue atacado violentamente en el barrio neoyorkino de Harlem, donde reside con su mujer y su pequeño hijo. No lo atacaron para robarle, y tampoco fue un ataque azaroso. Los jóvenes que descargaron su furia sobre él se enojaron con su barba y su turbante -símbolos de la práctica del sijismo, la religión india a la que Prabhjot pertenece-, que pensaron lo identificaban como un musulmán. Fue, por lo tanto, un ejemplo clásico de violencia racial, que podría haber terminado en lo que hoy se conoce como “un crimen de odio”.

Prabhjot es un profesor adjunto de Relaciones Internacionales en la Universidad de Columbia, y un residente de medicina interna en el Hospital Mount Sinai, en Nueva York. Su esposa es la fundadora de City Health Works, una institución sin fines de lucro que provee servicios médicos a las comunidades de East Harlem. Pero, sobre todo, esta pareja de vida sencilla e ideales altos, venera los preceptos Sij que exaltan la compasión, la humildad y la igualdad entre las personas ante todas las cosas. En lugar de devolver ira con ira, Prabhjot eligió entender su experiencia de la siguiente, admirable manera:

“Las personas me preguntan qué siento al haber sido víctima de la violencia racial. Honestamente, no puedo darles una mejor respuesta que, simplemente, ‘Gratitud’.

Siento gratitud por varias razones. Si me hubieran atacado apenas un poco más violentamente, podría no estar consciente hoy para contar mi historia. Si me hubieran atacado sólo media hora más temprano, hubiesen lastimado a mi mujer y a mi hijo de un año. Y si me hubieran atacado en cualquier otro lugar, no habría habido transeúntes alrededor para salvarme.

Recuerdo que mis atacantes me gritaron insultos como ‘Osama’ y ‘terrorista’ antes de agarrarme de la barba. El recuerdo más vívido e inesperado es de cuando me tiraron al piso de una trompada. Recuerdo estar ahí, tirado en el piso, esperando que los golpes y las patadas se detuvieran.

Sí, es cierto que mis atacantes me fracturaron la mandíbula y me arrancaron algunos dientes con sus golpes mientras me gritaban insultos. Pero entiendo que podría haber sido mucho peor. Soy médico residente en East Harlem, Manhattan, y he visto la clase de daño que las personas con capaces de infligir inspirados por el odio. Por eso, me considero extremadamente afortunado.

Las personas me preguntan todo el tiempo si vamos a dejar el barrio. Mi esposa y yo no tenemos ninguna intención de mudarnos. Hemos amado vivir los últimos años en esta zona amistosa y vibrante; nuestras experiencias aquí han sido mayormente positivas. Nos encanta servir a esta comunidad, y hemos construido nuestras carreras para ayudar a proveer servicios de salud accesibles a barrios como este. Mi esposa acaba de inaugurar City Health Works, un emprendimiento sin fines de lucro que ayuda a formar médicos y a mejorar la salud de la comunidad de Harlem. Yo también ejerzo la medicina en este barrio, y soy profesor en la Universidad de Columbia, y mi gran objetivo es proveer servicios de salud para las comunidades carenciadas.

Más que desear que atrapen a mis atacantes, me importa que les enseñen. Mi tradición me enseña a valorar la justicia y la responsabilidad individual, pero también me enseña el amor, la compasión y la comprensión. Es una situación difícil. Me importa la gente de mi comunidad. Quiero que las calles sean seguras para mi hijo, pero al mismo tiempo, no me siento cómodo con la idea de poner a más jóvenes de mi barrio en el camino rápido a la encarcelación. Este incidente, por más desafortunado que sea, puede ayudar a iniciar una conversación en mi barrio que cree más entendimiento en la comunidad.

Mi esposa y yo pensamos criar a nuestro hijo en Harlem, y no puedo dejar de ver a los jóvenes que me atacaron como vinculados a él de algún modo. En un mundo hostil, ¿podría, él también, ser llevado a una acción semejante? ¿Podría él también sentir esa clase de odio?

Mi esperanza es que no. Mi esperanza es que nuestra familia siga formando parte de este barrio, que sigamos disfrutando de sus parques y sus plazas, y construyendo relaciones a través de nuestros trabajos. Creo que esto traerá un cambio positivo que nos fortalecerá a través de nuestra diversidad.

Puede que mi hijo algún día decida seguir practicando la religión Sij como adulto. Mi esperanza es que nuestro barrio, y todos los barrios del país, le brinden su apoyo sin importar cuál sea su camino.

Por eso, mi respuesta hoy es la gratitud. Mañana, mi respuesta también será la gratitud. Gratitud a la enfermera, al hombre mayor y a los otros samaritanos que vinieron en mi socorro; a la comunidad de Harlem; a mi comunidad de la Universidad de Columbia, a mi comunidad Sij; también a mi rol como marido, padre, médico, americano, maestro, activista y vecino.

Esta gratitud nos permite a mi esposa y a mí mismo permanecer optimistas de que nuestro hijo nunca va a tener que sufrir lo que yo acabo de experimentar.”

Al publicarse la historia de Prabhjot en el sitio de buenas noticias “Daily Good” (www.dailygood.org), entre una multitud de comentarios, un vecino del barrio de East Harlem, consignó este mensaje: “Gracias por tomar postura y gracias por elegir quedarse (…). Hay más que suficiente amor para usted y su familia en Harlem. Somos todos una gran comunidad. Gracias por su servicio.”

Fabiana Fondevila

El vínculo amoroso como camino espiritual - Fabiana Fondevila

El vínculo amoroso como camino espiritual

Stephen Levine es uno de pioneros en la introducción del Budismo Theravada a Occidente, autor de varios libros sobre el proceso del buen morir, y es, sobre todo, un respetado maestro. Ondrea Levine, psicóloga y co-autora de varios de sus libros, es su esposa desde hace treinta años. En estas tres décadas han ayudado a incontables personas a enfrentar enfermedades terminales, heridas psicológicas y pérdidas de toda clase, y, en el camino, les han transmitido el sentido, el alivio y el regocijo en una vida centrada en el corazón. Desde hace unos años se han recluido en su casa en las montañas de Nuevo México, ya que ahora padecen, ellos mismos, enfermedades terminales. Desde allí, por medio de cartas y materiales que suben a su sitio, continúan compartiendo su experiencia de lo que significa atravesar las dificultades con plena conciencia y vivo compromiso, hasta el último día.

El siguiente fragmento es del libro de Stephen, “Embracing the Beloved” (Abrazando al Amado”). “El Amado” es su forma de nombrar al amor incondicional del que todos somos reflejo y encarnación.

“Muchas personas sufren de senilidad de las relaciones. La mente se ha agotado por completo de tanto intentarlo. La auto-protección y la inhabilidad de ir más allá (la resistencia) nos han dejado confundidos, convencidos de que entendemos.

Muchos están quemados y desanimados. Las heridas del pasado les han dejado el corazón lleno de cicatrices. La mente se ha cerrado como un puño. El cuerpo se ha atrofiado en una desconfianza que comprime el vientre. Pero la sensación de pérdida, y de estar perdido, finalmente capta nuestra atención y nos damos cuenta de que nadie puede hacernos felices salvo nosotros mismos. Y comenzamos a tomar responsabilidad. Comenzamos a construir la capacidad de responder en vez de reaccionar. Hacemos foco en nuestra resistencia y reconocemos que tener una relación es trabajar sobre nosotros mismos. Tomamos lo que un amigo llama ‘toda esa catástrofe de las relaciones’ en nuestro corazón piadoso y en nuestra mente inquisitiva, para que el próximo vínculo no sea una repetición del anterior.

Y nos comprometemos a componer una ‘díada viviente’, una relación consagrada, un vínculo con la consciencia que reconoce el poder de una relación consciente. Y trabajamos, juntos, sobre nosotros mismos. Entendemos que en el cementerio de los vínculos anteriores fallidos -gracias a los cuales aprendimos a relacionarnos cada vez mejor- lo que estábamos haciendo es trabajar sobre el otro. Odiándolos porque no se convertían en aquello que añorábamos para nosotros mismos. Persiguiéndolos a ellos, y a nosotros, bajo la sombra de nuestras penas no resueltas.

Pero eventualmente dejamos de intentar crear la relación y permitimos que simplemente acontezca. Empezamos a percibir las posibilidades y oportunidades perdidas en los momentos en que cerramos nuestro corazón al dolor del otro, momentos en que nos pareció más importante tener razón que ser genuinos. Momentos de duelo no integrado, expresado en tonos demasiado violentos para el amor. Reconocemos que las intenciones poco claras producen resultados insatisfactorios, exploramos la dolorosa repetición de la negativa a perdonar y el resentimiento.

(…)

Explorando el osario de las relaciones que sentimos que ‘no funcionaron’, despertamos como de un sueño recurrente, y la relación se convierte en lo que Buda llamó ‘el trabajo a realizar’.

Esto significa soltar las defensas en nuestras mismas fronteras. Salir del territorio seguro y adentrarnos en lo desconocido, lo -incluso- ferozmente resistido. Significa hacer un amor más grande aun que nuestro miedo de revelarnos como no amados y no amables. Un amor más grande que nuestro miedo al dolor.

Cuando uno se compromete con prácticas que aclaran la mente y descubren el corazón -la presencia, el perdón, el amor incondicional- aquello que alguna vez pareció imposible de abordar bien puede convertirse en el centro mismo de la relación.”

el arte de soltar - Fabiana Fondevila

El arte de soltar

“¿Alguna vez les conté sobre el ritual en Kentucky en el que tuve que entregar siete cosas? Fue una de las experiencias grupales más interesantes que viví jamás. Eramos un grupo de unas 49 personas en un encuentro que realizó una sociedad para la transformación de la conciencia. Dos parejas de la Universidad de Vermont, profesores con sus esposas, habían organizado un ritual en el que todos participaríamos. Nos dividieron en siete grupos de siete y nos indicaron que pasáramos el día pensando en las siete cosas sin las cuales no podríamos vivir: “¿Cuáles son las siete cosas que hacen que su vida valga la pena?” Luego teníamos que recoger siete pequeños objetos que entraran en la palma de la mano, que representaran esas siete cosas adoradas, y debíamos saber cuál correspondía a cuál.

Al anochecer caminamos por una calle boscosa hasta la entrada de una cueva. La cueva tenía una puerta de madera. Frente a la puerta había un hombre con una máscara de perro: Cerbero ante las puertas del infierno. Extendió su mano y dijo “Dame aquello que adores menos”. Al entregarle el objeto requerido, él abría la puerta y nos dejaba pasar.

Y así uno entraba a la cueva, un lugar enorme, sosteniendo las otras seis cosas que uno adoraba. En cinco ocasiones más, se nos pidió que entregásemos aquello que menos adorábamos, hasta llegar a aquel objeto que representaba lo más atesorado. Y uno se enteraba de qué era eso, créanme. Se enteraba en serio. Y el orden en el cual uno entregaba sus tesoros era revelador: uno se enteraba realmente del orden de sus valores. Al final había una puerta de salida, y había que pasar entre dos personas. Pero antes de hacerlo, había que entregar aquello que uno más valoraba. Puedo decirles que ese ritual funcionó. Todos los participantes con los que conversé tuvieron una experiencia de “moksa”, o liberación, al entregar ese último tesoro. Un idiota fue la única excepción; él no entregó nada. Así de serio fue ese ritual. Cuando se le pidió que entregara algo, simplemente se agachó, tomó una piedrita del suelo y la entregó. Esa es la negación del llamado.

cada fracaso en lidiar con una situación de vida implica, finalmente, una restricción de la conciencia. Las guerras y las rabietas son las marcas de la ignorancia; los arrepentimientos son iluminaciones que llegan tarde.

Lo fascinante, para mí, fue la experiencia misma; una sensación de participación gozosa. Ver cómo las ataduras anteriores se iban soltando realmente cambió la forma en que uno se sentía respecto de los tesoros entregados. Se incrementó el amor por ellos sin la tenacidad. Me asombró.”

Joseph Campbell, en A Joseph Campbell Companion, Reflections on the Art of Living, una selección de sus charlas y conferencias.

Foto: Ken Smith.