El vínculo amoroso como camino espiritual - Fabiana Fondevila

El vínculo amoroso como camino espiritual

Stephen Levine es uno de pioneros en la introducción del Budismo Theravada a Occidente, autor de varios libros sobre el proceso del buen morir, y es, sobre todo, un respetado maestro. Ondrea Levine, psicóloga y co-autora de varios de sus libros, es su esposa desde hace treinta años. En estas tres décadas han ayudado a incontables personas a enfrentar enfermedades terminales, heridas psicológicas y pérdidas de toda clase, y, en el camino, les han transmitido el sentido, el alivio y el regocijo en una vida centrada en el corazón. Desde hace unos años se han recluido en su casa en las montañas de Nuevo México, ya que ahora padecen, ellos mismos, enfermedades terminales. Desde allí, por medio de cartas y materiales que suben a su sitio, continúan compartiendo su experiencia de lo que significa atravesar las dificultades con plena conciencia y vivo compromiso, hasta el último día.

El siguiente fragmento es del libro de Stephen, “Embracing the Beloved” (Abrazando al Amado”). “El Amado” es su forma de nombrar al amor incondicional del que todos somos reflejo y encarnación.

“Muchas personas sufren de senilidad de las relaciones. La mente se ha agotado por completo de tanto intentarlo. La auto-protección y la inhabilidad de ir más allá (la resistencia) nos han dejado confundidos, convencidos de que entendemos.

Muchos están quemados y desanimados. Las heridas del pasado les han dejado el corazón lleno de cicatrices. La mente se ha cerrado como un puño. El cuerpo se ha atrofiado en una desconfianza que comprime el vientre. Pero la sensación de pérdida, y de estar perdido, finalmente capta nuestra atención y nos damos cuenta de que nadie puede hacernos felices salvo nosotros mismos. Y comenzamos a tomar responsabilidad. Comenzamos a construir la capacidad de responder en vez de reaccionar. Hacemos foco en nuestra resistencia y reconocemos que tener una relación es trabajar sobre nosotros mismos. Tomamos lo que un amigo llama ‘toda esa catástrofe de las relaciones’ en nuestro corazón piadoso y en nuestra mente inquisitiva, para que el próximo vínculo no sea una repetición del anterior.

Y nos comprometemos a componer una ‘díada viviente’, una relación consagrada, un vínculo con la consciencia que reconoce el poder de una relación consciente. Y trabajamos, juntos, sobre nosotros mismos. Entendemos que en el cementerio de los vínculos anteriores fallidos -gracias a los cuales aprendimos a relacionarnos cada vez mejor- lo que estábamos haciendo es trabajar sobre el otro. Odiándolos porque no se convertían en aquello que añorábamos para nosotros mismos. Persiguiéndolos a ellos, y a nosotros, bajo la sombra de nuestras penas no resueltas.

Pero eventualmente dejamos de intentar crear la relación y permitimos que simplemente acontezca. Empezamos a percibir las posibilidades y oportunidades perdidas en los momentos en que cerramos nuestro corazón al dolor del otro, momentos en que nos pareció más importante tener razón que ser genuinos. Momentos de duelo no integrado, expresado en tonos demasiado violentos para el amor. Reconocemos que las intenciones poco claras producen resultados insatisfactorios, exploramos la dolorosa repetición de la negativa a perdonar y el resentimiento.

(…)

Explorando el osario de las relaciones que sentimos que ‘no funcionaron’, despertamos como de un sueño recurrente, y la relación se convierte en lo que Buda llamó ‘el trabajo a realizar’.

Esto significa soltar las defensas en nuestras mismas fronteras. Salir del territorio seguro y adentrarnos en lo desconocido, lo -incluso- ferozmente resistido. Significa hacer un amor más grande aun que nuestro miedo de revelarnos como no amados y no amables. Un amor más grande que nuestro miedo al dolor.

Cuando uno se compromete con prácticas que aclaran la mente y descubren el corazón -la presencia, el perdón, el amor incondicional- aquello que alguna vez pareció imposible de abordar bien puede convertirse en el centro mismo de la relación.”

el arte de soltar - Fabiana Fondevila

El arte de soltar

“¿Alguna vez les conté sobre el ritual en Kentucky en el que tuve que entregar siete cosas? Fue una de las experiencias grupales más interesantes que viví jamás. Eramos un grupo de unas 49 personas en un encuentro que realizó una sociedad para la transformación de la conciencia. Dos parejas de la Universidad de Vermont, profesores con sus esposas, habían organizado un ritual en el que todos participaríamos. Nos dividieron en siete grupos de siete y nos indicaron que pasáramos el día pensando en las siete cosas sin las cuales no podríamos vivir: “¿Cuáles son las siete cosas que hacen que su vida valga la pena?” Luego teníamos que recoger siete pequeños objetos que entraran en la palma de la mano, que representaran esas siete cosas adoradas, y debíamos saber cuál correspondía a cuál.

Al anochecer caminamos por una calle boscosa hasta la entrada de una cueva. La cueva tenía una puerta de madera. Frente a la puerta había un hombre con una máscara de perro: Cerbero ante las puertas del infierno. Extendió su mano y dijo “Dame aquello que adores menos”. Al entregarle el objeto requerido, él abría la puerta y nos dejaba pasar.

Y así uno entraba a la cueva, un lugar enorme, sosteniendo las otras seis cosas que uno adoraba. En cinco ocasiones más, se nos pidió que entregásemos aquello que menos adorábamos, hasta llegar a aquel objeto que representaba lo más atesorado. Y uno se enteraba de qué era eso, créanme. Se enteraba en serio. Y el orden en el cual uno entregaba sus tesoros era revelador: uno se enteraba realmente del orden de sus valores. Al final había una puerta de salida, y había que pasar entre dos personas. Pero antes de hacerlo, había que entregar aquello que uno más valoraba. Puedo decirles que ese ritual funcionó. Todos los participantes con los que conversé tuvieron una experiencia de “moksa”, o liberación, al entregar ese último tesoro. Un idiota fue la única excepción; él no entregó nada. Así de serio fue ese ritual. Cuando se le pidió que entregara algo, simplemente se agachó, tomó una piedrita del suelo y la entregó. Esa es la negación del llamado.

cada fracaso en lidiar con una situación de vida implica, finalmente, una restricción de la conciencia. Las guerras y las rabietas son las marcas de la ignorancia; los arrepentimientos son iluminaciones que llegan tarde.

Lo fascinante, para mí, fue la experiencia misma; una sensación de participación gozosa. Ver cómo las ataduras anteriores se iban soltando realmente cambió la forma en que uno se sentía respecto de los tesoros entregados. Se incrementó el amor por ellos sin la tenacidad. Me asombró.”

Joseph Campbell, en A Joseph Campbell Companion, Reflections on the Art of Living, una selección de sus charlas y conferencias.

Foto: Ken Smith.

La promesa de la nueva era - Fabiana Fondevila

La promesa de la Nueva Era

En su libro La llamada (de la) Nueva Era (Kairos), el español Vicente Merlo hace algo inusual: se toma en serio este movimiento tan bastardeado de la segunda mitad del siglo XX y produce un ensayo exhaustivo y profundo sobre sus causas, revelaciones y consecuencias.

Es inusual, porque si bien ha habido autores que lo han analizado antes, ninguno se ha tomado el trabajo de examinar en profundidad este colectivo de ideas, creencias, prácticas y esperanzas en su totalidad, distinguiendo las diversas corrientes que lo componen, las novedades que trae, las críticas fundadas e infundadas que se le han dirigido, y lo que permanece en pie de todo ello en nuestros días.

En un acto de honestidad intelectual, Merlo comienza por relatar su propio derrotero espiritual. Su paso por la facultad de Filosofía (de donde emergió con un doctorado), su iniciación a la vida intelectual de la mano del freudo-marxismo en una época rica en convulsiones sociales y políticas (1973-1975); el descubrimiento de la meditación, sus primeras incursiones en el esoterismo occidental de la mano de Antonio Blay y luego Jean Klein), su viaje iniciático a la India en los 80. Allí se quedaría dos años, residiendo en el ashram de Sri Aurobindo en Pondicherry, y crecería su devoción por el misticismo oriental en general y el de Aurobindo y la Madre (su compañera espiritual, Mirra Alfassa), en particular.

La decena de libros publicados por Merlo –Las enseñanzas de Sri Aurobindo, 1998, Simbolismo en el arte hindú, 1999; La autoluminosidad del atman, 2001 y La fascinación de Oriente, 2002, entre ellos- reflejan estas pasiones, y la erudición que desarrolló en torno de cada una de ellas.

En La llamada (de la) Nueva Era, dedica largos y sesudos capítulos a estas vertientes, así como a la Teosofía (de Helena Blavatsky sus seguidores) y otras fuentes del esoterismo occidental (Rudolf Steiner, Alice Bailey) sin perder de vista la visión del colectivo que el libro aborda: ¿qué es la Nueva Era? ¿Por qué ha sido criticada tan duramente? ¿Qué queda en pie de sus postulados originales, y cuáles cayeron por su propio peso?

Enumera, así, sus principales características: el legado de la contracultura de los 60, con su postura radicalmente anti-establishment, que en la New Age se vería reflejado en el rechazo de las instituciones y las tradiciones religiosas; la inclinación al sincretismo, producto de las convergencia de Oriente y Occidente y el encuentro de los sectores místicos de las distintas religiones; el ideario progresista, ecologista, feminista, libertario y pacifista; la propensión por la expresividad y la creatividad individual, y la creencia de que el ser humano es intrínsecamente bueno y capaz de transformarse en la mejor versión de sí mismo. En marcado contraste con sus derivaciones posteriores, en sus albores la Nueva Era postulaba todo esto como un cambio global y colectivo. La salvación vendría únicamente de la comprensión de la unidad esencial de los seres humanos, y de su filiación con el planeta que habitan.

Antes de que se acuñara el término “La Nueva Era”, se habló de la Era de Acuario. Si bien los astrólogos nunca se pusieron de acuerdo en un calendario que demarcara cuándo comenzaba la era correspondiente a un signo y terminaba otro, en términos generales el signo de Acuario se asocia con el humanismo, el idealismo, la intuición, la rebelión y el inconformismo, rasgos todos que se pusieron de relieve en las décadas en cuestión, alimentando la ilusión de que un pródigo nuevo capítulo comenzaba a escribirse entre los humanos.

Curiosamente, en el mismo período en que se expandían estas tendencias -de los sesenta a los noventa-, cobraban fuerza paralelamente los movimientos fundamentalistas e integristas en las distintas religiones. El cristianismo, el judaísmo, el Islam, y en menor medida el hinduísmo y el shintoísmo vieron crecer en su seno corrientes que predicaban la re-sacralización de la vida cotidiana. Señala Merlo la paradoja: no era muy distinto lo que pretendían los adherentes de la Nueva Era; sólo que si los fundamentalistas buscaban esa re-sacralización en el retorno a las antiguas tradiciones y los textos de su fe, los new agers lo hacían, por el contrario, apelando a lo nuevo: nuevas revelaciones, canalización de inéditos mensajes divinos y la defensa de la autoridad espiritual interior por encima de cualquier institución.

Merlo también pasa revista al punto de encuentro que existió entre el ideario de la Nueva Era y ciertos sectores de la biología y la física, como Fritjof Capra (con su Tao de la Física), el paradigma holográfico, la hipótesis Gaia (el planeta como ser viviente) de James Lovelock, los campos morfogenéticos de Rupert Sheldrake, y más recientemente, el acercamiento a la física cuántica (aunque la ciencia oficial se queje de que este paralelismo haya sido forzado y tergiversado).

Pero quizás la distinción más interesante que hace Merlo es la de “las tres dimensiones constitutivas de la Nueva Era”: la dimensión oriental, la dimensión psico-terapéutica, y la dimensión esotérica.

Respecto de la primera, narra el arribo de la espiritualidad de Oriente a Occidente, en sus muchas formas -yoga, tantra, meditación transcendental, Zen, Vedanta, en menor medida taoísmo- y con sus muchas caras: Swami Vivekananda, Swami Muktananda, Paramahansa Yogananda, Osho, Sai Baba, Maharishi Mahesh Yogi, D.T. Suzuki, Thich Nhat Hanh y Chogyam Trungpa, más los divulgadores occidentales como Alan Watts, Aldous Huxley y Ram Dass. Además de describir el contexto en que fue apareciendo cada uno, da cuenta de cómo la idealización inicial por la mística oriental en los 60 dio lugar en muchos casos a un sincretismo maduro y conducente.

Al analizar la segunda dimensión, Merlo recuerda a los precursores -William James, Carl Gustav Jung y Roberto Assagioli-, recorre el nacimiento de importantes escuelas psicológicas como el movimiento de potencial humano y la psicología transpersonal, y en sus cultores: Fritz Perls, Abraham Maslow, Carl Rogers, Gregory Bateson, Roger Walsh, Ida Rolf, entre otros; la creación del Esalen Institute en 1962, un hito de tal magnitud que muchos lo consideran el verdadero comienzo de la Nueva Era. No pasa por alto el impacto de estas ideas en la salud, con el boom de las terapias alternativas (homeopatía, acupuntura, fitoterapia, flores de Bach, musicoterapia, curaciones chamánicas, terapia de la polaridad y de vidas pasadas); en todos los casos subyacía una nueva visión que contraponía a la perspectiva mecanicista, que busca curar la enfermedad, una mirada holística, que pretende entender su sentido en el marco de la persona. Cada una a su modo, todas estas terapias procuraban unir psicología con espiritualidad. En términos de algunos autores, lo que se produjo con estas corrientes fue “la sacralización de la psicología y la psicologización de la espiritualidad”.

Por fin, recala en los desarrollos y exploraciones de Stanislav Grof y Ken Wilber, quien suelen enmarcarse en el paradigma de la psicología transpersonal, aunque éste último eligió eventualmente deslindarse de ella y crear la psicología integral. Sin que sea el propósito reproducir aquí el extenso análisis que hace de la obra de ambos, debe quedar claro que Merlo se encarga de destacar la seriedad de estas investigaciones, y el esfuerzo por lograr una síntesis nueva y auténtica de los conocimientos diversos que confluían en ese momento.

Así y todo, no obvia algunas críticas lapidarias que hace el mismo Wilber a la Nueva Era, de la que claramente no se siente deudor, como la siguiente:

“Como tales, la mayoría de los movimientos de la Nueva Era no incluyen la visión racional del mundo de forma que pueda ser trascendida e incluida; más bien, la mayoría de ellos acaban retrocediendo a distintas formas de imperialismo mítico (incluso, magia tribal). Estos movimientos destacan la autorrealización, que con frecuencia se reduce a egoísmo mágico; y este narcicismo mágico ha sido trabajado y convertido en una mitología de la transformación mundial que apenas esconde su tendencia imperialista.”

Merlo considera que esta crítica se dirige en realidad a la así llamada “ala de prosperidad y abundancia” de la Nueva Era, un desarrollo tardío que se basa en la idea que la prosperidad económica sería una legítima manifestación del espíritu y un indicio de armonía con el universo. La tercera dimensión que analiza el autor deriva de las ideas teosóficas y posteosóficas, y se lleva la mayor parte, ya que (como anticipa al comienzo) es el centro del interés personal del autor. Desfilan en estas páginas los aportes de H.P. Blavastky, Annie Besant, Alice Bailey, Alistair Crowley y muchos más. Analiza los antecedentes rosacruces, antroposóficos y de otras escuelas, y remite a exponentes modernos del esoterismo occidental como David Spangler (el teórico de la comunidad escocesa de Findhorn, que según sus propulsores habría sido creada con ayuda de los devas y espíritus protectores de la naturaleza), y al ya mencionado Vicente Beltrán, entre otros. Hay lugar también para las canalizaciones más reconocidas, como la del Curso de Milagros, las de OMnia (las que más lo impactaron personalmente), las visiones de Edgar Cayce, la creencia en los Maestros Ascendidos y la Fraternidad planetaria, y desarrollos terapéuticos como el Pathwork (canalizados por Eva Pierrakos), y el Rebirthing de Leonard Orr. Como un desarrollo nuevo, menciona lo que algunos están dando a llamar el “Next Age”, con génesis en Italia. Esta corriente se habría iniciado con el fracaso de las esperanzas milenaristas, que hizo que todos los cañones apuntaran de pronto al mejoramiento del individuo. Esta corriente se nutriría básicamente de autores provenientes del Pensamiento Positivo y de la Auto-Ayuda (menciona entre ellos a Anthony Robbins, Paulo Coehlo y James Redfield), y ya no incluiría la aspiración a la iluminación colectiva de la que se nutría el paradigma anterior. El final del libro es una defensa de la Nueva Era contra las críticas más importantes a las que ha sido sometida: desde el racionalismo moderno-ilustrado, el protestantismo evangélico, el esoterismo tradicionalista-perennialista y el catolicismo vaticanista. Más allá de la opinión que merezca a cada uno las corrientes analizadas, la obra de Merlo impacta por su alcance y conmueve por su evidente interés en desentrañar y salvar del escarnio a un cúmulo de ideales que dejaron huella y que siguen siendo, para muchos, artículo de fe, motivación, aspiración y norte.

Merlo considera que esta crítica se dirige en realidad a la así llamada “ala de prosperidad y abundancia” de la Nueva Era, un desarrollo tardío que se basa en la idea que la prosperidad económica sería una legítima manifestación del espíritu y un indicio de armonía con el universo.

La tercera dimensión que analiza el autor deriva de las ideas teosóficas y posteosóficas, y se lleva la mayor parte, ya que (como anticipa al comienzo) es el centro del interés personal del autor. Desfilan en estas páginas los aportes de H.P. Blavastky, Annie Besant, Alice Bailey, Alistair Crowley y muchos más. Analiza los antecedentes rosacruces, antroposóficos y de otras escuelas, y remite a exponentes modernos del esoterismo occidental como David Spangler (el teórico de la comunidad escocesa de Findhorn, que según sus propulsores habría sido creada con ayuda de los devas y espíritus protectores de la naturaleza), y al ya mencionado Vicente Beltrán, entre otros. Hay lugar también para las canalizaciones más reconocidas, como la del Curso de Milagros, las de OMnia (las que más lo impactaron personalmente), las visiones de Edgar Cayce, la creencia en los Maestros Ascendidos y la Fraternidad planetaria, y desarrollos terapéuticos como el Pathwork (canalizados por Eva Pierrakos), y el Rebirthing de Leonard Orr.

Como un desarrollo nuevo, menciona lo que algunos están dando a llamar el “Next Age”, con génesis en Italia. Esta corriente se habría iniciado con el fracaso de las esperanzas milenaristas, que hizo que todos los cañones apuntaran de pronto al mejoramiento del individuo. Esta corriente se nutriría básicamente de autores provenientes del Pensamiento Positivo y de la Auto-Ayuda (menciona entre ellos a Anthony Robbins, Paulo Coehlo y James Redfield), y ya no incluiría la aspiración a la iluminación colectiva de la que se nutría el paradigma anterior.

El final del libro es una defensa de la Nueva Era contra las críticas más importantes a las que ha sido sometida: desde el racionalismo moderno-ilustrado, el protestantismo evangélico, el esoterismo tradicionalista-perennialista y el catolicismo vaticanista.

Más allá de la opinión que merezca a cada uno las corrientes analizadas, la obra de Merlo impacta por su alcance y conmueve por su evidente interés en desentrañar y salvar del escarnio a un cúmulo de ideales que dejaron huella y que siguen siendo, para muchos, artículo de fe, motivación, aspiración y norte.

Una cita con la mañana - Fabiana Fondevila

Una cita con la mañana

De tanto en tanto, se me da por envidiar a los nocturnos. Son de ellos ciertos placeres: las veladas eternas en compañía de amigos, horas insomnes que pasan como melaza, la luna que hipnotiza en el jardín, la cofradía de las estrellas. Pero siempre, por más que me tiente quedarme, sé que me debo ir, arrancarme del conjuro a la fuerza.

No es sólo el sueño el que convoca. Es una cita, un compromiso, un reencuentro diario al que no puedo faltar: el instante exacto en que la noche se entregará al día, en ese mismo jardín, de madrugada. Es la forma en que la mañana correrá las cortinas con mano firme y ungirá a las hojas y los árboles y las esquinas con su promesa de luz, todavía líquida y borrosa, como un sueño que perdura.

Después la energía se precipitará: primero un sector de pasto, luego otro. Los campánulas del dondiego de día se abrirán, un coro de soles violetas. Los dientes de león se sacudirán el sueño y soltarán sus semillas al viento. El canto de los pájaros se volverá más osado y estridente. La calabaza subirá unos tonos en la viña. La lantana ostentará sin falsa modestia sus coronas carmín.

Al fin, cuando el sol ya mire desde arriba, llegarán las mariposas. Yo me sentaré a observarlas, y, una vez más, me rendiré al asombro. Ellas no sabrán que estoy ahí, ni cuán felices me hacen; eso será parte del encanto. Ser testigo silencioso de ese despertar, tener ojos para ver y corazón para festejarlo, es -al decir de Emily Dickinson- todo lo que conozco del cielo. Y todo lo que necesito conocer.

F.F.

Un año esencial - Fabiana Fondevila

Un año esencial

Taller anual 2015: Diez prácticas esenciales que iluminan el camino

Los antiguos lo sabían: más allá de las circunstancias cambiantes de nuestras vidas, los designios de la suerte, el entorno y la biología, somos responsables en gran medida por la calidad de nuestros días. Todo lo que nos acontece nos invita a elegir una actitud, una forma de responder, de abrazar o repeler, resistirnos o aprender.

Y si bien las diversas tradiciones acentúan distintos sabores de la experiencia de vivir, todas confluyen en un ingrediente importante: la necesidad de cultivar cualidades espirituales que abren el corazón, serenan la mente, fortalecen el ánimo y nos ayudan a vivir vivos.

Exaltadas en mitos, celebradas en poemas, propiciadas por distintos credos y linajes, estas cualidades son verdaderamente esenciales: despiertan en nosotros potenciales olvidados, nos invitan a reconectar con quienes somos y ponen a nuestra disposición un universo de riquezas.

Haremos foco este año en diez de estas prácticas ancestrales. No son las únicas, pero de ellas se desprenden de algún modo todas las demás, y en su conjunto arman un collar sólido y lustroso:

Asombro – Pasión – Bondad – Ecuanimidad – Coraje – Verdad – Imaginación – Sabiduría – Gratitud – Devoción

La propuesta es investigar estas virtudes, aprender a distinguirlas cuando aparecen, ver cuáles necesitamos cultivar con mayor conciencia y cómo integrarlas a nuestro repertorio estable de emociones y prácticas.

Compartiremos lecturas y examinaremos las ideas centrales que las sostienen. Haremos salidas que proporcionen experiencias disparadoras y ayuden a grabar las vivencias en el cuerpo, vehículo transformador por excelencia. Sobre todo, nos entregaremos a las prácticas mismas, dedicándoles un tiempo especial cada semana para ayudarlas a calar hondo y echar raíces.

Es mi esperanza que el cierre del trabajo nos encuentre más íntegros, vibrantes y cercanos al centro: el corazón, que todo lo gobierna.

Las diez prácticas

Marzo: Asombro

“El alma existe y está hecha enteramente de atención”, dice la poeta Mary Oliver. Y la atención, en su máxima expresión, deviene en asombro. Pero más allá de instantes en los que algún acontecimiento externo nos estremezca por fuerza propia, no solemos detenernos a pensar en qué consiste esta crucial pero elusiva emoción, ni cómo apelar a ella como antídoto contra la apatía y el cinismo que a veces pueden colarse – sin que lo advirtamos- en nuestras vidas.

¿De qué está hecho el asombro? ¿De qué manera se expresa en el cuerpo y cómo afecta nuestra salud? ¿Podemos sentir asombro ante acontecimientos negativos, y cómo nos ayuda esto a vincularnos con ellos de un modo diferente? ¿Qué nos produce el asombro en términos de la percepción de nuestra propia identidad y nuestro vínculo con el mundo? ¿Qué conexión guarda con la curiosidad, la reverencia y el misterio?

Abordaremos estos y otros interrogantes de la mano de investigadores que han dedicado años a su estudio, como el neuro-científico Paul Pearsall y autores como John B. Izzo, Sam Keen, Thich Nhat Hanh, Joseph Campbell, y, por supuesto, los grandes poetas del asombro.

Abril: Pasión

La pasión es, en más de un sentido, la fuerza que mueve al mundo. Cualquiera sea el objeto que la inspire –un amor, una obra de arte, la ambición de desentrañar un enigma, una conquista personal- la urgencia no sólo se extiende a ese destino o destinatario: tiñe y abarca la vida entera. Cuando uno está cautivado por la pasión, está cautivado por la vida.

¿Todos accedemos por igual a la pasión? ¿Es una cualidad con la que llegamos al mundo, o podemos desarrollarla? ¿Hay siempre una pasión sobresaliente, o somos seres multi-pasionales? ¿Las pasiones van cambiando? Y si es así, ¿cómo se encuentra una nueva cuando se extingue una perimida? ¿Es posible diferenciar entre pasiones pasajeras y pasiones trascendentes? ¿Nos debemos a nuestras pasiones? ¿Qué conexión hay entre la pasión y el miedo, el auto-sabotaje, el aburrimiento, y tres de nuestras virtudes estrella: asombro, coraje y devoción?

Trabajaremos sobre la obra de Joseph Campbell, Robert Johnson, C. G. Jung, Robert C. Solomon y otras luminarias. Seguiremos de cerca la investigación de Gregg Levoy sobre esta virtud, consignada en su obra Vital Signs. The Nature and Nurture of Passion (“Signos vitales. La naturaleza y el cultivo de la pasión”). Más importante, buscaremos en la vida de cada uno cuáles son hoy las pasiones que impulsan nuestras vidas, y cómo podemos brindarnos a ellas con convicción y fervor.

Mayo: Bondad

“Mi religión es muy sencilla. Mi religión es la bondad”, dijo el Dalai Lama.

La bondad es una virtud algo pasada de moda. La palabra misma parece casi un anacronismo. Sin embargo, las grandes tradiciones se han erigido sobre la base de esta actitud primordial, y la importancia de extendérsela a todos quienes nos rodean, trátese de seres queridos, meros conocidos, personas lejanas, aquellos que nos caen antipáticos o nos agravian, los animales, las plantas y las criaturas sintientes de toda especie. Pero esto no siempre resulta tarea fácil.

¿Qué se interpone en nuestra voluntad de extender siempre lo mejor de nosotros? ¿Cómo podemos moderar y cincelar esos impulsos contrarios? ¿Es siempre bueno ser bueno, en toda circunstancia? ¿Qué conexión hay entre bondad, empatía y compasión? ¿Es igual de fácil alegrarse con la alegría ajena que penar con otros por sus penas y querer aliviarlas? ¿Qué pide la bondad de nuestras almas, en lo profundo?

¿Qué se interpone en nuestra voluntad de extender siempre lo mejor de nosotros? ¿Cómo podemos moderar y cincelar esos impulsos contrarios? ¿Es siempre bueno ser bueno, en toda circunstancia? ¿Qué conexión hay entre bondad, empatía y compasión? ¿Es igual de fácil alegrarse con la alegría ajena que penar con otros por sus penas y querer aliviarlas? ¿Qué pide la bondad de nuestras almas, en lo profundo?

Un anticipo, en el primer verso del poema de Naomi Shihab Nye, titulado, precisamente, “Bondad”:

“Antes de saber lo que es la bondad,
verdaderamente, debes perder cosas,
sentir cómo el futuro se disuelve en un momento
como granos de sal en un tazón de caldo caliente”

Estudiaremos la obra del Dalai Lama, del monje vietnamita Thich Nhat Hanh y la monja budista Pema Chödrön; del Hermano David Steindl-Rast, Thomas Merton y la novelista Anne Lamott, de la tradición cristiana; del rabino Harold Kushner; del maestro de meditación Ram Dass y de diversos autores ecuménicos, en busca de la verdad más honda de esta práctica seminal.

Junio: Ecuanimidad

Esta cualidad nos permite permanecer centrados en medio del bullicio de la vida, abrazando todo lo que acontece, cualquiera sea su signo, con serenidad y aplomo. Para los occidentales, es una cualidad difícil de entender, y más difícil aún de practicar.

¿Cómo se diferencia la ecuanimidad de la indiferencia y la apatía? ¿Cómo se adquiere la necesaria neutralidad, y el justo desapego? ¿Corremos el riesgo, si la practicamos, de perder nuestra motivación por mejorar el mundo? ¿Es compatible la ecuanimidad con la pasión? ¿Qué conexión hay entre ecuanimidad y auto-compasión?

Exploraremos esta práctica de la mano del mindfulness, la observación de sí y el trabajo con el cuerpo, donde se manifiesta más claramente la lucha de la mente por cerrarse a ciertas experiencias, y cómo podemos elegir abrirnos –de todos modos- a pura conciencia.

Autores de referencia: Thich Nhat Hanh, Joel y Michelle Levey, Jon Kabat Zinn, Jack Kornfield, James Baraz, Michael A. Singer, entre otros.

Julio: Verdad

“Conócete a ti mismo”, exhortó Sócrates. En términos de psicología moderna, este mandato nos invita a explorar y conocer nuestra propia sombra. ¿Qué es la sombra? Es el lado oscuro de la psiquis, aquellas partes y aspectos de nosotros mismos que hemos rechazado y exiliado de nuestra conciencia, o que a fuerza de negación ni siquiera reconocemos como nuestros.

¿Es posible descubrir el velo que oculta nuestra sombra? ¿Qué herramientas o recursos pueden ayudarnos a ver “detrás de nuestras propias espaldas”? ¿Por qué es importante el coraje en este cometido? ¿Cuál es el propósito último de abrazar aquellas partes que no nos gustan de nosotros mismos? ¿Cuál es el peligro de no hacerlo? ¿Cómo cambiará nuestra noción del mundo al trabajar con nuestra sombra?

Una pista: “La pura y simple verdad rara vez es pura, y jamás es simple” (Oscar Wilde)

La bibliografía que recorreremos: C.G. Jung, James Hillman, Marion Woodman, Larry Dossey, Rollo May, Ken Wilber, Marie-Louise von Franz, entre otros.

Agosto: Coraje

Solemos asociar el coraje a las grandes gestas heroicas, los actos de arrojo, las osadías. En la vida real, el coraje se parece más a un silencioso perseverar, a enfrentar los miedos cotidianos y construirnos, con ellos y a pesar de ellos, una vida.

“El valiente no es aquel que no tiene miedo –dijo Nelson Mandela- sino aquel que siente miedo y lo conquista.”

¿Cómo conquistamos nuestros miedos? ¿Dónde reside el coraje? ¿Es el coraje contrario a la vulnerabilidad? ¿Es posible ejercitarse en el coraje? ¿Qué relación hay entre el coraje y los golpes que hemos sobrevivido en la vida? ¿Es posible seguir animándonos a ejercerlo cuando intentos anteriores fracasaron? ¿Cuál es el vínculo entre coraje y entrega?

Hallaremos guía en la obra de filósofos como Platón, Aristóteles, Albert Camus, Paul Tillich, investigadores como Brené Brown y Mark Nepo (con su excelente libro, Finding inner courage. Hallar el coraje interior), y también en los escritos de personas que dieron cátedra con sus propias vidas: Hellen Keller, Nelson Mandela, Mahatma Gandhi, Adolfo Pérez Esquivel.

Septiembre: Imaginación

La imaginación es la facultad que nos permite evocar ideas, imágenes y sensaciones que no llegan a nosotros a través de los sentidos. Pero, en el plano espiritual, es también el idioma de un ilimitado mundo interior que se comunica a través de sueños, creaciones, símbolos e imágenes espontáneas. Y es, al fin, un modo particular de aprehender la realidad.

¿Disminuye la imaginación a medida que crecemos? ¿Cuáles son los alimentos de los que se nutre esta facultad? ¿Cuáles son sus acérrimos enemigos? ¿Significa lo mismo “imaginario” que “mentira”? ¿Cuál es la actitud más apropiada ante lo que nos propone nuestra imaginación? ¿Es posible despertar una imaginación dormida? ¿Todos somos artistas? ¿Cómo descubrirlo?

Palabras para empezar a pensar: “La mente creativa juega con el objeto que ama” (C.G. Jung)

Exploraremos las propuestas de: Stephen Nachmanovitch, C.G. Jung, Robert Johnson, Robert Moss, M. C. Richards; la imaginación en obras literarias (Tolkien, Carroll, Bradbury, Girondo), pictóricas (Hundertvasser, Gaudí, Chagall, Xul Solar), y cinematográficas, que retratan esta facultad con lucidez e inspiran a cultivarla.

Octubre: Sabiduría

Al hablar de sabiduría, aludimos a una comprensión profunda de los temas centrales de la vida, adquirida no tanto a través del pensamiento y el análisis sino de lo aprendido vivencialmente. La sabiduría tiene, por lo tanto, un aspecto visionario y otro práctico: algo así como un saber vivir.

¿De qué elementos está hecha la sabiduría? ¿Es posible aprender esta cualidad de otros más sabios que uno? ¿Es necesario que esos otros sean maestros con títulos y linaje? ¿Puede un sabio ser una persona fallida en algún aspecto? ¿Qué actitudes nos predisponen para capitalizar la sabiduría que otros nos regalan? ¿Cuáles son las fuentes de sabiduría que recomiendan las grandes tradiciones? ¿Cuáles son las prácticas específicas que sostienen y cultivan la sabiduría?

Estas indagaciones abrirán el camino para escribir nuestro propio “Manifiesto de sabiduría”, una suerte de legado para quienes nos sucedan que resume todo aquello importante que hemos aprendido de la vida hasta el momento.

Autores que acompañarán el camino: Dalai Lama, Roger Walsh, Jack Kornfield, Frances Vaughan, James Hollis, Joseph Campbell, Zalman Schachter-Shalomi.

Noviembre: Gratitud

La vida es un regalo: esta es la primera noción de gratitud que inspira al alma. Pero en el día a día, no siempre logramos recordar esta intuición y teñir con ella nuestras acciones. Dejarnos llevar por emociones contrarias a la gratitud no sólo nos roba la paz espiritual, sino el puro y simple bienestar.

¿Cómo podemos incorporar la gratitud a cada día? ¿De qué diferentes formas podemos expresarla, con palabras y sin ellas? ¿Cuál es la mejor manera de enseñar la gratitud a nuestros hijos? ¿Requiere la gratitud de alguna forma de disciplina? ¿Es posible practicar la gratitud en momentos de dolor o sufrimiento? ¿Se puede convertir a la gratitud en un instrumento de acción social?

Autores que inspirarán el trabajo: Aristóteles, Cicerón y otros filósofos de la Antigüedad, Hermano David Steindl-Rast, Ram Dass, Anne Lamott, James Baraz; psicólogos dedicados a su estudio como Jonathan Haidt y Robert A. Emmons; poetas de todos los tiempos.

Diciembre: Devoción

La devoción es una forma del amor; quizás, la forma más alta. Su ingrediente principal es el reconocimiento de la naturaleza sagrada de aquello que amamos. Puede referirse al amor de la divinidad, pero también extenderse a todo lo más preciado por nosotros en la vida.

¿Cómo podemos manifestar nuestra devoción, en alguna medida, en cada uno de nuestros actos? ¿Cómo tenerla presente cuando nos enfrentamos a un conflicto, un desacuerdo o una desilusión? ¿Es posible alimentar nuestra devoción? ¿Podemos refinar nuestra mirada, para ver cada vez más hondo en el corazón de cada persona que conocemos, cada situación que enfrentamos? ¿Podemos convertir los sucesos mundanos en una oportunidad de crecimiento espiritual? ¿Es posible aprender a cambiar gradualmente nuestros deseos más frívolos por amores más elevados?

Nos llevarán de la mano las palabras y exploraciones de: Robert Johnson, James Hillman, Gunilla Norris, Matthieu Ricard, el poeta y académico celta John O’Donohue, el rabino Zalman Schachter-Shalomi, el sacerdote y autor Henri Nowen, el maestro sufí Pir Vilayat Inayat Khan, el budista Thich Nhat Hanh, el hindú Sri Chinmoy, los poetas extáticos (Rumi, Kabir, Mirabai, San Francisco, Teresa de Ávila, Juliana de Norwich), y los cantos devocionales de distintas tradiciones.

“La gran pregunta es si dirás un fervoroso “¡sí!” a tu aventura”
Joseph Campbell

Cuándo:

El taller se realizará en encuentros semanales de dos horas. El día y la hora se fijará con el armado de cada grupo.

Dónde:

En la zona de San Isidro, Buenos Aires, a pocas cuadras de la Panamericana. Se abrirá en breve una opción de menor duración en el barrio de Belgrano, Capital.

Costo: El costo del taller es de $ 500 por mes. El precio incluye un desayuno o merienda, y se mantendrá durante todo el año.

Inscripción e informes: Por favor escribir a ffonde@gmail.com, o llamar al 4735-4267 o a 156 812-4444.

Recibir lo nuevo: el tiempo liminal - Fabiana Fondevila

Recibir lo nuevo: el tiempo liminal

El 2015 ya empieza a desenrollar su alfombra verde bajo nuestros pies. En estas latitudes, lo hace al ritmo cansino del verano, con fondo de chicharras, días tibios y noches estrelladas.

Aunque se trate de una convención, un mero antojo del calendario, lo cierto es que para casi todos, la llegada de un nuevo año es una imagen potente de renovación, de nuevas oportunidades, de promesas frescas como regalos sin abrir.

Y entonces sobreviene una tentación casi irrefrenable: llenar ese año vacío con proyectos, objetivos y programas de toda clase. Planificar, ya mismo, de qué estarán hechos los meses venideros. Anotarnos para ese curso que hace rato nos llama, aprender ese idioma indispensable, proponernos dominar, al fin, el orden de los placares; armar, de una vez por todas, un plan de alimentación sustentable. Meditar, impecablemente, cada mañana. Todos, nobles propósitos.

Para algunos, hay una dosis extra de adrenalina: quizás el nuevo año implica pasar de la primaria a la secundaria, de la secundaria a la facultad, empezar un nuevo trabajo, mudarse de barrio, de ciudad o de país. En estos casos, el futuro no es tanto una tela que se desenrolla de a poco como una alfombra voladora que se eleva con rumbo incierto.

No es fácil, esto del no saber. A los occidentales, parecería, nos cuesta especialmente. Nos gusta sentirnos perpetuamente en control, hábiles capataces con el don de planear, dirigir y digitar hasta el último detalle. El no saber quiebra esta ilusión y nos trae un recuerdo con sabor a infancia: el de sentirnos pequeños, a la merced de fuerzas que ni dominamos ni llegamos a comprender del todo.

Es natural, entonces, que queramos apurarnos a llenar el calendario de designios.

Pero lo cierto es que si cedemos a esta tentación, si pretendemos mapear, desde la ante-línea de largada, el curso que tomarán los acontecimientos (o, al menos, el que nos gustaría que tomaran), nos privamos de un bien mayor: el de simplemente ser, y esperar a que el deseo profundo se manifieste, que la vida nos susurre sus intenciones, que las aguas nos lleven en andas hacia algún puerto nuevo.

¿Podemos permitirnos nadar en esa indeterminación, sin echar mano al primer salvavidas? ¿Podemos gozar, incluso, de esa pura potencia, sin correr a convertirla en acto?

Aun para aquellos que todavía no se toman vacaciones, o los que no las tomarán, el verano puede ser un tiempo de enlentecer. Los días se estiran, generosos; la noche se demora en llegar. Hay tiempo de pasear por el parque, caminar por el barrio en el largo crepúsculo, espiar a los pájaros despidiendo al sol. Buen momento para decir que no a todo compromiso innecesario, proteger el ocio como a un recién nacido, buscar los momentos en que alma y cielo puedan comulgar.

En ese dejarnos ser es posible que vayan apareciendo, muy de a poco, los propósitos profundos. Pero el desafío está en no buscarlos, dejar que el tiempo liminal haga su trabajo: que limpie la mirada, como un helado que despierta el paladar entre plato y plato. No hay cómo recibir lo nuevo con la conciencia atiborrada de noticias viejas. Y lo cierto es que todo lo que pensamos, supusimos, y experimentamos hasta ayer es viejo.

¿Cómo disponernos a recibir lo nuevo?

Silencio y quietud, dos buenos derroteros. Escribir, pintar, dibujar, a la sombra de cualquier árbol. Leer, que es dialogar con otros tiempos y latitudes. Avivar los poros en contacto con el sol, el viento, la tierra mullida. Olfatear el aire con visceral disfrute, dejarnos arrullar por los sonidos, saborear las tostadas del desayuno como si fuera por vez primera.

Es posible que el dejar de hacer (aunque sea por un rato) nos produzca una suerte vértigo, como si ante nuestros pies se abriera de golpe un vacío tamaño agujero negro. Pero en lo profundo el pozo está lleno, siempre lo estuvo, y no tardarán en subir las aguas limpias si sabemos esperar. Con ellas puede que emerjan emociones olvidadas, asombros desterrados, y también intuiciones nuevas, paridas por obra y gracia de la calma.

Hagámonos el tiempo. Procurémonos el lugar. Extendámonos esta pequeña cortesía. Que el signo del nuevo año se despliegue solo, pétalo a pétalo, como una flor.

La osadía de desnudar el alma - Fabiana Fondevila

La osadía de desnudar el alma

El coraje tiene muchas caras. Algunas son adustas, de rictus filoso y tenaz. Otras tienen la altivez del idealismo y la mirada perdida en el horizonte. Y hay caras, como las de Margarita Gordyn, que muestran otra forma de la valentía. Como si el alma hubiese decidido de pronto despojarse de todas sus vestiduras y nos mirara desde el otro lado del cuarto, contenta con ser quién es, invitándonos a hacer lo mismo.

Hace tres años, Margarita fue diagnosticada con Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), una enfermedad debilitante que va quitándole fuerzas al cuerpo de a poquito. Maggie nunca fue su diagnóstico: ni cuando lo recibió, ni cuando le dio pelea, ni hoy que, sabiamente, aceptó que esto es lo que toca vivir ahora, y se abocó a hacerlo sin negación ni distracción alguna.

En una visita reciente me recibió en compañía de los dos enfermeros que por esos días la cuidaban. Una le hizo una broma antes de salir del cuarto y dejarnos solas. “¿Cómo estás?”, pregunté. “Bien”, respondió, ayudada por un aparatito que la ayuda a amplificar su voz, algo limitada por una traqueotomía. Y mirando en dirección de la cuidadora recién partida, acotó, risueña: “Nos divertimos”. Un comentario trivial en cualquier otra situación; en esta circunstancia puntual, casi una declaración de principios.

Margarita es escultora. Sus obras –exquisitamente emergidas del bronce, la madera, la resina- rezuman sensibilidad, inteligencia y una forma sutil de la osadía. No van al encuentro del que mira a los tumbos, gritando su mensaje. Más bien, dicen lo suyo con suave elocuencia. Una jovencita que mira sin ver. Un hombre pájaro que se debate entre dos mundos. Un ángel que despliega apenas su única ala. Siete personajes más que reales que nos revelan en nuestros pecados más escondidos.

Con una amplia formación en instituciones como el City and Guilds of London Art School, de Inglaterra, y la Real Academia de Bellas Artes de Amberes, de Bélgica, Margarita ha ganado importantes premios y tiene obras expuestas en sitios destacados. Pero uno no piensa en esos premios cuando se encuentra, cara a cara, con sus maderas de curvas imposiblemente armónicas. Lo que uno piensa es cómo habrá hecho ella, con su cuerpo leve, para imponerse sobre esos troncos e imprimirles esas formas tan precisas, que los hacen parecer así alumbrados por la misma tierra, sin otro designio que el de asombrar y conmover a quien los mira.

La escultura comparte lugar en el corazón de Maggie con la meditación sufí, un camino vital que recorre desde hace décadas, de la mano del maestro inglés Llewellyn Vaughan-Lee. La enfermedad no fue un impedimento para seguir dirigiendo un grupo de meditación en su casa, semana tras semana, junto a su esposo Emilio.

Si hay una prueba de fuego para cualquier práctica espiritual, se pone de manifiesto en instancias de la vida como la que atraviesa Maggie en este momento. Y en su caso, no caben dudas, la prueba fue superada. La meditación, y la actitud de vida que promueve, ha sido un bálsamo en momentos de angustia, miedo y forzada inmovilidad.

La técnica parece sencilla: simplemente conectar con el corazón, y descansar en esa hondura. Así lo describe ella: “Uno va hacia adentro y busca ese lugar donde siente la energía del amor. Y ahí es donde nos unimos con todo: con la naturaleza, con Dios, con todo lo que hay”. Ese lugar, que antes había sido de visita, se ha convertido en una de las residencias semipermanentes de Maggie en este trance.

“¿Cómo es, hoy, meditar?”, le preguntó hace poco Virginia Gawel, su terapeuta y entrañable amiga, en una entrevista filmada que recomiendo fervientemente experimentar. “Es salirme del mundo y entrar en contacto con mi ser. Es un estado de serenidad”, respondió Maggie, fiel a su sencillez de pocas palabras.

En ese estado de serenidad comienza cada mañana: meditando y observando cómo el sol acaricia las hojas de las plantas en su jardín. Después lee un poco de Jung, o algún artículo sobre historia y mitología griega, una pasión reciente. Una vez por semana, se traslada a su taller, hoy comandado (bajo su amorosa tutela) por su hijo Meco, y da clase.

Allí, en un galpón luminoso de Villa Adelina, ve surgir de entre las manos y los cinceles de sus alumnos formas abstractas, bustos, pies de bailarinas, fragmentos de mundos. Ella recorre, mira, comenta y aconseja, siempre cuidadosa de no interferir en aquello que quiere nacer de cada uno.

Así también describe cómo ha sido el proceso creativo para ella: luego de muchos años y esculturas que quedaron inconclusas, paso a ser… “algo que ocurre naturalmente, sin buscarlo, sin mucho esfuerzo, cuando uno se abre a lo intuitivo”.

“Hoy, que ya no te es dado esculpir ni disfrutar de otras actividades preciadas, ¿qué te hace sentir viva?”, me animo a preguntar.

“El amor”, responde, sin calificativos.

Está claro que habla de Emilio, de Meco y Helena, sus hijos, y de su hermana Elisa. Pero también de los alumnos, y de los amigos incondicionales que fueron quedando. “Algunas amistades desaparecieron con la enfermedad. Las que quedaron se fortalecieron”, dice, y agrega: “Me siento rodeada de cariño”.

En enero de este año, Maggie sufrió un paro cardiorrespiratorio. Los médicos la trajeron de vuelta, y pasó varias semanas entubada en terapia intensiva. De algún modo, esa experiencia límite marcó un cambio en su sentir. “Hasta ese momento, estaba haciendo todo lo posible por morirme. Cuando volví, me di cuenta de que estaba viva. Y que si era así seguramente todavía tenía algo que hacer acá.”

Desde entonces se ha dedicado a vivir el presente con toda la lucidez y la ecuanimidad de la que es capaz, sin temerle ya a ese incierto desenlace que a todos nos quita el aliento. “La muerte ya no me preocupa”, dice, la expresión suave y distendida.

Da pena poner fin a la charla y dejar ese oasis de paz que es su taller, una paz que no logra quebrar ni el runrún de fondo de las lijas eléctricas, ni las breves interrupciones al diálogo para que Maggie descanse del esfuerzo de hablar.

En lo que dura el encuentro, la enfermedad es apenas un testigo mudo que acompaña sin perturbar ni robarse el centro de la escena.

Así de fuerte es la presencia de esta mujer de cuerpo leve y alma audaz. Por lo visto, así se ve el coraje, también: en lugar de garras, ofrece caricias; en lugar de dureza, propone entrega; en lugar de miedo, ofrenda amor.

Me despido de Maggie y espío una vez más su “corazón en llamas”, una escultura que rinde homenaje a los arrebatos del vivir despierto. “Estar acá es inmenso”, supo escribir Rilke, otro artista que tampoco le temió a la muerte. Qué bien los dicen los poetas y los escultores. Las almas desnudas, también.

Fabiana Fondevila

Para conocer el arte de Margarita, visitar: http://www.artebaires.com.ar/mgordyn/

Los invito también a dejarle mensajes, saludos e impresiones en la sección de comentarios. Gracias!

El asombro nuestro de cada día - Fabiana Fondevila

El asombro nuestro de cada día

Una columna publicada hoy en Vivir Agradecidos, el sitio que transmite las enseñanzas del Hermano David Steindl-Rast en la Argentina y aboga por la gratitud como forma de vida. Se las comparto, con el deseo que puedan también hallar placer y sosiego en estas pequeñas instancias de la vida diaria que nos señalan más allá de sí mismas.

http://www.viviragradecidos.org/el-asombro-nuestro-de-cada-dia/

El alma, fervorosa y terrenal - fabiana fondevila

El alma, fervorosa y terrenal

Nosotros, los que crecimos a pura educación cartesiana, con las cabezas atiborradas de reglas y datos (o sea, todos desde hace varios siglos a esta parte), solemos buscar respuestas a nuestros problemas por una única vía: apelando a nuestro hiperactivo y superestimulado intelecto. Y no hay nada de malo en ello: esta facultad, que tanto desarrollo ha alcanzado en el ser humano, es responsable de los logros y descubrimientos que gestaron la civilización de la que todos nos beneficiamos.

Pero fue también su hegemonía absoluta -en desmedro de todo otro saber o forma de entender el mundo- la que dio pie a los excesos, la insensatez y la profunda desconexión que hoy malogran muchos de esos hitos y ponen en riesgo la supervivencia del planeta.

Reconquistar el equilibrio -como especie y como individuos- requiere de nosotros una aventura singular: despertar la memoria del cuerpo, renovar el vínculo con la tierra y entablar un diálogo fecundo con nuestras propias almas; tres acciones que se nutren unas de otras y se allanan mutuamente el camino.

En el sentido que aquí uso la palabra, “alma” no es sinónimo de “espíritu”. Me refiero a ese núcleo vital, misterioso y salvaje que representa nuestra esencia única e incomparable. Esa esencia que es más profunda que nuestra personalidad, pero se relaciona íntimamente con ella; que excede los límites de nuestro cuerpo, pero se expresa constantemente a través de él.

¿En qué se diferencia esta esencia misteriosa del espíritu?

Si el espíritu es impersonal, descarnado, trascendente y puro, el alma es personal, terrenal, inmanente y rica en zonas oscuras. Podría decirse que el alma es una emisaria del espíritu, y que ambos caminos -el que llama a ir al encuentro de lo Absoluto (espiritualidad ascendente) y el que se adentra en lo personal (espiritualidad descendente)- son igual de necesarios. Sin embargo, antes de intentar escalar los diáfanos picos, es conveniente haber transitado, con honestidad y con entrega, las honduras de nuestra existencia terrenal concreta: nuestros recuerdos, nuestro pasado, nuestras pasiones y temores; nuestros símbolos e imágenes, nuestros sueños. En otras palabras, nuestra forma única e inimitable de habitar el universo.

Así define Bill Plotkin, psicólogo e investigador, la diferencia entre alma y espíritu: “El alma se encuentra en el inconsciente, y el espíritu en el reino de lo supra-consciente, aquello que está más allá de cualquier objeto. Ambos se asocian con estados de éxtasis (fuera de la conciencia ordinaria), pero los encuentros con el alma se manifiestan en los sueños y las visiones del destino personal, mientras que la realización del espíritu engendra conciencia pura, sin contenido”.

En otro de sus libros hace una distinción más visceral: “El alma ama la intimidad; el espíritu nos eleva por encima de ella. El alma es peluda; el espíritu, calvo. El espíritu ve aun en la oscuridad; el alma tantea el camino a su paso, o necesita de un perro guía. El espíritu arroja flechas; el alma las recibe en el pecho.”

Entramos en contacto con el alma cada vez que sentimos el hechizo de una imagen: una escena que nos conmueve aun sin entenderla, un paisaje que nos seduce como la llama a la polilla, un objeto que nos resulta familiar, aunque sea la primera vez que lo vemos.

A veces el puente es un sabor, un aroma, una música; el alma ama expresarse a través de los sentidos. Y los sentidos son, junto con las emociones, un excelente medio para empezar a explorarla. No hace falta ser artista para hacer de los colores un puente, de las formas o los gestos una carta de presentación. Basta con dejar que el interior se exprese como le nazca hacerlo: en un plato que lleva nuestra impronta, en un tejido lento y laborioso, en palabras que brotan sin censura, en sueños que nadie más osaría soñar.

No siempre es fácil este camino descendente. Nos asusta meternos con aspectos de nuestro ser que hace años desterramos por inmaduros, caprichosos, sombríos, antojadizos. Nos cuesta escuchar lo que pide el cuerpo y actuar en consecuencia, sobre todo si esto implica desafiar la etiqueta o “las buenas costumbres”.

La desnudez nos inquieta: ¿quiénes seremos, si osáramos despojarnos de los ropajes que vestimos a diario? ¿Y si no le gusta al mundo ese o esa que somos? ¿Y si no nos gusta a nosotros mismos?

Dijo el gran (C.G.) Jung: “Las personas hacen cualquier cosa para evitar enfrentarse con sus almas. Practican el yoga de la India y todos sus ejercicios, observan un estricto régimen dietario, aprenden la literatura del mundo, todo porque no quieren meterse con ellos mismos, y no tienen la menor fe de que algo útil pueda salir de sus propias almas.” Este temor fogonea la sobre-espiritualización tan frecuente en nuestros días (ver Los riesgos del bypass espiritual).

Es fácil confundirse y pensar que la meditación y otras prácticas propias de la espiritualidad ascendente pueden envolverlo todo en un hálito de virtud y transparencia, tendiendo un manto piadoso sobre nuestras zonas oscuras. Pero no sólo no lo logran (porque no es para eso que fueron creadas), sino que, en el intento, a veces sofocan todo lo que hay de fértil y propicio en nuestro propio camino del crecimiento. Silenciamos -por un tiempo- las pasiones y los bríos, y les ponemos sordina a las emociones que nos ayudarían a entendernos y a cultivar quienes verdaderamente somos.

Distinto es abocarse a estas prácticas habiendo transitado -o transitando aun- el camino del llano. O, para usar una metáfora más precisa, el viaje por el propio submundo. En las honduras hay dolor, hay recuerdos odiosos y antipatías, pero también sorpresas, tesoros, descubrimientos. Sobre todo, hay verdad.

La naturaleza es el espejo primero y perfecto de esta jungla interior: en ella vemos, donde sea que miremos, muerte y renacimiento, peligros que acechan y rincones de solaz, luchas denodadas e instancias de comunión sin palabras. Quizás lo que mejor nos muestra la naturaleza -de ella misma y de nosotros, sus hijos- es una eterna, inacabable y fervorosa creatividad; vida que alimenta vida, y se celebra a sí misma en cada acto.

Propongo que reconectar con lo silvestre, en el entorno así como en nuestro centro, puede devolvernos no sólo una cuota de autenticidad y alegría, sino algo más grande aún: la incomparable experiencia de estar vivos. Dijo Rilke: “Si nos entregáramos a la inteligencia de la Tierra, / podríamos erguirnos enraizados, como los árboles. / En cambio nos enredamos en nudos de nuestra propia creación, / y luchamos, solos y confundidos. / Y entonces, como niños, comenzamos de nuevo / a caer / a confiar en nuestro peso, pacientemente. / Aun un pájaro debe hacerlo, antes de poder volar.”

Fabiana Fondevila