Recibir la noche oscura por Fabiana Fondevila

Recibir la noche oscura

Llega el frío, llega la reclusión, llega la noche oscura. Intelectualmente, quizás sepamos que a partir de hoy -la noche más larga- los días lentamente vuelven a alargarse. Pero en lo inmediato, la vivencia es otra. La temperatura seguirá bajando, hasta ser, por momentos, gélida, los árboles se despojarán de las hojas que les quedan, el paisaje cambiará, invitará a pasar más tiempo adentro, hibernando.

En las ciudades, salvo para aquellos que padecen el frío por sus trabajos o condiciones de vida, es fácil saltearse este rito de pasaje y seguir de largo, como si nada de importancia estuviera ocurriendo. Después de todo, la vida moderna está armada para que así sea: casas calefaccionadas, autos y transporte público, luz artificial en cada calle, ropa antitérmica y abrigo.

Pero ocurre que, aun con toda esta infraestructura, no logramos desentendernos del todo de la matriz que nos creó y nos sigue rondando a cada paso. No fue intrascendente, para nuestros antepasados, la llegada del invierno. Así como otros animales hibernaban o migraban, los primeros seres humanos migraron también, lucharon para resguardarse del frío, descubrieron el fuego y supieron dominarlo, fueron capaces- al fin- de echar luz en la noche oscura. Pero no dejaron de atravesarla, ni de honrarla como parte indivisible de la vida del planeta y de su propia existencia.

¿Es un regalo el frío? ¿Podrá serlo?

En el reino vegetal, no caben dudas: sabemos que las temperaturas bajas favorecen el crecimiento de plantas y frutales, nos dan la dulzura de las manzanas, de los frutos rojos (e incluso de otras frutas que llegan más tarde pero que no maduran sin mediar esos meses gélidos), que árboles y arbustos necesitan la alerta del frío para entrar en hibernación y que solo emergen del largo sueño una vez transcurrido el tiempo necesario a temperaturas suficientemente bajas.

¿Y nosotros? ¿Será que necesitamos, también, un descanso de la sensual euforia veraniega? ¿Será que sentimos, también, el impulso de replegarnos, guardar energías, soltar nuestros cansancios y generar calor con el alimento que comemos y nuestro propio fuego interno?

Si podemos desconectar por un momento de las pantallas y las luces artificiales, sentiremos que la voz tenue del invierno nos llama también, como llama a las semillas, a las hojas, a la savia que desciende, a los animales que cambian de color y refuerzan su pelaje, al pasto que demora su crecimiento y guarda fuerzas para la primavera.

Habremos perdido la brújula de muchos pasajes naturales, habremos desordenado los ciclos con nuestras intervenciones inconscientes, pero no por eso dejamos de ser parte. De a poco, guiados por algunas voces certeras, vamos redescubriendo el antiguo vecindario, la vieja y olvidada familia. Los científicos hablan por primera vez de “biofilia” -el amor por lo vivo- y recurren al término “biomimética” para dar cuenta de que cómo la naturaleza puede, todavía, enseñarnos a resolver nuestros problemas, aun aquellos que creamos por herirla y torcer sus designios.

Aparecen nuevas disciplinas como la ecopsicología, que busca reinsertar la psiquis humana en su entorno natural, del cual nunca se escindió más que en apariencia. Se habla de la “resalvajización” de los ecosistemas, en la que se reponen especies originarias que en nuestra soberbia extirpamos (los lobos de los bosques, las ballenas de los mares), pensando que no haría diferencia, que era una mejora en el estado de cosas.

Queda una frontera aún por conquistar: “resalvajizarnos” a nosotros mismos. Redescubrirnos como parte del paisaje, sabernos tan sujetos a las mareas, los soles y las lunas como cualquier otro integrante del planeta.

“En lo salvaje está la preservación del planeta”, escribió el filósofo y poeta Henry David Thoreau. Suele citarse en forma errónea el comienzo de la frase, y mal traducirse, como “En la naturaleza salvaje está…”. Pero no es eso lo que dijo el gran naturalista –como señala la autora Mary Reynolds Thompson-. Lo que dijo, lo que quiso señalar, es tanto más profundo y atinado: hablaba de lo salvaje que nos habita, de esa chispa del fuego original que se rehúsa a apagarse, adormecerse o domesticarse.

“Salvaje” no significa aquí (como se entiende en su acepción vulgar) violento y desalmado. Significa vivo, indómito, núcleo vibrante de una trama que antecede cualquier invento. Visto de este modo, “salvaje” es en realidad una cualidad del alma. Y aunque hoy apenas la conozcamos, el hecho es que esta cualidad convive en armonía con otros cometidos, profundamente humanos,que nos convocan también por esta época del año: cobijar, reforzar los esfuerzos por abrigar a quienes pasan frío, buscar nuevas formas creativas de ser refugio, y hasta tender puentes con otros reinos, ofreciendo semillas en el balcón para ayudar a los pájaros a resistir los meses fríos.

“Salvaje” no significa obviar las bendiciones que supimos conseguir. Por el contrario: vivir el frío a conciencia nos hace más proclives a agradecer con emoción genuina esa taza de té caliente, esa hornalla que se prende con el chasquido de un fósforo, ese abrazo. De hecho, quizás no haya otra época del año que nos invite tan poderosamente a dar gracias.

Pero nada reemplaza el desafío de atravesar la noche oscura. Habrá que mirar las estrellas cara a cara, echando humo por la boca como un leve volcán, hasta sentirlo recalar en los propios huesos. Solo así honraremos el llamado del invierno, ese antiguo y certero animal.

Fabiana Fondevila

El revés de la trama - Fabiana Fondevila

El revés de la trama

Fue una tarde de emociones encontradas, seguramente para muchos. La bronca y el dolor convivían con la alegría de ver a esa multitud ahí reunida, haciendo fuerza por poner fin –de una vez por todas!- a la violencia y la locura. Mujeres, hombres, niños cargados sobre los hombros, carros de bebés, pelos pintados, pancartas manuscritas, gestos de triunfo, caras sombrías; variopinta expresión de un pueblo dolido, agotado, incrédulo ante una barbarie impropia de nuestros días.

Entre la multitud, sin hacer ruido ni pedir permiso, se abría camino una joven en silla de ruedas. Varios nos dimos vuelta para ver si alguien la acompañaba. No, estaba sola. Avanzaba con determinación, a puro remo entre el mar de gente. Su presencia destacaba más que cualquier cartel el peso y la urgencia del evento.

Los adolescentes que vivían su primera marcha lo hacían con la emoción a flor de piel y una conmoción casi visible: en este país eternamente enfrentado, los adultos marchaban juntos, sin conflictos ni divisiones, encolumnados y unidos por un único fin.

Ya en la plaza, los carteles con los nombres de las mujeres asesinadas inclinaban la balanza para el lado del dolor. Costaba mirarlos; costaba más no hacerlo. Observando las fotos de las que ya no están, recordé algo que contó el Hermano David Steindl-Rast en una entrevista en Buenos Aires hace un par de años. Habiendo crecido durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo ocasión de presenciar muchos sucesos tristes y dramáticos. Su madre, luminosa como él, le aconsejó: “Siempre que veas una catástrofe, buscá a las personas que ayudan. Donde pasa algo malo, siempre hay personas que ayudan”. Así, mi mirada hilvanaba las fotos de las víctimas con los rostros conmovidos de los que me rodeaban, pancartas en alto, pidiendo paz.

Hubo dolor, hubo bronca, pero me atrevo a decir que la emoción que predominó, ayer, entre los hombres y mujeres que marchaban, fue otra. Como el revés de una trama, como la tenacidad a toda prueba del corazón, sobrevolaba sobre las cabezas y los carteles algo parecido a la ilusión. ¿Es posible que la violencia pueda más que este “¡Basta!” fervoroso a una sola voz? ¿Es posible que los políticos y los jueces puedan hacer oídos sordos a tan categórico rechazo? ¿Es posible que la cultura no despierte, al fin, de su largo sueño machista?

Es posible, lo sabemos. Pero ayer, al menos, no había lugar para otro futuro que el que caminaba entre nosotros, un futuro en el que las voces de la compasión, la ética y la justicia le cierren una y otra vez el paso a la la ignorancia y la atrocidad; un futuro en el que la solidez de los vínculos -y las leyes que los amparan- sea la mejor defensa contra el oscurantismo de unos pocos.

No es la primera vez que un pueblo “reza con los pies”, como tan bien lo expresó el rabino Abraham Joshua Heschel al marchar junto a Luther King por los derechos civiles de los afroamericanos en 1965. Y no será la última. Que el noble ejemplo de los que nos precedieron nos inspire a librar la batalla necesaria. Que la ilusión que ayer nos hizo fuertes nos siga guiando hoy y cada día.

El futuro que ansiamos es posible. Ni una menos. Nunca más.

Fabiana Fondevila

Mi gratitud a Virginia Gawel por las hermosas fotos

La felicidad: tras las huellas del amor

La felicidad: tras las huellas del amor

Me gustaría compartirles un cuento del pueblo San (antes conocido como el pueblo Bosquimano), que habita en el desierto del Kalahari. Dice así:

“Si un día salgo a caminar y miro atentamente a un pájaro, un hilo fino se forma entre nosotros. Si salgo otro día y veo a ese mismo pájaro y lo reconozco, el hilo se vuelve un poco más grueso. Cada vez que veo y reconozco a ese pájaro único, particular, el hilo crece, hasta convertirse en una soga. Nosotros tendemos sogas con todos los aspectos de la creación, con todo el universo”.

¿Por qué traigo esta historia? Porque si la noción de “éxito” implica alcanzar un objetivo propuesto, me parece que es importante elegir un objetivo que pueda conducir, efectivamente, a la felicidad. Entonces, surgen las preguntas: ¿a dónde queremos llegar? O ¿dónde queremos estar? (Porque, quizás, ya estemos ahí) ¿Cómo queremos vivir? Y, sobre todo, ¿cómo nos queremos sentir?

Yo creo que nos queremos sentir un poco como cuenta la narración de este pueblo africano: conectados, parte de un universo más vasto que nos contiene a la vez que nos refleja, parte de la gran familia humana y de los seres sintientes, protagonistas de una historia vasta que otros ya transitaron, marcándonos el camino, pero que se nos requiere que actualicemos y hagamos verdadera nuevamente. Creo que queremos sentirnos asombrados por esta historia, estimulados, enamorados por sus aspectos más bellos, desafiados por sus aspectos más temibles. Creo que, como decía el gran Joseph Campbell, lo que buscamos no es tanto el sentido de la vida como la exquisita experiencia de estar vivos.

Dudo que haya un único camino para lograr este objetivo, pero sí creo que hay una constelación de emociones que son mojones en el camino, por no decir, los peldaños y la tierra sobre el que el camino se construye. Voy a nombrar a algunas de ellas, y los invito a sentir en el cuerpo qué les suscitan sus nombres:

Asombro. Pasión. Gratitud. Entrega. Devoción. Coraje. Reverencia. Humildad. Bondad. Compasión.

Son virtudes. Son emociones. Son formas de habitar nuestros cuerpos. Son cualidades esenciales, unánimamente señaladas por las tradiciones de sabiduría como piezas clave de una buena vida, y hoy avaladas por la ciencia como materia prima de la felicidad. Todos concuerdan, además, en que son virtudes cultivables.

Es cierto que la vida a veces conspira contra el ejercicio de estas emociones. Por un lado, la sociedad las desestima, poniendo en duda su misma existencia. Por otro lado, las cosas que nos van sucediendo las ponen en jaque de muchas maneras. ¿Podemos seguir confiando en la bondad de la existencia después de perder a un ser querido? ¿Podemos seguir sintiendo el asombro de un niño una vez que crecemos y envejecemos? ¿Podemos seguir apostando al amor, sin cinismo, tras sufrir un rechazo o un desengaño?

Podemos. Pero es una elección que hay que hacer de nuevo cada día; a veces, varias veces en el día.

Creo que un buen lugar para empezar a desarrollar estas virtudes es partir de lo que uno ama. Para algunos la naturaleza es una fuente privilegiada de asombro, gratitud, devoción y coraje. Para otros lo es la música, o cualquiera de las artes. Para muchos la fuente suprema de energía sean los vínculos, la lucha contra la injusticia, trabajar por una causa justa.

Es importante que dediquemos tiempo a estas fuentes de inspiración y sentido, que las absorbamos como maná divino, porque lo son. Pero hay que saber también que las pasiones que hoy nos conmueven pueden cambiar, que en el fondo no importa tanto si hoy nos deslumbran los árboles y mañana la arquitectura futurista, los trenes o los escarabajos, porque todo lo que nos hace vibrar no es finalmente más que un vehículo para un sentir más profundo; lo que verdaderamente nos apasiona, siempre, es la vida.

Y el órgano con que vivimos esa pasión es el corazón. El corazón, ese intrincado órgano físico y metafísico capaz de abrazar el misterio, de conciliar nuestros deseos con las necesidades de otros (y, muchas veces, de privilegiar esas necesidades a nuestras propias preferencias), de hacer lugar para el dolor y volver a apostar, una y otra vez, por la alegría, en una suerte de segunda inocencia más profunda y auténtica que la primera.

Así que quizás sí haya un camino; un camino arduo pero siempre fecundo: vivir desde y con el corazón.

En una de sus más lúcidas poesías, Mary Oliver se permite un consejo en cuatro líneas:

“Instrucciones para vivir la vida.
Prestar atención.
Rendirse al asombro.
Contarlo”.

Junto al amor, es lo más parecido que conozco a una receta de la felicidad.

Fabiana Fondevila

(Presentación compartida en el encuentro Green Tara Happiness, junto a Matthieu Ricard, Margarita Barrientos, Elena Roger y Cristian Cardoner. Precioso encuentro del que me sentí honrada de participar.)

Gracias especiales a Diego Ortiz Mugica por la gentileza de la foto.

Las lecciones de lo imposible - Fabiana Fondevila

Las lecciones de lo imposible

A media tarde, camino a buscar unas hojas de diente de león para la cena (y raíces para el café de la mañana), nos topamos con un escenario extraño. Un zorzal adulto ataca –brutalmente, diría, si eso no fuera un calificativo del todo humano- a otro ser, que, de lejos, no llegamos a distinguir. La escena impacta y repele, y el primer instinto es cruzar la calle y dejar que la naturaleza dirima el entuerto. Por fortuna, voy acompañada de mi hija Marina y su novio, Jerónimo, y él se anima a acercarse. El zorzal adulto se aleja (no mucho), y lo que queda, agonizando en el suelo, es un pichón. Inerte y desvalido, la cabeza magullada y sangrante, apenas respira.

Nos golpea el desconcierto: ¿cómo puede estar ocurriendo esto? ¿En qué cabeza entra? Todo lo que uno ha aprendido acerca del instinto paterno o materno, todos los preconceptos más confiables y queridos, zumban y hacen ruido en el espacio entre los tres, pidiendo razones. Aun así, la decisión es rápida: no parece haber muchas chances de salvarlo, pero a ninguno se le cruza la posibilidad de dejarlo. Lo traemos a casa, donde intentaremos, está claro, lo imposible.

Fabricamos una incubadora casera en una caja de zapatos, con una almohadita de hierbas que calentamos a cada rato. No acepta sólidos, apenas agua de un gotero, y a Jerónimo se le ocurre la gran idea de hacer agua de alpiste. Con eso lo alimentamos de ahí en más, en rituales periódicos de conexión y esperanza. Así transcurre la tarde.

Cae la noche. Nos preocupa cómo haremos la alimentada nocturna, y vamos pensando en turnos. Pero la vida dispone otra cosa. Después de cenar lo encontramos caído, en pose agonizante. Revive un instante con el contacto, suficiente para intentar una última alimentada, una última transfusión de energía, un último aliento, pero en minutos muere.

La tristeza desciende sobre el cuarto como un pesado tapiz. En silencio lo sostenemos, en silencio nos despedimos.

Esta mañana lo enterramos en el jardín, y le ofrendamos a su corta vida tres flores de lantana. Casi sin mediar tiempo ni espacio, caminamos unos metros hasta el comedero, y trozamos unas galletas de agua para ofrecer a sus coterráneos, los que siguen hambrientos y en busca de comida. La vida que sigue a la muerte. La vida que sigue a la vida.

El desconcierto del primer encuentro revolotea por un rato sobre nuestras cabezas. ¿Estaría enfermo? ¿Habría estado el progenitor practicando, con los medios a su alcance, una suerte de eutanasia? ¿Habría desafiado el pichón alguna ley desconocida del mundo natural, y estaría pagando con su vida?

Sobran los datos: que apenas el 40 por ciento de las crías de zorzal sobreviven el primer año. Que en todas las especies hay casos de infanticidio, sobre todo cuando escasea el alimento o hay indicios de que la cría no podrá valerse por sí sola. Pero, está claro, no hay página virtual ni libro de ornitología que pueda saciar nuestra necesidad de comprender.

¿Hicimos bien en rescatarlo, de rodearlo de cuidados bienintencionados pero a la larga inútiles? ¿Llegó a percibir nuestra conmoción, nuestro enorme deseo de ayudarlo? ¿Prolongamos su agonía?

No lo sabremos.

Al fin, gana la cordura: las preguntas se acallan ante otra fuerza más tangible, más sólida y anciana: el amor que despertó ese pichón, por el tiempo que estuvo, en nuestros corazones. Allí, donde no entran las dudas, sólo queda el regalo. Y el silencio que lo acompañará por siempre.

¿Qué nos propone la primavera? - Fabiana Fondevila

¿Qué nos propone la primavera?

Un artículo sobre las energías peculiares que se despiertan en esta época del año, y por qué conviene acompañar consciente (y gozosamente) el proceso.

Le ocurre a los árboles, a las plantas de jardín, a los yuyos de la vereda, hasta le ocurre al pasto. ¿Y a nosotros? A nosotros también. Lo sepamos o no, algo nos llama a reverdecer en primavera. Así como el otoño nos pide soltar las hojas mustias, y el invierno nos invita a ir hacia adentro, a invertir el ciclo de la savia y nutrirnos con nuestro propio calor, la primavera viene, como una ninfa, a despertarnos. Ya pasó, dice, el frío retrocedió, la oscuridad se disipa y seguimos vivos, hora de salir a festejar!

Pero a no equivocarse: el festejo de las flores no es un suceso frívolo. No se trata sólo de vestir más liviano y abrir las ventanas para dejar entrar al sol. Lo que esta fiesta propone es más ambicioso. Esa paleta de verdes vibrantes, esos aromas que emborrachan, esa calidez que acaricia la piel –todo el despliegue del que hace alarde esta próspera madre nuestra- encierra un secreto designio: recordarnos que a nosotros, también, nos toca parir lo nuevo.

En la mitología, el espíritu de la primavera tiene muchas encarnaciones. Una es el Puer Aeternus (el niño eterno), dios de la eterna juventud. Aunque con el tiempo cobró una connotación negativa, por su asociación con aquellos hombres o mujeres que no logran soltar la adolescencia, en sus orígenes fue una figura vinculada al goce y al festejo, a la sed de aventuras y descubrimiento, a la vida en su forma más pujante y animosa. Reapareció más tarde como Dionisos, representante del éxtasis (otra energía divina que haríamos bien en recuperar e integrar a nuestras vidas), y en la figura del dios del amor, Eros. También podríamos invocar aquí a Flora, diosa de las flores, los jardines y la primavera, a quienes los romanos rendían culto con la fiesta de Floralia. Entre bailes, cantos y guirnaldas de pimpollos, lo que celebraban en verdad era la renovación de la vida.

Hoy ya no adoramos a un panteón de dioses. Pero eso no significa que estas fuerzas ancestrales nos hayan abandonado. Siguen vivas y latiendo en nuestros cuerpos e imaginarios. Puer aun agita nuestras células con su invitación a jugar, a desafiar los límites, a salir en busca de nuevos universos. Dionisos nos incita a tirarnos sobre la tierra y absorber, de una sola bocanada, toda su humedad, sus texturas, sus olores, y volver a la vida embarrados y con cofia de pastos en el pelo. Eros nos enamora una y otra vez, si lo dejamos, asomando incluso –he aquí el regalo- en los ojos de la misma persona que nos acompaña desde siempre. ¿Y Flora? Flora desfila entre nosotros ataviada de azahares y madreselva, y siembra a su paso suspiros y recuerdos del paraíso.

Todo ha cambiado. Todo cambia siempre, pero esto nunca en forma más certera y contundente que por estos días. Basta con asomar la cabeza al balcón para dar cuenta de la enormidad de la metamorfosis. Allí donde había troncos pelados hoy hay yemas que asoman, mañana hojas, pasado ramas. Los pájaros tejen nidos, empollan, alumbran y crían. ¿Qué dice eso de nuestro propio cometido? ¿Qué nuevas vidas se nos invita a desplegar?

Si hay sueños guardados bajo llave –un cuento por escribir, un cuadro por pintar, una idea que puja por salir, un amigo al que buscar para sanar esa vieja herida-, no hay otro tiempo mejor. El mundo renacido nos azuza, nos recuerda que nuestro ser no se agota en quienes hemos sido, quienes sabemos ser, quienes supusimos que seríamos, sino que abarca también –con idéntica convicción y aun mayor fervor- todos los que aún seremos.

Las hojas de ayer ya cayeron, abonaron la tierra y piden nueva forma. Sigamos las huellas de Puer, de Dionisos, de Eros, de Flora y unámonos al cortejo de la osadía. Es hora de reverdecer.

Cambios de rumbo - Fabiana Fondevila

Cambios de rumbo

Les comparto una nota publicada hoy en La Nación Revista, en la que tuve el gusto de entrevistar a personas a las que me une no sólo el afecto, sino el respeto: Virginia Gawel, lúcida y ferviente difusora de ese hermoso paradigma que es la Psicología Transpersonal, y Carola Herrscher, coach ontológico y sensible partera del cambio en la vida de personas y organizaciones. Me hubiera gustado poder brindarles todo el espacio que ambas merecen, pero su participación ya es un lujo y un regalo. Gracias de corazón!

A continuación, la nota. A partir del subtítulo “Bábara Lombardo. El cambio como motor y desafío”, aparecen los tres recuadros. Ojalá la disfruten!

http://www.lanacion.com.ar/1726429-cambios-de-rumbo

¿Podemos recuperar lo sagrado? - FabianaFondevila

¿Podemos recuperar lo sagrado?

De haber vivido en aquellos días, habrías saludado al sol que asoma entre las montañas con una reverencia. Apenas hubiera luz suficiente habrías salido a recoger frutos para el desayuno, y antes de arrancarlas de la rama, le habrías pedido permiso al árbol. A la hora de la caza, habrías participado en rituales expiatorios. Al dar muerte a la presa, hubieses derramado su sangre sobre la tierra, pidiendo que su energía brotara nuevamente en el cuerpo de otros animales. Al entregarte al sueño por la noche, las últimas palabras de tu boca habrían sido de alabanza. Alabanza y gratitud, para la fuente de esa riqueza que nutrió y acompañó cada instante de tu día.

Estos tiempos, que parecen tan lejanos, no lo son tanto. Una mirada amplia de la historia de la humanidad revela que la mayor parte de ella transcurrió en ese estado de conciencia que reconoce intuitivamente el valor de la vida, y celebra su fuente, como sea que la conciba. De esa primera reverencia instintiva nace luego un concepto, y un imperativo de actuar en consecuencia, al que –por ponerle un nombre- hemos dado por llamar “lo sagrado”.

Como toda palabra fundacional, esta ha sido usada de tantas distintas maneras, que a veces cuesta recordar qué significa verdaderamente. Todos entendemos cuando decimos que ciertas cosas “son sagradas”. Pero, ¿es lo mismo decir que “es sagrado” el recuerdo de los ancestros, la liturgia milenaria de una tradición, un momento de rezo o contemplación, y el día martes porque jugamos al tenis? Algo en esa secuencia desentona. No es que sea poco valioso el placer que nos brinda jugar al tenis. Pero al examinar más de cerca esa afirmación, podremos observar que ese día podría cambiar, y entonces pasaría a ser “sagrado” el lunes, jueves o viernes. Que ese deporte podría cansarnos, y entonces pasaría a ser “sagrado” el fútbol, el básket o el pingpong. Que podría acontecernos un accidente o una enfermedad que nos impidiese jugar deporte alguno. Y entonces habría que ir más hondo, y hallar la fuente de vitalidad y alegría que nos proveía el deporte en una dimensión más profunda de nuestro ser.

En última instancia, lo sagrado no sólo es sagrado por su valor inherente, sino por su condición de “esencial”. Tan esencial, de hecho, que aunque reconozcamos fácilmente la vivencia, definirla no es una tarea sencilla. Algunos eligen hablar lisa y llanamente de Dios. Otros prefieren rendir culto a la vida, la existencia, lo Absoluto, el Misterio, la verdad última e irreducible. Pero todos reconocemos el sentir cuando estamos en su presencia; nos provoca, ineludiblemente, asombro, y gratitud. Ante la intuición de lo divino, nos sentimos pequeños, y a la vez gigantes, porque se desvanece por un momento la sensación de soledad y aislamiento, y nos reconocemos de golpe parte de un todo iluminado por el amor. Pertenecemos.

¿Por qué nos resulta tan esquiva hoy, esa vivencia que para nuestros ancestros fue tan natural como el sabor del agua? El racionalismo que se apoderó de nuestras sociedades allá por el siglo XVII dejó poco lugar para vivencias profundas e indefinibles; todo aquello no pasible de ser apresado en fórmulas o abarcado por el intelecto fue desterrado del olimpo intelectual dominante, y relegado a los templos, las iglesias, o la vida íntima de cada cual. El mundo natural, que hasta entonces brillaba con luz propia, devino en una serie de engranajes inanimados, y el hombre en el capataz de fábrica. El universo se había desalmado; lo sagrado languidecía en nuestros corazones.

Pero hay realidades que no admiten ser archivadas, y cuanto más se las condena al destierro, más pujan por reclamar nuestra atención. La psicología profunda del suizo Carl Gustav Jung se abocó, en gran medida, a rescatar del olvido el espacio de lo sagrado, restaurando la noción de “alma” y buceando en el pasado mítico del ser humano. En Recuerdos, sueños, pensamientos, su autobiografía, el psiquiatra consigna: “Desafortunadamente, hoy se le da poco espacio al costado mítico del hombre. Ya no puede crear fábulas. Como resultado, hay mucho que se le escapa, ya que es importante y saludable poder hablar también de cosas incomprensibles.” Y unas páginas más adelante, dice también: “la razón sobrevaluada tiene esto en común con el absolutismo político: bajo su dominio, el individuo se ve pauperizado.”

Jung redime el impulso del ser humano a inclinarse ante una idea de divinidad, y aunque evita hablar de religión para no perder prestigio entre sus colegas, hace innumerables alusiones a lo sagrado. En la entrada de su estudio en Kusnacht, inscribe esta frase hallada en los escritos de Erasmo: “Invocado o no, el dios estará presente.” Más tarde relativiza su significado con estas palabras: “Pero es un oráculo délfico. Dice: sí, el dios estará en el lugar pero, ¿en qué forma y con qué objeto? He puesto la inscripción aquí para recordarle a mis pacientes y a mí mismo: timor dei initium sapientiae (El temor de Dios es el principio de la sabiduría).”

Jung no es el primero en destacar ese aspecto temible de lo sagrado. De hecho, toma prestado del teólogo alemán Rudolf Otto el concepto de “lo numinoso”, que remite al ser supremo que todas las religiones adoran, entendido como el “mysterium tremendum et fascinans”, o sea, una vivencia sobrecogedora, a la vez terrorífica y fascinante.

Pero vayamos un paso más atrás: ¿cómo distinguimos cuándo estamos en presencia de este misterio sobrecogedor? Quien mejor lo explicó fue Mircea Eliade, filósofo e historiador de las religiones rumano, en su libro “Lo sagrado y lo profano”. En ese pequeño pero crucial tratado, dice el autor: “El hombre entra en conocimiento de lo sagrado porque se manifiesta, porque se muestra como algo diferente por completo de lo profano.” Para denominar el acto de esa manifestación, Eliade propone el término de hierofanía, que significa, simplemente, que algo sagrado se muestra ante nosotros. “Podría decirse que la historia de las religiones, de las más primitivas a las más elaboradas, está constituida por una acumulación de hierofanías, por las manifestaciones de las realidades sacras. De la hierofanía más elemental (por ejemplo, la manifestación de lo sagrado en un objeto cualquiera, una piedra o un árbol) hasta la hierofanía suprema, que es, para un cristiano, la encarnación de Dios en Jesucristo, no existe solución de continuidad. Se trata siempre del mismo acto misterioso: la manifestación de algo ‘completamente diferente’, de una realidad que no pertenece a nuestro mundo, en objetos que forman parte integrante de nuestro mundo ‘natural’, ‘profano’.”

Dos caminos, una verdad

Para entender cómo es que algunas tradiciones veneran a un Dios trascendente, mientras que otras encuentran a lo sagrado en cada hoja y cada piedra, cabe señalar que nuestra relación con lo divino ha conocido mayormente dos caminos, aparentemente opuestos pero a la larga complementarios: el de la “espiritualidad ascendente”, y la “descendente.

La espiritualidad ascendente pone el énfasis en la trascendencia, restándole importancia al mundo material, sensorial y animal, considerándolo hasta cierto punto ilusorio. El objetivo de este camino es desarrollar la sabiduría necesaria para poder ver más allá y percibir las realidades espirituales más altas.

La espiritualidad descendente, en cambio, considera que la verdad más profunda es inmanente, y que se halla en la naturaleza, en las personas, en el servicio y en la compasión. Este punto de vista enfatiza la sacralización de la vida cotidiana, y la celebración de la Creación.

Históricamente los hombres han gravitado hacia el entendimiento, la visión y la trascendencia que promulga el primer camino, mientras que las mujeres han tendido a abrazar el segundo, priorizando la compasión, el servicio y la encarnación de lo divino aquí en la Tierra.

También podría verse esta contraposición como una delgada línea entre dos reinos: el del espíritu –transcendente, luminoso, desapegado e impersonal- y el del alma, donde encarna el espíritu en cada individuo, y se expresa de manera única, íntima e irrepetible. Si el espíritu está más allá de todo, el alma está inmersa en el mundo, y vive sujeta a dolores y tirones, crisis de crecimiento, añoranzas e intuiciones.

La cosmovisión original de muchas etnias indígenas reflejaba de algún modo esta distinción; percibía al universo dividido en tres niveles: el mundo de arriba (habitado por guías, maestros y seres angelicales), el mundo del medio, en el que vivimos los humanos, y el mundo de abajo, poblado de ancestros, animales de poder, plantas totémicas y espíritus de la naturaleza. Cuando una persona enfermaba, el chamán de la tribu hacía “viajes” hacia ambos mundos en busca de ayuda: hacia arriba, pidiendo iluminación; hacia abajo, procurando recuperar fragmentos del alma perdida.

Pero tanto en el mundo arcaico como el moderno, está claro que la dicotomía es solo aparente: el alma no es otra cosa, en última instancia, que una emisaria del espíritu en este mundo. En lugar de oposiciones inútiles –choques entre tradiciones, hombres y mujeres, ciencia y religión – la vida hoy nos pide a gritos que integremos. Para salvar la preciosa diversidad de nuestra Tierra, y al planeta mismo, urge que volvamos a entrar en comunión con todos los seres vivos. Para recordar que detrás de esa multiplicidad, hay una unidad que trasciende sus manifestaciones, hay que afinar la mirada y poder ver.

Pero sobre todo, es preciso que recuperemos aquella particular forma de estar en el mundo que es la percepción de lo sagrado. Sea que nos ocurra frente a un valle pincelado de flores, al escuchar los primeros acordes de la Quinta de Beethoven, o ante la mismísima intuición de Dios, nunca somos más humanos que cuando nos dejamos atravesar por el asombro, y caemos -ebrios de gratitud, plenos de gracia- rendidos a sus pies. Fabiana Fondevila

Con ojos de niño - Fabiana Fondevila

Con ojos de niño

Con mucha alegría, les presento mi nueva colección de libros para chicos, llamada “La vuelta al mundo”. Se trata de cinco libros inspirados en culturas que habitaron (y habitan aún, con distintos grados de cambio y transformación) distintas regiones del planeta: los Inuit (más conocidos como “esquimales”), los Bambuti (popularmente llamados “pigmeos” por su tamaño), los Quechuas, los Indios (más precisamente, habitantes de Kerala, en el Sur de la India), y los Vikingos.

La intención de la colección es destacar ciertos valores que todos los pueblos cultivaron en sus orígenes: el amor por la naturaleza que da cobijo y sustento, la veneración por los ancestros, el respeto por las fuerzas naturales, aun las más oscuras, y una sensación de comunidad que excede el ámbito de lo humano. Más que idealizar a estas antiguas etnias (con sus limitaciones y falencias, como todo en la tierra) los relatos buscan descubrir aquel corazón común de sus vivencias -fundamentalmente, su celebración de la vida- aun vivo y vibrante en cada uno de nosotros, sus remotos sucesores.

Así como -explicó el gran Joseph Campbell- los relatos que los seres humanos creamos para contarnos el mundo tienen una estructura común (un gran mito que contiene a todos los mitos), de igual modo, nuestra relación con el paisaje y las fuerzas que lo animan se nutren de una misma antiquísima fuente, que, bien mirada, se parece bastante al amor.

Unos párrafos de la introducción remiten a esta invisible trama:

“Como las leyendas que narrarran los ancianos bajo las estrellas, estos relatos se nutren de la tierra y el agua, el aire y el fuego que en cada rincón del planeta se fundieron de manera precisa y necesaria para dar lugar a un mundo. Sus protagonistas contemplan a los seres que habitan ese universo, se descubren en ellos y aprenden. Del jaguar, la fiereza; de la hormiga, la constancia; de la montaña, el aplomo; del sol, en su incansable retorno, la esperanza, la osadía, la sorpresa.

Cambian los colores y los escenarios. Algunos apenas adivinan el cielo entre la espesura, otros dialogan a diario con el horizonte. Pero es más lo que une a estos pueblos primigenios que lo que los diferencia. ‘Cada parte de esta tierra es sagrada para mi gente -dijo el cacique Seattle en 1852-. Cada lustrosa hoja de pino, cada costa arenosa, cada bruma en el bosque oscuro, cada valle, cada insecto zumbón, todos son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo’.”

Tras los relatos hay una breve introducción a la historia y características de cada pueblo: sus creencias y canciones, sus mitos y sus juegos, su modo de proveerse el sustento y sus recetas de cocina. Hay en estas páginas una intención de corregir algunas visiones distorsionadas o caricaturizadas de estos pueblos que se han instalado, con el correr de los siglos, en el imaginario popular. Una lámina central despliega cada paisaje -hielo, río, bosque, mar, montaña- en toda su riqueza, y un glosario final aclara algunas palabras claves de los idiomas originarios.

Los primeros títulos en publicarse son “El pedido de Inti” (los Quechuas) y “La canción de Amina” (los Bambuti). Seguirán “El secreto de Ukluk” (los Inuit), “El sueño de Bhakti” (los Indios) y “La hazaña de Leif” (los Vikingos).

Ojalá disfruten de las inspiradas ilustraciones de Daniel Roldán tanto como lo hice yo, y que puedan verse reflejados en los sueños, los temores y las hazañas de estos niños y niñas que, al fin y al cabo, están más cerca de lo que parecen.

La más férrea resistencia - Fabiana Fondevila

La más férrea resistencia

Etty Hillesum fue una joven holandesa que murió en Auschwitz en 1943. Igual que Ana Frank, consignó sus pensamientos, sus temores y sus esperanzas en un diario que fue publicado tras su muerte, y que hoy forma parte del libro “La escritura como resistencia: cuatro mujeres se enfrentan al Holocausto: Edith Stein, Simone Weil, Ana Frank y Etty Hillesum”, de Rachel Feldhey Brenner.

Etty (Ester) era una joven brillante, apasionada por los libros, la escritura y sus estudios de filosofía. Cuando estalló la guerra estudiaba psicología, y había conseguido trabajo como dactilógrafa.

Lejos de escaparle a los acontecimientos, Etty se dedicó a documentarlos. Y mientras pudo, se las ingenió para ayudar sin medir riesgos ni consecuencias. Encontró una manera de colaborar con la resistencia: de agosto de 1942 a septiembre de 1943, se ofreció como enfermera voluntaria en el campo de concentración de Westerbork. Como tenía un permiso especial para viajar, volvía con frecuencia a Amsterdam, llevando y trayendo cartas y mensajes de los prisioneros, y consiguiéndoles medicinas. Durante este período de miedo y padecimientos, escribió en su diario: “Las amenazas y el terror crecen día a día. Me cobijo en torno a la oración como un muro oscuro que ofrece reparo, me refugio en la oración como si fuera la celda de un convento; ni salgo, tan recogida, concentrada y fuerte estoy”.

Poco después, cuando las deportaciones de judíos se volvieron masivas, Etty decidió que resistirse era inútil, se rehusó a esconderse y se entregó a las autoridades nazis junto a sus padres y hermanos. Para ella, era tanto aceptar lo inevitable como solidarizarse con sus hermanos y hermanas judíos ya deportados.

Primero fue internada en Westerbork, y al poco tiempo, trasladada a Auschwitz, para nunca más volver. Las últimas entradas del diario se debaten entre la esperanza y una inconmensurable fortaleza para aceptar su destino: “Quisiera vivir muchos años para poder explicarlo posteriormente. Más si no se me concede este deseo, otro lo hará; otro continuará viviendo mi vida, desde donde terminó”… “Si llegase a sobrevivir esta etapa, surgiré como un ser más sabio y profundo. Más si sucumbo, moriré como un ser más sabio y profundo.”

Pero sin duda el fragmento más memorable, el que aún hoy inspira esperanza y cobijo a todo quien lo lee, fue escrito de puño y letra un año antes de su muerte, a los 27 años: “Cuando tienes una vida interior no importa de qué lado del muro de la prisión te encuentras… He muerto mil veces en mil campos de concentración. Lo sé todo. No hay información nueva que me acongoje. De una forma u otra, ya lo sé todo. Y, sin embargo, encuentro esta vida hermosa y llena de sentido. En todo momento.’

¿Qué resistencia más firme contra el odio y al horror que negarse a repudiar la vida?