La revolución de las raíces

La revolución de las raíces
La revolución de las raíces

Los primeros brotes pasaron desapercibidos. Magnolia sonrió al verlos subir, enredándose en su tronco, abrazando las ramas bajas. La alegró esta nueva compañía. En la comarca alejada, las únicas visitas eran los zorzales y benteveos que buscaban su sombra, alguna fila de hormigas en busca de alimento, y los escarabajos que, desde hacía milenios, elegían al polen de su especie para libar.

Al fin, Él se presentó: “Ficus trepador, a su servicio”.
No aclaró de dónde venía, ni a dónde iba, pero elogió sus flores como cuencos, su corteza suave, su porte delicado y esbelto. “Única en la comarca”, susurró, asomando entre las ramas, y ella se sonrojó.
Pasaron soles, lunas, tormentas y vendavales. Ficus ascendía lentamente, rodeando las ramas de Magnolia a paso de caracol, envolviéndolas milímetro a milímetro con su tumulto de hojas.
Una mañana, al despertar, ella lo encontró husmeando entre sus flores. “¡Aroma de los dioses!”, exclamó Él, y pasó a rodear la flor por la cintura. Un círculo, dos, tres, a ritmo de caricia. Con cada giro, los pétalos se inclinaban más hacia su centro, cerrándose a los rayos tibios, a la frescura del aire y a los invisibles tripulantes: insectos, esporas, semillas multicolores, plumas.

“Por favor”, pidió Magnolia, “no cierres mis flores. Sin ellas no puedo llamar a los escarabajos ni alimentarlos. Si ellos no se alimentan, no puedo viajar por el aire y sembrar vida. Si no puedo sembrar vida, me quedo sola. Por favor, no cierres mis flores”. Ficus pidió disculpas y retrocedió. Siguieron días de silencio y quietud.

La revolución de las raíces

La primavera se abría paso en capullos y retoños, en moras que se hinchaban de mieles
púrpuras, abejas borrachas de polen, crisálidas que eclosionaban en un revoloteo de
naranjas, turquesas y borravinos. Una tras otra, las flores de Magnolia se abrían. Y con ellas, todo su ser se disponía a impregnar al mundo de dulzura.

La revolución de las raíces

Una tarde, Magnolia sintió un movimiento extraño. Miró hacia abajo y vio que Ficus subía por su tronco nuevamente. Pero esta vez no era a paso de caracol, sino de
lava. Sus brazos se deslizaban cual serpiente de rama en rama, clavando sus raíces en cada rendija de su corteza. A su paso, le enrollaba las hojas lustrosas como
cucuruchos, y construía una pared verde que no dejaba pasar el aire, el agua ni el sol. Cuando Magnolia salió de su estupor y quiso levantar la voz en protesta, la última de sus flores se cerraba como un puño: no pudo emitir ni un quejido.

Desde ese día, en la comarca no quedó rastro de Magnolia. En su lugar se alzaba un
monolito verde, inquietante y sepulcral.
Los escarabajos rondaban desconcertados. Trazaban círculos alrededor de Magnolia y se preguntaban a dónde se habría ido.
Dentro del monolito verde, ella desfallecía.

La revolución de las raíces

La mañana en que comenzó la lluvia, quedaban apenas unas pocas gotas de su savia.
Al principio fue una llovizna suave. Para el mediodía, el agua caía a baldazos sobre el suelo de la comarca.
La lluvia inundó la tierra apisonada a los pies de Magnolia, sacudió sus raíces,
despertó a su savia. La savia robustecida se montó sobre los hongos mensajeros. Los
hongos echaron a rodar, sobre su telaraña de filamentos, la preciosa carga.

La revolución de las raíces

Mientras la tormenta arreciaba sobre la superficie, la noticia del asedio corrió bajo tierra hasta los cuatro confines. En el este, Acacia destiló su pócima de penas; en el norte, Palmera sintetizó un elixir de furia; en el oeste, Higuera alquimizó el horror en potencia; en el Sur, Tipa tejió una trenza de raíces para portar la medicina.

La revolución de las raíces

Antes de que estallara el siguiente trueno, los hongos volvían a Magnolia con su ofrenda. Primero de a gotas y luego a borbotones, se abrieron paso por el tronco los colores: el rojo del coraje, el oro de la confianza, el índigo de la osadía, el verde de la libertad.

Desde las axilas hasta los dedos, las ramas de Magnolia despertaban. En cada rama, las hojas se desenrollaban como trompos y hacían saltar por el aire a las púas ajenas. Por entre el matorral asomaban pájaros atontados.

Filas de hormigas retomaban la marcha. Por fin, con un estertor de triunfo, se abrieron las flores. Magnolia se sacudió a Ficus como a un vestido viejo.

Se podría creer que nada cambió en la comarca desde entonces. La primavera aún sigue
al invierno, el verano a la primavera, el otoño al verano. Pero para Magnolia, todo es
nuevo. Los escarabajos libadores ya no llegan con manos vacías: cada uno porta noticias de sus hermanas. Algunos traen flores, otros frutos; en los días festivos, traen trenzas de colores. Hasta el más perezoso ostenta sobre su lomo una ráfaga de buenos deseos.
Hay tormentas en la comarca, hay sequías. Para Magnolia y sus hermanas, lo que no hay, lo que ya no habrá, es soledad.

La revolución de las raíces

Texto: Fabiana Fondevila. Ilustraciones: Maite Oz

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