Poesías - Fabiana Fondevila

La paz de las cosas salvajes

Poesías - Fabiana FondevilaCuando el temor por el mundo crece en mi
y despierto en la noche ante el menor sonido,
preocupado por qué será de mi vida y de las vidas de mis hijos,
voy y me acuesto allí donde el pato
descansa en su belleza en el agua, y la garza real se alimenta.

Entro en la paz de las cosas salvajes
que no ponen a prueba sus vidas con la anticipación del dolor.
Entro en la presencia del agua quieta.
Y siento sobre mi cabeza a las estrellas ciegas al día
esperando con su luz. Por un momento,
descanso en la gracia del mundo, y soy libre.

Wendell Berry
Estados Unidos, 1934

Poesías - Fabiana Fondevila

¿Y dónde está la alegría?

Poesías - Fabiana Fondevila“Y la alegría está en todas partes;
Está en la verde cubierta de hierba de la Tierra;
Está en la serenidad del cielo azul ;
Está en la exuberancia de la imprudente primavera;
Está en la abstinencia severa del gris invierno;
Está en la carne Viva que anima nuestra estructura corporal;
Está en el perfecto equilibrio de la figura humana, noble y justo;
Está en la Vida;
Está en el ejercicio de todos los poderes;
Está en la adquisición de Conocimiento;
en la lucha contra los males …
La alegría es allí en todas partes.”

Rabindranath Tagore
(1861-1941)

Poesías - Fabiana Fondevila

Canto inuit

Poesías - Fabiana FondevilaY recordé una vez más
mis pequeñas aventuras
mientras el viento de la costa me llevaba
mar adentro en mi kayak
y sentía el peligro.

Mis lágrimas,
esas pequeñas que pensé tan grandes
por todas las cosas vitales
que tenía que lograr y conseguir.

Y sin embargo, hay solo
una cosa grande.

La única cosa.
Vivir para ver, en chozas y en travesías,
el gran día que amanece,
y la luz que llena el mundo.

Canto tradicional del pueblo Inuit

Traducción: Fabiana Fondevila

poesías - Fabiana Fondevila

Ríos de luz

poesías - Fabiana FondevilaEl Amado está dentro de ti, y dentro de mí.
Sabes que el brote está oculto en la semilla.
Todos estamos luchando; nadie ha llegado lejos.
Suelta tu arrogancia, y mira en tu interior.
El cielo azul se abre más y más,
El sentido cotidiano de fracaso se disipa.
El daño que me he hecho a mí mismo y a los demás se disipa.
Un millón de soles vienen a alumbrar
cuando me siento firmemente en ese mundo.
Escucho sonar campanas que nadie ha batido.
Adentro del “amor” hay más alegría de la que conocemos.
Cae la lluvia, aunque el cielo está libre de nubes.
Hay ríos enteros de luz.
El universo está atravesado en todas partes por un único tipo de amor.
¡Qué difícil que es sentir ese amor en todos nuestros cuerpos!
Aquellos que quieren ser razonables con esto fracasan.
La arrogancia de la razón nos ha separado de ese amor
Con la palabra “razón”, ya estamos a kilómetros de distancia.

– Kabir

Traducción del inglés: Fabiana Fondevila

En el bosque AguasNegras - Fabiana Fondevila

En el bosque AguasNegras

Mira, los árboles
convierten sus cuerpos
en pilares de luz,
desprenden una honda
fragancia de canela
y plenitud
los largos estambres
de las totoras se abren
y se van flotando
por las márgenes azules
de las lagunas y cada laguna,
sin importar cuál sea su nombre
no tiene nombre ya.

Cada año cada cosa
que he aprendido
en esta vida
me devuelve a esto:
los fuegos y el negro río
de la pérdida cuya
otra orilla es salvación,
cuyo significado
nunca sabrá ninguno de nosotros.

Para vivir en este mundo
debes poder hacer tres cosas:
amar lo que es mortal
abrazarlo contra tus huesos
sabiendo que tu propia vida
depende de ello;
y, cuando llegue
el tiempo de dejarlo ir,
dejarlo ir.

Mary Oliver

Arquetipos: los personajes que nos habitan - FabianaFondevila

Arquetipos: los personajes que nos habitan

Quizás alguna vez fue necesario ser dócil y complaciente; hay infancias que lo exigen como método de supervivencia. Quizás, para otros, fue inteligente esconder lo que sentían bajo una coraza de inmutabilidad. Acaso uno debió ser adulto antes de tiempo. O, por el contrario, tuvo que entregarse a una inocencia forzosa de ojos que no ven, corazón que no siente.

Todas estas opciones -estas formas de ser que nos habitan, estos arquetipos– han sido, sin duda, fieles compañeros de camino. Pero es probable que hoy, como ropas que ya quedan chicas o disfraces que no nos representan, limiten nuestros movimientos y constriñan nuestra energía. En algún momento, la inmutabilidad que nos ayudó a llegar enteros a la madurez se erigió en una armadura que nos roba la alegría. La docilidad que nos aseguró el amor materno nos volvió débiles, incapaces de expresar nuestros deseos y resguardar nuestro espacio. La adultez prematura dejó goces vitales por el camino. La inocencia forzosa nos impidió echar sólidas raíces. Cuando esto ocurre, es tiempo de rever esos mitos fundantes y descubrir cuánto de nosotros encarnan verdaderamente.

A no engañarse: no es tarea fácil. Por su propia naturaleza, un arquetipo se lleva como una segunda piel, sin la distancia necesaria para reconocerlo como tal. Pero siempre hay pistas. A veces son los otros los que nos señalan que un comportamiento se ha vuelto obsesivo o anquilosado, que no sirve a nuestros mejores intereses, o, incluso, que no parece genuino sino heredado de alguna situación antigua, o aceptado como mandato.

Tomemos como ejemplo un arquetipo muy frecuente entre las mujeres (aunque de ningún modo exclusivo de ellas): el de la ayudadora compulsiva, representado en el Eneagrama (antiguo sistema de clasificación de personalidades) por el eneatipo 2. Estas personas van por la vida adoptando (muchas veces, en sus vínculos amorosos) “almas necesitadas”, que son expertas en detectar, y establecen así un vínculo de mutua satisfacción: ellas hacen por ellos (o por otras “ellas”); ellos dejan hacer. (Los segundos, seguramente, estarán encarnando a su vez un arquetipo que les es familiar: el que los representa como dependientes y incapaces de ocuparse de sus propias vidas.) Como todo mito fundante, la cualidad esencial que encarna el rol del ayudador es real, legítima y valiosa: dar cuidado, servicio, ternura y amor. Pero también es prerrogativa de los arquetipos “tomar” a la persona al punto de convertirla en una caricatura de sí misma. Entonces se pierde toda noción de intercambio, y la “ayudadora” pasa a ser una dadora universal en todo ámbito y circunstancia, a expensas de sus necesidades, autonomía y a veces de su propia salud.

Otro ejemplo (algo más prevalente entre los hombres), es el de la persona que, por falencias afectivas de la infancia, se construye un bastión de autosuficiencia y impermeabilidad al dolor. Este puede ser un mito altamente funcional durante muchos años. Pero llegado el momento de establecer un vínculo de pareja, por ejemplo, se resquebraja y hace agua con cada intercambio.

A veces el mito fundante no se erige tanto en una forma de ser sino en la pertenencia a una institución, como, por ejemplo, el de la familia y el matrimonio. Si ese marco contenedor ha sido el norte y fin último de toda una vida, una crisis conyugal amenazará con poner fin, no a una historia de pareja, sino a la propia existencia.

Hasta que las personas logran reconocer a sus arquetipos por lo que son, viven convencidos de que ellos “son” así, del mismo modo en que tienen determinada altura y cierto color de ojos, y que no hay nada que puedan hacer al respecto. Por supuesto, subterráneamente siempre hay voces de descontento que buscan hacerse oír. Si son escuchadas, la aparición de un nuevo mito será suave y paulatina; si no, tendrá la forma de un motín a bordo.

Decía Joseph Campbell: “Los mitos no son correctos o equivocados; funcionan o no funcionan”. ¿Cuál es el ocaso deseable de un mito que ya no funciona? Ser subsumido e incluido en un nuevo mito más coherente con la nueva realidad. Pero siempre, primero, el viejo y el nuevo mito entrarán en tensión. En esa instancia, lo ideal es poder establecer un diálogo entre ambos que ayude a generar una síntesis genuina.

En este proceso puede ser muy útil la escritura: registrar las vivencias, conflictos y tensiones que van apareciendo, invitando a las distintas voces que a uno lo habitan a desplegarse y dialogar en el papel.

Otra manera de percibir al viejo mito es escucharse, prestando especial atención a declaraciones del estilo de “Yo soy culposa”, “Soy incapaz de poner límites”, “La intimidad no es lo mío”… Esas expresiones tajantes de identidad pueden dar lugar a la pregunta: “¿Por qué soy culposa?” “¿En qué me ha beneficiado, hasta ahora, la incapacidad de poner límites?” “¿Qué es lo me tanto me cuesta de la intimidad?”

Si nos animamos a explorar esos antiguos guiones que viven en nosotros, nos sorprenderemos al comprobar que son nada más que eso: guiones. La vida es una larga historia que contamos a los demás y a nosotros mismos. Si perdemos el miedo de reescribirla todas las veces que sea necesario, lograremos hacer, de cada momento, la expresión más honda y más genuina de quienes somos. Y esto se parece bastante a la libertad.

Fabiana Fondevila

Ilustración: patwasi.

Espacio interior - Fabiana Fondevila

Espacio interior

¿Cuántas veces nos pasa que un hecho fortuito, de apariencia insignificante, se lleva nuestro buen ánimo puesto como un vendabal en el desierto? A veces el hecho en cuestión resulta tener, al fin, su trascendencia, y (en tantas) otras ocasiones no; el tiempo y su luz implacable lo revela como lo que verdaderamente fue: una preocupación innecesaria, un temor por reflejo o por costumbre, una magulladura del ego que duró lo que duró, hasta que algún resquicio de eternidad vino a nuestro rescate.

En esos momentos, conviene tener a mano un concepto que los budistas conocen bien, y que a los occidentales nos resulta ajeno casi por completo. Me refiero al “espacio interior”, que también podría traducirse como “espaciosidad”, si no fuera un término tan aparatoso. ¿De qué hablamos cuando hablamos de espacio interior? La ecuanimidad -la capacidad para enfrentar los sucesos positivos y negativos de la vida sin perder el centro- se le asemeja bastante. Pero este concepto suma, valga la redundancia, un componente espacial, visual casi, y esto ayuda a encarnarlo en el aquí y ahora, y a darle un elemento casi sensorial.

Habitar ese espacio interior significa saberse vasto, generoso de proporciones, capaz de abarcar “los mil gozos y las mil penurias” de las que hablan los textos budistas, sin perder la paciencia, el amor, la compasión por uno mismo y por el esfuerzo que hacemos para enfrentar las cosas que nos acontecen sin perder el norte.

¿Equivale esto a tomar distancia de los acontecimientos difíciles? No precisamente. Tomar distancia sería, de algún modo, negar esos hechos, separarnos de ellos, desconocer su importancia, su alcance emocional, su impacto. Vivenciar el espacio interior, en cambio, nos invita a reconocerlos en toda su magnitud, a aceptar el dolor que nos provocan, a entregarnos incluso a ese dolor por el tiempo que sea necesario, sin apegarnos a él.

Para poder vislumbrar ese espacio, es necesario que podamos observar, con amoroso discernimiento, aquella voz pequeñita (que a veces suena a muchas voces, incluso a tumulto) que nos representa ante el mundo, y al mundo ante nosotros, cada día. Esa voz que se queja y se lamenta, que hace planes y se entusiasma, que dice y se desdice, que opina y sermonea; la que está, a veces, en franco desacuerdo consigo misma. Si logramos, por un momento, desapegarnos de aquella voz, para percibir al oyente silencioso y pacífico que le hace de audiencia, habremos entrado en la antesala del gran espacio. Si por medio de la meditación, la oración, la jardinería u otras artes, logramos pasar ratos más o menos prolongados codo a codo con ese testigo sereno y omnipresente, habremos logrado alquilarnos un cuartito de espacio interior propio, con vista a la inmensidad.

Lo prodigioso de esta morada es que, una vez que nos enteramos de su existencia, se vuelve cada vez más fácil desandar nuestros propios pasos, y salir de cualquier entuerto para llegar a ella. Su propio fulgor nos convoca, y apenas nos perdemos en el ruido, apenas nos enrredamos en algún pensamiento fútil, su llamado de sirena nos va atrayendo, como silbando bajito, de vuelta a su regazo.

Dicho esto, cabe aclarar que, como con todos los vínculos que preciamos, el único reaseguro es el amor. “El tiempo que has perdido con tu rosa hace que tu rosa sea tan importante”, decía el Principito. Si pasamos tiempo en ese espacio, si lo buscamos y lo cultivamos, si lo amamos con la incondicionalidad que es el reflejo de su propia esencia, estará cada vez a nuestra disposición para abarcar a conciencia todas nuestras pequeñeces.

En “Loving-kindness. The Revolutionary Art of Happiness” (Amor universal. El arte revolucionario de la felicidad), Sharon Salzberg cuenta un poquito más de qué se trata esta dimensión de nuestro ser. Aquí, un fragmento:

“Albert Einstein dijo: ‘La división del átomo ha cambiado todo, excepto cómo pensamos.’ Cómo pensamos, cómo vemos nuestras vidas, es fundamental, y el grado de amor que manifestamos define el grado de espacio interior y la libertad que podemos darle a los acontecimientos de la vida.

Imagina un vaso de agua muy pequeño, al que le agregamos una cucharadita de sal. Por el tamaño pequeño del contenedor, esa cucharadita de sal va a tener un impacto muy grande sobre ese agua. Por el contrario, si tomamos un cuerpo de agua mucho mayor, como un lago, y le agregamos esa misma cucharadita de agua, no tendrá un impacto tan intenso por la vastedad y la apertura del vehículo que la contiene.

Nos pasamos mucho tiempo en la vida procurando una sensación de seguridad o protección; intentamos controlar la cantidad de sal que la vida nos arroja. Irónicamente, la sal es precisamente la cosa que no podemos afectar en absoluto, ya que la vida cambia y nos ofrece todo el tiempo alegrías y penurias. Nuestra verdadera tarea es crear un contenedor tan inmenso que cualquier cantidad de sal, aunque sea un camión repleto, pueda penetrar en él sin afectar nuestra capacidad para recibirlo. En ese caso ninguna situación, por más extrema que sea, causará una reacción obligada.”

El camino de vuelta a casa - Fabiana Fondevila

El camino de vuelta a casa

La mente crea el abismo y el corazón lo cruza“.
Sri Nisargadatta

Pasamos nuestros días tan enfrascados en nuestras cabezas, que el más simple movimiento hacia el corazón basta a veces para generar una pequeña revolución interna. Aquello que nos molestaba o nos irritaba, las preocupaciones que enturbiaban la paz del ego, las diferencias de apariencia insalvable que nos separaban de otros, todo se disuelve como hielo bajo el sol cuando logramos recuperar el lenguaje de la gratitud, la mirada del asombro.

Todas las tradiciones de sabiduría enseñan prácticas y métodos para ayudarnos a zanjar esa brecha. Pero lo curioso es que el portal a esa dimensión de la intimidad nunca queda lejos: el pájaro que nos roza con su vuelo, las hojas que se desprenden con el viento, la mirada alzada al cielo alcanza para sacudirnos la ilusión y despertarnos. Mirar a otro, verdaderamente mirarlo, como si en sus ojos buscásemos el secreto último de la vida, es otro camino seguro. Escribir, pintar, bailar, cocinar, los mil y un caminos que nos ponen a disposición, como si abriéramos las manos para recibir un regalo.

Poco importa si vivimos en una ciudad atestada de autos, o en la remota cumbre de la montaña: el camino de vuelta nos pertenece. Ejercer esa gracia, al menos un instante cada día, puede que sea nuestra ambición más alta.

Limpiar el planeta cada mañana - Fabiana Fondevila

Limpiar el planeta cada mañana

Cuando por la maña uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta.”
Antoine de Saint-Exupéry (El Principito)

Las novelas, los cuentos, las poesías… toda literatura siempre dice más que lo que dice. En la narración más inocente se esconden enseñanzas de las que a veces ni el mismo autor fue consciente al momento de escribirlas. Esta cita del bien amado “Principito” que nos insta a mirar más allá de nosotros mismos y ocuparnos del mundo (aunque más no sea el pequeño mundo de nuestra casa, nuestro barrio, nuestra ciudad), anticipándose a las banderas ecologistas que harían su aparición muchos años después. Y así, el eterno niño de los rulos al viento nos sigue enseñando. A nosotros, o al niño que llevamos dentro…

Fabiana Fondevila - El Buda

Las bendiciones de Buda

Que todos los seres que existen gocen de paz y bienestar
Que cada ser viviente, débil o fuerte, largo o corto,
Mediano o pequeño, malo o beatífico,
Que todo ser viviente, visible o invisible,
los que viven cerca y los que viven lejos
Los nacidos y los que aguardan a nacer,
Que todos obtengan paz interior.
Que nadie engañe ni desprecie a otra persona en ningún lugar,
Que nadie desee el daño a otro, por antipatía o por enojo.
Así como una madre protege a su único hijo aun a costa de su propia vida
De igual manera, cultiva un amor sin límites hacia todos los seres vivientes.
Abre tu corazón infinito hacia el mundo entero
A lo largo, a lo ancho y en toda dirección.
Ama sin obstrucción, sin odio, sin enemistad.
Y mientras caminas, te paras, o te acuestas, embriagado de sueño,
Entrega tu mente a este fin por completo, Y conocerás la vida divina en la Tierra.

El Buda