Naturaleza Salvaje Vitalidad

Reencantar el mundo

“La naturaleza no es un lugar a visitar; es nuestro hogar”. Esto dijo el poeta naturalista y activista Gary Snyder. Cabe preguntarse: ¿cómo vuelvo a ese hogar, si vivo en medio de la ciudad y el verde más cercano es la plaza con bancos de cemento a diez cuadras de mi casa? ¿Cómo vuelvo a ese hogar si apenas avisto el mar o las montañas una vez al año, en mis vacaciones? ¿Cómo vuelvo a ese hogar si mis obligaciones me tienen corriendo de un lado para otro, y ni atisbo a mirar el cielo?

En este taller de cuatro encuentros, veremos: cómo encontrarnos con la naturaleza que está, ahí, todo el tiempo, donde estamos nosotros; cómo interactuar con ella, entendiéndola. como el teólogo Thomas Berry, como un sujeto, y no una colección de objetos; cómo despertar a la vitalidad que aguarda en nuestro olvidado yo salvaje, y en el reencuentro con la materia.

Cuatro encuentros, cuatro opciones de días y horarios:

Martes, a las 18.30, en Las Cañitas / Miércoles, a las 10, en Don Torcuato / Viernes, a las 16, en Florida / Sábados, a las 16, en Belgrano.

Retribución por el curso: $ 2000 / Inscripción: info@fabianafondevila.com

No vinimos al mundo para tolerarlo, o para trascenderlo, sino para amarlo. ¿Por qué no empezar hoy?

El llamado del otoño

Miriam Pösz

“Ya está, no hay nada que hacer, llegó el otoño”, dice mi hija, con cara de fatalidad. Hace rato que las señales están, aunque el termómetro simule un verano eterno: hojas que se sueltan de las ramas y flotan hacia el suelo, como ideas sueltas que nadie recogerá. Noches que erizan la piel. El casi imperceptible declinar de la luz.
Hay quienes aman el frío y sus rituales. Hay quienes celebran el cambio; el repentino quiebre en la monotonía. Pero casi nadie escapa a una faceta de la estación que comienza: el otoño tiene aroma a crepúsculo, a declive, a merma, a ocaso. No hace falta ser un alma melancólica para sentirlo. El repliegue de la savia hacia la tierra, la clorofila que retrocede, dando lugar al amarillo de los arces y los fresnos, al carmín y el púrpura de los robles y los liquidámbar. La paleta del otoño, que se refleja en el paisaje, en las frutas y hortalizas, y también en nuestro ánimo.
Mientras el mundo es verde, es fácil sentir que la pujanza es ley, que todo impulso tiende a su máxima expresión. Como el pasto y los yuyos, en el verano nuestras energías ascienden y eclosionan en dirección al sol. Pero cuando la luz y el verde se retiran, de pronto recordamos: no éramos eternos, invencibles, todopoderosos. El brillo de la vivacidad era prestado.
Según la medicina china, el otoño es la estación del duelo. La energía se centra en los pulmones y puede traer tos, congestión, lágrimas. También del intestino grueso, que es órgano de filtrado (ayuda a discriminar y dejar ir lo que no nos sirve). No es casual que, en inglés, el nombre de esta estación sea fall (caída). Para quienes tengan pérdidas recientes, o lleven en el corazón heridas grandes, es posible que las penas se reactiven por estos días, como se hacen sentir los huesos en días de humedad.
Pero aún sin que medien duelos personales, la tristeza nunca está del todo lejos de quien está prestando atención. La lenta agonía del planeta, y nuestra indolencia para frenarla. La verdad esencial de que cada vínculo, cada logro, cada nuevo comienzo, trae en su seno la semilla de su declinación. En tiempos de luz, es fácil olvidarlo. “Perdemos tanta energía tratando de encubrir lo que somos, cuando detrás de cada actitud está el deseo de ser amados, detrás de cada enojo hay una herida que busca ser sanada, y debajo de cada tristeza está el temor de que no alcance el tiempo”, dice el autor y poeta Mark Nepo.
El otoño no nos llama a regodearnos en la pena, sino a escuchar la invitación de la tristeza: soltar, para rejuvenecernos. ¿Soltar qué? Lo que nos sobra, lo que nos queda chico, lo que ya no vive, lo que nos pesa. Podemos hacerlo sin miedo, a sabiendas de que lo que realmente importa vivirá de todos modos, por mucho que lo soltemos. “El verdadero adulto humano entrega todo por aquello que no puede perderse”, declara otra poeta, Jennifer Welwood. Paradójicamente, el acto de soltar, de dejar de resistirnos a lo inevitable, nos da fuerza para librar las batallas que sí valen la pena: paliar los sufrimientos evitables, combatir los atropellos, cuidar de nuestro prodigioso hogar, y todos sus integrantes.
¿Qué hacer, entonces, con el frío que llega? Sacar las lanas del placard, poner a calentar la pava, abrigarnos con palabras sinceras. Respirar hondo, aflojarnos la ropa, hacer silencio. Y ver qué podemos entregar a la tierra hoy, junto con las hojas secas. Quizás sea la inercia, la inacción, las ganas de mirar para otro lado. Quizás sea un cúmulo de penas reprimidas. Quizás la misma tristeza que riega la tierra, la ayude a renacer.

Fabiana Fondevila

El héroe interior

El héroe interior

¿Qué potencias aguardan ser descubiertas?

Cualquier cosa o cualquier persona / que no te haga sentir vivo // te queda chica.
David Whyte

Cada ser humano es una expresión única del desbordante genio creativo de la vida. Los problemas urgentes que atraviesa el planeta, y con él, la raza humana, requieren que esa expresión única se plasme, hoy, para provecho de todos. Pero a la vez, es solo cuando exploramos nuestros dones y los compartimos con el mundo que estos alcanzan su máxima pujanza.

“No logras el poder de tu visión hasta que lo despliegas en el mundo ante los otros”, dijo el líder Sioux Black Elk. En esa entrega se revela, misteriosamente, que había en nosotros una visión, y que esa visión pedía plasmarse en acciones concretas y cotidianas, que a la larga dan forma a una misión. A esa antigua alquimia nos abocaremos.

Síntesis del programa:

Marzo: Ampliar las fronteras del yo. ¿Quiénes somos, en verdad?
Abril: Resignificar la vocación. ¿Conocemos y actualizamos nuestro propósito?
Mayo: Reencantar el mundo. ¿Cuánta intimidad tenemos con la tierra?
Junio: Danzar con lo sutil. ¿Dialogamos con los mundos invisibles?
Julio: Ser el cambio. ¿Abrazamos los arquetipos de transformación?
Agosto: Integrar las polaridades. ¿Cómo cultivar el matrimonio sagrado?
Septiembre:  Crear un espacio colectivo. ¿Cómo puedo crecer en mis vínculos?
Octubre: Aprender a pertenecer. ¿Cuál es mi lugar en la tribu?
Noviembre: Animarse a liderar. ¿Cómo quiero que sea mi reino?
Diciembre: Encarnar al héroe interior. ¿Qué dones elijo nutrir, amplificar, desplegar?

Modalidad: duración anual (de marzo a diciembre), cursada semanal.

Opciones de días, horas y locaciones:

Martes, de 19 a 21, en Las Cañitas.
Miércoles, de 10 a 12, Don Torcuato.
Viernes, de 16 a 18, en Florida.
Sábados, de 16 a 19, en Belgrano.

Consultar por otras opciones. Es posible sumarse con el curso iniciado.

Retribución: $ 2000 por módulo/mes.

Informes e inscripción: info@fabianafondevila.com
Por favor, especificar por qué taller se consulta.

Gracias!

Pájaro rojo, Miriam Pösz

El asombro no tiene fin

Miriam Pösz

Miriam Pösz

Años antes de que la práctica de Mindfulness copara titulares con su invitación a saborear el momento, Mary Oliver –la poeta estadounidense fallecida la semana pasada, a los 83 años- ya decía cosas como: “La atención es el comienzo de la devoción”, “Prestar atención es nuestro trabajo apropiado y sin fin”. Y también: “Esta es la cosa primera, más sabia y más salvaje que conozco: el alma existe, y está hecha enteramente de atención”.

No lo decía desde el púlpito. Lo decía desde el bosque en el que vivía (en Provincetown, Massachussetts) mientras esperaba una hora más, inmóvil entre los árboles y el musgo, la aparición de aquel ciervo que un día, tras otra ofrenda similar de tiempo y paciencia, se acercó a frotarle su cara en la mano. En verdad eran dos y, según cuenta, uno le habría dicho al otro: “Ella está bien / veamos quién es / y por qué está sentada // en la tierra de ese modo / tan silenciosa, / como si durmiera, o soñara / pero, en cualquier caso, inofensiva.”

Lo decía mientras saludaba al sol, cada mañana, deleitándose con la fidelidad de su presencia. Así, por ejemplo: “Hola, sol en mi cara. / Hola, tú que hiciste la mañana, / y la esparciste sobre los campos, / y en las caras de los tulipanes, / y en las campanas violetas, / de la enredadera que sacuden sus cabezas. // Y en las ventanas, incluso, de los afligidos y los malhumorados.”

Para quienes la leímos con fruición, su nombre es sinónimo de atención y de otras palabras fundantes: salvaje, misterio, asombro, pavura, devoción, gracia, gratitud. Todas cobraban vida en sus poemas sencillos, llenos de buenas preguntas, que vivían en el cruce de caminos entre naturaleza y espiritualidad.

mary oliver
Mary Oliver, en una foto reciente.

Desde Whitman y Thoreau, nadie había logrado hacerle decir tanto a los pastos y los cielos, ni había podido sumergirnos con tanta sutileza en la experiencia encarnada de lo sagrado. Pocos supieron provocarnos con tanta altura, arrojando interpelaciones como: “¿Estás respirando solo un poquito, y llamándolo vida?”, “¿Y vos, también, entendiste al fin para qué existe la belleza / y cambiaste tu vida?”, y “Esta es la gran pregunta, la que el mundo te arroja cada mañana. ‘Aquí estás, vivo. ¿Te gustaría comentar?’”

Mary Oliver era una rara avis. Distinguida con un Premio Pulitzer y un National Book Award, era a la vez vista con recelo por parte de la crítica por ser una especie de rock star de la poesía. Sus libros eran recibidos como novelas de Harry Potter, sus frases celebérrimas –¿y tú, qué piensas hacer con tu vida preciosa, salvaje, única?”- eran tweetiadas e instagramiadas, sus lecturas eran siempre a sala llena y, lo más extraño de todo, para una ermitaña que le escapaba a las entrevistas, la gente la adoraba.

Algunos de sus poemas, como el tan citado Gansos salvajes, han salvado vidas con su exhortación a compartir nuestro dolor, a permitir que “el animal suave de tu cuerpo ame lo que ama”, a recuperar nuestro lugar “en la familia de las cosas”. Otros, como el más desconocido Rezar, abrieron las puertas de la oración hasta a los ateos: “No tiene por qué ser / un lirio azul, pueden ser / unos yuyos en el baldío / o unas piedras pequeñas, solo / presta atención, luego / Junta unas palabras y no intentes / que sean elaboradas, esto no es / un concurso, sino un umbral / a la gratitud, y un silencio en el / cual otra voz pueda hablar.”

Algunos veían en Mary a una poeta bucólica, ciega a la oscuridad del mundo. Esas personas no la leyeron con atención. No había rasgo de ingenuidad en sus descripciones del mundo natural, que incluían escenas como la agonía de un pez que ella misma pescó. Tras separar su carne de sus huesos y comerlo, concluye: “Ahora el mar está en mí: yo soy el pez / el pez destella en mí; nos elevamos / enmarañados / destinados a caer / de vuelta al mar. / Del dolor, y el dolor, y más dolor, alimentamos esta trama febril, somos alimentados por el misterio”.

Otros la imaginaban una artista becada o acaudalada, ya que podía darse el lujo de pasar sus días divagando de sol a sol. La respuesta, dicha por ella misma, es que muchas veces deambulaba en busca de yuyos, hongos, peces y almejas para alimentarse, ya que por años ella y su mujer, la fotógrafa Molly Malone Cook, fueron demasiado pobres para comprar comida.  

Nada en la vida de Mary fue fácil ni liviano. Tuvo una infancia cruel: padre abusivo, madre desaprensiva. Su respuesta fue vivir escabulléndose al bosque de su Ohio natal, a perderse entre las páginas de Wordsworth, Keats, Shelley, Emerson y su alma mater Whitman; solo ella y las ramas, ella y las imágenes de las páginas que se derramaban sobre la tierra. “Me construí un mundo de palabras”, diría en una entrevista.

A los 17 visitó la casa de la poeta (también galardonada con el Pulitzer) Edna St. Vincent Millay, en Austerlitz, Nueva York. Ahí se hizo amiga de Norma, la hermana de la poeta, y terminó dedicando siete años a organizar los papeles de la artista. Fue en una posterior visita a Austerlitz, en 1950, que conoció a Molly. Se enamoraron a primera vista, según cuenta, aunque la fotógrafa (varios años mayor) fingió indiferencia tras sus gafas oscuras. Pasarían juntas las siguientes cuatro décadas, en una cabaña perdida en la península de Cape Cod. Cook sería su agente literaria y la destinataria de sus dedicatorias, hasta el día de su muerte.  

Mujer del bosque

La aldea de Provincetown se encuentra al final del signo de pregunta que es Cape Cod (Cabo Cod), en el noreste de Estados Unidos. Reducto de artistas, bohemios y una pujante comunidad gay, el pueblito de 3 mil y pico de habitantes atrae a los turistas por sus playas, su arquitectura encantadora y sus galerías de arte. Pero esa no es la Provincetown que cautivó a Mary. Su reducto personal fue la reserva natural lindante, llamada Province Lands: 1.400 hectáreas pobladas de lagos, lagunas y la más variada vida silvestre. Ahí caminaba Mary cada mañana, libreta cosida a mano embutida en el bolsillo, deteniéndose cada vez que una palabra o una frase asomaba en su imaginación. Así lo cuenta en “Cómo voy al bosque”:

Casi siempre voy al bosque sola, sin un solo amigo, porque ellos son sonreidores y habladores y, por lo tanto, no son aptos.

Realmente no quiero ser vista hablando con los pájaros gatogris o abrazando al viejo roble negro. Yo tengo mi forma de rezar, como sin duda vos tenés la tuya.

Además, cuando estoy sola puedo volverme invisible. Puedo sentarme sobre una duna tan inmóvil como un manojo de yuyos, hasta que los zorros corren a mi lado, despreocupados. Puedo escuchar los sonidos casi inaudibles de las rosas que cantan.

Si alguna vez fuiste al bosque conmigo, debo quererte mucho.

Los títulos de su veintena de libros señalan claramente la fuente de sus apegos y lealtades: Cisne, Viento oeste, Pino blanco, Mil mañanas, Pasturas azules, Pájaro rojo (publicado en español), La hoja y la nube, Río arriba, Doce lunas, Lechuzas y otras fantasías.

Aunque su amor por el mundo nunca mermó, desde la muerte de Molly en 2005, empezaron a imponerse otros tópicos. Sed, uno de sus obras medulares, es homenaje, duelo y aceptación de la ausencia de su amada, a la vez que un reencuentro con la fe que no pudo albergar en la Iglesia de su infancia. “El amor por la tierra y el amor por ti están teniendo una conversación tan larga en mi corazón”, confiesa.

De ahí en más, la muerte se vuelve una compañera de ruta. En 2012 escribe “El cuarto signo del Zodíaco”, en alusión a la enfermedad que la visitó ese año por primera vez. “¿Cómo será / luego de ese último día?” – se pregunta- “¿Flotaré / hacia el cielo / o me refregaré / dentro de la tierra o un río – / recordando nada? / Qué desesperada estaría / si no pudiera recordar / al sol que asciende, si no pudiera / recordar a los árboles, los ríos; si no pudiera recordar / siquiera, amada / tu amado nombre”.

En “Cuando llegue la muerte”, pide “atravesar el umbral llena de curiosidad, / preguntándome: / ¿qué aspecto tendrá esta morada oscura?” Y declara: “Cuando todo acabe quiero decir: / Fui una novia casada con el asombro. / Fui el novio, alzando el mundo en sus brazos”.

Por fin, en “En el Bosque Aguasnegras” entrega una hoja de ruta para los que quedamos de este lado del desgarro.

“Para vivir en este mundo

debes poder hacer

tres cosas:

amar lo que es mortal

abrazarlo

contra tus huesos sabiendo

que tu propia vida depende de ello;

y, cuando llegue el momento de dejarlo ir,

dejarlo ir.”

Hoy nos toca a nosotros, a quienes la amamos con devoción, como se ama a un pariente lejano cuya herencia corre insólitamente por nuestras venas, atravesar ese umbral. ¿Cómo cumplir con tan dura cita?

Como buenos discípulos diremos gracias, diremos adiós, diremos buen viaje, querida. Y mañana, al llegar el alba, saludaremos al sol, que también la recuerda.

Fabiana Fondevila

Traducciones citadas, de la autora.

Cuando llegue la muerte

Cuando llegue la muerte
como el hambriento oso de otoño;
cuando llegue la muerte y tome
sus brillantes monedas de su monedero

para comprarme y lo cierre;
Cuando llegue la muerte
como la varicela

cuando llegue la muerte
como un iceberg entre los omóplatos.

Quiero atravesar el umbral llena de curiosidad,
preguntándome:
¿qué aspecto tendrá esta morada oscura?

Y por eso lo miro todo
como una hermandad de hombres y mujeres,
y veo al tiempo como no más que una idea,
y considero la eternidad como otra posibilidad.

Y pienso cada vida como una flor, tan común
como una margarita del campo, y tan singular,

y cada nombre una música confortable en la boca,
que tiende, como toda música lo hace, hacia el silencio.

y cada cuerpo un león de coraje, y algo
precioso para la tierra.

Cuando todo acabe, quiero decir:
Toda mi vida fui una novia casada con el asombro.
Fui el novio, alzando el mundo en sus brazos.

Cuando todo acabe, no deseo preguntarme
si he hecho de mi vida algo particular, y verdadero.

No quiero encontrarme a mí misma suspirando y asustada,
o llena de argumentos.

No quiero acabar simplemente habiendo visitado este mundo.

Mary Oliver

Traducción: Fabiana Fondevila

mary oliver

Gracias por el asombro

¿Cómo escribir de alguien que representó, para mí y para tantos, un conducto a la felicidad tan seguro como el cielo, el aire o los mil y un pájaros que salían de su pluma? ¿Cómo hacerle honor, con palabras, a quien fue la artesana de tantas imágenes perfectas, pulidas como piedras de río? ¿Cómo contarles, a quienes no conocieron a la inusitada Mary Oliver, la conjunción imposible de maravillas que vivían en su poesía?

Hoy no puedo, ya podré. El corazón necesita reposar en su recámara, dejar que las aguas agitadas por la pena se calmen, que la mente haga las paces con la orfandad flamante, que la vida continúe sin ella. Hoy no puedo, ya podré.

En su lugar, comparto (abajo) un perfil que escribí hace muchos años, en otro tiempo y espacio, intentando rendir tributo al regalo que era ella, su música, su mirada, su amor salvaje por el mundo.

Quienes saben de mi amor por ella muchas veces me preguntaron por qué no procuraba entrevistarla (no daba entrevistas, salvo milagros), ser su traductora, acercarme de una u otra manera. Lo cierto es que nunca me hizo falta. Me colmaba saberla ahí, atravesando el bosque a solas, con la libreta pequeña embutida en el bolsillo, enmudeciendo por horas a la espera de aquel ciervo, conversando con las ranas del estanque, cambiando cualquier galardón por un atisbo más de ese zorro gris.

Hoy no hay palabras, no hay citas, no hay poesía. Solo esta inmensa gratitud que me abre el pecho al medio y me roba el aliento. Ella y sus lunas, sus zorros, su alma abismal.

hacer de una fiesta un festín - Fabiana Fondevila

Hacer de una fiesta un festín

Hay brindis, hay comida rica, hay encuentros y desencuentros. Siempre que las personas se juntan en ocasiones festivas, hay intención de divertirse, de compartir historias, de ponerse al día, de celebrar. Pero para sentir que celebramos, a veces enloquecemos un poco con los preparativos, como si apelando a los excesos aseguráramos el festín. Para estas fechas, es fácil confundirse y pensar que que una celebración depende de la cantidad o elaboración de la comida, de la cantidad de gente que acude a la cita, de cuán bien le estén yendo las cosas a los participantes. Lo que olvidamos en esos momentos es lo que verdaderamente significa celebrar.

Celebrar es participar de un rito. Un rito es una acción que pone en escena, de manera simbólica, una intención, un pedido, una emoción, un pasaje; en otras palabras, corporiza en el mundo visible lo invisible. Por su naturaleza, un rito nunca cumple un fin práctico. Tomemos como ejemplo tomar una copa de vino, bebida ritual si las hay. Podríamos tomar el vino como tomamos agua o una gaseosa, sin ningún gesto en especial. Pero no lo hacemos: alzamos la copa, nos buscamos las miradas, hacemos una pausa, pronunciamos alguna palabra a la altura del momento. Gracias a esa pausa plena de sentido, lo que llena nuestras copas no es solo alimento para el cuerpo, sino para el espíritu.

Recurrimos a los ritos cada vez que pasa algo importante en nuestras vidas que queremos o necesitamos honrar (señalándolo como significativo, separándolo de lo banal). En los ritos de celebración, lo que honramos es la alegría. No la felicidad de que todo esté saliendo bien, ni siquiera la esperanza de que el año que viene salga mejor; lo que celebramos es la alegría de estar juntos, de estar vivos, de tener algo (o mucho) que celebrar. Si hacemos pie en esa motivación, hasta los acontecimientos más nimios pueden convertirse en celebración: abrir los postigos para recibir la mañana, compartir una taza de té, recordar juntos a un ser querido, cocinar algo sencillo con alguien en mente, preparar nuestra casa para recibirnos unos a otros, como quien abre las puertas del corazón.

En estos días de fiesta, o en cualquier día del año, hay un par de ingredientes que dicen “celebración” más que cualquier banderín de colores. Uno es mirar con ojos de asombro. Ver con mirada fresca, despabilada, aquello que nos acompaña cada día. Recordar que –así como la vida en el planeta- la conjunción de circunstancias que tuvieron que sucederse para que cada uno de nosotros esté aquí hoy, disfrutando de un nuevo día en esta esfera verde-azul que gira en el universo, es lo más parecido a un milagro que conocemos. Asombrarnos por los que ya pasaron por aquí y nos dejaron en herencia sus dichas y sus añoranzas. Asombrarnos por los que vendrán, cuyas vidas dependen de algún modo de lo que hagamos con las propias, pero que a la vez traerán lo nuevo (si cerramos los ojos, lo intuimos). Asombrarnos.

El otro ingrediente es la gratitud. No dar nada por sentado, ver lo que hay de gracia en los acontecimientos más sencillos y cotidianos. Pensar, al levantar una taza de café, como diría el querido Hermano David Steindl-Rast: “este no es cualquier café, este es EL café que la vida me está ofreciendo en este momento, y poder saborearlo es un regalo”. Reconocer que casi todas las cosas importantes que pueblan nuestras vidas no son obra nuestra (o solo en parte), sentir el alivio manso de la humildad.  En su poema Mensajera, Mary Oliver se recuerda a sí misma: “Déjame enfocar mi mente en lo que importa, que es mi trabajo / que es, más que nada, quedarme quieta y aprender a sentir el asombro. / (…) Que es más que nada celebrar, ya que todos los ingredientes están”.

Cada vez que podamos conectar con otro ser (persona, pájaro, árbol o estrella) en un clima interior de asombro y gratitud, el acto devendrá en celebración de forma inmediata e inevitable, porque todo encuentro verdadero recrea el misterio y la maravilla de vivir. Eso sí que es un festín.

 

Fabiana Fondevila

Foto: Miriam Pösz