Una poesía de la gran Mary Oliver que nos aproxima a la muerte para poder vivir la vida despiertos, agradecidos, gozosamente vivos.
Cuando llegue la muerte
Cuando llegue la muerte
como el oso hambriento en otoño,
cuando llegue la muerte y se lleve
todas las monedas brillantes de mi cartera
para comprarme, y cierre la cartera
de un golpe,
cuando llegue la muerte
como la viruela,
cuando llegue la muerte
como un témpano entre los omóplatos,
quiero atravesar el umbral llena de
curiosidad, preguntándome:
¿Cómo será esa cabaña oscura?
Y, por tanto, lo miro todo
como a una hermandad de hombres y mujeres,
y veo al tiempo como apenas una idea y
considero a la eternidad como otra posibilidad.
Y pienso en cada vida como una flor
tan común como una margarita del campo,
y tan singular.
Y cada nombre como una música confortable
en la boca, que tiende,
como toda música, al silencio.
Y cada cuerpo un león de coraje,
y algo precioso para la tierra.
Cuando termine, quiero decir:
toda mi vida fui una novia casada con el asombro,
fui el novio, levantando el mundo en mis brazos.
Cuando termine, no quiero preguntarme
si hice de mi vida algo particular,
y real.
No quiero encontrarme suspirando y asustada,
y llena de argumentos.
No quiero terminar simplemente
habiendo visitado este mundo.
Mary Oliver

Así retrata el alma Wislawa Szymborska, Premio Nobel de Literatura de 1996, y figura inusual en el mundo literario. Carente de pretensiones, sincera hasta el asombro, su respuesta a las preguntas de la prensa suele ser: “No sé”.
No tienes que ser bueno.
Del gran Pablo, una oda a los milagros que se ofrecen, sin distinción y sin medida, a todo aquel que osa mirarlos. Un despertar hecho de palabras, de enamoramiento y de disfrute. Que sus ojos de comunión los acompañen.
Dios mío, te doy gracias por este asombroso día:
En las primeras horas del día,
“quién eres, pequeño yo (de cinco años o seis) mirando desde una alta ventana: el oro de la tarde de noviembre (pensando: que si el día tiene que hacerse noche ésta es una hermosa manera)”
Todos caemos, alguna vez, en esta confusión: creer que si uno estudia lo suficiente, lee lo suficiente, cultiva las prácticas justas y piensa los pensamientos correctos, podrá desprenderse, algún día, de sus antiguos defectos, sus dudas e inseguridades, su humilde humanidad. Los verdaderos maestros saben que no es así, y lo dicen con todas las letras. El camino de la espiritualidad no lleva a trascenderlo todo; trascenderlo todo, de hecho, se parece un poco a la muerte. No. Llegaremos al final con nuestra humanidad a cuestas. Más dócil quizás, más blanda y menos defendida, más firme allí donde hubo magullones, más habitada y genuinamente nuestra.
Rachel Naomi Remen, oncóloga, autora y pionera del movimiento por la humanización de la medicina, ha tenido incontables oportunidades de explorar el significado de la salud y la enfermedad. Convive con la durísima Enfermedad de Crohn desde que tiene recuerdo, ha sido intervenida quirúrgicamente decenas de veces, y en el camino ha superado uno tras otro desafío. Cómo médica, empezó -como todos- intentando amoldarse a lo que se esperaba de ella: eficiencia, profesionalismo, distancia emocional. Pero su sensibilidad fue más fuerte, y pronto se dio cuenta de que esta actitud no le servía a sus pacientes, y menos aún a ella misma. Se sentía cada vez más divorciada de su tarea, más lejos de poder ayudar verdaderamente a las personas que acudían a ella.