Por una cultura de aliados

Gonzalo Davio / La Palabra Rojas

Todos sentimos las tripas retorcerse al leer de la complicidad de las fuerzas de la Policía bonaerense en el asesinato de Úrsula Bahillo, en manos del policía bonaerense Matías Martínez. Complicidad tácita y explícita: en el rechazo a tomar denuncias, en apenas mover al oficial tras la primera acusación, en solo apartarlo con carpeta psiquiátrica al sumarse las denuncias, sin tomar una sola medida preventiva. Todos sentimos una ola de impotencia frente a la desidia de los funcionarios que debían velar por la joven desesperada Y fuimos una ola de furia ante las palabras que usó el asesino para anoticiar a su tío de las 15 cuchilladas: “Me mandé una macana”.

Hoy nos atraviesa el crimen de Úrsula, pero es solo el más reciente. Y, si nada cambia, no será el último.

En la madrugada del 13 de marzo de 1964, una joven de 28 años llamada Kitty Genovese fue asesinada fuera de un complejo habitacional, en Queens, Nueva York. Dos semanas después del brutal asesinato, el New York Times publicó un artículo denunciando que 38 personas habían visto o escuchado el ataque, y ninguno había hecho nada para ayudarla.

El crimen dio nacimiento a lo que la psicología más tarde bautizaría “el efecto espectador”: la tendencia a que, cuando muchas personas atestiguan un acto violento (o un accidente, o una persona en problemas), la mera presencia de otros en la escena neutralice la acción. La presunción inconsciente es que “alguien” –otro- intervendrá, y entonces nadie lo hace: la presencia del grupo difumina la responsabilidad.

En base a este hecho, las estrategias más actuales contra el bullying hacen foco en el entorno, en las personas que rodean a la víctima y el victimario. Si nadie festeja el acoso, el violento tiende a desistir. Si un espectador interviene, aun sin tener relación directa con el bully o con el acosado, aumentan enormemente las chances de que el acto cese.

Vuelvo, ahora, al crimen de Úrsula; al policía que ya había sido acusado de violar a una menor discapacitada y de acosar a otra ex novia, compañera de la fuerza; el mismo que tenía 18 denuncias alojadas en su contra; el que era conocido por sus vecinos por sus conductas violentas. En otras palabras: al crimen más anunciado de la historia.

Fueron más denuncias que puñaladas, pero ninguna denuncia, ninguna perimetral, ningún botón anti-pánico logró evitar que Martínez cumpliera con su amenaza, y la matara.

Los 44 femicidios que van en este flamante 2021 dan cuenta de la insuficiencia del sistema judicial en sus deberes de amparo, y de las falencias flagrantes en la aplicación de las leyes creadas para ese fin. ¿Alguien puede explicar cómo y por qué, en diciembre pasado, cuando el fiscal Sebastián Villalba (de 9 de Julio) pidió la detención de Martínez por un caso anterior de abuso, “el juzgado dijo que había que esperar” y lo dejó en libertad? ¿Hace falta exigir que las fuerzas destinadas a proteger a los ciudadanos se ocupen de resguardar a las víctimas, y no a los victimarios?

Y, aun así, sabiendo que dependemos de los organismos cuya función es defendernos, sabiendo que debemos obligar a esas fuerzas a cumplir su función, resuena en mí una frase, pronunciada por un vecino de más de 20 años del barrio de Rojas donde vivía Martínez. “Ya todos sabíamos cómo era”, dijo. Donde hay violencia, salvo casos muy inusuales, hay testigos. Y donde no hay testigos, es porque las víctimas no sienten confianza de acercarse a alguien y contar; confianza de que serán escuchadas, de que no serán juzgadas, que sus miedos no serán minimizados o desestimados.

“Para que el mal triunfe, solo se necesita que los hombres de bien no hagan nada”, dijo el escritor y político irlandés Edmund Burke. Todos –hombres y mujeres- debemos abandonar el rol de espectadores, superar el “no te metás”, el miedo a equivocarnos y hacer algo. ¿Hacer qué? Hablar, escribir, gritar, resguardar, acercar recursos, ocultar a la víctima y exigir –con la fuerza mancomunada del grupo- que se detenga al agresor. Que golpeemos, entre todos, las puertas de las comisarías y los juzgados, y exijamos una Justicia del siglo XXI, que priorice a los vulnerables y tome acción inmediata contra los agresores.

No ignoramos la complejidad que puede tener la violencia de género. Sabemos que, en muchos casos, las mujeres necesitan de un acompañamiento compasivo y sutil para poder de salir de vínculos opresivos y tóxicos, y debemos aprender a ofrecer esa escucha, esa ayuda. Pero cuando una mujer pide socorro a gritos, no podemos no estar todos ahí, al instante, cerrando filas a su alrededor.

Para no llegar a instancias desgarradoras, urge que pasemos de una cultura de testigos a una cultura de aliados. Las mujeres venimos defendiéndonos unas a otras, marchando y reclamando a viva voz, desde hace muchos años. Pero no alcanza. Solas no podemos. Necesitamos que los hombres asuman la causa como propia: que cuestionen qué nivel de responsabilidad puedan tener, por acción u omisión, aun en pequeños actos; que confronten a la cultura del poder sobre que impera todavía en demasiados ámbitos, y militen activamente por una cultura del poder con.

La violencia contra las mujeres no es una condena biológica, un flagelo social, un mal histórico inexpugnable: es una decisión. Prospera en el silencio, en el ocultamiento, en el mirar sin ver.

Por Úrsula, por sus amigas, por su madre, por todas las mujeres que hoy buscan una salida solas y desesperadas, frente a una Justicia indiferente: miremos, veamos, actuemos.

F.F.

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