El único poder del místico - Fabiana Fondevila

El único poder del místico

Hazrat Inayat Khan (1882-1927) fue un maestro espiritual musulmán que fundó el movimiento “Sufismo Universal”, con el fin de difundir esta rama mística del islamismo en Occidente. El sufismo es conocido entre las tradiciones como “El camino del corazón”, y la prédica de Inayat Khan se basaba principalmente en el amor, la paz, la armonía, la libertad, y la defensa de la tolerancia religiosa. También divulgó la música devota del Islam, a la que consideraba un medio de excelencia para el desarrollo del espíritu.

En el fragmento que sigue, Inayat Khan define el precepto central de su filosofía, distinguiéndolo de otros caminos que, por su atractivo, a veces distraen del propósito genuino de una práctica de crecimiento espiritual.

“El único poder del místico es el poder del amor.

Todo tipo de poder reside en esta cualidad que llamamos por el simple nombre “amor”. Caridad, generosidad, bondad, afecto, persistencia, tolerancia y paciencia; son todos diferentes aspectos de lo mismo, diferentes nombres de la misma cosa: el amor. Aunque digan ‘Dios es amor’, o cualquiera sea el nombre que le den, todos los nombres son los nombres de Dios, y no obstante cada forma de amor, cada nombre para el amor, tiene su propio alcance, su peculiaridad. El amor como bondad es una cosa, el amor como tolerancia es otra, el amor como generosidad es otra, el amor como paciencia es otra; y sin embargo, de principio a fin, es todo amor.

Recuerda entonces que para poder evolucionar en el camino espiritual, el estudio es secundario; el poder de lo oculto y las leyes psíquicas, todos los poderes mágicos, son secundarios. El primer principio, y el más importante, es cultivar la cualidad del corazón.

Uno puede preguntar: ¿cómo cultivar esta cualidad del corazón? Sólo hay una manera: ser desinteresado y generoso con cada paso que uno da en el camino, porque lo que impide cultivar esta cualidad amorosa es pensar siempre en uno mismo. Cuando más pensamos en nosotros mismos, menos pensamos en los demás, y a medida que avanzamos el ego crece y se vuelve un gigante, y al final del camino el gigante es más grande que nuestra intención. Pero si desde el primer paso que damos en el camino de la perfección, luchamos por conquistar este gigante que es el ego, desarrollaremos el poder del amor.

(…)

Existe un dicho hindú: ‘No importa cuántas riquezas tengas, si no tienes la riqueza de la virtud, no sirve para nada’. La verdadera riqueza es la fuente creciente del amor de la que fluyen todas las virtudes.”

De “The bowl of Saki”, citado por Nipun Mehta en su boletín “Service Space”.

fabiana fondevila - mistica - lenguaje del amor

La mística, el lenguaje del amor

En una entrevista con PBS Newshour, Yann Martel, el autor de Life of Pi (La vida de Pi), que inspiró la película Una aventura extraordinaria, cuenta que la escritura de la novela lo llevó a indagar en los textos sagrados de las principales religiones. En ellos descubrió que la visión mística las recorre a todas, hermanándolas en un sentir armónico y compartido. “Si uno mira las religiones, lo que es increíble es cómo los místicos de todas las tradiciones hablan el mismo idioma.

Si uno mira a los místicos musulmanes, a los sufís, a los místicos cristianos, como San Juan de la Cruz, encuentra que hablan el mismo lenguaje, el lenguaje de una relación personal con Dios, un lenguaje del amor, en el que Dios es el amor.

Es cuando uno se empieza a alejar de los místicos que empieza a notar las diferencias, muchas de las cuales a veces parecen irreconciliables. Yo creo que esas diferencias irreconciliables se deben a dogmas, y los dogmas muchas veces se alejan sustancialmente de la fe. Lo otro importante a señalar es que uno puede ‘raptar’ cualquier cosa, incluyendo muy buenas ideas; no hay nada en el Islam que justifique matar a inocentes, y sin embargo algunos musulmanes lo hacen en nombre del Islam; lo mismo con los fundamentalistas cristianos en Estados Unidos que matan a médicos que practican abortos. No hay nada en el cristianismo que excuse esta conducta.”

Para leer el artículo completo: http://www.pbs.org/newshour/bb/entertainment/july-dec02/martel_11-11.html

fabiana fondevila

La poeta del asombro

Cada mañana, Mary Oliver se levanta antes al alba y abre la puerta de su casa en Provincetown, Massachusetts. Ahí se queda un rato, observando cómo el sol traza su arco perezoso, y espera a que lleguen las palabras.

Las palabras llegan, una a una, a su lápiz negro; presurosas, como a una cita.
Hola, sol en mi cara.
Hola, tú que hiciste la mañana,
y la esparciste sobre los campos,
y en las caras de los tulipanes,
y en las campanas violetas,
de la enredadera que sacuden sus cabezas.


Y en las ventanas, incluso, de los afligidos y los malhumorados.

Luego toma su anotador, lo estruja en su bolsillo trasero y se interna en el bosque. Sola. Así lo ha hecho siempre, aun cuando vivía Molly (Mallone Cook, la fotógrafa con quien compartió amor y vida por cuatro décadas). Y por buenas razones.

Habitualmente voy al bosque sola, sin un solo amigo, porque son todos sonreidores y conversadores, y por lo inapropiados. No me gusta que me vean hablando con los pájaros. O abrazando al viejo roble negro. Yo tengo mi forma de rezar. Sin duda, tú tienes la tuya. Y además, cuando estoy sola puedo convertirme en invisible. Puedo sentarme sobre un médano,quieta como un puñado de malezas, Hasta que los zorros pasan corriendo, despreocupados. Puedo escuchar dl sonido inaudible de las rosas cantando.
Si alguna vez has venido al bosque conmigo, debo quererte mucho.

(Cómo voy a bosque)

Poco conocida aún en el mundo hispano, Mary Oliver (75) es una poeta estadounidense, laureada con las más importantes distinciones del género (Premio Pulitzer, National Book Award), y por lejos la poeta más vendida de su país. Es, además, la legítima heredera de la sensibilidad naturalista de Ralph Waldo Emerson, Walt Whitman, Henry David Thoreau. Su poesía ha sido catalogada como “una poesía del elogio”, algo que ella no discute, sino más bien reafirma con convicción en cada nueva creación, cuando vuelve a cantarle a la garza en el estanque, al zorro del matorral, al cedro y al girasol. También le sentaría “una poesía del asombro”; ya que en sus versos convive la sorpresa siempre renovada con una devoción genuina por el mundo y sus misterios. No se trata de una devoción descarnada; por el contrario, rebosa de sensualidad. Tampoco edulcorada. “No llamen a este mundo adorable, ni útil; no se trata de eso”, dice en “¿Dónde comienza la danza, y dónde termina?”, prefiriendo definirlo así: “Es travieso, y un teatro para más que vientos suaves. / La pestaña del rayo no es mala ni es buena /El árbol impactado arde como un pilar de oro.” Su espiritualidad sin templo ni credo no deja a nadie afuera: creyentes y descreídos, apáticos y apasionados, próceres y colibríes, robles monolíticos y mosquitos. Tampoco esconde que, cada vez que le canta a las hojas, los ciervos o los escarabajos, su canción es rezo, meditación, elegía.

fabiana fondevila

En una inusual entrevista con Maria Shriver en 2011, Oliver comparte una de las motivaciones detrás de su poesía: “No tengo gran esperanza respecto de que la Tierra pueda permanecer como era cuando yo era chica. De hecho, ya ha cambiado tanto. Y creo que cuando perdemos la conexión con el mundo natural, tendemos a olvidarnos que somos animales, que necesitamos de la Tierra. Y esto puede ser demoledor. Wendell Berry, un gran poeta, habla extensamente (en su obra) sobre la devastación que viene. Yo soy más bien de las que creen que atraemos más moscas con miel que con vinagre. Y entonces busco por el lado de ‘¿Notaste esta cosa maravillosa?’ ‘¿Te acordás de esto?’” Rompiendo con su reserva habitual, la poeta comparte anécdotas como ésta: “”En Provincetown, donde vivo, hay una pequeña historia que es dulce. Dicen que si Mary sale a caminar, y comienza a caminar más y más lento, hasta que al fin se detiene y se pone a escribir furiosamente, uno sabe que ha sido una caminata exitosa.” “¿No se supone que los poetas son gente tortuosa?”, quiere saber la entrevistadora. Responde Oliver: “(En Estados Unidos) tuvimos un período largo de poetas confesionales. Y creo que muchas personas -sin duda Sylvia Plath y Anne Sexton- confundieron el trabajo que hacían con la terapia, y eso es una pena. Puede que me equivoque, pero creo que sentían que podían sanarse con su escritura, y eso no funcionó. Yo no suelo meterme con las cosas que me hacen infeliz cuando escribo. Quiero escribir poesías que consuelan, que diviertan quizás, que enciendan a las personas. No quiero decir que el mundo es del todo genial y maravilloso. Pero intento mantener el foco en lo que es bueno y esperanzador.” Así y todo, en su extensa bibliografía ha hecho referencia a acontecimientos traumáticos de su vida, como el hecho de haber sido abusada de niña. En uno de sus poemas más amados, invita a hacer las paces con el dolor, y a abrazar la propia identidad.

Los gansos salvajes

No tienes que ser bueno. No tienes que recorrer el desierto arrodillado, arrepintiéndote. Sólo tienes que dejar que el animal suave de tu cuerpo ame lo que ama. Cuéntame de tu dolor, yo te contaré del mío. Mientras tanto, el mundo sigue. Mientras tanto, el sol y los guijarros claros de la lluvia se desparraman sobre los paisajes, sobre las praderas y los árboles profundos, las montañas y los ríos. Mientras tanto, los gansos salvajes, allá arriba en el límpido aire azul, están volviendo a casa. Quienquiera que seas, no importa cuán solo te sientas, el mundo se ofrece a tu imaginación, te llama como la voz de los gansos salvajes, áspera y excitante, anunciando, una y otra vez, tu lugar en la familia de las cosas.

Pero su poema más citado, es, sin dudas, Poema de verano, el de la antológica frase final. Reproducida por doquier en contextos sagrados y mundanos, esa frase ha sido espuela para despertar a la acción, ahuyentar temores y despabilar al más dormido.

¿Quién hizo al mundo?
¿Quién hizo al cisne, y al oso negro?
¿Quién hizo a la langosta?
Esta langosta, quiero decir-
la que acaba de lanzarse desde el pasto
la que come azúcar de mi mano,
la que mueve sus mandíbulas
hacia atrás y hacia adelante,
en vez de arriba y abajo-
la que mira a su alrededor con sus ojos enormes y complicados.
Ahora levanta sus pálidos antebrazos
y se lava la cara meticulosamente.
Ahora abre las alas de un brinco, y se va flotando.
Yo no sé qué es exactamente un rezo.
Sí sé prestar atención, sé cómo caerme sobre el pasto,
cómo arrodillarme en el pasto, cómo ser ociosa y bendita,
cómo pasear por los prados que es lo que he estado haciendo todo el día,
Dime, ¿qué debiera haber hecho?
¿No es que todo muere al fin, y demasiado pronto?
Dime, ¿qué piensas hacer tú con tu vida única, salvaje, preciosa?

Una pregunta fértil para saludar al mundo, como Mary, cada mañana.

Antes o después de recibir al sol.

Reencantar el mundo - Fabiaa Fondevila

Reencantar el mundo

Empieza el año, y a muchos nos pasa lo mismo. Perdemos contacto con la naturaleza que hamacó nuestras tardes y colmó nuestras noches de lunas y estrellas. Tememos perder, con ello, la quietud, el gozo y el asombro que vuelve cuando logramos parar, mirar con ojos frescos y disfrutar de las cosas sencillas. Sabemos que la ciudad impondrá sus ritmos, que el trabajo acortará los tiempos, que el celular y la laptop y las pantallas de toda clase competirán por nuestra atención, robándonos -si así lo permitimos- la gracia de habitar el momento.

Nada de esto es inevitable. Todo ocurre, en mayor o menor medida, con nuestra complicidad. O, al menos, se vale -para establecerse- de cierto grado de inconsciencia.

No podemos vivir de vacaciones, y salvo afortunados, no habitamos todo el año rodeados de selvas, mares, desiertos o montañas. Pero sí podemos recuperar espacios de conexión con nosotros mismos y con el entorno natural que nos acompaña en todo momento: el cielo, las nubes y las estrellas, los árboles del barrio, los pájaros, las ranas, las mariposas y las libélulas. Podemos, también, llevar la naturaleza al interior de nuestros hogares, a través de antiguas prácticas que fueron el pan de cada día de nuestros ancestros: recuperar la medicina de las plantas, redescubrir el placer de moldear barro para hacer nuestros cuencos, platos y tazas, tejer nuestro propio cobijo, amasar nuestro alimento, alumbrar nuestra noche.

Esta es la invitación que late en el taller que ofrezco este año. Más que a aprender, convoca a recordar. Más que a estudiar o a esforzarse, incita a embarrarse, entregarse, reencontrarse en quehaceres que le hablan al alma en su propio idioma, y volver a pulsar con la mera experiencia de estar vivos.

La invitación queda hecha, los espero! Abajo, los detalles.

La propuesta:

Indagar, a través de un rico abanico de prácticas vivenciales, la manera en la que la propia esencia se manifiesta y despliega. Reconocer el espejo de esa esencia en la naturaleza y sus ritmos (no hace falta vivir en el campo ni en el bosque, la naturaleza nos sigue adonde vayamos, es sólo cuestión de abrir nuestro corazón a ella). Recuperar formas de habitar el mundo que nos recuerdan quienes somos, nos llenan de alegría y colman nuestra nostalgia por lo no vivido. Empapar nuestra vida cotidiana de una espiritualidad corpórea, terrena y sensual, hasta borrar las fronteras entre ocio y trabajo, disfrute y esfuerzo, interior y exterior, ser y hacer.

La modalidad:

Los encuentros tendrán lugar una vez por semana, en día y hora a consignar.

El programa:

Nuestra exploración acompañará los ciclos del año, degustando y abrazando sus ofrendas. Como la vida misma, el programa permitirá desvíos, pero seguirá un orden orgánico y esencial.

En los primeros encuentros se irá desglosando la filosofía que sustenta el programa, fuertemente anclado en la relación del alma (un concepto distinto al espíritu, como ya veremos) con la naturaleza, y la forma en que una y otra se nutren mutuamente. Una relación vital que urge recuperar en nuestros días, porque no hay cómo cuidar ni preservar el entorno que nos rodea y sustenta si no amamos y cortejamos al objeto de ese amor.

Nos valdremos de lecturas y meditaciones para ayudar a profundizar cada experiencia, y daremos pie a la reflexión y el intercambio de ideas respecto de lo que estos quehaceres nos plantean sobre la vida. Llevaremos un diario de experiencias, que será de especial utilidad en noviembre, al abocarnos a la escritura creativa.

Y a través de las experiencias compartidas y la vivencia de una comunidad basada en el amor y el asombro, recuperaremos la magia de un mundo vivo, tan vivo como elegimos estar nosotras en cada momento.

El temario

En marzo nos zambulliremos en el universo de las plantas silvestres. Haremos tinturas, mieles, elixires, jarabes, aceites, vinagres. Profundizaremos en plantas puntuales, investigándolas a fondo como uno hace con aquello que ama. Ensayaremos mezclas para distintas dolencias, y arribaremos a recetas propias, que nombraremos y envasaremos para tener y regalar. Continuaremos con el botiquín de la cocina: hierbas y especias que usamos a diario y que pueden brindarnos, además de sabor y sustento, importantes propiedades curativas. Investigaremos los árboles medicinales, y aprenderemos a cosechar y preparar sus bondades. Nos detendremos en las flores comestibles y en cómo sumarlas para agregar color y alegría a nuestras ensaladas, tortas y confituras. Prepararemos golosinas a base de frutos de Crataegus y agua de rosas, entre otras delicias insospechadas.

En abril, con los días que comienzan a acortarse, iniciaremos la migración: lenta y paulatinamente, iremos llevando la naturaleza al interior de nuestros hogares, amasando pan (y luego, en orden sucesivo, arcilla, tejidos, imágenes y sueños). Aprenderemos a hacer una hogaza rebosante de semillas; pan dúctil y nutritivo, lleno de sustento, que invita a personalizarlo y hacerlo propio. Prepararemos pretzels, para deleite de los pequeños (y del niño/a interior). Daremos forma a un espléndido challah, pan trenzado que es el corazón de las fiestas y ceremonias judías, y que representa, en sí mismo, un pequeño ritual celebratorio. Culminaremos con una valiente incursión en el universo del pan con masa madre: un “pan con alma”, capaz de vivir siglos a través de un único fermento que pasa de generación en generación. Dato curioso: aun los que nunca lo han probado indefectiblemente lo recuerdan al degustarlo.

Mayo dará lugar a la arcilla. Disfrutaremos del primer encuentro con este ingrediente primigenio. ¿Qué viejas visiones le transmite a nuestras manos? ¿Qué pide de nosotras? ¿Qué ofrece? Ensayaremos con formas sencillas y profundamente evocativas: el cuenco, la vasija, la fuente. No por nada ha sido ésta una forma de expresión y manufactura de todos los pueblos originarios. ¿Qué se siente al alimentarnos con un pan casero, servido en un cuenco moldeado con nuestras propias manos? ¿Qué dice esto sobre nuestro vínculo con el mundo, y nuestra capacidad de proveer nuestro propio sustento?

Junio traerá el cobijo de la lana. Al tomar contacto con el ovillo, recordaremos el camino que ha hecho para llegar a nuestras manos: la oveja que se desvistió de sus ropajes, la laboriosa esquila, el lavado y el cardado, el cuidadoso hilado, el teñido, el traslado. Honrando esta cadena de esfuerzos, elegiremos un destinatario para nuestra ofrenda. Con él o ella en nuestro corazón, tejeremos una bufanda o chalina que llevará impreso nuestro amor en cada fibra. Tejeremos a modo de meditación, de plegaria, de fervorosa entrega.

En julio vendrán las velas. Hay magia en el acto de iluminar la penumbra con luz propia, sea que esta provenga de velas hechas a mano o de otras fuentes de luz más sutiles. Elaboraremos velas sumergidas, a la vieja usanza, y también velas con cera de abeja. Exploraremos algunos aromatizantes y colorantes naturales. Estas velas elaboradas a fuego lento serán las aliadas perfectas para las indagaciones que siguen, en el corazón del invierno.

En agosto, cuando la oscuridad ya está afincada en nuestras almas y el velo con el mundo invisible es finito, nos adentraremos en puntas de pie en el universo de nuestros sueños e imágenes interiores. Con diversos métodos no analíticos invitaremos esas imágenes a manifestarse, y les daremos lugar para que nos comuniquen sus secretos. ¿De qué modo? Les pondremos música, sonidos, color y movimiento. Actuaremos sus historias, les haremos preguntas, plasmaremos sus símbolos y los honraremos. Buscaremos tender un puente firme con “el mundo de abajo”, al decir de las tradiciones chamánicas, para que sus antiguos secretos fluyan e informen nuestra conciencia.

En septiembre volveremos a abrir las puertas de la casa: saldremos al jardín, a la plaza, al barrio, a escuchar el llamado de los pájaros. Aprenderemos a distinguir entre una invocación de compañía y un sonido de alerta, entre una canción celebratoria y un cortejo. Descifrar este lenguaje nos revelará un mundo; advertiremos que no hay nada casual ni errático en el comportamiento de las aves que nos rodean, sino que cada gesto tiene un sentido, y ese sentido nos incluye. Con un poco de práctica sabemos cómo volvernos invisibles para poder compartir sus espacios de cerca, y observarlos. El premio final será conocer a los pájaros que habitan nuestro territorio como individuos, y vincularnos con ellos como los vecinos que son. Nuestros antepasados comprendieron el idioma de los pájaros y se guiaron por él en sus interacciones con el mundo; con unas pocas pautas, y apelando a la memoria de la especie, nosotros también podemos hacerlo.

En octubre retornamos al mundo vegetal, pero esta vez para elaborar ungüentos, lociones, cremas y jabones con ingredientes naturales. La idea es usar estos productos como vehículos para experimentar con las cualidades de diferentes plantas y aceites esenciales. Las así llamadas “brujas” fueron, en esencia, grandes conocedoras de las propiedades de las plantas y de su sintonía con cada dolencia o malestar. Al examinar una persona no veían un síntoma sino un estado del alma y del organismo en general. La propuesta para estas exploraciones es buscar esencias y texturas que generen no sólo un efecto físico sobre la piel, sino también uno energético y espiritual.

En noviembre, recurriremos a la escritura para trazar un diálogo íntimo y fructífero entre nuestra alma y el universo. Invitaremos a participar en él a las voces de los ancestros, de nuestros seres queridos, de los que amamos aun sin conocerlos, de los árboles y los pájaros, las sombras, los truenos y la noche. Le daremos a estos intercambios diversas formas: cuento, poesía, carta, canción. Y en nuestras propias palabras, hallaremos ese puente que la tierra reverdeciente nos invita a celebrar: nuestra alma y el mundo, dos caras de una misma polifacética realidad.

En diciembre el círculo se cierra. Recorreremos las actividades y las experiencias vividas, sacaremos conclusiones, proyectaremos las mejores maneras de llevar con nosotras, en el día a día de nuestras vidas, el espíritu de conexión, disfrute y ofrenda que estas actividades representan. Buscaremos un puente en el universo de lo ritual. ¿Qué es un rito, y en qué consiste su poder evocativo? ¿De qué forma podemos hacer una ceremonia de cada pequeño acto cotidiano? ¿Podemos hacer entrar al mundo natural, con su cuota de misterio, de silencio, de belleza y salvajismo, en estas ceremonias? ¿Podemos compartirlas con nuestros amigos y conocidos, con nuestras comunidades? Ensayaremos algunas formas rituales antiguas y efectivas, y las imbuiremos de nuestra propia, rica simbología.

Cerraremos así el ciclo del año, sabiendo que nada termina y todo recomienza, y que la vida nos espera para seguir danzando. La posibilidad de reencantar el mundo está, hoy y cada día, en nuestras manos.

Un grande de lo pequeño - Fabiana Fondvila

Un grande de lo pequeño

Pete Seeger fue un querido cantante de música folk estadounidense. Pero fue tanto más: puso su música y su carisma al servicio de todas las causas nobles: banjo en mano, cantó contra la guerra de Vietnam (y toda forma de violencia), a favor los derechos de los negros en épocas de Martin Luther King Jr., en defensa de los trabajadores más oprimidos, por la preservación del planeta, y muy especialmente por la recuperación del Río Hudson, que amaba y por el flotaba en un barquito llamado Clearwater, regalando canciones.

Junto con Woody Guthrie, Joan Baez y Bob Dylan, fue un trovador del pacifismo y la libertad, y exploró con pasión las músicas y culturas de otros países. Fue famosa su versión de Guantanamera, y también una adaptación de El joven de Alcalá, cantada por los brigadistas (luchadores extranjeros por la República) al volver de la Guerra Civil Española.

En 1951 el Comité de Asuntos Americanos lo condenó a doce meses de prisión, y a 17 años de total censura en los medios de comunicación locales. Nada lo acalló. Cuando murió el lunes pasado (27 de enero, 2014), a los 94 años, dicen quienes lo conocieron que su sonrisa, su fervor y su amor por la vida estaban intactos.

La revista Yes (un medio ecologista y activista social que vale la pena conocer) republicó una entrevista con Seeger del 2007 titulada “¿Cómo puedo dejar de cantar?”. Allí expresaba su convicción de que si el planeta sobrevive a los males que lo aquejan, no será por grandes campañas, sino por las miles de pequeñas acciones de ciudadanos conmovidos y comprometidos. Así lo dijo él:

“Ha sido mi creencia que aprender a hacer algo (por el cambio) en tu propio barrio es lo más importante. No soy solo yo que lo piensa. Margaret Mead dijo: ‘Nunca dudes de que un pequeño grupo de personas puede cambiar el mundo, de hecho es lo único que lo ha logrado’. Y el gran biólogo René Dubos dijo: ‘Piensa globalmente, actúa localmente’. Y E. F. Schumacher dijo ‘Lo pequeño es bello’. Y ahora, también, Paul Hawken. todas estas personas están diciendo lo mismo.

Si hay un mundo aquí en cien años, habrá sido salvado por decenas de millones de pequeñas cosas. Los poderes a cargo pueden desarmar cualquier gran movimiento que quieran. Pueden corromperlo, destruirlo por dentro, atacarlo por fuera. ¿Pero qué pueden hacer con diez millones de pequeñas cosas? Destruyen dos, y tres más se levantan!”

Por Paul Seeger y su lucha melodiosa. Por su vida de pequeñas acciones, y las miles de acciones que ellas generaron. Por la cadena de la que forman parte, asombrosa y vital.

El regalo de Madiba - Fabiana Fondevila

El regalo de Madiba

“Si alguna vez necesitas recordar el poder del espíritu humano, párate ante la celda de un un metro y medio por dos metros y medio de Nelson Mandela en Robben Island, la desolada prisión en la que fue el preso de máxima seguridad del régimen del Apartheid sudafricano. La cárcel de la isla yace a sólo siete millas de la bella Ciudad del Cabo, en el frío Océano Atlántico. Imagina el calor en el verano, el frío cruel en invierno, y Mandela yendo cada mañana a picar piedra, las superficies blancas de la piedra caliza reflejando el sol a toda hora y lastimando su visión para siempre. Recuerda que estuvo ahí 18 largos años, antes de pasar otros pasar otros nueve en prisiones varias del continente”. Esto recuerda Susan Collin Marks, activista del movimiento anti-Apartheid en Sudáfrica y y co-directora del Global Leadership Team, una ONG que trabaja para mediar pacíficamente en conflictos.

Y continúa: “Luego míralo el 2 de febrero de 1990, como lo vi yo -junto a otras 80.000 personas que nos reunimos en la plaza de Ciudad del Cabo para celebrar y darle la bienvenida el día en que lo liberaron. No sabíamos quién sería ni cómo se vería, porque la ley sudafricana prohibía la difusión de información alguna de las personas que el régimen tildaba de ‘prisioneros políticos’. Esperamos todo el día bajo el sol caliente, y de golpe ahí estaba, alto, fuerte, sonriente, riéndose, un hombre (de la etnia) Xhosa, los ojos bailando, y gritamos y cantamos y bailamos nuestra admiración y nuestro amor”.

¿Por qué recordar, hoy, estas palabras, cuando Nelson Mandela (Madiba, en el título honorífico otorgado por los ancianos de su clan) acaba de partir? Quizás porque es bueno recordar, en momentos dolorosos como este, que nadie que haya vivido con el corazón abierto y la frente en alto se va sin dejar rastro. Que además de la lección de valentía para rechazar racismos, discriminaciones y otras formas del odio, además de la fe y la perseverancia inimaginable de su lucha, Mandela nos deja un regalo aún más precioso. Su paso por este mundo transformó a un país, un continente, un planeta, y al hacerlo nos mostró a todos que lo imposible es posible, no por gracia de un slogan publicitario, sino por la fortaleza de un alma noble.

Era consciente de que la lucha continuaba. Así lo dice en su autobiografía, Mi larga caminata: “Luego de escalar una gran montaña, uno se entera de que hay muchos más picos por superar. Me he tomado momentos para descansar, para pescar una visión de la maravillosa vista que me rodea, para mirar hacia atrás al camino recorrido. Pero sólo puedo descansar por un momento, porque con la libertad vienen grandes responsabilidades, y no me atrevo a quedarme, porque mi larga caminata no ha terminado”.

Hoy que su caminata concluye al fin, es imposible despedirlo sin tristeza. Pero más importante es ejercer la gratitud: agradecer que haya estado, que haya sido, que haya logrado lo que logró, y que nos ofrezca a todos un espejo tan generoso en el cual mirarnos. Que un hombre con tres décadas de encarcelamiento y maltratos pudiera elegir el amor, la justicia y el compromiso como postura ante la vida, renunciando a la violencia y a la venganza, nos invita a vivir vidas más altas, inspiradas por la convicción de que siempre hay un camino mejor que se abre ante nosotros, sin importar las circunstancias. Nos recuerda, como concluye Invictus, la poesía (de William Ernest Henley) que lo amparó tantos años en la cárcel, que “No importa cuán estrecha sea la puerta, / Cuán cargada de castigos la sentencia,/ Soy el amo de mi destino: / Soy el capitán de mi alma.” Gracias Madiba.

Con gratitud y con asombro, el mundo te despide y te honra.

Arrodillarse y besar el suelo - fabiana fondevila

Arrodillarse y besar el suelo

Los que la conocen seguramente ya la aman. Y los que no la conocen merecen hacerlo. La bella Anne Lamott es una escritora de novelas y libros de no ficción, la mayor parte de los cuales tratan sobre la vida y la fe, el ser madre soltera, los días espantosos y los presidentes aborrecibles, y también sobre la gracia inexpugnable que hace que todo esto tenga sentido. Es graciosa, dolorosamente sincera, tan creyente como irreverente, y leer sus libros se parece a escuchar a tu amiga más querida y encantadora.

He aquí un fragmento de “Plan B. Further Thoughts on Faith” (Plan B. Más Reflexiones sobre la Fe), del 2005. Las referencias pueden haber quedado viejas, pero la emoción que lo inspira no. ¿Quién no ha rezado en lugares improbables? ¿Quién no ha maldecido, se ha entregado y se topado -asombrosamente- con la gracia?

Dice Anne:

‘’’Socorro’ es una oración que siempre recibe respuesta. No importa cómo reces -con tu cabeza inclinada, en silencio, o llorando a los gritos, o bailando. Las iglesias son buenos lugares para rezar, pero también los garage y los autos, las montañas, las duchas y los boliches. Años atrás escribí un ensayo que comenzaba así: ‘Algunas personas piensan que Dios está en los detalles, pero yo he llegado a la conclusión de que Dios está en el baño.’. Rezar habitualmente significa adorar, o entregarse, reconociendo que uno se quedó sin cartuchos. Pero no hay reglas firmes. Como dijo Rumi: ‘Hay cientos de maneras de arrodillarse y besar el suelo’. Yo simplemente hablo con Dios. Rezo cuando la gente que conozco se enferma, y recé cuando no sabía si debía tener a mi hijo. Rezo cuando mi escritura es horrible, o cuando, milagrosamente, mejora. Pedí ayuda silenciosamente cadas pocas horas durante los dos últimos años de la vida de mi madre. Hasta pedí ayuda para lidiar con George W. Bush. Recé por que tomara decisiones por el bien común, algo que no ha hecho, pero rezo por que se confunda y lo haga de todos modos. No rezo por su éxito, como no rezo por el mío. Rezo porque él y su gente no destruyan a todo en el camino.

Cuando estoy en mis cabales, que es más o menos dos veces por mes, rezo con bondad.”

Después del éxtasis

¿Qué ocurre cuando el monje Zen deja el monasterio, el maestro iluminado baja de la montaña, el iniciado cambia el silencio del retiro por el bullicio de la oficina? ¿Cuánto dura la claridad, la transparencia de propósito, el éxtasis del descubrimiento, cuando lo que la vida propone es tan banal y mundano como la cola del supermercado?

En su libro “After the ecstasy, the laundry” (Después del éxtasis, la ropa sucia), el intrépido maestro budista Jack Kornfield se anima a enfrentar esta delicada y crucial problemática. Con honestidad y valentía le pone palabras a una experiencia conocida por los devotos y practicantes de todas las religiones, pero casi nunca pronunciada en voz alta: la dificultad de reintegrarse a la vida de civil una vez degustada la miel del despertar espiritual. ¿Cómo traducir los descubrimientos sutiles para que puedan informar el día a día? ¿Cómo pasar de la embriagadora libertad de lo incondicionado a las ataduras inevitables de familia, trabajo y sociedad?

“La iluminación existe”, asegura Kornfield. “La libertad y la alegría incondicional, la unión con lo divino… estas experiencias son más comunes de lo que uno pensaría, y no se encuentran lejos.” Sin embargo, no habilitan a una existencia perfecta, libre de enfermedad y contingencias, a seguro de accidentes y tropiezos. Y, lo que es más importante: por su propia naturaleza, las experiencias de iluminación no duran; muestran, revelan, a veces, incluso, transforman, pero como todo en esta vida, pasan. “No hay tal cosa como una jubilación iluminada”, dice el maestro de meditación, fundador del Spirit Rock Meditation Centre en California, con su habitual humor. “No es así como ocurre en esta vida”.

La iluminación no es ni debe ser entendida como una protección contra las realidades de la vida. De hecho, como narra el autor en el capítulo sobre las vicisitudes del cuerpo, sabios como Ramana Maharshi, Karmapa y Suzuki Roshi murieron de cáncer a pesar de haber logrado un estado de comunión con lo divino. Esto revela una verdad profunda: el despertar debe hallarse tanto en la enfermedad como en la salud, en el dolor como en el gozo, en el cuerpo humano tal como es para cada uno.

En esta obra monumental, Kornfield entrevista a decenas de místicos y practicantes cristianos, judíos, musulmanes, budistas, sufíes. En todos encuentra historias similares. Va una de ejemplo: Un practicante Zen alcanza la iluminación en un sesshin (retiro de meditación), durante el cual las grandes verdades de la vida se le revelan en una explosión de júbilo, paz y gozosa quietud que dura varios días. La mayoría de las historias de iluminación se detendrían en este paso, dejando la sensación de que “el iluminado” pasaría el resto de su vida suspendido en una suerte de paraíso terrenal. Kornfield va un paso más allá, y cuenta lo que sigue: “Unos meses después de ese éxtasis llegó una depresión, de la mano de unas traiciones importantes en el trabajo. Tenía problemas también con mis hijos y mi familia. Mi tarea como maestro iba bien, daba conferencias que inspiraban a todos, pero si hablabas con mi esposa, te hubiera dicho que a medida que pasaba el tiempo me volvía tan impaciente y gruñón como antes. Sabía que esa gran visión espiritual era la verdad, y que estaba ahí por debajo de todo, pero también me daba cuenta de que un montón de cosas no habían cambiado en absoluto. Para ser honesto, mi mente y mi personalidad eran básicamente las mismas, y mis neurosis también. Quizás habían empeorado incluso, porque ahora las veía más claramente. Así era la cosa: había tenido estas revelaciones cósmicas y aun así necesitaba terapia para poder lidiar con los escollos de cada día y las lecciones de vivir una vida humana.”

La dificultad de encontrar una expresión sabia para la visión espiritual en la vida cotidiana no se limita a las tradiciones orientales. Cuenta Kornfield la historia de una madre superiora, abadesa de un convento centenario de Maine, Estados Unidos. La religiosa había crecido en el silencio del claustro desde los 17 años. En 960, el Papa Juan Pablo XXIII estableció la reforma que llevó la misa del latín al inglés y levantó el silencio exigido a las órdenes monásticas. Esto fue muy difícil para las mujeres que habían permanecido en sagrado silencio por décadas, dedicando sus días a la oración y la contemplación. No sabían cómo hablarse unas a otras. Cuando lo hacían surgían, como de la nada, toda clase de conflictos. Junto con su amor emergían juicios encubiertos, resentimientos acumulados por años, miserias y temores que el silencio y la oración habían mantenido tapados. Sin haber recibido entrenamiento en lo que los budistas llaman “la palabra recta”, se vieron obligadas de golpe a dar voz a su espiritualidad y a sus vínculos. Muchas huyeron del convento. Dice Kornfield: “Le llevó años a esta comunidad poder hallar la misma gracia en la palabra humana que habían encontrado en el silencio”. Pero, está claro, la vida espiritual necesita de ambos: no alcanza con vivir el despertar internamente; tenemos que poder integrar la vivencia con el mundo exterior para vivir la visión a pleno.

Kornfield comparte que, en privado, maestros de meditación de todas las tradiciones admiten sufrir de las mismas aflicciones que todos: enfermedades, peleas familiares, hijos adolescentes que se deprimen o amenazan con el suicidio. Uno de ellos cuenta que, al querer prohibirle a su hijo adolescente salir hasta la madrugada, el joven lo enfrentó al grito de: “¡Sos un maestro Zen, y mirá lo aferrado que sos!”

Entre aquellos maestros que no admiten ningún tipo de debilidad ni sombra, las cosas son aún peores, señala el autor: por causa de su autoengaño, sus comunidades suelen ser las más destructivas y proclives a las luchas de poder.

Abundan las historias de gurúes que, por negar el cuerpo, sus impulsos mundanos y su sexualidad, terminan abusando de sus seguidoras y generando terribles traumas y confusión en sus comunidades.

Muchos maestros orientales se enteran de sus propias falencias al ser llevados a enseñar a América o Europa. Dice Pir Vilayat Khan, líder de la Orden Sufí en Occidente: “De tantos grandes maestros que he conocido en India y en Asia, si fuera uno a traerlos a Estados Unidos, si les diera una casa, dos autos, una esposa, tres chicos, un trabajo, un seguro de vida e impuestos… a todos se les haría difícil.”

La marca de los más sabios es que admiten su humanidad sin reparos. Abades como el padre Thomas Keating, del Monasterio Snowmass, y Norman Fischer, del Centro Zen de San Francisco, usan a menudo expresiones como “No sé” y “Estoy aprendiendo”.

Tenzin Gyatso, el XIV Dalai Lama, quizás sea el mayor ejemplo de esta sencillez; en cada oportunidad que tiene declara que él es apenas un monje y no el gran dignatario por el que todos lo tienen. En numerosas ocasiones ha reconocido sus errores y mostrado arrepentimiento. En un pasaje del libro, Kornfield relata cómo, tras escuchar el relato de unas monjas budistas acerca de lo doloroso que había sido para ellas sentirse excluidas de los monasterios, obligadas a practicar en la periferia, muchas veces sin enseñanzas, alimento ni apoyo, el Dalai Lama se tomó la cabeza entre las manos, y lloró. Acto seguido se comprometió a revisar el lugar otorgado a las mujeres en su tradición.

Pero Kornfield no ofrece una visión pesimista de los frutos del trabajo espiritual. Una y otra vez señala que hay tesoros a descubrir en la apertura del corazón y la exploración de nuestras profundidades. Lo dicen con elocuencia testimonios como éste, de un maestro de meditación:

“En muchas formas la transformación espiritual de las últimas décadas ha resultado diferente de lo que había imaginado. Sigo siendo la misma persona peculiar que siempre fui, con el mismo estilo y la misma forma de ser. Visto desde afuera, no soy la persona iluminada y alucinante que esperaba ser. Pero hay una gran transformación en mi interior. Años de trabajar con mis sentimientos, mis patrones familiares y mi ira han suavizado la manera en que lo contengo todo. En el esfuerzo por conocer y aceptar mi vida en profundidad, ésta se ha transformado y mi amor ha crecido. Si mi vida era como un garage lleno de cosas en el que vivía golpeándome con los muebles y juzgándome, ahora es como si me hubiera mudado a un hangar de puertas abiertas. Estoy rodeado por las mismas cosas viejas pero ya no me limitan como antes. Soy el mismo, y sin embargo, ahora estoy libre de moverme, hasta de volar.”

Al practicante que imagina al despertar como el pináculo de un camino inalcanzable, Kornfield lo invita a indagar en los rincones más próximos de su vida: las emociones difíciles, las necesidades del cuerpo, las manías y las obsesiones, los vínculos, las dificultades. A uno y a todos prescribe abrazar “la perfección ordinaria”: aceptar amorosamente la verdad de lo que uno es. “¿Te acercas a las rosas pensando que serían perfectas si no tuvieran espinas?”, pregunta. “Nuestra misión espiritual no es lograr la perfección, sino despertar a la perfección que nos rodea”, contesta.

Esta obra invalorable por su profundad y su candor concluye con una cita de Walt Whitman, tan bien elegida que cabe revelarla en esta síntesis.

“En cuanto a mí, no conozco más que milagros.”

Fabiana Fondevila

Así, aquí y ahora

Así, aquí, ahora

En su libro “La sabiduría de la no evasión”, Pema Chödrön, monja budista y directora de la abadía Gampo de Nueva Escocia (Canadá), explica cómo utilizar nuestras vivencias coditianas como instrumento de liberación. Fiel a la religión que practica, Pema aconseja no darle la espalda al dolor sino hacer de él un puente y un camino de trasnfromación. En el siguiente fragmento, deja en claro cuán cerca reside todo aquello que verdaderamente necesitamos.

“Es bueno darse cuenta de que estar acá, sentado meditando, haciendo cosas simples, de todos los días como trabajar, salir a caminar, hablar con gente, comer, ir al baño, es en verdad todo lo que necesitamos para estar plenamente despiertos, plenamente vivos, y ser plenamente humanos. También es bueno entender que este cuerpo que tenemos, este mismo cuerpo que está sentado acá in este cuarto, este cuerpo que quizás duele, y esta mente que tenemos en este preciso momento, son exactamente lo que necesitamos para ser plenamente humanos y estar plenamente vivos y despiertos. Es más, las emociones que tenemos ahora mismo, la negatividad y la positividad, son lo que de veras necesitamos. Es como si buscásemos a nuestro alrededor cuál sería la mayor riqueza que pudiéramos poseer para llevar una vida buena, decente, completamente satisfactoria, energética e inspirada, y la encontrásemos toda aquí mismo.”

Nying-Je, la suprema emoción - Fabiana Fondevila

Nying-Je, la suprema emoción

“En un viaje reciente a Europa, aproveché la oportunidad de visitar el campo de concentración Nazi de Auschwitz. Aunque había escuchado y leído mucho sobre este lugar, no estaba en absoluto preparado para la experiencia. Mi reacción inicial al ver los hornos en los que cientos de miles de mis hermanos humanos fueron quemados fue de total repulsión. Me impactó mucho el frío cálculo y el desapego de los éstos que daban horripilante testigo. Luego, en el museo que forma parte del centro de visitas, vi una colección de zapatos. Muchos de ellos eran pequeños o estaban reparados, habiendo pertenecido claramente a chicos y a personas pobres. Esto me entristeció particularmente. ¿Qué mal podrían haber hecho ellos, qué daño? Me detuve, profundamente conmovido por las víctimas y por los ejecutores de esta calamidad, y recé que nunca más ocurriera una cosa así. Y, a conciencia de que, así como todos tenemos la capacidad de actuar generosamente en pos del bien ajeno, también tenemos todos el potencial de ser asesinos y torturadores, juré nunca contribuir de ninguna manera a semejante empresa.

Hechos como los que transcurrieron en Auschitz son violentos recordatorios de lo que puede ocurrir cuando individuos -y, por extensión, sociedades enteras- pierden el contacto con el sentimiento humano esencial. Es por esto que creo que, aunque es necesario tener legislación y convenciones internacionales que sirvan de salvaguarda contra futuros desastres de este clase, dudo que su poder disuasor sea suficiente. Mucho más eficaz e importante que esta legislación es desarrollar nuestra sensibilidad ante los sentimientos de otros, a un simple nivel humano.

Cuando hablo de ‘sentimiento humano esencial’, no estoy pensando en algo vago y pasajero, sin embargo. Me refiero a la capacidad qe todos tenemos de empatizar unos con otros, algo que en tibetano llamamos shen dug-ngal-wa-la-mi-sö-pa. Traducido literalmente, significa ‘la incapacidad para atestiguar el sufrimiento de otro’. Dado que esto es lo que nos permite entrar, y de alguna medida participar, en el dolor de otro, es una de nuestras características más significativas. Es lo que nos hace atender un grito de socorro, o contraernos al ver a otro ser sometido a daño, o sufrir al entrar el contacto con el sufrimiento ajeno. Y es lo que nos obliga a cerrar los ojos cuando queremos ignorar la angustia de otro.

(…)

Como tal, nuestra capacidad innata para la empatía es la fuente de la más preciosa de las cualidades, que en tibetano llamamos nying-je. Aunque generalmente se traduce simplemente como compasión, el término comprende en verdad una riqueza de significados que es difícil de transmitir sintéticamente, aunque las ideas que contiene son universalmente comprendidas. Incluye las nociones de amor, afecto, bondad, gentileza, generosidad de espíritu y un corazón que siente. También se usa como una expresión de compasión y de simpatía. Pero, lo que es más importante, nying-je denota un sentimiento de conexión con otros, lo cual refleja su origen en la empatía. De modo que, mientras que podríamos decir ‘Amo mi casa’, o ‘Tengo gran afecto por este lugar’, no podríamos decir ‘Tengo compasión’ por estas cosas. Al no tener ellos mismos sentimientos, los objetos no pueden ser destinatarios de nuestra empatía. Por lo tanto, no podemos hablar de sentir compasión por ellos.

Aunque es claro de esta descripción que nying-je, o amor y compasión, es entendido como una emoción, pertenece a esa categoría de emociones que incluyen un componente cognitivo más desarrollado. Algunas emociones, como la repulsión que tendemos a sentir al ver sangre, son básicamente instintivas. Otras, como el temor a la pobreza, tienen este componente cognitivo más desarrollado. Podemos entonces entender al nying-je en términos de una combinación de empatía y razón. Podemos pensar en la empatía como una persona sincera; la razón, en cambio, tiene personalidad práctica. La combinación de ambas facetas es altamente eficaz. En este sentido, el nying-je es muy distinto de sentimientos más azarosos como el enojo y la codicia, que lejos de traernos felicidad, sólo nos aquejan y destruyen nuestra paz mental.

El hecho de que podamos aumentar nuestros sentimientos de preocupación y cuidado por otros es de suprema importancia, porque cuanto más desarrollamos la compasión, más genuinamente ética será nuestra conducta.

(…)

De todo lo que he dicho de la naturaleza humana, no debe desprenderse la noción de que no tiene aspectos negativos. Donde hay sentimiento, el odio, la violencia y la ignorancia surgen naturalmente. Aunque nuestra naturaleza se incline básicamente hacia la bondad y la compasión, todos somos capaces de crueldad y de odio. Es por esto que tenemos que luchar. También explica cómo individuos criados en un entorno estrictamente no violento puedan convertirse en los peores carniceros. En relación a esto, recuerdo mi visita hace algunos años al Washington Memorial, un monumento que rinde tributo a los mártires y héroes del Holocausto Judío en manos de los nazis. Lo que me impactó más fuertemente fue la manera en que catalogaba simultáneamente las distintas formas de la conducta humana. De un lado enumeraba las víctimas de actos indeciblemente atroces. Del otro, recordaba los actos de bondad heroicos de parte de familias cristianas y otras que asumieron conscientemente terribles riesgos para proteger a sus hermanas y hermanos judíos. Me pareció que muy apropiado, y muy necesario, mostrar ambas caras del potencial humano.

(…)

También hallamos que cuando actuamos a partir de nuestra preocupación por los otros, la paz que esto crea en nuestros corazones trae paz a su vez a todos con quienes nos vinculamos. Trae paz a nuestras familias, paz a nuestros amigos, paz a nuestros trabajos, a la comunidad, y por lo tanto al mundo. ¿Por qué, entonces, querría alguien dejar de cultivar esta cualidad? ¿Puede haber algo ser más sublime que aquello que trae paz y felicidad para todos? Por mi parte, la mera habilidad que tenemos los seres humanos de reconocer las bendiciones del amor y la compasión me resulta un regalo precioso.”

(En Ancient Wisdom, Modern World, Ethics for a New Millenium)