Los mitos de nuestra vida - El viaje de la heroína - Fabiana Fondevila

Los mitos en nuestra vida

Una charla con la periodista y escritora Fabiana Fondevila acerca de la importancia de recuperar los mitos en nuestra vida. El viaje del héroe y de la heroína, lo sagrado femenino y la necesidad de atender el llamado del alma, son alguno de los temas que forman parte de esta conversación inspiradora que vale la pena escuchar y compartir.
Entrevista a Fabiana Fondevila. Video: Adrián Guzmán. Edición y arte: María Victoria Cascón. Ilustraciones: Maite Ortiz. Música: Gonzalo Tojo.

RevistaSophiaOnline
Publicado el 18 dic. 2018

hacer de una fiesta un festín - Fabiana Fondevila

Hacer de una fiesta un festín

Hay brindis, hay comida rica, hay encuentros y desencuentros. Siempre que las personas se juntan en ocasiones festivas, hay intención de divertirse, de compartir historias, de ponerse al día, de celebrar. Pero para sentir que celebramos, a veces enloquecemos un poco con los preparativos, como si apelando a los excesos aseguráramos el festín. Para estas fechas, es fácil confundirse y pensar que que una celebración depende de la cantidad o elaboración de la comida, de la cantidad de gente que acude a la cita, de cuán bien le estén yendo las cosas a los participantes. Lo que olvidamos en esos momentos es lo que verdaderamente significa celebrar.

Celebrar es participar de un rito. Un rito es una acción que pone en escena, de manera simbólica, una intención, un pedido, una emoción, un pasaje; en otras palabras, corporiza en el mundo visible lo invisible. Por su naturaleza, un rito nunca cumple un fin práctico. Tomemos como ejemplo tomar una copa de vino, bebida ritual si las hay. Podríamos tomar el vino como tomamos agua o una gaseosa, sin ningún gesto en especial. Pero no lo hacemos: alzamos la copa, nos buscamos las miradas, hacemos una pausa, pronunciamos alguna palabra a la altura del momento. Gracias a esa pausa plena de sentido, lo que llena nuestras copas no es solo alimento para el cuerpo, sino para el espíritu.

Recurrimos a los ritos cada vez que pasa algo importante en nuestras vidas que queremos o necesitamos honrar (señalándolo como significativo, separándolo de lo banal). En los ritos de celebración, lo que honramos es la alegría. No la felicidad de que todo esté saliendo bien, ni siquiera la esperanza de que el año que viene salga mejor; lo que celebramos es la alegría de estar juntos, de estar vivos, de tener algo (o mucho) que celebrar. Si hacemos pie en esa motivación, hasta los acontecimientos más nimios pueden convertirse en celebración: abrir los postigos para recibir la mañana, compartir una taza de té, recordar juntos a un ser querido, cocinar algo sencillo con alguien en mente, preparar nuestra casa para recibirnos unos a otros, como quien abre las puertas del corazón.

En estos días de fiesta, o en cualquier día del año, hay un par de ingredientes que dicen “celebración” más que cualquier banderín de colores. Uno es mirar con ojos de asombro. Ver con mirada fresca, despabilada, aquello que nos acompaña cada día. Recordar que –así como la vida en el planeta- la conjunción de circunstancias que tuvieron que sucederse para que cada uno de nosotros esté aquí hoy, disfrutando de un nuevo día en esta esfera verde-azul que gira en el universo, es lo más parecido a un milagro que conocemos. Asombrarnos por los que ya pasaron por aquí y nos dejaron en herencia sus dichas y sus añoranzas. Asombrarnos por los que vendrán, cuyas vidas dependen de algún modo de lo que hagamos con las propias, pero que a la vez traerán lo nuevo (si cerramos los ojos, lo intuimos). Asombrarnos.

El otro ingrediente es la gratitud. No dar nada por sentado, ver lo que hay de gracia en los acontecimientos más sencillos y cotidianos. Pensar, al levantar una taza de café, como diría el querido Hermano David Steindl-Rast: “este no es cualquier café, este es EL café que la vida me está ofreciendo en este momento, y poder saborearlo es un regalo”. Reconocer que casi todas las cosas importantes que pueblan nuestras vidas no son obra nuestra (o solo en parte), sentir el alivio manso de la humildad.  En su poema Mensajera, Mary Oliver se recuerda a sí misma: “Déjame enfocar mi mente en lo que importa, que es mi trabajo / que es, más que nada, quedarme quieta y aprender a sentir el asombro. / (…) Que es más que nada celebrar, ya que todos los ingredientes están”.

Cada vez que podamos conectar con otro ser (persona, pájaro, árbol o estrella) en un clima interior de asombro y gratitud, el acto devendrá en celebración de forma inmediata e inevitable, porque todo encuentro verdadero recrea el misterio y la maravilla de vivir. Eso sí que es un festín.

 

Fabiana Fondevila

Foto: Miriam Pösz

Cuando el mundo duele - Fabiana Fondevila

Cuando el mundo duele

Difícil aceptar que este mundo, pródigo en asombros y alegrías, albergue también lluvias de fuego, chicos vueltos huérfanos por aviones anónimos, gente que halla el fin en una noche de teatro. Difícil entender que los seres humanos, proclives a crear sinfonías, lagos de los cisnes y Mona Lisas, sean capaces, también, de actos tan ruines.

Pero esta es la verdad y de nada sirve negarlo. Como a Mafalda alguna vez, hoy a todos nos duele el mundo. Nos duele, sobre todo, que no haya extraterrestres ni fuerzas cósmicas a quienes culpar, que por mucho que cueste admitirlo, quienes perpetraron las masacres, desde todos los bandos, son personas como nosotros.

Si intentamos comprender los motivos de la barbarie, podemos perdernos en los laberintos de la historia. La geopolítica es compleja y la de Oriente Medio lo es por encima de todas. Una historia poblada de infinidad de actores, antagonismos raciales y religiosos, hambre de poder, codicia, intereses mezquinos que se disfrazan de humanitarios, iras y rencores. Siglos, milenios de violencia ininterrumpida. Y no es, ni por lejos, el único rincón del planeta en sufrir estos desgarros.

Quiero recordarme este estado de cosas cuando me siento tentada a alegrarme del despertar de la consciencia en el planeta, de ser cada vez más las personas que practicamos la compasión y el altruismo, que meditamos y procuramos ser la mejor versión de nosotros mismos, que enarbolamos ideas progresistas. Todo esto es vital y es necesario, pero no podemos descansar en estos logros hasta que el respeto por las diferencias haya alcanzado masa crítica, hasta que nuestras humanas sombras estén cercadas por fortalezas de luz, hasta que por cada voz que predique el odio haya tres que proclamen el amor.

Si alguna vez imaginamos que la espiritualidad –entendida ampliamente como la reverencia por la vida- podía seguir su propio camino, desentendiéndose por completo de los aconteceres del planeta, hoy sabemos que no es así. Por un lado, porque de hacerlo, pronto no quedará planeta donde ejercerla. Y por otro, porque cuando el horror pisa fuerte, permanecer al margen equivale a una suerte de complicidad. “Todo lo que hace falta para que el mal triunfe es que las buenas personas no hagan nada”, dijo el filósofo Edmund Burke hace casi cien años. Hoy es tan cierto como entonces.

¿Qué hacer? Ejercer la paz en nuestra propia vida. No solo en el almohadón de meditar, sino en la calle, tras el volante, en la oficina. Enseñarla con el ejemplo a nuestros hijos. Pero igual de importante es estar listos para levantar nuestras voces contra la intolerancia y el odio cada vez que estos asomen cabeza, sea cerca o lejos de casa. Usar todos los medios a nuestro alcance para decir basta a la violencia de cualquier bando o bandera, basta a los atropellos, basta a la obscena indiferencia.

Es tanto lo que hemos logrado. Exploramos los confines del universo. Descubrimos microcosmos. Desterramos enfermedades. Conquistamos derechos. Creamos obras de inaudita belleza. Soñamos inmensidades y las alcanzamos.

¿Podremos lograr, al fin, nuestro anhelo más antiguo? ¿Podremos vivir como hermanos?

Fabiana Fondevila

El desafío de la humildad - Fabiana Fondevila

El desafío de la humildad

¿A quién no le pasa? ¿Y a quién no le cuesta? Creemos que entendemos algo, que lo entendemos en serio, de arriba hasta abajo y de atrás para adelante, que no hay nada más que decir al respecto, que eso que pensamos, simplemente, es. Podría ocurrir que, en ese momento de dichosa comprensión, alguien venga a sugerir, o incluso a echarnos en cara, que la verdad, para él o para ella, es nada más ni nada menos que exactamente lo contrario.

¿Qué hacer? ¿Escuchar su posición y la considerarla, aunque sea por un instante? ¿Ver en qué lugar es posible que su postura y la nuestra se encuentren, aun cediendo algo de precioso territorio? No. Lo que hacemos, la mayor parte del tiempo, y más cuando aquello que se cuestiona es, para nosotros, incuestionable, es cerrar filas detrás de nuestro pensamiento y erigir fortalezas de espinas contra el infractor.

Curiosamente, suele pasar que cuando más avanzamos en nuestros conocimientos, más nos encerramos en ellos. El principiante está abierto a todo. El experto está cada vez más encaramado en sus saberes y deja cada vez menos resquicios abiertos a la duda. Visto de otra manera, tiene ya poco espacio para aprender. Pero ocurre que, con la maduración intelectual, emocional y espiritual, el conocedor, eventualmente, deviene en sabio. Y el sabio, al fin, recuerda que no sabe nada.

Es un no saber relativo, claro. En verdad sabe un montón de cosas, pero por sobre todas ellas sobrevuela esa cualidad única que nos conecta con la tierra y sus habitantes más pequeños: la humildad. El saberse uno entre tantos, ni por encima, ni por debajo, tan acertados como nuestra próxima equivocación, tan inmortal como la lombriz y la mariposa, tan incólume como la tierra que no para de mutar. No casualmente viene de ahí la palabra humilde –de humus, tierra- y ahí, en ese sólido territorio, es donde somos verdaderamente grandes.

Por estos días, en la Argentina se erigen fortalezas. En cada una hay argumentos, convicciones, ideales. Como en toda fortaleza hay, también, poca visibilidad y síntomas de encierro. En esas condiciones, es muy posible que los ideales terminen por oscurecer más de lo que iluminan.

Para nadie es fácil abrir esas ventanas, porque detrás de ellas hay tesoros que defendemos. Pero el corazón tiene otros designios, y tarde o temprano nos pide que abramos las puertas hasta a lo más desafiante, porque solo así nos transformamos mutuamente y hacemos, de un laberinto de muros, una comunidad.

Mientras tanto, en las calles de Buenos Aires los tilos se aprestan a florecer. Cuando abran esos capullos -piadosos como la luna en aquel verso borgeano-, a nadie negarán su perfume. ¿Dejaremos que nos recuerden esa verdad antigua, tan cierta hoy como en el principio: cuan bella e inexorablemente nos pertenecemos?

Fabiana Fondevila

Un noche que fue ofrenda - Fabiana Fondevila

Una noche que fue ofrenda

No importa cuántos “gracias” se dijeron. Quizás demasiados, ya que ese era el tema de la noche y no existe, aún, en castellano, otra palabra que supere a ese vocablo en riqueza y que nombre esa precisa emoción, esa exacta actitud ante la vida que la noche buscaba homenajear.

No importa cuántos gracias fueron porque, al decir de Brother David Steindl-Rast, monje benedictino, autor de una decena de libros sobre las honduras de la vida espiritual, constructor de puentes entre las religiones y también entre quienes sustentan una fe y quienes se abstienen de ello, la gratitud se expresa y se explicita en la alegría del corazón, venga o no acompañada esa emoción de la palabra “gracias”. Y esa alegría fue palpable en cada instancia de la velada que compartieron unas mil personas, el martes 3 de mayo, en el auditorio La Nave de las Ciencias, de Tecnópolis. Afuera, el viento era helado. Adentro las velas ardían aun antes de encenderse.

Con Boy Olmi como presentador, el encuentro se inició con un breve rito para contactar con el corazón, en el que empezó a tenderse una red invisible que acompañaría la velada. Luego Brother David Steindl-Rast recibió al público junto al célebre Pedro Aznar. Desde el centro del escenario invitaron al público a cantar juntos una nota, una sola, para seguir entretejiendo energías, como preparación de una noche que se apoyaría en todo momento en la emoción y la intimidad compartida.

Brother David desgranó luego su sencillísima explicación sobre la esencia de la gratitud. Explicó que la alegría de la gratitud surge espontáneamente en presencia de dos factores muy habituales en la vida: la conciencia de recibir algo valioso, y que ese algo valioso sea completamente libre, dado, gratuito. Si bien la emoción surge en las personas con mucha facilidad, explicó, nos gustaría poder sentirla en todo momento, incluso cuando no están pasándonos cosas buenas. ¿Cómo se logra? Tomando conciencia de que cada momento, con sus cualidades únicas, es en sí mismo valioso, y es un regalo. “No podemos hacer nada para comprar el próximo momento”, dijo. Por lo tanto, si podemos ver cuál es la oportunidad que se presenta en cada momento –sea para disfrutar (como ocurre la mayor parte del tiempo), para protestar cuando algo está mal, o para entrar en acción y cambiar lo que haya cambiar-, podremos asir la oportunidad del momento y vivirlo con plenitud y alegría.

Para esto, propone el monje un camino de tres pasos: Stop (detenernos) – Look (ver la oportunidad) y Go (avanzar). Si hacemos este pequeño procedimiento, tan simple que hasta los niños lo aprenden con facilidad, cada vez que lo recordemos, estaremos honrando lo que la vida nos ofrece a cada momento. Y, de paso, seremos mucho más felices. “Eso es lo maravilloso de esta práctica espiritual que es la gratitud: si empiezan a hacer este ejercicio hoy mismo, se irán a dormir esta noche mucho más felices de lo que eran esta mañana. ¡Es instantáneo!”

Pero, instantáneo o no, lo cierto es que, muchas veces las cosas conspiran para alejarnos de la emoción de la gratitud. ¿Cómo transitar con gratitud una enfermedad grave, una situación social acuciante, la pérdida irreparable de un hijo? En esas instancias límites no podemos hablar de gratitud como emoción espontánea pero sí de “vivir agradecidos” en el sentido de abrir el corazón a la posibilidad del retorno de la luz. De esa porción de la realidad dieron cátedra las tres invitadas siguientes.

A través de la pantalla montada en el escenario, la escultora Margarita Gordyn, dio cuenta de que, aun padeciendo una enfermedad durísima como es la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), que la ha dejado virtualmente inmóvil, es posible habitar momentos de agradecimiento y contacto con la belleza de la vida. “Lo que hago es ir hacia adentro. Ir hacia adentro es vivir el presente, y desde ahí es posible agradecer”, dijo, y citó ejemplos: “Siento gratitud por mi nieta, que nació el año pasado, por los libros que me leen, por mis plantas, por mis vínculos. (…) A veces tengo miedo, siempre tenemos miedo, es natural porque somos humanos. Entonces, cuando siento miedo, respiro el miedo, lo acepto, lo dejo ser.” “La vida es milagrosa… hay mucho por agradecer” Esta última frase, asombrosa en sí misma, quedó resonando en el escenario mucho después de que su imagen dejara la pantalla.

Vicky Viel Temperley subió luego al escenario con paso firme y con idéntico vigor contó su historia: cómo perdió a su hijo de 17 años a un cáncer, y lejos de quedar atrapada por siempre en el duelo peor, el más temido, salió a hacer de su dolor un instrumento. Creó la Fundación Dónde Quiero Estar, que ofrece a pacientes oncológico apoyo psicológico, reflexología y arte. En cada paciente angustiado a quien logra arrancar una sonrisa, en cada conquista de la paz por encima del miedo, Vicky ve renacer a su hijo. Está claro: son muchos los afortunados que han renacido bajo sus cuidados.

Luego fue el turno de Cielo Escalada, fundadora del Comedor La Buena Voluntad, de Ciudad Oculta (Lugano). Con una voz que no olvida a la niña que fue, Cielo contó cómo, décadas atrás se encontró ante una decisión difícil. Sus hijos eran chiquitos y la vida en el barrio no era fácil, pero era aún peor para las decenas de chicos que la rodeaban y muchas veces se iban a dormir sin comer, o andaban por ahí descalzos o desabrigados. Reunió a otras madres del barrio y juntas pusieron manos a la obra. Lo que empezó en un galpón vacío es hoy un espacio alegre y acogedor que ofrece alimento a 400 chicos por mes, además de apoyo escolar, taller de fotografía y estímulos de toda clase. ¿Qué tiene Cielo para decir al respecto de este enorme esfuerzo? “Estoy enormemente agradecida. Sufro de artrosis reumatoidea y, de no haber sido por los chicos, seguramente hoy yo estaría hoy postrada en cama, sin hacer nada. Ellos me dan ganas y ánimo para levantarme cada día. Estar con ellos me hace muy feliz. Soy una afortunada”.

Virginia Gawel, psicóloga y poeta, compartió a continuación la poesía “Por qué quise nacer”, haciéndose eco del misterio de las vidas de Margarita, Vicky y Cielo, y su luz inextinguible.

La velada continuó con un diálogo entre Brother David y el rabino Daniel Goldman, de la Comunidad Bet-El. La coincidencia entre ambos fue absoluta: la felicidad estriba en la sabiduría de aprovechar las oportunidades que nos brinda la vida, tanto en la actividad como en la profunda calma, tanto en el silencio como en la palabra. Daniel compartió, a modo de ejemplo, un delicioso cuento jasídico: un sastre y su esposa vivían en un pueblo pequeño, al que un día llegó un tren que hacía posible visitar la lejana Varsovia. La mujer volaba de entusiasmo por conocer la gran ciudad y pidió al rabino instrucciones para poder hacer el viaje. Entusiasmada, la mujer siguió las indicaciones del esposo: dos cuadras a la derecha, una a la izquierda, llegar a la estación y esperar el tren de las 4 de la tarde. La esposa del rabino siguió el recorrido a la perfección, llegó a la estación, y desde el andén vio llegar y partir el tren de las 4. Replicó el mismo camino en sentido inverso y llegó de vuelta a su casa. Cuando el rabino le abrió la puerta, la mujer miró azorada y exclamó: “¡No sabía que vos también ibas a Varsovia!”. El rabino había olvidado una indicación importante: no alcanzaba con llegar hasta el tren, también había que tomarlo.

Las risas que despertó la historia no estuvieron exentas de reconocimiento: ¿cuántas veces esperamos que las cosas vengan a nosotros, sin dar los pasos indispensables para hacernos de aquello que queremos o necesitamos?

Siguió el diálogo entre Brother David y Pedro Aznar. Más que un diálogo, fue un encuentro de almas sembrado de música, poesía y confesiones mutuas. Pedro abrió su corazón al son de “Quebrado”, y escuchó luego las reflexiones de Brother David sobre esa “lanza que abrió un costado” con sus profundas reminiscencias para el cristianismo. El cantante compartió esa apreciación, coincidiendo en que las roturas que soportamos son lo que nos hacen bellos y las que nos conectan esencialmente con los demás. Coincidieron también en que esto último -la necesidad de conectar con otros corazones, dolientes o plenos- bien podría ser una de las principales motivaciones del arte. “Cuando alguien se anima a hablar de su dolor, resulta sanador”, apuntó Brother David.

“Yo canto para mostrarte que sangro igual que vos / y está oscuro en esta cárcel / que soy desde que tengo memoria / y está ciega mi mirada / sin tu luz”, entonó Pedro, en el primer verso de la bellísima “A cada hombre, a cada mujer”. Cuando se apagó el último acorde, o más bien el último aplauso, Brother David señaló que lo que necesitamos para poder salir de esa cárcel a la que alude la canción es confianza en la vida. Y que nos liberamos unos a otros extendiéndonos nuestra confianza mutuamente, “así como el niño confía en su madre y la madre confía en el niño cada vez que le dice: ‘¡vos podés!’”

Pedro estuvo de acuerdo y compartió que, en su caso, como el de tantos artistas, las canciones de amor muchas veces devienen en rezos, y que el amor romántico se separa del amor divino “apenas por una octava”. “No podemos acceder a la trascendencia solos: trascendemos de la mano de otros”, concluyó.

El resto fue seguir la celebración por otros medios. Pedro encendió un cirio en manos de Brother David, quien a su vez dio luz a una decena de velas en manos de personas que iban subiendo al escenario, representando a distintos sectores del público. Cada vela era una oportunidad para agradecer no solo para quien sostenía la vela, sino para todas las intenciones reunidas en ese acto.

Coronó la ceremonia otra poesía devenida en rezo: “Gracias a la vida”, de la enorme Violeta Parra. Así, al unísono agradecimos “por el sonido y el abecedario”, “por la marcha de mis pies cansados”, “por el corazón que agita su marco”, y por cada tramo del encuentro que llegaba a su fin. Curiosa fusión de mil corazones en uno, de pasado y futuro en un instante eterno, de penas con alegrías, de sombras con luz. Misteriosa ofrenda, como la vida.

La vida como práctica - Fabiana Fondevila

La vida como práctica

Allá atrás en los años 60, en plena efervescencia de la contracultura y con el desembarco de las filosofías y tradiciones de Oriente a la costa oeste de Estados Unidos, Michael Murphy y Richard Price crearon una sede de lujo para alojar la revolución en puertas: lo llamaron Esalen. En esta suerte de Shangri-La ubicado sobre un acantilado con aguas termales y vista al Pacífico, miles de personas se asomaron a la meditación, el yoga, el tantra y todo un abanico de prácticas que les ofrecieron un primer atisbo del infinito.

Por Esalen desfilaron las mentes brillantes del momento: Abraham Maslow, Fritz Perls, Roberto Assagioli, Joseph Campbell, Aldous Huxley, Stanislav Groff, Carlos Castaneda. El estímulo era poderoso, y así también eran las aperturas que se producían. Todo indicaba que ese centro neurálgico de la Nueva Era estaba gestando una versión mejorada y ampliada de la humanidad.

Sin embargo, con el tiempo Michael Murphy advirtió un fenómeno preocupante que bautizó “síndrome de seminario de fin de semana”. Una personas tras otra reportaba grandes visiones, intuiciones y descubrimientos tras participar de un taller o un retiro, sin duda impulsados por la calidad de las prácticas y la fuerza de lo colectivo. Pero a poco de volver a sus casas el domingo a la noche los efectos comenzaban a esfumarse, y para el martes ya se sentían presas de las mismas ansiedades, miedos y neurosis con las que habían arribado.

Murphy investigó este patrón y llegó a la conclusión de que solo la práctica sostenida a lo largo del tiempo, sumada a ejercicios como la auto-observación y la visualización de las cualidades que se busca desarrollar, redundaban en una auténtica transformación de la conciencia (modelo que sintetizó luego en un programa de excelencia que llamó “Práctica transformadora integral”).

Pero aun con el cultivo sostenido de una o más prácticas, hay un eslabón que no debemos ni podemos olvidar. En su precioso libro “Aceptación radical. Abrazando tu vida con el corazón de un Buda”, la maestra de meditación budista Tara Brach cuenta la siguiente anécdota. Se encontraba un día inmersa en una meditación particularmente profunda. En el silencio de su cuarto, vislumbraba a ojos cerrados un universo de unidad y armonía indecibles. No hubiese querido moverse de ese encuentro con lo más profundo de su conciencia nunca más. En ese preciso instante, tocó la puerta su hijo Naroyan. Como una tromba le contó que había perdido el ómmibus escolar y que no iba a llegar a tiempo a la escuela si ella no lo llevaba.

La mujer salió de su estado, tomó la cartera y se lanzó al auto con su hijo. En el camino, atravesando el tráfico matutino, refunfuñaba por lo bajo. Cuando Naroyan hizo un gesto de querer prender la radio, como hacía habitulamente, ella le apartó la mano de un zarpazo. No tardó en reparar en la ironía de lo que estaba ocurriendo: de sentirse amorosamente unida a todo el universo, había pasado -sin escalas- a sentirse alejada y hasta enfrentada de la persona a quien más amaba en el mundo. Profunda como era, a su práctica le faltaba un crucial eslabón.

Las prácticas contemplativas, energéticas o meditativas son antiguas tecnologías de lo sagrado. Cultivadas a conciencia, pueden ayudar a aquietar nuestros pensamientos, abrir nuestros corazones y derretir nuestra fijación al “pequeño yo”, conectándonos con nuestra naturaleza esencial. Pero si solo concentramos nuestros esfuerzos en lo que ocurre en el almohadón de meditación, el dosho o el salón de yoga, olvidándonos de quienes somos y cómo nos comportamos cuando dejamos ese laboratorio, corremos el riesgo de crear un nuevo síndrome, el del “gimnasta espiritual” que vive para lograr sutiles realizaciones o estados de conciencia, se desvela por la salud de sus chakras o por la impecabilidad de su dieta, y pierde de vista el auténtico objetivo de todo este hacer, que es ser.

¿Ser qué? Todo lo que las prácticas realmente quieren enseñarnos a ser: sabios, compasivos, bondadosos, pacientes, ecuánimes, confiables, agradecidos. En el léxico que alcanzó y sobró para nuestros abuelos, ser -nada más, nada menos- “buenas personas”.

Si confundimos los medios con los fines, nos alejamos de aquellos inspirados gestores de todo este universo, cuyo anhelo fue contribuir a una humanidad menos sufriente pero también más humilde y amorosa, más consciente de su pequeño lugar en el vasto concierto de las cosas.

Las preguntas que nos haremos al final del camino son sencillas: ¿hice feliz a otro? ¿Di lo mejor de mí? ¿Aporté mi cuota de belleza al mundo? ¿Elegí el camino más humano y compasivo? ¿Amé bien?

Recordarlas cada día quizás sea la práctica mejor.

Fabiana Fondevila

Alumbramientos - Fabiana Fondevila

Alumbramientos

Tras un invierno que se rehúsa a partir, la primavera llegó este año como una explosión de fuegos de artificio. El frío perdura, amenazando la vida de los capullos, pero la savia no se da por enterada y arremete, pariendo hojas, brotes y proyectos de flor por donde se mire.

Son días en que duele estar entre paredes y toda excusa es buena para una vuelta más. El desfile arranca temprano. El alba –o ese lapso incierto antes de que la luz se explaye- paga con creces la inversión de esfuerzo en dejar la cama. A esa hora los pájaros ensayan sus páginas más virtuosas y andan más cerca, más desprevenidos, no habiendo sufrido aún el insulto de frenadas y bocinazos.

Al rato empieza la fiesta del sol, que se derrama hasta por las alcantarillas y hace saltar una octava a los colores. Debería haber un nombre para el tono de las hojas de roble recién nacidas (¿existe el ‘verde retoño’? Si existe, le pertenece). Otro para el brillo de la hiedra al mediodía, ese que siempre trae a la mente la expresión “dorado a la hoja”. Y una palabra, también, solo en versión femenina, para el rosa amanecer de las flores de álamo.

Por allá los tilos ya se desperezan. Se adivina en el ramillete de medias hojas el contorno de las hélices que transportarán a las semillas en su viaje al suelo, el día en que las flores se agoten. Cuesta creer que en cuestión de semanas esas flores que hoy no se adivinan harán su propia magia. Por dos semanas, acaso tres, desafiarán al más ensimismado a pasar a su lado sin mirar hacia arriba. Por un instante, al menos, el cabizbajo deberá soltar el hueso que viene masticando –aquel vago temor, aquella pelea- y hacer lugar a pensamientos perfumados.

Hoy no están las flores de tilo pero sí los jazmines, sí los azahares. Caminar es buscarlos con el olfato, como quien otea cada esquina en busca del amado. Y aquí la gloria: no se hacen esperar. Desde que empieza su área de influencia hasta que termina, todo es dicha. Dicha de fruta madura, dicha de golpe de suerte, dicha de feriado. Sabemos que esta dicha no nos cambiará la vida pero, mientras dure, nos hará mirarla con otros ojos.

Demasiado pronto llegan las sombras de la tarde, los frescos de la noche. Y empieza una función distinta. La filigrana de las ramas contra el cielo oscuro, el primer tintineo de estrellas, la luna con su ajuar de turno. Es la hora de los grillos, por supuesto. La noche nació para tener música de fondo.

A medida que oscurece las casas empiezan a transparentar la intimidad de los vecinos, esa que ni se nos ocurre mirar a la luz del día. Y es todo una sinfonía de claroscuros: charcos de luz bajo cada farol, negro tinta en los rincones, los faros de algún avión cortando la penumbra y, más acá, el simulacro de bosque que son los árboles a medianoche.

No sé quién fue la primera persona en soñar el paraíso, pero una cosa es segura. Era primavera.

Fabiana Fondevila

La elección que nos cabe - Fabiana Fondevila

La elección que nos cabe

Mi primera reacción, como la de casi todos, fue estremecerme. Tratar de salir del estado de shock. Tratar de creer. Tratar de entender.

Mi segunda reacción fue el enojo, la indignación, las ganas de salir a gritar mi ira por las calles, como si eso pudiese hacer entrar en razón, mágicamente, a este mundo enloquecido.

Mi tercera reacción es esta. Lo que vivimos hoy es el resultado de una elección. Considero lo que la palabra significa: alguien -una mayoría, por mucho que cueste comprender- votó democráticamente este desenlace. Insultar a quienes hicieron esa elección es instalarnos, de inmediato, en el bando de aquello que nos enoja, nos preocupa y nos asusta.

¿Qué nos cabe, entonces, a quienes queremos otra cosa para el mundo? La respuesta es simple, aunque -como casi todas las cosas que valen la pena- difícil y esforzada: seguir trabajando, trabajar más duro que nunca, para promover y defender los valores que queremos y necesitamos. Proponer la inclusión con cada gesto, educar sobre la tolerancia con cada acto, ofrecer lo mejor de nosotros: nuestra calma, nuestro empeño, nuestra vocación de vivir para algo más que nuestros ombligos, nuestro amor por unos y por otros, nuestro amor por el mundo.

Voto por eso.

Fabiana Fondevila

El desafío de ver al otro - Fabiana Fondevila

El desafío de ver al otro

¿Cuál es tu punto de vista?

Parece una pregunta sencilla. Alcanza con esbozar, con mayor o menor elocuencia, nuestra postura sobre el tema en cuestión. Pero si alguien preguntara, en cambio, “¿cuál es tu cosmovisión?”, el interrogante se volvería más arduo de responder.

Reconocer que vamos por la vida no solo con un cúmulo de puntos de vista sino con una determinada visión de la realidad, un par de anteojos a través de los cuales lo vemos todo, es un desafío hasta para las mentes más avezadas. Nada es tan cercano como la propia mirada, nada tan difícil de “quitarnos” el tiempo suficiente para poder apreciar, con algo parecido a la objetividad, el punto de vista de otro. Y, sin embargo, en esta elusiva cualidad radica nuestro potencial de crecer como personas, de ejercer la empatía y la compasión, de establecer diálogos verdaderos y gestar vínculos en lugar de confrontaciones.

La palabra “cosmovisión” remite al conjunto de ideas y creencias a través de las cuales interpretamos nuestras vivencias y percepciones. Dice el académico N.T. Wright: “Las cosmovisiones son como los cimientos de una casa: vitales pero invisibles.” Esta visión particular de cada uno opera como un filtro de doble función: por un lado, impide la entrada de toda aquella información que no coincida con los “cimientos” de nuestra casa, y por otro, rescata y privilegia aquella que sí.

Tania Singer y Matthias Bolz, investigadores del Departamento de Neurociencias Sociales del Max Plank Institute, de Alemania, diseñaron un programa científicamente validado para enseñar compasión en los colegios, las cárceles y otros ámbitos. El programa, volcado en el libro “Compassion. Bridging Practice and Science” (Compasión. Tendiendo un puente entre la ciencia y la práctica”), busca cultivar la compasión -el deseo y la motivación de aliviar el sufrimiento de otro-, sobre la base de tres pilares: presencia (capacidad de percibir las propias emociones y sensaciones), afecto (abrir el corazón, cultivar sentimientos de amor y benevolencia hacia uno mismo y los demás) y perspectiva (facultad de reconocer el punto de vista propio y el de los demás).

Detengámonos en este último punto: ¿cómo es posible enseñar a alguien a ver más allá de lo que ve? Por un lado, el programa hace pie en prácticas contemplativas que entrenan a las personas a observar los propios pensamientos (permitiéndoles des-identificarse de ellos y percibir su naturaleza transitoria). Por otro, se apoya en técnicas psicológicas que ayudan a reconocer los distintos “personajes” que nos habitan, de modo de poder distinguir qué parte nuestra está actuando en cada situación. Y por último, enseña a reconocer e identificar los puntos de vista – también cambiantes y relativos- de las personas que nos rodean.

Pero he aquí lo interesante: por detrás de estos pensamientos fluctuantes, por debajo de los personajes, hay un ser calmo e inmutable que también nos habita, o, quizás, al que habitamos, que podríamos llamar “Yo superior”, conciencia testigo o naturaleza esencial. Paradójicamente, reconocer la efervescencia de pensamientos y emociones que agitan la superficie de nuestra conciencia en algún momento nos lleva a preguntarnos por ese lugar inmutable al que siempre, eventualmente, retornamos, aunque más no sea que para disfrutar de un respiro de nuestra diaria cacofonía.

¿Cuál fue el resultado del programa de Singer y Bolz? Al concluir las 39 semanas de práctica, las personas que tomaron el curso mostraron cambios concretos en su funcionamiento cerebral, con una mayor activación de las zonas del cerebro vinculadas con las emociones positivas, y la compasión en particular.

Inteligencia espiritual

De ese ser ecuánime que atestigua nuestros pensamientos y emociones se ocupa Cindy Wigglesworth, coach de coaches, en su libro Las 21 aptitudes de la inteligencia espiritual. Un paso más allá de la inteligencia emocional. Esta ex directora de Recursos Humanos de Exxon se abocó un día a investigar sus dificultades vinculares en el trabajo, y terminó por elaborar una teoría amplia y abarcadora acerca de la facultad que nos permite a las personas actuar desde nuestra naturaleza más elevada. Llamó a esta facultad “inteligencia espiritual” y la definió como “la capacidad de actuar con sabiduría y compasión, manteniendo la paz interior y exterior, en cualquier circunstancia”. Suena a mucho, pero esa es, ni más ni menos, la nobleza que admiramos en aquellas figuras que nos abrigan el corazón: los Gandhi, Mandela, Madre Teresa y Luther Kings del mundo.

En la visión de Wigglesworth, conquistar esa nobleza depende en gran medida de poder distinguir cuándo estamos actuando desde el Yo Superior y cuándo desde el yo pequeño, con su ejército de personajes, actitudes y puntos de vista. Por eso es que la aptitud número 1 que propone desarrollar es, precisamente, la capacidad de reconocer desde dónde nos paramos para mirar al mundo.

Va un ejemplo curioso que cita Wigglesworth sobre cómo opera esta visión tácita, en la “distancia social” aceptable en las distintas culturas. En Estados Unidos, por ejemplo, se espera que una persona se pare a un mínimo de 45 centímetros (nariz a nariz) de otro con el que dialoga. ¿Qué pasa cuando un brasilero se muda a ese país, y en su primera reunión en la oficina le habla a una compañera a unos meros 15 centímetros de distancia? Pasa que ella retrocede, sintiendo sus límites trasgredidos, y él avanza hasta cerrar la brecha, sintiéndose rechazado, y así continúan, camino a un conflicto (o al menos antipatía) seguro. Ambos se sentirán molestos con el otro; ninguno cuestionará esa “distancia permitida” que cada cual lleva puesta como un uniforme.

Por supuesto, esto no significa que no haya en el mundo diferencias significativas, atropellos e injusticias concretas a las que hacerles frente. Pero cuando partimos de una visión del mundo polarizada (“él/ella/ellos contra mí”), barremos de un plumazo los matices, inflexiones y complejidades que nos constituyen como individuos, y a la vez, aquel sustrato profundo que subyace a esas diferencias: nuestra común humanidad.

Ciertamente es tentador ir por la vida protagonizando una película de buenos y malos; ninguno de nosotros está más allá. Pero más acá, en los claroscuros propios y los de quienes nos rodean, hay una película más interesante, hecha de aciertos y de errores, de vulnerabilidades y fracasos, de deseos de crecer, de comprender, de trascender, de amar. Ahí, diría el sabio Rumi, nos podremos encontrar.

Fabiana Fondevila

Columna publicada en La Nación el 13/9/17

Foto: Shutterstock

Práctica para llamar la alegría - Fabiana Fondevila

Prácticas para llamar la alegría

El impacto de la primavera no se hace esperar: así como los árboles, el corazón también quiere soltar sus corazas, despabilarse el sueño y reverdecer. La sumatoria de sol, azul, tibieza, aroma a jazmines y a paraíso tarde o temprano convoca a una emoción que pocos consideran necesario cultivar, y de la que algunos desconfían o hasta reniegan: la alegría.

Los que crecimos en tiempos de Mafalda, psicoanálisis, películas de Woody Allen y un globo terráqueo siempre al borde de estallar, tendemos a pensar que vivir con la alegría como norte es cosa de niños o de locos. O, al menos, una ilusión de frívolos e insensatos. Sobre todo, si aceptamos la noción de que, al decir del neurótico neoyorquino: “La vida está llena de desdicha, soledad y sufrimiento – y termina demasiado rápido”.

Pero hasta en las mismísimas huestes del existencialismo, Albert Camus admitió (en su libro más autobiográfico, El verano) que en el corazón del invierno supo hallar, en su interior, “un verano invencible”. Dijo más: que para hacer frente a la injusticia era necesario “guardar intactas dentro de uno mismo una frescura, una fuente de alegría; amar el día que escapa a la injusticia y volver al combate con esa luz conquistada”.

¿Por qué resulta imperiosa esta emoción? Los seres humanos albergamos un rico abanico de vivencias y cada cual cumple (al menos) un propósito: el enojo resguarda nuestras fronteras, la tristeza nos recuerda el dolor de las pérdidas y nos ayuda a llorarlas, el miedo nos alerta de potenciales peligros, la indignación nos da coraje para batallar contra los males del mundo, el asombro nos mantiene la mirada fresca. ¿Y la alegría? La alegría tiene una sola función: ¡darle sentido a todo lo anterior!

Cada cual siente la alegría a su manera propia: para los temperamentos tranquilos se parece a un sutil contento; para los más fogosos, roza con el éxtasis. Pero todos compartimos algunas señales inequívocas: la boca se distiende en una sonrisa, las arrugas de la frente se aplanan, el pecho se expande, los hombros se enderezan, el paso se aliviana. Mientras dura la emoción, o el sentimiento (el resabio de la emoción, atravesado por el procesamiento cognitivo), experimentamos una gozosa conexión con el todo que es -como con otras emociones esenciales- indistinguible de la espiritualidad.

No estamos hablando aquí del principio de placer de Freud (aunque algunos placeres ciertamente abonan la alegría), ni tampoco de la felicidad pasajera asociada a un suceso positivo, sino de la alegría que surge de las entrañas y nos conecta con la más primaria de las experiencias: estar vivos en este planeta asombroso que gira en el infinito, junto con otros seres con quienes compartir la aventura.

¿Cómo sabemos que existe esta sencilla “alegría de vivir”? Observemos a un bebé que ha dormido, ha comido y ha recibido cuidados amorosos. Su estado será de un dulce sosiego (o curiosidad, o asombro), puntuado con gorjeos de júbilo ante la menor caricia. ¿Y un adulto? Un estudio de la felicidad citado en el libro Awakening joy, de James Baraz, revela que el cerebro de una persona libre de estrés físico o emocional (en estudios de resonancia magnética) se distingue por “el contento, la calma, la creatividad, la consciencia y el cuidado (amor por otros)”.

He aquí la pregunta del millón: si el contento es nuestro estado natural, ¿cómo es que sentimos esta emoción en frecuencia tanto menor que otras más aflictivas? La explicación es sencilla: a nuestros antepasados de las cavernas les resultó más útil desarrollar un cerebro atento al mamut que podía salir de la espesura que a la belleza de las flores o al brillo del sol por la mañana. Por lo tanto, nuestro cerebro es hoy, al decir del psicólogo Rick Hanson, “como teflón para las emociones positivas y velcro para las emociones negativas”.

Podemos revertir este giro evolutivo. Los budistas hablan de “inclinar la mente hacia el bien”, para aludir a las prácticas que nos ayudan a contrarrestar la tendencia negativa de la mente, y a tomar conciencia de las muchas bondades que nos rodean.

Algunas prácticas para adoptar:

  • Ver lo bueno. Prestar especial atención a todas las cosas positivas, placenteras y sorprendentes que nos topamos durante el día. Detenernos unos instantes a “saborearlas”: pensarlas, contarlas, escribir sobre ellas, rememorarlas.
  • Cultivar el asombro. Mirar el cielo, contemplar árboles, perder la mirada en el río o en los ojos de otro. Escuchar música que nos pone la piel de gallina. Leer libros o ver películas que nos recuerden el misterio.
  • Habitar los sentidos, que son un puente directo al presente. Permitir que el mundo penetre más allá de nuestras corazas e impacte en nuestro corazón.
  • Dedicarles tiempo a los vínculos, esos conductos al bienestar profundo y duradero.
  • Hacernos buenas preguntas. Cuando perdamos el rumbo o caigamos en la apatía, preguntarnos: ¿qué es lo que más valoro en la vida? ¿qué puedo hacer, hoy, para honrar esa motivación y crecer a partir de ella?
  • Empezar el día con un rito invocatorio. Leer un poema o un rezo, cantar o escuchar una canción, hacer un saludo al sol, o escribir sobre lo que haremos ese día para elegir la alegría y propiciarla en los demás.
  • Abrazar las emociones difíciles. La alegría se nutre de la diversidad y el contraste; no se contrapone con la tristeza, sino con la apatía.
  • Llevar un diario de gratitud. Anotar cada noche tres cosas (siempre distintas, siempre específicas) que agradecemos del día transcurrido.
  • No perder ocasión de celebrar. Lo grande, lo pequeño, lo doméstico, lo extraordinario. Toda razón es buena para cantar, bailar, reír y brindar.

Por fin, podemos preguntarnos: ¿tenemos derecho a elegir la alegría en un mundo tan lleno de sufrimiento? Si entendemos que alegría y tristeza son dos caras de una misma experiencia, sabremos que propiciar una en absoluto deshonra ni minimiza a la otra. La vida nos quiere enteros, con nuestras penas y desdichas, y nuestra maravillosa capacidad de irradiar. Esa radiancia es, además, un buen barómetro de que estamos en el camino correcto, haciendo aquello que nacimos para hacer.

Para los que llegamos grandes a esta intuición, hay esperanza. Escribió Neruda: “Te desdeñé, alegría. / Fui mal aconsejado. / La luna / me llevó por sus caminos. / Los antiguos poetas / me prestaron anteojos / y junto a cada cosa / un nimbo oscuro / puse, / sobre la flor una corona negra, / sobre la boca amada / un triste beso. / Aún es temprano. / Déjame arrepentirme.”

Nada que temer. La alegría es sabia, y espera.

Fabiana Fondevila
Columna publicada en La Nación el 17/9/2017.

Foto: Miriam Pösz