Cambios de rumbo - Fabiana Fondevila

Cambios de rumbo

Les comparto una nota publicada hoy en La Nación Revista, en la que tuve el gusto de entrevistar a personas a las que me une no sólo el afecto, sino el respeto: Virginia Gawel, lúcida y ferviente difusora de ese hermoso paradigma que es la Psicología Transpersonal, y Carola Herrscher, coach ontológico y sensible partera del cambio en la vida de personas y organizaciones. Me hubiera gustado poder brindarles todo el espacio que ambas merecen, pero su participación ya es un lujo y un regalo. Gracias de corazón!

A continuación, la nota. A partir del subtítulo “Bábara Lombardo. El cambio como motor y desafío”, aparecen los tres recuadros. Ojalá la disfruten!

http://www.lanacion.com.ar/1726429-cambios-de-rumbo

¿Podemos recuperar lo sagrado? - FabianaFondevila

¿Podemos recuperar lo sagrado?

De haber vivido en aquellos días, habrías saludado al sol que asoma entre las montañas con una reverencia. Apenas hubiera luz suficiente habrías salido a recoger frutos para el desayuno, y antes de arrancarlas de la rama, le habrías pedido permiso al árbol. A la hora de la caza, habrías participado en rituales expiatorios. Al dar muerte a la presa, hubieses derramado su sangre sobre la tierra, pidiendo que su energía brotara nuevamente en el cuerpo de otros animales. Al entregarte al sueño por la noche, las últimas palabras de tu boca habrían sido de alabanza. Alabanza y gratitud, para la fuente de esa riqueza que nutrió y acompañó cada instante de tu día.

Estos tiempos, que parecen tan lejanos, no lo son tanto. Una mirada amplia de la historia de la humanidad revela que la mayor parte de ella transcurrió en ese estado de conciencia que reconoce intuitivamente el valor de la vida, y celebra su fuente, como sea que la conciba. De esa primera reverencia instintiva nace luego un concepto, y un imperativo de actuar en consecuencia, al que –por ponerle un nombre- hemos dado por llamar “lo sagrado”.

Como toda palabra fundacional, esta ha sido usada de tantas distintas maneras, que a veces cuesta recordar qué significa verdaderamente. Todos entendemos cuando decimos que ciertas cosas “son sagradas”. Pero, ¿es lo mismo decir que “es sagrado” el recuerdo de los ancestros, la liturgia milenaria de una tradición, un momento de rezo o contemplación, y el día martes porque jugamos al tenis? Algo en esa secuencia desentona. No es que sea poco valioso el placer que nos brinda jugar al tenis. Pero al examinar más de cerca esa afirmación, podremos observar que ese día podría cambiar, y entonces pasaría a ser “sagrado” el lunes, jueves o viernes. Que ese deporte podría cansarnos, y entonces pasaría a ser “sagrado” el fútbol, el básket o el pingpong. Que podría acontecernos un accidente o una enfermedad que nos impidiese jugar deporte alguno. Y entonces habría que ir más hondo, y hallar la fuente de vitalidad y alegría que nos proveía el deporte en una dimensión más profunda de nuestro ser.

En última instancia, lo sagrado no sólo es sagrado por su valor inherente, sino por su condición de “esencial”. Tan esencial, de hecho, que aunque reconozcamos fácilmente la vivencia, definirla no es una tarea sencilla. Algunos eligen hablar lisa y llanamente de Dios. Otros prefieren rendir culto a la vida, la existencia, lo Absoluto, el Misterio, la verdad última e irreducible. Pero todos reconocemos el sentir cuando estamos en su presencia; nos provoca, ineludiblemente, asombro, y gratitud. Ante la intuición de lo divino, nos sentimos pequeños, y a la vez gigantes, porque se desvanece por un momento la sensación de soledad y aislamiento, y nos reconocemos de golpe parte de un todo iluminado por el amor. Pertenecemos.

¿Por qué nos resulta tan esquiva hoy, esa vivencia que para nuestros ancestros fue tan natural como el sabor del agua? El racionalismo que se apoderó de nuestras sociedades allá por el siglo XVII dejó poco lugar para vivencias profundas e indefinibles; todo aquello no pasible de ser apresado en fórmulas o abarcado por el intelecto fue desterrado del olimpo intelectual dominante, y relegado a los templos, las iglesias, o la vida íntima de cada cual. El mundo natural, que hasta entonces brillaba con luz propia, devino en una serie de engranajes inanimados, y el hombre en el capataz de fábrica. El universo se había desalmado; lo sagrado languidecía en nuestros corazones.

Pero hay realidades que no admiten ser archivadas, y cuanto más se las condena al destierro, más pujan por reclamar nuestra atención. La psicología profunda del suizo Carl Gustav Jung se abocó, en gran medida, a rescatar del olvido el espacio de lo sagrado, restaurando la noción de “alma” y buceando en el pasado mítico del ser humano. En Recuerdos, sueños, pensamientos, su autobiografía, el psiquiatra consigna: “Desafortunadamente, hoy se le da poco espacio al costado mítico del hombre. Ya no puede crear fábulas. Como resultado, hay mucho que se le escapa, ya que es importante y saludable poder hablar también de cosas incomprensibles.” Y unas páginas más adelante, dice también: “la razón sobrevaluada tiene esto en común con el absolutismo político: bajo su dominio, el individuo se ve pauperizado.”

Jung redime el impulso del ser humano a inclinarse ante una idea de divinidad, y aunque evita hablar de religión para no perder prestigio entre sus colegas, hace innumerables alusiones a lo sagrado. En la entrada de su estudio en Kusnacht, inscribe esta frase hallada en los escritos de Erasmo: “Invocado o no, el dios estará presente.” Más tarde relativiza su significado con estas palabras: “Pero es un oráculo délfico. Dice: sí, el dios estará en el lugar pero, ¿en qué forma y con qué objeto? He puesto la inscripción aquí para recordarle a mis pacientes y a mí mismo: timor dei initium sapientiae (El temor de Dios es el principio de la sabiduría).”

Jung no es el primero en destacar ese aspecto temible de lo sagrado. De hecho, toma prestado del teólogo alemán Rudolf Otto el concepto de “lo numinoso”, que remite al ser supremo que todas las religiones adoran, entendido como el “mysterium tremendum et fascinans”, o sea, una vivencia sobrecogedora, a la vez terrorífica y fascinante.

Pero vayamos un paso más atrás: ¿cómo distinguimos cuándo estamos en presencia de este misterio sobrecogedor? Quien mejor lo explicó fue Mircea Eliade, filósofo e historiador de las religiones rumano, en su libro “Lo sagrado y lo profano”. En ese pequeño pero crucial tratado, dice el autor: “El hombre entra en conocimiento de lo sagrado porque se manifiesta, porque se muestra como algo diferente por completo de lo profano.” Para denominar el acto de esa manifestación, Eliade propone el término de hierofanía, que significa, simplemente, que algo sagrado se muestra ante nosotros. “Podría decirse que la historia de las religiones, de las más primitivas a las más elaboradas, está constituida por una acumulación de hierofanías, por las manifestaciones de las realidades sacras. De la hierofanía más elemental (por ejemplo, la manifestación de lo sagrado en un objeto cualquiera, una piedra o un árbol) hasta la hierofanía suprema, que es, para un cristiano, la encarnación de Dios en Jesucristo, no existe solución de continuidad. Se trata siempre del mismo acto misterioso: la manifestación de algo ‘completamente diferente’, de una realidad que no pertenece a nuestro mundo, en objetos que forman parte integrante de nuestro mundo ‘natural’, ‘profano’.”

Dos caminos, una verdad

Para entender cómo es que algunas tradiciones veneran a un Dios trascendente, mientras que otras encuentran a lo sagrado en cada hoja y cada piedra, cabe señalar que nuestra relación con lo divino ha conocido mayormente dos caminos, aparentemente opuestos pero a la larga complementarios: el de la “espiritualidad ascendente”, y la “descendente.

La espiritualidad ascendente pone el énfasis en la trascendencia, restándole importancia al mundo material, sensorial y animal, considerándolo hasta cierto punto ilusorio. El objetivo de este camino es desarrollar la sabiduría necesaria para poder ver más allá y percibir las realidades espirituales más altas.

La espiritualidad descendente, en cambio, considera que la verdad más profunda es inmanente, y que se halla en la naturaleza, en las personas, en el servicio y en la compasión. Este punto de vista enfatiza la sacralización de la vida cotidiana, y la celebración de la Creación.

Históricamente los hombres han gravitado hacia el entendimiento, la visión y la trascendencia que promulga el primer camino, mientras que las mujeres han tendido a abrazar el segundo, priorizando la compasión, el servicio y la encarnación de lo divino aquí en la Tierra.

También podría verse esta contraposición como una delgada línea entre dos reinos: el del espíritu –transcendente, luminoso, desapegado e impersonal- y el del alma, donde encarna el espíritu en cada individuo, y se expresa de manera única, íntima e irrepetible. Si el espíritu está más allá de todo, el alma está inmersa en el mundo, y vive sujeta a dolores y tirones, crisis de crecimiento, añoranzas e intuiciones.

La cosmovisión original de muchas etnias indígenas reflejaba de algún modo esta distinción; percibía al universo dividido en tres niveles: el mundo de arriba (habitado por guías, maestros y seres angelicales), el mundo del medio, en el que vivimos los humanos, y el mundo de abajo, poblado de ancestros, animales de poder, plantas totémicas y espíritus de la naturaleza. Cuando una persona enfermaba, el chamán de la tribu hacía “viajes” hacia ambos mundos en busca de ayuda: hacia arriba, pidiendo iluminación; hacia abajo, procurando recuperar fragmentos del alma perdida.

Pero tanto en el mundo arcaico como el moderno, está claro que la dicotomía es solo aparente: el alma no es otra cosa, en última instancia, que una emisaria del espíritu en este mundo. En lugar de oposiciones inútiles –choques entre tradiciones, hombres y mujeres, ciencia y religión – la vida hoy nos pide a gritos que integremos. Para salvar la preciosa diversidad de nuestra Tierra, y al planeta mismo, urge que volvamos a entrar en comunión con todos los seres vivos. Para recordar que detrás de esa multiplicidad, hay una unidad que trasciende sus manifestaciones, hay que afinar la mirada y poder ver.

Pero sobre todo, es preciso que recuperemos aquella particular forma de estar en el mundo que es la percepción de lo sagrado. Sea que nos ocurra frente a un valle pincelado de flores, al escuchar los primeros acordes de la Quinta de Beethoven, o ante la mismísima intuición de Dios, nunca somos más humanos que cuando nos dejamos atravesar por el asombro, y caemos -ebrios de gratitud, plenos de gracia- rendidos a sus pies. Fabiana Fondevila

Con ojos de niño - Fabiana Fondevila

Con ojos de niño

Con mucha alegría, les presento mi nueva colección de libros para chicos, llamada “La vuelta al mundo”. Se trata de cinco libros inspirados en culturas que habitaron (y habitan aún, con distintos grados de cambio y transformación) distintas regiones del planeta: los Inuit (más conocidos como “esquimales”), los Bambuti (popularmente llamados “pigmeos” por su tamaño), los Quechuas, los Indios (más precisamente, habitantes de Kerala, en el Sur de la India), y los Vikingos.

La intención de la colección es destacar ciertos valores que todos los pueblos cultivaron en sus orígenes: el amor por la naturaleza que da cobijo y sustento, la veneración por los ancestros, el respeto por las fuerzas naturales, aun las más oscuras, y una sensación de comunidad que excede el ámbito de lo humano. Más que idealizar a estas antiguas etnias (con sus limitaciones y falencias, como todo en la tierra) los relatos buscan descubrir aquel corazón común de sus vivencias -fundamentalmente, su celebración de la vida- aun vivo y vibrante en cada uno de nosotros, sus remotos sucesores.

Así como -explicó el gran Joseph Campbell- los relatos que los seres humanos creamos para contarnos el mundo tienen una estructura común (un gran mito que contiene a todos los mitos), de igual modo, nuestra relación con el paisaje y las fuerzas que lo animan se nutren de una misma antiquísima fuente, que, bien mirada, se parece bastante al amor.

Unos párrafos de la introducción remiten a esta invisible trama:

“Como las leyendas que narrarran los ancianos bajo las estrellas, estos relatos se nutren de la tierra y el agua, el aire y el fuego que en cada rincón del planeta se fundieron de manera precisa y necesaria para dar lugar a un mundo. Sus protagonistas contemplan a los seres que habitan ese universo, se descubren en ellos y aprenden. Del jaguar, la fiereza; de la hormiga, la constancia; de la montaña, el aplomo; del sol, en su incansable retorno, la esperanza, la osadía, la sorpresa.

Cambian los colores y los escenarios. Algunos apenas adivinan el cielo entre la espesura, otros dialogan a diario con el horizonte. Pero es más lo que une a estos pueblos primigenios que lo que los diferencia. ‘Cada parte de esta tierra es sagrada para mi gente -dijo el cacique Seattle en 1852-. Cada lustrosa hoja de pino, cada costa arenosa, cada bruma en el bosque oscuro, cada valle, cada insecto zumbón, todos son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo’.”

Tras los relatos hay una breve introducción a la historia y características de cada pueblo: sus creencias y canciones, sus mitos y sus juegos, su modo de proveerse el sustento y sus recetas de cocina. Hay en estas páginas una intención de corregir algunas visiones distorsionadas o caricaturizadas de estos pueblos que se han instalado, con el correr de los siglos, en el imaginario popular. Una lámina central despliega cada paisaje -hielo, río, bosque, mar, montaña- en toda su riqueza, y un glosario final aclara algunas palabras claves de los idiomas originarios.

Los primeros títulos en publicarse son “El pedido de Inti” (los Quechuas) y “La canción de Amina” (los Bambuti). Seguirán “El secreto de Ukluk” (los Inuit), “El sueño de Bhakti” (los Indios) y “La hazaña de Leif” (los Vikingos).

Ojalá disfruten de las inspiradas ilustraciones de Daniel Roldán tanto como lo hice yo, y que puedan verse reflejados en los sueños, los temores y las hazañas de estos niños y niñas que, al fin y al cabo, están más cerca de lo que parecen.

La más férrea resistencia - Fabiana Fondevila

La más férrea resistencia

Etty Hillesum fue una joven holandesa que murió en Auschwitz en 1943. Igual que Ana Frank, consignó sus pensamientos, sus temores y sus esperanzas en un diario que fue publicado tras su muerte, y que hoy forma parte del libro “La escritura como resistencia: cuatro mujeres se enfrentan al Holocausto: Edith Stein, Simone Weil, Ana Frank y Etty Hillesum”, de Rachel Feldhey Brenner.

Etty (Ester) era una joven brillante, apasionada por los libros, la escritura y sus estudios de filosofía. Cuando estalló la guerra estudiaba psicología, y había conseguido trabajo como dactilógrafa.

Lejos de escaparle a los acontecimientos, Etty se dedicó a documentarlos. Y mientras pudo, se las ingenió para ayudar sin medir riesgos ni consecuencias. Encontró una manera de colaborar con la resistencia: de agosto de 1942 a septiembre de 1943, se ofreció como enfermera voluntaria en el campo de concentración de Westerbork. Como tenía un permiso especial para viajar, volvía con frecuencia a Amsterdam, llevando y trayendo cartas y mensajes de los prisioneros, y consiguiéndoles medicinas. Durante este período de miedo y padecimientos, escribió en su diario: “Las amenazas y el terror crecen día a día. Me cobijo en torno a la oración como un muro oscuro que ofrece reparo, me refugio en la oración como si fuera la celda de un convento; ni salgo, tan recogida, concentrada y fuerte estoy”.

Poco después, cuando las deportaciones de judíos se volvieron masivas, Etty decidió que resistirse era inútil, se rehusó a esconderse y se entregó a las autoridades nazis junto a sus padres y hermanos. Para ella, era tanto aceptar lo inevitable como solidarizarse con sus hermanos y hermanas judíos ya deportados.

Primero fue internada en Westerbork, y al poco tiempo, trasladada a Auschwitz, para nunca más volver. Las últimas entradas del diario se debaten entre la esperanza y una inconmensurable fortaleza para aceptar su destino: “Quisiera vivir muchos años para poder explicarlo posteriormente. Más si no se me concede este deseo, otro lo hará; otro continuará viviendo mi vida, desde donde terminó”… “Si llegase a sobrevivir esta etapa, surgiré como un ser más sabio y profundo. Más si sucumbo, moriré como un ser más sabio y profundo.”

Pero sin duda el fragmento más memorable, el que aún hoy inspira esperanza y cobijo a todo quien lo lee, fue escrito de puño y letra un año antes de su muerte, a los 27 años: “Cuando tienes una vida interior no importa de qué lado del muro de la prisión te encuentras… He muerto mil veces en mil campos de concentración. Lo sé todo. No hay información nueva que me acongoje. De una forma u otra, ya lo sé todo. Y, sin embargo, encuentro esta vida hermosa y llena de sentido. En todo momento.’

¿Qué resistencia más firme contra el odio y al horror que negarse a repudiar la vida?

El único poder del místico - Fabiana Fondevila

El único poder del místico

Hazrat Inayat Khan (1882-1927) fue un maestro espiritual musulmán que fundó el movimiento “Sufismo Universal”, con el fin de difundir esta rama mística del islamismo en Occidente. El sufismo es conocido entre las tradiciones como “El camino del corazón”, y la prédica de Inayat Khan se basaba principalmente en el amor, la paz, la armonía, la libertad, y la defensa de la tolerancia religiosa. También divulgó la música devota del Islam, a la que consideraba un medio de excelencia para el desarrollo del espíritu.

En el fragmento que sigue, Inayat Khan define el precepto central de su filosofía, distinguiéndolo de otros caminos que, por su atractivo, a veces distraen del propósito genuino de una práctica de crecimiento espiritual.

“El único poder del místico es el poder del amor.

Todo tipo de poder reside en esta cualidad que llamamos por el simple nombre “amor”. Caridad, generosidad, bondad, afecto, persistencia, tolerancia y paciencia; son todos diferentes aspectos de lo mismo, diferentes nombres de la misma cosa: el amor. Aunque digan ‘Dios es amor’, o cualquiera sea el nombre que le den, todos los nombres son los nombres de Dios, y no obstante cada forma de amor, cada nombre para el amor, tiene su propio alcance, su peculiaridad. El amor como bondad es una cosa, el amor como tolerancia es otra, el amor como generosidad es otra, el amor como paciencia es otra; y sin embargo, de principio a fin, es todo amor.

Recuerda entonces que para poder evolucionar en el camino espiritual, el estudio es secundario; el poder de lo oculto y las leyes psíquicas, todos los poderes mágicos, son secundarios. El primer principio, y el más importante, es cultivar la cualidad del corazón.

Uno puede preguntar: ¿cómo cultivar esta cualidad del corazón? Sólo hay una manera: ser desinteresado y generoso con cada paso que uno da en el camino, porque lo que impide cultivar esta cualidad amorosa es pensar siempre en uno mismo. Cuando más pensamos en nosotros mismos, menos pensamos en los demás, y a medida que avanzamos el ego crece y se vuelve un gigante, y al final del camino el gigante es más grande que nuestra intención. Pero si desde el primer paso que damos en el camino de la perfección, luchamos por conquistar este gigante que es el ego, desarrollaremos el poder del amor.

(…)

Existe un dicho hindú: ‘No importa cuántas riquezas tengas, si no tienes la riqueza de la virtud, no sirve para nada’. La verdadera riqueza es la fuente creciente del amor de la que fluyen todas las virtudes.”

De “The bowl of Saki”, citado por Nipun Mehta en su boletín “Service Space”.

fabiana fondevila - mistica - lenguaje del amor

La mística, el lenguaje del amor

En una entrevista con PBS Newshour, Yann Martel, el autor de Life of Pi (La vida de Pi), que inspiró la película Una aventura extraordinaria, cuenta que la escritura de la novela lo llevó a indagar en los textos sagrados de las principales religiones. En ellos descubrió que la visión mística las recorre a todas, hermanándolas en un sentir armónico y compartido. “Si uno mira las religiones, lo que es increíble es cómo los místicos de todas las tradiciones hablan el mismo idioma.

Si uno mira a los místicos musulmanes, a los sufís, a los místicos cristianos, como San Juan de la Cruz, encuentra que hablan el mismo lenguaje, el lenguaje de una relación personal con Dios, un lenguaje del amor, en el que Dios es el amor.

Es cuando uno se empieza a alejar de los místicos que empieza a notar las diferencias, muchas de las cuales a veces parecen irreconciliables. Yo creo que esas diferencias irreconciliables se deben a dogmas, y los dogmas muchas veces se alejan sustancialmente de la fe. Lo otro importante a señalar es que uno puede ‘raptar’ cualquier cosa, incluyendo muy buenas ideas; no hay nada en el Islam que justifique matar a inocentes, y sin embargo algunos musulmanes lo hacen en nombre del Islam; lo mismo con los fundamentalistas cristianos en Estados Unidos que matan a médicos que practican abortos. No hay nada en el cristianismo que excuse esta conducta.”

Para leer el artículo completo: http://www.pbs.org/newshour/bb/entertainment/july-dec02/martel_11-11.html

fabiana fondevila

La poeta del asombro

Cada mañana, Mary Oliver se levanta antes al alba y abre la puerta de su casa en Provincetown, Massachusetts. Ahí se queda un rato, observando cómo el sol traza su arco perezoso, y espera a que lleguen las palabras.

Las palabras llegan, una a una, a su lápiz negro; presurosas, como a una cita.
Hola, sol en mi cara.
Hola, tú que hiciste la mañana,
y la esparciste sobre los campos,
y en las caras de los tulipanes,
y en las campanas violetas,
de la enredadera que sacuden sus cabezas.


Y en las ventanas, incluso, de los afligidos y los malhumorados.

Luego toma su anotador, lo estruja en su bolsillo trasero y se interna en el bosque. Sola. Así lo ha hecho siempre, aun cuando vivía Molly (Mallone Cook, la fotógrafa con quien compartió amor y vida por cuatro décadas). Y por buenas razones.

Habitualmente voy al bosque sola, sin un solo amigo, porque son todos sonreidores y conversadores, y por lo inapropiados. No me gusta que me vean hablando con los pájaros. O abrazando al viejo roble negro. Yo tengo mi forma de rezar. Sin duda, tú tienes la tuya. Y además, cuando estoy sola puedo convertirme en invisible. Puedo sentarme sobre un médano,quieta como un puñado de malezas, Hasta que los zorros pasan corriendo, despreocupados. Puedo escuchar dl sonido inaudible de las rosas cantando.
Si alguna vez has venido al bosque conmigo, debo quererte mucho.

(Cómo voy a bosque)

Poco conocida aún en el mundo hispano, Mary Oliver (75) es una poeta estadounidense, laureada con las más importantes distinciones del género (Premio Pulitzer, National Book Award), y por lejos la poeta más vendida de su país. Es, además, la legítima heredera de la sensibilidad naturalista de Ralph Waldo Emerson, Walt Whitman, Henry David Thoreau. Su poesía ha sido catalogada como “una poesía del elogio”, algo que ella no discute, sino más bien reafirma con convicción en cada nueva creación, cuando vuelve a cantarle a la garza en el estanque, al zorro del matorral, al cedro y al girasol. También le sentaría “una poesía del asombro”; ya que en sus versos convive la sorpresa siempre renovada con una devoción genuina por el mundo y sus misterios. No se trata de una devoción descarnada; por el contrario, rebosa de sensualidad. Tampoco edulcorada. “No llamen a este mundo adorable, ni útil; no se trata de eso”, dice en “¿Dónde comienza la danza, y dónde termina?”, prefiriendo definirlo así: “Es travieso, y un teatro para más que vientos suaves. / La pestaña del rayo no es mala ni es buena /El árbol impactado arde como un pilar de oro.” Su espiritualidad sin templo ni credo no deja a nadie afuera: creyentes y descreídos, apáticos y apasionados, próceres y colibríes, robles monolíticos y mosquitos. Tampoco esconde que, cada vez que le canta a las hojas, los ciervos o los escarabajos, su canción es rezo, meditación, elegía.

fabiana fondevila

En una inusual entrevista con Maria Shriver en 2011, Oliver comparte una de las motivaciones detrás de su poesía: “No tengo gran esperanza respecto de que la Tierra pueda permanecer como era cuando yo era chica. De hecho, ya ha cambiado tanto. Y creo que cuando perdemos la conexión con el mundo natural, tendemos a olvidarnos que somos animales, que necesitamos de la Tierra. Y esto puede ser demoledor. Wendell Berry, un gran poeta, habla extensamente (en su obra) sobre la devastación que viene. Yo soy más bien de las que creen que atraemos más moscas con miel que con vinagre. Y entonces busco por el lado de ‘¿Notaste esta cosa maravillosa?’ ‘¿Te acordás de esto?’” Rompiendo con su reserva habitual, la poeta comparte anécdotas como ésta: “”En Provincetown, donde vivo, hay una pequeña historia que es dulce. Dicen que si Mary sale a caminar, y comienza a caminar más y más lento, hasta que al fin se detiene y se pone a escribir furiosamente, uno sabe que ha sido una caminata exitosa.” “¿No se supone que los poetas son gente tortuosa?”, quiere saber la entrevistadora. Responde Oliver: “(En Estados Unidos) tuvimos un período largo de poetas confesionales. Y creo que muchas personas -sin duda Sylvia Plath y Anne Sexton- confundieron el trabajo que hacían con la terapia, y eso es una pena. Puede que me equivoque, pero creo que sentían que podían sanarse con su escritura, y eso no funcionó. Yo no suelo meterme con las cosas que me hacen infeliz cuando escribo. Quiero escribir poesías que consuelan, que diviertan quizás, que enciendan a las personas. No quiero decir que el mundo es del todo genial y maravilloso. Pero intento mantener el foco en lo que es bueno y esperanzador.” Así y todo, en su extensa bibliografía ha hecho referencia a acontecimientos traumáticos de su vida, como el hecho de haber sido abusada de niña. En uno de sus poemas más amados, invita a hacer las paces con el dolor, y a abrazar la propia identidad.

Los gansos salvajes

No tienes que ser bueno. No tienes que recorrer el desierto arrodillado, arrepintiéndote. Sólo tienes que dejar que el animal suave de tu cuerpo ame lo que ama. Cuéntame de tu dolor, yo te contaré del mío. Mientras tanto, el mundo sigue. Mientras tanto, el sol y los guijarros claros de la lluvia se desparraman sobre los paisajes, sobre las praderas y los árboles profundos, las montañas y los ríos. Mientras tanto, los gansos salvajes, allá arriba en el límpido aire azul, están volviendo a casa. Quienquiera que seas, no importa cuán solo te sientas, el mundo se ofrece a tu imaginación, te llama como la voz de los gansos salvajes, áspera y excitante, anunciando, una y otra vez, tu lugar en la familia de las cosas.

Pero su poema más citado, es, sin dudas, Poema de verano, el de la antológica frase final. Reproducida por doquier en contextos sagrados y mundanos, esa frase ha sido espuela para despertar a la acción, ahuyentar temores y despabilar al más dormido.

¿Quién hizo al mundo?
¿Quién hizo al cisne, y al oso negro?
¿Quién hizo a la langosta?
Esta langosta, quiero decir-
la que acaba de lanzarse desde el pasto
la que come azúcar de mi mano,
la que mueve sus mandíbulas
hacia atrás y hacia adelante,
en vez de arriba y abajo-
la que mira a su alrededor con sus ojos enormes y complicados.
Ahora levanta sus pálidos antebrazos
y se lava la cara meticulosamente.
Ahora abre las alas de un brinco, y se va flotando.
Yo no sé qué es exactamente un rezo.
Sí sé prestar atención, sé cómo caerme sobre el pasto,
cómo arrodillarme en el pasto, cómo ser ociosa y bendita,
cómo pasear por los prados que es lo que he estado haciendo todo el día,
Dime, ¿qué debiera haber hecho?
¿No es que todo muere al fin, y demasiado pronto?
Dime, ¿qué piensas hacer tú con tu vida única, salvaje, preciosa?

Una pregunta fértil para saludar al mundo, como Mary, cada mañana.

Antes o después de recibir al sol.

Reencantar el mundo - Fabiaa Fondevila

Reencantar el mundo

Empieza el año, y a muchos nos pasa lo mismo. Perdemos contacto con la naturaleza que hamacó nuestras tardes y colmó nuestras noches de lunas y estrellas. Tememos perder, con ello, la quietud, el gozo y el asombro que vuelve cuando logramos parar, mirar con ojos frescos y disfrutar de las cosas sencillas. Sabemos que la ciudad impondrá sus ritmos, que el trabajo acortará los tiempos, que el celular y la laptop y las pantallas de toda clase competirán por nuestra atención, robándonos -si así lo permitimos- la gracia de habitar el momento.

Nada de esto es inevitable. Todo ocurre, en mayor o menor medida, con nuestra complicidad. O, al menos, se vale -para establecerse- de cierto grado de inconsciencia.

No podemos vivir de vacaciones, y salvo afortunados, no habitamos todo el año rodeados de selvas, mares, desiertos o montañas. Pero sí podemos recuperar espacios de conexión con nosotros mismos y con el entorno natural que nos acompaña en todo momento: el cielo, las nubes y las estrellas, los árboles del barrio, los pájaros, las ranas, las mariposas y las libélulas. Podemos, también, llevar la naturaleza al interior de nuestros hogares, a través de antiguas prácticas que fueron el pan de cada día de nuestros ancestros: recuperar la medicina de las plantas, redescubrir el placer de moldear barro para hacer nuestros cuencos, platos y tazas, tejer nuestro propio cobijo, amasar nuestro alimento, alumbrar nuestra noche.

Esta es la invitación que late en el taller que ofrezco este año. Más que a aprender, convoca a recordar. Más que a estudiar o a esforzarse, incita a embarrarse, entregarse, reencontrarse en quehaceres que le hablan al alma en su propio idioma, y volver a pulsar con la mera experiencia de estar vivos.

La invitación queda hecha, los espero! Abajo, los detalles.

La propuesta:

Indagar, a través de un rico abanico de prácticas vivenciales, la manera en la que la propia esencia se manifiesta y despliega. Reconocer el espejo de esa esencia en la naturaleza y sus ritmos (no hace falta vivir en el campo ni en el bosque, la naturaleza nos sigue adonde vayamos, es sólo cuestión de abrir nuestro corazón a ella). Recuperar formas de habitar el mundo que nos recuerdan quienes somos, nos llenan de alegría y colman nuestra nostalgia por lo no vivido. Empapar nuestra vida cotidiana de una espiritualidad corpórea, terrena y sensual, hasta borrar las fronteras entre ocio y trabajo, disfrute y esfuerzo, interior y exterior, ser y hacer.

La modalidad:

Los encuentros tendrán lugar una vez por semana, en día y hora a consignar.

El programa:

Nuestra exploración acompañará los ciclos del año, degustando y abrazando sus ofrendas. Como la vida misma, el programa permitirá desvíos, pero seguirá un orden orgánico y esencial.

En los primeros encuentros se irá desglosando la filosofía que sustenta el programa, fuertemente anclado en la relación del alma (un concepto distinto al espíritu, como ya veremos) con la naturaleza, y la forma en que una y otra se nutren mutuamente. Una relación vital que urge recuperar en nuestros días, porque no hay cómo cuidar ni preservar el entorno que nos rodea y sustenta si no amamos y cortejamos al objeto de ese amor.

Nos valdremos de lecturas y meditaciones para ayudar a profundizar cada experiencia, y daremos pie a la reflexión y el intercambio de ideas respecto de lo que estos quehaceres nos plantean sobre la vida. Llevaremos un diario de experiencias, que será de especial utilidad en noviembre, al abocarnos a la escritura creativa.

Y a través de las experiencias compartidas y la vivencia de una comunidad basada en el amor y el asombro, recuperaremos la magia de un mundo vivo, tan vivo como elegimos estar nosotras en cada momento.

El temario

En marzo nos zambulliremos en el universo de las plantas silvestres. Haremos tinturas, mieles, elixires, jarabes, aceites, vinagres. Profundizaremos en plantas puntuales, investigándolas a fondo como uno hace con aquello que ama. Ensayaremos mezclas para distintas dolencias, y arribaremos a recetas propias, que nombraremos y envasaremos para tener y regalar. Continuaremos con el botiquín de la cocina: hierbas y especias que usamos a diario y que pueden brindarnos, además de sabor y sustento, importantes propiedades curativas. Investigaremos los árboles medicinales, y aprenderemos a cosechar y preparar sus bondades. Nos detendremos en las flores comestibles y en cómo sumarlas para agregar color y alegría a nuestras ensaladas, tortas y confituras. Prepararemos golosinas a base de frutos de Crataegus y agua de rosas, entre otras delicias insospechadas.

En abril, con los días que comienzan a acortarse, iniciaremos la migración: lenta y paulatinamente, iremos llevando la naturaleza al interior de nuestros hogares, amasando pan (y luego, en orden sucesivo, arcilla, tejidos, imágenes y sueños). Aprenderemos a hacer una hogaza rebosante de semillas; pan dúctil y nutritivo, lleno de sustento, que invita a personalizarlo y hacerlo propio. Prepararemos pretzels, para deleite de los pequeños (y del niño/a interior). Daremos forma a un espléndido challah, pan trenzado que es el corazón de las fiestas y ceremonias judías, y que representa, en sí mismo, un pequeño ritual celebratorio. Culminaremos con una valiente incursión en el universo del pan con masa madre: un “pan con alma”, capaz de vivir siglos a través de un único fermento que pasa de generación en generación. Dato curioso: aun los que nunca lo han probado indefectiblemente lo recuerdan al degustarlo.

Mayo dará lugar a la arcilla. Disfrutaremos del primer encuentro con este ingrediente primigenio. ¿Qué viejas visiones le transmite a nuestras manos? ¿Qué pide de nosotras? ¿Qué ofrece? Ensayaremos con formas sencillas y profundamente evocativas: el cuenco, la vasija, la fuente. No por nada ha sido ésta una forma de expresión y manufactura de todos los pueblos originarios. ¿Qué se siente al alimentarnos con un pan casero, servido en un cuenco moldeado con nuestras propias manos? ¿Qué dice esto sobre nuestro vínculo con el mundo, y nuestra capacidad de proveer nuestro propio sustento?

Junio traerá el cobijo de la lana. Al tomar contacto con el ovillo, recordaremos el camino que ha hecho para llegar a nuestras manos: la oveja que se desvistió de sus ropajes, la laboriosa esquila, el lavado y el cardado, el cuidadoso hilado, el teñido, el traslado. Honrando esta cadena de esfuerzos, elegiremos un destinatario para nuestra ofrenda. Con él o ella en nuestro corazón, tejeremos una bufanda o chalina que llevará impreso nuestro amor en cada fibra. Tejeremos a modo de meditación, de plegaria, de fervorosa entrega.

En julio vendrán las velas. Hay magia en el acto de iluminar la penumbra con luz propia, sea que esta provenga de velas hechas a mano o de otras fuentes de luz más sutiles. Elaboraremos velas sumergidas, a la vieja usanza, y también velas con cera de abeja. Exploraremos algunos aromatizantes y colorantes naturales. Estas velas elaboradas a fuego lento serán las aliadas perfectas para las indagaciones que siguen, en el corazón del invierno.

En agosto, cuando la oscuridad ya está afincada en nuestras almas y el velo con el mundo invisible es finito, nos adentraremos en puntas de pie en el universo de nuestros sueños e imágenes interiores. Con diversos métodos no analíticos invitaremos esas imágenes a manifestarse, y les daremos lugar para que nos comuniquen sus secretos. ¿De qué modo? Les pondremos música, sonidos, color y movimiento. Actuaremos sus historias, les haremos preguntas, plasmaremos sus símbolos y los honraremos. Buscaremos tender un puente firme con “el mundo de abajo”, al decir de las tradiciones chamánicas, para que sus antiguos secretos fluyan e informen nuestra conciencia.

En septiembre volveremos a abrir las puertas de la casa: saldremos al jardín, a la plaza, al barrio, a escuchar el llamado de los pájaros. Aprenderemos a distinguir entre una invocación de compañía y un sonido de alerta, entre una canción celebratoria y un cortejo. Descifrar este lenguaje nos revelará un mundo; advertiremos que no hay nada casual ni errático en el comportamiento de las aves que nos rodean, sino que cada gesto tiene un sentido, y ese sentido nos incluye. Con un poco de práctica sabemos cómo volvernos invisibles para poder compartir sus espacios de cerca, y observarlos. El premio final será conocer a los pájaros que habitan nuestro territorio como individuos, y vincularnos con ellos como los vecinos que son. Nuestros antepasados comprendieron el idioma de los pájaros y se guiaron por él en sus interacciones con el mundo; con unas pocas pautas, y apelando a la memoria de la especie, nosotros también podemos hacerlo.

En octubre retornamos al mundo vegetal, pero esta vez para elaborar ungüentos, lociones, cremas y jabones con ingredientes naturales. La idea es usar estos productos como vehículos para experimentar con las cualidades de diferentes plantas y aceites esenciales. Las así llamadas “brujas” fueron, en esencia, grandes conocedoras de las propiedades de las plantas y de su sintonía con cada dolencia o malestar. Al examinar una persona no veían un síntoma sino un estado del alma y del organismo en general. La propuesta para estas exploraciones es buscar esencias y texturas que generen no sólo un efecto físico sobre la piel, sino también uno energético y espiritual.

En noviembre, recurriremos a la escritura para trazar un diálogo íntimo y fructífero entre nuestra alma y el universo. Invitaremos a participar en él a las voces de los ancestros, de nuestros seres queridos, de los que amamos aun sin conocerlos, de los árboles y los pájaros, las sombras, los truenos y la noche. Le daremos a estos intercambios diversas formas: cuento, poesía, carta, canción. Y en nuestras propias palabras, hallaremos ese puente que la tierra reverdeciente nos invita a celebrar: nuestra alma y el mundo, dos caras de una misma polifacética realidad.

En diciembre el círculo se cierra. Recorreremos las actividades y las experiencias vividas, sacaremos conclusiones, proyectaremos las mejores maneras de llevar con nosotras, en el día a día de nuestras vidas, el espíritu de conexión, disfrute y ofrenda que estas actividades representan. Buscaremos un puente en el universo de lo ritual. ¿Qué es un rito, y en qué consiste su poder evocativo? ¿De qué forma podemos hacer una ceremonia de cada pequeño acto cotidiano? ¿Podemos hacer entrar al mundo natural, con su cuota de misterio, de silencio, de belleza y salvajismo, en estas ceremonias? ¿Podemos compartirlas con nuestros amigos y conocidos, con nuestras comunidades? Ensayaremos algunas formas rituales antiguas y efectivas, y las imbuiremos de nuestra propia, rica simbología.

Cerraremos así el ciclo del año, sabiendo que nada termina y todo recomienza, y que la vida nos espera para seguir danzando. La posibilidad de reencantar el mundo está, hoy y cada día, en nuestras manos.

Un grande de lo pequeño - Fabiana Fondvila

Un grande de lo pequeño

Pete Seeger fue un querido cantante de música folk estadounidense. Pero fue tanto más: puso su música y su carisma al servicio de todas las causas nobles: banjo en mano, cantó contra la guerra de Vietnam (y toda forma de violencia), a favor los derechos de los negros en épocas de Martin Luther King Jr., en defensa de los trabajadores más oprimidos, por la preservación del planeta, y muy especialmente por la recuperación del Río Hudson, que amaba y por el flotaba en un barquito llamado Clearwater, regalando canciones.

Junto con Woody Guthrie, Joan Baez y Bob Dylan, fue un trovador del pacifismo y la libertad, y exploró con pasión las músicas y culturas de otros países. Fue famosa su versión de Guantanamera, y también una adaptación de El joven de Alcalá, cantada por los brigadistas (luchadores extranjeros por la República) al volver de la Guerra Civil Española.

En 1951 el Comité de Asuntos Americanos lo condenó a doce meses de prisión, y a 17 años de total censura en los medios de comunicación locales. Nada lo acalló. Cuando murió el lunes pasado (27 de enero, 2014), a los 94 años, dicen quienes lo conocieron que su sonrisa, su fervor y su amor por la vida estaban intactos.

La revista Yes (un medio ecologista y activista social que vale la pena conocer) republicó una entrevista con Seeger del 2007 titulada “¿Cómo puedo dejar de cantar?”. Allí expresaba su convicción de que si el planeta sobrevive a los males que lo aquejan, no será por grandes campañas, sino por las miles de pequeñas acciones de ciudadanos conmovidos y comprometidos. Así lo dijo él:

“Ha sido mi creencia que aprender a hacer algo (por el cambio) en tu propio barrio es lo más importante. No soy solo yo que lo piensa. Margaret Mead dijo: ‘Nunca dudes de que un pequeño grupo de personas puede cambiar el mundo, de hecho es lo único que lo ha logrado’. Y el gran biólogo René Dubos dijo: ‘Piensa globalmente, actúa localmente’. Y E. F. Schumacher dijo ‘Lo pequeño es bello’. Y ahora, también, Paul Hawken. todas estas personas están diciendo lo mismo.

Si hay un mundo aquí en cien años, habrá sido salvado por decenas de millones de pequeñas cosas. Los poderes a cargo pueden desarmar cualquier gran movimiento que quieran. Pueden corromperlo, destruirlo por dentro, atacarlo por fuera. ¿Pero qué pueden hacer con diez millones de pequeñas cosas? Destruyen dos, y tres más se levantan!”

Por Paul Seeger y su lucha melodiosa. Por su vida de pequeñas acciones, y las miles de acciones que ellas generaron. Por la cadena de la que forman parte, asombrosa y vital.

El regalo de Madiba - Fabiana Fondevila

El regalo de Madiba

“Si alguna vez necesitas recordar el poder del espíritu humano, párate ante la celda de un un metro y medio por dos metros y medio de Nelson Mandela en Robben Island, la desolada prisión en la que fue el preso de máxima seguridad del régimen del Apartheid sudafricano. La cárcel de la isla yace a sólo siete millas de la bella Ciudad del Cabo, en el frío Océano Atlántico. Imagina el calor en el verano, el frío cruel en invierno, y Mandela yendo cada mañana a picar piedra, las superficies blancas de la piedra caliza reflejando el sol a toda hora y lastimando su visión para siempre. Recuerda que estuvo ahí 18 largos años, antes de pasar otros pasar otros nueve en prisiones varias del continente”. Esto recuerda Susan Collin Marks, activista del movimiento anti-Apartheid en Sudáfrica y y co-directora del Global Leadership Team, una ONG que trabaja para mediar pacíficamente en conflictos.

Y continúa: “Luego míralo el 2 de febrero de 1990, como lo vi yo -junto a otras 80.000 personas que nos reunimos en la plaza de Ciudad del Cabo para celebrar y darle la bienvenida el día en que lo liberaron. No sabíamos quién sería ni cómo se vería, porque la ley sudafricana prohibía la difusión de información alguna de las personas que el régimen tildaba de ‘prisioneros políticos’. Esperamos todo el día bajo el sol caliente, y de golpe ahí estaba, alto, fuerte, sonriente, riéndose, un hombre (de la etnia) Xhosa, los ojos bailando, y gritamos y cantamos y bailamos nuestra admiración y nuestro amor”.

¿Por qué recordar, hoy, estas palabras, cuando Nelson Mandela (Madiba, en el título honorífico otorgado por los ancianos de su clan) acaba de partir? Quizás porque es bueno recordar, en momentos dolorosos como este, que nadie que haya vivido con el corazón abierto y la frente en alto se va sin dejar rastro. Que además de la lección de valentía para rechazar racismos, discriminaciones y otras formas del odio, además de la fe y la perseverancia inimaginable de su lucha, Mandela nos deja un regalo aún más precioso. Su paso por este mundo transformó a un país, un continente, un planeta, y al hacerlo nos mostró a todos que lo imposible es posible, no por gracia de un slogan publicitario, sino por la fortaleza de un alma noble.

Era consciente de que la lucha continuaba. Así lo dice en su autobiografía, Mi larga caminata: “Luego de escalar una gran montaña, uno se entera de que hay muchos más picos por superar. Me he tomado momentos para descansar, para pescar una visión de la maravillosa vista que me rodea, para mirar hacia atrás al camino recorrido. Pero sólo puedo descansar por un momento, porque con la libertad vienen grandes responsabilidades, y no me atrevo a quedarme, porque mi larga caminata no ha terminado”.

Hoy que su caminata concluye al fin, es imposible despedirlo sin tristeza. Pero más importante es ejercer la gratitud: agradecer que haya estado, que haya sido, que haya logrado lo que logró, y que nos ofrezca a todos un espejo tan generoso en el cual mirarnos. Que un hombre con tres décadas de encarcelamiento y maltratos pudiera elegir el amor, la justicia y el compromiso como postura ante la vida, renunciando a la violencia y a la venganza, nos invita a vivir vidas más altas, inspiradas por la convicción de que siempre hay un camino mejor que se abre ante nosotros, sin importar las circunstancias. Nos recuerda, como concluye Invictus, la poesía (de William Ernest Henley) que lo amparó tantos años en la cárcel, que “No importa cuán estrecha sea la puerta, / Cuán cargada de castigos la sentencia,/ Soy el amo de mi destino: / Soy el capitán de mi alma.” Gracias Madiba.

Con gratitud y con asombro, el mundo te despide y te honra.