El aleteo de una mariposa por Fabiana Fondevila

El aleteo de la mariposa

El aleteo de una mariposa por Fabiana Fondevila

En el jainismo, una antigua religión de la India, el principal precepto es el de no dañar. Como esta tradición concibe a toda la vida como sagrada, la intención de no ejercer violencia (conocida como ahimsa) se extiende no solo a las personas sino a los animales, las plantas y hasta a los espíritus del agua y el aire, por lo que los santos de este linaje llevan barbijo, en un intento de no ingerir involuntariamente pequeños insectos u organismos al hablar.

Este mandato aparece también en las religiones de Occidente, en forma quizás más moderada, y llega a nuestros días con la forma de una máxima romana (reflejada en el juramento hipocrático, que pronuncian los médicos al recibirse): “Antes que nada, no hacer daño”.

Es una aspiración noble, constitutiva de la quintaesencia de lo humano. Cualquier alma sensible ansía evitar el sufrimiento ajeno, un impulso que ya aparece en forma precoz en los bebés de menos de un año, que rompen en llanto al estar en presencia de otros niños que lloran. Tan fuerte es este mandato que, cuando lo infligimos, aun involuntariamente, el resultado es la culpa y la emoción que conocemos como “arrepentimiento”.

A diferencia de lo que plantean algunos autores, malinterpretando a Darwin, hoy se sabe que el altruismo y la compasión son perfectamente compatibles con el impulso evolutivo, y quizás sean, incluso, el corolario más precioso del proceso hasta la fecha.

Pero aquí mi relato toma un giro diferente. Así de loable y elevada como es esta inclinación del corazón, cuando se une a ideales espirituales desmedidos, puede llevarnos por un camino riesgoso, y derivar en una suerte de trance o ilusión que elijo llamar, por falta de mejor nombre, “la trampa de la impecabilidad”. ¿En qué consiste esta trampa? En suponer que existe la opción de atravesar la vida sin dejar otra estela que la de nuestros gestos e intenciones más luminosas. En otras palabras, vivir sin hacer daño.

La verdad es que, aun albergando los mejores propósitos (y sin siquiera ocuparnos aquí de las motivaciones inconscientes que nos habitan), no nos será dado, en esta vida, ser inocuos. No lo son los leones en la sabana, los delfines en el mar, los pájaros en el aire, los microorganismos en el corazón de la tierra. La vida vive de la vida, ya lo dijo el preclaro y valiente mitólogo, Joseph Campbell. Y más allá de esta primera ley sobre la que todo se funda, hay una segunda cualidad, igual de innegociable: todo existe en permanente interconexión. Si el aleteo de una mariposa puede causar un tifón, como postula la teoría del caos, ¿qué maremotos seremos capaces de generar nosotros, con cada una de nuestras pequeñas y grandes elecciones cotidianas?

Esta intuición del efecto que causamos en el mundo es capaz de paralizar a un espíritu delicado. No es fácil trazar una línea clara que divida la sensibilidad compasiva de este otro estado anímico, más pernicioso, que se asemeja más a un retiro culposo del mundo, una inmovilidad forzosa, un abandono.

Todos lo sentimos en algún momento. El campo vincular, sobre todo, es caldo de cultivo propicio para el auto-reproche. Contestar mal porque uno está irritado, cansado o nervioso. Sucumbir a un impulso egoísta. Estar ausente o distraído con pensamientos propios cuando el otro requiere de nuestra atención. Terminar una relación. Decidir no empezarla. Ni que hablar de los daños más graves que causamos por accidente, impericia o simple y sencilla mala fortuna. Las posibilidades de herir o lastimar son infinitas, casi tanto como el deseo de no hacerlo cuando el corazón se impone y nos lleva -por momentos- a un lugar mejor.

¿Debemos intentar desterrar la culpa? Sin duda que no. Así como el miedo, es una emoción funcional y evolutiva indispensable. Nos guía, nos alerta, nos despierta a realidades que podríamos desconocer si nos moviéramos únicamente desde el auto-interés y el cuidado de lo propio.

Pero esa culpa, esa sensibilidad, debe poder convivir con una intuición igual de certera: la realidad de que nuestros esfuerzos por no dañar siempre se quedarán cortos. No está en nosotros corregir esta dimensión de la existencia, que incluye el gesto de la destrucción en sus mismas entrañas, como precondición para el resurgir de la vida.

¿Es posible conciliar, en las profundidades del corazón, nuestro impulso de socorrer al mundo del dolor, y a la vez aceptar que este arduo atributo es uno de los hilos con los que se teje la trama? ¿Podremos admitir que, así como daremos amor y fundaremos mundos con cada oportunidad que tengamos, otras tantas veces seremos conducto de energías diferentes, por el solo hecho de existir, de movernos, de respirar en este universo preñado de inquietud y de misterio?

Quizás esta sea la compasión más difícil de lograr y la más importante: sabernos parte de una danza que apenas gobernamos, actores en una obra que no llegaremos a comprender, pero de la que somos parte inescindible.

Crear-dañar-sanar. Abrazar-resistir-transformar. En ese péndulo alquímico nos movemos, aleteando como la mariposa, desatando tifones y recreando el mundo a cada paso.

Fabiana Fondevila

Foto: Miriam Pösz

Secretos del corazón - Fabiana Fondevila

Secretos del corazón

“Llevo tu corazón (lo llevo en mi corazón)”

Así comienza la primera estrofa de la memorable poesía de E.E. Cummings, genio de imaginación vivaz y ortografía irreverente. La frase describe una emoción tan universal que a nadie habría que explicarle de qué se trata. Pero ocurre que el corazón no es solo tema de incumbencia de enamorados y poetas.

Hoy sabemos que este órgano vital tiene una inteligencia propia, dotada de una compleja red neuronal y de un circuito de neurotransmisores que modulan el ánimo y regulan la interacción entre los distintos sistemas. Tampoco se discute que las ondas electromagnéticas que emite el corazón son 60 veces más poderosas que las del cerebro, pudiéndose medir a varios metros de distancia del cuerpo.

Y, además, se vuelve cada día más claro que estas ondas no están divorciadas de nuestra conciencia. Los científicos del Institute of HeartMath han descubierto que tenemos la capacidad de influir sobre este campo de fuerza, auto-generándonos a voluntad un estado de “coherencia”. ¿Qué significa “coherencia” en este contexto? Una sincronización entre las ondas electromagnéticas del corazón y las del cerebro que optimiza el funcionamiento de ambos y energiza a todos los sistemas del cuerpo, redundando en una mayor claridad mental y sosiego emocional. Este estado no una metáfora: se manifiesta en los encefalogramas y electrocardiogramas de las personas estudiadas, que de golpe parecen sincronizarse como por orden de un director de orquesta. Por si fuera poco, el efecto es contagioso: afecta a todo quien se encuentre a varios metros a la redonda de quien entra en esta sintonía.

¿Cómo se logra la coherencia? HeartMath enseña varias técnicas sencillas, basadas en dos intervenciones principales: focalizarse en la zona del corazón (imaginando que uno respira a través de este órgano) y evocar por unos minutos emociones positivas como el amor, la gratitud, la alegría y el altruismo. Es fascinante observar en los gráficos cómo el ritmo cardíaco de una persona estresada deviene armónico y ordenado en cuestión de segundos, con la sola inducción de un estado emocional positivo.

Por otro lado, descubrimientos recientes de la rama relativamente joven de la neurocardiología indican que el corazón es un órgano sensorio, dotado de un aparato de procesamiento de información sofisticado que le permite aprender, recordar y tomar decisiones funcionales con independencia del cerebro.

Desde otro ámbito, pero en igual sentido, el herbalista y autor Stephen Harrod Buhner sugiere que todos los organismos vivos responden a la información presente en el campo sutil del corazón. Según cuenta Buhner en su libro Las enseñanzas secretas de las plantas, esta es la manera en que todos los pueblos originarios han adquirido el conocimiento de los efectos medicinales de cada especie vegetal: comunicándose con ellas y percibiéndolas desde ese primer y privilegiado órgano de percepción.

Pero Buhner es el primero en admitir que esta clase de conocimiento lleva tiempo, paciencia y la posibilidad de habilitar momentáneamente un pensamiento intuitivo, no lineal, tan corporal como mental, la clase de pensamiento que distingue a este órgano versado en sutilezas y honduras.

La última palabra es para Edward Estlin, cuyo apodo quedó por siempre confinado a las minúsculas en honor a su rebeldía gramatical. Él lo dice así:

“he aquí el más profundo secreto que nadie conoce
(he aquí la raíz de la raíz y el brote del brote
y el cielo del cielo de un árbol llamado vida; que crece más alto de lo
que un alma puede esperar o una mente puede ocultar)
y éste es el prodigio que mantiene a las estrellas en su lugar
llevo tu corazón (lo llevo en mi corazón)”

Fabiana Fondevila

Fotografía de Miriam Pösz.

Viaje a las estrellas - fabiana fondevila

Viaje a las estrellas

La ciencia ficción tiene ese efecto. Sacude nuestra imaginación y la incita a vislumbrar mundos más vastos, vibrantes y plenos de posibilidades de los que a veces parece albergar la rutina cotidiana. ¿Cómo comparar la inmensidad insondable del espacio con las previsibles dimensiones del cuarto que hoy nos toca ordenar? ¿La complejidad de un agujero negro –y su antojadiza disrrupción del tiempo y el espacio- con la maraña de cuentas a pagar? ¿El misterio de los rincones remotos de la Vía Láctea con las impávidas góndolas del supermercado?

Ante esas imágenes fulgurantes, ante esa visión del ser humano desafiando límites y conquistando terra incognita sin más imperativo que su propia sed de descubrimiento, es difícil no dejar que se escape un suspiro de asombro. Y, con él, el deseo de partir en la próxima nave espacial rumbo al infinito.

Algo de esto me ocurrió con la película que inquieta a todos por estos días, Interestelar. Por varios días caminé a varios centímetros del piso, perdiendo mi mirada con más intensidad que de costumbre en el cielo nocturno. ¿Cómo es posible que vivamos nuestras vidas como si todo aquello no existiera?, me pregunto. ¿Cómo debatirme una vez más entre cocinar uno u otro postre para Año Nuevo, habiendo enigmas tanto más nobles y dignos de sondear? Y, abrazando al fin el inevitable cliché, ¿cómo puedo inquietarme por mis pedestres compromisos laborales, sabiendo que somos hormigas galácticas sin peso ni sustancia alguna?

Mientras dura la obnubilación, casi que me olvido de todo lo que me deslumbra a diario de este muy pedestre planeta que nos tocó habitar. Miro a los pájaros como si fueran vecinos de toda la vida, carentes por completo de misterio. Riego mis plantas sin detenerme a saludar el nuevo brote, sin maravillarme ante el vigor con el que estira sus brazos verdes al sol. Salgo a caminar sin la expectativa habitual: la de toparme con algún yuyo desconocido que asoma entre el pasto, atisbar una cadena de nubes con forma de cordillera, o pescar el animoso intercambio entre el viento y las copas de los álamos.

Estoy, decididamente, presa de las estrellas.

Anoche, por gracia o por fortuna, algo rompe el hechizo. Tras el calor subyugante del día, se insinúa una tormenta. Salgo al jardín, deseosa de fresco. El espectáculo me toma por asalto. Hay humedad en el aire, torbellinos de viento que llevan y traen noticias de la lluvia. En el cielo, una paleta bizarra: un rosa crepuscular se sobreimprime sobre el cielo oscuro, producto de algún ignoto fenómeno atmosférico, y convierte a las nubes en una gran pantalla. Cada tanto, latigazos de luz sin sonido.

El cielo se estremece, sí, pero también la tierra. Aquí abajo, nadie permanece indiferente a la trémula excitación del aire. Los pastos, las plantas, las ranas del estanque, el estanque, todos guardan un silencio apenas contenido y lleno de suspenso. Sobrevuela un murciélago, y su loco aletear dice lo que todos callan.

Ya falta poco, ya se desata. Ya llega el torrente que limpia, que azuza, que despierta nuestros rincones dormidos. Lo recibiremos juntos, esta gran familia sin peso ni sustancia, con el improbable don del festejo.

Contra toda evidencia, estoy segura de que no soy la única que baila.

Una gran sinfonía - Fabiana Fondevila

Una gran sinfonía

¿Alguna vez tuviste la sensación de que tu vida se va escribiendo sola, casi sin tu intervención, y que los puertos de destino (aun sin conocerlos) parecen haber estado prefijados en algún mapa invisible?

Tras investigar los mitos ancestrales de la humanidad, y observar el desarrollo de tantas vidas, Joseph Campbell advirtió lo mismo. Así lo cuenta en sus diálogos con el periodista Bill Moyers, reunidos en el libro “El poder del mito”:

“En su espléndido ensayo titulado Sobre la aparente intención en el destino de un individuo, Schopenhauer señala, que cuando uno llega a una edad avanzada y mira hacia atrás, su vida parece haber tenido un orden y un plan consistente, como si hubiera sido compuesta por un novelista. Sucesos que al ocurrir parecieron accidentales y de poca importancia resultan haber sido factores indispensables en la composición de una trama consistente. ¿Quién compuso esa trama? Schopenhauer sugiere que, así como nuestros sueños son compuestos por un aspecto de uno mismo del que la propia consciencia no tiene noticias, así también, nuestra vida entera es compuesta por una voluntad oculta en nuestro interior. Y así como personas que conociste de manera aparentemente accidental terminaron por convertirse en agentes protagónicos de tu vida, vos también habrás servido sin saberlo como agente, brindando sentido a las vidas de otros. Todo se engrana como una gran sinfonía, con cad cosa estructurando inconscientemente todo lo demás. Schopenhauer concluye que es como si nuestras vidas fueran las distintas pinceladas del gran sueño de un gran soñador, en el que todos los soñantes sueñan a su vez; de forma que todo está vinculado, movido por la gran voluntad de vivir que es la voluntad universal de la naturaleza.

Es una idea magnífica, una idea que aparece en la India con la imagen mítica de la Red de Indra, que es una red de gemas en la que, en cada hilo que se entrecruza con otro, hay una gema que refleja a todas las demás gemas. Todo nace en relación mutua con todo lo demás, de manera que uno no puede culpar a nadie por nada. Es como si hubiera una única intención detrás de todo, que siempre tiene una suerte de sentido, aunque ninguno de nosotros sepa cuál es ese sentido, ni haya vivido exactamente la vida que tenía planeada.”

¿Cuál podría ser ese argumento que tu vida ha ido dibujando, mientras te ocupabas diligentemente de tantas otras cosas? ¿Quiénes fueron los agentes protagónicos de ese destino que aguardaba para sorprenderte?

¿Qué clase de mito has sido dibujando, y cuál espera aun tu atención para desplegarse a pleno?

Puede que los grandes mitos universales se hayan resquebrajado bajo el peso de la modernidad, el choque de culturas, la visión cientificista de la vida. Pero a un nivel profundo, subterráneo, seguimos siendo animales míticos. La diferencia está en que los mitos son hoy, en gran medida, íntimos y personales.

Y así como hay una trama invisible, en la que todo ocurre como por designio, es posible conectar conscientemente con la trama, y tocar las cuerdas que más nos representan. De una forma u otra, construiremos un mito. Podemos elegir encarnar el mito heredado de nuestros padres, de las vivencias de la infancia, de “lo que se espera de nosotros” según nuestras coordenadas geográficas y culturales. O podemos atravernos a escuchar otra melodía, o incluso a descubrirla, operando calladamente en nuestras vidas, y dibujar una historia de misterio donde solo había rutina, o una épica de amor o aventura donde se preanunciaba recato y monotonía. “Sigue tu pasión”, aconsejaba Campbell. Que es otra forma de decir: elige la verdadera trama de tu vida.

Fabiana Fondevila

Ilustración: patwasi

Los riesgos del ‘bypass espiritual’ - Fabiana Fondevila

Los riesgos del ‘bypass espiritual’

¿Alguna vez recurriste a tu espiritualidad para evitar enfrentar un aspecto doloroso de tu vida? ¿Dejaste pasar abusos en nombre de la compasión? ¿Te escudaste en tus aspiraciones más elevadas para evitar sentir celos o enojo, por considerarlas emociones “poco espirituales”?

Si la respuesta a alguna de estas preguntas es sí, no estás solo. La mayoría de las personas que transitan el camino espiritual caen en algún momento, sin darse cuenta, en esta distorsión que el psicólogo estadounidense John Welwood bautizó “bypass espiritual” allá por 1984. De hecho, es una ocurrencia tan común en la cultura espiritual reinante, que muy pocos perciben su existencia y los peligros que trae aparejados.

Autores como Ken Wilber y Robert Augustus Masters incluso advierten que muchos consejeros religiosos y psicólogos transpersonales hoy promueven este error, con las mejores de las intenciones, al proponerle a quienes buscan su ayuda soluciones espirituales a problemas de otro origen (cognitivos, psicológicos, hasta corporales).

El psicoterapeuta Robert Masters dice en su libro Bypass espiritual: cuando la espiritualidad nos desconecta de lo que verdaderamente importa que nuestra dificultad para tolerar y hacer frente a nuestra sombra personal y colectiva es el motor que nos lleva a buscar la espiritualidad como refugio o solución fácil a nuestros problemas. En estos casos, las prácticas o creencias no ayudan a elevarnos sino a evitar el costoso tránsito por el auto-examen y la auto-observación, a acallar la voz interior que nos dice que algo no está bien, a barrer bajo la alfombra conflictos y dificultades que piden a gritos ver la luz del día.

Así lo describe John Welwood, quien acuñó el término a partir de lo que observaba en su comunidad de practicantes budistas, y en él mismo: “Cuando caemos en el ‘bypass spiritual’, usamos la meta de la iluminación o la liberación para racionalizar lo que yo llamo trascendencia prematura: intentar elevarnos por encima del costado crudo y desprolijo de nuestra humanidad antes de haberlo enfrentado verdaderamente y haber hecho las paces con él. Y entonces procuramos usar la verdad absoluta para descalificar nuestras necesidades humanas relativas, nuestros problemas psicológicos, nuestras dificultades vinculares o déficits de desarrollo. Creo que este es una especie de ‘peligro ocupacional’ del camino espiritual, dado que la espiritualidad conlleva la visión de ir más allá de nuestra situación kármica actual”.

¿De qué formas se manifiesta esta tendencia en las personas? En una actitud de desapego excesivo, la represión de ciertas emociones (la tendencia a “anestesiar” la tristeza o el enojo), o a través una compasión ciega, una inclinación exacerbada hacia lo positivo, ignorando o denostando la propia sombra (los aspectos mal vistos de uno mismo). En casos más extremos, puede presentarse, incluso, como delirios de iluminación.

También se denomina a esta tendencia “inflación espiritual”, en referencia a la noción de que todo puede trascenderse a pura fuerza de luz y voluntad. Pero ya lo decía C.G. Jung: “Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad”.

Un ejemplo de Welwood, en relación a la práctica del budismo en Occidente: “Si uno intenta practicar el desapego renegando de la propia necesidad de recibir amor, lo único que logra es desterrar esa necesidad al Inconsciente, donde posiblemente actúe y se manifieste de maneras potencialmente peligrosas”.

Explica el terapeuta: “Es fácil usar conceptos como ‘la verdad del vacío’ de una manera distorsionada. La enseñanza es que los pensamientos y las emociones no tienen existencia verdadera, que son apenas ilusiones del Samsara (el mundo de las formas), y por lo tanto, no debemos prestarles atención. ‘Debes reconocerlos como formas vacías y, atravesarlos sin más’, es el consejo que reciben los discípulos. Esto puede ser útil en el ámbito de la práctica, pero en situaciones de la vida, esas mismas palabras pueden ser usadas para reprimir o negar sentimientos que requieren nuestra atención. Lo he visto ocurrir en numerosas ocasiones”.

“Temo que lo que muchos budistas occidentales están practicando no es desapego, sino evitación del apego. Esto no es lo mismo que liberación del apego: es otra forma de apego: se apegan a la negación de sus necesidades humanas, por desconfianza en el amor” , subraya.

Este fenómeno se asocia en parte con la explosión de interés en la espiritualidad que acontece en los años 60 y la adopción por parte de Occidente de prácticas y saberes del Oriente; y también con la deformación de estas prácticas y creencias en lo que ha dado en llamarse “espiritualidad de consumo rápido”.

Pero no es privativo de las tradiciones orientales ni de sus prácticas; la oración también puede ser usada como una manera de evitar contactar con las heridas psicológicas y los dolores del corazón.

Lo cierto es que no hay nada instantáneo en el proceso de crecimiento espiritual. Quienes conquistan la madurez en este terreno lo hacen a fuerza de años de trabajo interior y transparencia, sabiéndose pequeños y falibles en cada paso del camino. En términos de Welwood, en ellos la fruta cae del árbol por su propio peso, en lugar de ser arrancada prematuramente de la rama.

Hay en estos seres añejados espiritualmente -sean monjes, maestros o barrenderos- una cualidad de integridad y de arraigo. No son almas descarnadas ni aparentan serlo. No están, ni se pretenden, más allá de nada. Por eso son capaces de abrazar la complejidad de quienes los rodean con amor, y mostrar el camino hacia una transcendencia real, sin atajos ni ilusiones de santidad, con simple vocación humana.

¿Qué más podríamos desear?

Fabiana Fondevila

El cuarto portal - Fabiana Fondevila

El cuarto portal

Todos sabemos que las palabras tienen poder. Poder para alegrarnos, poder para lastimarnos, poder para adormecernos y poder para despertarnos. Tienen poder sobre nosotros las palabras que emiten otros, y también lo tienen las que nos dirigimos a nosotros mismos.

En la tradición budista, el hablar correcto forma parte del sila, o conducta ética, que a su vez es el tercer elemento del noble camino óctuple, que lleva al cese del sufrimiento. ¿Qué involucra ese “hablar correcto”? Hablar con la verdad, hablar con ánimo de no dañar y si es posible de ayudar, hablar con el corazón. Dice Jack Kornfield, autor de valiosos libros sobre el budismo y la meditación: “Si queremos hacer el bien, éste debe estar presente en las las palabras que decimos a las personas con las que vivimos, a las personas que nos cruzamos en la calle, a las personas con las que interactuamos en los negocios, a las personas con las que trabajamos. Si queremos evitar la guerra nuclear, debemos prestar atención a lo que decimos, prestar atención a si las palabras que decimos están conectadas con nuestro corazón, a cuándo no lo están, y a qué está ocurriendo cuando no lo están”.

A veces es el miedo el que nos lleva a guardarnos la palabra justa y necesaria: miedo a exponernos, a decir demasiado, a mostrarnos débiles o arrogantes, a equivocarnos. Y otras veces, por el contrario, la ansiedad y el temor nos llevan a hablar por demás, tapando los silencios incómodos que nos obligarían a mirar para adentro, a desnudarnos ante nosotros mismos, a entender más y mejor.

Cuenta Joseph Goldstein, profesor de meditación Vipassana, que una vez se propuso pasar un mes sin participar en ninguna instancia de “chismes”: no hablar ni una palabra sobre terceros en su ausencia, ni siquiera para decir algo positivo. Para su gran sorpresa, pronto advirtió que de ese modo perdía el 90 por ciento de su discurso.

¿Cómo saber cuándo hablamos desde el corazón? A veces alcanza con detenernos en medio de una conversación, conectar con nosotros mismos por un instante, y preguntarnos qué es lo que realmente queremos decir en ese momento. No lo que sale automáticamente, no la respuesta de rigor, la más ingeniosa, inteligente o simpática, sino aquella que desde nuestras profundidades pide ser dicha.

Ante la duda, cabe evocar aquella antigua máxima Sufí, que no ha perdido ni un ápice de su sabiduría con el correr de los siglos.

Dice así:

Antes de hablar, deja que tus palabras atraviesen tres portales:
Ante el primer portal, pregúntate: ¿Es verdad?
Ante el segundo: ¿es necesario?
Ante el tercero: ¿es provechoso?

Y hasta podríamos agregar un cuarto portal, a modo de profundización del tercero:

“¿Es amoroso?”

Allí estaremos golpeando las puertas del único juez capaz de responder con veracidad y conocimiento de causa: el antiguo y certero corazón.

El sencillo arte de la felicidad - Fabiana Fondevila

El sencillo arte de la felicidad

Joie de vivre. Esta expresión del francés puede traducirse fácilmente como “alegría de vivir”. Pero como siempre pasa con los idiomas, algo de la chispa original del concepto parece perderse en la traducción. No importa: Matthieu Ricard, científico, fotógrafo, monje budista y traductor, la encarna de maravillas. No casualmente, uno de sus libros más recordados se titula, precisamente, En defensa de la felicidad. Su nueva obra -aun por traducirse al español- se llama La revolución altruista, pero no significa esto que el autor haya cambiado el foco de sus indagaciones. Para Ricard, altruismo y felicidad son conceptos tan entrelazados que es imposible hablar de uno sin mencionar al otro. De eso trató la charla que dio en Green Tara Happiness, en el auditorio del MALBA, el viernes pasado.

Su llegada fue anunciada -como lo es adonde sea que viaje, desde un tiempo a esta parte- como la visita del “hombre más feliz del mundo”, un mote del que el monje se ríe gustoso. Pero durante su presentación en Buenos Aires, no se privó de señalar a la imagen de un anciano tibetano completamente desdentado en la pantalla grande y aclarar: “Ahí lo tienen. Ese es el hombre más feliz del mundo!”

Podría parecer una ocurrencia del momento. Pero Ricard ya ha expresado ese mismo concepto muchas veces antes. Por ejemplo, de este modo: “Los chicos, los ancianos y los vagabundos se ríen fácilmente y con entrega. No tienen nada que perder y esperan poco. En la renuncia (a los bienes materiales) hay un delicioso sabor de sencillez y una profunda paz”.

No obstante, no es la renuncia exactamente lo que ha vino a proponer Ricard en su primer viaje a la Argentina, sino, más bien, la importancia de trocar nuestra obsesiva preocupación con nuestros propios asuntos por una mirada más amplia, más compasiva, más respetuosa del bienestar de todos los seres sintientes y del planeta mismo. Y si esto implica alguna forma del sacrificio, que sea un sacrificio con alegría, que no es sufrimiento alguno.

En su exposición, Ricard puso de relieve un dato que no suele escucharse, y que muchos sin duda discutirían: que a pesar de toda apariencia, y contra lo que parecerían reflejar cada noche los noticieros, el derrotero de la humanidad ha ido deviniendo notablemente más cooperativo y menos violento con el pasar de los años. Sustentó la premisa con cuadros y gráficos, y también con el más puro sentido común: “Si hoy todos nos vamos de esta sala luego de haber solamente conversado amablemente, este hecho no será titular de ningún diario. Pero si uno ahora se levanta y agarra a las trompadas con el de al lado, eso será sin duda noticia.”

Este status qúo que todos damos por sentado ha sido bautizado por ciertos autores “la banalidad del bien”, en respuesta al término contrario acuñado por Hannah Arendt en relación a la indiferencia de un jerarca nazi por las atrocidades cometidas durante el Holocausto.

El altruismo avanza, sostuvo el monje, porque la tendencia a dar y recibir son parte de la naturaleza humana, y, más aún, constituyen ingredientes fundamentales de la felicidad.

Joven estudiante en una de las escuelas contruidas por Karuna-Shechen, la organización de bien social que dirige Ricard, en el Tíbet.

Pero nada de esto puede darse por sentado: hay que trabajar para afianzar estos dones en nosotros mismos, aprender a ablandar el corazón, a inclinar nuestra mente en dirección del bien y a sensibilizarnos cada día un poquito más hacia el sufrimiento ajeno.

Afortunadamente, tenemos una herramienta sin igual para poder hacerlo: la compasión. A diferencia de la empatía, que equivale a sentir lo que siente el otro (una cualidad clave como punto de partida), la compasión nos permite hacer foco, no tanto en el sufrimiento percibido sino en el ferviente deseo de ayudar que nos provoca. En otras palabras, en el amor. De ese modo, evitaríamos el tan mentado “burn-out” (agotamiento) que aflige a médicos, maestros y muchos de quienes se dedican a ayudar.

Estudios de mapeos cerebrales corroboran que, en estado de meditación compasiva, las áreas que se iluminan (entre ellas una estructura conocida como la ínsula) tienen vinculación con la percepción de estados emocionales y sus correlatos en el cuerpo. Curiosamente, también se halló relación entre una mayor proclividad a la compasión y un menor índice de depresión. O sea que estar más conectado y deseoso de aliviar a los demás redundaría, curiosamente, en un estado anímico más elevado.

De las dos grandes enseñanzas del budismo -la sabiduría (entendida como el conocimiento de la naturaleza última de la realidad) y la compasión, Ricard claramente se inclina por la segunda como virtud suprema, aunque considere que ambas son inseparables.

Durante el segmento de preguntas y respuestas de uno de los paneles, se permitió compartir algo que le dijo a Jon Kabat-Zinn, introductor de la práctica conocida como Mindfulness (Atención plena) en Occidente: “Es una muy buena práctica, pero ¿por qué no introducen la palabra “amorosa” o “compasiva” después de “Atención plena”? Porque con la atención sola no alcanza: un franco tirador puede actuar con suma concentración y presencia”. Luego se permitió decirle al público, sólo a medias en broma: “Si tienen que elegir una de las dos, elijan la compasión; tendrán dos prácticas por el precio de una!”

Si hubiera que resumir toda la ciencia y el saber espiritual transmitido por Ricard a lo largo de la conferencia, podríamos apelar a una frase que citó del gran Martin Luther King Jr.: “Cada hombre debe decidir si caminará en la luz del altruismo creativo o en la oscuridad del egoísmo destructivo”. Pero también podemos quedarnos con la síntesis del propio monje, que resumió dos horas de exposición con cuatro sencillas palabras: “Be good. Do good” (Sean bondados. Hagan el bien”).

¿Qué más haría falta agregar?

Refugiada tibetana, Matthieu Ricard
En defensa del deseo - Fabiana Fondevila

En defensa del deseo

La brisa del alma
guarda secretos para ti.
No te vuelvas a dormir.
Debes pedir lo que realmente quieres.
No te vuelvas a dormir.
La gente viene y va a través del umbral
Donde los dos mundos se tocan.
La puerta es redonda y está abierta
No te vuelvas a dormir!

El poema, del místico sufí Jalaluddin Rumi, se inspira en ese rito liminal que es la oración del amanecer en la tradición musulmana. Pero en verdad habla de tanto más.

“Debes pedir lo que realmente quieres”, urge el poeta. ¿Cuán seguido nos hacemos esa pregunta y la contestamos desde el corazón? En ámbitos espirituales, por muchas razones, parecería que expresar un deseo personal no constituye un cometido digno; como si todo deseo fuera necesariamente producto del ego, y el ego fuese una suerte de torpe embajador al que hay que acallar por temor a que nos avergüence. Como consecuencia, ponemos sordina a ciertas emociones, temerosos de que dejen entrever algún ansia impropia.

Pero he aquí lo interesante: lejos de impropio, vergonzoso o poco espiritual, el deseo es el primer motor de la vida, y rechazarlo es oponerse a la más persistente expresión del espíritu en nuestro interior. La reticencia respecto del deseo se extiende a la pasión, una de sus vertientes más terrenales y reconocibles. De forma silenciosa y casi inadvertida, se han vaciado de pasión las disciplinas del alma, incluyendo una que nació como un anhelo desenfrenado por comprender la realidad: la filosofía. En su libro “Espiritualidad para escépticos”, Robert C. Solomon señala: “Sócrates y Platón, por ejemplo, aquellos antiguos modelos de la razón y la racionalidad, tenían una relación apasionada con la filosofía y directamente erótica con la Verdad. En El banquete, Sócrates (Platón) manifiesta que la filosofía (que viene de philia) es una forma de amor, incluso una forma de lujuria (eros). El hecho de que la pasión que define la búsqueda de la Belleza por parte de Sócrates (Platón) no sea una philia contenida y caballerosa sino eros, el deseo sexual (erótico), resulta aún más sorprendente”.

En el terreno de las religiones la pasión corrió una suerte similar. Las principales tradiciones monoteístas lo desterraron como a un virus peligroso. Señala Nietzche que esta férrea oposición no mató a Eros sino que lo volvió vicioso (algo que puso en el camino del psicoanálisis su principal asignatura).

Las tradiciones de Oriente tampoco escaparon a este dilema. El psicoterapeuta budista Mark Epstein explora a fondo este estado de cosas en su obra, aún no traducida, “Open to desire. The truth about what the Buddha taught” (Abierto al deseo. La verdad acerca de lo que enseñó Buda”), en la que subraya que Buda nunca se pronunció contra el deseo en sí, sino contra el apego a nuestros anhelos. Así lo dice el autor: “La Segunda Noble Verdad de Buda, acerca de la causa o la irrupción de dukkha (sufrimiento) es traducido tradicionalmente como ‘La causa del sufrimiento es el deseo”. Aunque ahora sé que es una traducción errónea, sigue siendo la principal causa de la mala comprensión de la intuición de Buda. (…)

En la primera década de mi involucramiento con el budismo, mientras viajaba a Asia, realizaba retiros silenciosos de meditación y me zambullía en la cultura budista que emergía entonces en Occidente, noté una valorización general del estado de “no tener preferencias” y una demonización del deseo. El mundo no es un problema para una persona sin preferencias, nos decíamos unos a otros (…).

Esta perspectiva contracultural parecía, al comienzo, fresca e inspirada. Hacer a un lado el impuso convencional hacia el confort y la seguridad habilitaba un tiempo y un espacio para la contemplación espiritual. Sin embargo, lo que produjo en los hechos fue un grupo de personas incapaces de decidir qué hacer o a dónde ir. Hasta ir a un restaurant generaba problemas irremontables.”.

Más grave que eso, Epstein cuenta que muchas de las personas con inclinaciones espirituales que lo visitaban en su consultorio -sin importar de qué tradición vinieran- se veían inquietas, casi temerosas, incómodas en su propia piel. Al tomar contacto con sus deseos en la terapia, algo en su interior se aflojaba. La observación no sorprende: escindidos de nuestro deseo no podemos ser nunca del todo nosotros mismos, ni mucho menos ser canal idóneo para nuestra energía vital.

La tradición de separar y hasta poner en bandos contrarios al espíritu y la materia, lo sagrado y lo mundano, lo vincular y lo transcendente, redunda siempre en un empobrecimiento de ambos planos: empalidece nuestra noción de lo divino y envilece nuestra visión de nuestros propios cuerpos y su paso por el mundo.

No obstante, hay en nuestro fuero más íntimo un lugar donde ambas esferas confluyen y se nutren una de otra, un lugar físico y metafórico donde la vida nos duele y atraviesa, nos eleva y convoca, nos convierte en seres únicos y nos une con todo lo que palpita a nuestro alrededor: el corazón. En esa recámara oculta se tejen los hilos de nuestra vida, y toda resistencia a sus designios más profundos nos aleja del camino.

“El problema no es tu deseo, es que tus deseos no son lo suficientemente grandes”, dijo el sabio hindú Sri Nisargadatta. Y es que en esos estratos, lo que ansiamos como individuos se parece mucho a lo que pide de nosotros la vida: crecer, conectar, sentir, celebrar.

¿Cómo saber si es esa voz la que escuchamos, y no alguno de sus muchos velos? No siempre es fácil, pero sí es sencillo: su voz suena siempre, clara e inequívocamente, como la voz del amor.

Fabiana Fondevila

Vivir el otoño - Fabiana Fondevila

Vivir el otoño

Se siente en el aire. No es sólo la temperatura que descendió varios grados, invitándonos a desempolvar los pulóveres de un día para otro. El cambio es más abarcador, más hondo y a la vez más sutil. Algo está llegando a su fin, algo nuevo se presenta.

El otoño no es nuevo, por supuesto, como no lo es la primavera, el verano ni el invierno. En las latitudes del mundo en que las estaciones se explayan sin pudor, estas transiciones son familiares y a veces hasta esperadas con ansias. Pero siempre es asombroso el cambio de mareas que viene a recordarnos -sin falta, cada tres meses- que lo único cierto e indudable es la transformación.

En estos días todavía tibios, que alrededor del mediodía parecen arrastrar los pies rememorando fuegos pasados, ya olemos en la brisa los rigores que vienen. Nuestros cuerpos lo perciben: en un futuro no muy lejano habrá frío, habrá oscuridad, habrá calma y sosiego.

Y hoy mismo, todo es diferente. La oscuridad ya le subió la apuesta a la luz y ambas reclaman por igual su porción del día. Los árboles sueltan hojas y siembran semillas. El aire es seco, como si alguien hubiese estrujado la humedad del ambiente como un trapo. Los verdes mutan al amarillo con paso lento pero seguro. ¿Qué hacer? ¿Cómo prepararnos para recibir al nuevo mundo?

En lo terrenal y mundano, es sencillo. El deseo nos guía hacia las comidas calientes, los tés, las sopas nutritivas. Aun si vivimos en ciudades, podemos conectar con lo que ocurre en la naturaleza reencontrándonos con la cosecha de la época: nueces, zapallos y calabazas, uvas, peras y manzanas. Si disponemos de un poquitito de tierra, podemos plantar tubérculos: zanahorias, rabanitos, puerros y cebollas. También habas, porotos y verduras de hoja. Nuestras cocinas se vuelven espejo de la estación si cocinamos esas mismas frutas y hortalizas, impregnando la casa con sus aromas: puré de calabaza, manzanas asadas con canela, peras al vino, nueces al caramelo.

Pero esta estación nos pide también movimientos más sutiles. Así como se acortan los días, el otoño nos llama, con su leve contracción, a hacer lugar a nuestra propia oscuridad. Dice la poeta Joyce Rupp, en su libro Little pieces of light: “Con gratitud reconozco que la oscuridad ha dejado de ser un enemigo para convertirse cada vez más en un lugar de silenciosa nutrición, un lugar donde es posible la lenta y segura gestación que requiere mi alma para crecer. Hoy no sólo doy la bienvenida a la luz en mi vida sino que hoy comprendo cuánto necesito amigarme con mi oscuridad interior”.

Un segundo movimiento es el que vemos ocurrir a nuestro alrededor: soltar lo viejo, entregarlo a la tierra para que lo absorba, transmute y convierta en fértil humus para nuevos nacimientos. ¿Qué de todo lo que venimos forjando ha perdido impulso? ¿Qué estamos sosteniendo a fuerza de hábito o por puro miedo a dejarlo ir? ¿Qué podría ser bueno y útil nuevamente si lo despojáramos de forma, como un trozo de arcilla que estrujamos y volvemos a amasar de cero? Como la materia siempre expresa e inspira al espíritu, una forma de ayudarnos en el soltar es hacerlo concretamente: desprendernos de todas aquellos objetos que hace rato que no usamos y encontrarles un destinatario mejor. Ser parte consciente del ciclo del dar y el recibir, entendiendo que no son instancias opuestas sino dos momentos del mismo gesto, gobernado por el amor.

Por fin, el otoño nos llama a reconocer con nuestras células la verdad de la impermanencia. Cada hoja que cae nos lo recuerda: nada dura para siempre. Lejos de penar por la transitoriedad, lo que este tiempo nos propone es aquel adagio que no pierde vigencia: Carpe diem. Este cielo que hoy miramos, con sus nubes antojadizas y su belleza, durará lo que un instante. Esa sonrisa que me regala mi hijo, mi amado, mi amigo, es una instantánea que no volverá, de esa misma forma, en mi vida o en la de ellos. Hasta el aire que respiramos, con sus aromas y sensaciones, es un recorte único. Vivir el otoño es ejercitar el corazón valiente que le dice sí a todo. Abrazar, celebrar y dejar partir.

Fabiana Fondevila

Cuando la gratitud le gana al odio - Fabiana Fondevila

Cuando la gratitud le gana al odio

Prabhjot Singh podría ser hoy un hombre con una historia de terror para contar. En cambio, ha elegido contar una historia de gratitud.

Hace unas semanas, fue atacado violentamente en el barrio neoyorkino de Harlem, donde reside con su mujer y su pequeño hijo. No lo atacaron para robarle, y tampoco fue un ataque azaroso. Los jóvenes que descargaron su furia sobre él se enojaron con su barba y su turbante -símbolos de la práctica del sijismo, la religión india a la que Prabhjot pertenece-, que pensaron lo identificaban como un musulmán. Fue, por lo tanto, un ejemplo clásico de violencia racial, que podría haber terminado en lo que hoy se conoce como “un crimen de odio”.

Prabhjot es un profesor adjunto de Relaciones Internacionales en la Universidad de Columbia, y un residente de medicina interna en el Hospital Mount Sinai, en Nueva York. Su esposa es la fundadora de City Health Works, una institución sin fines de lucro que provee servicios médicos a las comunidades de East Harlem. Pero, sobre todo, esta pareja de vida sencilla e ideales altos, venera los preceptos Sij que exaltan la compasión, la humildad y la igualdad entre las personas ante todas las cosas. En lugar de devolver ira con ira, Prabhjot eligió entender su experiencia de la siguiente, admirable manera:

“Las personas me preguntan qué siento al haber sido víctima de la violencia racial. Honestamente, no puedo darles una mejor respuesta que, simplemente, ‘Gratitud’.

Siento gratitud por varias razones. Si me hubieran atacado apenas un poco más violentamente, podría no estar consciente hoy para contar mi historia. Si me hubieran atacado sólo media hora más temprano, hubiesen lastimado a mi mujer y a mi hijo de un año. Y si me hubieran atacado en cualquier otro lugar, no habría habido transeúntes alrededor para salvarme.

Recuerdo que mis atacantes me gritaron insultos como ‘Osama’ y ‘terrorista’ antes de agarrarme de la barba. El recuerdo más vívido e inesperado es de cuando me tiraron al piso de una trompada. Recuerdo estar ahí, tirado en el piso, esperando que los golpes y las patadas se detuvieran.

Sí, es cierto que mis atacantes me fracturaron la mandíbula y me arrancaron algunos dientes con sus golpes mientras me gritaban insultos. Pero entiendo que podría haber sido mucho peor. Soy médico residente en East Harlem, Manhattan, y he visto la clase de daño que las personas con capaces de infligir inspirados por el odio. Por eso, me considero extremadamente afortunado.

Las personas me preguntan todo el tiempo si vamos a dejar el barrio. Mi esposa y yo no tenemos ninguna intención de mudarnos. Hemos amado vivir los últimos años en esta zona amistosa y vibrante; nuestras experiencias aquí han sido mayormente positivas. Nos encanta servir a esta comunidad, y hemos construido nuestras carreras para ayudar a proveer servicios de salud accesibles a barrios como este. Mi esposa acaba de inaugurar City Health Works, un emprendimiento sin fines de lucro que ayuda a formar médicos y a mejorar la salud de la comunidad de Harlem. Yo también ejerzo la medicina en este barrio, y soy profesor en la Universidad de Columbia, y mi gran objetivo es proveer servicios de salud para las comunidades carenciadas.

Más que desear que atrapen a mis atacantes, me importa que les enseñen. Mi tradición me enseña a valorar la justicia y la responsabilidad individual, pero también me enseña el amor, la compasión y la comprensión. Es una situación difícil. Me importa la gente de mi comunidad. Quiero que las calles sean seguras para mi hijo, pero al mismo tiempo, no me siento cómodo con la idea de poner a más jóvenes de mi barrio en el camino rápido a la encarcelación. Este incidente, por más desafortunado que sea, puede ayudar a iniciar una conversación en mi barrio que cree más entendimiento en la comunidad.

Mi esposa y yo pensamos criar a nuestro hijo en Harlem, y no puedo dejar de ver a los jóvenes que me atacaron como vinculados a él de algún modo. En un mundo hostil, ¿podría, él también, ser llevado a una acción semejante? ¿Podría él también sentir esa clase de odio?

Mi esperanza es que no. Mi esperanza es que nuestra familia siga formando parte de este barrio, que sigamos disfrutando de sus parques y sus plazas, y construyendo relaciones a través de nuestros trabajos. Creo que esto traerá un cambio positivo que nos fortalecerá a través de nuestra diversidad.

Puede que mi hijo algún día decida seguir practicando la religión Sij como adulto. Mi esperanza es que nuestro barrio, y todos los barrios del país, le brinden su apoyo sin importar cuál sea su camino.

Por eso, mi respuesta hoy es la gratitud. Mañana, mi respuesta también será la gratitud. Gratitud a la enfermera, al hombre mayor y a los otros samaritanos que vinieron en mi socorro; a la comunidad de Harlem; a mi comunidad de la Universidad de Columbia, a mi comunidad Sij; también a mi rol como marido, padre, médico, americano, maestro, activista y vecino.

Esta gratitud nos permite a mi esposa y a mí mismo permanecer optimistas de que nuestro hijo nunca va a tener que sufrir lo que yo acabo de experimentar.”

Al publicarse la historia de Prabhjot en el sitio de buenas noticias “Daily Good” (www.dailygood.org), entre una multitud de comentarios, un vecino del barrio de East Harlem, consignó este mensaje: “Gracias por tomar postura y gracias por elegir quedarse (…). Hay más que suficiente amor para usted y su familia en Harlem. Somos todos una gran comunidad. Gracias por su servicio.”

Fabiana Fondevila