Arrodillarse y besar el suelo - fabiana fondevila

Arrodillarse y besar el suelo

Los que la conocen seguramente ya la aman. Y los que no la conocen merecen hacerlo. La bella Anne Lamott es una escritora de novelas y libros de no ficción, la mayor parte de los cuales tratan sobre la vida y la fe, el ser madre soltera, los días espantosos y los presidentes aborrecibles, y también sobre la gracia inexpugnable que hace que todo esto tenga sentido. Es graciosa, dolorosamente sincera, tan creyente como irreverente, y leer sus libros se parece a escuchar a tu amiga más querida y encantadora.

He aquí un fragmento de “Plan B. Further Thoughts on Faith” (Plan B. Más Reflexiones sobre la Fe), del 2005. Las referencias pueden haber quedado viejas, pero la emoción que lo inspira no. ¿Quién no ha rezado en lugares improbables? ¿Quién no ha maldecido, se ha entregado y se topado -asombrosamente- con la gracia?

Dice Anne:

‘’’Socorro’ es una oración que siempre recibe respuesta. No importa cómo reces -con tu cabeza inclinada, en silencio, o llorando a los gritos, o bailando. Las iglesias son buenos lugares para rezar, pero también los garage y los autos, las montañas, las duchas y los boliches. Años atrás escribí un ensayo que comenzaba así: ‘Algunas personas piensan que Dios está en los detalles, pero yo he llegado a la conclusión de que Dios está en el baño.’. Rezar habitualmente significa adorar, o entregarse, reconociendo que uno se quedó sin cartuchos. Pero no hay reglas firmes. Como dijo Rumi: ‘Hay cientos de maneras de arrodillarse y besar el suelo’. Yo simplemente hablo con Dios. Rezo cuando la gente que conozco se enferma, y recé cuando no sabía si debía tener a mi hijo. Rezo cuando mi escritura es horrible, o cuando, milagrosamente, mejora. Pedí ayuda silenciosamente cadas pocas horas durante los dos últimos años de la vida de mi madre. Hasta pedí ayuda para lidiar con George W. Bush. Recé por que tomara decisiones por el bien común, algo que no ha hecho, pero rezo por que se confunda y lo haga de todos modos. No rezo por su éxito, como no rezo por el mío. Rezo porque él y su gente no destruyan a todo en el camino.

Cuando estoy en mis cabales, que es más o menos dos veces por mes, rezo con bondad.”

Después del éxtasis

¿Qué ocurre cuando el monje Zen deja el monasterio, el maestro iluminado baja de la montaña, el iniciado cambia el silencio del retiro por el bullicio de la oficina? ¿Cuánto dura la claridad, la transparencia de propósito, el éxtasis del descubrimiento, cuando lo que la vida propone es tan banal y mundano como la cola del supermercado?

En su libro “After the ecstasy, the laundry” (Después del éxtasis, la ropa sucia), el intrépido maestro budista Jack Kornfield se anima a enfrentar esta delicada y crucial problemática. Con honestidad y valentía le pone palabras a una experiencia conocida por los devotos y practicantes de todas las religiones, pero casi nunca pronunciada en voz alta: la dificultad de reintegrarse a la vida de civil una vez degustada la miel del despertar espiritual. ¿Cómo traducir los descubrimientos sutiles para que puedan informar el día a día? ¿Cómo pasar de la embriagadora libertad de lo incondicionado a las ataduras inevitables de familia, trabajo y sociedad?

“La iluminación existe”, asegura Kornfield. “La libertad y la alegría incondicional, la unión con lo divino… estas experiencias son más comunes de lo que uno pensaría, y no se encuentran lejos.” Sin embargo, no habilitan a una existencia perfecta, libre de enfermedad y contingencias, a seguro de accidentes y tropiezos. Y, lo que es más importante: por su propia naturaleza, las experiencias de iluminación no duran; muestran, revelan, a veces, incluso, transforman, pero como todo en esta vida, pasan. “No hay tal cosa como una jubilación iluminada”, dice el maestro de meditación, fundador del Spirit Rock Meditation Centre en California, con su habitual humor. “No es así como ocurre en esta vida”.

La iluminación no es ni debe ser entendida como una protección contra las realidades de la vida. De hecho, como narra el autor en el capítulo sobre las vicisitudes del cuerpo, sabios como Ramana Maharshi, Karmapa y Suzuki Roshi murieron de cáncer a pesar de haber logrado un estado de comunión con lo divino. Esto revela una verdad profunda: el despertar debe hallarse tanto en la enfermedad como en la salud, en el dolor como en el gozo, en el cuerpo humano tal como es para cada uno.

En esta obra monumental, Kornfield entrevista a decenas de místicos y practicantes cristianos, judíos, musulmanes, budistas, sufíes. En todos encuentra historias similares. Va una de ejemplo: Un practicante Zen alcanza la iluminación en un sesshin (retiro de meditación), durante el cual las grandes verdades de la vida se le revelan en una explosión de júbilo, paz y gozosa quietud que dura varios días. La mayoría de las historias de iluminación se detendrían en este paso, dejando la sensación de que “el iluminado” pasaría el resto de su vida suspendido en una suerte de paraíso terrenal. Kornfield va un paso más allá, y cuenta lo que sigue: “Unos meses después de ese éxtasis llegó una depresión, de la mano de unas traiciones importantes en el trabajo. Tenía problemas también con mis hijos y mi familia. Mi tarea como maestro iba bien, daba conferencias que inspiraban a todos, pero si hablabas con mi esposa, te hubiera dicho que a medida que pasaba el tiempo me volvía tan impaciente y gruñón como antes. Sabía que esa gran visión espiritual era la verdad, y que estaba ahí por debajo de todo, pero también me daba cuenta de que un montón de cosas no habían cambiado en absoluto. Para ser honesto, mi mente y mi personalidad eran básicamente las mismas, y mis neurosis también. Quizás habían empeorado incluso, porque ahora las veía más claramente. Así era la cosa: había tenido estas revelaciones cósmicas y aun así necesitaba terapia para poder lidiar con los escollos de cada día y las lecciones de vivir una vida humana.”

La dificultad de encontrar una expresión sabia para la visión espiritual en la vida cotidiana no se limita a las tradiciones orientales. Cuenta Kornfield la historia de una madre superiora, abadesa de un convento centenario de Maine, Estados Unidos. La religiosa había crecido en el silencio del claustro desde los 17 años. En 960, el Papa Juan Pablo XXIII estableció la reforma que llevó la misa del latín al inglés y levantó el silencio exigido a las órdenes monásticas. Esto fue muy difícil para las mujeres que habían permanecido en sagrado silencio por décadas, dedicando sus días a la oración y la contemplación. No sabían cómo hablarse unas a otras. Cuando lo hacían surgían, como de la nada, toda clase de conflictos. Junto con su amor emergían juicios encubiertos, resentimientos acumulados por años, miserias y temores que el silencio y la oración habían mantenido tapados. Sin haber recibido entrenamiento en lo que los budistas llaman “la palabra recta”, se vieron obligadas de golpe a dar voz a su espiritualidad y a sus vínculos. Muchas huyeron del convento. Dice Kornfield: “Le llevó años a esta comunidad poder hallar la misma gracia en la palabra humana que habían encontrado en el silencio”. Pero, está claro, la vida espiritual necesita de ambos: no alcanza con vivir el despertar internamente; tenemos que poder integrar la vivencia con el mundo exterior para vivir la visión a pleno.

Kornfield comparte que, en privado, maestros de meditación de todas las tradiciones admiten sufrir de las mismas aflicciones que todos: enfermedades, peleas familiares, hijos adolescentes que se deprimen o amenazan con el suicidio. Uno de ellos cuenta que, al querer prohibirle a su hijo adolescente salir hasta la madrugada, el joven lo enfrentó al grito de: “¡Sos un maestro Zen, y mirá lo aferrado que sos!”

Entre aquellos maestros que no admiten ningún tipo de debilidad ni sombra, las cosas son aún peores, señala el autor: por causa de su autoengaño, sus comunidades suelen ser las más destructivas y proclives a las luchas de poder.

Abundan las historias de gurúes que, por negar el cuerpo, sus impulsos mundanos y su sexualidad, terminan abusando de sus seguidoras y generando terribles traumas y confusión en sus comunidades.

Muchos maestros orientales se enteran de sus propias falencias al ser llevados a enseñar a América o Europa. Dice Pir Vilayat Khan, líder de la Orden Sufí en Occidente: “De tantos grandes maestros que he conocido en India y en Asia, si fuera uno a traerlos a Estados Unidos, si les diera una casa, dos autos, una esposa, tres chicos, un trabajo, un seguro de vida e impuestos… a todos se les haría difícil.”

La marca de los más sabios es que admiten su humanidad sin reparos. Abades como el padre Thomas Keating, del Monasterio Snowmass, y Norman Fischer, del Centro Zen de San Francisco, usan a menudo expresiones como “No sé” y “Estoy aprendiendo”.

Tenzin Gyatso, el XIV Dalai Lama, quizás sea el mayor ejemplo de esta sencillez; en cada oportunidad que tiene declara que él es apenas un monje y no el gran dignatario por el que todos lo tienen. En numerosas ocasiones ha reconocido sus errores y mostrado arrepentimiento. En un pasaje del libro, Kornfield relata cómo, tras escuchar el relato de unas monjas budistas acerca de lo doloroso que había sido para ellas sentirse excluidas de los monasterios, obligadas a practicar en la periferia, muchas veces sin enseñanzas, alimento ni apoyo, el Dalai Lama se tomó la cabeza entre las manos, y lloró. Acto seguido se comprometió a revisar el lugar otorgado a las mujeres en su tradición.

Pero Kornfield no ofrece una visión pesimista de los frutos del trabajo espiritual. Una y otra vez señala que hay tesoros a descubrir en la apertura del corazón y la exploración de nuestras profundidades. Lo dicen con elocuencia testimonios como éste, de un maestro de meditación:

“En muchas formas la transformación espiritual de las últimas décadas ha resultado diferente de lo que había imaginado. Sigo siendo la misma persona peculiar que siempre fui, con el mismo estilo y la misma forma de ser. Visto desde afuera, no soy la persona iluminada y alucinante que esperaba ser. Pero hay una gran transformación en mi interior. Años de trabajar con mis sentimientos, mis patrones familiares y mi ira han suavizado la manera en que lo contengo todo. En el esfuerzo por conocer y aceptar mi vida en profundidad, ésta se ha transformado y mi amor ha crecido. Si mi vida era como un garage lleno de cosas en el que vivía golpeándome con los muebles y juzgándome, ahora es como si me hubiera mudado a un hangar de puertas abiertas. Estoy rodeado por las mismas cosas viejas pero ya no me limitan como antes. Soy el mismo, y sin embargo, ahora estoy libre de moverme, hasta de volar.”

Al practicante que imagina al despertar como el pináculo de un camino inalcanzable, Kornfield lo invita a indagar en los rincones más próximos de su vida: las emociones difíciles, las necesidades del cuerpo, las manías y las obsesiones, los vínculos, las dificultades. A uno y a todos prescribe abrazar “la perfección ordinaria”: aceptar amorosamente la verdad de lo que uno es. “¿Te acercas a las rosas pensando que serían perfectas si no tuvieran espinas?”, pregunta. “Nuestra misión espiritual no es lograr la perfección, sino despertar a la perfección que nos rodea”, contesta.

Esta obra invalorable por su profundad y su candor concluye con una cita de Walt Whitman, tan bien elegida que cabe revelarla en esta síntesis.

“En cuanto a mí, no conozco más que milagros.”

Fabiana Fondevila

Así, aquí y ahora

Así, aquí, ahora

En su libro “La sabiduría de la no evasión”, Pema Chödrön, monja budista y directora de la abadía Gampo de Nueva Escocia (Canadá), explica cómo utilizar nuestras vivencias coditianas como instrumento de liberación. Fiel a la religión que practica, Pema aconseja no darle la espalda al dolor sino hacer de él un puente y un camino de trasnfromación. En el siguiente fragmento, deja en claro cuán cerca reside todo aquello que verdaderamente necesitamos.

“Es bueno darse cuenta de que estar acá, sentado meditando, haciendo cosas simples, de todos los días como trabajar, salir a caminar, hablar con gente, comer, ir al baño, es en verdad todo lo que necesitamos para estar plenamente despiertos, plenamente vivos, y ser plenamente humanos. También es bueno entender que este cuerpo que tenemos, este mismo cuerpo que está sentado acá in este cuarto, este cuerpo que quizás duele, y esta mente que tenemos en este preciso momento, son exactamente lo que necesitamos para ser plenamente humanos y estar plenamente vivos y despiertos. Es más, las emociones que tenemos ahora mismo, la negatividad y la positividad, son lo que de veras necesitamos. Es como si buscásemos a nuestro alrededor cuál sería la mayor riqueza que pudiéramos poseer para llevar una vida buena, decente, completamente satisfactoria, energética e inspirada, y la encontrásemos toda aquí mismo.”

Nying-Je, la suprema emoción - Fabiana Fondevila

Nying-Je, la suprema emoción

“En un viaje reciente a Europa, aproveché la oportunidad de visitar el campo de concentración Nazi de Auschwitz. Aunque había escuchado y leído mucho sobre este lugar, no estaba en absoluto preparado para la experiencia. Mi reacción inicial al ver los hornos en los que cientos de miles de mis hermanos humanos fueron quemados fue de total repulsión. Me impactó mucho el frío cálculo y el desapego de los éstos que daban horripilante testigo. Luego, en el museo que forma parte del centro de visitas, vi una colección de zapatos. Muchos de ellos eran pequeños o estaban reparados, habiendo pertenecido claramente a chicos y a personas pobres. Esto me entristeció particularmente. ¿Qué mal podrían haber hecho ellos, qué daño? Me detuve, profundamente conmovido por las víctimas y por los ejecutores de esta calamidad, y recé que nunca más ocurriera una cosa así. Y, a conciencia de que, así como todos tenemos la capacidad de actuar generosamente en pos del bien ajeno, también tenemos todos el potencial de ser asesinos y torturadores, juré nunca contribuir de ninguna manera a semejante empresa.

Hechos como los que transcurrieron en Auschitz son violentos recordatorios de lo que puede ocurrir cuando individuos -y, por extensión, sociedades enteras- pierden el contacto con el sentimiento humano esencial. Es por esto que creo que, aunque es necesario tener legislación y convenciones internacionales que sirvan de salvaguarda contra futuros desastres de este clase, dudo que su poder disuasor sea suficiente. Mucho más eficaz e importante que esta legislación es desarrollar nuestra sensibilidad ante los sentimientos de otros, a un simple nivel humano.

Cuando hablo de ‘sentimiento humano esencial’, no estoy pensando en algo vago y pasajero, sin embargo. Me refiero a la capacidad qe todos tenemos de empatizar unos con otros, algo que en tibetano llamamos shen dug-ngal-wa-la-mi-sö-pa. Traducido literalmente, significa ‘la incapacidad para atestiguar el sufrimiento de otro’. Dado que esto es lo que nos permite entrar, y de alguna medida participar, en el dolor de otro, es una de nuestras características más significativas. Es lo que nos hace atender un grito de socorro, o contraernos al ver a otro ser sometido a daño, o sufrir al entrar el contacto con el sufrimiento ajeno. Y es lo que nos obliga a cerrar los ojos cuando queremos ignorar la angustia de otro.

(…)

Como tal, nuestra capacidad innata para la empatía es la fuente de la más preciosa de las cualidades, que en tibetano llamamos nying-je. Aunque generalmente se traduce simplemente como compasión, el término comprende en verdad una riqueza de significados que es difícil de transmitir sintéticamente, aunque las ideas que contiene son universalmente comprendidas. Incluye las nociones de amor, afecto, bondad, gentileza, generosidad de espíritu y un corazón que siente. También se usa como una expresión de compasión y de simpatía. Pero, lo que es más importante, nying-je denota un sentimiento de conexión con otros, lo cual refleja su origen en la empatía. De modo que, mientras que podríamos decir ‘Amo mi casa’, o ‘Tengo gran afecto por este lugar’, no podríamos decir ‘Tengo compasión’ por estas cosas. Al no tener ellos mismos sentimientos, los objetos no pueden ser destinatarios de nuestra empatía. Por lo tanto, no podemos hablar de sentir compasión por ellos.

Aunque es claro de esta descripción que nying-je, o amor y compasión, es entendido como una emoción, pertenece a esa categoría de emociones que incluyen un componente cognitivo más desarrollado. Algunas emociones, como la repulsión que tendemos a sentir al ver sangre, son básicamente instintivas. Otras, como el temor a la pobreza, tienen este componente cognitivo más desarrollado. Podemos entonces entender al nying-je en términos de una combinación de empatía y razón. Podemos pensar en la empatía como una persona sincera; la razón, en cambio, tiene personalidad práctica. La combinación de ambas facetas es altamente eficaz. En este sentido, el nying-je es muy distinto de sentimientos más azarosos como el enojo y la codicia, que lejos de traernos felicidad, sólo nos aquejan y destruyen nuestra paz mental.

El hecho de que podamos aumentar nuestros sentimientos de preocupación y cuidado por otros es de suprema importancia, porque cuanto más desarrollamos la compasión, más genuinamente ética será nuestra conducta.

(…)

De todo lo que he dicho de la naturaleza humana, no debe desprenderse la noción de que no tiene aspectos negativos. Donde hay sentimiento, el odio, la violencia y la ignorancia surgen naturalmente. Aunque nuestra naturaleza se incline básicamente hacia la bondad y la compasión, todos somos capaces de crueldad y de odio. Es por esto que tenemos que luchar. También explica cómo individuos criados en un entorno estrictamente no violento puedan convertirse en los peores carniceros. En relación a esto, recuerdo mi visita hace algunos años al Washington Memorial, un monumento que rinde tributo a los mártires y héroes del Holocausto Judío en manos de los nazis. Lo que me impactó más fuertemente fue la manera en que catalogaba simultáneamente las distintas formas de la conducta humana. De un lado enumeraba las víctimas de actos indeciblemente atroces. Del otro, recordaba los actos de bondad heroicos de parte de familias cristianas y otras que asumieron conscientemente terribles riesgos para proteger a sus hermanas y hermanos judíos. Me pareció que muy apropiado, y muy necesario, mostrar ambas caras del potencial humano.

(…)

También hallamos que cuando actuamos a partir de nuestra preocupación por los otros, la paz que esto crea en nuestros corazones trae paz a su vez a todos con quienes nos vinculamos. Trae paz a nuestras familias, paz a nuestros amigos, paz a nuestros trabajos, a la comunidad, y por lo tanto al mundo. ¿Por qué, entonces, querría alguien dejar de cultivar esta cualidad? ¿Puede haber algo ser más sublime que aquello que trae paz y felicidad para todos? Por mi parte, la mera habilidad que tenemos los seres humanos de reconocer las bendiciones del amor y la compasión me resulta un regalo precioso.”

(En Ancient Wisdom, Modern World, Ethics for a New Millenium)

El arte del amor universal - Fabiana Fondevila

El arte del amor universal

Sharon Salzberg es una practicante de meditación budista de toda la vida, y su trabajo colaboró en gran medida en la introducción de prácticas budistas a Occidente. A través de libros como A Heart as Wide as the World (Un corazón tan amplio como el mundo) y Loving-Kindness. The Revoutionary Art of Happiness (Amor universal benevolente. El arte revolucionario de la felicidad), enseña que prácticas sencillas como la meditación metta -término en idioma Pali que se tradujo al inglés como lovingkindness, y al castellano como amor universal desinteresado o amor benevolente- pueden ayudarnos a conquistar nuestros miedos, abrir nuestros corazones y hacer del mundo un lugar mejor.

La meditación metta consiste en evocar sentimientos de amor y bienestar en nuestro corazón, primero dirigiéndolos hacia uno mismo, luego hacia nuestros seres queridos más cercanos, luego hacia maestros, después hacia extraños, y finalmente hacia personas que nos resultan difíciles de amar, expandiendo de este modo el círculo hasta que no haya nadie a quien no podamos incluir. En el fragmento que sigue, tomado de su libro Loving-Kindness, Salzberg explica de qué modo el metta es un reflejo de aquello que es más puro y esencial en nosotros, y por qué nada es capaz de tocar ni de alterar ese centro primigenio.

“Podemos entender la luz innata y la pureza de nuestra mente al comprender el metta. Como la mente, el metta no se ve distorsionado por aquello con lo que se encuentra. El enojo en nuestro interior o dentro de otros puede ser recibido con amor; el amor no se arruina con el enojo. El metta es su propio soporte, y por lo tanto es libre de condiciones inestables. La mente amorosa puede observar la alegría y la paz en un momento, y la pena en otro, y no se resquebrajará por el cambio. Una mente llena de amor puede parecerse a un cielo cruzado por una variedad de nubes -algunas claras y livianas, otras ominosas y amenazantes. No importa cuál sea la situación, el cielo no se verá afectado por las nubes. Es libre.

El Buda enseñó que las fuerzas de la mente que traen sufrimiento pueden superar momentáneamente a las fuerzas positivas como el amor y la sabiduría, pero nunca destruirlas. Las fuerzas negativas nunca pueden desterrar las positivas, mientras que las fuerzas positivas sí pueden desterrar a las fuerzas negativas. El amor puede desterrar al miedo, el enojo o la culpa, porque tiene un poder mayor.”

(…)

“La práctica del metta, que descubre la fuerza del amor capaz de desterrar al miedo, el enojo y la culpa, comienza con el proceso de hacernos amigos de nosotros mismos. Los fundamentos de la práctica del metta están en la capacidad de hacerse amigo de uno mismo. Según el Buda: ‘Uno puede buscar a través de todo el universo a alguien más merecedor de su afecto y amor que uno mismo, y nunca hallará a esa persona. Uno mismo, tanto como cualquier persona en el universo, merece afecto y amor.’ ¡Cuán pocos de nosotros nos aceptamos de esta manera! Con la práctica del metta descubrimos la posibilidad de respetarnos verdaderamente. Descubrimos, como lo dijo (el poeta) Walt Whitman: ‘Soy más grande y mejor de lo que pensaba. No creí tener tanta bondad en mi interior’.”

Cuando sólo cabe ser testigos - Fabiana Fondevila

Cuando sólo cabe ser testigos

Rachel Naomi Remen es oncóloga, pionera en el campo de la medicina mente-cuerpo, y fundadora del Commonweal Cancer Help Program en California. Es, además, una narradora talentosa y la autora de dos libros profundamente personales: Kitchen Table Wisdom (Sabiduría alrededor de la mesa de la cocina) y My Grandfather’s Blessings (Las bendiciones de mi abuelo). Los dos hablan de la diferencia entre curar y sanar, de la fortaleza que reside en la vulnerabilidad y de los mundos que se nos abren cuando nos animamos a ofrecer nuestros corazones a todo lo que experimentamos.

El fragmento que sigue, tomado del capítulo “Ser testigos”, de My Grandfather’s Blessings, habla de los límites de nuestra comprensión y de nuestro accionar, y, al mismo tiempo de nuestra capacidad infinita para extender amor y compasión.

“Una psicóloga con la que trabajo me contó esta historia. En los años ochenta, cuando ella vivía y trabajaba en Nueva York, decidió asistir a un taller profesional de dos días que consistía en la proyección de unos veinte filmes cortos de una de las últimas discípulas de Carl Jung, la gran analista de sueños Marie-Louise von Franz. Entre las proyecciones, un distinguido panel compuesto por los directores de dos importantes centros de formación junguianos, y el propio nieto de Carl Jung, respondían a preguntas escritas por el público, enviadas al escenario en tarjetas.

Una de esas tarjetas contaba la historia de un sueño horripilante, en el que el soñante era degradado y robado de su dignidad en manos de los Nazis. Un miembro del panel leyó el sueño en voz alta. Mientras escuchaba la lectura, mi colega empezó a formular en su cabeza su interpretación del sueño, anticipándose a la reacción del panel. Realmente no tenía mucho secreto, pensó, mientras elucubraba interpretaciones simbólicas de las torturas y las vejaciones narradas en el sueño. Pero esta no fue en absoluto la respuesta del panel. Cuando terminó la lectura, el nieto de Jung miró a la vasta concurrencia. “Por favor, ¿podrían ponerse de pie?”, preguntó. “Nos pararemos juntos en un momento de silencio en respuesta a este sueño.” El público se paró por un minuto.

Mi colega aguardaba impacientemente la discusión que sin duda seguiría. Pero cuando volvieron a sentarse, el panel pasó a la próxima pregunta. Mi colega no entendió en absoluto qué había ocurrido, y días más tarde le preguntó a uno de sus maestros, también analista junguiano, sus impresiones del hecho. “Ah, Lois”, dijo el hombre, “hay en la vida sufrimientos tan indecibles, vulnerabilidades tan extremas que van más allá de las palabras, más allá de las explicaciones y hasta más allá de la curación. En la cara de esta clase de sufrimiento, todo lo que podemos hacer es ser testigos, para que nadie tenga que sufrir solo.”

Quizás la voluntad de enfrentar esta vulnerabilidad compartida nos otorgue la capacidad de reparar el mundo. Es posible que aquellos que encuentren el coraje de compartir su humanidad sean capaces de bendecir a cualquiera, en cualquier parte.”

Fabiana Fondevila - La felicidad es una elección

La felicidad es una elección

Lo han apodado “el hombre más feliz del mundo”, y los que lo conocen dicen que su tranquilidad y alegría son contagiosos. Matthieu Ricard es bioquímico por profesión, pero ha vivido los últimos 35 años como un monje budista en un monasterio recluido en las montañas de Nepal. Es un participante activo en las investigaciones actuales sobre los efectos de la meditación en el cerebro, viaja por el mundo como el traductor oficial del Dalai Lama, y dedica su tiempo libre a colaborar con distintos proyectos humanitarios en el Tibet y Nepal. Ha escrito varios libros fascinantes, incluyendo uno en co-autoría con su padre, el filósofo francés Jean-Francois Revel (El monje y el filósofo). Este fragmento es de su libro Happiness. A Guide to Developing Life’s Most Important Skill (La Felicidad. Una guía para desarrollar la habilidad más importante de la vida)

“Cualquiera que disfruta de paz interior no sucumbe ante el fracaso ni se infla con el éxito. Puede vivir sus experiencias a fondo en el contexto de una vasta y profunda serenidad, ya que entiende que las experiencias son efímeras y que es inútil aferrarnos a ellas. No habrá una caída abrupta cuando las cosas vayan mal y se enfrente a la adversidad. No se hundirá en la depresión, ya que su felicidad se apoya en cimientos sólidos. Un año antes de su muerte en Auschwitz, la notable Etty Hillesum, una joven holandesa, dijo: ‘Cuando tienes una vida interior, no importa de qué lado del muro de la prisión te encuentras… He muerto mil veces en mil campos de concentración. Lo sé todo. No hay información nueva que me acongoje. De una forma u otra, ya lo sé todo. Y, sin embargo, encuentro esta vida hermosa y llena de sentido. En todo momento.’

Una vez, en un encuentro abierto en Hong Kong, un hombre joven se levantó entre el público y me preguntó: ‘¿Puede darme una razón para seguir viviendo?’ Este libro es mi humilde respuesta a esa pregunta, porque la felicidad es, sobre todo, el amor a la vida. Haber perdido toda razón para vivir es haberse abierto a un abismo de sufrimiento. Por más influyentes que puedan ser las condiciones exteriores, el sufrimiento, como el bienestar, es esencialmente un estado interior. Comprender esto es el pre-requisito clave para una vida que valga la pena. ¿Qué condiciones nos escatiman la alegría de vivir, y cuáles la alimentan?

Cambiar la manera que vemos el mundo no implica un optimismo ingenuo o una euforia artificial diseñada para contrabalancear la adversidad. Mientras seamos esclavos de la insatisfacción y la frustración que emergen de la confusión de nuestras mentes, será tan inútil decirnos a nosotros mismos: ‘Soy feliz! Soy feliz!’ una y otra vez, como si pintáramos una pared en ruinas. La búsqueda de la felicidad no se trata de mirar a través de cristales rosados ni de cegarse al dolor y a las imperfecciones del mundo. La felicidad tampoco es un estado de exaltación a perpetuar a toda cosa; es la depuración de las toxinas mentales, como el odio y la obsesión, que literalmente envenenan a la mente. También es aprender a poner las cosas en perspectiva y reducir la brecha entre las apariencias y la realidad. Para ese fin, debemos conseguir entender mejor cómo funciona la mente y lograr una visión más clara de la naturaleza de las cosas, ya que, en el sentido más profundo, el sufrimiento proviene de malentender la naturaleza de la realidad.”

No se pierdan su excelente charla TED, vale la pena conocerlo en persona.